martes, 14 de marzo de 2017

Historias de Nueva Orleans

 Marie Laveau House

Fue el 1 de julio del pasado año. El «más difícil todavía» de LAS NOCHES DEL HUERTO, un festival comunitario que nace y vive al amparo de nuestro huerto de Manoteras. Allí el arte crece igual de frondoso y alimenticio que los tomates y las calabazas. Bajo la luz de la luna pudimos ver conciertos y obras de teatro, concurso de microrrelatos y danza. En un ambiente inmejorable, logrado gracias al esfuerzo de un montón de gente.
         Y en la noche número siete nos atrevimos con una performance de magia, misterio y vudú que llamamos «ManoterArtAttack».



Se trataba de aunar en un solo espectáculo tres de las principales disciplinas artísticas: literatura, música y pintura. La lectura de un relato mío sobre vudú y posesiones, Historias de Nueva Orleans, sería acompañada por las improvisaciones jazzísticas, fiel reflejo del espíritu de la ciudad, de Jesús Salgado. A la vez, la pintora María José Perrón plasmaría en un cuadro el producto de esa conjunción. Como un mago sacando un conejo inexistente de la chistera, haría nacer en el lienzo en blanco lo que hasta entonces solo sería magia intangible, hecha de música y palabras, para convertirla entonces en forma y color, en materia visible.

Hicimos los preparativos. Nuestro escenario convertido en una consulta de vudú, con su altar de santería y un cuadro de nuestra antepasada. Una mesa camilla, bebida y comida para los loas y muchas velas. Los personajes y los artistas colocados en su sitio. 

Las noches del Huerto
Las sacerdotisas

Barón Samedi
El Barón Samedi

Las Noches del Huerto
El escenario
El músico
La pintora

Invocación

Todo empezó con un embrujo.  Invocamos a las fuerzas de la oscuridad y el público fue bendecido y marcado con ocre rojo, para que los espíritus sueltos que había esa noche;
la poderosa Marie Laveau y otros como ella, venidos directamente de la tierra fértil del río Mississippi; los reconocieran entre los nuestros y respetaran sus sueños para siempre. Pues sabido es que hay que andarse con cuidado cuando se desatan semejantes poderes sobre la tierra.
Las Noches del Huerto

 
La música empezó a sonar, esta vez en las voces femeninas del coro Manoteras Dreams, que interpretó Evening rise, Spirit come. Luego la sacerdotisa explicó:

Marie Laveau—Nos trasladamos al Barrio Francés de Nueva Orleans, la mágica ciudad de la Luisiana. Uno de los lugares donde la religión vudú está más arraigada. Donde se venera a los loas o espíritus y la gente consulta sus males de amor o dinero a houngans, sacerdotes hombres, y a mambos o sacerdotisas.


»La practicante más famosa de vudú en Nueva Orleans fue Marie Laveau, una mulata muy y longeva, conocida como La reina del vudú.

Y comenzó la lectura...
  
Historias de Nueva Orleans, por L. G. Morgan.

 
Historias de Nueva Orleans 

          «Cuando Esmeralda Cienfuegos entraba en trance, cualquier cosa podía suceder. Y si ese trance tenía lugar, precisamente, durante alguna fecha poderosa… Las posibilidades se volvían entonces aterradoras.
  
            La especialidad indiscutible de Esmeralda Cienfuegos era hablar con los muertos. La piedra filosofal de su negocio, podríamos decir. Entraba en trance, se dejaba poseer por el alma del difunto que fuera, y así hacía de puente entre este y los seres queridos que quedaban en la Tierra, y que dejaban su buena plata, de paso, en manos de la señorita Esmeralda».

 La cuentista
L. G. Morgan

         «—Oh, buen Legba —rezaba Esmeralda—, escúchame y abre para mí tu puerta. Vudú Legba, ábreme la puerta de la oscuridad y deja que llame al espíritu de Amando Morales, porque voy en misión santa y le llevo un mensaje de su amante esposa.
         »Si permites mi misión, bendeciré tu nombre ante los loas y diré que eres el más grande y bondadoso. Papa Legba, te daré las gracias por toda la eternidad».

                                                          

Jesús Salgado «Los ojos se le ponen en blanco y su cabeza se dispara hacia atrás. A la primera embestida le sigue otra, más potente aún que la primera. El corazón se le desboca y casi deja de respirar. Boquea como un pez fuera del agua, luchando por echar de sí aquella presencia invasora. Sin resultado».
  
María José Perrón
  ¡ Y aquí está! La protagonista que surgió esa noche, suma de palabra, música, arte plástico... Y la magia de una noche de vudú.

miércoles, 8 de marzo de 2017

LA CREACIÓN SILENCIADA

Historia de las Mujeres en la Música

Sonia Ludd y Elena Pina

Hoy, Día Internacional de la Mujer, es una excelente ocasión para rescatar del inframundo del olvido a un puñado de mujeres que la Historia ha enterrado, silenciando como de costumbre su voz y su talento, y condenándonos a nosotras, sus hijas y herederas de generaciones posteriores, a pensar que no hubo nunca suficientes creadoras, suficientes músicas, filósofas, pensadoras, escritoras, científicas o pintoras. Que el mundo se ha construido sin nosotras de manera justificada, ya que no teníamos valor o virtud señalable que aportarle.

El pasado sábado asistí a una fantástica conferencia ideada y organizada por Elena Pina y Sonia Ludd, que se celebró en la sede de la ASOCIACIÓN DANOS TIEMPO.
         El programa publicado en su evento decía así:

«La Creación Silenciada es un recorrido por la Historia de la Música Occidental, desde la Antigua Grecia hasta mitad del siglo XX desde una perspectiva feminista.
La música la han creado e interpretado hombres y mujeres desde sus primeras manifestaciones culturales. Sin embargo, las creaciones de las mujeres han sido sistemáticamente silenciadas a lo largo de los tiempos, especialmente desde el siglo XVIII y sobre todo en el siglo XIX, hasta el punto de que hoy prácticamente no somos capaces de nombrar una sola compositora que pudiera estar al nivel de Mozart , Beethoven o Chopin.
Con La Creación Silenciada pretendemos dar a conocer los nombres y la música de mujeres geniales, que compusieron contra viento y marea, a pesar de todos los obstáculos, tabúes y dificultades imaginables, y cuya obra ha sobrevivido milagrosamente hasta nuestros días.
          En este breve recorrido musical escucharemos una selección de obras que nos han conmovido especialmente, grabaciones y música en directo interpretada al piano, que son una bella representación de lo que quizás nos hayamos perdido para siempre, a causa de la concepción patriarcal de nuestra sociedad, que ha silenciado constantemente la creación femenina
».


El programa incluía a un montón de intérpretes y compositoras fabulosas (que se pueden escuchar en Spotify: La Creación Silenciada. Lista creada por nenapina), pero, entre todas ellas, a mí me llamó la atención especialmente una soprano y compositora barroca (quizá mi período musical favorito), coetánea de Bach, Händel, Vivaldi y Monteverdi.
         Fue escuchar su música y apuntarme su nombre para no olvidarlo nunca más. ¿Cómo es posible que un talento formidable como el de esta mujer permanezca ignorado? ¿Por qué en el colegio estudiamos a sus colegas masculinos y no a ella, a tantas ellas que permanecen en el anonimato, pero de las que hay sin embargo constancia y existe documentación? ¿Y las que fueron coartadas en vida, sometidas a la voluntad del varón de turno que se negaba a dejarlas brillar? Tantas existencias mutiladas, tantas aspiraciones cortadas de raíz, tanto talento pisoteado y hundido tan hondo que nadie pudiera encontrarlo.
         Como me pasa en ocasiones similares, me invadió una acusada sensación de tragedia al pensar en todas esas mujeres brillantes y singulares que no hemos llegado a conocer. ¿Sería el mundo diferente, podría serlo, si el pensamiento, el arte y la memoria recogieran experiencias de mujeres, aportes de valores y vivencias de mujeres? Nunca podremos saberlo. Solo podemos seguir desenterrando huesos pacientemente, sacando a la luz insólitos y geniales espectros y dándoles su lugar. Yo te prometo, Bárbara Strozzi, que ya no voy a olvidarte. Para ti, para todas, en este día, que tu nombre no se borre de la Historia.


Barbara Strozzi

Barbara Strozzi

(Venecia, 6 de agosto de 1619 - Padua, 11 de noviembre de 1677)


Nacida en Venecia, Barbara fue adoptada y bautizada en la familia Strozzi. Era con toda probabilidad la hija ilegítima del poeta, dramaturgo y compositor de libretos veneciano Giulio Strozzi e Isabella Garzoni, su criada y heredera designada por él. Giulio no solo adoptó como hija a Barbara, sino que alentó su talento desde edad muy temprana, llegando a crear una academia en la que las actuaciones de Barbara pudieran ser valoradas y exhibidas públicamente. Parecía interesado en mostrar sus considerables talentos vocales a un público más amplio. Sin embargo, su canto no era su único don, estaba también especialmente dotada para la composición. Tanto es así que su padre, sabedor de estas cualidades, lo arregló todo para que estudiara con el compositor Francesco Cavalli, discípulo del gran Monteverdi.

Barbara Strozzi
Intérprete con viola da gamba - Bernardo Strozzi
Es concebible que Strozzi haya sido una cortesana, sin embargo, también puede haber sido el blanco de la calumnia celosa de sus contemporáneos masculinos.
Ella parece haber llevado una vida tranquila, aunque algo inusual. Hay pruebas de que al menos tres de sus cuatro hijos fueron engendrados por el mismo hombre, Giovanni Paolo Vidman, amigo de su padre. Vidman (también deletreado Widmann) era un patrón de las artes y partidario de la ópera temprana. 
Después de la muerte de Vidman, es probable que Strozzi se mantuviera, a ella y a sus hijos, mediante inteligentes inversiones y la publicación de sus composiciones. Al parecer, el padre de sus hijos no les dejó nada en su testamento.
Barbara Strozzi murió en Padua en 1677 a los 58 años. Se cree que fue enterrada en Eremitani. Murió sin dejar testamento, su hijo Giulio Pietro reclamó su herencia.

MÚSICA
Se considera a Strozzi «el compositor más prolífico - hombre o mujer - de la música vocal secular impresa en Venecia a mediados del siglo». Su producción es también única porque sólo contiene música vocal secular, con la excepción de un volumen de canciones sagradas. Ella era renombrada por su capacidad lírica tanto como por su talento compositivo. Sus letras eran a menudo poéticas y bien articuladas.
         La gran mayoría de sus trabajos son cantatas para soprano solista y bajo continuo, por lo que es posible pensar que fueron escritas para ser interpretadas por ella misma. Su música está profundamente arraigada en la técnica denominada Seconda prattica, cuyo principal ejemplo es la obra de Claudio Monteverdi. Sin embargo, sus trabajos presentan mayor énfasis lírico, basados posiblemente en la extensión de su propia voz. Muchas de las letras de sus primeras piezas fueron escritas por su padre Giulio. Pero para otras muchas composiciones pudo haber escrito sus propios textos.
         Strozzi escribió arias, cantatas dramáticas, madrigales y duetos. Publicó ocho volúmenes de obras, incluyendo más cantatas que cualquier otro compositor del siglo XVII.
De entre sus piezas yo he seleccionado para mostraros en el blog «Che si può fare», que me enamoró completamente el día de la conferencia-concierto, cuando la descubrí. Pura magia, encarnada en esta ocasión en la voz de la soprano Mariana Flores.
 
Che si può fare

miércoles, 1 de marzo de 2017

EL CÍRCULO DEL ALBA

Luisa Ferro

Título: El Círculo del Alba

Autor: Luisa Ferro

Género: Novela histórica, Crímenes

Editorial: Planeta

Formato: Papel y Digital

Páginas: 608




Argumento: Madrid, 1903. Bruno Moreto se enfrenta a una gran encrucijada. Su tutor, Ernesto Olmedo, médico forense, asesor de la policía y propietario de una funeraria, ha muerto en extrañas circunstancias. Todo apunta a un suicidio. Su muerte deja un negocio hipotecado, con deudas que comprometen gravemente el futuro de Bruno.


El hermano del difunto, Hugo Bonaventura, un conde italiano con fama de vividor, llega a Madrid para hacerse cargo de la situación, pero los acontecimientos darán un giro inesperado. Bruno y Bonaventura se verán inmersos en la investigación de varios asesinatos rituales de niñas, cuyas raíces se sumergen en el pasado más oscuro de Olmedo. Ambos, pese a sus diferencias iniciales, tendrán que aliarse para destapar un misterio que ha dormido agazapado tras décadas de silencio.
**************

Más que leerla, se puede decir que he devorado esta novela. Tanto es así que al acabarla se me quedó una enorme sensación de vacío, tan familiar antes y cada vez menos frecuente; producida por la nostalgia y el anhelo por unos personajes y unos ambiente entre los que había vivido, totalmente inmersa, durante los últimos días.
         Más que ninguna otra cosa, creo yo, eso es lo que habla de verdad de una buena novela. Que consiga hacerte sentir parte de ella, creer que han existido realmente los escenarios por los que discurre, y pensar que podrías perfectamente haberte topado, en sus salones y sus calles, con todas esas personas que nos ha ido presentando a lo largo de las páginas.
         Es una novela con personajes entrañables, de esos de amor a primera vista; y otros oscuros y perversos, pero igual de bien trazados. Tan imprescindibles los unos como los otros. Aunque, claro está, como en la vida misma, aquí nada es blanco o negro, los perfiles psicológicos construyen personas de carne y hueso con pasado y secretos que guardar. Con anhelos y deseos que no se revelan a nadie. Si acaso a uno mismo, en la soledad de los sueños.
         En cuanto al aspecto formal, el lenguaje que utiliza Luisa Ferro es de lo más cuidado y rico, con una prosa sugerente que permite esa inmersión de la que hablaba, hasta el punto que te parece reconocer lo que te cuenta como si lo tuvieras delante y lo contemplaras a la luz de un foco preciso, pero a la vez benévolo, como el que usaría un fotógrafo respetuoso al retratar a una antigua vedette. Se nota el cariño de la autora hacia todas esas gentes que vivieron tiempos difíciles en un Madrid hoy desaparecido, tiempos a la vez misteriosos y mágicos. Y la pasión con que ha abordado una documentación exhaustiva que le permite proporcionar realismo y exactitud a ciertos aspectos de la trama, de difícil resolución en cualquier otro caso. El amor, en suma, por la escritura, y el oficio adquirido durante muchos años de práctica y peleas en el campo exigente de la buena literatura.

A Luisa Ferro la tuvimos aquí, en el blog, hace tiempo. En la sección de Mujeres que se escriben, que hoy recupero para vosotros.

Mujeres que se escriben

Hoy nuestra estrella invitada es la escritora  madrileña Luisa Ferro,
autora de la novela de fantasía Alcander  (Ediciones Tagus 2013). Es asesora, correctora de estilo y monitora de taller de relato avanzado. Sus relatos han obtenido diferentes premios y menciones en certámenes como “Ciudad Getafe, 2009” o “María Moliner, 2010”. Ha colaborado en numerosas antologías.

Mujeres que se escriben 

LCE -Muy buenos días. ¿Preparada para convertirte en la siguiente víctima de la sección?
LF –Buenos días. Preparada.
LCE –Hoy indagaremos en los gustos y aficiones literarias de la autora Luisa Fernández, que ha aceptado muy amablemente participar en el blog y ofrecernos una muestra de su trabajo. Empecemos pues con la primera pregunta de rigor: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?
LF –Porque me encanta. Un buen día me dije que ya era hora de escribir una novela y así lo hice. Pero a las pocas páginas decidí apuntarme a un taller gratuito de escritura creativa. Me faltaba método. Y ahí seguimos después de mueve años y un montón de clases a cuestas.
LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
LF – Es un juego de equilibrio con el lenguaje. Rico, descriptivo, pero accesible.  Y sí, ha variado mucho con los años y el aprendizaje.  
LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer?  Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
LF –No, que yo sepa.
LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
LF –No.
LCE – Y ahora cambiemos de tercio: ¿Qué género literario prefieres?  ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?
LF–Me decanto por el costumbrismo y la ficción histórica, pero siempre dentro de mis parámetros particulares; o sea, que tenga una buena dosis de misterio y suspense. También me tira mucho el Thriller forense, y si tiene tintes históricos mejor.  No me gusta que me encuadren. Escribo lo que me apetece.
LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
LF –Mis objetivos son los mismos que cuando empecé a escribir: llegar al lector. Intentar que mis novelas vean la luz del mejor modo posible sin morir en el intento  (risas).
LCE - ¿Algo más que quieras contarnos?
LF –Bueno, pues quisiera animar tanto a  lectores como editoriales a que den más oportunidades a los noveles patrios; esos autores con potencial que intentamos emerger a  espaldas de un mercado tradicional que cada vez crece menos y peor. Hay que sacudirse las pulgas y atreverse con lo nuevo. Nadie nace grande. Crecer forma parte del camino.
Y, por último, quisiera daros las gracias por entrevistarme. Lo he pasado genial.
LCE - Gracias a ti. Siempre es un placer conversar con los autores y poder charlar de literatura ;-) ¿Querrías ahora presentarnos tu relato?
LF –De mil amores. Labios de adormidera es un relato policiaco. En él se explora la psique del suicida. El difícil juego entre la criminalística y la intuición. Ciencia e instinto se aúnan para hallar el leitmotiv. Para escribirlo tomé como referencia la figura de “el perdedor” partiendo de la conocida anécdota que Chéjov escribió en su cuaderno de notas: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a su casa y se suicida”. Espero que os guste.

Labios de adormidera

Luisa Ferro


 Bodhisattva

La peste era bestial y el zumbido de las moscas insoportable. El intenso calor ayudaba a ello. Los escuadrones de la muerte son los primeros en llegar a la escena del crimen. Poseen una alarma para detectar a los fiambres. Tras equiparnos y rechazar la mascarilla que me ofrecía Estrada, entramos a la vivienda. Nos sorprendimos por la cantidad de billetes de quinientos euros esparcidos por el suelo; un sendero que recorría el largo pasillo de entrada hasta el estudio de pintura. Terminaba en una montaña humana bañada de malvas. El cadáver se había quedado de rodillas, vencido sobre su lado derecho. Estaba desnudo. Presentaba una herida transversal en el abdomen y otra en vertical hacia el esternón. El sable corto yacía junto a su mano izquierda. Aquel metal era el único testigo del lugar de los hechos; el causante de dos palmos de tajo y del charco de sangre que nos esforzábamos en no pisar. Sobre su superficie flotaban pétalos marchitos y fichas del casino. Parte de los intestinos reposaban en la bandeja que el finado sujetaba entre las rodillas. Me pareció inconcebible teniendo en cuenta su larga agonía antes de morir. Costaba creer que un ser humano conservara la compostura en tales circunstancias sin apenas moverse.
¿Quién coño se suicida después de ganar un montón de pasta? arguyó Estrada. 
Ordoñez, el experto en simbología, se apresuró a mostrarme un billete. En ambas caras pude leer: «Ella es mi dueña». 
No era la única frase que se repetía hasta la extenuación, había versos escritos por las paredes, en el suelo, en el techo: «Y amar es herir, es trasnochar en tu herida y humedecer con la sangre mis labios de adormidera.»
La prueba con luminol dio positivo. 
Procedí al examen del cadáver. 
Calculé que rondaría los treinta años. A pesar de que el rigor mortis había remitido, su rostro conservaba una expresión de pánico; como si en el último momento se hubiese arrepentido de poner fin a su vida. Los ojos estaban ligeramente hundidos y el iris era un borrón opaco. La mancha verde se extendía ya hasta los pectorales y de sus oídos rezumaba la cadaverina. Tenía exóticos tatuajes en ambos bíceps y en la cara interna de los muslos. Aunque lo que más llamó mi atención fue la estrangulación que exhibía en la raíz del pene, realizada con hebras de cabello. No presentaba necrosis pero sí un importante edema. El caso hubiera hecho las delicias de cualquier especialista en urología.
Observé una línea rojiza en el cuello y marcas de ligaduras en muñecas y tobillos. También quemaduras de diverso tamaño por el cuerpo.
Tomé notas mentales del tiempo estimado de su muerte. Cuatro o cinco días. Era solo orientativo. Seguramente el asfixiante calor aceleró el proceso de putrefacción y mi rápido dictamen tendría que completarse con la autopsia. 
¿Quién se clava en las tripas un sable después de follar con una diosa? escuché decir a mi espalda al tiempo que Estrada me alargaba varias polaroid que acababa de encontrar amontonadas en un rincón. La fecha aparecía en negrita en una de las esquinas. Fueron tomadas siete días antes.
En ellas aparecían aquel pobre diablo y una mujer. Lo único que llevaba encima era una extraña careta y unas botas de tacón de aguja, altas hasta los muslos. Le pisaba la cara, mientras que con un cordón de cuero intentaba estrangularlo.
Me quedó claro que todo formaba parte de un juego sexual previo al suicidio. Siervo y ama se deleitaban salvajemente. Visualicé varias fotos de fechas anteriores. El affaire duró más de cinco años. En ninguna de ellas se esclarecía la identidad de la femme fatale. Siempre aparecía con la cara tapada, pero tenía un precioso cabello rojizo que le llegaba a la cintura y una silueta fascinante.
Es una máscara de teatro kabuki me explicó Ordoñez. Representa a un Oni, una criatura demoniaca de la mitología japonesa. Puede guardar relación con el seppuko, llamado vulgarmente hara-kiri. El suicida quiso, de alguna manera, restablecer su honor. Utilizó un tantō  para abrirse el vientre y una bandeja para contener los intestinos. Tampoco pasó por alto el poema que los samuráis escribían en su abanico de guerra, aunque no lo haya escrito en el sitio correcto. Llevó a cabo casi todo el protocolo exigido en el rito. Quedaría saber si hubo alguien que contemplara el sacrificio, pues debe ser realizado en un lugar público, ante testigos y con un hombre de su confianza para ayudarlo a morir. También cometió otro error: la dirección del primer corte; de izquierda a derecha y no a la inversa. Se aprecia en la profundidad inicial de la herida.
Era zurdo y estaba solo atajé.
Decidí echar un vistazo por el estudio. Me ayudaría a indagar sobre el origen del suicidio. Sus causas. Su anatomía.
Los lienzos colgaban anárquicamente por doquier y tapizaban gran parte del suelo cercano a la amplia cristalera. Eran retratos al oleo de una muchacha de rasgos orientales. Parecían seguir una extraña secuencia que imprimía movimiento a la figura, como fotogramas en orden cronológico. Según mi opinión, el artista había intentado plasmar en la modelo una enigmática sonrisa de gioconda o de geisha, pero me sugirió más una exótica criatura sacada de un cartelón de Toulouse-Lautrec. Había algo anacrónico en su mirada. Un misticismo imposible. Estaban llenos de brochazos oscuros.
Son excrementos humanos apuntó Ordoñez.
Enarqué una ceja.
Varias prendas femeninas descansaban sobre la cama y por el suelo. Tuve que hacer verdaderos malabarismos para no pisar nada. El reguero de enseres terminaba en el cuarto de baño, donde docenas de velas consumidas se apiñaban en torno a una tina llena de agua y flores de loto.
La voz en of de Ordoñez prosiguió dándome sus impresiones.
 Todo el taller en sí mismo es un altar de sacrificios erigido en honor de algún dios perdido en la memoria de los paganos o puede que la antesala al mismísimo inframundo, cuyo precio de entrada fue la inmolación del sujeto. Qué mayor sacrificio que despojarse de las riquezas materiales y poner fin a la propia vida para ganarse el beneplácito de dioses o diablos, restaurando así el honor quebrantado. Por otra parte, los excrementos son el deseo del artista de alcanzar la inmortalidad. Las flores también podrían asociarse a ello. Su color blanco significa pureza, renovación, nacimiento...
Sonreí. No. No lo hice con indulgencia, sus conclusiones no carecían de lógica, pero no pude evitar mascullar sobre lo ambiguo de ciertos simbolismos ligados a la defecación y al arte conceptual. La mierda seguía siendo mierda aunque nos las sirvieran enlatada y un cuadrado negro sobre fondo blanco era solo eso: un puñetero cuadrado negro.
Tu mente analítica te impide ver la belleza –me dijo mordazmente Estrada, lanzando una pulla a nuestro compañero que, como de costumbre, ni se inmutó. 
Salimos del cuarto de baño y volví a inspeccionar la zona del dormitorio. Mis ojos recorrieron la estancia buscando algo que no alcanzaba a ver. No. No era la belleza. Era más simple que todo eso. No encontraba la anatomía del suicidio; el cuerpo del delito.
En la pared del fondo y en el suelo había varios tapices antiguos y un altar con una figurilla central. Los inciensos se habían consumido, solo las lamparillas de aceite seguían brillando ajenas al horror. A mí me parecieron testigos mudos, desenhebrados de la realidad.
Es un bodhisattva apuntó, creo que se trata de Guān Yīn, «El que oye los lamentos del mundo».
Di unos pasos hasta detenerme en el centro del altar. Noté un cambio extraño en el pavimento. Lo comprobé con unos pisotones y pedí ayuda a Estrada para levantar la alfombra. Había una trampilla. Tiré de la argolla y pedí luz a uno de los agentes que pululaban tomando pruebas. El haz de la linterna dejó al descubierto unas precarias escaleras de metal. Era más un zulo que un sótano en sí. Estaba lleno de trastos y el hedor era tan nauseabundo que demandé con urgencia una mascarilla. Algunos agentes más acudieron a mi reclamo. 
Un rastro de coleópteros nos dio la situación exacta de la procedencia de la fetidez. Se trataba de un baúl de grandes dimensiones con taraceas en marfil.
Al abrirlo, una vaharada de moscas inició un errático vuelo. Tras disiparse, pudimos contemplar un cadáver en posición fetal cubierto con una sábana de raso blanco. Su cabeza descansaba sobre un almohadón, como si el reducido cubil fuese la cuna de un recién nacido.
Costaba reconocer en aquel cuerpo hinchado y mordido por las ratas a la bellísima mujer del cuadro. Su boca, las fosas nasales, sus lagrimales… servían de nido para las larvas. Tenía una enorme tajadura en el cuello.
Las imprecaciones de la brigada se dejaron sentir como la plegaria de un pecador en el desierto. Imposible no sentirse sobrecogido. Los flashes de los analistas lo llenaron todo. A cada destello, la piel de la muchacha tomaba matices escalofriantes.
Quien metió su cuerpo aquí sentía afecto por ella dijo Ordoñez. Es como si durmiera. La posición fetal es un claro indicativo. Hay una huida hacia el seno materno, una búsqueda de paz, de cobijo…
Asentí. Ahí lo había clavado.
Me centré en la herida de la garganta. Estimé que no fue ella quien se seccionó la carótida. El corte era limpio y certero. Los suicidas tienden a ser bruscos. Se desgarran con demasiada fuerza presas de un impulso desmañado; temiendo no ser lo suficientemente contundentes en su intento y causándose verdaderos destrozos. Dada la profundidad y trayectoria, el asesino en cuestión era zurdo. El estado de putrefacción del cuerpo y la evolución de las larvas, me indicaban que había muerto antes que el pintor. Tal vez con una diferencia de 48 horas. 
Dejé a los analistas recogiendo muestras. Para mí aquel ya era un caso cerrado. Ordoñez y Estrada me fueron a la zaga.
Ambos me miraron interrogantes. Querían mi veredicto.
Ella se cansó de su juguete y él no pudo soportarlo respondí.
Sus gestos no variaron un ápice. Querían los detalles escabrosos.
Hay rehenes que se niegan a ser liberados aclaré. Siervos que no son nada sin sus amos. Pero no hay que equivocar jamás ser sumiso con la falta total de narcisismo. Un sumiso sexual, repudiado en la vida real puede «liberar» al peor de los depredadores. Cambian su rol y despellejarán sin piedad al que fue su dueño. Una vez pasado el shock emocional y el vacío que queda tras la pérdida, llegarán la reflexión, el arrepentimiento y la falta de motivación para continuar viviendo. La vida de nuestro artista carecía de sentido sin su leitmotiv. El hara-kiri solo fue un medio para seguir a su ama en la muerte, más que para limpiar su honor. Se reunió con su dueña y señora.
Ordoñez meditó unos segundos antes de chasquear los dedos. Asintió con vehemencia. 
Es un oibara… El samurái sigue a su amo feudal en la muerte. El rol de ejecutor se invirtió tras asesinarla y pasó a ser de nuevo siervo.
O sea arguyó Estrada, resumiendo y en cristiano: que a ella le importó una mierda que él acabara de ganar una millonada en el casino. Quería abandonarlo. Es un crimen pasional, vaya.  
Asesinato seguido de suicidio puntualizó nuestro quisquilloso compañero.
Mientras saludábamos al juez que acababa de llegar para ordenar el levantamiento de los cadáveres, pensé que, en el fondo, todos tenemos algo de románticos y aquello de que el amor ni se compra ni se vende, todavía quedaba genial en este jodido mundo. Eso sí, con el fundido en negro de una película muda. Nunca estaba de más ser artístico.  

© Luisa Fernández