jueves, 26 de septiembre de 2013

La historia continúa hasta el final

EQUINOCCIO
por L. G. Morgan

(Tercera parte)



—Antes de nada –volvió Múgica a tomar la voz cantante, mirando a Dantés y a las mujeres con expresión severa y, en cierto modo, suspicaz–, debemos asegurarnos de que el plan discurre según lo previsto. ¿Podéis estar seguros de no haber levantado sospechas entre los vecinos? –preguntó solo a Dantés, tal como había hecho desde su llegada.
—Absolutamente –respondió este–. La señora Lucila no ha salido de aquí ni se ha dejado ver en las ventanas. En cuanto a doña Mariana…
—Yo he ido frecuentemente a mi casa y he fingido que dormía allí –interrumpió Aslanta, poco conforme con que alguien hablara en su nombre. No le había gustado el cura desde el primer momento, y a cada minuto que pasaba se reafirmaba en su impresión–. Además he llevado conmigo a mi criada en cada ida o venida –otra cosa habría sido extraña–, y la he traído a limpiar y a hacernos la comida bajo el pretexto de que acabo de adquirir esta casa y he instalado en ella a mi primo, que regresó hace poco de las Américas. Como veis el buen Dantés se ha acogido a los nuevos tiempos y viste de la mejor calidad gracias al sastre de doña Mariana –añadió con ironía–, con lo que mi criada ha quedado impresionada con la donosura del apuesto personaje.
—Bien, pues entonces –continuó el señor Pedro con la vista baja, empeñado en no mirar directamente a las mujeres– solo resta hacer indagaciones para hallar un buen lugar donde instalar a la madre y ayudarla en el alumbramiento. Claro que deberá ser una encrucijada de tiempo y oportunidad propicia, ya que si no…
—También eso lo tenemos resuelto –volvió a interrumpir Aslanta, que sentía una maligna satisfacción poniendo en su sitio al estirado clérigo–. Doña Mariana, la señora de Robles, posee una quinta en los terrenos que están más allá del Prado de S. Jerónimo. Como la pobre acaba de enviudar –su esposo murió según parece, la noche anterior a mi llegada–, a nadie extrañaría que se acogiera a retiro durante un tiempo. De hecho, advertida por Dantés de que tendríamos que mudarnos, he ido insinuando entre el servicio mi intención de hacer tal cosa, con lo que pronto la noticia se habrá difundido entre propios y extraños.
—Alquilando un coche de punto podríamos hacer el traslado esta misma noche, si os parece –alentó Dantés.
—Cuanto antes mejor –apoyó Hidalgo–. Cada día que pasa aumenta el riesgo de que los tenebritas den con nosotros.
—¿Pero es que pensáis que están sobre la pista? –preguntó Aslanta.
—Nunca se sabe. Lo que está claro es que tienen sus propios medios para hacer sus cálculos igual que nosotros. Y que a menudo logran información de nuestros planes, sin que hayamos conseguido averiguar cómo.
—¡Pero nadie ha acabado de explicarme las cosas! –protestó Lucila con gran dignidad–. Aún no sé qué pasará conmigo y con mi hijo tras el parto. Ni sé tampoco cuál es vuestro papel, el de todos –añadió, abarcándolos con una mirada–, en lo que ha de seguir.
—Si permitís, mi señora –dijo André con extrema amabilidad y cortesía–, seré yo quien os explique el resto.
A una señal afirmativa de la romana, prosiguió:
—Yo os daré los medios, a vos y a vuestro hijo, para que viváis libres de cualquier riesgo y daño. Me convertiré en vuestro marido, si es que ello no os causa excesivo reparo. Soy francés, de la Gascuña, y tengo también familia en el valle del Alhama, en tierras de la Rioja. Aunque hace años que vine a estudiar a Madrid, muy a menudo viajo a mis dos patrias, con lo que es costumbre verme, o dejar de hacerlo, de vez en cuando. Así que diremos que os he traído a vos, mi esposa, de Francia, lo que además podrá explicar que no dominéis el idioma y vuestro extraño acento, si es que alguien acertara a veros o hablar con vos. Para la gente lega un idioma extranjero es igual a otro, todos les suenan mal –rió con ganas–. Os lo digo por experiencia. De este modo –continuó explicando–, los de aquí pensarán que nos hemos casado en la Gascuña o en la Rioja, y los de allí –si es que alguna vez se enteran con el tiempo– supondrán que ha debido de ocurrir en uno de los otros sitios.
—Sois de veras amable y acepto la oferta de corazón –respondió Lucila–. Pero, ¿dónde viviremos? ¿Es que estamos destinados mi hijo y yo a quedarnos aquí para siempre?
Los hombres y Aslanta –o doña Mariana–, intercambiaron miradas de incertidumbre.
—Solo temporalmente –se decidió a explicar Dantés. Luego, como no pareciera recobrar los ánimos para seguir, Aslanta lo hizo por él.
—Señora Lucila, lo que estos hombres no se atreven a explicarte –ni tampoco a mí, por cierto–, tiene que ver con los peligros que nos acechan, ¿no es así, amigos? Les preocupa que, si algo saliera mal y los tenebritas capturaran a cualquiera de nosotras, sería mejor que sepamos lo menos posible, porque así no podremos revelarlo al enemigo.
—¿Y qué significa tu presencia, cuál es tu papel, por cierto? –interrogó por fin Lucila.
—Soy la partera mística, es lo único que sé. Yo traeré a tu hijo al mundo en el momento indicado, bajo los astros propicios y la única conjunción capaz de cambiar el destino.
Lucila la miró fijamente en silencio, asimilando lo que Aslanta acababa de revelar. Y en los ojos de doña Mariana escudriñó el alma celta de la partera hasta averiguar mucho más de lo que nunca le habrían dicho sus palabras.
—Yo os juro –se comprometió entonces André, mirando a las dos mujeres alternativamente–, que conoceréis de mis labios el resto del plan en cuanto hayamos llegado sanos y salvos a la quinta que dice doña Mariana. Os doy mi palabra también de que empeñaré mi vida y mi honor en defender al niño sagrado y a su madre. Ahora, concededme el honor de sellar nuestro enlace, aunque sea un matrimonio de compromiso. No será peor, si de mi voluntad depende, que ninguno de los que, supuestamente, se realizan por amor. Mi señora Lucie, pues si os parece bien usaré en adelante este nombre, que es adaptación del vuestro y resulta apropiado para la mujer de un gascón, ¿me concedéis vuestra mano?
—Os la concedo –suspiró Lucie tras una brevísima pausa–. A vuestro honor nos encomendamos, mi noble amigo, mi hijo y yo.

Era entrada la noche cuando llamaron a la puerta con la señal convenida. André Bouvier y Dantés acompañaron a las dos mujeres tras los pasos de Hidalgo, que era quien había acudido a buscarles con uno de los escasos coches de alquiler que había en la capital. Cruzaron calles demasiado estrechas para cualquier vehículo hasta llegar a la de las Huertas, donde se hallaba estacionado el carricoche a la espera de los viajeros. Treparon al amplio habitáculo y el cochero azuzó a los caballos, que enseguida alcanzaron un trote ligero facilitado por la cuesta abajo. Alcanzaron el Prado de S. Gerónimo y se internaron entre fincas y huertos sombríos, por el camino de tierra que llevaba a casa de doña Mariana. Había ésta encargado a su doncella Marcela, a la cocinera y al mayordomo que pusieran la casa en orden para recibirles, de modo que esperaba que todo estuviera dispuesto para cuando llegaran. La noche era oscura y espesa como la pez, una luna raquítica y pálida se las arreglaba para disfrazar amedrentadoramente los contornos. El coche llevaba dos faroles en la parte de arriba, y el instinto de las bestias tenía que hacer el resto. No llevaban cubierta ni la mitad del camino cuando una voz bronca, salida de la oscuridad, les increpó: “¡Alto ahí!”, haciéndoles pararse tan bruscamente que los caballos protestaron entre relinchos.
Cinco individuos de mala catadura se habían plantado a todo lo ancho del camino.
—¡La bolsa o la vida! –gritó la misma voz de antes, mientras apuntaba la boca negra de un trabuco en dirección al cochero.
Otro de los bandidos, pues a buen seguro que lo eran, se acercó a una de las portezuelas del vehículo, mientras otro trataba de hacer lo propio por el lado contrario. Pero Hidalgo, tras intercambiar unas palabras apremiantes con André y hacer seña a Dantés, poniéndose de acuerdo, abrió de golpe por su lado, dándole al ladrón en la cara y tirándole al suelo. Luego desenvainó su espada con destreza y se lanzó con un grito contra el que parecía el jefe. Javier Dantés había repetido sus gestos con perfecta simetría, encargándose del tercer hombre que ya llegaba a su puerta. Pero este, que medio se esperaba el golpe, no cayó del todo, y se enfrentó al madrileño con el mismo desaforado ardor que si le fuera en ello la condenación eterna.
Casi a la vez el que encañonaba al cochero, viéndose en la mira de Hidalgo después de que este hubiera despachado a su oponente, disparó su arma, matando al hombre, y corrió en auxilio del quinto de los secuaces, que enarbolando dos largos cuchillos se echaba encima de Hidalgo desde atrás. Entre los dos le hubieran rebanado el pescuezo más temprano que tarde, de no ser porque Dantés, que había dado muerte al fin a su enemigo, corrió en su ayuda, equilibrando la balanza.
En la penumbra de los faroles todo se volvió confusión, chochar de aceros y gritos de dolor, sin dar indicio a los de adentro del coche sobre el curso de la refriega.
—¡Adelante! –gritó Bouvier, asomando una cabeza por la ventanilla, ignorando que el cochero yacía doblado sobre el asiento. Entonces lo vio–: ¡Maldición!, está muerto. Pero tenemos que continuar –dijo a las mujeres–. Ellos –señaló a sus hermanos de orden–, nos darán tiempo y nos cubrirán las espaldas. Voy a tomar las riendas –decidió.
—Espera –contestó Aslanta–. Yo lo haré. Será mejor que tú cuides de Lucie, ya que has comprometido en ello tu honor.
Sin dar tiempo a ninguna objeción salió del coche y trepó al pescante, maldiciendo para sí el engorro de aquella ropa prestada. Arrojó el cadáver sin contemplaciones y, con un alarido que hubiera hecho sonrojarse a la dama cuyo cuerpo poseía, fustigó a las bestias hasta hacerlas salir al galope. En su huida arrolló a uno de los bandidos, que quedó pisoteado en el suelo. Aslanta solo exclamó–: ¡Uno menos!, y siguió su camino como una de las furias de los infiernos.

Las dos mujeres se hallaban solas en el cuarto que se había dispuesto para Lucie y André Bouvier, y que comunicaba a su vez con un gabinete donde dormiría el muchacho. Para el servicio, el matrimonio compartiría los mismos aposentos, pero de puertas adentro la joven madre gozaría de la intimidad que requería su estado.
Aún no sabían nada de Dantés e Hidalgo. Solo podían confiar en que hubieran podido librarse de los bandidos y acudieran cuanto antes a la Quinta de las Palomas, que era como se llamaba la casa Robles. Aslanta se sentó al lado de la cama donde descansaba Lucie, y cogió un libro para leerle en voz alta, dispuesta a velar con ella todo lo que fuera necesario hasta el regreso de los hombres. Bouvier estaba abajo, vigilando la entrada. Había prometido avisarles en cuanto hubiera novedades.
—¿Sabes? –dijo Aslanta de pronto, clavando su mirada serena en la joven–, yo te vi morir. –Una expresión compasiva se pintó en su semblante y, con extrema dulzura, acarició la mejilla de la joven madre. Lucie se había quedado tan sorprendida por aquella inesperada declaración que no supo qué contestar. La druida continuó–: Luego vi tu alma y vi que era pura, que era blanca y clara como la luz del alba. Fue por eso, en gran medida, por lo que pude aceptar mi destino.
—¿Qué quieres decir, cómo pudiste verme morir?, ¿sucedió en Lugdunum, junto a mi hijo?
—No, tu hijo nació en Massilia, junto al mar, hallándoos de viaje. Después del parto, cuando Prisco comprobó que era un varón sano que cualquier robusta nodriza podría criar, mandó que te mataran. Tuviste una muerte espantosa, yo lo vi. Fuiste sacrificada ritualmente y tu sangre sirvió para bautizar a tu hijo, la primera sangre de las que, con el tiempo, le convertirían en lo que fue.
—Pero Aslanta, ¿cómo pudiste “verlo”? –insistió Lucie–. ¿Eres acaso una diosa?
Aslanta sonrió con dulzura, y una sombra de nostalgia pasó por su frente.
—No, amiga mía, nada de diosa –respondió con suavidad–. Solo soy una pobre mujer castigada con la maldición de las visiones. Porque eso es mi don, digan lo que digan, una diabólica maldición que me ha llevado lejos de los míos, para cumplir el mandato del destino.
—¿Pero por qué tu destino, querida, qué tiene todo esto que ver contigo y los tuyos?
—Verás, te lo contaré todo. Te revelaré mi historia y así tendrás un trocito más de este rompecabezas que, bien lo sé, ha llegado a tu vida con la fuerza destructora de una catástrofe. ¡Pobrecita mía! Arrancada también de tu hogar y arrojada a un mundo extraño, lleno de incertidumbres y peligros. Pero en tu caso y en el de tu hijo, es por vuestro bien, te lo juro.
Pues bien, esto es lo que puedo decirte. Sé que, después de mi tiempo, se dirá que mi pueblo no tenía escritura. Que nuestras creencias y certezas no se registraban por escrito. Mirarán al pasado y solo verán un puñado de restos dispersos que alguien fue transmitiendo oralmente en cada generación para conocimiento de la siguiente.
Pero todo eso no son más que falsedades, tergiversaciones que luego se han hecho, siguiendo el interés de otros poderes. Vosotros, los romanos, nos habéis sometido. Vuestros senadores y emperadores se han esforzado por derribar nuestros dioses y menguar nuestras tradiciones. Pero nuestros escritos sagrados, el Libro de Grian, el sol y el Libro de Gealach, la luna, han recogido todo lo que podía perderse, preservando la sabiduría de nuestros mayores y el poder de la Diosa. En mi futuro habrían llegado los cristianos, lo hemos visto en los trances, para acabar con todo lo que quedaba, en honor de su dios celoso e inflexible. Pero la hermandad de Hislibrix salvará nuestro espíritu. Hallarán una copia del libro de plata de la luna años después del tiempo de mis nietos, y algunos fragmentos del libro de oro del sol. Y los guardarán celosamente, lejos de los ojos del enemigo. Mas Tenebrum conseguirá robar el resto del libro de oro y lo quemará, sin dejar copia alguna. Y llegado un siglo más desde este en que nos encontramos ahora, se harán con el libro de plata y también lo quemarán. Yo he visto ese tiempo funesto. Y mi alma se ha retorcido de dolor en los caminos oscuros del trance, igual que si a mi cuerpo le hubieran clavado miles de hierros al rojo.
El dolor de Aslanta fue tan evidente que, en este punto, Lucie se incorporó y se sentó junto a ella, abrazando el cuerpo de doña Mariana hasta que dejó de temblar. Aslanta continuó con esfuerzo.
—Pero esto cambiará si cambiamos el destino de tu hijo. Él hará distinta a Tenebrum y nuestro saber se salvará. Con el tiempo resurgirá en otras creencias, en canciones y leyendas que pocos reconocerán como ciertas, pero que transformarán conciencias e inaugurarán una nueva era.
Las dos mujeres se quedaron un rato en silencio, compartiendo un sentimiento tan hondo que no requería palabras. Lucie rompió el hechizo.
—Y para eso, mi hijo deberá nacer bajo otros auspicios, ¿no es así?
—Así es. En Massilia habría visto la luz el día del Equinoccio. Aquí ha de suceder igual…
—Pero entonces –interrumpió Lucie sin poder contener su impaciencia–, ¿qué cambiará?
—Al cambiar de tiempo cambiará todo. En tu época el sol se proyectaba sobre la constelación y el signo de Aries ese día. Pero ahora, si mis cálculos no fallan, estará en Piscis. Bajo esa conjunción iniciará su vida de otro modo distinto, y habremos alterado su destino.
—¿Solo con eso? –preguntó Lucie, escéptica.
—No, no solo. Luego –sonrió la mujer celta–, tendrás que encargarte tú de darle otra vida. Tú y Bouvier, según me parece. –Ante la expresión atónita de Lucie, Aslanta prefirió cambiar de tema–: Pero eso es otra historia. La cuestión es que tú guiarás sus pasos de forma opuesta a como hubiera hecho su padre el cónsul. Pero debe ver la luz bajo el auspicio del pez, capaz de fluir como el agua y vivir en paz, en vez de luchar y enfrentarse a todo, como hace el carnero; para que su vida no sea una persecución de toda luz sino solo la protección de los secretos.
—¿Y qué nombre le pondremos, Aslanta? –añadió Lucie, cambiando de tema inopinadamente por una idea que se había cruzado de pronto en su mente. Para ella el significado y la fuerza de los nombres tenían gran poder–. Porque ya no es hijo de su padre, es hijo mío, y tuyo, y de Dantés.
—Está escrito que se llamará Alejandro –sonrió Aslanta con dulzura–. Pues es nombre de conquistador.

—Aquí tienes –dijo el padre Múgica, entregándole un paquete a Aslanta–. Las hierbas necesarias. Compradas en herbolarios de varios mercados distintos, tal como ordenaste.
A Aslanta no le pasó desapercibido el tono irónico con que Múgica había pronunciado “ordenaste”. Pero prefirió hacer caso omiso, no era momento para fútiles enfrentamientos de esa clase. Recogió el paquete y esperó a que el cura hablase primero.
—Ahora, el casamiento –dijo él con decisión–. ¿Está lista la mujer?
—“Lucie” –recalcó la druida– está preparada para el siguiente paso, aunque el momento del nacimiento está muy próximo y debemos zanjar rápidamente esta cuestión, para iniciar lo verdaderamente importante.
—Muy bien. Tú tráela abajo y yo avisaré a los otros.
Dantés e Hidalgo departían relajadamente con Bouvier en uno de los salones de la planta baja. Habían llegado al alba, apoyado Hidalgo en su amigo, arrastrando una de sus piernas, herida por arma blanca. Dantés había salido en cambio ileso, salvo algunas contusiones y un corte sin importancia en la mejilla. Habían puesto en fuga al único superviviente de la refriega, pero se habían visto obligados a capturarle y darle muerte, ante la consideración de que diera la alarma enseguida y les dejara sin tiempo bastante para acudir a la quinta y colaborar en su parte de la ceremonia.
—Es la hora –interrumpió su conversación un circunspecto Pedro Múgica, entrando en la sala y dirigiéndose a los tres–. Vayamos a la capilla. Lucie y doña Mariana bajarán enseguida.
Se trataba más bien de un pequeño oratorio, con un retablo alargado de pan de oro y un altar de mármol situado delante. Cada uno de ellos ocupó su posición: Bouvier delante, junto al cura. Y Dantés e Hidalgo uno a cada lado de la puerta, esperando para escoltar a las damas.
No se hicieron esperar, pocos minutos después se hallaban todos dispuestos delante del padre Pedro, que empezó la ceremonia en un latín que Lucie encontró exótico y curioso. Aslanta le había explicado por encima en qué consistiría todo, así que estaba preparada cuando llegó el “sí, quiero” y André Bouvier la miró a los ojos esperando con cierta turbación su respuesta, como si fuera un novio de verdad y ella la mujer que había ganado su corazón. Lucie sonrió sin darse cuenta. Era tan dulce su expresión, y tan galante, que le fue fácil a ella también olvidar dónde estaban y por qué hacían aquello, y fingió sin ningún esfuerzo esa escena de novela o de teatro que estaban representando sin más público que ellos mismos.
—Anotaremos la fecha exacta de un año atrás –explicó el cura una vez acabado el rito nupcial, mientras ponía manos a la obra y acababa de formalizar el documento que a los ojos de la ley convertía en esposos a Lucie y André–. Tomad –le entregó a Bouvier una copia–. Este otro papel irá a parar a los archivos de Hislibrix, para ser guardado allí por lo que pueda pasar.
—Y ahora, si todo está listo –le consultó Dantés con la mirada–, vayamos a brindar por los novios y a comer un trozo de pastel –sonrió ampliamente–. Nos lo hemos ganado. Así tomaremos fuerzas para lo que queda.

Dantés se paseaba nervioso, cruzando la habitación en un continuo ir y venir, tan angustiado como si ese niño que estaba a punto de nacer fuera el suyo.
Todo se había precipitado inexorablemente. Apenas una hora después del casamiento se iniciaron los dolores de parto. Aslanta tuvo el tiempo justo de disponerlo todo. La angustia reflejada en sus facciones les dejó claro a los demás, si bien logró ocultarlo con cierto éxito a la madre, que el asunto se había adelantado a sus cálculos y se planteaba con ciertas dificultades. De pronto se les presentó con gran viveza una posibilidad que no habían tenido en cuenta, seguros como estaban de las virtudes de su ciencia y la capacidad sanadora de la antigua druida. ¿Y si algo salía mal?, ¿Y si, pese a sus esfuerzos, no lograban dar con la fecha propicia o el niño resultaba ser una niña o…? ¡Quién sabía cuántas cosas más podían ir mal! Pero fue un momento de duda comprensible, pronto descartado.
—No es momento de pensar en otra cosa que no sean Lucie y el niño –dijo Dantés con firmeza, ahuyentando con un gesto las sombras convocadas sobre ellos–. ¡Fe!, queridos míos, tengamos fe ya que la razón nos asiste y nuestros fines son benéficos.
Y así habían llegado al momento decisivo. Aslanta había llenado el cuarto de Lucie de pebeteros donde ardían plantas aromáticas y depurativas. Había cocido una poción amarga que había hecho beber a la joven, y había preparado lienzos limpios y agua hervida en abundancia. Los hombres habían hecho los cálculos exactos que daban la hora en la que el pequeño habría de ver la luz; la misión de Aslanta era conducir el parto de modo que se cumpliera ese objetivo.
La joven madre gemía en voz baja, aguantando las ganas de gritar cada vez que se veía acometida por otro dolor. Tenía la frente afiebrada y el rostro pálido. Pero las contracciones se habían ralentizado en parte, debido a la poción de Aslanta, y eran más espaciadas que al principio. La druida no quería correr el riesgo de detener el parto, pero necesitaba ganar unas horas, justo hasta la medianoche, para que el nacimiento se produjera al otro día. Cuando hubiera llegado la hora, había prometido a Lucie algo potente que calmaría su dolor. Esa esperanza era lo que permitía a la joven mantener la entereza y garantizaba su paciencia.
Aslanta se detuvo en sus quehaceres bruscamente, había oído en el viento cascos de caballos al galope. Lucie se percató enseguida de que algo ocurría. Un par de minutos después se produjo el ataque.
Dantés y los otros no tuvieron tiempo de apuntalar los postigos o tomar cualquier otra precaución. Al amparo de la noche el enemigo cargó tan bruscamente que, para cuando lo oyeron, ya lo tenían encima. Dos disparos de mosquete hicieron estallar los cristales en la parte delantera, mientras en la fachada de atrás se escuchaban también impactos y el tintineo del vidrio roto.
¿Por qué no habían ladrado los perros?, ¿quién había abierto el portón de la finca? De no haber mediado la colaboración de alguien de dentro, hubiera sido necesario hacer explotar la puerta de hierro, sonido que habrían tenido que oír por fuerza. Alguien les había vendido. Pero, ¿quién? Fuera de ellos solo estaban Marcela, la doncella, y el guardés, Blas, que llevaba al servicio de doña Mariana decenios de probada lealtad.
Todo esto lo pensó Dantés en un abrir y cerrar de ojos, al tiempo que, con un rugido, se aprestaba a rechazar a golpe de acero al enmascarado que acababa de colarse en el salón por la ventana. A su lado oía los gritos y jadeos de sus camaradas, vendiendo como él cara su piel y derrochando coraje y garra, sabiendo todos que lo que estaba en juego trascendía en mucho sus mismas vidas.
—¡Defended la escalera! –gritó–. ¡Todos! Al vestíbulo.
Cerraron filas, Bouvier y él en el frente, Hidalgo y el pater al pie del último peldaño. Seis tenebritas se les oponían, igual de empeñados en transponer la marca que defendían, de lo que ellos lo estaban porque no fuera así.
Arriba, en la alcoba, Aslanta y Lucie habían imaginado lo que ocurría tan claramente como si lo estuvieran viendo. Intercambiaron una mirada decidida y la joven apuró de un trago el bebedizo que le ofrecía la druida. El momento había llegado, ahora había que luchar por que su hijo viera la luz sano y salvo mientras los hislibritas garantizaban su seguridad, apenas pasada la medianoche. Era un margen pequeño, entre la conveniencia y el peligro.
Quedaban tres hislibritas, mientras el enemigo se había visto reducido a cuatro. Pedro Múgica había expirado con una última plegaria dirigida a Dios prendida de sus labios exangües. Su habilidad con el acero era pareja a su entrega a la causa, pero ni una ni otra habían bastado para frenar la espada que le había traspasado el corazón. Claro que, antes de caer, se había cobrado la vida de su oponente, dejando un peligro menos para sus compañeros. Otro de los enemigos yacía muerto a su lado, víctima de la cólera de Hidalgo, que no había conseguido escapar no obstante, de una fea herida en el muslo derecho que debilitaba angustiosamente su posición. Bouvier se batía bravamente, usando como de costumbre una espada larga en una mano y un cuchillo más corto en la otra. Resultaba así un contrincante formidable, capaz de acabar él solo con la vida de los dos hombres que en ese momento le arrinconaban contra la balaustrada de mármol. Dantés confiaba en su pericia. Tampoco habría podido ser de otro modo, pues bastante tenía él con contener el ataque de un hombrón de oscuras facciones que le asestaba mandoble tras mandoble con la fuerza desatada de un oso. Y al mismo tiempo, intentar bloquear de alguna forma los avances del cuarto hombre, que atacaba a Hidalgo. Así que Bouvier tendría que arreglárselas por sí mismo. Un grito agónico de Hidalgo le metió aún más angustia en el cuerpo. ¡Ya estaba bien! Se lanzó a fondo contra el oso y le pinchó en las tripas. Una expresión estúpida se pintó en su rostro… justo un segundo antes de llevarse la mano al vientre con la incredulidad del que siempre se ha conocido poderoso y sin rival. Dantés aprovechó para rematarle de un certero tajo a la altura del cuello. La sangre le salpicó a borbotones, pero él apenas lo notó. Se había vuelto como una centella para auxiliar a su amigo herido. Se topó con Bouvier, que acudía con la misma intención, tras haber acabado por fin, uno tras otro, con sus dos adversarios.
Juntos, gruñendo su rabia, se lanzaron contra el tenebrita justo cuando se disponía a clavar su espada en el pecho de Hidalgo. Cayó con una risotada turbia de sangre, sabiendo que la sentencia que había firmado sobre el de Hislibrix era irrevocable.
—¡Aguanta, hermano! –le suplicó Dantés a Juan Hidalgo, tirándose al suelo junto a él y sujetando su cabeza en sus brazos. André se colocó al otro lado y cogió la mano del moribundo–. No te nos vayas ahora –lloró Dantés.
—Y tú no quieras lamentarte por lo que decide el destino –replicó este con un hilo de voz, sonriendo valientemente. Le acometió un acceso de tos y la sangre manó de sus labios–. Hemos vencido, eso es lo importante. –Luego irguió un momento la cabeza–: Escuchad –susurró–, él ha nacido.
Y con esas últimas palabras y una expresión de absoluta paz exhaló su último aliento.

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En la cripta en penumbra los hombres y mujeres de Hislibrix se hallaban reunidos en silencio, en torno a los viajeros que iban a partir. El círculo había sido dibujado en su lugar, la copa había sido colmada, y la sangre y las palabras de todos habían sido vertidas sobre ella, las unas igual de importantes que la otra. El aire estaba cargado de humedad, de sudor y del aroma de las hierbas. En el atril el gran libro, el Libro del Tiempo, se hallaba abierto por la página número 100, la del Viaje, aquel en que estaban a punto de embarcarse Lucie, André y el pequeño Alejandro. Volvían a Roma, pero esta vez a la propia ciudad, tres años después del tiempo en que partió Lucia Lucila. Lejos de Domiciano Prisco y su poder, lejos de quienes habían podido conocer a la mujer. Serían comerciantes de Hispania, atraídos por la prosperidad de la madre de las ciudades a instalarse entre sus calles y sus gentes. Lucie había aleccionado a André durante los tres años transcurridos para que pudiera obrar y hablar como alguien de aquel tiempo y lugar. Todo había sido cuidadosamente previsto y subsanado.
Aslanta hacía tiempo que les había dejado. En cambio doña Mariana, ahora la esposa de Dantés y un miembro honorable de Hislibrix, les acompañaba en la partida como la madrina que a todas luces era para ellos.
Después del nacimiento de Alejandro las cosas habían empezado a cambiar para Aslanta. Una parte de ella sentía con creciente intensidad el poder de la oscura llamada, que iba cobrándose su fuerza y su espíritu. E igual de importante que esto, el alma de doña Mariana, aletargada durante aquel período intenso que les había reunido, despertó por fin, reclamando el cuerpo y la vida que le correspondían.
Una noche los sueños se llevaron a Aslanta. Al día siguiente despertó solo Mariana, una mujer renovada y el único testigo de la despedida de la mujer druida. Solo Mariana podía decir lo que había sido de ella, porque nadie más había estado tan cerca.
—Ahora es feliz –anunció con seguridad días después–. Y está entre los suyos. Nacerá en nueve meses, cuando el verano alcance su apogeo, y así su alma será devuelta a su destino.
—¿Dónde, dónde habrá de nacer –preguntaron Dantés y Lucie casi al unísono, unidos en su añoranza–, quiénes serán sus padres, cuál su pueblo?
—Será su propia hija quien la alumbre. Eso es lo que sé. Y será una sanadora tan poderosa como lo fue su abuela. O ella misma.

Les había dejado, sí, pero Lucie sabía que era solo una separación aparente, pues ellos estaban unidos más allá del tiempo y el espacio. Y su hijo era un poco hijo suyo, igual que lo era de Dantés y de su nuevo padre, André. Ahora, cuando llegaba el momento de la partida, los pensamientos de Lucie surcaban la distancia y se posaban en su amiga. Y le parecía sentir su compañía, dándole ánimos y diciéndole que no se preocupara, que todo estaba bien.
El Gran Maestre, vestido de blanco, dio comienzo a la lectura del Libro, y el círculo de fuego fue encendido alrededor de los viajeros. Entonces, del lado opuesto de la sala se acercó una figura vestida de negro. Era el Gran Guía, capitán de una de las dos facciones que existían dentro de Hislibrix, con los mismos poderes pero opuestas atribuciones que la facción blanca. El líder de Tenebrum Victori. Y llegaba a rendir pleitesía y jurar eterna obediencia a ese niño que sería con el tiempo su superior, el hombre que fundaría la nueva Tenebrum, y que en vez de rendir culto a la oscuridad empeñaría su vida en desentrañar sus misterios y proteger sus secretos.
El fuego creció y las llamas adquirieron un imposible color verde y oro, con pinceladas de un rojo ardiente. Las palabras del Libro surcaron el espacio. El Gran Guía desplegó el plano simbólico cubierto de insignias de las antiguas creencias. Se inclinó con profunda reverencia una vez más y arrojó el mapa a las llamas. Lucie sintió que su conciencia empezaba a diluirse en un mar de sensaciones confusas. Fijó su mirada en Dantés y aún pudo escuchar en su voz:
—No te preocupes, ahora los tres somos uno, Aslanta, tú y yo. Si las cosas se tuercen –sonrió con inefable candor–, allí estaremos. Pues recuerda… Uno para todos… Y todos para uno.
Sus palabras pasarían a la historia muchos años después. Un insigne y magistral escritor las convertiría en consigna para toda una generación de leales y verdaderos amigos.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

La historia continúa...

EQUINOCCIO 
por L. G. Morgan

(Segunda parte)


Se recobró en un charco de orines y restos de vino. Volvió a la vida y la consciencia como si fuera un borracho más que despertaba de una buena curda. Miró a su alrededor con cautela y se levantó despacio, cuidando de no hacer nada que llamara demasiado la atención. Tenía la cabeza embotada, pero se dio cuenta de que era consciente de todo. Sabía quién era y por qué estaba allí…, dondequiera que fuese, eso aún tenía que averiguarlo.
Echó a andar sin rumbo, manteniéndose en la parte oscura de las calles, lejos de las puertas de los figones que de tanto en tanto, surcaban la negrura de las calles estrechas. Una ciudad, sin duda, pero no sabía si la suya u otra semejante.
—Agua va –oyó que se gritaba desde una ventana.
Los orines de una vivienda cayeron al suelo de tierra apisonada por años y años de paso de viandantes, y él escapó de milagro de las salpicaduras apartándose de un salto. Eso era igual que en casa, desde luego. Continuó caminando y salió a otra vía algo más ancha. A pocos pasos un edificio suntuoso que reconoció con una exclamación contenida. La Iglesia de San Sebastián, calle de la virgen de Atocha. Pero algo le pasaba al edificio, debería haber estado nuevo y flamante y no renegrido y con pequeños desconchones como lo veía ahora. Comprendió con un escalofrío que se hallaba en su Madrid negro y truhanesco, pero años después de cuando había perdido el conocimiento en aquella cripta. Cuántos, estaba por determinar.
Ya orientado se dispuso a investigar las señales. Se giró en torno y descubrió enseguida la primera, dibujada en los muros de una casa cochambrosa y a punto de la extinción, la figura de una camelia encerrada en un círculo de fuego, el emblema de la fraternidad. ¡Los suyos aún vivían! Su corazón regresó a la esperanza y con él sus pasos al camino. Un dédalo de calles tortuosas le condujo de señal en señal hasta la casa, en la calle frente a la de Cantarranas. Justo al lado del corral de comedias que empezaba a levantar la hermandad de S. Salvador cuando él se fue. Para Dantés sería siempre el corral de la Pacheca, su antiguo corral de gallinas convertido en teatro para el pueblo. Pero en fin, no estaba allí para ocuparse de cuestiones de urbanismo, lo suyo era una misión vital de cuyo cumplimiento dependía el futuro de todos.
Miró a ambos lados de la calle silenciosa antes de tentar la puerta. Los hermanos habían hecho bien su trabajo, la puerta cedió sin un ruido. Dantés se coló dentro y aseguró la hoja por dentro, no podía permitirse sorpresa alguna. Ahora solo tenía que esperar. El refugio había sido preparado, los caminos celestes conducirían hasta allí los pasos de los nuevos visitantes.

Una mañana fría de abril, justo en el punto en que la oscuridad tornaba a luz, una mujer apareció dormida sobre el suelo del jardincillo que había en la parte posterior de la vivienda. Era esta una casa acomodada de dos plantas y fachada de ladrillo, parecida a aquellas otras que ocupaban los más reconocidos autores teatrales, que se habían afincado en el barrio según sumaban fama y posibles. Dantés estaba despierto y levantado, algo le decía que ese sería el momento. Y su atención no se vio defraudada. La observó de cerca, la piel blanca y el cabello y las pestañas de un castaño dorado. Tenía los ojos cerrados y respiraba regularmente. Pero aún dormida, se estremeció sensiblemente ante el fresco matinal, y eso a pesar del manto de lana azul intenso que la tapaba desde la cabeza, y la brillante túnica verde que se le veía debajo, cubriendo brazos y piernas por completo.
Dantés la tomó en brazos con extremo cuidado y la condujo a uno de los aposentos de la planta baja, donde la depositó sobre una cama. La mujer estaba en avanzado estado de gestación, pese a ello era liviana como una pluma. Escrutaba su rostro ansiosamente cuando ella abrió unos ojos azules como el cielo y se le quedó mirando al borde del grito.
—¿Dónde estoy? –preguntó en un latín muy culto que Dantés escuchaba por primera vez. El de los libros y el que enseñaban sus maestros no sonaba exactamente así–. ¿Quién eres tú?
Se trataba sin duda de una dama noble, se dijo el hombre, casada con algún personaje importante. Las joyas, la calidad de los tejidos y la cinta púrpura que llevaba bajo su pecho así se lo decían. Sin duda le había tomado por un esclavo o un sirviente.
—No te asustes, señora. Estás lejos de tu hogar pero entre amigos.
Ella miró a su alrededor, y al tiempo que se hacía consciente de lo peculiar de la estancia lo hacía del olor nauseabundo que para ella lo impregnaba todo, haciéndole llevarse a la nariz el pañuelo perfumado que había guardado en su mano. La habitación era oscura y olía a cerrado. El sudor, los restos de comida y excrementos se mezclaban en el aire con desafortunados resultados. Su expresión de alarma hizo al hombre esforzarse por buscar una explicación convincente.
—Sé que encontraréis todo extremadamente raro. Pero debéis creerme cuando os digo que estáis a salvo y en buenas manos.
—¿Dónde estoy? –volvió a preguntar ella, en apariencia serena.
Dantés se preguntó si sería buena idea contarle lo que sabía, si ella sería capaz de resistirlo. Se arriesgó.
—Has viajado mucho, señora. Tu hogar se encuentra muy lejos… Incluso lejos en el tiempo. Has venido a parar a otro reino, bárbaro para ti, en una época que te resultará extraña. Roma no existe, al menos la que tú conociste. Ni la Galia, ni el Mare Nostrum son iguales, ni hay… ¡Dios mío, no sé por dónde empezar! –suspiró–. Dime, señora, si hago bien en inquietarte con tantas noticias de un solo golpe.
La mujer se había quedado impresionada, le miraba como si estuviera sopesando si estaba cuerdo o loco. Pero Dantés se dio cuenta de que había subestimado su fortaleza cuando ella, con recobrada tranquilidad, exclamó:
—¡Los Dioscuros!, es eso. Los gemelos divinos a los que tantas veces pedí ayuda.
Dantés pensó que no era una buena idea nombrar dioses paganos, y menos con ese fervor, pero enseguida le quitó importancia: ¿quién podría oírla sino él? Y a él no le importaban nombres ni apariencias, solo la Verdad, daba igual la forma que adoptara.
—Quizá es que llevo una niña dentro –continuó ella acariciándose el vientre–, y la han salvado de él.
—¿De él? –preguntó Dantés confundido.
—Mi esposo, el cónsul Domiciano Prisco. Quiere un heredero a toda costa… Nada más le importa, no al menos respecto a mí. Soy una res valiosa comprada para parir hijos suyos –añadió con amargura.
—Pero estás confundida en una cosa, señora. El niño que alumbrarás dentro de poco es varón.
—¿Y cómo puedes saberlo tú, extranjero?
—Ay –suspiró el hombre– porque él es el quid de la cuestión, la causa primera de que estemos aquí.

Aslanta había vagado en el caos y el ruido, entre sombras inciertas que danzaban en el vacío inconsciente de la muerte. No había sentido miedo, en realidad no había sentido nada en términos humanos. Aquello no podía ser comparado con ninguna experiencia mortal. No se resistió, sabía por las otras veces en que se había sumergido en esa negrura que era mejor flotar y dejarse ir, libre de pensamientos o emociones. Sabía también que debía evitar la tentación de aquel puente de luz que cruzaba al otro lado. Aunque esta vez su llamada era más irresistible y subyugadora aún que las otras veces, Aslanta estaba más hondo y más lejos de lo que había llegado nunca en un trance. Porque esto era la muerte.
Se alejó de la luz con un supremo esfuerzo. Inspiró…
Y se asomó a los ojos de una mujer que, inconsolable, se contemplaba en el espejo. Aslanta observó con curiosidad su nueva imagen. Su recipiente era una hermosa dama, vestida con negros ropajes de luto de algún tiempo y lugar desconocidos. Su espíritu frágil había sido herido y su desesperanza era tal, que no ofreció resistencia alguna a la alma colonizadora de Aslanta. Simplemente se diluyó en el silencio y se replegó a algún rincón ignoto de su cuerpo.
Se levantó tambaleante, luchando por hacerse con el control de aquella materia ajena. Tendría que practicar un poco antes de mostrarse en público. Y mientras, aprovecharía para conocer todo lo necesario sobre su forzosa anfitriona.

Lucia Lucila se encontraba en el jardín cuando sintió tocar a la puerta. Escuchó los pasos de Dantés y unas breves palabras intercambiadas con una voz de mujer. Hablaban un idioma que no conocía, aunque el sonido de alguna palabra le resultara familiar.
Al poco los pasos acudieron junto a ella.
—Esta es la otra aliada que estábamos esperando –dijo Dantés, de nuevo en latín.
—Mi nombre es Aslanta –se presentó la mujer, hablando en el mismo idioma pero con fuerte acento bárbaro, según le pareció a Lucila–, pero aquí tendréis que llamarme doña Mariana, que es como conocen a esta mujer cuyo cuerpo poseo en préstamo.
—¿Qué estás diciendo –se escandalizó Dantés–, que no eres tú misma esta mujer que se presenta ante nuestros ojos? ¿Y cómo es posible que hables la lengua romana? No sé de mujeres tan estudiadas como esta dama que al parecer te cobija.
—No, me temo que doña Mariana solo habla perfecto castellano, aunque es cierto que yo puedo usar todas sus buenas aptitudes y sus gracias para expresarme, lo que es una ventaja indudable. Yo, Aslanta, soy quien habla la lengua del invasor –miró a Lucila de reojo–. A veces no nos queda otro remedio a los oprimidos que conocer los usos de los tiranos, aunque sea solo para sobrevivir.
—¿Y qué hay de la otra cuestión, la del cuerpo prestado? –insistió el conjurado, decidido de paso a limar asperezas y hacer olvidar para ello cualquiera de las antiguas deudas.
—Me temo, mi querido y reciente amigo –suspiró Aslanta–, que va a haber mucho que explicar.

Había pasado una semana desde aquel día y, en ese tiempo, los tres habitantes del número 7 de la calle Prado habían logrado hacer más que buenas migas. Las aventuras que se gestan a vida o muerte poseen esa capacidad asombrosa para acercar incluso los opuestos más remotos. Dantés contó a sus nuevas amigas cuanto sabía de su cometido. Les reveló que era miembro de una sociedad secreta llamada Hislibrix, y que los Libros Sagrados guiaban sus principios y sus conductas. Ellos habían sido la clave para interpretar lo que había de hacerse en el tiempo de la zozobra. Lucila no sabía nada de misiones ni de misterios de tiempos y espacios, pero su carácter firme y sus conocimientos y creencias la hacían, paradójicamente,  más apta para lidiar con los fenómenos a los que se enfrentaban que el propio Dantés, pese a ser él quien parecía más informado de los detalles concretos y los objetivos de su vital tarea. Lucila podía aceptar que los dioses hubieran decretado la salvación de su hijo; de hecho, cualquier cosa que significara alejarlo del padre le parecía un regalo divino. Domiciano estaba obsesionado con ese heredero, Lucila sentía dolorosos escalofríos al recordar los humillantes y brutales procedimientos que había seguido para asegurarse que concebiría un hijo suyo. Siempre había temido el momento del parto por si resultaba ser una niña lo que llevaba en las entrañas. Estaba segura de que Domiciano Prisco la habría matado de un modo u otro ese mismo día. Pero si lo que llevaba dentro era un varón… seguramente la muerta hubiera acabado siendo ella. Y el pequeño hubiera crecido bajo la férula de aquel tirano loco, sin el consuelo y el amor de una madre.
En cuanto a Aslanta, podía corroborar los signos de los libros de Dantés, pues según su propio credo, el hijo que esperaba Lucila sería vital para el mundo y la historia presente y futura, si se le encauzaba de la forma correcta y se le libraba de la influencia de su padre, el cónsul, y de los designios que este guardaba para él.
—Desde luego hemos seguido distintos caminos –había concluido Aslanta con la dulce voz de doña Mariana–, pero hemos llegado los tres al lugar preciso en el momento necesario. No es algo que hayamos decidido nosotros, sino es más bien que las circunstancias nos han escogido, guiándonos a este tiempo y esta casa. Ahora solo podemos aguardar el siguiente paso.
Luego habían pasado los días siguientes preparándose para la cita. Dantés les había explicado que en dicha fecha señalada algunos miembros de Hislibrix acudirían a la casa y les comunicarían las siguientes fases del plan, que habría de llevarles a buen seguro a otra morada más discreta.
—Yo me fui de la sede hace cincuenta y nueve años, según la fecha en que estamos. Pero tuve que partir en completa incertidumbre, no sabíamos de cierto dónde ni cuándo habría de aparecer. Lo único claro era que me reuniría con vosotras, dos mujeres venidas de Lyon y Britannia, y que ayudaría a alumbrar al hijo de la dama romana. Las averiguaciones de la orden tenían que seguir tras mi marcha y, si lograban pervivir a través de las épocas necesarias, buscarían un lugar para acogernos y unos medios para auxiliarnos en la tarea. Según los cálculos del libro que custodio el próximo viernes es el día, en este lugar y época, en que las coordenadas se cruzan para el encuentro. Que la hermandad sigue viva es cosa que comprobé el mismo día de mi aparición. Gracias a las señales del Hislibrix llegué a esta casa.
—Entonces, si he entendido bien, tú no conocerás a los hombres que acudan a esta casa, ¿no es así? –afirmó, más que preguntó, Lucila.
—Así es, probablemente ni hayan nacido en mi tiempo. Y aunque fuera así, habrían sido solo niños entonces. Pero se darán a conocer como conjurados de la orden.
Y así habían llegado al día propicio. Ninguno de los tres había conseguido dormir. Se levantaron temprano y se reunieron, como ya venía siendo costumbre, en el perfumado jardín lleno de lilos que había en la casa.
Tan solo unos minutos después sonó el aldabón de bronce de la puerta. Intercambiaron una mirada de cierta aprensión y Dantés se dirigió a recibir a los visitantes. Volvió enseguida en compañía de tres hombres. Uno era un cura tocado con bonete, que vestía con negra sotana y llevaba encima una capa oscura que le camuflaba aún más. El otro era un joven guapo y rubio, vestido como acomodado burgués o comerciante. Y el tercero un individuo de cierta mala catadura, con sombrero, largas botas lustradas y espada al cinto.
Dantés les presentó.
—El padre Pedro Múgica, sacerdote fiel a nuestra causa, cuyo oficio le mantiene libre de sospechas y permite a la orden mantenerse informada. Me ha contado esto para tranquilizar cualquier sospecha que su aspecto pudiera suscitar, y de paso me ha mostrado la prueba irrefutable de su pertenecía a Hislibrix.
El cura se abrió con cierto pudor la sotana y mostró a las dos mujeres lo que ya había visto Dantés: unas cicatrices en su pecho que formaban la figura de un labrys sobre un fondo rectangular que representaba un libro.
—Y estos son –continuó por él el cura– el hermano André Bouvier –se refería al más joven–, y el hermano Juan Hidalgo.
Los dos hombres saludaron por turnos, mostrando también sus cicatrices para tranquilidad de los conjurados. Luego Juan Hidalgo se informó directamente con Dantés sobre la situación.
—¿Cuánto saben las mujeres? –preguntó con gravedad–. ¿Les has enterado de todo el plan?
—Mal podría, amigo mío, ya que conozco solo una parte. No olvides que, pese a ser apenas unos días para vosotros, para mí han pasado casi sesenta años desde que dejé la orden. De todas formas, no me pareció prudente hablarles de Tenebrum Salvatio hasta haberos encontrado.
—Entonces es preciso que pongamos en común lo que sabemos y expliquemos unos a otros las dudas o temores que podamos albergar. Antes de seguir adelante debemos estar todos conformes y decididos a lo que haya que hacer.
Tras asentir todos con gesto serio, llegaron las confidencias. Empezó el cura, que parecía ser, por tácito acuerdo, el portavoz de los recién llegados.
—Pues bien, señoras, primero de todo hemos de hablaros de Hislibrix y su eterna antagonista, Tenebrum Salvatio. Supongo que algo de la primera os habrá contado nuestro hermano Dantes. ¿Sí? –Esperó la confirmación de las dos mujeres y luego prosiguió–: La existencia de nuestra orden se remonta hasta la antigüedad más remota, a los primeros días cuando los dogmas no estaban aún asentados y muchas eran las religiones que se disputaban la fe de los hombres. Nuestra misión, el objetivo que nos ha dado sentido siempre, es la de preservar el verdadero conocimiento, a cualquier precio y en todo lugar, hasta que los hombres estén preparados para recibirlo.
Es algo que parece bien sencillo a simple vista, lo sé –se sintió obligado a añadir ante el gesto nada impresionado de las dos damas–. Pero en cambio, es algo que ha costado vidas y esfuerzos ímprobos de los hermanos de todas las generaciones.
—El conocimiento –continuó Dantés a una señal del pater, tratando de explicar a sus amigas lo que solo había esbozado este–, el saber verdadero, rara vez está al alcance de todos. Y eso es porque los poderosos no quieren que sea de otra forma. Eso de “el conocimiento es poder”, es una cita tan frecuente como verdadera. Es la ignorancia de algo, la privación de las verdades fundamentales, lo que permite mantener al rebaño a la merced del que sabe. Porque si no, seríamos todos iguales, algo que nuestros señores, reyes y prelados no pueden consentir. De modo que, igual que Hislibrix siempre ha luchado porque no se perdieran los más esenciales saberes, los que nos hacen libres y dignos del amor de Dios, ha habido otros empeñados en esconderlos o, de no ser posible, destruirlos. Han preferido sepultar e incendiar antes de permitir que ciertas ciencias y ciertos descubrimientos cayeran en manos vulgares.
—Así es –continuó Múgica–. Y entre todos los censores nació un enemigo mortal para los nuestros, tan antiguo como la propia hermandad: la secta de Tenebrum Salvatio, cuyos acólitos se han enfrentado a nosotros con la saña del convencimiento. Nos han perseguido y tratado de destruir en cada lugar y tiempo en que establecíamos nuestras sedes y escuelas.
—Pero ha sido siempre una guerra silenciosa y oculta –explicó André, hablando por vez primera. Tenía una voz profunda y un deje amable que enseguida se ganó la simpatía de su discreta audiencia–. Uno contra otro, Hislibrix contra Tenebrum, hemos ido apoyando o sepultando tronos e iglesias, construyendo o destruyendo universidades, propalando o erradicando plagas, guerras o hambrunas, cada uno tirando en sentido contrario con todo el empeño de las fuerzas a su alcance. De haber vencido Tenebrum, gran parte del conocimiento místico, de los saberes arcanos y esotéricos de la humanidad, se habrían perdido. Pues ellos creen que el saber solo fomenta el pecado entre los hombres comunes y que es su destino salvarlos de sí mismos.
—¿Y siempre habéis luchado en igualdad, sin lograr ninguno una victoria decisiva? –intervino Lucila.
—Así es, mi señora. Hasta hace apenas un siglo, cuando el triunfo pudo estar en nuestro lado.
—¿Cómo, tuvisteis la posibilidad de la victoria en vuestras manos hace cien años? –preguntó Aslanta, completamente extrañada.
—Sí –respondió Dantés con semblante grave–. Pero hubiera sido también nuestra perdición. Y quizá la del mundo.
—¿Cómo así? Explicaos, os lo ruego.
—Para eso habremos de empezar afirmando nuestras creencias –respondió por ellos Hidalgo, que pese a su aspecto rudo era un hombre erudito de hablar sereno y pausado–, para que entendáis lo que descubrimos nosotros, la orden, unos años antes de la marcha de Dantés. En Hislibrix reverenciamos los sagrados libros, como os habrá explicado nuestro hermano. Y los creemos inspirados directamente por la divinidad, Aquello-que-Es, al que los hombres llaman por tan distintos nombres. Dios, Allah, Zeus, Brahma o cualquiera otro, no son sino aspectos de un mismo ente esencial. Pero nosotros no concebimos a ese ser superior, como suele hacerse al menos entre los monoteístas, como una esencia única. O como una familia mejor o peor avenida de dioses, como hacen los demás. Sino que es para nosotros una dualidad primordial, tal como se da de manera natural y como reflejo en el mundo y el Universo al completo. Todo tiene su opuesto y cada cosa se construye por antítesis de su contrario. Y nada está completo sin su anverso o su reverso.
Así, tras siglos de guerra secreta, cuando por fin tuvimos en nuestras manos la posibilidad de la victoria, comprendimos en el último extremo que no podíamos destruir Tenebrum, so pena de alterar irremediablemente el equilibrio esencial. En cierto modo necesitamos ese que es nuestro lado oscuro, nuestro opuesto, para llevar a cabo nuestro cometido.
—No podíamos destruirlo –recalcó André–, como ha dicho Hidalgo. Pero podíamos hacer otra cosa: podíamos transformarlo.
—Eso es, transformarlo –continuó Dantés–. Y para ello era clave el papel que representaríais tu hijo y tú –añadió con voz suave, mirando a Lucia Lucila con el afecto sereno de un maestro ante su aventajada, pero aún confusa, alumna–. Pues él es, o será, cuando nazca, el fundador de Tenebrum Salvatio, la secta que aún no existe en tu mundo pero que surgirá de su cruel inspiración.
Hubo un momento de tensa expectación, mientras dejaban que la joven madre asimilara lo que había oído hacía unos segundos, algo difícil para cualquiera.
—¿Y por eso nos habéis traído aquí? –preguntó Lucila al fin, aterrada, acariciándose el vientre con ademán protector–. ¿Queréis impedir que mi hijo cumpla su destino?
Los cuatro hombres se miraron con cierto embarazo, visiblemente avergonzados por lo que iban a decir. Pero Lucila merecía la verdad, así que Hidalgo continuó, con extrema delicadeza.
—Así pudo ser en un principio, mi señora. Recalco el “pudo”, daos cuenta. Pero no temáis, porque, tal cual os hemos explicado, enseguida demostramos el imposible de tal terrible plan. En cualquier caso, puedo juraos que nunca hubiéramos pensado en tomar la vida de vuestro hijo o la vuestra. Solo os habríamos “secuestrado” de vuestro tiempo para criar al niño en este o en cualquier otro presente, de manera que habríamos impedido la fundación de Tenebrum Salvatio, y de ese modo la guerra eterna que nos enfrenta a ellos.
—¿Y qué os hizo descartar tal acción? –preguntó Aslanta, volviendo a lo práctico.
—Pues que comprendimos casi a término, que si no podíamos acabar con Tenebrum la solución pasaba por devolver al niño a su destino, para que pudiera un día fundar su secta y convertirla en nuestro opuesto, garantizando así la pervivencia del mundo; pero de tal forma que el cariz y espíritu de Tenebrum Salvatio fuera otro distinto al que les dio la primera vez. Que triunfara su madre, por así decirlo, en vez de su padre. Que la sapiencia y la bondad de la señora Lucila, si eran las que por nuestros cálculos sospechábamos, se impusieran en el alma de su hijo para determinar hacia otra dirección el objetivo de su orden.
—¿Pues qué fue de mí –preguntó Lucila con cierta aprensión– que no pude moldear a mi hijo?
—Creemos que fuisteis eliminada, señora. Lo poco que hemos podido descubrir del fundador de Tenebrum dice que se crió sin madre, rodeado solo por su padre y los severos preceptores que este le asignó. Incluso parece que, influido seguramente por las enseñanzas recibidas, renegó toda su vida del amor y las mujeres, no tuvo descendientes, y volcó su ambición en darle el mayor poder terrenal a su orden.
—Lo había supuesto –respondió con serenidad la mujer–, pero había relegado tal idea al fondo de mi mente por el bien de mi hijo. Una mujer desesperada no puede alumbrar un hijo sano y fuerte, es mejor engañarse mientras quede un resquicio de esperanza y mantener las fuerzas para él. Pero ahora que estamos a salvo puedo enfrentar la verdad cara a cara. Porque estamos a salvo, ¿no es así? –la preocupación volvió a teñir su semblante y se ciñó de nuevo el vientre, con ademán posesivo. Como si así pudiera proteger a su hijo y librarle de todo mal–. ¿Qué queréis hacer con nosotros? –dijo con un hilo de voz.