viernes, 28 de febrero de 2014

Mujeres que se escriben

Bienvenidos a otro de los viernes de la sección. Hoy recibimos la visita de...
GLORIA T. DAUDEN
Nacida en Gran Canaria es licenciada en Publicidad y RRPP con especialidad en el área de creatividad. En la actualidad amplía su formación por la UNED con el grado de Historia del arte. Gloria ha trabajado como profesora de escritura en Escuela de Fantasía y en diversos talleres presenciales. Ha sido seleccionada y publicada en las dos ediciones del libro de relatos Descubriendo nuevos mundos, así como en las dos de Escuela de Fantasía: Monstruos (2012) y Bosques (2013).  En 2012 publicó La galería de espejos, un libro con 18 de sus relatos, todos ilustrados por artistas canarios. En Ácronos II se publica su relato Las hermosas Jaradalias y Saco de Huesos publicará su cuento de magia romana Defixio. Su última obra es Fae: el libro de las fantasías eróticas, una antología ilustrada con relatos que mezclan lo erótico y lo fantástico entre los que hay uno steampunk. 


LCE -Muy buenos días y bienvenida. ¿Estás preparada para convertirte en nuestra siguiente víctima de la sección?

GD – Por supuesto ;)

LCE – Bien, pues empecemos como de costumbre, indagando en tus gustos y tu estilo literario con la pregunta de rigor: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?

GD –Es como si me preguntaras sobre por qué empecé a respirar ;).
De muy niña me acercaba a cualquiera, en la calle o en el supermercado, y le contaba cuentos. Qué cosas :O.  Luego aprendí a escribir y los fui poniendo negro sobre blanco. Siempre he tenido esa necesidad de rodearme de historias, de expresarme a través de ellas.
En mi casa en Gran Canaria guardo como el mayor tesoro una caja en la que están los cuentos de mi infancia, todos escritos e ilustrados por mí. Son cuentos de la época en la que soñaba con ser escritora, la mayoría elaborados entre los ocho y los nueve años. Luego están los primeros relatos adultos a partir de la adolescencia, pero pertenecen a un tiempo en el que todavía no me había formado en escritura creativa. Son unos textos que nunca verán la luz, pero que me gusta conservar.

LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
GD –Mi estilo se mantiene en esencia. Sigo escribiendo fantasía ante todo, y una fantasía con un carácter algo onírico. No en vano sigo considerando a Ende mi maestro principal. He ido depurando la técnica, eso sí.

LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer? Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
GD –No me gusta que se señalen diferencias por ser hombres o mujeres así en general. No creo en una forma de escribir propia de hombres o de mujeres, vamos. Lo que sí hay en mis textos es una conciencia feminista. Mi vieja novela por ejemplo plantea, entre otras muchas cosas, el enfrentamiento entre el modelo patriarcal y el matriarcal, ambos representados en dos personajes concretos.

LCE –¿Significa eso que escribes para un público determinado, concretamente para otras mujeres?
GD – Escribo para todo el mundo. Y hasta el momento creo que mis lectores están bastante equilibrados entre hombres y mujeres.

LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
GD -¿Por ser mujer? No. Por eso no. Afortunadamente. Pero sí por escribir fantasía. Durante una época me censuré y me obligué a escribir realismo aunque me aburría de mala manera. Respecto al sexismo lo que sí viví fue conocer a escritoras que escribían con pseudónimo masculino porque creían que así venderían más, y la verdad, eso me sentaba como una patada. Necesitamos visibilidad.
LCE – Y ahora cambiemos de tercio: ¿Qué género literario prefieres? ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?

GD –Prefiero fantasía. Fantasía ante todo, aunque puedo escribir realismo en un momento concreto. Dentro de lo fantástico mis preferencias están cerca de la épica, lo maravilloso, lo siniestro. Ah, y el género erótico también es una de mis especialidades, lo que puede verse en el relato La galería de espejos que da título a mi antología y en Fae. El libro de las fantasías eróticas que, de un modo u otro saldrá en 2014.

LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
GD – Me marco retos concretos cada cierto tiempo. Ante todo quiero ser cada año mejor escritora y que mis lectores disfruten y sufran con mis tramas y mis personajes.

LCE - ¿Algo más que quieras contarnos?
GD –Felicitarte por tu blog y agradecerte la entrevista.

LCE - Muchas gracias. Pues solo me queda una pregunta: ¿Querrías ahora presentarnos tu relato?
Es La Galería de Espejos, el relato que da título a mi antología. Fue todo un reto escribirlo y me dio pie a seguir investigando las posibilidades de unir fantasía y erotismo. Me lo publicaron por primera vez en la revista madrileña Cuentos para el Andén. Recuerdo el momento exacto en que me lo pidieron. Dudé mucho. Me daba tanta vergüenza que hasta me planteé usar pseudónimo, pero decidí ser valiente. Después lo incluí en mi antología y, al final, el libro entero se tituló así. Espero que os guste. Suelo definirlo como mi declaración de amor al arte, una muy carnal ;)

La galería de espejos

Gloria T. Dauden




Cada noche tenía el mismo sueño, andaba desnuda por el suelo frío de una sala de museo. A veces era el Prado, otras el Arqueológico de Atenas, otras el Hermitage, la Tate, otras era una simple amalgama de uno u otro museo.
Yo notaba el frío en las plantas de los pies, pero sobre mi piel el aire era cálido como el abrazo de un amante. Tras avanzar por un par de salas vacías escuchaba unas risas lejanas, gemidos y el suave golpeteo de cuerpos contra cuerpos. Aquel sonido endurecía mis pezones y me hacía tragar saliva mientras aceleraba el paso.
Llegaba entonces a una sala, siempre la misma en todos los sueños. La galería de espejos del palacio de Versalles, allí, entre la penumbra de las velas, encontraba siempre la misma escena, una multitud de hombres y mujeres semidesnudos o desnudos por completo disfrutando de mil formas de sus cuerpos. Pero no eran personas corrientes, no. Todos eran personajes de cuadros o estatuas que yo conocía bien de mis estudios. Destacaba siempre Antinoo, tan perfecto como en sus reproducciones de mármol pese al sudor y el desaliño de sus rizos; también Afrodita, radiante mientras cabalgaba sobre faunos o emperadores. Pero era otro el que yo buscaba entre la multitud. Durero, siempre Durero. Los demás personajes cambiaban según él día, pero él estaba siempre ahí. Su aspecto era idéntico a su autorretrato del Prado, solo que muchas veces no llevaba más que sus guantes blancos. En ocasiones me lo encontraba, sentado como quien no quiere la cosa, contemplando la orgía, otras tomando por detrás a una musa con flores entre sus cabellos rizados o hundiendo el rostro entre los pechos de la sensual virgen del díptico de Melun. Fuese como fuese, él era el único que me miraba. Sus ojos me recorrían la piel desnuda mientras sonreía, pero rara vez se me acercaba. Tan solo una noche dejó de lado a la Ofelia de Millais y fue hacia mí. La joven se quedó echada en el suelo, tan triste como en su cuadro. Las manos enguantadas de blanco de Durero me acariciaron los pechos desnudos y fueron subiendo con suavidad hasta rozarme los labios. Eso fue todo. Luego se marchó de nuevo a gozar entre una vampiresa de Munch con brillantes cabellos rojos y una geisha de un grabado erótico japonés.
Normalmente yo solo me quedaba ahí, quieta en el umbral, humedeciéndome mientras contemplaba aquella orgía interminable, pero en una ocasión, tras un buen rato, me lancé angustiada por el deseo, mis manos recorrieron mi vientre para hundirse en mi entrepierna y explorarla con avidez. Mis gemidos se unieron entonces a los de la multitud y mientras me llegaba el clímax, mis ojos se clavaron en los de Durero que me sonreía desde el fondo de la sala. Después, me dio la espalda y tomó en sus brazos a una dama de Ghirlandaio. Entonces yo comencé a sentir frío y un cierto pudor, como si de repente fuese una Eva que acaba de conocer el pecado. Igual que ella, traté en vano de ocultar mi desnudez y luego huí de allí, entre avergonzada y confusa. Corrí por las salas vacías preguntándome qué locura me llevaba cada noche a aquella orgía pictórica. Las lágrimas me caían por las mejillas según corría por un pasillo y otro, pero pronto los ojos de él aparecieron en mi mente y supe el motivo. Imaginé entonces el tacto de su piel, su calidez contra la mía, el sabor de su lengua. Me apoyé en una pared y sollocé hasta despertar entre temblores en mi cama.
Miré a mi alrededor, a las estanterías repletas de libros de arte y las paredes con sus reproducciones de pintura. Desde lo alto me observaba él, desde una pequeña postal comprada en el Prado.
El resto del día no pude pensar en otra cosa. En más de una ocasión me quedé en blanco en medio de la lección y tuve que ponerles un ejercicio a los alumnos porque no había forma de concentrarse. El recuerdo de la noche anterior me martilleaba, los gemidos, los cuerpos entremezclados en un tapiz de deseo y él, sobre todo él.
Esa noche, ya en la cama, sentí un desasosiego, como si algo me quisiera prevenir de que no fuera allí, un aviso para que me tomara varios cafés, y que esa noche no durmiera. Me reí con tristeza ante aquella idea. ¿Por qué iba a hacer semejante cosa? No había nada que deseara más que regresar a la Galería de Espejos. Y sin embargo, los dedos me temblaban. Me senté en la cama y traté de respirar con normalidad. ¿Y si al no ir esa noche ya nunca más podía regresar? Casi grité de espanto. Si perdía aquellas noches, entonces, ¿qué me quedaría? Rutina y tedio. Pese al miedo que aún sentía, cerré los ojos y me hundí en el sueño.
En aquella sala de espejos todo fue como siempre, pero esa vez cuando él vino hacia mí, yo no me quedé quieta. Mis manos le recorrieron la espalda, el pecho, aquel miembro que había visto tantas otras veces con deseo. Entonces, despacio, sin dejar de mirarle a los ojos, me arrodillé a sus pies y comencé a besar, a lamer. Sabía algo salado y estaba tan caliente, palpitaba en mi boca. Enseguida él me hizo levantar, me colocó contra uno de los espejos y con una mano me agarró del cuello, mientras la otra me acariciaba las nalgas, después me penetró. Yo grité de placer y la sala entera pareció responder con un coro de gemidos, una orquesta de placer. Luego me tumbé bocarriba sobre el suelo frío. A través de los espejos veía mi cuerpo, el suyo sobre mí y a tantos otros grupos. Al poco me coloqué yo encima, entonces un ángel de enormes alas y sexo indeterminado se acercó a nosotros y comenzó a besarme, primero en los labios, luego en los pechos. El clímax nos llegó casi a la vez a mi pintor y a mí, entonces al ángel se le unió una Beatriz de Rossetti de cabellos rizados y labios como una amapola. Me besó el cuello y fue bajando con aquellos labios rojos por mi vientre, deteniéndose en mi ombligo, saboreándolo como si fuese algún tipo de fruta. Yo, mientras, entre jadeos miraba a Durero que se había puesto en pie y se dejaba acariciar por el ángel. Le hice un gesto con una mano, mis ojos entrecerrados por el placer que aquella dama pelirroja me provocaba. Él se echó sobre mí de nuevo, apartando a Beatriz. El peso de su cuerpo me hizo estremecer, lo aferré con fuerza mientras me mordía el labio. Entró en mí más despacio, como disfrutando de cada pequeño avance hacia mi interior. Le quité uno de aquellos guantes con los dientes y lo lancé al suelo mientras gemía con cada embestida. Hundí mis dedos entre sus cabellos rubios, aspiré el olor de su cuerpo. Olía a pintura, a polvo, pero también a sudor de hombre. Perdí la cuenta de mis orgasmos mientras él continuaba. Los gritos y gemidos se sucedían a nuestro alrededor. Eché la cabeza sobre el suelo y, de reojo, contemplé la escena.
Una Venus yacía sobre cojines, penetrada por un Sansón mientras una dama distinguida de Tiziano les besaba por turnos. Al otro lado, el Francisco I de Clouet recibía una felación de un demonio del Bosco con cabeza de pájaro, al tiempo que la Lady Hamilton de Romney cabalgaba al príncipe de los lirios con fiereza, pero sin perder un ápice de su aspecto de sensualidad inocente.
Más allá, el extraño verano de Arcimboldo, compuesto por frutas y hortalizas, era sodomizado por el caballo negro de la pesadilla de Füssli, un zumo rojo que olía a cerezas salía de su boca con cada gemido. Cerca de él, varios de los hombres de la escuela de Platón de Delville, se acariciaban, colocaban guirnaldas entre sus cabellos y se masturbaban unos a otros. La Salomé de Klimt, con sus senos al aire y la cabeza de su pobre víctima aún cogida de los cabellos, se carcajeaba viendo a la virgen de Melun en pleno éxtasis provocado por tres gracias de carnes voluptuosas. De algo más atrás, llegaban los gritos de placer de una Magdalena a la que compartían un Napoleón de David y un espíritu del viento de Botticelli.
Un mordisco en el cuello me hizo volver a mirarle. Sus manos, una enguantada, la otra desnuda, me agarraban las nalgas. Le besé una y otra vez mientras constataba lo que ya sabía. No regresaría, me quedaría allí, en aquella sala para siempre. Arqueé la espalda y me abracé a él como si tuviese garras como el demonio del Bosco. Él me besó y su sabor dejó un regusto a esencia de trementina. Hundí la lengua en su boca y puse los ojos en blanco mientras el placer llegaba a mí como una sacudida, todo mi cuerpo se estremecía. Pensé que quizás estuviera muriendo en el otro lado, quizás al amanecer alguien encontrara mi cuerpo gélido y rígido en la cama, y mis alumnos se debatirían entre una cierta confusión y la alegría de una mañana libre, pero el temor pasó rápido y se fue como cualquier otro pensamiento, mientras el clímax estallaba, y el mundo se diluía hasta que lo único cierto era aquella Galería de Espejos.


www.gloriatdauden.com

lunes, 24 de febrero de 2014

Localizaciones para una novela

Estos días ando metida de lleno en una novela de fantasía épica, que había dejado aparcada después de darle un buen tiento en un NaNoWriMo. Con el tiempo, uno acaba resignándose a la cruda realidad: cada texto tiene su momento. Da igual lo mucho que te empeñes, las historias salen cuando están preparadas para ser escritas. Así que resulta de gran ayuda manejar más de un proyecto a la vez, o aunque sea, tener varios en mente.
       Porque hay ocasiones en que se te cruza una trama, un escenario o un personaje pidiendo paso, y conviene hacerles sitio ya que, de un modo o de otro, tampoco te van a dejar concentrarte de lleno en lo que estabas haciendo.
       Y del mismo modo, cuando el relato, novela, etc., que tenías en marcha, ocupando el primer puesto, empieza a hacerse el remolón, o a ponerte difíciles las cosas... mejor déjale a su aire y concédete un respiro. Obviamente: NO ES EL MOMENTO.

Esta es la historia de mi novela, cuya primera parte se llamará El Pacto.
Escribí más o menos la mitad del tirón (al menos, con arreglo a los planes que tengo por el momento). Luego se quedó durmiendo un tiempo. Y ahora, por circunstancias ajenas, ha vuelto al candelero con renovados bríos.

Tengo muchos de los escenarios donde se desarrolla la historia. Lugares que me inspiran y reflejan muy bien el aire que está adquiriendo. Os invito a un tour por esos paisajes mágicos, que pronto espero poblar de seres tan especiales como ellos.



Una aurora boreal para mi castillo encantado


El bosque que atraviesan, escondidos, Ian y Sigrid, llevando al niño

Caspar David Friedrich
El lugar del Pacto

Castillo de Frydlant

Aguja de Hierro

Chateau Chillon-Suiza

Blakkia la blanca

Glovâan Hus

La casa de campo que les da refugio

Orava Castle-Interior-Los mitos de Daniel Lefer blog

Interior de Blakkia, uno de los patios


Un paisaje del libro II: La coronación


jueves, 20 de febrero de 2014

VI Concurso de relato histórico Hislibris



Por cuarta vez consecutiva he participado en el Hislibris, un concurso que me encanta por su dinámica. Para los que no lo conozcáis todavía, dejadme que os cuente un poco por encima en qué consiste.
         Se presentan relatos históricos cuya extensión se encuentre entre las 1.000 y las 11.000 palabras. La fecha tope para dar un relato por válido es 1946. Además el contexto histórico, que será lo más verídico posible, deberá ser un protagonista más y actuar de alguna manera en la trama. Al margen de eso, se admite que el relato contenga cualquier otro elemento literario, con el peso que sea.
         Los relatos recibidos se exponen en la web de Hislibris durante un plazo fijado de antemano, de forma anónima. Y todo el que quiera puede leerlos y dejar sus comentarios en el foro, lo que ocurre con gratificante frecuencia.
         Durante el tiempo que dura el concurso, la sección de foro destinada a él es un auténtico hervidero, donde se intercambian opiniones y se propician debates sobre cualquier tema que surja al calor de los relatos... o de cualquier otra idea peregrina que alguien proponga.
        El 11 de febrero último salieron los resultados. Estos son:

1. La voluntad de poder
2. En ex-aequo: Carcaj una aventura de Robin Hood y Despertando al Hombre-masa

4. También un empate: Arte de cazar unicornios y Entre libros y sobres

Se da el caso de que dos relatos más, también empatados, quedan a escasa distancia de los dos anteriores, y merece la pena destacarlos: La pata coja del banco y Pantalones.

Tras ellos, y por orden alfabético:
  • Climene y el Ágape de Sabios 
  • El Libro de Elohim 
  • El nuevo mundo 
  • Están aquí 
  • La caza del lepidóptero en Guaján a finales del siglo XIX 
  • La juventud sufrida 
  • La noche del decreto 
  • La eterna sonrisa 
  • Nuestro enviado especial 
  • Romanos intrépidos 
  • Somme 
Mi relato es "El libro de Elohim", una historia de aventuras y fantasía cuyo protagonista, en realidad uno de ellos, es Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador. Y aparecerá en el libro de relatos que Ediciones Evohé publicará el próximo abril.

Aquí os pego lo que puse al respecto de El libro de Elohim en el foro de Hislibris, tras conocerse los resultados y en respuesta a los comentarios que había recibido mi relato. Durante la fase de concurso no es posible explicar o rebatir nada, por no descubrir autorías. Pero luego... Los más verborréicos solemos desahogarnos XDD
         Trataré de evitar en lo posible aquellos comentarios-spoiler que puedan destripar el relato en exceso. Aunque los que me conocéis ya sabéis que... ¡se me da tan mal! XD
         Bien, ahí van mis intervenciones:




Señorías, ilustres miembros del jurado:
Ahora que ha llegado el momento de tomar la palabra, es mi intención aprovechar la oportunidad que se me brinda, para acometer en mi nombre mi propia defensa. Demostraré, sin espacio para la duda razonable, que, tanto si existió crimen como si no existió, al menos concurren en el hecho unos ciertos atenuantes, o mejor dicho, explicaciones pertinentes que podemos considerar, ya que arrojarán otra luz sobre la naturaleza del relato objeto de esta pesquisa.
Antes que nada, deseo agradecer a todos los jurados su veredicto, el cuidadoso repaso de las pruebas y su consideración posterior, en aras del esclarecimiento del caso que nos ocupa. Su dedicación y su vocación de imparcialidad. Y confío en no hacerles gastar su tiempo en vano.
He preparado una serie de alegatos, para tratar punto por punto los aspectos relevantes. Con su venia, empezaré por el principio.

ALEGATO PRIMERO
De las cuestiones de originalidad y finalidad de la obra. 
No pretendo negar ni cuestionar siquiera aquellas sentencias que han puesto en duda el factor de originalidad en El libro de Elohim. Es cierto, como apuntaron algunos miembros del jurado, que personajes y hechos semejantes ya nos son conocidos. A día de hoy, resulta prácticamente imposible dar con algo que no se haya visto o escuchado anteriormente, a lo más que podemos aspirar es a plantear un enfoque propio, o una visión alternativa, de los temas y cuestiones. El mio, en este caso, mi propio enfoque, ha consistido en presentar la figura del Cid, personaje harto conocido (y harto deformado o mediatizado, si se me permite el matiz) que los cánones nos presentan como adalid de la cristiandad, caballero sin par, vasallo leal de su señor Alfonso VI... Mi visión sobre él, en cambio, le presenta como un mercenario no exento de honor, ni tampoco fuera de las prácticas comunes, un hombre de su tiempo, hombre de frontera, ingenioso y valiente, gran estratega, leal a sus hombres y respetado y querido por ellos. No por casualidad, la mayoría de ellos le siguieron en sus exilios, aparte de la admiración que debía de despertar, sus hombres estarían seguros de su capacidad de proveer para todos. Un hombre que aspiraba a los ideales de la caballería, aunque hiciera una aplicación pragmática de ellos, y que conquistó para sí, finalmente, su propio reino. 
¿Le habría podido presentar más canalla, ya que se trata de humanizar la leyenda? Sí, sin duda. Pero igual que otros se pirran por los personajes truhanescos y miserables, yo tengo singular aprecio por las buenas personas, a pesar de sus defectos, y mantengo que ambas realidades se dan con igual probabilidad dentro del repertorio humano. Mi Cid es humano, oportunista cuando toca, si se quiere, pero hombre noble que hace las cosas lo mejor que sabe. 
Por otra parte, respecto a los paralelismos con Indiana Jones y otros seres de la gran pantalla, no me parece nada extraño ni tampoco me parece un demérito. En un artículo muy interesante que leí hace poco aquí, se señalaban los orígenes literarios de Indi, remontándose a la novela "Las minas del rey Salomón", de Henry Ridder Haggard, que a su vez se dice deudora de "La isla del tesoro", de Robert Louis Stevenson. Y ambas novelas, y las demás de su mismo género, esto es, novelas de aventuras, beben directamente de las novelas de caballería, que gustaban a un público muy amplio. Es decir, que lo que ahora nos resulta cinematográfico, clichés sacados de películas y best-sellers, es lo mismo que lleva encandilando a generaciones desde hace siglos. Y es que el ser humano mantiene pautas comunes a lo largo del tiempo. Lo que importa entonces, como hemos dicho en otras ocasiones, es hacer las cosas bien, darles una calidad literaria, porque pretender descubrir la pólvora es una empresa quimérica. 

Por otra parte, no es cierto que el relato que nos ocupa esté hecho para entretener. Eso puedo afirmarlo dado que soy la autora, y no escribo nunca persiguiendo ninguna finalidad externa. Si resulta entretenido es por la misma querencia que mencionábamos antes, a la mayoría de las personas les atrae y les divierte la aventura. La historia me llevó a un paisaje y un estilo determinados, como me pasa siempre. Y el resultado es el que es por eso mismo, no por ninguna premeditación por mi parte.

SEGUNDO ALEGATO (Censuradas las partes spoiler)
De la génesis del relato (o el ya clásico making off
 ) 
Andaba yo hace año y pico de viaje de turisteo por la laguna de Gallocanta, provincia de Zaragoza, cuando, en el centro de interpretación que hay allí encuentro un folleto de la Ruta del Cid, que había oído nombrar hace poco. Uno de los ítems del citado folleto llama poderosamente mi atención, se trata de la etapa de Ateca-Alcocer, donde se refiere uno de los hechos del Cid: estando en su primer destierro pone sitio a la plaza de Alcocer. Pasan los meses y aquello no avanza. El Cid decide fingir la retirada y, cuando los de dentro se confían y salen de la fortaleza, vuelve grupas y gana el castillo. Poco después, desde Calatayud acuden nuevas tropas al servicio de la taifa de Valencia y les ponen nuevo sitio. Obligados por la falta de agua, tras tres semanas presentan batalla campal en la que, finalmente, ganan las tropas del Cid. Propietario sin discusión de la plaza, y con el botín logrado en la batalla, el Cid vende el castillo a otros musulmanes y continúa su camino hacia el este. 

Bien, me encanta la anécdota. No sé nada del Cid aparte de lo que se estudia del Cantar, y le tengo por una figura algo rancia del imaginario español, adalid de la cristiandad y bla, bla... Además, "es tan poco yo...". Total, que en ese mismo instante lo decido: voy a escribir un relato para Hislibris con el Cid como prota y ese hecho como trama. 

Siguiente paso: empiezo a documentarme. ¿Y qué me encuentro? Alcocer no existe, solo excavaciones arqueológicas recientes han dado con su emplazamiento. Ahora solo es polvo y piedras sueltas. ¡Portentosa imagen! Ya estoy viendo el viento soplar sobre la tierra yerma y las ruinas abandonadas. Así que imagino ese tono crepuscular de alguien que está en las ruinas y mira con nostalgia el pasado. Y las palabras que le acompañan tienen la poesía que imagino en un compañero musulmán de Rodrigo, que acaba de perfilarse en mi mente. Claro que él tiene que ver un tiempo de decadencia que no puede ser aquel en que se dieron los hechos. ¡Ya está! Una carta o un mensaje desde el futuro. Pero necesito un futuro muy avanzado, para asegurarme que Alcocer ha desaparecido. Y un motivo para escribir su carta. 
Sigo con lo mío. Y, ¡oh, desilusión!, la anécdota de Alcocer no es histórica, pertenece al Cantar del Mío Cid. Pero no importa, por lo que voy estudiando en los libros (sobre todo uno muy clarificador que me ha encantado: El Cid. Historia, leyenda y mito. Francisco Javier Peña Pérez), del itinerario del Cid por tierras castellanas no se sabe nada más que lo que apunta la leyenda. Además, era la forma de proceder habitual de las tropas. Se evitaban en lo posible las batallas campales y la pérdida de hombres que suponían, por lo que se recurría a estrategias sofisticadas, en las que Rodrigo parecía destacar. Mucho más adelante decido no complicarme la vida y traslado toda esa trama a las tierras de Saraqusta, donde sí se conocen los hechos del Cid y hay castillos de sobra donde puede ocurrir algo parecido a lo que quiero. Ya tengo escenario fijo. 

Por otra parte, me he puesto a imaginar el mensaje del amigo musulmán (que pienso poner en algún punto de principios del siglo XX) y quiero hacer algún tipo de código cifrado. Me obsesiono con las palabras bifrontes (que no sabía cómo se llamaban pero sí conocía, son aquellas que significan una cosa según se lean normal o de derecha a izquierda). Y también he empezado a pensar en una “verdadera” aventura que ocupe a mi Rodrigo al margen de las batallas. La búsqueda de algo que sea su auténtica misión, algo secreto que, por tanto, no haya recogido la Historia oficial. La trama se me complica sin remedio. 

Siempre me han llamado la atención los mitos interculturales. Y además pegan especialmente con "mi" época, en la que en la Península convivían las tres religiones. No recuerdo cómo llegué a Elohim, creo que el nombre salió en algún sitio, pero tras encontrarlo fui siguiendo pista tras pista, explorando el origen de la Meca y la Kaaba, y encontrando los lugares y objetos comunes para judíos y musulmanes y, luego, para los cristianos. Empecé a imaginar alguna reliquia inexistente, pero que pudiera“encajar”. Algo más sagrado y primitivo que nada conocido. Y surgió la Reliquia, el Libro de Elohim. Hahael lo “leyó” muy bien, una piedra llegada de fuera (como la Kaaba) que supusiera la rúbrica de la alianza entre los “dioses” venidos del espacio y el hombre. Lo llamé Libro solo porque tenía unas letras o ideogramas que se suponían palabra de Dios, pero en realidad sería una piedra oscura de algún material inexistente en la Tierra, con ciertas propiedades mágicas. Claro que, al final y como suele ocurrirme, sufrí de falta de espacio, así que, como bien apuntó Likine, quedó un poco cojo lo relacionado con ella. Mi intención es que fuera como el recordatorio del pacto que los dioses habían hecho con los seres humanos, algo que se pudiera invocar en determinado momento futuro en que se precisara una ayuda vital (léase apocalipsis, fin del mundo, invasión extraterrestre… ya vería). Y traté de insinuar que era algo que habían reclamado para sí todas las grandes religiones, cómo pasa a menudo en la realidad misma. Por último, tenía que ser una reliquia anterior a todas, con lo que me fui “a mirar” antes del diluvio. Así llegué a Jared, Enoc, Matusalén… todos hombres tremendamente longevos, según la Biblia. Y con eso ¡idea repentina!, se me arreglaba lo del corresponsal del futuro. No tenía que viajar, simplemente tenía que vivir unos ochocientos años y estaría a punto para escribir. 

Y la carta cifrada sería para encontrar la Reliquia. Entonces fue cuando se me ocurrió que la carta resultaba innecesaria si la Reliquia estaba donde tenía que estar y el Cid y sus camaradas la encontraban por las pistas de la secta o hermandad a la que pertenecían. ¿Entonces? La carta tenía que explicarles cómo encontrar el objeto, porque ya no estaba ahí. Abdel Alí la tenía consigo, pero había tenido que mandarla al pasado para salvarla de sus captores. Y (ley inventada para la ocasión) como el mismo objeto no puede existir a la vez por duplicado, al aparecer en la Aljafería tenía por fuerza que desaparecer de Escarpe. ¿Por qué el palacio taifal? Porque me enamoré. Busqué información y me quedé atrapada con su construcción, su belleza y el interesante personaje que mandó construirla: Al-Muqtadir. 

Bien, ya solo faltaba escribir el código (algo que tuviera un mínimo sentido pero que no significara nada útil salvo que fuera traducido). Me lo pasé pipa probando con las palabras bifrontes (hay listas en internet) y ensamblándolas en distintas frases hasta dar con la mejor. Pero eso no era todo, tenía que dar con una clave que permitiera a mis chicos entender el mensaje. Y como no tenían muchos códigos de cifrado a su alcance, y la Biblia está muy vista, se me ocurrió el Corán, que tiene azoras suficientes para jugar con las cifras y me parece que tiene una estructura muy interesante y poco conocida para nosotros. El día que lo logré, cuando por fin conseguí ligar todo de manera que las citas del Corán llevaran al descifrado del mensaje, me sentí un genio XD (luego ya volví a la tierra cuando me di cuenta de que faltaba lo peor, contarlo todo de manera que el lector pudiera verlo, y también resultara verosímil que mis protas lo dedujeran). 



ALEGATO TERCERO 
De historicidad y sexo medieval (vulgar estrategia de marketing, luego irá de todo menos de sexo XD
 ). 
Resulta obvio por algunos comentarios que cada uno tenemos una idea distinta de lo que fue el siglo XI en la Península Ibérica. Naturalmente, no digo que la mía sea más acertada que la del resto, tan solo quiero hacer constar que es algo que tuve en cuenta y que, acertada o no, el resultado del relato es consecuencia directa de mi interpretación sobre la época. 
Fue un siglo realmente interesante y peculiar. Se inicia con la supremacía de los musulmanes y termina con el declive de estos y el paralelo encumbramiento de los reinos cristianos. La causa primera del desmembramiento del Califato fue una fuerte crisis económica que los gobernantes trataron de salvar (¡oh, sorpresa!) aumentando las cargas fiscales sobre la población productora, agricultores, ganaderos y artesanos. Exactamente como ahora, en vez de analizar las causas auténticas y obrar en consecuencia, se buscaron soluciones que no eran tales. Al mismo tiempo a los lumbreras de entonces, indiscutibles antecesores de los de ahora, se les ocurrió que la culpa de todo la tenía el gobierno central y que la mejor opción era por tanto la independencia. Así pasamos del Califato a los reinos de taifas, que llegaron a ser 27, aunque al poco empezarían a anexionarse unos a otros. 
Los pequeños reinos cristianos siguieron la evolución inversa, según disminuía el poder de los reinos musulmanes crecía el de los primeros. Y se estableció el sistema de parias, tributos que los reyes musulmanes pagaban a determinados reyes cristianos a cambio de protección. 
En mitad de este panorama nos encontramos al Cid, personaje complicado por lo que tiene de mezcla, entre la leyenda de la que ha llegado rodeado a nuestros días y los hechos reales que recogen algunas fuentes existentes. 
El Cid se mueve en una tierra en continuo cambio, tierra de fronteras variables y alianzas mudables, en la que conviven culturas y religiones distintas. Y él mismo tiene a lo largo de su vida distintos señores y distintas lealtades, tanto entre cristianos como entre musulmanes. 
Por tanto, esa imagen de adalid de la cristiandad que nos han legado ciertos estudiosos parece a todas luces errónea. Igual de errónea que la percepción de que el poder e influencia de la Iglesia Católica fuera similar al que se daría en siglos posteriores. 
Ahora, relacionemos todo esto con "El libro de Elohim" y las cuestiones problemáticas que han hallado algunos comentaristas. 
Parece haber causado cierto escándalo (o más bien sorpresa), por poco verosímil, la desnudez de Rodrigo. (Hombre, tampoco es que yo lo pusiera en porretas por mitad del campamento XDD. 
Solo hice que el hombre se levantara desnudo delante de su escudero, alguien a su servicio que yo imagino le habría visto en situaciones peores, por ejemplo descompuesto, ebrio, con heridas infectadas o en cualquier estado poco digno, durmiendo y viviendo al aire libre). Pues bien, yo considero que la estrecha moralidad que impondría la Iglesia después, aún no habría llegado a extenderse de ese modo. Empezaban a fundarse los primeros monasterios, llamados de repoblación y la organización territorial de la Iglesia estaba poco definida. 

(A este respecto, es interesante considerar lo que decía el otro día Eslava Galán en la charla del Románico, sobre el "porno en el románico", cuando alguien preguntó sobre la abundancia de temas sexuales, incluso muy explícitos, en la escultura de la época, generalmente en edificios religiosos. Y la teoría de que convenía "animar" al personal de cara a favorecer la reproducción con vistas a la repoblación). 

Y su influencia sería todavía menor (la de la moral de la Iglesia) en la situación peculiar del Cid, atravesando tierras de nadie, a caballo entre reinos cristianos y musulmanes, ora al servicio de Sancho II y luchando por Al-Muqtadir, ora al servicio de Alfonso VI y reclamando las parias de Sevilla, ora al servicio de Al-Mutamín y enfrentándose a la coalición entre los condes de Barcelona y su aliado musulmán, el de Lérida. 
Recordemos también que ni siquiera el Islam fue tan estricto en Al-Andalus, hasta la llegada de los almorávides, que consideraban a los musulmanes de aquí demasiado laxos en el cumplimiento de los preceptos. 

Y respecto al personaje de Vega, que también ha planteado problemas de verosimilitud, decir que fue una apuesta personal, ya que es mi elección habitual meter personajes femeninos donde habitualmente su ausencia es tal, que podríamos pensar que las mujeres no existían y que los hombres nacían de los guisantes :-)
 

Al margen de esto, tampoco he pretendido que Rodrigo la fuera exhibiendo por ahí, ni a ella ni su relación. Ella sospecha que todos saben lo suyo, con lo que indica su intención de esconderlo o mostrarse discretos. Ella va vestida de caballero, con lo que otros ajenos a su "camarilla" pensarían que están luchando contra otro guerrero (hombre) más. Se han dado casos en distintos momentos históricos de mujeres disfrazadas de hombre que luchaban o viajaban como cualquiera. Mujeres en los Tercios (como me contó el Uro hace tiempo), mujeres piratas cuya existencia se conoce porque fueron desenmascaradas, Juana de Arco, que sabemos que era mujer pero que seguro que muchos enemigos tomaron por un hombre... Luego, no tendría por qué ser un personaje real, sino una mujer anónima que, en determinada circunstancia, se hizo pasar por un hombre. 
¿Y amante de Rodrigo? ¿Por qué no? Las amantes eran, son y serán, cosa frecuente. Y no granjeaban en ningún caso el desprecio hacia el hombre que las tenía (en cambio para la mujer era otra cosa). Sin ir más lejos, Alfonso VI, coetáneo del Cid y su señor algunos años, tuvo por cuarta mujer o concubina, no se sabe cierto, a Zaida, una mujer que era incluso de otra religión. Casara o no con ella, el caso es que ya convivían antes de la muerte de la tercera esposa. Y poco después, Alfonso VIII (S. XII) mantuvo legendarios amores con la judía de Toledo. Por no hablar de los Trastámara, bastardos reales que ocuparon el trono. Y no solamente los reyes, también los nobles e incluso los clérigos. Y tanto es así, que les conseguían a sus bastardos cargos y títulos importantes y convenientes matrimonios. 
Por tanto, no me parece raro en exceso que, aun sabiendo de sus amores adúlteros, los hombres de confianza del Cid hicieran la vista gorda y no perdieran un ápice de respeto. 
A mí me resultaría más inverosímil la idea de que hombres que se tiraban años enteros en campaña, los pasaran sin tener sexo. Incluso (a alguien también le chocó esto) que mantuvieran o al menos tuvieran conocimiento de ello, relaciones homosexuales. 

Y ya acabo (sí, aunque parezca imposible). Lo último que quiero decir es que mi objetivo con Vega y Jimena, era enfrentar las dos concepciones posibles del amor que podían darse, y se dan hoy en día. Pensemos que los matrimonios eran en casi todos los casos de conveniencia y con el objetivo de la reproducción. A la esposa se le pedían ciertas cosas y las otras podían buscarse fuera. Exactamente la misma concepción que tienen algunos en nuestros días.


domingo, 16 de febrero de 2014

VALKIRIA (Final)

Diana Muñiz


«Mierda, mierda, mierda». No podía dejar de murmurar esa palabra. Estaba rodeado de mierda y lo único que podía hacer era llorar su suerte y encontrar la solución para salir cuanto antes de ese lugar. Tenía que localizar la causa del atasco, no debía de ser muy complicado, o eso esperaba.
Caminaba por una zona estrecha y bajó adonde se redirigían todos los desperdicios de la nave. Cuatro turbinas, tan grandes como él, se situaban al final del conducto. Sus poderosas hélices trituraban los residuos y los convertían en una especie de papilla de nutrientes que alimentaba los enormes tanques llenos de algas que servían para abastecerlos de oxígeno. El resto, lo poco que no podía ser aprovechado, se lanzaba al espacio sin contemplaciones. No era la solución más limpia pero, como decía Marcos: «Que se preocupen nuestros nietos que yo tengo bastantes problemas con vivir para tener hijos».
Las cuatro turbinas estaban paradas en ese momento. No era muy buena idea estar en ese lugar cuando funcionaban. Riordan se acercó a la primera y la hizo girar, costó un poco pero era evidente que no estaba atorada. Repitió la maniobra con la siguiente, esta vez tuvo más suerte y las hélices no giraron como deberían. Hizo más fuerza pero era inútil, esa debía de ser la avería. Fuera lo que fuera que estaba atorando la maquinaria, estaba bajo la capa de fluidos.
Riordan maldijo su suerte por enésima vez antes de tomar aire y sumergirse. A tientas —ni loco hubiera abierto los ojos aunque sirviera de algo—, localizó las hélices y las siguió a palpo hasta encontrar lo que las estaba obstruyendo. Agarró con fuerza y salió a tomar aire. Una vez fuera miró lo que tenía en la mano; era el pie de un traje de mantenimiento.
—Ups —exclamó al reconocer el mono de la mecánica del último puerto «¿Ana? ¿Alicia? ¿Cómo era?». La chica se había ido apresuradamente después de su encuentro casual, se fue con una de sus camisetas porque no había conseguido encontrar su ropa. La habitación de Riordan era la hermana pequeña de un agujero negro y en aquel momento, lo último que pasó por su cabeza era que el mono estuviera en el colector de residuos. Cómo demonios había ido a parar al desagüe era un misterio—. Genial, creo que me voy a ganar otra bronca.
Tiró con fuerza intentando sacar el traje pero era más complicado de lo que había previsto; se había enredado en la hélice y no iba a ser fácil desenredarlo. Se sumergió una vez más e intentó recuperar la prenda. Consiguió desatascar la mayor parte de las piernas pero el cuerpo y las mangas se negaban a liberarse de su abrazo.
Entonces oyó el ruido. En un primer momento no le dio importancia, era como un zumbido eléctrico, pero él tenía los oídos llenos de substancias que prefería no identificar y el dolor de cabeza no se había mitigado lo más mínimo, así que un zumbido más no le llamaba la atención.
Pero cuando al zumbido le siguió el ronroneo de un motor y la hélice empezó a girar sí que se dio cuenta, y se asustó.
***
Bien, era difícil pero lo había pensado mucho y no era tan mala solución. El chico sabría cuidarse solo. Era espabilado y un buen trabajador, eso no podía negarlo, pero no era suficiente. Sólo esperaba que los demás lo vieran como él.
—Es la mejor solución —intentó justificarse ante Oma, pero si su mujer era difícil de convencer no podía imaginarse lo duro que iba a ser con Guille—. Sale caro de mantener y por su culpa no podemos acercarnos a Sparta.
—¡Es tu hermano!
De nuevo el mismo argumento sin base alguna.
—¡No es mi hermano! Guillermo es mi hermano. Riordan es un perrito abandonado que se encontró mi padre.
—¡No puede echarlo porque tenga que comer! ¡No es culpa suya!
—Y tampoco es culpa suya que le persiga todo el maldito gobierno spartano —dijo Julio, haciendo hincapié en el otro punto escabroso—. ¡Allí es donde hay trabajo! ¿No lo entiendes? Tenemos que ir a Sparta…
—¡No podemos ir a Sparta! —exclamó Oma al borde de las lágrimas—. Tú no estabas… ¡Tú no estabas cuando él llegó a la nave! ¡Era un niño, Julio! ¡Un niño asustado y malherido al que querían matar sólo por haber nacido en el clan equivocado!
—¡Ya no es un niño! —gritó Julio empezando a exasperarse—. Mierda, Oma, ¿estás ciega? ¿Acaso no lo ves? No hay comida para todos.
—Eso, deshazte de él, y luego de mí.
—No empieces con el chantaje emocional…
—¡Yo tampoco tengo dermis simbiótica! ¡Yo también soy cara!
—Esta discusión no tiene sentido… —dijo, sintiendo que estaban entrando en un bucle de acusaciones.
—Puede que para ti no sea un hermano, pero para Guille es más hermano de lo que tú has sido nunca, y para Marcos es como un hijo.
—Ya vale, Oma. Puede que haya estado fuera un tiempo, pero la Valkiria es mi nave.
—¿Un tiempo? —insistió su mujer—. Cuando te marchaste, Guille no tenía ni diez años, apenas hace tres que eres el capitán de la Valkiria.
—¿Intentas decirme que ésta ya no es mi familia? —Podía notar el puñal clavándose entre sus costillas a cada palabra que Oma pronunciaba. «Eso, saquemos los trapos sucios.»
—No, Julio, es al revés. Si no fueras tan cabezón te darías cuenta. Intento decirte que ésta es tu familia; toda ella. Cuando llegaste aquí ya no estaba tu padre, pero estaban tu tío, tu hermano, el perrito abandonado y una doctora inexperta. Te marchaste dejando una familia, y al volver te has encontrado a otra. No puedes prescindir de los miembros que menos te convengan sólo porque es lo más práctico. Una familia no es práctica, no funciona así —Oma clavó en él sus enormes ojos pardos, él desvió la mirada, era difícil resistirse a ella si te desarmaba con sólo pestañear—. Dime que mi discurso ha servido de algo.
Julio agachó la cabeza. No estaba convencido, distaba mucho de ello, pero la discusión con Oma sí que había servido de algo, le había servido para darse cuenta de que la tripulación no lo aceptaría de ningún modo. ¿Acaso era tan descabellado lo que sugería? Dejar a Riordan en Galileo, Brunilda le encontraría trabajo pronto. El chico estaría mejor sin ellos, pero eso que era evidente y claro para él, parecía una locura a ojos de los otros.
Una vez más, Julio se limitó a asentir con la cabeza y encogerse de hombros. Un pitido en el comunicador le libró de tener que mentir a su mujer.
—¿Sí, Marcos?
—¡Las turbinas! ¡Las turbinas se han puesto en marcha!
—Pero es bueno, ¿no? —preguntó sin comprender.
—¡Riordan sigue allí abajo!
***
Apenas podía notarse los brazos. El cable de acero se tensaba delante suyo mientras él luchaba por evitar que la corriente le arrastrara hacia las trituradoras. Con sumo esfuerzo, consiguió avanzar un par de brazadas pero distaba mucho de ser suficiente. Podía notar la adrenalina  bombeando en sus oídos mientras el estruendo de las turbinas apagaba sus gritos y los que salían del comunicador.
Desesperado, intentó llevarse una mano al brazalete que brillaba en su muñeca: si se lo quitaba quizás tuviera alguna posibilidad. Pero eso significaba aguantar su peso y la atracción con un solo brazo mientras con el otro se libraba del aparato.
Miró hacia atrás, el movimiento de las cuatro turbinas generaba un potente túnel de viento que apenas le permitía mantener los ojos abiertos. Si conseguía llegar hasta el conducto vertical estaría a salvo. Si perdía la presa… bueno, era mejor no pensar en esa opción.
Tomó aire y se dejó ir de un brazo. Un bandazo le impulsó hacia atrás pero no se soltó del cable. Llevó su brazo libre hasta la pulsera. Un poco más, casi lo tenía.
El zumbido cesó de repente. Y las turbinas fueron perdiendo poco a poco potencia en cuanto los motores se apagaron.
Al desaparecer el túnel de viento, Riordan cayó de nuevo al fluido de deshecho, pero esta vez no le importaba. Respiró aliviado. A pesar de la pestilencia, estaba vivo.
—¿Estás bien? —dijo Guille, descolgándose por el conducto vertical. Había llegado a tiempo de activar los protocolos de seguridad.
Riordan suspiró y sonrió, el corazón estaba a punto de salirle del pecho, pero estaba feliz.
—Salgamos de aquí —dijo.
***
—¿Qué demonios ha pasado? —preguntó Julio ladrando a su oreja.
—Y yo qué sé, sobrino —se defendió Marcos—, no tengo la culpa de todo lo que funciona mal en esta nave. Ha debido haber un fallo en seguridad, el cachorro dijo que había revisado las luces, todo debería estar apagado.
En ese momento, primero Guille y después Riordan, aparecieron por la compuerta de mantenimiento. Riordan estaba cubierto por una sustancia marrón de los pies a la cabeza y apestaba.
—Oma, no te acerques —advirtió el capitán a su mujer, pero fue un segundo demasiado tarde.
Oma palideció al percibir los efluvios y retrocedió mientras contenía las arcadas. Marcos no pudo reprimir una sonrisa. «Demasiado para tu súpernariz, ojos saltones».
—¿Qué ha pasado? —preguntó Riordan visiblemente alterado. No podía culparle—. ¿Por qué se encendieron las turbinas?
—Eso pregunto yo —dijo Julio—. ¿Te aseguraste de desactivar los motores?
—¡Claro que sí! ¡Por quién me tomas!
—No te tomo por nada, sólo digo que el sistema no se enciende así porque sí.
—¡Pues es lo que ha hecho!
—¡Val! —rugió Julio—. ¿Qué mierda ha pasado?
Los niveles de deshecho estaban alcanzando niveles alarmantes, era necesaria su evacuación. Riordan llevaba medidas de seguridad, apenas había una probabilidad entre cuatro de que el cable fallara. Se consideró que era un riesgo asumible.
—¿Un riesgo asumible? —repitió Riordan incrédulo— ¡Un riesgo asumible! ¡Y una mierda riesgo asumible! ¡Acostarse con la mujer de otro es un riesgo asumible, lo que tú dices es una maldita ruleta rusa! ¡Jodida máquina de mierda!
—Cálmate, Riordan —insitió Julio—. Marcos, revisa esos parámetros de seguridad.
—Riesgo asumible. ¡Ja! ¡Un riesgo asumible, dice!
—Ya vale, Riordan, ha sido un accidente. Eso es todo. Ve a ducharte.
—¡Pero Julio!
—Riordan —dijo, haciéndole callar—. A la ducha.
Marcos contempló la escena sin decir nada. Comprendía la frustración del joven, pero qué podía hacer. Sólo había sido un accidente, un error de valoración, nada más. Ya se le pasaría el cabreo.
***
Oma tenía un mal presentimiento, la estúpida certeza de que había algo que se le escapaba. La actuación de Val no tenía disculpa, una probabilidad entre cuatro era inadmisible para cualquier cálculo estadístico. «Riesgo asumible», lo había definido. ¿Asumible el qué? ¿La probabilidad de accidente? ¿La pérdida de un tripulante? Julio insistía en que había sido un fallo del sistema, un simple error en los parámetros de seguridad, nada más.
—¿Encuentras la avería? —preguntó a Marcos. Éste estaba metido en las tripas de la Valkiria, buscando entre los circuitos.
—Nada —dijo sacando un par de placas de circuitos para luego volver a dejarlas en su puesto—, pero yo de robótica sé poco. Pregúntame lo que quieras sobre el modelo Wagner o cualquier otro modelo de la Volkswagen. Mecánica, ojos saltones, lo mío es la mecánica; háblame de tuercas, motores o fluidos de transmisión, pero la IA es otra cosa. Mi hermano la compró de segunda mano, yo le dije que no hacía falta, que era un lujo innecesario, pero claro, era una IA original de Antobots; de esas ya no se encuentran.
—¿De segunda mano? —se extrañó la doctora.
—Reiniciada y rebautizada, por supuesto. ¿O crees que el nombre venía de serie?
—Entonces… ¿qué falló? ¿Qué podemos hacer? —preguntó. Nunca le había interesado ni la robótica ni la mecánica y el problema era otro.
—Bueno —carraspeó el orondo mecánico— no sé qué falló, pero podemos reestablecer los parámetros de seguridad y confiar que con eso se solucione.
—¿Y ya está? —. No estaba muy complacida con la respuesta.
—Ya está, ojos saltones, nada más. Ah —añadió— y acabar de reparar la bomba de extracción, revisar los niveles de los depósitos de frelio, arreglar los paneles de la cubierta solar y  recomponer los circuitos de control que se cargó el cachorro. Mucho trabajo para un par de verdes manos —dijo, agitándolas para que quedara claro que sólo tenía dos.
—Pídele ayuda a los jóvenes y quéjate menos —dijo Oma haciendo caso omiso de las protestas del mecánico—. No has sido tú el que ha estado a punto de acabar triturado en el espacio.
—Ya —Marcos inclinó la cabeza con pesar—, pero no ha pasado nada, sólo un susto —se justificó quitando hierro al asunto—. De todas formas, Julio ya tiene a Guille revisando los niveles de frelio y ha mandado a Riordan a reparar las placas de la cubierta solar.
—O sea que te quejas de vicio.
—Si no me dejáis comer, algún vicio me tiene que quedar. —dijo Marcos, sonriendo de oreja a oreja, mostrando sendas hileras de dientes.
Marcos —pitó Guille desde el comunicador—, los niveles de frelio están tres puntos por debajo. ¿Eso es mucho?
—No lo suficiente para preocuparnos —rugió. Oma sonrió, Marcos era de los que creían que si no tenía delante a la persona con la que hablaba, tenía que gritar bien alto para que le oyera—. Pero localiza la fuga o un día de estos no nos despertaremos.
—¿A qué… ? —empezó a decir Oma. Marcos la interrumpió con una mano.
—¡No jodas, Marcos! Hay casi tres kilómetros de conductos. ¿Cómo voy a localizar la fuga?
—Si empiezas ahora tardarás menos.
—¡Guille! —exclamó Oma, las piezas del puzzle comenzaban a encajar y no le gustaba la imagen que se formaba—. Creo que sé dónde está la fuga de frelio.
***
La cubierta solar era una gran cúpula de cristal que mostraba una bellísima perspectiva del universo que les rodeaba. El suelo estaba cubierto de una fina capa de hierba, verde y húmeda. Era el corazón de la Valkira, el lugar más hermoso de la nave y también el más frágil.
Todas las mañanas, la nave se colocaba en un ángulo óptimo que permitía la llegada de los rayos de sol sin necesidad de filtros fotosensibles, esto permitía a los tripulantes de la nave activar sus simbiontes fotosintéticos. El resto del tiempo, la superficie acristalada se cubría por una serie de paneles dorados que protegían la zona de la radiación directa.
En ese momento los paneles estaban descubiertos; la Valkiria había girado su panza alejando la cubierta solar de la zona de exposición. No había sol que atravesara el cristal, sólo un universo infinito cuajado de estrellas y nebulosas. En algún punto de ese firmamento debía de estar Eos.
Riordan miró a su alrededor y suspiró, se preguntó cómo era posible que no fuera nadie más a menudo. Las vistas eran espectaculares.
Todavía tenía el corazón en un puño del susto en los drenajes. No era de los que se sobresaltaban con facilidad, pero todavía temblaba y tenía los músculos de los brazos completamente agarrotados. La parte buena era que ya no le dolía la cabeza.
Un par de reparaciones más y ya se habría acabado el día, y podría sentarse tranquilamente a discutir con Guille sobre deportes o sobre el mono de la mecánica.
—Val —dijo, intentando contener el genio, no había olvidado que había sido un error de cálculo de la máquina lo que casi había acabado con su vida—. Activa los paneles de seguridad.
Paneles de seguridad activados.
Uno a uno, con exasperante lentitud, los paneles se fueron girando, desplegándose como una persiana y ocultando el universo tras su superficie metálica. Todos menos uno, que permaneció oblicuo a los demás, dibujando una franja luminosa encima de la cubierta vegetal. En aquella zona la hierba parecía haber sido quemada.
Riordan frunció el ceño y esperó pacientemente a que los paneles se hubieran girado por completo, para acercarse al que estaba dañado. La hierba chamuscada crepitaba bajo sus pies cuando la cruzó para llegar a los engranajes. Por la rendija todavía se podía ver la inmensidad estrellada. Se arrodilló para localizar la avería y, cuando lo hizo, sacó las herramientas y empezó a trabajar.
No se dio cuenta de que las estrellas se movían: la nave se estaba girando.
***
—¡Es una locura!
—No, no lo es —insistió Oma, todo tenía sentido de repente, un horripilante nuevo sentido, pero su marido no quería verlo.
—Tú misma dijiste que era resaca —dijo Julio.
—Sí, y no sabes cuánto me arrepiento por ello, me equivoqué.
—¿Frelio?
—Sí, una intoxicación por frelio. Guillermo lo ha comprobado, la fuga está en su habitación, y su habitación es un habitáculo pequeño y cerrado. Si esta mañana no hubiera insistido en ir a buscarle, probablemente estaría muerto; nunca se habría despertado.
—Pues… —Julio se encogió de hombros—. Me disculparé con él más tarde, ha sido una confusión, le pediré disculpas y repararemos la fuga. Un accidente, Oma, no un maldito plan de asesinato. Además, no tiene sentido echarle la culpa a Val, tú misma erraste el diagnóstico.
—Pero Val no me lo dijo —insistió de nuevo la doctora—. Le pedí un análisis de sustancias y me dijo que todo era normal. Y luego, el accidente en el drenaje, dijo que era un riesgo asumible, ¿desde cuándo la vida de un miembro de la tripulación es asumible?
—Vale —reconoció Julio—. Supongamos que tienes razón, hay un complot para acabar con Riordan. ¿Por qué?
Oma desvió la mirada, era difícil de probar, difícil de creer, difícil de justificar. Val estaba programada para cuidar y servir a la tripulación, el planear algo así era impensable. Quizás estaba yendo demasiado lejos y el chico sólo tenía un día gafe, nada más. Dos accidentes perfectamente explicables, quizás había una avería en los parámetros de seguridad de la IA, como dijo Marcos. Pero… había algo que no iba bien.
Una luz parpadeaba en el tablero de control.
—Julio, ¿por qué se está girando la nave?
Julio arrugó el entrecejo y miró el panel que le señalaba Oma.
—No lo sé… —dijo extrañado—. Val, ¿por qué ha variado el ángulo de inclinación?
Nadie contestó.
—Oh, oh —tragó saliva—. Esto no es bueno.
—¿Qué está pasando? —preguntó Oma, conocía lo suficiente a su marido como para saber que la sonrisa que en ese momento se dibujaba en su cara era una manifestación de su estado de nervios, y poco tenía que ver con el buen humor.
—Bueno, supongo que te alegrará saber que te creo —dijo Julio, acentuando la sonrisa nerviosa.
Oma no dijo nada, pero le atravesó con una mirada cargada de interrogantes mientras su marido se peleaba con los botones de la consola.
—La Valkiria está adoptando el ángulo de exposición máxima. Eso significa que, a esta distancia de Eos, la cubierta solar se convertirá en una tostadora. ¡Val! —gritó—¡Mierda, Val, contesta! ¡Es una orden!
—Disculpe, capitán.
—¡Val! ¿Por qué estamos girando?
—…
—¡Val!
—Estamos adoptando el punto máximo de incidencia solar.
—¡Eso ya lo veo!
—Julio, ¿qué pasa? —preguntó ella sin comprender.
—Oma, Riordan está reparando la placas en la cubierta solar —El leve temblor en su voz delató lo que era evidente. Si la nave no adquiría la posición de seguridad…—. ¡Val, te ordeno que vuelvas al ángulo óptimo!
—Lo siento, capitán, pero no puedo obedecer esa orden.
—¿Qué?
—¡Riordan! —gritó Oma a su comunicador—. Riordan, ¿me escuchas?
—Es inútil, Oma, he desactivado las comunicaciones con la cubierta solar.
—Val, esto es ridículo —intervino Julio—, Riordan está en la cubierta solar. No puedes matar a Riordan. No puedes —repitió—, va en contra de tu programación primaria.
—Negativo.
—¿Negativo? ¡Tu programación primaria es proteger y servir a la tripulación!
—Se equivoca, capitán, mi programación primaria es proteger y servir a la familia Santacana. Riordan no pertenece a la familia y su mantenimiento conlleva un gasto de recursos que no compensa su presencia. Objetivamente, la eliminación de Riordan mejoraría la calidad de vida de los miembros Santacana y abriría el camino a entablar relaciones comerciales en Sparta. Usted mismo se ha planteado su eliminación más de una vez, sólo hago lo que usted quería.
—¡No! —exclamó Julio—. Puede que dijera que estaríamos mejor sin él —reconoció—, vale, lo he dicho. ¡Pero me refería a dejarlo en una estación, no a matarlo!
—Julio, ya estamos en ángulo de incidencia máximo —le informó Oma con un hilillo de voz.
—Tranquila —dijo con un susurro, como si así no pudiera oírle la IA—. Los paneles están cerrados: pasará calor, pero deberían resistir la radiación máxima.
Deseó que no hubiera dicho nada; en ese momento las luces del monitor indicaron que la cubierta de protección comenzaba a retirarse.
***
            Riordan seguía concentrado en su trabajo. Le gustaba la mecánica, Marcos había reconocido que tenía talento para ella, pero a pesar de eso rara era la vez que le dejaban arreglar algo más que una puerta atascada o una de esas planchas. Hoy había sido su día de suerte, había arreglado un drenaje atascado. Un complicado proceso mecánico que había estado a punto de costarle la vida. Los paneles solares se averiaban continuamente. Por mucho que le doliera a Marcos, la Valkiria era vieja. Cada vez que se veía obligado a meter la mano en sus engranajes sentía como si estuviera abriendo una caja de bromas de las que te sueltan serpentinas cuando las tocas.
Se secó el sudor de la frente, respiraba con dificultad y estaba bastante acalorado. Seguramente, la tensión estaba pasando factura. Las gotas de transpiración se condensaban en sus ojos impidiéndole ver bien.
—Val —Hubiera preferido no hablar con la máquina, pero así era difícil trabajar—. ¿Puedes bajar la temperatura de la cubierta solar?
No recibió respuesta. Riordan se incorporó extrañado; al hacerlo, su brazo quedó expuesto a la radiación que entraba a través del panel dañado. Lo apartó rápidamente al notar la quemadura. La franja de hierba verde empezó a humear.
—¿Val?
El silencio de la Valkiria era una mala señal. El ruido de los engranajes fue la respuesta al interrogante que no había llegado a plantear. Los paneles se estaban abriendo.
Riordan retrocedió asustado al comprender la suerte que le esperaba. Corrió hacia la puerta e intentó abrirla, pero estaba bloqueada.
—¡Socorro! —gritó pidiendo ayuda, pero no había nadie—. ¡Val, abre la puerta! ¡Val! Por favor —murmuró, sintiendo como las lágrimas se agolpaban por salir. No, no lloraría. «Quien llora una vez, llora dos». Los mantras que le habían inculcado de pequeño le perseguían incluso en esa situación. Pero esta vez no bastaba con aparentar ser fuerte, esta vez necesitaba serlo.
Riordan agarró el brazalete inhibidor y tomó aire antes de arrancárselo de golpe. Gritó de dolor mientras tres largos capilares de plástico salían despedidos al verse liberados de las venas que ejercían de vainas. Había llevado el brazalete desde los catorce años, en cuanto empezaron a aparecer los primeros síntomas de pubertad, y nunca había sentido la spartina corriendo por sus venas.
Fue como una descarga eléctrica. La sintió recorriendo todo su cuerpo: desde la punta de los dedos hasta las orejas. Podía notar el sonido atronador de su corazón palpitando en las sienes, más alto que nunca, bombeando con una fuerza que parecía imposible. Se miró las manos y no se las reconoció, eran más grandes y de cada dedo crecía una uña amarillenta y curva. Un nuevo calambre le dobló en dos. Apretó los dientes y resopló intentando reponerse a una nueva convulsión. En algún lugar, perdido entre un laberinto de dolor y nuevas sensaciones, oyó su propia voz recordándose que había sido una suerte no haberse quitado el artefacto en el túnel de drenaje.
Intentó reponerse lo suficiente como para centrarse en su problema actual, por el rabillo del ojo vio que las lamas de protección casi se habían abierto del todo. Una luz cegadora bañaba la cubierta solar calcinando todo lo que encontraba a su paso. Apenas le quedaban unos segundos. Cogió aire y lo soltó de golpe en un grito a la par que descargaba toda su fuerza contra la superficie metálica de la puerta.
Ésta se abolló, pero no cedió ni un centímetro.
Riordan aulló de frustración y desesperación y lanzó una nueva acometida de golpes que dejaron sendas marcas en la superficie machacada. Pero fue inútil. Podía notar como su piel comenzaba a enrojecerse por la radiación solar.
—¡Por favor! —gritó pidiendo auxilio.
Su cuerpo entero rabiaba aún por los efectos del cambio, pero la despiadada Eos empezaba a hacer mella en él. Su piel ardía de dolor y adquiría cada vez un tono más rojizo. Riordan hizo un fútil intento de resguardarse contra la pared. Se acurrucó, escondiendo su cabeza entre los brazos, intentando no pensar que el olor a quemado que inundaba sus fosas nasales era su propia carne.
El ser humano vive con la creencia de que no existe un dolor infinito. Que existe una barrera que no se puede superar, pero a veces tiene la desgraciada suerte de comprobar que se equivoca. El límite existe, sí,  pero está mucho más alto. Entonces se detiene el tiempo.  Se grita, se llora y se reza para que todo acabe pronto. Los segundos de agonía son la eternidad. Pero al final acaba, bien o mal, el cuerpo humano dice basta. Las terminaciones nerviosas se colapsan y ya no hay dolor. Entonces llega la ansiada inconsciencia. Riordan todavía pudo oír una voz lejana que gritaba su nombre; delirios de moribundo.
***
            —He reiniciado la IA —informó Marcos.
Julio asintió sin desviar la mirada, perdida en algún punto de la inmensidad del universo. Todo el suelo de la cubierta solar había quedado calcinado, volutas de humo se elevaban hacia el techo atraídas por los extractores de la Valkiria. Un cementerio, en eso se había convertido el corazón de la nave.
—He reestablecido los parámetros de seguridad y modificado la programación primaria para que incluya la tripulación al completo.
—Después iba Oma —murmuró Julio, perdido en sus pensamientos.
—No es tu culpa, sobrino, ya está.
—Yo le di la idea —confesó—. Yo quería que Riordan desapareciera.
Marcos se atusó la barba y carraspeó intentando encontrar las palabras, pero no había consuelo que pudiera ofrecer.
—Tenías tus motivos.
—Y ella —dijo Julio, inclinando la cabeza—. Y ella.
***
—Está… —Guille no sabía cómo decirlo—, diferente.
Oma le miró y sonrió, asintiendo con la cabeza.
—Es la spartina —le explicó—, cuando los niveles se recuperen volverá a ser el que era.
Riordan estaba amarrado boca abajo en la camilla de la enfermería. Oma retiraba los restos de piel muerta y de ropa quemada de su espalda, dejando al descubierto varias zonas en carne viva. Guille frunció el ceño y se estremeció de dolor empático. Era su amigo y le admiraba. Habían intentado matarlo tres veces en un día y había sobrevivido. Siempre lo hacía, era su naturaleza. Si el mundo se acabara quedarían las cucarachas y Riordan, vivo pero malherido, siempre acababa malherido. No pudo menos que preguntarse qué habría sido de él si hubiera estado en su pellejo. «Habrías muerto tranquilamente durmiendo en tu camita, míralo por el lado positivo, Guille, no tendrías que morir achicharrado, ni triturado…»
 El cuerpo que estaba atado en la camilla poco se parecía al de su amigo. Tenía más músculos de los que podía contar y cada uno de ellos estaba surcado por venas que no sabía que existieran. Sus uñas se había convertido en garras y le había crecido el pelo y la barba.
—No es por meterme con los gustos femeninos, pero… ¿cómo podéis considerar esto atractivo?
Oma no pudo evitar soltar una sonora carcajada.
—No es atractivo, Guille, son feromonas. La composición química de la spartina es muy similar a la de las hormonas de atracción. Es algo químico, no una cuestión de gustos.
—¿Y a ti te afecta? —preguntó el joven enarcando una ceja.
Oma se rió de nuevo.
—Un poco —reconoció ladeando la cabeza—, pero sé a qué se debe —se apresuró a añadir—. No te preocupes, no me arrojaré a su cuello en un arrebato de pasión.
Un gemido sordo desde la camilla atrajo su atención, Riordan se estaba despertando.
—Buenos días —dijo Oma con su tono más maternal—. Vuelves con nosotros, ¿cómo te encuentras?
El leónida carraspeó antes de contestar, no debía de ser muy cómodo estar boca abajo.
—¿Por qué no puedo moverme?
—Estás atado y sedado hasta que pasen los efectos de la espartina.
—El brazalete…
—Te lo he vuelto a poner, supongo que en un par de horas la eliminarás por completo y volverás a ser el de siempre. No intentes moverte —advirtió al ver que el joven intentaba incorporarse—, las quemaduras de los hombros y de la espalda son bastante serias, tardarán bastante en curar. Si no estuvieras sedado estarías gritando. Te quedarán cicatrices.
—«Las cicatrices son errores que no cometerás de nuevo» —recitó Riordan.
—«Si tienes muchas, o eres tonto o has aprendido demasiado» —dijo Guille, concluyendo con una sonrisa cómplice el proverbio espartano.
—Esto ya está —dijo Oma—, deberíamos conseguir unos cuantos gusanos limpiadores cuando lleguemos a puerto. Deberías hacer tratamiento con ellos durante un par de semanas.
—Gusanos no… —gimoteó Riordan.
—Gusanos sí —dijo la doctora y acompañó sus palabras con un beso en la mejilla—. Ahora descansa.
Antes de que pudiera protestar, Oma apagó las luces y obligó a Guille a salir de la habitación. Antes de hacerlo, fue hacia el leónida y le sorprendió con un golpe en la cabeza.
—¡Au! —se quejó Riordan, pero enmudeció al descubrir la mirada vidriosa de su amigo.
—Mejórate —dijo éste, simplemente, antes de dejarle en la oscuridad.
***
Sus manos volvían a ser manos humanas. «Desconfía de aquel que no enseña sus garras» rezaba otro proverbio. Guille le había puesto al día de todo lo que había pasado, de los intentos de asesinato de Val. Frunció el ceño al recordarlo, pero no podía sentir odio, sentía una estúpida mezcla de autocompasión y culpabilidad.
—Lo siento mucho —dijo el capitán. Julio no era de los que pedían disculpas, se podía considerar afortunado—. Me siento responsable de todo lo que ha sucedido con Val, ha sido culpa mía. Nunca he tenido intención de matarte, si te sirve de consuelo, aunque a veces no me faltan ganas —rió sin gracia—. Lo siento, no sé qué más decir.
—No importa —dijo Riordan cabizbajo. Claro que importaba, había sido muy estúpido al no haberse dado cuenta de lo que sucedía a su alrededor, ¿cómo había podido estar tan ciego? No había muchas soluciones. El accidente con Val obedecía a unas razones, y él tenía la culpa de todo, a él le correspondía asumir los riesgos para solucionarlo—. No quiero irme —confesó el leónida.
—No —se apresuró a aclarar Julio—, nadie ha dicho eso. No es necesario, ya nos espabilaremos. Siempre lo hacemos, ¿no es verdad?
—Podríamos ir a Sparta —sugirió con voz queda, malditas las ganas que tenía él de volver a Sparta.
—No podemos ir a Sparta.
—Me mantendré oculto, no bajaré a puerto, nadie tiene por qué buscarme en la nave —argumentó, sabiendo que no iba a ser tan sencillo—. Dicen que allí hay trabajo, vayamos.
—¿Estás seguro? —preguntó Julio poco convencido. Riordan asintió con la cabeza. No es que fuera fácil, por nada del mundo querría pisar ese planeta de nuevo, pero la realidad era que la Valkiria había sido su hogar más que ningún otro sitio, y no quería perder lo que había encontrado en ella. El riesgo a ser encontrado era preferible a la alternativa.
—Tendrás que confiar en la fuerza de Guille para cargar cosas.
—Bueno, le pondremos a hacer pesas. ¿Y tú? ¿Aguantarás sin buscarte amiguitas ni fiestas?
—Oh, sí, prefiero a las mujeres que no tienen padres y hermanos que quieran matarme antes de conocerme. Si quieren después… —El leónida se encogió de hombros y Julio soltó una carcajada.
—A Sparta pues —dijo Julio con una amplia sonrisa. Parecía satisfecho, debía de esperar esa oportunidad desde hacía mucho tiempo.
La voz de la IA resonó en la habitación.
—Mis disculpas, Riordan. Parece que las medidas que adopté no fueron las más adecuadas para el bienestar de la tripulación. Un error en los parámetros que no se volverá a repetir.
 Riordan se limitó a fruncir el ceño, no respondió. La  aséptica disculpa de la Valkiria no valía una respuesta. Con suerte, sería cierto y no se volvería a repetir. «Nunca des la espalda al que quiere lo que posees, ni a quien te dé los buenos días por la mañana.»
—¿Sabes lo que es una valquiria, Riordan? —preguntó Julio con la mirada ausente. Riordan negó con la cabeza, nunca se lo había planteado—. Según algunas creencias antiguas, recogen el alma de los caídos en combate y se la llevan al paraíso.
—Parece bueno —dijo Riordan sin comprender.

—Ahí está la trampa: es la valquiria quien decide quién vive y quién muere.