lunes, 30 de junio de 2014

Paradojas políticas

Leía yo hace unos días un artículo de Nuria Varela, una periodista y escritora cuyo blog he descubierto recientemente. El título del texto era "Fantasmas de género", y aparecía en LA MAREA, una revista de publicación mensual en papel y un espacio digital diario donde apuestan por el periodismo libre.


Mª Dolores de Cospedal

Me llamó la atención especialmente el primer párrafo del artículo, ya que se trata de algo sobre lo que yo he reflexionado muchas veces, aunque probablemente desde contenidos algo distintos.

Marine Le Pen
Sarah Palin
"Paradoja política donde las haya, resulta que mujeres opuestas al feminismo y sus propuestas, disfrutan de derechos construidos por los movimientos y las mujeres a quienes se oponen. Mujeres investidas de derechos con acceso a oportunidades y recursos, modernas por su desarrollo vital, son antifeministas y ven el mundo del que disfrutan, gracias al feminismo, es decir, gracias a la rebeldía e insumisión de mujeres a quienes descalifican, con ideologías conservadoras y reaccionarias para el género. Actúan en oposición a mayores avances, defienden involuciones (las mujeres del PP respecto a la reforma de la ley del aborto, por ejemplo) o se erigen en firmes defensoras de la ideología supremacista, es decir, del machismo al que si no se le hubiese puesto coto, les hubiese impedido ser quienes son". NURIA VARELA

Esto es así de notorio. Mujeres que reniegan de aquello de lo que se aprovechan o benefician. Que defienden modos de vida cuya observancia estricta les impediría probablemente estar donde están y tener algo que decir, o al menos tener un púlpito desde el que decirlo.
         En los últimos tiempos oigo hablar a menudo de las llamadas "hembristas" o "feminazis" (feministas radicales que buscarían la supremacía del género femenino, no la igualdad. Odian o desprecian a los hombres, ya que los consideran seres inferiores). Es algo que me resulta bastante extraño, dado que yo no conozco a ninguna de esas supuestas radicales come-hombres y, sin embargo, conozco a un buen número de mujeres que afirman contundentemente NO ser feministas, porque ellas huyen de radicalismos y no rechazan de ninguna manera a los hombres. También conozco unos cuantos, hombres y mujeres, que suelen darme la siguiente réplica siempre que hablamos de temas parecidos: que en otros tiempos, sí, la mujer se encontraba oprimida. Pero que a día de hoy... Vamos, que no hay tanto para quejarse.
         En mi opinión, esto pone de manifiesto un par de cosas. Para empezar, nos habla sobre el básico desconocimiento que, hoy por hoy, sigue existiendo sobre lo que es el feminismo. Se han empeñado en denostar sistemáticamente el término, hasta el punto de que una gran mayoría de la población ha llegado a compararlo, por oposición, con el término "machismo". No, señores, no son términos opuestos, son cosas distintas. El feminismo persigue la igualdad, no la supremacía o superioridad de la mujer.
         Pero también indica cuántas mujeres (y hombres, aunque esto casi que me resulta menos chocante) desconocen, o eligen desconocer, la realidad desigual y de organización férreamente patriarcal en la que vivimos. Al punto de negarla, o minimizar sus perjuicios.
         
Me resulta todo esto, por otra parte, igual de llamativo que otra frecuente paradoja política: cómo gente que se dice de derechas y abomina con fervor de todo lo que huela a izquierdas, está donde está precisamente por los logros de los que lucharon a favor del progreso y de la justicia social. Siempre lo he encontrado incomprensible, gente de origen humilde, que ha logrado avanzar en la vida con esfuerzo y se vuelve entonces tan feroz defensor de los poderosos —esos que precisamente han zancadilleado como han podido los avances del resto—, como si estos fueran gente de su familia. ¿Creerán que van a convertirse en uno de ellos a fuerza de adhesión?

En el caso de las mujeres, políticas o no, observo además otro fenómeno, que tiene que ver con algo de lo que yo hablo a menudo pero que sigue resultando al parecer muy complejo. Es el tema de las diferencias hombres y mujeres, confusamente relacionadas con la igualdad y el feminismo. En el mismo artículo Varela lo explica así de bien, recurriendo a las palabras de otra pensadora:

"Los fantasmas de género no desaparecen y nublan la razón que evidencia que lo contrario a la igualdad es la desigualdad, no la diferencia. Cuando el feminismo habla de igualdad, como bien explica Amelia Valcárcel, se refiere a la igualdad considerada como equivalencia. La igualdad como equivalencia no es un término de identidad, es una categoría de valor, consiste en reconocer igual valor a cada ser humano y actuar en consecuencia social, cultural y políticamente". NURIA VARELA

Esto explica por qué muchas mujeres, que persiguen activamente la igualdad, se esfuerzan no obstante por convencerse y convencernos, de que no existen diferencias entre hombres y mujeres, que somos iguales en el sentido de idénticos.
         Ya he dicho en otras ocasiones cómo la propia teoría feminista ha albergado en su seno esta básica confrontación: hombres y mujeres somos iguales, excepto en unos mínimos rasgos biológicos; o bien hombres y mujeres debemos ser igualmente considerados y poseer los mismos derechos, pese a que tenemos diferencias reales de funcionamiento (tanto interno, cognitivo y emocional, como externo, comportamental) y diferencias orgánicas.
         Un escollo frecuente a la hora de abordar esta polémica suele basarse en el esencialismo. Podría parecer que si decimos que hombres y mujeres poseemos diferencias entre nosotros estamos segregando, estamos por tanto afirmando cómo tienen que ser las cosas, sirviendo a esa diferencia esencial o innata. Pero no es así. Insistir en que somos distintos no implica afirmar que somos así "de serie" ni, mucho menos, que no podemos salirnos de los cauces que nos marca la biología. Hay unas ciertas características determinadas desde la concepción. Pero la mayoría son producto del aprendizaje; es decir, del ambiente y la cultura que nos modela. Empeñarse en ignorar o negar ciertos signos de género porque NO son innatos ni deterministas, no tiene lógica alguna. El origen será el que sea pero esos rasgos diferenciadores, lo que es estar, están.
         Es más, yo he llegado a convencerme de que tratar de negar o anular las diferencias que hay entre nosotros, mujeres y hombres, conlleva necesariamente en la práctica la anulación de todo "lo femenino". La búsqueda de la uniformidad total suele derivar siempre en la prevalencia del modelo más potente, en este caso el masculino: la forma de hacer las cosas que tradicionalmente nuestra cultura le asigna a los hombres.




Y así tenemos que un altísimo porcentaje de mujeres triunfadoras, en la política, en la empresa, en los mercados, han llegado donde están adoptando modelos masculinos. Que naturalmente esto no quiere decir (y lo aclaro porque, aunque cueste creerlo, esta opinión ha confundido anteriormente a más de uno) que sean mujeres "hombrunas" en el sentido más literal y más simple, sino que se comportan según las reglas del juego dictadas por el patriarcado, donde el poder y la autoridad se expresan con contundencia, la firmeza no debe presentar fisuras ni nada que huela a duda y vacilación. La jerarquía descansa en elementos externos habituales y reconocibles, como el prestigio profesional y económico, más que en la erudición, la experiencia o la estima social o afectiva.

También es cierto que resulta muy difícil reflexionar sobre estos temas, que nuestra cultura tiene perfectamente definidos, desde otra perspectiva distinta a la habitual, repensando los términos, que nos permita una mirada alternativa. Tenemos unos valores concretos y perfilados, producto de siglos de evolución. Nos regimos por parámetros confirmados una y mil veces, por costumbres sancionadas por el uso. ¿Cómo va a parecernos posible otra manera de hacer las cosas? ¿Cómo podríamos siquiera imaginar una sociedad con valores distintos donde, por ejemplo, siguieran mandando los ancianos o, aún más raro, las abuelas que tuvieran bocas a su cargo? Pero tratemos de ir contra corriente un momento, usando para nuestra reflexión los mismos conceptos de género, de identidad o igualdad, pero aplicándolos a una problemática distinta. Pensemos por ejemplo en inmigración y racismo.
         Nadie (o nadie con dos dedos de frente) negaría actualmente que los individuos de distintas culturas presentan diferencias notables entre ellos. No ya diferencias innatas, como el color de la piel o la forma de los ojos, sino diferencias de idioma, de creencias, de etiqueta social, de maneras de nombrar las cosas e incluso de conceptos. Cuanto más alejadas dos culturas, más notorias son estas diferencias. Cuanto más elaboradas, más perfilados están los comportamientos que marcan para cada individuo en función de determinados parámetros (sexo, estatus, casta, fe...).



         Un hombre negro criado en África y uno blanco criado en Noruega, ¿son distintos? Bueno, es seguro que presentarán notables diferencias entre ellos, tanto en cuestiones de conducta como de creencias o términos y nociones que manejan. Pero son iguales en cuanto a capacidad intelectual, derechos, valía, cualidades personales, valores éticos o posibilidades artísticas. ¿Haríamos bien en igualarlos-uniformarlos completamente? Absolutamente, no. ¿Qué pasa cuando el hombre africano se ve obligado a emigrar al país europeo? En la mayoría de casos, si no quiere ser aislado y segregado a perpetuidad, adoptará paulatinamente la cultura que le acoge y renunciará, o al menos disimulará, los rasgos de la propia. Tratará de borrar todo aquello que le diferencie en exceso de la corriente dominante.
           Y eso es, exactamente, lo que se nos pide que hagamos las mujeres. Durante cierto tiempo, y aun hoy en medio de determinadas corrientes, se nos ha hecho creer que el único camino para el reconocimiento y la igualdad pasa por negar nuestras características genéricas, femeninas.
         Pero las hay, le pese a quien le pese, aunque sean debidas en gran parte a la educación recibida durante siglos. Pues por otra parte, que a menudo nos empeñamos los seres humanos en desconocer, se originan en aspectos biológicos que, como animales que somos, influyen extraordinariamente en nuestra forma de sentir y entender el mundo. Renunciar a ellas, a nuestras peculiaridades como mujeres, supone una pérdida y un empobrecimiento. Como lo sería negar el idioma propio de alguien, su folklore o la historia recibida de los nuestros, para ser aceptado e integrado en ese mundo "de los otros".
         Creo que el precio resulta siempre a la postre demasiado alto.

viernes, 27 de junio de 2014

Mujeres que se escriben

Nü Shu. Escritura de y para mujeres.
Único lenguaje exclusivamente femenino en el mundo (***)

Hoy nuestra estrella invitada es...

ANA B. NIETO - Apasionada de la épica y la mitología desde niña, ha debutado en el campo de la novela histórica con "La huella blanca", publicada por Ediciones B. Esta obra le valió una nominación en los últimos premios Hislibris, especializados en dicho género, como mejor autora novel.

LCE -Muy buenos días. ¿Preparada para convertirte en la siguiente víctima de la sección?
ABN – Claro. Te visito aquí, en tu casa-blog, a pocos días de dar a luz a mi tercer hijo. Me encanta que me invites a este aperitivo virtual ;)
LCE – Pues lo primero de todo entonces: ¡mucha suerte! Que todo te vaya bien. Y gracias por estar aquí.
Hoy retomamos la sección “Mujeres que se escriben” de la mano de la autora Ana B. Nieto, que viene dispuesta a responder nuestras preguntas y hablarnos de su trabajo. Primera pregunta de rigor: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?
ABN – Creo que casi todos los escritores empiezan en el mismo momento en que les regalan una libreta propia y un bolígrafo. En mi caso, desde pequeña, lo primero por lo que me interesé fueron las leyendas artúricas y el género fantástico. Más adelante, en la facultad, empecé a escribir relatos para los amigos, protagonizados por superhéroes, lo que fue muy divertido y me dio soltura. Y luego ya empecé con cuentos más serios y ensayos de proyectos literarios hasta que por fin di con una idea en la que merecía la pena invertir mucho tiempo y esfuerzo.
LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
ABN – Ha variado hasta que he conseguido encontrarlo. Lo más importante para el que empieza creo que es depurar y evitar la sobrecarga. Aprender a decir mucho con pocas palabras, manejar la economía del lenguaje y ser muy muy preciso con lo que se dice. Yo diría que mi estilo siempre tiene un punto lírico inevitable, atmosférico, fruto de escribir mucha poesía en el colegio. Intento seguir un estilo sencillo, sin recargar, pero buscando siempre los matices adecuados en cada palabra. No me conformo. Y en algunos pasajes de clímax me dejo llevar y permito que salga la parte más poética, apasionada e intuitiva de mí misma. Esas partes no suelo retocarlas mucho porque conllevan una parte de inspiración muy importante y son momentos álgidos en la narrativa.
LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer?  Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
ABN – No sé si ese misticismo del que te hablaba es propio de la mujer o va más con la personalidad del autor. Los celtas valoraban mucho a las mujeres poetas y su capacidad vidente, ya que solo las mujeres son capaces de dar a luz y por ello las consideraban más cercanas a los secretos de la vida y de la muerte. Las diosas madres tienen tres rostros que representan estos aspectos y son fundamentales en su panteón.
LCE – Pero, ¿significa eso que escribes para un público determinado, concretamente para otras mujeres?
ABN – No, o al menos no conscientemente. He recibido mensajes muy entusiastas tanto por parte de mujeres como de hombres, aunque es verdad que mis novelas se mueven, sobre todo, en el terreno de las emociones y las pasiones. Pero también contienen elementos muy atractivos para los hombres y creo que la recreación histórica que despliegan les atrae especialmente. La mayoría de mis protagonistas son masculinos, aunque solo sea por la época y sociedad que retrato.
LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
ABN - Nunca. Soy novel y tengo poca experiencia, pero hasta ahora toda ha sido muy positiva. Me gustaría pensar que ese tipo de actitudes están superadas. Las mujeres cada vez están copando más las listas de bestsellers y los premios literarios, tanto comerciales como de prestigio. En mi caso, tanto el trato con otros escritores como con los profesionales siempre ha sido inmejorable.
LCE – Cambiemos de tercio ahora y abordemos otras cuestiones: ¿Qué género literario prefieres?  ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?
ABN – Tanto para leer como para escribir, me quedo con la narrativa en general, histórica, fantástica y ciencia ficción. Descarto el thriller y la novela negra, que son géneros que nunca me han interesado.
LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
ABN – De todos los géneros que te he mencionado, el que me parece más duro es el de novela histórica, sobre todo si te metes en camisa de once varas como hice yo, en un período sin apenas documentación, dentro de la historia antigua y en un país extranjero. ¡Casi nada! Tengo la trilogía terminada, así que espero darle luego un descanso al género. He terminado otra novela que tengo presentada a concurso con una editorial independiente y otras tres en proyecto. Me gustaría afrontar, por un lado, historias comerciales, que puedan llegar a un público amplio sin renunciar a mi estilo y a las ideas de fondo: uno de esos proyectos es una novela juvenil ambientada en el futuro, por ejemplo. Y por el otro lado hacer un trabajo más lírico, más reflexivo, como el de la editorial independiente que te comentaba. Tengo mucho que decir y a distintos niveles, solo hay que darle el marco y la forma apropiada a cada una de las ideas para que se transforme en algo único y hermoso, capaz de comunicar. 
LCE – Para terminar, ¿Hay algo más que quieras contarnos?

ABN – Solo hacer hincapié en qué es lo que busco en mis historias, que es, sobretodo, el impacto emocional y el conmover. Para mí, el hecho de que una novela esté ambientada en el pasado o en el futuro es lo de menos. La Irlanda antigua es simplemente un contexto en el que me siento cómoda y me da la distancia suficiente como para tratar ciertos temas. Pero lo importante son las difíciles relaciones entre padres e hijos, la concepción del destino, la confusión y la soledad en la adolescencia, los temas que son universales. 



(***) Recomiendo un estupendo artículo sobre este tema asombroso, que he encontrado gracias a la imagen de la portada: Nü Shu, el lenguaje de las mujeres. L. G. Morgan

La huella blanca

Ana B. Nieto


























(Extracto)

"Los pensamientos caían de su espíritu dolorosamente, como quien va guardando uno a uno sus tesoros en una caja que se ve forzado a enterrar, por miedo a ser desposeído.
Y en todos sus recuerdos, Olwen, siempre nítida y brillante, su sonrisa contagiosa. Su voluntad de curar los ánimos adversos.

Era la misma tarde en que Ciarán había cumplido los diez años y se había marchado a celebrarlo, él solo, a la parte baja del río. Las brumas, en el cielo, se cerraban lentamente en las cimas de las montañas. Tendían sus brazos formando un círculo perfecto, como si nunca se hubieran desgajado. El verde de la tierra se mostraba misteriosamente vivo, como si una magia antigua, subterránea, lo preservara así.
Cabalgaba sin riendas y era la primera vez que lo había sentido: que podía formar uno con el caballo, que podía fundirse con el mundo. «La corriente universal, el vuelo. La sangre de Cuchillo era su sangre y él ya no existía más.» Olwen estaba allí, junto al río, sentada en una piedra tan grande como ella misma y, al verle llegar al galope, saltó y le esperó en el agua. Él fue disminuyendo el brío del caballo para ir a su encuentro, salpicando a un lado y al otro del camino. Tenía solo diez años y ella ocho, pero aquella era su imagen más clara de lo que era un hogar. Ella estaba allí, esperándole, en mitad del río. El olor de la Llanura, del que ya no quedaba el miedo la desconfianza, sino tan solo el abrazo de Olwen, que había ido a buscarle.

—Ya están aquí —era la voz de Murchad, anunciando el regreso.
La noche había caído sobre ellos.

El sonido de la caja al cerrarse de un golpe."

domingo, 15 de junio de 2014

Síndrome Miss Marple


Recuerdo perfectamente la primera vez que planeé un asesinato. Luego, es cierto, uno se acostumbra; pero el primer muerto es algo que no se olvida.
         Tenía un relato entre manos, concretamente "Dulce Trenes", y me encontraba pensando sobre mi protagonista y el futuro que iba a darle, mientras majaba ajos en un mortero. Cosas de esas de escritora, dadas a aprovechar esos peculiares momentos de inspiración que surgen mientras se hacen las albóndigas o se tiende la colada XD
         De pronto supe que iba a matarle. Con la misma decisión con que reducía a pulpa el blanco y verde del ajo y el perejil. Y me sentí completamente Miss Marple, la inofensiva y discreta ancianita de la Christie que ocultaba tantas cosas asombrosas en su interior.
         Desde luego, no iba a ser esa la primera ni la última vez en que me iba a identificar con tan "entrañable" personaje.

Por el tiempo de mis catorce años o así devoré prácticamente la obra completa de Agatha Christie, o al menos un ochenta por ciento largo. Sus novelas eran algo así como un microcosmos íntimo y cordial que uno podía mirar con lupa, desde fuera, asistiendo a las idas y venidas de los personajes, a sus pequeños o grandes dramas como si contemplara una casa de muñecas dotada de vida. Siempre me resultaron extrañamente relajantes. Y cuando, mucho tiempo después, he releído algunas de esas novelas he vuelto a sentir la misma sensación, que a día de hoy sigo sin ser capaz de desentrañar por completo.
De todos sus protagonistas a mí me gustaban sobre todo la señorita Marple, y Tuppence y Tommy, un “matrimonio de sabuesos” que entran a formar parte del servicio secreto inglés a poco de acabar la Primera Guerra Mundial, y protagonizan cinco libros de la autora.
Pensándolo mucho después, es notorio que los escritores de género policíaco, incluida una mujer como Agatha Christie, totalmente independiente y con una vida y unas tendencias que podríamos considerar más bien “feministas”; elegían prácticamente siempre protagonistas masculinos. Algo que resulta, en realidad, plenamente comprensible: un detective hombre tenía más posibilidades de credibilidad y mucha más libertad de movimientos. Así la propia Agatha hizo de Poirot, el belga de los bigotes cuidados, su detective más emblemático.




Sin embargo, no desperdició la oportunidad de crear una peculiar detective femenina, solventando con mucha gracia sus posibles problemas “laborales”. ¿Y qué hizo? Le proporcionó a Miss Marple “un método” (que diría el gran Hércules Poirot) de trabajo distinto, más cercano a lo que sería la cotidianeidad doméstica de semejante personaje, una forma propia de hacer funcionar “las pequeñas células grises” de nuestra heroína en el esclarecimiento de los numerosos crímenes que iban sucediéndose a su alrededor. La perfecta (y tópica) solterona inglesa, provinciana y amante de las flores y de una buena taza de té en compañía de las señoras de St. Mary Mead —que yo imagino tenía que ser un personaje fácil de reconocer, una categoría firmemente instalada en la mentalidad inglesa de la época— basaría sus deducciones en una insaciable curiosidad (que algunas malas lenguas podrían definir como su natural cotilla) y a un exhaustivo conocimiento de la naturaleza humana.
Y es en ese aspecto, precisamente, en el que de nuevo Miss Marple acudiría muchas veces a mi mente a hacerme compañía.
Llega un momento en que todos experimentamos con creciente frecuencia ese síndrome Miss Marple, que consiste en conocer profundamente a las personas casi al primer golpe de vista, asociándolas a otras semejantes que hemos tratado en el pasado.
A menudo me he sorprendido conociendo profundamente a alguien, o comprendiendo de pronto alguna de sus motivaciones, gracias a que esa persona me remite a otra del pasado con la que mi mente la asocia de manera espontánea.
Tampoco es en realidad nada sorprendente. El concepto de insight (percepción o entendimiento que a menudo parece repentino, algo así como el encenderse la bombilla XD) explica que aquellas conclusiones que alcanzamos aparentemente de golpe e inexplicablemente, son el producto de un invisible trabajo mental. Relacionamos con empeño un buen número de indicios que hemos ido recogiendo, hasta que finalmente acaban conectándose en una figura coherente y arrojando la solución definitiva.
Esto, creo, sería algo así. Nuestra mente se sirve de una persona conocida como una categoría en la que englobar al nuevo individuo, no porque reduzcamos a todas las personas a una uniformidad muy poco halagüeña, sino porque percibimos a nivel poco consciente una serie de características que solo se nos hacen presentes de este modo. El síndrome Miss Marple nos serviría entonces para “traducir” eso que hemos percibido sin darnos cuenta a un lenguaje en el que lo hagamos consciente y podamos comprenderlo.
Por otra parte, la señorita Marple se vale, en el desempeño de lo que es un oficio totalmente vocacional, de las etiquetas en las que la sociedad la incluye. Es vieja, soltera y provinciana, hornea bizcochos y cuida de su jardín. Su estatus de mujer de edad le concede más libertad de movimientos de lo que nos imaginaríamos, ya que es percibida como una criatura inofensiva y con poco conocimiento del mundo, que no alcanzaría la solución a un enigma aunque se lo pusieran delante. Y ella juega sus bazas sin ningún remordimiento, adulando a los hombres de su vida y concediéndoles en más de una ocasión un mérito que en realidad le corresponde a ella.
Desde luego en ese último aspecto no le reconozco a mi querida amiga deuda alguna. Afortunadamente, cada vez es menos necesario que una mujer disfrace u oculte sus capacidades para no hacer sombra a ningún hombre y convertirse, de ese modo, en un sujeto potencialmente peligroso.
Pero claro, es que Miss Marple vivía en otros tiempos bien distintos, ¿no es así? ;-)

martes, 10 de junio de 2014

Parirás a tus hijos (literarios) con dolor



Los escritores nos pasamos la vida hablando de cuánto nos gusta escribir. Solemos decir, también con bastante frecuencia, que es algo que necesitamos hacer, "tan inevitable como respirar" (esto, sin duda, lo añadimos para aportar el indispensable toque literario). Que nos llena, que nos realiza... Pero pocas veces sacamos al escenario esos otros aspectos menos placenteros o, ¿por qué no decirlo?, directamente insufribles, que disminuirían un tanto el aura romántica de oficio tan noble como la escritura.
         Pero están ahí, ¿quién podría negarlo? A veces terminar un escrito, del tipo que sea, resulta tan mágico como darte de cabezazos contra la pared. ¿Y eso por qué? Pues porque escribir no es una actividad que se desarrolle seguida y en línea más o menos recta, como un placentero río que atravesara verdes colinas. No, es más bien como las cataratas del Niágara. Seguidas de tramos mesetarios en los que cada gota de agua avanza solo porque las otras se empeñan en empujarla. Y luego te encuentras en un lago. Y ahí te quedas. Y, sin poder preverlo, de repente estalla una tormenta y te precipitas por torrenteras improvisadas que lo arrasan todo. Y acabas en un paraje que ni en tus más desaforados sueños habías siquiera imaginado.
         Bueno, esto sigue teniendo un cierto aura romántica, ¿no? Entonces vamos bien.
         Hay partes en todo escrito, que yo llamo "de estructura", que son de un tostón insufrible. Tú tienes a tu protagonista en un sitio, realizando una hazaña espectacular, luchando en una batalla cargado de honor, enamorándose de la, o el, otro protagonista, matando a su padre, salvando a su hijo... O enfrascado en cualquier noble tarea semejante. Y le tienes que llevar a otro sitio, a otra escena. Bien, hay que hacerlo y se hace, pero resulta pesadísimo dar los pasos necesarios para que se traslade de A a B. ¡Pero si tú estás ya deseando meterle en otra insigne y esforzada tarea! Lamentablemente, él o ella tienen que comer, echarse la siesta, preparar el equipaje, ir de compras, viajar, ver paisajes espectaculares (o tétricos, o galácticos) y hablar. ¡Tiene que hablar! Con la pereza que te da escribir diálogos intrascendentes solo para preparar la entrada en escena de otro actor en tu trama. Siempre siente uno la tentación de meter un viaje en el tiempo. Que es un buen recurso, no vamos a negarlo, a pesar de un uso harto frecuente. Pero no siempre resulta adecuado. Y encima tienes que inventarte el medio, diseñar la máquina, contar cómo se ha hecho... Y el protagonista... ¡acaba hablando de ello con un amigo!, y puede verse en la necesidad de despedirse de todos sus conocidos, antes de emprender aventura tan peculiar.
        También pasa que, en mitad de un pasaje de ese plan maestro que has ideado para que lo vivan tus chicos noblemente, descubres un agujero (o varios, lo que es, claro, bastante peor). ¡Horror!, ¿qué hago? Siempre es una opción cargarte parte de lo escrito y, desde allí, tomar otra dirección para evitar el escollo. Pero, ah, no, un escritor casi nunca contempla esa opción. ¿Podéis imaginar lo duro que resulta renunciar siquiera a una frase, cuánto más a un párrafo entero o a una página? Si además te suena bien (porque, seamos honestos, de primeras todo te suena muuuuuuy bien), ya ni hablamos. Es como si te amputaran un miembro. Así que te devanas los sesos (toque literario) y das las vueltas que haga falta para que las piezas encajen.
         Un drama frecuente es también el muy famoso y-ahora-cómo-sigo. Que parece que uno tiene muy claro lo que quiere contar y que gobierna en todo momento con mano firme su embarcación literaria. Pero eso es una mera suposición sin fundamento. Cierto es que se dice por ahí que hay escritores planificadores y sistemáticos que empiezan por hacer un proyecto detallado de su novela. Algunos tan esforzados que hacen esto mismo también para sus relatos. Meditan de antemano y planean la estructura de la novela, y dividen la trama en capítulos y luego en escenas. Se hacen un listado de los personajes y los caracterizan. Los dotan de apariencia y psicología. Y, cuando al fin se ponen a escribir, mantienen firme el timón y se ajustan a lo pensado... O no. También ellos son víctimas frecuentes de musas entrometidas y personajes que se desmandan. También descubren agujeros inesperados y ese arma o esa huella que no debería estar ahí, deja con un palmo de narices al avispado detective que los ha pasado por alto.

Estoy terminando una novela. Para ser más precisa, la novela está terminada desde hace un mes más o menos. Pero estoy en proceso de revisión y corrección. Y lo odio.
         Lo odio porque me aburre soberanamente leer veinte veces lo mismo. ¡Ya me lo sé! Sé lo que pasa, y si muere alguien o se derrumba una pared. No hay sorpresas.
         Y eso no es lo peor. Lo peor es que lo que releo ¡¡¡NO ME GUSTA!!! Bueno, no seamos extremistas: hay cosas que me gustan mucho, que me hacen pensar que soy una chica lista; ingeniosa, podríamos decir. Pero hay otros pasajes que no encajan. ¿O sí? Llega un momento en que no sé qué pensar. Y reescribir me vuelve loca. Es como ir atrás y adelante una y otra vez, sin avanzar un milímetro.
         Así que hago lo que cualquiera en mi situación. Cualquier otra cosa menos ponerme con la novela. No es que no la abra. Y me lea un trozo. Pero antes de darme cuenta estoy procrastinando como una loca. Ni siquiera el sentimiento de culpabilidad persistente me ablanda el corazón como para centrarme en la pobre huérfana abandonada.
         Ayer, creo que fue ayer, mi buena amiga Sandra Parente escribía un artículo en su blog titulado "La hoja en blanco", donde planteaba la existencia de ese fantasma que nos ronda a todos alguna vez. Es algo muy parecido al y-ahora-qué-hago pero puede suceder sin que tengas siquiera algo que resolver. Yo le comentaba que a mí me sucede normalmente ante los finales. Cuando se acerca el fin de la novela (o de un relato especialmente largo) empiezo a tener dificultades imprevistas, aparentemente fortuitas, o raptos de pereza inexplicables. Hace tiempo que descubrí que en el fondo esto no es más que una manifestación, afortunadamente temporal, de miedo al fracaso.
         El miedo al fracaso puede estar presente siempre que se acomete una tarea. ¿Por qué se hace, entonces, más acuciante cuando te enfrentas a un final? Hay varias razones.
         Cuando estás a punto de acabar un proyecto literario, sobre todo si es largo, llevas ya invertido en él un considerable esfuerzo y mucho tiempo. Así que, existe el temor justificado de "fastidiarla" a esas alturas y cargarte de ese modo tu inversión. Por otra parte, y esto lo vemos claramente como lectores, si un libro te está gustando mucho sueles sentir, cuando te acercas al término, una cierta ambivalencia. Por una parte estás deseando llegar al final y enterarte de todo. Pero, por otra, te resistes a que todo termine y a tener que decir adiós a la historia y los personajes que te habían acompañado en los últimos días. Se produce un cierto vacío cuando eso ocurre, ¿no es verdad? Como autor, experimentas lo mismo. Hasta dar con otro proyecto que te apasione, padeces una especie de vértigo bastante desestabilizador.
         Hay por último, en el caso de los escritores y sus obras, una tercera razón de que ese miedo al fracaso se agudice justo al acabar. Y es que a partir de ahí empieza el tedioso proceso editorial. Mientras estabas con tu novela tú estabas haciendo algo. Pero ahora, si no quieres condenar al olvido lo que tanto trabajo te ha costado, a ese niño mimado que, como buena madre o padre, siempre ves tan mono; tu obligación es darle un futuro y una buena posición. Si no, ¿para qué te has partido el lomo (figura literaria campechana) creándolo? Así que te metes en eso que los escritores amamos tanto y que tiene un éxito tan incierto. La búsqueda de editorial. Que empieza por la elaboración de una propuesta literaria. Y se sigue de cartas y más cartas, con sus subsiguientes no-respuestas o respuestas-rechazo. Siempre a la búsqueda de esa dorada oportunidad de publicar con un buen sello... lo que te llevaría de todos modos a nuevas y espeluznantes sesiones de corrección, de promoción y más promoción.

Como veis, hasta en las mejores familias los partos duelen. Y ante eso cualquiera de nosotros se ve tentado, siquiera puntualmente, a hacer otras cosas que desempeñen la honrosa tarea de impedirnos hacer precisamente lo que debemos: terminar de escribir de una maldita vez aquello en lo que estamos embarcados.
         Exactamente lo mismo que estoy haciendo yo escribiendo este artículo.

lunes, 2 de junio de 2014

Joan Vilatobá i Fígols y el Pictorialismo


Un nuevo "muso" recién descubierto. Y una corriente fotográfica que desconocía: el pictorialismo. Joan Vilatobá (1878-1954) fue el principal exponente en nuestro país de ese movimiento que reivindicaba la fotografía como pleno acto artístico.

Los fotógrafos del pictorialismo (según la Wiki) se definen como artistas en la línea de las teorías del romanticismo, destacando la sensibilidad e inspiración de los autores y otorgando un papel secundario a la técnica. Se oponen a la Fotografía academicista reivindicando los valores propios de la fotografía para la realización de obras de arte en plena igualdad con otras disciplinas artísticas; es decir, renunciando a la imitación de la pintura.
Pero también se distancian de la realidad, y por tanto del naturalismo, para que sus fotografías sean sólo imágenes con valor propio, y no una mera reproducción de la realidad.
Algunos ejemplos:
Henry Peach Robinson




Struggle, fotografía de estilo pictorialista de Robert Demachy a la goma bicromatada, 1904.

Joan Vilatobá i Fígols tuvo una trayectoria curiosa como fotógrafo. Descubrió el pictorialismo durante sus años de juventud, cuando vivió cierto tiempo en París y Toulouse, y visitó Alemania. Tuvo un próspero estudio fotográfico en Sabadell donde adquirió fama como retratista, al punto de llegar a retratar a Alfonso XIII y a su prometida, Victoria Eugenia de Battenberg. Recibió algunos premios. Montó exposición propia en 1919 en el Círculo de Bellas Artes de Madrid y al año siguiente en las Galerías Layetanas de Barcelona. Ese mismo año publicó en la revista Lux un artículo titulado A los detractores de la fotografía, en el que defendía la concepción artística de la misma mediante el uso de las técnicas pictorialistas.
Pero a partir de 1931, quizás por los grandes y rápidos cambios que experimentó la fotografía, a los que no pudo adaptarse, se dedicó exclusivamente a dar clases de dibujo y pintura en su casa y en la Escola Industrial d'Arts i Oficis de Sabadell, y no volvió a realizar ni una sola foto más.
Murió olvidado como artista, fue redescubierto mínimamente en los 80, pero, a día de hoy, sigue siendo muy poco conocido. Yo me he topado con él gracias a una exposición que me "chivó" una amiga y que acaba de montarse en la Biblioteca Nacional de Madrid: Fotografía en España, 1850-1870. Más información sobre los fondos con los que cuenta la expo: Las joyas de los pioneros de la cámara

La obra de Vilatobà que aparece aquí, y que me impactó de tal manera que me puse a buscar sobre su autor es esta. Hermosa, ¿no?


Hereus


Otra versión


Y más fotos


Desnudo con calavera