viernes, 8 de abril de 2016

Arquitectura inhóspita

Los premios Razzie del urbanismo (*)


Edificio en la plaza de Jacinto Benavente, Madrid.

El otro día me tocó ir al centro en una de esas pesquisas literarias mías, y, quizá por ir yo más centrada y «mundana» de lo habitual, de pronto me hice consciente de algunos de los horrores urbanísticos que salpican de tanto en tanto mi ciudad. Para colmo, hacía uno de esos días grises y desdibujados que a veces entristecen Madrid en invierno, sin tener siquiera el atenuante de haber sido sazonados por un poco de lluvia. Así que, entre lo antiestético del entorno y el clima imperante, tenía yo todo el atrezo necesario para absorber la completa fealdad y desamparo del paisaje.      
         Sentí de golpe un enorme desasosiego. Un escalofrío de aprensión, una comezón irritante y persistente. Una sensación de estupor y de malsano asombro, un...
         Bueno, vale, quizá no fuera para tanto. Me he dejado llevar. Pero concededme este desahogo de justa indignación, que aún hoy me encuentro afectada.
         Hablo de Madrid, que es la ciudad en donde vivo y que, por ese mismo motivo, contemplo sin la indulgencia que provoca algunas veces el hecho de ser turista. Pero sé que esto de los edificios y las calles horrendas es algo que se da en todas partes. Así pues, podemos considerar que hablo de cualquier sitio. Que esto que voy a decir (a vomitar) se puede aplicar a cientos de barrios, calles o distritos enteros, en cada una de las ciudades en las que se nos ocurra pensar.
         El colmo de mi desazón llegó aquel día al alcanzar la glorieta de Cuatro Caminos, donde hay algunos de los edificios más feos que componen nuestro parque inmobiliario, y que yo tengo siempre en la mente tal como era antes, como lo vi de pequeña, por primera vez, quedándose marcado en mi recuerdo para siempre.
         Cuatro Caminos no es que sea ahora una plaza muy bonita, pero antes era muchísimo peor. Doy fe. Tenía en el medio uno de esos scalextric, que yo recuerdo renegrido y ruidoso, atravesado durante todo el día y parte de la noche por un sinfín de vehículos que arrojaban, contra las fachadas de las casas y los rostros de los indefensos transeúntes, sus dosis cuantiosas de polución.
         Cosas del progreso, ya se sabe.

scalextric-cuatro caminos

Scalextric de Cuatro Caminos - Construido en 1969

scalextric atocha

Y aquí el scalextric de Atocha
—construido en 1968—, que también se las trae.

Afortunadamente, el scalextric de Cuatro Caminos se desmontó en 2004 (el de Atocha lo fue antes, en 1986), devolviendo a la plaza al menos su estatus de plaza, cosa que antes no tenía siquiera. Pero han quedado, franqueando la rotonda, algunos restos de arquitectura de los años 60 y 70. En esas décadas se perdió el norte, no me pregunten por qué. Creo que es algo digno de estudio y que de seguro tiene que ver con la idea de avance y civilización contra la que lucharon nuestros llorados y luego malogrados hippies (bueno, lo que es aquí, aquí, hubo pocos, que eran los tiempos que eran. Pero aunque fueran más discretos en el gesto, en cuanto a la intención alguno había que pueda considerarse como tal).
         Entonces no existían conceptos como el desarrollo sostenible o el entorno ecológico (**) (hoy existen; como conceptos, digo; porque como realidades ya sabemos todos lo que se tienen en cuenta. Diremos entonces que, al menos, se contemplan). Y se creía que todo era pasa siempre y que el crecimiento era infinito y no pagaba su cuota de sufrimiento y desastres naturales.      

Pero volvamos al presente, que los 60 y 70 ya han sido juzgados y condenados, pero a pesar de todo seguimos tragando con esos legados dudosos treinta y tantos años después. Y lo que hay es lo que hay, aquello con lo que tenemos que vivir.
         ¡Qué poco confortables resultan muchas veces nuestras ciudades!, ¿no es cierto?
          Porque no es solamente una cuestión de pura estética de lo que estamos hablando ahora, sino también la sensación de una ciudad deshumanizada donde no estamos destinados a vivir. Al menos, a vivir bien. Las líneas rectas, desnudas, frías e impersonales, la falta de adorno, los materiales artificiales y los colores indefinidos y más bien agrisados... Creo que cuanto más se aleja algo de lo orgánico, del aspecto originario que tiene en la naturaleza, menos confortable resulta para el hombre.
        Sé que esto suena, quizá, algo (algo bastante) New Age, pero lo creo firmemente. Pienso que este entorno poco acogedor, y tan artificial, sirve para explicar en gran medida la sensación de prisa, de desvalimiento y de ansiedad que produce tan a menudo la vida urbana.
         Y luego está, esta vez sí, la carencia total de belleza, de estética, para mí absolutamente necesaria en la vida. Hace tiempo que descubrí que para mucha gente es un valor superfluo, incluso «burgués». Una preocupación de gentes privilegiadas, a eliminar. Una búsqueda despreciable en medio de tantas preocupaciones «importantes» y vitales.
         Nunca he podido ni puedo pensar así. Por supuesto que entiendo que las necesidades básicas de las personas deben ser nuestra primera inquietud. Que la justicia y el reparto equitativo de los bienes es prioritario, y que tenemos que garantizar que todos los seres humanos tengan cubiertas esas necesidades esenciales de comida, cobijo, asistencia sanitaria y educación. Pero también sé que no estamos completos como seres humanos si nos quedamos ahí. Que el espíritu, o la mente, o el alma, o el interior de cada uno, se nutre de otras cosas. Y que también deben ser derechos reconocidos y fundamentales las aspiraciones de cada ser humano a algo más que la propia materia.
         Vivir en medio del desapego por lo interno, en la desconexión con lo que todos nosotros somos en el fondo, y con los entornos naturales en los que como seres salvajes estábamos destinados a vivir, solo puede causarnos un grave malestar a largo plazo. Difuso, muchas veces insidioso e inapreciable, pero que estará ahí siempre al acecho, tan solo esperando su momento para saltar sobre nosotros y hundirnos en la miseria de un día gris y una ciudad inhóspita.


(*) Premios Razzie del urbanismo. En realidad una broma, pero una broma con intención. Me propongo promover, así entre nosotros, unos premios con la misma filosofía que los originales pero sobre edificios horrendos en vez de películas. (Para saber qué son los premios Razzie auténticos: https://es.wikipedia.org/wiki/Premios_Golden_Raspberry). Ya hablaremos del asunto.

(**) Entorno ecológico: Se habla del grado de concienciación ecológica de cada sociedad, las normas protectoras del medio ambiente, el uso de tecnologías respetuosas con el medio ambiente o el control de residuos peligrosos que pueden afectar a la actividad de una empresa.

viernes, 1 de abril de 2016

Me lo dijeron las mouras

As Fragas do Eume - M. A. Rodríguez

No es fácil conseguir que una moura te dirija la palabra. Mucho menos, claro, que se anime a contarte sus secretos. Creo que es necesario cogerlas en un día tonto y que no haya nadie cerca que pudiera luego irse de la lengua. Y, tal vez, pueda favorecer a la misión el hecho de que la primavera se retrase lo bastante como para ponerlas nerviosas. Esas cosas nos pasan a todos, los cambios de hora o de estación acaban por alterarnos lo sepamos o no.
         Entonces es posible —entendedme bien, solo posible, no es que con las mouras se pueda hablar de certezas en absoluto—; entonces hay una posibilidad de que se avengan a compartir con nosotros siquiera una pizca de su sabiduría ancestral.
M. A. Rodríguez

  Las encontré por casualidad una noche de luna llena. Tres mouras, con sutiles ropajes de gasa, sentadas en un prado, bajo un árbol. Una tenía el cabello blanco, de tan rubio que era. Otra, rojo como el fuego. Y la tercera, negro como la más negra de las noches.
Bajo la luz tan blanca de la luna no era fácil pasar desapercibidas. Así que creo que fue obra suya y solo suya que la luna se velara de inmediato.

M. A. Rodríguez
                        M. A. Rodríguez 

Lo cierto es que no acabé yo de entender tanto esfuerzo, pues apenas unos minutos después me llamaron por mi nombre y me pidieron que me acercara a charlar con ellas, porque tenían algo importante que decirme.
Supongo que cambiarían de idea de un instante para otro, de todos es sabido que los seres mágicos son de natural mudable y antojadizo.
Y no nos corresponde a los simples mortales cuestionar sus motivos ni sus caprichos.



Encendimos un buen fuego en un refugio que encontramos en las inmediaciones, para estar cómodas y poder hablar todo lo que nos diera la gana. Nos hicimos un té, aderezado con hierbas. Y luego ellas sacaron dulces y castañas de los hatillos que llevaban consigo. Pero no os imaginéis uno de esos atados de vagabundo, no, estos estaban confeccionados con rico encaje de Camariñas, y parecían impregnados de blanquísima luz de luna.
         Me he preguntado luego muchas veces qué llevaría aquel té —aunque, bien mirado, también pudieron ser las castañas que me ofrecieron, conservadas en un licor transparente que ellas aseguraban inocuo pero que a mí me olía talmente a orujo puro—. Porque, en medio de la conversación, y antes de saber yo qué se esperaba de mí, me señalaron muy serias hacia poniente, diciéndome que por allí andaba su casa, y, al volverme yo en la dirección indicada, observé estupefacta un megalito enorme y oscuro que antes no estaba. Se destacaba contra un fondo de nubes como de atardecida, y algo más lejos, se mecía el mar, casi en calma. «¿Cómo es posible?», me pregunté yo, muy razonablemente. «Si hace un momento era noche cerrada y no ha podido pasar tanto tiempo».
         Como soy una persona educada, no quise preguntar. Me hice la desentendida y seguí atenta a lo que me decían, pero aparté con mucha discreción el brebaje caliente, decidida a no beber una gota más, no fuera que lo que para una moura es cosa corriente a mí me provocara un resacón de la leche.



Monte de San Pedro. A Coruña.
M. A. Rodríguez

Por fin llegamos al meollo del asunto y me explicaron qué querían de mí. Tenían «un trabajito» que encomendarme, dijeron muy sonrientes; y yo maldije la hora en que me había tenido que encontrar con criaturas de hospitalidad tan interesada. ¡Y como para no obedecerlas, y decir que no me daba la gana! Aunque no fueran meigas, tampoco podía una olvidarse de su mágico oficio.
         Fuera lo que fuera lo que iban a pedirme, me dije con resignación, tendría que decir que sí, qué remedio.
         Pero mis temores eran infundados. Se limitaron a darme una lista con lugares que, de todas formas, yo pensaba visitar. Claro que tuve buen cuidado de callarme ese detalle, era mejor que admiraran mi buena disposición y se felicitaran por su acierto a la hora de escogerme entre los otros mortales. ¡Que me habían soltado todo de sopetón y bajo los efectos del alcohol! Y había que hacerse valer.
    
            
            Fervenza Teixido.
            A Coruña.
            M. A. Rodríguez

Las instrucciones fueron claras: yo debía ir a los bosques y acantilados señalados en el pergamino, uno por uno, y contactar con otras mouras que vivían allí para darles en mano una adornada invitación verde, que me mostraron a continuación.
         Era una cuestión de etiqueta, me explicó la moura de pelo rojo. Se consideraba de buen gusto, añadió, que las tarjetas para los festivales se cursaran por mensajero. «Y siempre se puede guardar la invitación como recuerdo», dijo muy contenta la moura de pelo negro. «Llevamos preparando la fiesta de Ostara desde Imbolc», me confió en un susurro la moura de pelo blanco, claramente excitada ante la perspectiva del fiestón que les aguardaba.

Río Eo. Ribera de Piquín. Lugo.
M. A. Rodríguez

Me despedí de ellas con la promesa de cumplir el encargo lo antes posible. Un poco triste por abandonar tan entretenida compañía, pero aliviada en el fondo por volver a la normalidad. Tanta magia me tenía aturullada. Hasta me daba vueltas la cabeza. ¿O sería aún el residuo del té de hierbas?
         En fin, fuera lo que fuera, en cuanto pasara el efecto me iba a trazar el plan de ruta y me iba a poner en marcha en mi papel de cartera festiva.
         Que a una moura no se la engaña, ni se falta con ella a la palabra dada. Eso lo sabe cualquiera. Cualquiera que quiera conservar la cabeza dignamente sobre los hombros.



La Fraga. Central eléctrica A Ventureira.
M. A. Rodríguez




As Catedrais. Lugo.
M. A. Rodríguez
Faro de Isla Pancha. Lugo.
M. A. Rodríguez