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lunes, 11 de noviembre de 2013

Las zapatillas rojas

LAS ZAPATILLAS ROJAS
Estoy en el centro
de una ciudad muerta
y anudo las zapatillas rojas...

No son mías.
Son de mi madre.
Y de su madre.
Transmitidas como una herencia,
pero escondidas como cartas vergonzosas.

La casa y la calle que le corresponden
están escondidas y todas las mujeres también
están escondidas...

Anne Sexton. The Complete Poems.
Houghton Mifflin Company. 1981. New York.


Este poema de Anne Sexton aparece recogido en el capítulo que Clarissa Pinkola Estés le dedica en su libro "MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS" al cuento tradicional de Las zapatillas rojas.
       El libro de Pinkola Estés, con el que llevo disfrutando muchos días, es un interesante tratado que nos revela el inesperado significado psíquico de los mitos interculturales que constituyen nuestra herencia colectiva. Se trata de un libro realmente "curativo", sobre todo para las mujeres, que nos ayuda a entender y a integrar diferentes aspectos psicológicos que la mayoría de las culturas se empeñan en arrebatarnos, o al menos los entierran tan hondo, tan hondo, que no podamos recuperarlos salvo en un acto de lucidez y osadía poco habitual.
       El cuento es en todas las culturas un vehículo de sabiduría privilegiado, recoge los arquetipos universales y sirve de ejemplo y parábola. En este caso, el de Las zapatillas rojas, se trata de un cuento que en su aspecto esencial está presente en distintas tradiciones y, por tanto, distintos idiomas. Dice, básicamente, así:


Una niña muy pobre, tanto que no tiene ni para zapatos, consigue fabricarse (en otros cuentos se los hace una rústica zapatera) con unos trozos de tela unas zapatillas rojas. Pese a su tosca factura, ella está muy orgullosa de sus nuevos zapatos, hechos por ella misma y a su gusto, que suponen una gran riqueza en su mundo frío y desamparado.
Un día va caminando por una senda por donde acierta a pasar un rico carruaje. Allí dentro viaja una anciana acomodada que se apiada de la niña y la acoge en su casa. Pero allí la pequeña tendrá que comportarse con arreglo a las normas que rigen en la vivienda y, para empezar, perderá sus zapatillas rojas y el resto de sus pobres pertenencias, descartadas por la anciana que las manda quemar en la chimenea.
Pasa el tiempo y llega el día de la confirmación de la niña (esto, supone Pinkola Estés, es un añadido más tardío al cuento. La confirmación podría simbolizar los primeros ritos iniciáticos que señalaban el paso de la infancia a la edad adulta, en el caso de una mujer la menarquia). La anciana acompaña a la niña al zapatero y, debido a su corta vista, le deja escoger unos brillantes zapatos rojos, totalmente inapropiados (según opinión dominante) para que una mujer modesta los lleve nada menos que en la iglesia. Pero la niña está tan encaprichada que, sin importarle nada más, se los pone de continuo y en toda situación.
Los zapatos están embrujados (aquí aparecen distintos personajes según las distintas versiones, pero todos simbolizan al diablo o al mal), y una vez que la niña los calza no puede dejar de bailar ni puede tampoco desprenderse de ellos. Esto es así en la iglesia, cuando muere su benefactora, cuando va por la calle... hasta que su desesperación llega a tal punto que le pide al verdugo del lugar que le corte los pies para librarse de la maldición de los zapatos rojos.
A partir de aquí podemos encontrar diferentes finales, pero todos apuntan a que la niña se arrepiente de su tozudez y acaba sus días virtuosa y "normal", es decir, dentro de la norma, al servicio de la iglesia o en una casa devota.

En la mayoría de las versiones, el cuento sirve de moraleja contra la presunción y la coquetería, y nos previene de los males que acechan a aquellas que dejan de ser "buenas chicas" y se atreven a salirse de madre.
       La interpretación que hace la autora de Mujeres que corren con los lobos es bastante distinta. Para ella todo empieza con la pérdida de las zapatillas rojas hechas por una misma, que simbolizarían los dones innatos que tiene cada mujer y también su capacidad instintiva; esa sabiduría ancestral e inconsciente que Clarissa llama "La mujer salvaje". Al encontrarnos apresadas por un sistema de valores, una cultura, que desprecia y reniega de esos aspectos (la anciana que acoge a la niña, que en principio la salva pero a la vez la domestica en exceso) y nos impone unos límites que muy a menudo chocan frontalmente con lo que somos, se produce una especie de hambre, de vacío, que nos aboca con mucha frecuencia a los excesos y los errores.
       Una criatura hambrienta toma lo primero que encuentra a mano en su camino, sin importar cómo de adecuado o letal sea para ella. Pero es que además las situaciones de cautiverio abotargan nuestros instintos y nos despojan de gran parte de las capacidades que nos alertan de los peligros.
       Así, Clarissa Pinkola Estés pone como ejemplo a algunas mujeres notables, valientes y creativas, que vieron su vida truncada por historias parecidas. Artistas como Janis Joplin, Billie Holliday, Anne Sexton, Sylvia Plath, Edith Piaf... que fueron arrinconadas por la cultura que las rodeaba, aplastado su espíritu por las exigencias de la opinión y los valores colectivos. Cuando se desataron... Bien, entonces ya era tarde y no supieron detenerse.

A mí, principalmente, me llama la atención el caso de las escritoras, poetas, que protagonizaron similares tragedias. Sobre todo las que acabaron suicidándose a una edad temprana, en situaciones y épocas muy cercanas.
       En sucesivos artículos trataré de analizar qué tuvieron en común, y cómo la influencia de los valores sociales, que sancionan en la mujer un espíritu creativo e individual, un exceso de arrojo, curiosidad y libre pensamiento, fueron determinantes para el trágico punto y final de sus carreras y sus vidas.
       Y lo haré iniciando una aventura que me ha propuesto mi amiga, la escritora Sandra Parente, para participar en su blog Los lunes a la lluvia como "estrella invitada". El siguiente artículo sobre "La mujer cautiva" aparecerá pues allí en pocos días.