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martes, 11 de marzo de 2014

Pócimas y Recetas

Hacía mucho que no publicaba aquí ningún relato y hoy me ha dado por ahí. Se trata de un micro que escribí para un concurso de "humor negro" al que nunca lo envié. Y es que el relato salió como quiso, desafiando mis planes y cumpliendo penosamente con el lema previsto.


LA VOCACIÓN
L. G. Morgan

Merceditas siempre había querido ser puta. Claro que su idea sobre la naturaleza de dicho oficio distaba mucho de la realidad. La había ido moldeando con el correr de los años, a base de comedias románticas y novelas de índole similar, y se creía que Pretty Woman era el perfecto ejemplo de esa vida de aventura, lujuria y desenfreno que ella asociaba con tan abnegada ocupación. Después de ver, siendo adolescente, a Shirley McLane trabajándose el París de los años 40, se le metió en la cabeza que todo el mundo tenía que llamarla Irma, el no va más del chic loco en que quería convertir su vida, a pesar de que sus padres y demás parientes insistieran una y otra vez en que la niña se había quedado tonta, seguramente por efecto de algún golpe.

La vida no había sido generosa con ella a ese respecto y, primero aislada en la ñoña escuela de monjas donde la habían mandado a estudiar, y luego metida en el claustro de su casa, cuidando de una madre casi inválida; su esperanza de cumplir algún día su anhelo se fue tornando más y más imposible.

De este modo, cuando un primo lejano solicitó de su padre que acogiera durante el período vacacional al vago redomado de su hijo, estudiante de notarías a la sazón, el desastre se desencadenó inevitablemente. Poco podía imaginar el incauto joven que aquella prima llamada Irma, con aspecto de beata de pueblo ya entrada en años, se iba a transformar por las noches en una fiera en celo, que le enseñó con esmero todo lo que no está escrito y unas cuantas cosas de las que sí lo están. Se conducía de un modo que a él le hacía pensar en refinadas cortesanas de algún improbable harén oriental, con una práctica adquirida capaz de causar deleite a cualquier sultán, por experto que pudiera ser. Pero cuando al final de cada noche, calmados sus ardores con pericia claramente vocacional, le pedía dinero por sus servicios… El pobre primo no sabía qué pensar.

Pasó el verano y, sin excusas para continuar allí de huésped, tuvo que regresar a casa... Para volver a suspender por quinta vez el examen de marras. La experiencia sin embargo no habría de ser en vano, pues estaba a punto de cambiar su vida de un modo que no alcanzaba a imaginar, proporcionándole la idea para lograr el negocio de su vida.

Lo peor fue convencer a su padre para que le prestara el dinero, lo demás fue cosa fácil. Con la primera muestra de iniciativa que revelaba en su apática existencia, montó en el centro del pueblo una peluquería de señoras. Y en la trastienda del local amplió el negocio con infalible olfato. El consejo y la colaboración de la prima Irma fueron indispensables; juntos, él y ella, convirtieron la empresa en el emporio del pueblo, dando incluso trabajo a dos o tres parroquianas, de las más solas y tristes que había, que hasta ese momento no habían descubierto su auténtica vocación.

lunes, 10 de marzo de 2014

Aprovechando que el Pisuerga...

...pasa por Valladolid.

Pues eso, que a raíz del día internacional de la mujer aprovecho para sacar a pasear a unas cuantas damas que no tienen el reconocimiento que merecen. Así, poco a poco, iremos escribiendo "otra" Historia, una en la que las mujeres encuentren el hueco que en justicia les corresponde.

CAROLINE HERSCHEL (1750-1848)


Nacida en Alemania en el seno de una numerosa familia de músicos. No recibió educación formal, ya que su madre opinaba que era suficiente con que las cosas propias del ama de casa. Pero como dos de sus hermanos empezaron a estudiar música, ella los acompañó para estudiar canto. Más tarde uno de ellos, el que parece haber sido su hermano favorito, se hizo astrónomo y ella se marchó con él como ayudante.
Vivieron en Inglaterra y a la edad de 37 años Caroline consiguió un sueldo del rey debido a su trabajo, convirtiéndose en la primera astrónoma profesional. Tuvo su propio observatorio y realizó unos cuantos descubrimientos por su cuenta. Fue admitida en la Real Sociedad Astrónomica y premiada por esta misma institución. Cuando su hermano falleció regresó a Hannover.

MARÍA MITCHELL (1818-1889)


Otra astrónoma. Nació en la Isla de Nantucket, Estados Unidos, en una familia numerosa perteneciente a la comunidad de los  Cuáqueros. Sus padres tenían ambos gustos y aspiraciones peculiares, el padre inició a sus hijos en los misterios de la astronomía y la navegación, sus dos grandes pasiones, y la madre les inculcó la necesidad de ser independientes.
María fue una pionera en muchos frentes: fundó una escuela para niñas en la que ella fue profesora, con solo 17 años. Con 18 fue bibliotecaria en el Ateneo de Nantucket. Como empezara a cuestionar la doctrina de los Cuáqueros, fue separada de esta congregación. Luego sintió afinidad por la Iglesia Unitarista, pero nunca se convirtió en un miembro de ella. Fue la primera persona en descubrir un cometa con un telescopio, por lo cual recibió como premio una medalla de oro, concedida por el rey danés Frederik VII. Viajó por Estados Unidos y Europa y fue la primera mujer en ser admitida al Observatorio Vaticano. Luchó contra la esclavitud negándose a utilizar ropa de algodón. Fundó una asociación de mujeres. Fue profesora de astronomía en la nueva Facultad Vassar para mujeres, y miembro de varias Academias y Asociaciones científicas. En protesta por la discriminación salarial que sufría por ser mujer entró a formar parte de la Asociación Americana para el Avance de las Mujeres, llegando a convertirse en su presidenta. Murió con 71 años.

LISE MEITNER (1878-1968)


Física sueca de origen austriaco. Nació en Viena, en el seno de una familia judía que luego se convirtió al cristianismo. Se formó en Viena y Berlín, en cuya Universidad ejercería como profesora de física entre los años 1926 y 1933. En Berlín conoció al físico Otto Hahn, con quien formaría un duradero equipo de investigación que se prolongó incluso en la distancia, cuando, huyendo del nazismo se exilió en Estocolmo. Allí continuó su trabajo de investigación, con la colaboración de su sobrino Otto Frisch. Pero siguió en todo momento en contacto con Hahn y otros colegas alemanes.
Le fue injustamente denegando el premio Nobel de química en 1944, otorgado a su colega Otto Hahn, a pesar de su estrecha colaboración en el descubrimiento de la fisión nuclear, término además introducido por Meitner cuando se encargó de explicar el experimento de Hahn y sus resultados.
Recibió cinco doctorados honoris causa y varias condecoraciones. En 1960 se instaló definitivamente en Inglaterra. 
Luchó toda su vida por el empleo pacífico de la energía atómica.

viernes, 28 de febrero de 2014

Mujeres que se escriben

Bienvenidos a otro de los viernes de la sección. Hoy recibimos la visita de...
GLORIA T. DAUDEN
Nacida en Gran Canaria es licenciada en Publicidad y RRPP con especialidad en el área de creatividad. En la actualidad amplía su formación por la UNED con el grado de Historia del arte. Gloria ha trabajado como profesora de escritura en Escuela de Fantasía y en diversos talleres presenciales. Ha sido seleccionada y publicada en las dos ediciones del libro de relatos Descubriendo nuevos mundos, así como en las dos de Escuela de Fantasía: Monstruos (2012) y Bosques (2013).  En 2012 publicó La galería de espejos, un libro con 18 de sus relatos, todos ilustrados por artistas canarios. En Ácronos II se publica su relato Las hermosas Jaradalias y Saco de Huesos publicará su cuento de magia romana Defixio. Su última obra es Fae: el libro de las fantasías eróticas, una antología ilustrada con relatos que mezclan lo erótico y lo fantástico entre los que hay uno steampunk. 


LCE -Muy buenos días y bienvenida. ¿Estás preparada para convertirte en nuestra siguiente víctima de la sección?

GD – Por supuesto ;)

LCE – Bien, pues empecemos como de costumbre, indagando en tus gustos y tu estilo literario con la pregunta de rigor: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?

GD –Es como si me preguntaras sobre por qué empecé a respirar ;).
De muy niña me acercaba a cualquiera, en la calle o en el supermercado, y le contaba cuentos. Qué cosas :O.  Luego aprendí a escribir y los fui poniendo negro sobre blanco. Siempre he tenido esa necesidad de rodearme de historias, de expresarme a través de ellas.
En mi casa en Gran Canaria guardo como el mayor tesoro una caja en la que están los cuentos de mi infancia, todos escritos e ilustrados por mí. Son cuentos de la época en la que soñaba con ser escritora, la mayoría elaborados entre los ocho y los nueve años. Luego están los primeros relatos adultos a partir de la adolescencia, pero pertenecen a un tiempo en el que todavía no me había formado en escritura creativa. Son unos textos que nunca verán la luz, pero que me gusta conservar.

LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
GD –Mi estilo se mantiene en esencia. Sigo escribiendo fantasía ante todo, y una fantasía con un carácter algo onírico. No en vano sigo considerando a Ende mi maestro principal. He ido depurando la técnica, eso sí.

LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer? Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
GD –No me gusta que se señalen diferencias por ser hombres o mujeres así en general. No creo en una forma de escribir propia de hombres o de mujeres, vamos. Lo que sí hay en mis textos es una conciencia feminista. Mi vieja novela por ejemplo plantea, entre otras muchas cosas, el enfrentamiento entre el modelo patriarcal y el matriarcal, ambos representados en dos personajes concretos.

LCE –¿Significa eso que escribes para un público determinado, concretamente para otras mujeres?
GD – Escribo para todo el mundo. Y hasta el momento creo que mis lectores están bastante equilibrados entre hombres y mujeres.

LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
GD -¿Por ser mujer? No. Por eso no. Afortunadamente. Pero sí por escribir fantasía. Durante una época me censuré y me obligué a escribir realismo aunque me aburría de mala manera. Respecto al sexismo lo que sí viví fue conocer a escritoras que escribían con pseudónimo masculino porque creían que así venderían más, y la verdad, eso me sentaba como una patada. Necesitamos visibilidad.
LCE – Y ahora cambiemos de tercio: ¿Qué género literario prefieres? ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?

GD –Prefiero fantasía. Fantasía ante todo, aunque puedo escribir realismo en un momento concreto. Dentro de lo fantástico mis preferencias están cerca de la épica, lo maravilloso, lo siniestro. Ah, y el género erótico también es una de mis especialidades, lo que puede verse en el relato La galería de espejos que da título a mi antología y en Fae. El libro de las fantasías eróticas que, de un modo u otro saldrá en 2014.

LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
GD – Me marco retos concretos cada cierto tiempo. Ante todo quiero ser cada año mejor escritora y que mis lectores disfruten y sufran con mis tramas y mis personajes.

LCE - ¿Algo más que quieras contarnos?
GD –Felicitarte por tu blog y agradecerte la entrevista.

LCE - Muchas gracias. Pues solo me queda una pregunta: ¿Querrías ahora presentarnos tu relato?
Es La Galería de Espejos, el relato que da título a mi antología. Fue todo un reto escribirlo y me dio pie a seguir investigando las posibilidades de unir fantasía y erotismo. Me lo publicaron por primera vez en la revista madrileña Cuentos para el Andén. Recuerdo el momento exacto en que me lo pidieron. Dudé mucho. Me daba tanta vergüenza que hasta me planteé usar pseudónimo, pero decidí ser valiente. Después lo incluí en mi antología y, al final, el libro entero se tituló así. Espero que os guste. Suelo definirlo como mi declaración de amor al arte, una muy carnal ;)

La galería de espejos

Gloria T. Dauden




Cada noche tenía el mismo sueño, andaba desnuda por el suelo frío de una sala de museo. A veces era el Prado, otras el Arqueológico de Atenas, otras el Hermitage, la Tate, otras era una simple amalgama de uno u otro museo.
Yo notaba el frío en las plantas de los pies, pero sobre mi piel el aire era cálido como el abrazo de un amante. Tras avanzar por un par de salas vacías escuchaba unas risas lejanas, gemidos y el suave golpeteo de cuerpos contra cuerpos. Aquel sonido endurecía mis pezones y me hacía tragar saliva mientras aceleraba el paso.
Llegaba entonces a una sala, siempre la misma en todos los sueños. La galería de espejos del palacio de Versalles, allí, entre la penumbra de las velas, encontraba siempre la misma escena, una multitud de hombres y mujeres semidesnudos o desnudos por completo disfrutando de mil formas de sus cuerpos. Pero no eran personas corrientes, no. Todos eran personajes de cuadros o estatuas que yo conocía bien de mis estudios. Destacaba siempre Antinoo, tan perfecto como en sus reproducciones de mármol pese al sudor y el desaliño de sus rizos; también Afrodita, radiante mientras cabalgaba sobre faunos o emperadores. Pero era otro el que yo buscaba entre la multitud. Durero, siempre Durero. Los demás personajes cambiaban según él día, pero él estaba siempre ahí. Su aspecto era idéntico a su autorretrato del Prado, solo que muchas veces no llevaba más que sus guantes blancos. En ocasiones me lo encontraba, sentado como quien no quiere la cosa, contemplando la orgía, otras tomando por detrás a una musa con flores entre sus cabellos rizados o hundiendo el rostro entre los pechos de la sensual virgen del díptico de Melun. Fuese como fuese, él era el único que me miraba. Sus ojos me recorrían la piel desnuda mientras sonreía, pero rara vez se me acercaba. Tan solo una noche dejó de lado a la Ofelia de Millais y fue hacia mí. La joven se quedó echada en el suelo, tan triste como en su cuadro. Las manos enguantadas de blanco de Durero me acariciaron los pechos desnudos y fueron subiendo con suavidad hasta rozarme los labios. Eso fue todo. Luego se marchó de nuevo a gozar entre una vampiresa de Munch con brillantes cabellos rojos y una geisha de un grabado erótico japonés.
Normalmente yo solo me quedaba ahí, quieta en el umbral, humedeciéndome mientras contemplaba aquella orgía interminable, pero en una ocasión, tras un buen rato, me lancé angustiada por el deseo, mis manos recorrieron mi vientre para hundirse en mi entrepierna y explorarla con avidez. Mis gemidos se unieron entonces a los de la multitud y mientras me llegaba el clímax, mis ojos se clavaron en los de Durero que me sonreía desde el fondo de la sala. Después, me dio la espalda y tomó en sus brazos a una dama de Ghirlandaio. Entonces yo comencé a sentir frío y un cierto pudor, como si de repente fuese una Eva que acaba de conocer el pecado. Igual que ella, traté en vano de ocultar mi desnudez y luego huí de allí, entre avergonzada y confusa. Corrí por las salas vacías preguntándome qué locura me llevaba cada noche a aquella orgía pictórica. Las lágrimas me caían por las mejillas según corría por un pasillo y otro, pero pronto los ojos de él aparecieron en mi mente y supe el motivo. Imaginé entonces el tacto de su piel, su calidez contra la mía, el sabor de su lengua. Me apoyé en una pared y sollocé hasta despertar entre temblores en mi cama.
Miré a mi alrededor, a las estanterías repletas de libros de arte y las paredes con sus reproducciones de pintura. Desde lo alto me observaba él, desde una pequeña postal comprada en el Prado.
El resto del día no pude pensar en otra cosa. En más de una ocasión me quedé en blanco en medio de la lección y tuve que ponerles un ejercicio a los alumnos porque no había forma de concentrarse. El recuerdo de la noche anterior me martilleaba, los gemidos, los cuerpos entremezclados en un tapiz de deseo y él, sobre todo él.
Esa noche, ya en la cama, sentí un desasosiego, como si algo me quisiera prevenir de que no fuera allí, un aviso para que me tomara varios cafés, y que esa noche no durmiera. Me reí con tristeza ante aquella idea. ¿Por qué iba a hacer semejante cosa? No había nada que deseara más que regresar a la Galería de Espejos. Y sin embargo, los dedos me temblaban. Me senté en la cama y traté de respirar con normalidad. ¿Y si al no ir esa noche ya nunca más podía regresar? Casi grité de espanto. Si perdía aquellas noches, entonces, ¿qué me quedaría? Rutina y tedio. Pese al miedo que aún sentía, cerré los ojos y me hundí en el sueño.
En aquella sala de espejos todo fue como siempre, pero esa vez cuando él vino hacia mí, yo no me quedé quieta. Mis manos le recorrieron la espalda, el pecho, aquel miembro que había visto tantas otras veces con deseo. Entonces, despacio, sin dejar de mirarle a los ojos, me arrodillé a sus pies y comencé a besar, a lamer. Sabía algo salado y estaba tan caliente, palpitaba en mi boca. Enseguida él me hizo levantar, me colocó contra uno de los espejos y con una mano me agarró del cuello, mientras la otra me acariciaba las nalgas, después me penetró. Yo grité de placer y la sala entera pareció responder con un coro de gemidos, una orquesta de placer. Luego me tumbé bocarriba sobre el suelo frío. A través de los espejos veía mi cuerpo, el suyo sobre mí y a tantos otros grupos. Al poco me coloqué yo encima, entonces un ángel de enormes alas y sexo indeterminado se acercó a nosotros y comenzó a besarme, primero en los labios, luego en los pechos. El clímax nos llegó casi a la vez a mi pintor y a mí, entonces al ángel se le unió una Beatriz de Rossetti de cabellos rizados y labios como una amapola. Me besó el cuello y fue bajando con aquellos labios rojos por mi vientre, deteniéndose en mi ombligo, saboreándolo como si fuese algún tipo de fruta. Yo, mientras, entre jadeos miraba a Durero que se había puesto en pie y se dejaba acariciar por el ángel. Le hice un gesto con una mano, mis ojos entrecerrados por el placer que aquella dama pelirroja me provocaba. Él se echó sobre mí de nuevo, apartando a Beatriz. El peso de su cuerpo me hizo estremecer, lo aferré con fuerza mientras me mordía el labio. Entró en mí más despacio, como disfrutando de cada pequeño avance hacia mi interior. Le quité uno de aquellos guantes con los dientes y lo lancé al suelo mientras gemía con cada embestida. Hundí mis dedos entre sus cabellos rubios, aspiré el olor de su cuerpo. Olía a pintura, a polvo, pero también a sudor de hombre. Perdí la cuenta de mis orgasmos mientras él continuaba. Los gritos y gemidos se sucedían a nuestro alrededor. Eché la cabeza sobre el suelo y, de reojo, contemplé la escena.
Una Venus yacía sobre cojines, penetrada por un Sansón mientras una dama distinguida de Tiziano les besaba por turnos. Al otro lado, el Francisco I de Clouet recibía una felación de un demonio del Bosco con cabeza de pájaro, al tiempo que la Lady Hamilton de Romney cabalgaba al príncipe de los lirios con fiereza, pero sin perder un ápice de su aspecto de sensualidad inocente.
Más allá, el extraño verano de Arcimboldo, compuesto por frutas y hortalizas, era sodomizado por el caballo negro de la pesadilla de Füssli, un zumo rojo que olía a cerezas salía de su boca con cada gemido. Cerca de él, varios de los hombres de la escuela de Platón de Delville, se acariciaban, colocaban guirnaldas entre sus cabellos y se masturbaban unos a otros. La Salomé de Klimt, con sus senos al aire y la cabeza de su pobre víctima aún cogida de los cabellos, se carcajeaba viendo a la virgen de Melun en pleno éxtasis provocado por tres gracias de carnes voluptuosas. De algo más atrás, llegaban los gritos de placer de una Magdalena a la que compartían un Napoleón de David y un espíritu del viento de Botticelli.
Un mordisco en el cuello me hizo volver a mirarle. Sus manos, una enguantada, la otra desnuda, me agarraban las nalgas. Le besé una y otra vez mientras constataba lo que ya sabía. No regresaría, me quedaría allí, en aquella sala para siempre. Arqueé la espalda y me abracé a él como si tuviese garras como el demonio del Bosco. Él me besó y su sabor dejó un regusto a esencia de trementina. Hundí la lengua en su boca y puse los ojos en blanco mientras el placer llegaba a mí como una sacudida, todo mi cuerpo se estremecía. Pensé que quizás estuviera muriendo en el otro lado, quizás al amanecer alguien encontrara mi cuerpo gélido y rígido en la cama, y mis alumnos se debatirían entre una cierta confusión y la alegría de una mañana libre, pero el temor pasó rápido y se fue como cualquier otro pensamiento, mientras el clímax estallaba, y el mundo se diluía hasta que lo único cierto era aquella Galería de Espejos.


www.gloriatdauden.com

lunes, 24 de febrero de 2014

Localizaciones para una novela

Estos días ando metida de lleno en una novela de fantasía épica, que había dejado aparcada después de darle un buen tiento en un NaNoWriMo. Con el tiempo, uno acaba resignándose a la cruda realidad: cada texto tiene su momento. Da igual lo mucho que te empeñes, las historias salen cuando están preparadas para ser escritas. Así que resulta de gran ayuda manejar más de un proyecto a la vez, o aunque sea, tener varios en mente.
       Porque hay ocasiones en que se te cruza una trama, un escenario o un personaje pidiendo paso, y conviene hacerles sitio ya que, de un modo o de otro, tampoco te van a dejar concentrarte de lleno en lo que estabas haciendo.
       Y del mismo modo, cuando el relato, novela, etc., que tenías en marcha, ocupando el primer puesto, empieza a hacerse el remolón, o a ponerte difíciles las cosas... mejor déjale a su aire y concédete un respiro. Obviamente: NO ES EL MOMENTO.

Esta es la historia de mi novela, cuya primera parte se llamará El Pacto.
Escribí más o menos la mitad del tirón (al menos, con arreglo a los planes que tengo por el momento). Luego se quedó durmiendo un tiempo. Y ahora, por circunstancias ajenas, ha vuelto al candelero con renovados bríos.

Tengo muchos de los escenarios donde se desarrolla la historia. Lugares que me inspiran y reflejan muy bien el aire que está adquiriendo. Os invito a un tour por esos paisajes mágicos, que pronto espero poblar de seres tan especiales como ellos.



Una aurora boreal para mi castillo encantado


El bosque que atraviesan, escondidos, Ian y Sigrid, llevando al niño

Caspar David Friedrich
El lugar del Pacto

Castillo de Frydlant

Aguja de Hierro

Chateau Chillon-Suiza

Blakkia la blanca

Glovâan Hus

La casa de campo que les da refugio

Orava Castle-Interior-Los mitos de Daniel Lefer blog

Interior de Blakkia, uno de los patios


Un paisaje del libro II: La coronación