Me consta que la escena musical de Jerez es realmente fructífera, y que grupos como ese los hay a patadas (o casi). ¿Por qué entonces habían triunfado los Delinqüentes por encima de tantos otros que permanecen desconocidos? Mi conclusión es que no se debía solamente al talento, aunque lo tengan y mucho. Que había también otros factores decisivos, como las ganas de triunfar, de tomarse en serio a sí mismos y su carrera. Como las horas de ensayo y de contactos, como actuar donde y cuando se pueda y apuntar lo más alto posible.
¿No podría decirse lo mismo de la literatura? ¿Por qué unos escritores logran triunfar y otros no?, ¿es por el maldito sistema, donde el que no tiene nombre y padrino no se bautizará nunca? ¿O puede ser que, como dice un buen amigo, esto es una carrera de fondo? Donde si alguien llega será el que persevera y concentra todas sus energías, lo más sabiamente posible, en una meta definida que consiste, básicamente, en escribir grandes obras.
Bueno, pues ahora la cosa va de Pearl Jam. Y me encuentro de nuevo embarcada en otra metáfora musical para explicar otro aspecto de la literatura nuestra de cada día.
Hace ya tiempo (meses y meses, para ser más exactos) que me siento poseída por una intensa fijación con Pearl Jam. Escuchando su música, repasando su historia, la trayectoria de la banda y la evolución personal de todos ellos. Vídeos, fotos... Que además tienen la triste virtud de ponerme nostálgica y provocarme regresiones importantes a épocas que creía olvidadas. Y lo estaban, lo juro, o al menos la mayor parte del tiempo.
La experiencia me ha enseñado a confiar sin reparos en los caprichos de mi, de por sí caprichoso, subconsciente, así que no he dejado de preguntarme en este tiempo a qué se deberá este recrudecimiento repentino de mi afición por Vedder y el resto de sus compinches.
Que conste que como Muso, me parece más reverenciable aún otro grunge, el bello Chris Cornell, pero Eddie Vedder tiene un algo que... Será esa honestidad, esa profundidad, ese no ir de divo pese al éxito indiscutible que lleva a cuestas.
El caso es que, sin darme cuenta, me he visto inmersa una vez más en una maratón de vídeos y artículos antiguos, hasta repostar, con gran dedicación, en el "Pearl Jam 20", el documental que rodó Cameron Crowe con motivo del 20 aniversario de la banda.
Y por fin mis neuronas han debido de alinearse de la forma adecuada, permitiendo que cristalizaran en formato comprensible todas esas ideas que había debajo, empujándome hacia el Seattle de los primeros 90.
Además de la nostalgia que ya digo suscitan en mí esas imágenes de juventud y euforia, percibo algo que se relaciona profundamente con uno de los temas literarios que me llevan interesando hace mucho. Y es el tema de las “generaciones literarias”, de los colectivos que confluyen en el tiempo y se retroalimentan, y rivalizan y se acercan y se pelean y…
Pero volvamos una vez más a lo musical.
Comentaba Chris Cornell (Soundgarden), sobre el tema de las bandas grunges que coexistieron en Seattle en los primeros 90, una anécdota curiosa. Joey Ramone se sorprendió enormemente del clima de buen rollo que imperaba allí, por contraposición a las bandas de New York, donde él vivía, cuya rivalidad era tal que les llevaba a putearse cordialmente siempre que tenían ocasión y a apuñalarse por la espalda si el contrario se lo ponía a mano. En cambio, como cuentan varios de los integrantes de Pearl Jam en el documental de Crow, en Seattle las cosas eran de verdad distintas. Lo que más tarde se llamaría “sonido Seattle”, etiqueta que serviría para catapultar a un puñado de bandas y, más tarde, a una serie de grupos que emergerían al rebufo de los primeros, era entonces un producto del azar, por una parte. Gente que se va a vivir al mismo sitio, que se mueve en los mismos garitos. Que va a conciertos de grupos que luego a su vez van a escucharles a ellos, que tienen colegas comunes, que comparten piso… Ya solo esto tenía que ser decisivo a la hora de influirse mutuamente, e ir investigando en la misma dirección nuevas músicas y nuevos conceptos.
Y por otra parte, ese nexo de unión, ese pegamento que propiciaría que desde el exterior se les percibiera como grupo, vendría del descubrimiento de una serie de afinidades estéticas, musicales y de fondo que, según mi experiencia, acaban por salir siempre a la luz en los ámbitos más diversos, y te ponen en relación con quienes son semejantes de algún modo a ti.
Lo que está claro es que la “marca” grunge vendía por sí misma. Y que esos grupos inmersos en ese “aquí” y ese “ahora” experimentaron la sensación de que pertenecían a algo, a algo que estaba haciendo historia.
De un modo parecido podríamos mirar el panorama literario.
La etiqueta (la marca) que define a una generación o grupo literario se acuña con posterioridad a su actuación… Normalmente.
Esto es así principalmente porque resulta muy difícil desde dentro, o si se está demasiado cerca, percibir una serie de fenómenos o características definitorias que ayuden a dibujar el contorno de un grupo, formado en principio por individuos distintos.
Ahora, ¿qué ocurriría si decidiéramos “fabricar” premeditadamente una generación literaria? Pero no como estrategia de marketing, como hacen muchas veces las editoriales con los géneros literarios, que sirven más como reclamo de compra que como elemento facilitador para el lector, de cara a que encuentre lo que busca o le interesa.
Sería, por el contrario, algo así como el marco donde encuadrarse una serie de autores que manejaran unos presupuestos comunes y tuvieran unos fines concretos y compartidos.
Pero, ¿es posible forzar eso? ¿Se pueden inventar unos estilos comunes e intercambiar temáticas y gustos?
No sé si se puede, pero desde luego NO se debe. Sería puro plástico. Lo que se puede hacer sin embargo es propiciar un ámbito, un lugar común de relación donde las cosas acaben rodando por sí mismas. De ahí, en mi opinión, la proliferación de colectivos literarios, asociaciones y foros donde los escritores nos relacionamos y ponemos en común teorías y obras.
Solo que yo me refiero a algo más. Para que la cosa funcione realmente como un colectivo, para crear un sonido “lo-que-sea”, tiene que haber vida de verdad, tiene que haber ebullición. Un constante deseo de hacer literatura, un interés real por ir más allá en lo propio pero también por conocer lo ajeno. Y eso solo es posible partiendo del hecho de que los demás pueden enseñarnos algo, de que en la propia interacción se sacan ideas y opciones valiosas que tal vez no habríamos descubierto solos. Otras igual de válidas sí, pero no esas específicas, que nos habríamos perdido sin remedio. De que, en definitiva, la unión hace la fuerza.
Y, claro está, sin sacrificar el propio estilo ni las propias metas, sin renunciar a la libertad creativa de cada uno, que es lo que da sentido y significado al arte.
¿Y eso cómo se hace? ¿Es posible hacer literatura «grupal»?
Sobre ese tema me gustaría seguir hablando en mi próxima entrada: «Escribir en una banda».





