miércoles, 25 de febrero de 2015

ALGO QUE PERDÍ


James Tissot


"Algo que perdí" es el título de un relato mío que acaba de ser seleccionado para la antología Calabazas en el Trastero: Siglo de sombras, la publicación periódica que la editorial Saco de Huesos dedica al género fosco.
         Como cada vez, el volumen se compone de 13 relatos articulados en torno a un mismo tema, definido previamente en cada convocatoria. En esta ocasión, tal como refleja el título, el leit motiv de todos los relatos gira en torno al siglo XIX, y a las obras de todos aquellos autores que escribieron en ese periodo y que definieron con sus plumas un género literario, y casi una forma de ver la vida y la sociedad de su tiempo.
          Esta es la lista de obras y autores. Como podéis ver, ando en muy buenas compañías :-)

Algo que perdí (L.G. Morgan)
Cuentos en la tormenta (Enrique Cordobés)
La cueva (José Luis Cantos)
El sueño de la momia (Juan Ángel Laguna Edroso)
La cena de aniversario (Adrián Artiles Santana)
La llama de vida (Josué Ramos)
La sombra del Kraepelin (Miguel Huertas)
Las Recogidas (Gema del Prado Marugán y Miguel Martín Cruz)
Los muertos viajan deprisa (Alejandro Mathé)
No le pidáis nada, exigidle lo que os debe (Óscar Pérez Varela)
Tempus fugit (Víctor Villanueva Garrido)
Vals (Marina Tena Tena)
Vendrá la muerte y tendrá tu rostro (Salomé Guadalupe Inglemo)

viernes, 20 de febrero de 2015

Hijas de Lilith

Lilith - John Collier

De la mano de Erika Bornay y el ensayo del que os hablaba en la entrada anterior, seguiremos indagando en el mito de la femme fatale y, sobre todo, en su génesis.

Desde la Antigüedad se nos ha enseñado a pensar en la mujer como portadora del mal. Siempre, en todas las épocas, ha existido algún prototipo femenino causante de calamidades sociales, responsable de la perdición del varón y de su extravío. En general, cualquier mujer no sumisa se ha convertido en la encarnación del mal. Y, producto precisamente del deseo que encarnaba, se ha hecho acreedora a una serie de atributos que pretenden contrarrestar ese poder que, según ellos mismos dicen, ejerce sobre el varón.
         Ejemplos tenemos de todos los colores. Eva, vencida por la tentación, que dio a comer a Adán del fruto prohibido. Helena de Troya, que desencadenó una guerra. Pandora, que abrió la caja de las desdichas. Circe, Medusa, Salomé... Betsabé, Dalila...
         Pero antes de todas ellas hubo otra. Una criatura que sentó las bases de la rebelión y la independencia, y fue por tanto demonizada. Convertida en el ser más abyecto que podría llegar a ser una mujer. La enseñanza está bastante clara.
         Hablo de Lilith, la primera mujer de Adán según la tradición hebraica. Lilith, a diferencia de la Eva bíblica, fue hecha del mismo material que el primer hombre, por tanto, sintiéndose su igual nunca aceptó renunciar a una serie de derechos y exigía ser tratada por su compañero como un igual, sin aceptar someterse a él ni siquiera durante su unión carnal.
         Un día en que Adán trató de imponerle su voluntad por la fuerza, Lilith huyó de él y abandonó el Edén, pronunciando en voz alta el nombre prohibido de Yahvé. Ni las súplicas del esposo ni la orden directa de Dios le hicieron cambiar de opinión. Se fue a vivir al desierto y allí se unió con un demonio, Asmodeo, con quien engendró toda una legión de diablos.
         Podemos decir que Lilith fue la primera femme fatale de la Historia. Rebelde e infiel, fuertemente sexual y de una sensualidad perturbadora. Se la describe siempre con una larga cabellera rizada, rubia o pelirroja y se la representa usualmente desnuda, y en inquietante intimidad con criaturas reptilianas, usualmente serpientes.

SALOMÉ, DE LOVIS CORINTH

No es de extrañar que este mito fuera recuperado precisamente en la misma época del surgimiento del prototipo de la vampiresa o la mujer fatal. Aunque, según Erika, habría que hablar más propiamente de resurgimiento, pues se trata del mismo arquetipo, revestido con diferentes y más actualizados ropajes.
         A finales del siglo XIX la sociedad estaba inmersa en ciertos cambios que, conjugados entre sí, hicieron renacer el perfil de mujer fatal, mujer que acarrea el mal.
         - En primer lugar tenemos que considerar la alarma social que produjo la aparición de los movimientos feministas. Ha surgido una New Woman que reclama derechos y se cree capacitada para votar. Que está dispuesta a luchar activamente por lo que quiere: un espacio en la vida pública y en el mundo laboral, acceder a la Universidad,  salir de casa... Y esto inquieta profundamente al establishment masculino, que ve en la mujer una amenazante rival que compite con ellos en campos que secularmente habían sido solamente suyos.  
         - Como deriva del feroz capitalismo de la revolución industrial, que concentra en las ciudades y en condiciones paupérrimas de hacinamiento y falta de los medios más básicos una ingente población, la prostitución alcanza cotas nunca vistas. Con la consiguiente propagación de enfermedades venéreas, de las que, como era de esperar, se responsabilizó solamente a las prostitutas, sin tener en cuenta que eran ellas las primeras víctimas.
         - Otro aspecto importante a tener en cuenta fue el efecto que tuvieron las teorías de carácter profundamente misógino de conocidos pensadores y filósofos de gran prestigio, tales como Schopenhauer, Nordau, Wininger o Nietzsche. Hubo otros que, como Lombroso y Ferrero, desde supuestos falsamente científicos trataron de establecer la naturaleza criminal latente en la mujer, proporcionando la base ideológica para esas misóginas y sexofóbicas actitudes machistas que prevalecían en la sociedad.
         - Por último, añadamos también los efectos derivados de determinadas obras artísticas y literarias, que definirán el mito tanto en su aspecto externo como en el interno. Aparece por primera vez en la literatura el prototipo de la mujer adúltera, que cede ante la pasión olvidando las virtudes a las que debería entregarse por naturaleza. Al mismo tiempo, se le asignan a esa naciente figura de mujer seductora y sin escrúpulos atributos constantes, tales como su sensualidad agresiva y extrema, su sofisticación, el maquillaje marcado, el cabello largo y abundante, las curvas generosas que no se esconden.
         Todo ello acabará por definir de manera categórica esa imagen de la mujer como una criatura tentadora capaz de poner de relieve la naturaleza animal del hombre, de nublar su razón y convertirlo en una víctima del desenfreno hasta llevarlo a la ruina más absoluta.
         

miércoles, 18 de febrero de 2015

Una buena chica


De un libro que no me cansaré de recomendar, Mujeres que corren con los lobos (Clarissa Pinkola Estés), os traigo este fragmento, que viene al pelo después del tema esbozado en la última entrada sobre las trampas de la discreción sobre las mujeres. Eso que se valora tanto en nosotras; aún más cuanto más retrocedemos en el tiempo.

Una excesiva domesticación apaga nuestros fuertes y fundamentales impulsos del juego,  de la relación, el enfrentamiento con las dificultades, el vagabundeo, la comunicación, etc.
Cuando una mujer accede a ser demasiado «bien educada», a comportarse «con corrección» a toda costa, los instintos de estos impulsos se ocultan en su más oscuro inconsciente, lejos de su alcance automático, y se destruye cualquier oportunidad de que pueda desarrollarse.
La arteria central, el núcleo, el tronco cerebral de la vida creativa es el juego, no la corrección. Si no hay juego, no hay vida creativa. Si eres buena, no hay vida creativa. Si te sientas quietecita, no hay vida creativa. Si solo hablas, piensas y actúas con discreción, habrá muy poco jugo creativo.

Cualquier grupo, sociedad, institución u organización que anime a la mujer a denostar lo excéntrico; a recelar de lo nuevo e insólito; a evitar lo ardiente, lo vital, lo innovador; a despersonalizar lo personal, está pidiendo una cultura de mujeres muertas.

Todo esto va a resultar además muy relevante cuando hablemos de "Rebeca", la novela de Daphne Du Maurier, en una próxima entrada. Se trata de un texto donde, entre otras muchas cosas que ya comentaremos, se plasman con gran precisión los dos estereotipos básicos de mujer que existen en torno al valor que podemos llamar "ajuste a la norma".
         La buena y la mala chica, contrapuestas, contrarias, dos perfiles que cumplen una función muy clara, actuando la segunda, la mala, la mujer fatal, como modelo ejemplarizante que previene sobre las consecuencias dramáticas que le aguardan a una mujer si osa salirse del camino trazado.

La "femme fatale" forma una tipología omnipresente en la cultura occidental desde fines del S. XIX y principios del XX. Se corresponde con un personaje tipo, caracterizado como una villana que usa su sexualidad para atrapar al héroe de turno.

         Aparece muy frecuentemente tanto en el cine como en la literatura, normalmente haciendo contraste al otro prototipo femenino, la mujer ingenua o la dama en apuros. La "buena chica" de la que hablábamos, en definitiva.

En wikipedia podemos encontrar un resumen muy claro sobre el uso del término:


"En el mundo anglosajón, la mujer fatal es muy a menudo de origen extranjero. Con frecuencia se la retrata como una especie de vampiro sexual, cuyos oscuros apetitos se creía que eran capaces de arrebatar la virilidad y la independencia de sus amantes, convirtiéndolos en una máscara vacía de sí mismos. Solo escapando de sus abrazos podía rescatarse al héroe. En este sentido, en la jerga estadounidense antigua se solía llamar a las mujeres fatales vamps, una palabra asociada con las modas de los años 20. El término «vamp» era un apócope de «vampire», vampiro, llamado así porque los personajes extraían la vida de sus víctimas no necesariamente bebiendo su sangre sino mediante explotación sexual y económica.
         Un retrato clásico de mujer fatal fue el personaje de Justine en El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell".



La bellísima Eva Green metida en el papel

En español utilizamos indistintamente los términos mujer fatal y vampiresa, este último como traducción del inglés "vamp", término usado por primera vez en la película A Fool There Was (1915), protagonizada por Theda Bara, quien se convirtió así en el icono de ese arquetipo en el cine. La película está basada en una obra de teatro, inspirada a su vez en el poema El Vampiro, de Rudyard Kipling.



La actriz Theda Bara fue una "creación" de los estudios cinematográficos. A raíz de su elección para el papel protagonista en A fool there was, la película que mencionábamos, le reinventaron nombre y biografía. Theda Bara es en realidad el acrónimo de las palabras Arab Death, Muerte Árabe, y al gran público se le hizo creer que era hija de una concubina egipcia y de su amante, un artista francés, que había nacido en 1890 en pleno Sáhara, e incluso que conocía misteriosos rituales orientales. Cuando en realidad su fecha de nacimiento era 1885, tenía origen judío, y un cabello rubio que tiñó de negro para adecuarse a la imagen que se esperaba de ella.


Esta es la definición que aparece recogida en la RAE:

vampiresa (RAE)
1. f. Mujer que aprovecha su capacidad de seducción amorosa para lucrarse a costa de aquellos a quienes seduce.
2. mujer fatal f. Aquella cuyo poder de atracción amorosa acarrea fin desgraciado a sí misma o a quienes atrae. U. referido principalmente a personajes de ficción, sobre todo de cine, y a las actrices que los representan.

Siendo el paradigma por excelencia del poder destructivo asignado a la sexualidad femenina. A este respecto hay un ensayo, que cito ahora y que ya comentaré a fondo en futuras ocasiones, llamado ¿QUIÉN TEME A LA FEMME FATALE?
         Está escrito por Erika Bornay, Profesora de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona y escritora.
         Aquí podéis conocerla un poco, a través de una entrevista muy reciente que le hicieron el año pasado. Es una mujer a la que merece la pena seguir.

lunes, 9 de febrero de 2015

La vida en mono o en estéreo


Iba yo hoy caminando temprano en (bendita) soledad, disfrutando del aire frío (ah, es que iba yo bien abrigada) y de la música que estaban radiando en Radio 3. De pronto mis cascos han empezado a fallar, hasta el punto de que uno apenas se oía y la canción que estaba sonando ha pasado a escucharse como si fuera emitida en mono.
         Es entonces cuando me ha venido a la cabeza una de esas "reflexiones del todo a cien", que dice mi amiga Gema, mujer sabia donde las haya. He empezado a pensar en los matices que me estaba perdiendo al escuchar la música de esa manera, en la pluralidad de estímulos que estaba dejando de percibir, los que dan riqueza a cada sonido.
         Inmediatamente he discurrido que "la culpa" de todo es del estéreo, directamente, de esa posibilidad con la que me he criado y que ya me parece imprescindible. Porque, ¿qué pasaría en cambio si aún no se hubiera inventado el sonido estereofónico? Si yo hubiera crecido escuchando música únicamente en mono. ¿Tendría la sensación de que me faltaba algo, intuiría de alguna forma que las cosas podían ser mejor y más completas de lo que eran?
         Mi reflexión del todo a cien iba en realidad más allá, porque trataba de conectar esa pequeña anécdota con algo más hondo que debe de llevar tiempo larvándose dentro de mí: la noción de que en la vida pasa lo mismo. Que hay quien la vive en mono y quienes la vivimos, o tratamos de hacerlo, en estéreo.
         Son elecciones, vale, ¿pero hasta qué punto mediatizadas por el entorno de cada uno, por lo que hemos vivido y la gente que nos ha rodeado desde el principio? Si yo no conozco algo, ¿cómo añorarlo? ¿O acaso sí es posible?, ¿puede ser que haya una especie de hambre, o curiosidad, en ciertas personas que las empuja a dar un paso más allá? A salir del "área de confort", de las creencias impuestas, del "como debe ser" que tratan de inculcarnos desde la cuna.
         Yo, desde luego, prefiero el estéreo. Con sus sinsabores y sus dudas. Con las confrontaciones que a veces supone. Porque creo que cuando te topas con algo verdaderamente bueno sabes reconocerlo. Y lo disfrutas como solo puede hacerse cuando contemplas los matices de las cosas, cuando las ves en technicolor y eres capaz de exprimirles el jugo hasta las últimas consecuencias.
         Quizá esto tenga también algo que ver con otra cosa. Desde que puedo recordar, me ha repateado la sencillez, en el sentido de discreción, de no sacar los pies del tiesto ni hacerse notar. Porque parte de mi educación (no la paterna ni la materna, afortunadamente) fue encaminada a insistir en tal dudosa virtud. Y, ya se sabe, la rebeldía es un grado y a veces nos construimos por oposición, nos definimos por aquello que rechazamos o simplemente no nos gusta.
         

Yo hice mío aquel grito de guerra tan brillante de las drag-queens (antes de ser pervertido por esa cancioncilla odiosa que se hizo tan popular): antes muerta que sencilla. Lo que viene a ser, ni más ni menos: me esforzaré cuanto de mí dependa por ser yo, pese a lo que pueda chocar a quien sea y donde sea.

viernes, 6 de febrero de 2015

Mis señores fantasmas, mis señoras brujas.


La serie que estoy desarrollando sobre Espectrofilias parte, como ya expliqué, de la idea de que a las mujeres escritoras, no excesivamente representadas cuando hablamos del género de terror en general, les ha atraído sin embargo especialmente todo lo relacionado con los fantasmas y aparecidos, además de los lugares -casas, sobre todo- relacionados con ellos, esos enclaves misteriosos que han sido "encantados" por sus tenebrosas almas.
También sabéis que ando ahora en un concurso cuya temática es la Brujería, otra de mis "aficiones", lectoras y escritoras. Y en este concurso estoy aprendiendo mucho, mucho sobre semejante cuestión, enriqueciendo lo que ya sabía gracias a los aportes del resto de compañeros, muy activos en esta edición del concurso, he de decir.
Pues bien, hace poco me asaltó una de esas casualidades-causalidades que pasan a veces, demasiado "oportunas" y extrañas (o especiales) para considerarlas solo fruto del azar; que me proporcionó de repente la excusa para establecer una inesperada conexión entre brujería y fantasmas.


Resulta que he cogido en la biblio una novela de Shirley Jackson a la que le tenía ganas desde hace tiempo. Empiezo a estar un poco saturada de mis queridas damas decimonónicas y he decidido darme un respiro con otras espectrofílicas del siglo XX (aunque volveré con mis "niñas", sin duda, más adelante). En esa línea me he hecho con "Rebeca", de Daphne Du Maurier, y con "La maldición de Hill House", de Shirley Jackson, publicada en 1959. Dicha novela tiene multitud de fans incondicionales, entre ellos nada menos que Stephen King. Trata del experimento que realiza el doctor en filosofía y antropólogo John Montague, junto con otros tres investigadores a los que recluta, en una casa supuestamente encantada para estudiar sus fenómenos psíquicos. Y se han hecho también dos películas basadas (la segunda, bien libremente) en ella. "The haunting", Robert Wise, 1963; y "La guarida" (bastante basurilla), Jan de Bont, 1999.
Y (aquí viene lo curioso, o al menos para mí, que no estaba al tanto), parece que Shirley Jackson, su autora, era conocida entre sus más allegados por una enorme afición hacia la brujería. Cuando publicó su última novela, "Siempre hemos vivido en el castillo" (novela que yo tengo a medias), su marido difundió esa información, la de que practicaba la brujería desde hacía años, lo que le proporcionó mucha publicidad. Ella lo negó todo, probablemente por un motivo de imagen, ya que pensaba que sus lectores la iban a "sentenciar" por ello. Pero su propio hijo, años después de su muerte, confirmó que su madre era un poco bruja, que conocía hechizos e invocaciones y los usaba para cosas cotidianas, que intuía con gran acierto la naturaleza interna de animales y objetos inanimados, que tenía un tablero Ouija y usaba a menudo las cartas del Tarot, y que poseía unos quinientos libros sobre ocultismo.
Curioso, ¿no? La cabra, de una manera o de otra, siempre tira al monte. Y el mundo de lo oculto, al fin y al cabo, es muy amplio y engloba muchos temas. Si te tienta la brujería... Bien pudiera ser que acabes pasando tus noches cenando a la luz de la luna rodeada de fantasmas.