Ya decíamos, al abordar el primero de estos artículos, de
qué modo el libro “Mujeres que corren con los lobos” explicaba el síndrome de
la “mujer atrapada”.
El cuento mostrado en ese capítulo servía para ilustrar el
proceso: la cultura dominante desprecia nuestros dones naturales e instintivos
y a cambio nos introduce en un modelo de vida provisto de rígidas y definidas
normas donde se nos hace encajar.
Alejadas de nuestros instintos, enseñadas a renegar de
nuestras intuiciones, perdemos la clara noción que poseíamos sobre lo que nos
conviene o no, sobre dónde se hallan los peligros, cuál es nuestra voz
auténtica y por qué no debemos perder la legítima admiración ante ella.
Nuestros instintos, de manera natural, nos empujan a la
huida ante cualquier situación que pueda resultar lesiva para nosotras, impulsan
nuestra rebeldía, la lucha y la acción de la búsqueda. Pero, en cambio, la
excesiva domesticación embota esos saludables instintos y nos inculca la
resignación o, en muchos casos, al menos el silencio, la negación de nuestros
sueños, necesidades y, en suma, de nosotras mismas.
Uno de los más peligrosos engaños que pueden acecharnos en
tales circunstancias es la ensoñación, el sumergirnos en dudosas fantasías como
alternativa a cualquier acción que de veras pueda cambiar lo que estamos
viviendo. La fantasía entendida en este sentido, no esa otra clase de
imaginación creativa y positiva que nos lleva a plasmar fuera lo que tenemos
dentro; es una de las trampas más paralizadoras que existen.
Y puede que este fuera el caso de nuestra siguiente poeta
suicida, SARA TEASDALE, a la que dedicamos el
artículo de hoy.

Sara Teasdale nació en 1884 en St. Louis, Missouri, y murió
en 1933 en New York, con 48 años. Es considerada una de las grandes poetas
líricas norteamericanas, reconocida y valorada ya en vida.
Siempre tuvo una salud delicada, lo que hizo que no fuera al
colegio hasta los 14 años. Su primer poema, y más tarde su primera colección
entera, se publicó a los 21 años. Su segunda colección cuatro años después, en
1911. Tuvo una buena acogida por parte de la crítica.
Durante los siguientes años Sara fue cortejada por varios
hombres, uno de ellos, el poeta Vachel Lindsay, cinco años mayor que ella, estaba
profundamente enamorado de ella, y ella debía de estarlo de él porque
intercambiaron entre ellos una serie de cartas románticas y maravillosas. Pero
Vachel no le podía ofrecer un futuro muy prometedor ni la estabilidad a la que,
normalmente, una mujer de su clase tenía que aspirar. Y así, en 1914, Sarah se
casa con otro de sus pretendientes, el exitoso hombre de negocios Ernst
Filsinger. No sería nunca un matrimonio feliz, durante su convivencia Sara se
sentiría a menudo sola y abandonada, debido a las frecuentes ausencias de su
esposo y, quién sabe, tal vez a su indiferencia (si hay que tener en cuenta el
poema que dejó para él en el momento de su muerte).
La tercera colección de poemas de Sara se publicó en 1915, de
nuevo con éxito. Al año siguiente, 1916,
los Filsinger-Teasdale se trasladan a New York e instalan allí su hogar.
Recibe el Premio Pulitzer en 1918 por su colección de poemas Love Songs.
Y mientras, Sara se siente cada vez más sola y desgraciada en
su vida personal. En 1929, durante un viaje de su marido, se muda a otro estado
durante 3 meses, lo que era un requisito necesario para poder solicitar el
divorcio. Después de hacerse este efectivo regresa a New York y reanuda su
amistad con Vachel, entonces casado y con hijos y agobiado por problemas
económicos y por una salud en declive, circunstancias que le llevarían al
suicido en 1931, bebiendo de una botella de desinfectante. Sara lo haría dos
años después, el 29 de enero de 1933, ingiriendo una sobredosis de pastillas
para dormir.
Todos sus biógrafos han reflejado el fuerte contraste existente
entre el apasionado y romántico signo de su poesía y la frialdad de su vida, predecible
y vacía, como mujer casada.
Yo creo que lo cierto es que Sara hizo en un momento de su
vida una elección fatal: hizo lo que “tenía” que hacer, según los preceptos en
los que había sido educada y según lo que la sensatez social dictaba; en vez de
hacer lo que le aconsejaban su instinto y su corazón. Eligió al hombre
conveniente en vez de al hombre al que amaba, y luego se dedicó a dar rienda
suelta a su auténtico “yo” a través de su obra creativa, sin hacer nada en el
mundo real hasta que fue demasiado tarde. Se “entretuvo” en su fantasía
mientras la vida se le escapaba. Y eso llegó a hacerla tan desgraciada que no
quiso y no pudo seguir viviendo.
¿Hubiera sido su obra de otro modo si la elección hubiera
sido diferente? No podemos saberlo, pero lo que parece seguro es que, al menos,
su vida hubiera sido más feliz, y pudiera haber escrito otro final para ella.
Aquí tenemos uno de sus poemas más famosos, recogido más tarde en un relato de Ray Bradbury
titulado igual:
Y aquí el poema que dejó para su marido, encontrado en un blog muy interesante, con un artículo dedicado a ella y firmado por Ancrugon, donde se puede encontrar más información sobre Sara Teasdale (aunque algunas fechas no coinciden).
NO ME
IMPORTARÁ
Cuando sepas que he muerto y el Abril luminoso
sus mojados cabellos sobre mi tumba agite,
aunque a mi lado inclines tu corazón en ruinas,
ya no me importará.
Tendré la paz que tienen los árboles frondosos
cuando la lluvia comba sus generosas ramas;
y estaré más callada y el corazón más frío
que lo que ahora estás.