jueves, 27 de marzo de 2014

La Ilustración en España II

El reinado de Felipe V (1700-1746)

Contemplemos ahora estos "años ilustrados" divididos en períodos más pequeños, siguiendo para ello el hilo de los distintos reyes que tuvo España. Veamos cuál era el talante gobernador de estos monarcas y cómo pudieron influir en el "comportamiento" futuro del país.
         Tenemos, para empezar, a Felipe V, un rey que llega a España con diecisiete años y a la sombra (alargada) de su abuelo Luis XIV.


 “España ofrece su corona a Felipe de Francia, duque de Anjou, en presencia del Cardenal Portocarrero “, Henry A. Favanne.
¿Cómo empieza Felipe su reinado en España? Pues de forma habitual en lo que a la política se refiere: con una guerra. Y transformando una monarquía compuesta en monarquía centralista. Todo ello ejerciendo de figurante a las órdenes del abuelito, que era quien realmente movía los hilos, siempre al servicio de Francia. El resto lo pasó nuestro rey inmerso en gran parte en sucesivas depresiones, lo que le haría abdicar bastante impulsivamente en su hijo Luis en 1724 (que solo gobernaría ocho meses, ya que tuvo una temprana muerte), retomar luego el gobierno, dejar el estado en manos de su segunda mujer, la reina Isabel de Farnesio, y sus ministros y morirse para ser sucedido por su hijo Fernando VI.

GUERRA DE SUCESIÓN ESPAÑOLA (1701-1713): Fue una guerra internacional y también una guerra civil, entre borbónicos y austracistas. O de otra manera, entre los partidarios del nuevo rey y los del Archiduque Carlos de Habsburgo. La guerra concluyó con la firma del Tratado de Utrecht en 1713, que estipulaba lo siguiente:
         · Felipe V era reconocido por las potencias europeas como Rey de España pero renunciaba a cualquier posible derecho a la corona francesa.
         · Los Países Bajos españoles y los territorios italianos (Nápoles y Cerdeña) pasan a Austria. El reino de Saboya se anexiona la isla de Sicilia.
         · Inglaterra obtiene Gibraltar, Menorca y el navío de permiso (derecho limitado a comerciar con las Indias españolas) y el asiento de negros (permiso para comerciar con esclavos en las Indias).
A su llegada a España Felipe V había sido recibido, al menos en Madrid, con el entusiasmo propio de quienes esperaban que trajera una auténtica renovación, tras el estancamiento y decadencia de la dinastía de los Austria. Pero las esperanzas de estos optimistas se verán pronto truncadas: el rey instaura en el país una monarquía al estilo de la francesa, centralista y uniformista, acabando con la monarquía compuesta** de los Austrias de los dos siglos anteriores.
**Esta reforma va a ser algo muy a tener en cuenta después, a la hora de explicar algunos aspectos clave de la idiosincrasia española en lo que atañe a la organización territorial, y los aires de independencia que han soplado desde entonces.
         ¿Qué es una monarquía compuesta?
         Es la monarquía caracterizada por el hecho de constituir un conjunto de “Reinos, Estados y Señoríos” bajo un mismo monarca pero manteniendo su identidad institucional y legal.
         En palabras de Juan de Solórzano Pereira (tratadista político castellano del siglo XVII): «Son aquellas monarquías integradas por diversos reinos y estados unidos bajo la fórmula de “unión diferenciada”, lo que significaba que los reinos se han de regir y gobernar como si el rey que los tiene juntos, lo fuera solamente de cada uno de ellos».
         Uno de los más claros ejemplos es la Monarquía Hispánica, que nació en 1479 de la unión de la Corona de Castilla y la corona de Aragón, por el matrimonio de Isabel y Fernando. Desde entonces fue agregando diversos Reinos, Estados y Señoríos, en Europa y en América, hasta convertirse bajo la Casa de Austria en la Monarquía más poderosa de su tiempo. En 1580 Felipe II incorporó la corona de Portugal.

Pero no fue esa la única reforma sucedida durante los más de cuarenta años de su reinado, en el que podemos identificar fácilmente dos períodos: la primera época, hasta 1724, de fuerte influencia francesa e italiana. Y la segunda (de 1724 a 1742) de gran protagonismo de estadistas y ministros españoles.
         En el primer período y a pesar de la Guerra de Sucesión, se inició la renovación cultural en España, se fundó la Librería Real, el germen de lo que llegaría a ser la Biblioteca Nacional; la Academia de la Lengua y las de Medicina e Historia. Fue en realidad un afrancesamiento de las formas, que no parece que calara mucho en la población general.
         En el aspecto económico, se restauró la Hacienda y se protegió a la burguesía, buscando el crecimiento de la industria nacional, por medio de una política económica fuertemente proteccionista y suprimiendo las aduanas internas para favorecer el comercio interior. Se creó en Guadalajara una Real Fábrica, para elaborar tejidos de lujo, que llegó a contar con varios centenares de telares y unos miles de trabajadores. Respecto al comercio exterior, se trasladó la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz, cuyo puerto ofrecía mejores posibilidades.
         En el aspecto militar, reorganizó la milicia dotándola de disciplina, buscando la profesionalización de sus miembros, estableciendo una sólida jerarquía en los cuadros y un método de reclutamiento obligatorio. La Armada se fortaleció con la construcción de una base naval en Ferrol, mejorando la infraestructura portuaria de importantes ciudades, construyendo numerosos barcos y activando las industrias auxiliares de la navegación.


Felipe V y su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya.



Desde 1714 casado con la italiana Isabel de Farnesio. Aquí les vemos, en este retrato de familia, en compañía de sus hijos, nueras y nietas. 

La familia de Felipe V-Louis-Michel van Loo
En la segunda parte de su reinado destaca el papel desempeñado por los ministros españoles. Entre ellos, los ilustrados José Patiño, José del Campillo y, luego, el marqués de la Ensenada (de cuya leyenda negra nos ocuparemos en el capítulo dedicado a Fernando VI, a cuyas órdenes también sirvió).
         Con ellos se acentuó el proceso de reconstrucción nacional, se expandió la flota, se reactivó el comercio, nacional y colonial, y se siguió protegiendo la industria. Para el suministro de materias primas se crearon compañías comerciales con América y se persiguió severamente el contrabando.
         Sin embargo, en política exterior las cosas parecen haber resultado menos positivas. En esos años se consumó la liquidación del imperio español en Europa. El rey era más dado a las empresas militares que a la diplomacia. Esto, unido a la falta de buenos diplomáticos españoles, puede tal vez explicar los frecuentes fracasos de España en los tratados.
         El país se vio envuelto en el peligroso juego del equilibrio europeo, llevado de la mano por Francia y supeditando luego, en ocasiones, los auténticos intereses españoles en Italia a los personales de Isabel de Farnesio.
         La alianza con Francia, tanto en el reinado de Luis XIV como en el de Luis XV, resultó lesiva para los intereses de España, que se vio abandonada por su aliada en los momentos de negociar.

Spain is different

No puedo dejar de señalar una serie de aspectos, de carácter social, que empiezan a marcar diferencias entre nosotros y el resto de Europa, en un siglo que nos mete de lleno en la llamada Era de las revoluciones, de las que, casi en general, quedaríamos al margen.
         + La reforma religiosa: la separación de un buen número de países europeos de la Iglesia católica (y las guerras consiguientes) definió importantes diferencias entre los futuros estados. Luteranos y calvinistas tenían distintos ideales de vida, más basados en el trabajo y la austeridad. En sus países el estamento de la burguesía cobró mayor auge, lo que a su vez favoreció la revolución social ocasionada por su actividad. Por otra parte, la represión que España ejerció sobre los otros cultos en su zona de gobierno fue un aspecto crucial para la rebelión de esos territorios, los luego llamados Países Bajos, que lograron sacudirse el yugo de la corona, constituyendo un duro revés para la economía y el prestigio españoles.
         + Nuestro país seguía siendo eminentemente agrícola y el reparto de la tierra era desigual y continuador del feudalismo. Esto ocurría igualmente en otros países europeos, pero algunos como Inglaterra tuvieron su propia Revolución agrícola, que preparó el terreno para la Revolución industrial, de la que España quedó bastante al margen, y para la consumación del paso del feudalismo al capitalismo.
         + De nuevo acudiremos al Reino Unido, que contaba con un Parlamento como órgano de gobierno (aunque fuera al servicio del rey). Tras la llamada Revolución inglesa, esta institución adquirió nuevos poderes, mucho más extensos. El monarca nunca volvería a tener el poder absoluto y la llamada "Declaración de Derechos" se convertía en un documento definitivo. Por otra parte, ya sabemos lo que iba a ocurrir en Francia en pocos años. Pero esa es otra historia que dejaremos hasta el próximo monarca.

miércoles, 26 de marzo de 2014

Escultoras

Por 25 céntimos cada una, nombres de escultoras de todos los tiempos.
Ti-toriro-riro... ti-torir...


¿Qué, problemas? Eso mismo me ha pasado a mí esta mañana, que no daba con los dichosos nombres. No sabemos mucho de mujeres escultoras, me temo. Yo no sabía ni que hubiera XDD
         Todo ha empezado hoy como de costumbre, con una leve pista, en este caso en forma de fotografía compartida por una amiga.


Se trata de la escultura de Beatrice Cenci, realizada por Harriet Hosmer. Es una obra realmente bella (la historia de Beatrice, que ya conocía, no tiene tampoco desperdicio), que me ha hecho indagar en la vida y obra de su autora.
         ¿Quién era Harriet Hosmer?


Esta mujer. Nacida en Massachusetts en 1830. Tuvo una educación peculiar ya que su padre, contrariamente a lo habitual en su generación, se empeñó en proporcionar una buena educación a sus hijas, a la par que una saludable actividad física que fortaleciera su salud. Harriet aprendió anatomía de él, que era médico. Luego estudió en el Sedgewick School, en Berkshire, donde además de recibir una exhaustiva educación hizo amistades que conservaría toda su vida.
         Para ella fue decisiva la amistad con la actriz Charlotte Cushman, con quien se fue a Roma en 1852, y con su pareja, la escritora y periodista Matilda Hayes. Charlotte era algo más que un modelo de trayectoria profesional para Harriet, era también un modelo de vida, atreviéndose a vivir abiertamente su amor por otras mujeres en un tiempo en que no se conocía (o reconocía) el lesbianismo. Harriet tendría durante su vida varias relaciones con mujeres pero la más significativa y duradera parece ser la que mantuvo con Lady Louisa Ashburton.
         En Roma tuvo relación con diversos escritores y artistas del momento, expatriados como ella: Nathaniel Hawthorne, William Makepeace Thackeray, George Eliot y George Sand. Y una estrecha amistad con el matrimonio formado por Robert y Elizabeth (Barrett) Browning.
         El novelista Henry James acuñó un despectivo término para referirse al grupo de mujeres artistas del que formaba parte Harriet en Roma, «El Rebaño blanco marmóreo». Estas artistas incluían lesbianas como Anne Whitney, Emma Stebbins, Edmonia Lewis y no lesbianas como Louisa Lander, Margaret Foley, Florence Freeman y Vinnie Ream.
         Harriet sabía que su éxito y, por tanto, su medio de vida dependían de que no se enfrentara frontalmente a los valores y mandatos de la sociedad de su época. Sin embargo, se las arregló para imprimir en su obra su propia visión, a menudo distinta, sobre la mujer, presentando a sus protagonistas no solo en sus facetas de belleza y sensibilidad, sino también mostrando su fuerza y su carácter.
         Es fácil ver esto mismo en una de sus obras más conocidas, Zenobia in chains. La reina Zenobia de Palmira era un icono de la época, usualmente representada durante su desfile de la humillación, en Roma, luchando por desprenderse de sus cadenas. La Zenobia de Hosmer, en cambio, muestra toda la serenidad y la fuerza resignada de una verdadera reina.




Me dejo para otro capítulo a Edmonia Lewis, una escultora de curioso origen que también vivió en Roma y obtuvo reconocimiento en su época, para ser, como Harriet, borrada de la memoria apenas unos años después de su muerte.

viernes, 21 de marzo de 2014

La Ilustración en España I

(Las dos Españas)

La verdad, el tiempo y la historia - Francisco de Goya

Bien, ¿y qué estaba pasando en España durante esos años convulsos y de cambios de la Revolución francesa?

         Permitidme lo primero un inciso: responder a esta pregunta me ha llevado mucho trabajo, ya que, en poco más de un siglo se cruzan y entrecruzan en la historia de nuestro país múltiples hechos y personajes que configuran unos tiempos agitados pero en el fondo inmutables, que cuesta desentrañar. Pasan muchas cosas pero da la sensación que en realidad poco o nada evoluciona, o al menos a mejor. Y eso es algo que cuesta sintetizar.
         Para empezar, recordaremos que la Ilustración es el movimiento filosófico y cultural que se dio en Europa desde finales del S. XVII hasta la revolución francesa en el S. XVIII.
         Su nombre viene dado por el que constituía su principal objetivo: disipar las tinieblas de la humanidad gracias a la luz de la razón.
         Sus principales características pueden resumirse así:



El período de la Ilustración se inicia oficialmente en España con la instauración de la dinastía de los Borbones, entre 1700 y 1758. Esto ocurre cuando Carlos II, el último rey de la dinastía de los Austrias, sin tener descendencia y en un uso como poco menoscabado de sus facultades, deja en su testamento como heredero a Felipe V, nieto del monarca francés Luis XIV, en el año 1700.
         Cuatro serán los Reyes que cubrirán este periodo: Felipe V Borbón, sus hijos Fernando VI y Carlos III y su nieto Carlos IV. Con este último el modelo imperante entra en crisis y termina con las “abdicaciones de Bayona”, acaecidas el 5 de mayo de 1808, en las que Carlos IV y su hijo Fernando VII (que le había obligado a abdicar en su persona dos meses antes (Motín de Aranjuez), pero que, debido a las presiones de Napoleón, se vio obligado a “devolver” el poder a su padre), cedieron bajo coacción a Napoleón Bonaparte sus derechos a la Corona, que este a su vez pasó a su hermano José I Bonaparte, lo que dio inicio a la Guerra de Independencia Española.
         Con los Borbones se iniciarán una serie de reformas, encaminadas a modernizar el país, aunque sin transformar las estructuras económicas y sociales del modelo imperante. Su programa de reformas se centrará en:
         Racionalización de la administración
         Centralización del estado, a imitación del estado francés
         Reforzamiento del poder de los reyes
         Modernización de la defensa del estado y sus colonias
         Fomento de la economía en todas sus vertientes
         La reorganización de la hacienda, como paso previo para conseguir este amplio programa de reformas.
La monarquía borbónica (al igual que otras europeas) se sentirá atraída por la faceta reformista de la Ilustración para utilizarla a su servicio, bien dispuestos a impulsar el "progreso" pero sin alterar el orden social y político establecido. Y cuando algunos ilustrados traspasaron ciertos límites acabaron sufriendo en sus carnes el poder coercitivo del Estado.
         Y aquí toca hacer una aclaración. Hasta no hace mucho tiempo se pensaba que los principios de la Ilustración no llegaron a España en el momento en que se producía en Europa, sino después. Y que cuando lo hicieron fue de la mano de los Borbones. Esta exaltación de los méritos de la nueva dinastía fue obra de los propagandistas de la misma y se produjo especialmente durante el reinado de Carlos III. Pero las investigaciones históricas de las últimas décadas han demostrado que se trata de una visión falsa y que las nuevas corrientes culturales europeas ya eran en realidad conocidas en las dos últimas décadas del siglo XVII por los novatores; por lo tanto, antes de la llegada Borbones.
         Pero, ¿quiénes fueron esos “novatores”? Pues un grupo de intelectuales y científicos españoles llamados así por sus detractores, despectivamente, debido a su afán por lo nuevo, por renovar o innovar. Representan algo así como la pre-ilustración.
         Se caracterizaron por su interés por las novedades científicas y su defensa del empirismo y el racionalismo. Buscaban el rigor metodológico y la claridad expositiva y prefirieron usar las lenguas modernas antes que las clásicas, para publicar sus obras.
         Los novatores eran conscientes del atraso científico de España y la marginalidad del ambiente intelectual español respecto a las grandes corrientes de pensamiento europeo, temas en los que se centran. Encontraban una causa principal del anquilosamiento de la Universidad española en el escolasticismo, que actuaba como una rémora. Sacaron el debate de sus ideas fuera de las aulas universitarias, a tertulias y Academias, más ágiles en su funcionamiento.
         Sus ideas cristalizarían en el movimiento ilustrado propiamente dicho.
En España el movimiento ilustrado sólo se difundió entre determinadas élites (entre algunos nobles y clérigos, y entre algunos profesionales, funcionarios y miembros acomodados del "estado llano"), constituyendo siempre una minoría, dinámica e influyente, pero minoría al cabo y al fin. ‹‹Y aunque los principios que defendieron llegaron a impregnar toda su época, el censo de los indiferentes, de los tradicionalistas y de los enemigos de las Luces siempre fue mucho más abultado que el de los partidarios del progreso, la razón y la libertad››. (Antonio Mestre y Pablo Pérez García).
         Para los ilustrados la razón era el instrumento esencial para alcanzar la verdad por lo que debían ser sometidas a crítica todas las "verdades" (o creencias admitidas) heredadas de la "tradición" (del pasado), especialmente aquéllas que se basaban en los prejuicios, en la ignorancia y en la superstición o en los dogmas religiosos.
         Con ellos se produce la llegada de las nuevas teorías económicas, de la fisiocracia y del liberalismo económico. El interés por la educación y el progreso da lugar a nuevas instituciones de enseñanza, tanto secundaria como superior. Se reforman las Universidades y se favorece el desarrollo de las ciencias experimentales, creándose las Academias de ciencias.
         Su afán reformista, cómo no, les llevó a chocar con la Iglesia y la mayor parte de la aristocracia. Pese a los afanes ilustrados, la mayoría del país siguió, como hemos señalado, apegada a los valores tradicionales.
         Y eso que la mayoría de los ilustrados españoles ‹‹eran buenos cristianos y fervientes monárquicos, que no tenían nada de subversivos ni revolucionarios en el sentido actual del término. Eran partidarios de cambios pacíficos y graduales que afectaran a todos los ámbitos de la vida nacional, sin alterar en esencia el orden social y político vigentes››. (Roberto Fernández).
         Así, como ha remarcado el historiador Martínez Shaw, ‹‹la campaña reformista de los ilustrados tuvo que detenerse ante los privilegios de las clases dominantes, ante las estructuras del régimen absolutista y ante los anatemas de las autoridades eclesiásticas››.

lunes, 17 de marzo de 2014

Pócimas y recetas

Esta vez un texto reciente, calentito, calentito como recién sacado del horno. Está hecho para un concurso de relato corto bajo el lema de "La Bruma". Hoy se ha publicado el fallo y mi relato no ha resultado agraciado. He de decir, eso sí, que han seleccionado solo 4 de un total de 80 obras presentadas. Así que la derrota resulta bastante asumible XD
He aquí mi...

TRIBUTO A LAS OLAS
L. G. Morgan


No podía seguir ignorándolo más, aquello venía a por él. Había recibido advertencias de sobra, pero él se había empeñado en negar la evidencia. Ya estaba bien, mejor que terminase de una vez, llevaba demasiados años esperando el desenlace.
Desde su puesto en la biblioteca del faro, a un piso tan solo de donde se encontraba el dispositivo luminoso que servía para mantener a salvo a los barcos, veía cómo el mar se iba tiñendo de rojo, el color de la sangre, el color de las vidas que había arrebatado en esas costas, el color de la furia por no poder llevarse más. Y veía también, como cada tarde desde hacía ocho días, tomar cuerpo a la bruma. Empezaba a surgir del agua y se iba apoderando del aire alrededor de Bell Rock, el faro que habían construido en contra de todo pronóstico, en aquel arrecife sumergido que solo dejaba trabajar durante breves períodos cada vez.
Esa bruma espesa y antinatural le producía pavor. Y no es que no hubiera visto nieblas iguales, o incluso más profundas, en su vida junto al mar. No, Sean Fulton, oriundo de Arbroath, Escocia, había crecido en la costa y conocía cada palmo, cada rigor atmosférico, como conocía a los miembros de su familia. Pero esto era otra cosa. La humedad gris se condensaba en apretadas hilachas, que se movían como si tuvieran voluntad propia. Se levantaban del mar y venían a por él. No podía ocultárselo más, había escuchado su voz que le llamaba. Se había dicho que eran cosas suyas, pequeñas locuras que asaltan a los hombres que pasan mucho tiempo solos junto a las olas. Pero en el fondo sabía que no era así, la había oído, como la voz de una sirena, llamándole y reclamando lo que una vez casi fue suyo. Y también la había visto. La bruma adoptaba formas curiosas, y todas ellas le recordaban partes de él que ya se fueron. A veces era su madre amante que venía dispuesta a abrazarle, a veces su novia, Janine, la que nunca llegó a ser su esposa, la que le quitó el mar. Y otras, tal vez las peores, era John Irwin, su mentor, que murió aquel día.
Aquel día… ¿Cuántas veces lo había rememorado en su cabeza?
Se lo habían advertido muchas veces a aquellos hombres de ciudad que vinieron a levantar el faro, que iban a enfurecer al mar, quitándole lo que estaba acostumbrado a llevarse, lo que consideraba suyo. Pero el señor ingeniero, míster Stevenson, se reía de ellos, o bien pensaba que se trataba de trucos encaminados a conseguir más salario, o más cerveza, o menos horas de trabajo.
Claro, aquella era su gran obra. El arrecife había sido una trampa mortal para los barcos que hacían la travesía a los fiordos. Permanecía sumergido todo el tiempo, salvo dos breves períodos diarios de no más de dos horas. Se contaba que un obispo del pasado había mandado instalar una gran campana allí, para avisar a los barcos de la existencia de las rocas mortales. Pero si era cierto, ni Sean ni ninguno de los lugareños la habían visto. Su sonido sí, eso les resultaba familiar. Sobre todo en las noches de tormenta, cuantos vivían en Arbroath y alrededores creían escuchar su tañido fúnebre, arrastrado por el viento.
Y se había decidido por fin instalar allí un faro. Por medio de una labor de ingeniería revolucionaria que el gobierno de su Majestad encargó a Robert Stevenson. La construcción se había llevado muchas vidas, pero eso al gobierno, y a los ingenieros, no les hizo cambiar de opinión.
—¡Malditos provincianos! –exclamaba míster Stevenson cada vez que le contrariaban en exceso–, con sus supercherías. Creen que si le quitamos al mar sus muertos encontrará la forma de cobrarse otros.
—¡Como si fuera un tributo anual! –contestaba, jocoso, míster Fletcher, su lameculos particular, ingeniero también. Y añadía a voz en grito–: Lo que pasa es que trabajamos en condiciones complicadas, y estos bastardos son descuidados y a menudo están borrachos y…
—Conténgase, Frederick –solía susurrar su jefe–, tampoco queremos un motín, ¿verdad?
Hubo un día en que casi se ahogaron todos. Uno de los barcos que les servía de alojamiento y almacén se soltó de su amarra. Y no fue capaz de volver a tiempo de rescatar a los hombres antes de que subiera la marea. Milagrosamente, llegó otra nao, un mercante que hacía la misma ruta, y salvó la vida de los hombres.
Accidentes o imprevistos como aquel se sucedieron día sí, día también. En cuanto te descuidabas, un bandazo de viento o de mar te podía arrojar al agua, lo que era muerte casi segura. No eran solo las olas, eran también el frío extremo y las casi dos millas que separaban Bell Rock de la costa. Y accidentes con las herramientas y con las pesadas piedras que transportaban. Un hombre murió aplastado por una de ellas, otro se cortó una mano, otros dos fueron arrojados desde la altura de la torre y se estrellaron contra las rocas. Y aquella noche…
El faro estaba casi terminado. Sean y John Irwin, su jefe de cuadrilla, tenían el encargo de revisar los anclajes de la base durante la marea baja. El mar estaba en calma, no tenía por qué haber problemas. Pero los hubo. Porque, de alguna manera, despertaron a la bruma.
Un viento helado se desató desde el noreste y encrespó las olas. Y el espacio se llenó de una niebla gris tan cerrada como un muro. De golpe. Sin darles tiempo siquiera a asimilar lo que estaba ocurriendo. El agua subió de inmediato hasta alcanzar sus rodillas. El resto de los hombres estaban ya, o bien a bordo de los dos barcos que les llevaban a la costa, o encaramados en la seguridad de la torreta que habían levantado como almacén y alojamiento mientras durase la obra. El rugido del viento ocultaba sus gritos y sus voces. La bruma hacía el resto, manteniéndoles invisibles a los ojos del mundo.
Ahora el agua les llegaba a la cintura y sus embestidas amenazaban con arrancarles de su precario asidero: los pilotes del faro. Un cable de acero se desgarró de su emplazamiento y restalló como un látigo en el aire tomado por la niebla. Sean sintió un dolor espantoso en una mano, que le hizo soltarse de su anclaje. Pero el brazo de John estaba allí para evitar que el mar se lo llevara. Le sujetó por las ropas y le empujó de nuevo hacia la base de hormigón hasta que estuvo de nuevo a salvo. El cable les fustigó de nuevo, y esta vez se llevó a John.
Luego, mucho más tarde, en la seguridad de la enfermería, Sean repasaría la escena en su mente más de cien veces, sin encontrar en ninguna qué podría haber hecho distinto, pero sin poder perdonarse tampoco no haber sido capaz de devolverle a Irwin el favor crucial. La aventura se saldó para él con la pérdida de dos dedos de la mano izquierda.
Un año después terminaron las obras y el flamante faro de Bell Rock empezó a dar servicio. Sean Fulton y otros dos de los obreros que habían participado en la construcción, accidentados como él en algún punto del proceso, fueron ‹‹recompensados›› con el cargo de fareros. Y empezaron a vivir allí, turnándose en el mantenimiento del faro. Con un trabajo fijo de por vida, sí, pero sin raíces, sin esposa ni hijos –se decía amargamente Sean. Después de que a Janine se la llevaran las olas, nunca quiso volver a saber nada de amores ni hogares, que siempre resultaban ser promesas vanas.

Y ahora todo había vuelto. La bruma estaba allí de nuevo, buscándole, reclamando la vida que casi tuvo una vez y que el destino, o la ayuda de un buen hombre, le arrebataron.
Sean tomó su decisión.
Dejó los escasos objetos de valor que había reunido en una vida de trabajo, junto a la carta que había estado escribiendo, allí en la biblioteca del faro. Se sacó el anillo que siempre llevaba en el dedo junto al muñón de los otros, y que había sido de su padre, abrió la ventana y lo arrojó a los dioses furiosos del mar. Prefería dárselo él antes de que se lo quitaran las olas.
Luego bajó la estrecha escalera y salió a las rocas. La marea estaba subiendo aprisa, mejor así. Se quedó de pie, con los brazos abiertos, recibiendo la sal y las salpicaduras de espuma en la cara, rodeado por la bruma espesa, que venía a estrecharle en su abrazo como una amante.
Y esperó solo a ser poseído por las aguas, devuelto a su seno como un hijo perdido.



*** El faro de Bell Rock existe realmente, su construcción constituyó en su tiempo un milagro de ingeniería. Sean Fulton y el resto de personajes de esta obra, así como la propia trama, son totalmente ficticios; sin embargo durante la obra tuvieron lugar accidentes similares a los que aquí se narran. Para quien desee ampliar información, recomiendo el blog “iBytes”.

viernes, 14 de marzo de 2014

Mujeres que se escriben


Hoy nuestra estrella invitada es…
Beatriz T. Sánchez. Escritora de terror, pontevedresa, con un libro de tonos lovecraftianos publicado (La Búsqueda) y numerosas colaboraciones en antologías de terror o fantasía.
LCE -Muy buenos días. ¿Preparada para convertirte en la siguiente víctima de la sección?
BT –Por supuesto.
LCE –Hoy continuamos con “Mujeres que se escriben”, indagando en los gustos y aficiones literarias de la autora Beatriz T. Sánchez, que ha aceptado muy amablemente participar en el blog y ofrecernos una muestra de su trabajo.
Empecemos con la primera pregunta: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?
BT –Porque me gusta, con perdón, condenadamente; desde pequeña, cuando dibujaba cómics-cuentos para mis hermanas pequeñas y luego ya el primer relato con texto, a los diez. Dije “quiero ser escritora” a los dieciséis, cuándo escribí mi primer relato serio.
LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
BT –Es más bien descriptivo y pausado, aunque ahora no se lleve mucho eso, al parecer. Y sí, ha mejorado, claro, pues cada vez muestro mayor fluidez.
LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer?  Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
BT –Sí lo hay, yo no lo he notado.
LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
BT –No.
LCE – Cambiando de tercio: ¿Qué género literario prefieres?  ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?
BT –Como voraz lectora desde que aprendí a leer, leo casi de todo género, pero como escritora, lo mío es claramente el terror. Podría escribir otras cosas, pero el elemento sobrenatural o inquietante me llama demasiado.
LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
BT – Siempre intento involucrar al lector, deseo que realmente se vea en la piel del protagonista o en la situación narrada.
LCE - ¿Algo más que quieras contarnos?
BT –Sigo escribiendo, no puedo dejar de hacerlo, el oficio de narrador es tan difícil como atrapante jeje
LCE - ¿Querrías presentarnos ahora tu relato?

BT -Hay ciertas ambientaciones antiguas que me gustan mucho, una es la, digamos, nórdica. Así que os regalo un relato inédito inspirado en la figura del berserk:

Danan el solitario

Beatriz T. Sánchez
El viento helaba los huesos, silbaba contra las rocas, arrastraba arena y briznas y con algún repentino brote de furor tras un momento de calma parecía reafirmar la idea de que no iba a cesar jamás. Era lo peor. Por su insistencia, semejante molestia superaba incluso a la causada por el frío y el lejano bramar del mar. Y él estaba allí, el único que todavía se mantenía en pie frente a la mole pétrea e inexpugnable. Todos sus compañeros estaban someramente enterrados bajo la dura tierra invernal. La bruma cubría la costa y él se sentía igual de endurecido y helado, tal vez incluso más.
       Era el último, su nombre era desde aquel mismo instante Danan el Solitario. Los secretos de la Hermandad morirían con él. Pero antes, cumplirían la misión encomendada. Nunca habían fracasado y no sería ahora la primera vez que tal cosa ocurriese. Ya no le importaba que su gran secreto saliese a la luz. Sí, estaban en contacto con los espíritus, su fuerza era de semidioses, como tales eran tratados. Esa era la recompensa por no pertenecer del todo al mundo terreno. Así había sido hasta unos pocos años atrás. Les temían pero también les respetaban. Los mejores lugares en los banquetes les estaban siempre reservados y cuando los oían hablar entre sí en su idioma gremial, las miradas seguían mostrando respeto, pues era el lenguaje de los dioses. Pero todo había cambiado con la llegada de los monjes de negro. Sus palabras y su fervor habían logrado que la gente diese la espalda a los antiguos ritos y a los bosques. Los viejos cánticos dejaron de escucharse y las fiestas de celebrarse. Todos se postraban ya ante un único dios, un predicador conscientemente sacrificado colgando de una cruz. El pueblo no se reunía bajo los robles sino en las iglesias construidas con su madera. Las oraciones sonaban ahora diferentes y ellos, por tanto, ya no eran los protegidos de los dioses sino los del diablo, el repugnante antagonista del nuevo dios, que afirmaban los conversos más fervientes era quien realmente se escondía bajo la veneración que sus padres daban a los espíritus de la naturaleza. Así pues, el respeto había desaparecido y solo había quedado el temor; para los pocos que desde entonces lo habían oído, su idioma era una jerga diabólica.
         Los guerreros de la runa amarilla vagaban desde hacía un tiempo como proscritos, enrolándose como mercenarios entre las huestes de jefezuelos que luchaban por menudencias, lamentando la pérdida de los días de antaño, cuando lideraban los ejércitos de grandes reyes portadores de doradas cotas de malla. Los guerreros de la runa amarilla continuaban siempre armados, siempre alerta, todos iguales, hombro con hombro. Solo ellos sentían júbilo donde los otros hombres empezaban a temblar. Tal vez por eso el viejo los hizo llamar. Él no se pronunciaba al respecto, pero al contrario que la mayoría de sus súbditos, todavía creía en lo antiguo. Danan le había visto ofrecer su copa al sol naciente un par de veces. La Hermandad aún tenía un cierto valor para él, apreciaba su fuerza y lealtad inquebrantables. Y a lo menos sabía que no eran los posesos sedientos de sangre que los monjes de negro querían hacer creer que eran. Solo actuaban como debían hacerlo, sujetos a un compromiso ineludible.
       Volvió a observar la terca fortaleza y apretó los dientes. En algún rincón bien protegido, el hijo más joven del rey yacía con su madrastra. La causa era muy humana, pero ellos acabarían como héroes o al menos de un modo que antaño se consideraría heroico. El viejo quería venganza, limpiar con sangre su honor mancillado. Así sería. ¿Para qué esperar más? Casi nadie lo recordaría probablemente, pero, para su desgracia, iban a saber porque muchos procuraban cortarles los pies o romperles los tobillos a los cadáveres de los miembros de la Hermandad de los guerreros de la runa amarilla.

El muchacho era listo, conocía bien aquella atalaya de vigilancia llena de vituallas. Pero el mar le había jugado una mala pasada. Un temporal había empujado las olas feroces  entre las rocas más de lo habitual, destruyendo el embarcadero. Cuando llegó tras raptar, con su consentimiento, bien es cierto, a la nueva esposa de su padre el rey, no hallaron los fugitivos el navío que esperaban. No tuvieron más remedio que atrincherarse y resistir al puñado de guerreros enviados para acabar con ellos. Incluso ella debía morir, aunque hubiese sido dada como prenda de paz. Eran las órdenes y ellos siempre obedecían. Danan desenvainó su espada. ¿Quién sedujo a quién?, pensó. Probablemente el afecto fue mutuo y pronto creció hasta convertirse en un fuego irresistible. Y luego la extrema juventud puso el resto para obnubilarles la cordura y en vez de ocultarse, gritarlo a los cuatro vientos con un acto tan descabellado. Los guerreros de la runa amarilla habían caído tan bajo… morir por un par de niños enamorados. Le pareció oír la risa maliciosa de los dioses y lanzó algunos tajos retadores al aire aullador ¿Qué era, sino, el tintineo musical que por un instante sus oídos llegaron a percibir? Los inmortales eran tan imprevisibles... y el nudo entramado con ellos, heredado hasta que pereciese el último de su especie...
         Hacía mucho, mucho tiempo, Dargir el Tuerto buscó el modo de pactar con la Fuerza y la Guerra y a todo el que así se lo manifestó, lo guio y enseñó después por el camino de la difícil y dura iniciación. El que lo soportaba, el que sobrevivía, pasaba a formar parte definitiva de la Hermandad, un guerrero de la runa amarilla. Ese era el símbolo poderoso que llevaban grabado a cuchillo en la frente, marca abierta varias veces tras dejarla cicatrizar y cuyas líneas lívidas eran pintadas de ese color cuando se encontraban en campaña. Tal distintivo acompañaba  a la trenza larga hasta las rodillas que siempre lucían. Recordar el dolor del marcado le enardeció.
         En lo alto de la amurallada fachada, los vigías le observaban desde los parapetos del camino de ronda. Danan sonrió para sí, seguro que no entendían porque se había adelantado, solo y sin protección en la amplia explanada. El viento hacía bambolearse a su espalda la larguísima trenza rojiza y el trozo destrozado que había sido su capa de viaje. No quedaba ninguno más, solo él se interponía entre ellos y la huida. Vio como cuchicheaban y uno desaparecía escaleras abajo. Como se esperaba, regresó acompañado de un arquero. El viento se retorció intentando zarandearle pero su cuerpo poderoso no se movió, solo los ojos escocidos tuvieron que entrecerrarse ante la repentina ráfaga. Nunca había visto unos arqueros con mejor puntería. En cuatro días los habían masacrado y ellos, impotentes, no habían podido ni tocarles, como lobos alrededor de un redil bien construido. Salían del fondo de la loma para ir a morir en su cima coronada por aquel peñasco artificial. Los guerreros de la runa amarilla solo sabían luchar en campo abierto, cuerpo a cuerpo, y era la primera vez que asistían a un asedio.
        Muy lentamente, Danan elevó los brazos y comenzó a murmurar los nombres de los espíritus a invocar, cuidando en pronunciar cada sílaba con el tono exacto que debía tener para llegar a sus invisibles dominios; el menor fallo sería fatal, así que puso todos los sentidos en lo que estaba haciendo. Tenía que atraer a las Furias. Sus labios entonaban la plegaria de ayuda y los ojos cerrados, ensombrecidos por el entrecejo fruncido, contribuían con la momentánea ceguera en la necesaria concentración del ritual. El mundo se desvaneció brevemente para él. Luego clavó la espada profundamente en la tierra y gritó con todas sus fuerzas para despertar a sus hermanos caídos. El arquero ya le apuntaba y como él esperaba, y deseaba, disparó. Solían alcanzar en el cuello, pero Danan sabía que los espíritus desviarían la flecha si así era, pues la herida debía producirse en un punto no vital en principio. El agudo metal se hundió en el brazo izquierdo, cerca  del hombro. Un chorro de sangre saltó antes de él romper el astil de la flecha y taponar la herida con un jirón arrancado a la capa. Cayó de rodillas, viendo como el líquido ofrendado era absorbido por la tierra encantada. Miró atrás, abajo, al inicio de la suave cuesta, no muy lejos de los restos de la fogata y las tiendas del precario campamento, veinte montículos hechos de terrones saltaban por los aires empujados fieramente desde abajo. Ahora empezaba la cuenta atrás, todo duraría tanto como sangre donase su cuerpo. Los guerreros caídos podían andar, pues, sin duda, nadie había profanado sus tumbas para evitar tal eventualidad. Antaño, algunos sacerdotes que conocían las palabras no habían dudado en sacrificarse y despertar algún guerrero, o varios, para emplearlo como instrumento de venganza.
       Se levantó con ira mal contenida, solo un súbito espasmo, tenía que mantener la mente serena, y desclavó la espada para señalar con ella el objetivo. Los muertos corrieron a su lado desenvainando las suyas. Danan les miró, pálidos como si se hubiesen revolcado en harina, las venas azuladas visibles bajo la piel traslúcida, los ojos hundidos y rodeados por las hirsutas barbas, los labios negruzcos. Contempló los orificios de entrada y salida en la mayoría de los cuellos y a Gunnar con la cuenca vacía, pues el flechazo le había alcanzado en el ojo derecho, desprendiendo tierra humedecida de fluidos sobre la fláccida mejilla. Inspiró profundamente; era evidente, solo eran carcasas, sus amigos y hermanos no estaban allí. Pero a pesar de ello, sus rostros hoscos le estaban mirando. Todos eran hombres maduros, la última iniciación se había realizado quince años atrás. El mundo ya no les quería. Aunque ni en sus mejores tiempos habían pasado de cien. Un centenar de guerreros férreos que abatían ellos solos a miles. ¿Iban los veinte últimos a perecer contra una reducida escolta que apenas les sobrepasaba en número?. En voz alta, les instó a terminar lo que habían  venido a hacer allí.
       Gunnar y Balder se adelantaron y con agilidad propia de arañas comenzaron a escalar la pared aprovechando cada resquicio entre los bloques de piedra. Arriba, guardias y arqueros se removían confusos. Finalmente, empezaron a dispararles, pero todas las flechas se clavaban en los escudos que se habían colocado a la espalda. La fuerza y destreza mostrada en la ascensión dejaron a Danan perplejo. Balder era el más joven de todos, su trenza se había deshecho y la melena dorada flotaba al viento. Se oyó un grito. Aún no habían llegado a la cima del todo pero los vigías empezaban a distinguir sus terribles semblantes y sus ojos carentes de brillo. Había sido un grito de miedo. Con un enorme acerico incrustado en los dorsos, se enderezaron y saltaron al camino de ronda. Danan sintió el runrún de carreras y voces dando órdenes o llamando, seguido del entrechocar de aceros y gritos, cada vez más golpes y más gritos. Algo voló por los aires y cayó cerca de ellos, era un brazo tronchado a la altura del codo, con su trozo de manga, el borde sanguinolento con un colgajo de piel sobresaliendo y con los dedos todavía intentando apretar la espada que, al irse relajando los nervios, acabó resbalando de su floja sujeción.
         Detrás de él, sus silenciosos y fríos compañeros cerraron filas. Delante, el gran portal, apenas mellado por sus hachazos, comenzó a abrirse. Gunnar empujaba una hoja y Balder la otra, hasta dejar el espacio suficiente para que ellos entrasen raudos. Apenas pisar las losas del patio en torno al que se articulaba la pequeña fortaleza, los guerreros muertos se desparramaron hacia corredores, puertas y escaleras, cercenando las cabezas o brazos de todo aquel que se interponía en su camino. Danan corrió hacia la torre del fondo, con sus cimientos descansando al borde mismo del acantilado, donde seguramente se encontrarían las habitaciones palaciegas. El trapo estaba embebido en sangre y lo sustituyó por otro trozo. ¿Cuánto tiempo había pasado? Lo mismo lo que dura un pestañeo que todo un siglo, no lo sabía.
       Dejaba atrás la creciente conmoción; los vivos, llenos de espanto, trataban de detener inútilmente a unos adversarios imposibles e inmunes a cualquier daño. No albergaban piedad alguna los corazones en proceso de putrefacción. El viento se inflamó con los choques de las espadas y el siseo de los cuchillos, pero la sangre roja y tibia corría en mucha mayor cantidad que la fría y negra. Podía alguno de los desdichados echarse a correr, que su adversario cadavérico lo perseguía infatigable hasta darle alcance o acorralarlo y arrancarle brutalmente la vida. Incluso el aire salitroso parecía haberse enrarecido con extrañas presencias, con rostros entrevistos de inhumana perfección y frialdad, que buscaban ser salpicados con la sangre que hacían correr sus protegidos; y las víctimas se hundían en el pozo de la muerte observando tras la espalda de su verdugo un bello y neblinoso rostro burlón, que antes se había regocijado al ver como las uñas medio sueltas se quedaban clavadas en la carne blanda de una cara horrorizada por el contacto numinoso de la mano abierta y crispada, aprisionándola antes de empujarla hacia atrás para exponer mejor el cuello al filo del arma.
         Corriendo por los pasillos, a Danan le pareció oír llorar a un niño. Se detuvo e intentó escuchar por encima del rumor marino. Siguió hasta la puerta más cercana y la empujó, estaba abierta. Daba a una amplia estancia, cálida y acogedora, pues la chimenea estaba encendida. En el lecho central, sentada en el borde sobre mantas y pieles, la reina; una bonita niña de dieciséis años, con  una larga melena rubia y ojos claros y tristes, vestida con una túnica verde y una diadema de plata. Miró a su izquierda, tras una arcada baja, se recortaban varias figuras en la penumbra con los rostros asustados de varias mujeres y niños, una anciana… las familias de los guardias de la atalaya. Se apartó velozmente al sentir la llegada de otro. El joven cachorro entraba espada en mano dispuesto a todo. Conocía de sobra aquella expresión. Un príncipe que nunca cumpliría veinte años, le dejaría morir con la idea de que había hecho todo lo humanamente posible, simulando que aún tenía que defenderse de él un hombre que, ahora mismo, de un solo tajo, podría partirle en dos. Detuvo su golpe mientras le oía gritar:
         —Malditos demonios, malditos, malditos.
        Sus hermanos fueron apareciendo en el hueco de la puerta abierta. Los filos de sus espadas goteaban y sus túnicas, cotas y polainas también estaban tintos de sangre fresca. Las marcas medio desteñidas aportaban algo de color a sus rostros níveos. Los lloros de las mujeres y niños aumentaron. Sobre la tarima central, en el lecho, también la reina empezó a lloriquear. Danan ya no sentía ni las manos ni los pies, un frío gélido llenaba cada uno de sus poros. Aquel reguero rojo que se veía en el suelo procedía de su herida. Ya no quedaba demasiado tiempo.
       Los muertos vivientes entraron e hicieron amago de dirigirse a la habitación contigua, con Hadrar al frente. El único guerrero de cabello endrino mostraba más daños añadidos a los anteriores, con una nueva flecha clavada en el pecho y sin una mano, perdida de un espadazo, cuyo muñón soltaba apenas algún cuajarón espeso y oscuro. Helfas, con la garganta abierta de parte a parte, también parecía haber sufrido una degollación en vano. Danan miró a los inexpresivos ojos verdosos de Hadrar, sin sentimiento alguno flotando en ellos,  y clamó:
         —No, no les hagáis daño, son las esposas e hijos de los guardias de la atalaya. Ellos no nos incumben, no son el objeto de nuestra misión— no dijo nada, sin embargo, a Gunnar, que marchaba hacia el centro de la estancia, en dirección a la muchacha de la sedosa túnica verde, cuya orla se extendía por el suelo de la tarima cubierta por una rica alfombra, a medida que ella se inclinaba retrocediendo lentamente ante el avance del muerto, incapaz de levantarse, paralizada como estaba por el miedo. Antes de que el tejido oriental y el lecho se viesen rociados con la sangre de la decapitada, Danan atravesó al muchacho con su espada.
       Poco a poco, los lloros y abrazos se habían apoderado incontenibles de la estancia contigua. Resonaban los pasos de los guardias supervivientes subiendo las escaleras y acercándose por los pasillos, eran ellos pues de la fiel escolta del príncipe se habían cuidado de no dejar ninguno vivo, el rumor del mar y el viento en el exterior, todo se iba alejando de los oídos de Danan. El golpe del filo contra el suelo le indicó que Gunnar acababa de separar la cabeza del cuerpo del joven desplomado. Él ya no sentía su propio cuerpo helado y la vista se le nublaba. El hechizo llegaba a su fin. La última gota de su sangre había caído sobre la piedra. Sus hermanos empezaban a derrumbarse.
       Gunnar le lanzó la sanguinolenta bolsa de cuero antes de caer de bruces y no incorporarse ya más. Danan volvía a estar solo y odiaba que su última misión hubiese sido destruir a dos seres más valiosos, a dos mentes más inteligentes, a dos cuerpos con más vida que el de aquel vejestorio que había sido el último señor de los guerreros de la runa amarilla, los guerreros invencibles capaces de volver de la tumba con tal de cumplir el trabajo encomendado.
       Era hora de partir. Sentado en el suelo, miró al grupo que se acercaba y le iba rodeando temeroso, luego a los guardias que entraban sorteando con miedo los cuerpos de los que volvían a ser cadáveres inermes. A ellos se dirigió, mostrándoles la bolsa que guardaba las dos cabezas:
         —Tomad, enviádsela al rey y contadle lo sucedido. Hemos cumplido nuestra misión. A nosotros volved a enterrarnos al pie de esta loma y, por favor, quebradnos a todos los tobillos— observó el rostro de la anciana de trenzas canosas, su boca desdentada dibujaba una sonrisa de entendimiento—  los guerreros de la runa amarilla queremos dormir en paz.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Pócimas teatrales

Cambiando radicalmente de tercio, hoy publico un relato corto que tenía como objetivo tratar el tema de la picaresca. No es un estilo que en principio me atraiga nada, así que hice como acostumbro: si el tema de fondo no me motiva trato de jugar con la forma.
         En tiempos yo leí bastante teatro, clásico y moderno, y se me ocurrió intentar algo parecido pero en forma de relato en prosa. Este fue el resultado.


Luis Ricardo Falero – La Fiesta en la taberna (1880)


Entremés en tres actos
            L.G. Morgan


ACTO I

Nos encontramos en una taberna ahumada y ruidosa. En una de las mesas, sobre la que recae la luz intensa de un foco, están sentados los cuatro personajes principales. Un joven con aspecto de caballero, atildado y apuesto, don Pere. Una moza de buen ver, de mirada recatada, con las manos cruzadas en el halda, Marcelina. Un hombre fornido con pañuelo en la cabeza, Fermín, el chatarrero. Junto al taburete que ocupa descansan un par de aparatosas muletas, es cojo. Y por último, un individuo de extraña catadura, cara de rufián pero alzacuellos de cura, Maese Joaquín. Toma la palabra el cojo.

- Que no, don Pere, que la cuestión aquí es que me ha dejaó preñada a la moza. –Mientras habla da sonoros golpes con el puño en la mesa-. Y eso no se puede consentir, por muy caballero que sea usía.

- Chssst, baje la voz, hombre –susurra el otro descompuesto- si yo no le estoy negando nada. Solo digo que habrá que esperar y ver...

- ¿Y ver qué, que se le note el bombo a esta? Todavía lo puede disimular usando la saya ancha pero en un par de semanas... y ahora a ver qué hago yo, ¿eh?. Estoy impedido, como puede ver –se señala la pierna con grandes aspavientos-, desde el accidente no he podido trabajar y no tenemos ni p’a comer. Y tenía a la moza comprometida con un buen hombre, un artesano del gremio, honrao, trabajador... pero ahora que usía le ha quitao la honra... pues no la va a querer –asiente el cura con gesto grave-. Ay, Dios mío –gime en voz alta mesándose los cabellos- qué va a ser ahora de mi dulce e inocente Marcelina.

- Que yo no digo –trata de calmarle don Pere- que no vaya a cumplir. Pero –y aquí le surge un gesto de lo más desconfiado- cómo sé yo que el niño... bueno –se arma de valor y sin mirar a la muchacha termina del tirón:- cómo sé que es mio.

       Marcelina se echa a llorar desconsoladamente, retorciendo entre las manos el extremo del delantal y su padre se levanta indignado y se encara con el asustado joven.

- Qué cómo sabe que es suyo? ¿Es capaz de decirle a un padre a la cara, después de haberse trajinado a su hija, que no sabe si el hijo es suyo? ¿Es que acaso mi muchacha no estaba entera?

- Tranquilícese, por Dios, tranquilícese –don Pere no cabe en sí de angustia. Mira a todas partes, seguro de que todo el mundo ha oído la conversación. Le señalarán por la calle, se enterará su padre, su vida quedará arruinada... Solo quiere resolver aquello de una vez y seguir con sus asuntos-. Si yo no dudo de la virtud de Marcelina. Que no, Marcelina, no llores más, mujer. Son los nervios, eso es, los nervios que no me dejan pensar con claridad. Claro que eras pura, mujer, si hasta me mostraste las pruebas. Yo... yo –balbucea- yo estoy dispuesto a hacer lo más decoroso. ¿Qué sugiere usted?

- Dígaselo vuecé, padre –Fermín le da un manotazo al cura, para indicarle que es su momento.

- Aquí lo único decente –contesta el reverendo con gesto puritano- es que os caséis con la moza... mmm... desflorada. Yo mismo puedo oficiar la ceremonia cuando gustéis.

       Don Pere se ha quedado blanco como la cal de la pared. No es posible, ¿cómo se va a casar él con esa zagala, guapa como pocas, eso sí, pero sin un real y sin un nombre. Su padre le deshereda, no hay duda.

- No puede ser –afirma tajante. El miedo le confiere un tono de barítono que no admite réplica-. Es que... –se nota que inventa una excusa- yo ya estoy prometido. Sería un honor, Marcelina querida, desposarte, pero no es viable. ¿Alguna otra idea?

       Los dos hombres hacen ver que reflexionan y por último dice el cura:

- Habría otra forma.... no es lo mejor pero si no hay manera de casamiento... podríais darle a la muchacha una buena suma, a modo de dote, y regalarle también un donativo para que en algún convento las monjas miraran con benevolencia a un recién nacido abandonado en su torno.

       Tras una cierta negociación, llena de tiras y aflojas, acuerdan una cantidad que, a requerimiento de Pere, trae un criado y entrega a Fermín. Don Pere se levanta luego, saluda, y hace mutis por el foro.

ACTO II
Una oscura calleja, Fermín, Marcelina y Joaquín se están repartiendo el dinero.

- Señor padre –dice Marcelina fingiendo una exagerada deferencia- ¡cuánto agradezco vuestros desvelos!

- Menos chuflas, moza –contesta Fermín- que de la guantá que te doy te recuerdo al padre que no conociste –la muchacha se echa a reir-. Ahora a buscar otro primo que te preñe, que los cuartos no duran para siempre.

- Si fuera cierto –interviene Joaquín, reflexivo- habrías parido más hijos que la Eva de Adán.

- Dicen que no hay mal que por bien no venga –sonríe la muchacha-. Desde que el carnicero aquel que atendió el parto de mi niño me tuvo que dejar hueca, estoy a salvo de esos lances.

       Se despiden y se van cada uno por su lado.

ACTO III
La misma taberna, la misma mesa. Esta vez el cuarto personaje es un joven distinto, estudiante aventajado de medicina y un romántico además de un bobo.

- Estoy impedido, como puede ver. Sin trabajo, sin na p’a comer. Yo tenía a la moza comprometida con un buen hombre... –está diciendo Fermín.

       Alejandro, que así se llama el estudiante, no tiene ojos más que para Marcelina, apenas escucha.

- Tiene que casarse con ella –suelta el cura a bocajarro, aprovechando la coyuntura.

- Muy bien –contesta el mozo, sin apartar la vista de la guapa moza.

- ¿Qué? –se atraganta Fermín.

- Sí, vida mía, nos casamos ahora mismo. No voy a dejar que un hijo mío nazca bastardo.

- Mire vuecé –interrumpe el falso reverendo- que no es bueno precipitarse, que las familias no siempre comprenden estos arranques de juventud...

       Pero Alejandro no quiere saber nada de inconvenientes. Se levanta y entre grandes risotadas proclama entre la concurrencia que va a casarse con esa hermosa mujer que le acompaña. De entre los congregados sale un cura, uno auténtico, capellán en la universidad, que se encuentra a esas alturas un poco achispado, y se ofrece, en medio del regocijo de todos, a celebrar el enlace en ese mismo momento.

       Los tres compinches no saben qué hacer. Para Fermín y su socio está a punto de irse al traste su único medio de vida. Para Marcelina empieza un lío de padre y muy señor mío, cómo va a capear la situación como mujer honrada y casada es algo que no imagina. Se celebra la boda entre la algarabía de los parroquianos y el más amargo desengaño de los burladores burlados.