martes, 16 de septiembre de 2014

De pócimas...

He aquí un relato que he hecho hace nada para un taller del foro del Multiverso. Se trataba de un ejercicio "antioxidante", que debía versar sobre un tema (a elegir entre dos o tres) relacionado con las excusas rocambolescas que se pueden poner para justificar algo.
         Yo elegí el del personaje que se le rebela a su autor, dándole las razones que estima oportunas para explicar la acción emprendida.
         Arrancó como un relato más bien humorístico, pero se fue volviendo un poquito amargo, adoptando el tono que le dio la gana. ¿Entendéis ahora mi elección? Soy experta en personajes y tramas que se rebelan. Si me descuido un poco, al final me sale un dramón de los buenos XDD
         Aquí está, listo para ser destripado y eso.


**Espero que podáis perdonarme la imagen ;-)

REVOLUCIÓN, por L. G. Morgan

M. se levantó como cada día: hecha un asco. Con el sonido rutinario del despertador, arrastrando los pies y los restos de sueño camino del cuarto de baño. Luego desayunó, como cada día, un té triste y una tostada tirando a quemada. Y encendió el ordenador también como cada día, para continuar con lo que fuera que estaba escribiendo entonces.
Solo que aquel no estaba destinado a ser un día como cualquier otro. En la última página de su última novela, esa que aún tenía a medias, varada en el capítulo siete, aparecía una palabra en mayúsculas y negritas, más grande del habitual tipo 12.
REVOLUCIÓN.
Muchas veces. Surcando todo el ancho de la página.
Coño. ¿Será cosa del subconsciente diciéndome algo? –no pudo evitar pronunciar en voz alta.
—¿Qué subconsciente ni qué niño muerto? –apareció una frase en la hoja blanca del Word.
M. no podía creerlo. Se aseguró de que sus dedos se mantenían quietos; ni siquiera se habían acercado al teclado. Ella no había escrito esas palabras.
—Soy yo, Amanda –volvió a escribirse en el papel virtual.
—¿Amanda? ¿Qué Amanda? –se atrevió a escribir M. por fin. Necesitaba entender qué estaba pasando.
—Hoy estás aún menos lúcida de lo normal, ¿eh? –respondió el papel con intención ofensiva, M. estaba segura de ello–. Amanda Warren, torpe. Tu personaje en la jodida “Amor en la campiña inglesa”, esta bazofia que te empeñas en llamar novela.
—No puede ser –se asustó M.–, no es posible.
Se pasó las manos por la cara compulsivamente, tratando de salir de su estupor y hacerse cargo de lo que tenía que ser una especie de perversa alucinación. Pero el restregón de ojos no cambió nada. Se dio una vuelta por las líneas y páginas anteriores, notando con creciente horror las insidiosas alteraciones que destrozaban su trabajo. ¿Quién podría haberlo hecho? Ella no, desde luego. Recordaba perfectamente, si no todas las palabras, la idea de la trama, el sentido de los diálogos… Las escenas, en definitiva. Allí estaba pasando algo muy feo, más propio de la ciencia ficción que del género romántico en el que ella era la reina.
El cursor avanzó por sí mismo hasta pararse en la última página. El «diálogo» se reanudó.
—Solo diré esto una vez: no voy a hacerlo, me rebelo. Va en contra de mi dignidad como personaje.
—Ya está bien –se indignó M. a su vez, sin saber muy bien a qué, exactamente, se refería Amanda–. Tú harás lo que yo te diga –gritó como una posesa.
Esperó. Pero no ocurrió nada. Esperó un buen rato más, sin que una sola letra se trazara en la pantalla.
Entonces observó algo.
Subió arriba, para cerciorarse de que había visto bien. Un montón de frases se habían convertido en cursiva. Luego apareció algo nuevo:
Esta es mi voz a partir de ahora. Más vale que te vayas acostumbrando.
—¿Cómo que tu voz? A ver si te enteras. Tú no tienes voz, no tienes nada. Eres solo una creación mía.
Porque tú lo digas. Imagíname riendo: jajajajajajaaa. Yo soy lo que quiera ser. Y desde ya te digo que no pienso chupársela al mierda este de protagonista con el que me has liado. Es un imbécil. ¡Jonathan Shift!, menudo pijo. Ni siquiera me gusta, nunca he soportado a los hombres con traje caro y reloj de marca. Me trata fatal. Claro que todo es culpa tuya, me haces parecer una subnormal, con todos esos “Oh, Johny, me siento tan segura a tu lado”. Además soy pobre. Y bastante inculta. ¿No podías haberme dado unos estudios, aunque fuera algo del tipo “femenino”, no sé, maestra o algo así? Pero no, tenía que ser la puta secretaria que moja las bragas por su jefe. ¡Pero si no lo soporto! Y la coherencia. ¿No podías haber ideado algo más razonable? No sé, que yo comprenda que es un capullo y me lo monte con otro más decente. Es que así parece que lo que quiero es su dinero.
M. no daba crédito a lo que leía. Amanda había resultado “tan” ordinaria. Y además moralista. Evidentemente, no sabía una mierda de las convenciones del género romántico. Trató de explicarle.
—A la gente que lee mis libros le gusta leer sobre sexo, sí. Pero tiene que ser “sexo seguro”, por decirlo de alguna manera. Tiene que seguir unos parámetros aceptables, unos cauces conocidos. Hay que respetar el argumento básico, ¿lo entiendes? Yo me limito a cambiar escenarios y nombres en cada novela, pero NO PUEDO, de ninguna manera, cargarme las convenciones. ¡No sería decente, no sería… ético! He de darles a los lectores lo que esperan de mí.
—¡Tonterías! Tu obligación es escribir algo con cierta lógica. Algo medianamente fiel a la realidad, «¿lo entiendes?» –remedó con burla–. ¿Y qué lógica tiene tu asquerosa escena? Se  supone que soy virgen. Así que «lo lógico», cuando él se la saca de buenas a primeras y me dice que me la coma, sería salir corriendo...
¡¡¡No lo dice ASÍ!!! –se indignó M., sin poder evitar ruborizarse ligeramente. «Por favor, por favor, que no “suene” de esa forma como lo dice ella».
Bueno, como sea. ¡Pero si, tal como me has descrito, no sabría ni qué hacer con una en las manos! ¡Por favor, nadie va a creérselo! De repente soy una experta devoradora de hombres.
M. la imaginó poniendo los ojos en blanco, chillando de rabia delante de ella. Y se asustó. Se quedó parada mucho rato sin saber qué hacer. ¡Qué carácter! Luego, con cuidado, con una letra que le pareció que «sonaba» muy pequeña, se atrevió a escribir:
—¿Y qué hacemos entonces?
—¿Hacemos? Tú nada, que ya has hecho bastante. Déjalo todo en mis manos y vete a hacer lo que quiera que hagas con tu vida. Yo tengo trabajo.
Obedeció como una buena chica. ¿Qué iba a hacer? No podía luchar contra los elementos si el mundo se había vuelto majara. Había que claudicar.

Se levantó del ordenador y se fue a su cuarto. Y se dio cuenta de que no tenía la menor idea de qué hacer ahora que era libre, ahora que no tenía que escribir. Todo el día por delante y… Nada, vacío total. Y entonces fue como una revelación, en mayúsculas tamaño 20 y negrita: vio que no tenía vida propia fuera de aquella, tan falsa y pobre en opinión de Amanda, que creaba en sus libros.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Y el mar trae sueños de agua

Fotos: M. A. Rodríguez

Seguimos con las rutas coruñesas, dibujando caminos esta vez más urbanos. Son visitas obligadas las dos joyas de la corona, A Coruña y Santiago.


La torre de Hércules, o el faro de Breogán, desde donde hay espectaculares vistas como esta:


A Coruña tiene una red de museos importante. La casa de las Ciencias, el Domus o museo del hombre, y el Aquarium Finisterrae, donde viven estas preciosidades...


...Y encontramos el Camarote del Capitán Nemo, al que se accede por aquí:



En plan literario, me encanta la Casa-Museo Emilia Pardo Bazán, que comparte edificio con la Real Academia Gallega. Y un descubrimiento reciente, la librería de viejo O Moucho, en la Ciudad vieja. 

SANTIAGO no necesita presentación. Cada vez que voy descubro sitios nuevos. Rincones como este, donde puedes tener la suerte de escuchar, por ejemplo, el Ave María interpretado con un arpa.  



Y Ferrol, que personalmente me encanta, también merece una visita, con su casco cuadriculado del siglo XVIII, perfectamente conservado y en buena parte peatonal.



Hay un barco que cruza la ría y te pone en quince minutos en Mugardos, pueblo pequeño con una calle llena de tabernas y mesones, donde hacer la inexcusable comparación entre el Pulpo a la mugardesa y el Pulpo a feira.



Para terminar, quiero mostraros otro de los lugares clave de la zona, que se cuenta entre mis preferidos: Betanzos. Me gusta tanto que allí está situado uno de los escenarios principales de una novela en ciernes, que tengo planeada y empezada desde hará un par de años y que, como otros proyectos, tomo y dejo según necesidades del guión de eso tan antipático que se llama mundo real XDD
         Betanzos tiene un museo muy interesante, Las Mariñas, donde estuve recabando entonces información acerca de la época que me interesa para el proyecto: del año 1934 (más o menos) en adelante.
         Desde el Museo das Mariñas se coordina el Anuario Brigantino, una publicación editada por el Concello de Betanzos que comenzó su andadura allá por el año 1948. Es una revista de investigación histórica, artística, literaria y antropológica de ámbito gallego, con una sección donde se consignan los acontecimientos más importantes del año y se hace una memoria de las actividades culturales de la ciudad.
         El camino por el que llegué a ese lugar, y luego lo elegí para mi historia, obedece a una de esas casualidades que se dan en la vida de vez en cuando y que a mí tanto me gustan, pues parecen hechas para marcarte el camino como si fueran señales luminosas.
         Andaba yo indagando sobre cómo habría sido la Guerra Civil en La Coruña, y en Galicia en general, para situar a mis protagonistas. (Ya sabéis cómo es esto de internet, vas buscando, buscando, de un sitio a otro, y antes de que te des cuenta te has metido en un laberinto de pasillos sin fin, muchas de las veces interconectados y en alguna ocasión sin salida). Di así con un texto de alguien llamado Francisco Javier Alvajar López, en el que narraba en primera persona sus experiencias durante la guerra, que vivió primero en A Coruña y luego en el frente, para acabar finalmente en el exilio como miembro del gobierno refugiado. Era hijo de César Alvajar Dieguez, periodista y político republicano, y Rita López Jeán, maestra e importante activista política, luchadora por los derechos de la mujer.
         Resultó que el citado texto aparecía en un número (no recuerdo de qué año) del Anuario brigantino. Como me parecía muy interesante leerlo entero, escribí a la dirección correspondiente de Pontevedra y solicité, como indicaban en la página, que me enviaran el artículo de mi interés. Continué tirando del hilo y descubrí que Alvajar López (bueno, su viuda, en su nombre) había donado la bandera republicana que tenía el gobierno republicano en el exilio al Museo das Mariñas de Betanzos, cuyo emplazamiento ya conocía yo de otros viajes. Y así, en el siguiente viaje al norte, arrastré a mi familia hasta el museo para conseguir toda la información posible sobre el Betanzos del 34, igual, igual, que un auténtico detective siguiendo la pista del sospechoso XD
         Además de ver el museo, instalado en un antiguo convento, tuvimos la suerte de dar con uno de los responsables (de esta gente enamorada de su trabajo que resulta un auténtico experto en su campo), que además participaba activamente en la confección del Anuario. Estuvimos hablando con él y salimos de allí armados de un mapa antiguo de la ciudad y de todas las referencias y anécdotas que fui capaz de apuntar sobre Betanzos.
         Solo nos quedaba darnos un par de vueltas más, para localizar exteriores y situar el emplazamiento de "mi" casa, y de las tiendas y calles donde se moverían mis protas, tratando de imaginar aquello mismo que estábamos viendo con el aire que tendría setenta y tantos años antes.



Y hablando de esas casualidades que mencionaba: hoy mismo, en facebook, he encontrado una foto antigua de la feria de Betanzos, uno de los marcos que sirven a mi historia, pues será el lugar donde se conozcan dos de mis personajes.
         Eso tiene que querer decir algo, ¿no?


Feira de Betanzos, 1926. R. M. Anderson

miércoles, 10 de septiembre de 2014

Donde habitan las meigas

Todas las fotos de M. A. Rodríguez

Hace ya unos cuantos años que mi familia y yo recorremos esta tierra mágica, habitada por meigas y mouros, árboles frondosos y ríos susurrantes. Es una comarca plagada de misteriosos y antiguos rincones, que adoptamos como nuestra desde el primer día. Umbría y desconocida, con el mar siempre presente en la distancia, como un horizonte azul que uno sabe que aguarda a la vuelta del camino aunque aún no podamos verlo.
         Cada vez nos alojamos en As Neves, un pequeño pueblo que pertenece al concello de A Capela, a una media hora de la capital, A Coruña. La casa está muy cerca del extremo occidental de lo que constituye las Fragas do Eume, uno de los bosques atlánticos de ribera mejor conservados de toda Europa. El parque natural tiene la forma de un triángulo irregular, cuyos vértices son As Pontes, Pontedeume y Monfero.

Adjunto mapa, donde se delimita muy bien el territorio del Parque Natural.

Por muchas veces que vayamos, sigue siendo visita obligada el bosque y los regalos que atesora: el Mosteiro de Caaveiro, el emplazamiento de un antiguo molino que usaban los monjes y que nosotros llamamos Rivendel, los caminos que conducen a una antigua central eléctrica, con sus edificios aún en pie aunque comidos de verde, el paseo junto al río y los puentes colgantes...



Río Eume


Mosteiro de Caaveiro


Rivendel




El mar como un horizonte que se adivina en la distancia 




Pero además del bosque, el territorio de nuestros vagabundeos vacacionales incluye muchas más cosas, en realidad solemos abarcar casi toda la mitad norte de la provincia. La costa más cercana desde nuestra casa es la de Pontedeume, a unos 8 kilómetros. Es este un pueblo de piedra muy interesante, con soportales, mercado y hermosas plazas, donde también se halla la Torre de los Andrade, testimonio de lo que fue el castillo, mucho mayor, de la citada familia. ¿Qué mejor sitio que este para empezar a "entrar en materia" y coger fuerzas para lo que se nos viene encima? XD


En cada uno de nuestros viajes tratamos de visitar los lugares conocidos que se han vuelto emblemáticos para nosotros, y descubrir lugares nuevos. Este año hemos encontrado un enclave llamado Refugio de Verdes, en las riberas del río Anllóns, que nos ha entusiasmado. Está en una zona de islotes y caídas de agua, con puentes de piedra o madera que permiten pasar de una parte a otra. Lo que fueron antiguos molinos harineros se encuentran ahora completamente restaurados y constituyen refugios que permanecen abiertos para los excursionistas.

 

¡Por fin!, conseguimos ver el castillo de Moeche, pendiente de otros viajes, y estuvimos en una antigua mina de wolframio, hoy en día abandonada. El camino de acceso puede dar fe de ello XD
Castillo de Moeche

Antigua mina de wolframio


CONTINUARÁ...

domingo, 7 de septiembre de 2014

La sombra de Polidori



Calentito, calentito... Casi acaba de salir a la venta (hace un mes escaso), en papel y en formato electrónico, el libro "La sombra de Polidori" (Ed. Saco de Huesos). Se trata de una antología de relatos de temática vampírica en la que he participado, y que pretende ser un homenaje al autor de todo un clásico como es El vampiro, novela de 1819 producto de la pluma (literalmente) de John William Polidori.

Para quien no lo conozca, estamos hablando de un guapo mozo; bastante muerto, eso sí XD, que fue compañero de correrías de lord Byron. Se ve que la criatura mantenía con el insigne, y muy crápula, poeta inglés una de esas relaciones amor-odio, que resultó para nuestro amigo un tanto inspiradora y un mucho destructiva.

John William Polidori, by Gainsford
En el verano de 1816, en la famosa villa Diodati, Polidori fue uno de los compinches (junto con el propio Byron, Mary y Percy Shelley, Claire Clairmont, la condesa Potocka y Matthew Lewis) que aceptaron el reto planteado por su anfitrión, lord Byron, sobre escribir un relato de terror. Solo él mismo y Mary Shelley cumplirían el objetivo, Polidori con El vampiro y Mary con Frankenstein o el moderno Prometeo.
         La narración de Polidori supuso una revisión muy personal del ya conocido mito del vampiro, de gran calado para la literatura posterior. Su Lord Ruthven iba a definir en nuestra imaginación la imagen del vampiro que ha llegado hasta nuestros días: un aristocrático seductor, capaz de absorber la esencia vital de sus víctimas tanto a nivel físico como psicológico, adueñándose de sus almas al tiempo que les arranca la sangre vital.


La antología, auspiciada por la editorial Saco de Huesos a través de la web OcioZero, ha sido compuesta con los relatos seleccionados en el siguiente concurso: http://www.ociozero.com/foro/34572/ii-concurso-homenaje-a-john-william-polidori-bases
         El funcionamiento del mismo, igual al de otros certámenes similares, como el de Hislibris o el Monstruos de la Razón, implica exponer públicamente todas las obras que concursan, con o sin seudónimo; leer y comentar también en abierto, y por último calificar los relatos en una escala del 0 al 5.
         De este modo, al autor se le permite contemplar la acogida y valoración que tiene su relato, todo un privilegio, y además poder ejercer de crítico y jurado si quiere, algo que sirve de extraordinario aprendizaje para cualquier lector y/o escritor, y ayuda a percibir subjetividades y a relativizar opiniones, tanto a favor como en contra.

Y ya nada más, me dejo de rollos y procedo a presentar a la criatura, que es quien mejor puede hablar sobre sí misma.





Y AQUÍ LOS RELATOS Y LOS AUTORES:

El vampiro, por John William Polidori (Traducción de Juan Ángel Laguna Edroso)
El bosque del arcoíris, por Pedro Moscatel
Tres monumentos a mi agonía, por Ángeles Mora
Vampiros en La Habana, por Covadonga González-Pola 
Defixio, por Gloria T. Dauden 
Comer con los ojos, por Gema del Prado Marugán
Te doy mi sangre, por L.G. Morgan 
El origen de los hematófagos, por Ángel Elgue
Billion Dollar Betsy, por Javier Fernández Bilbao 
La dulce Núria, por Óscar Muñoz Caneiro 
Los dos mundos de Lord Barrymore, por Edgar Sega 
Sangre, Billy Idol y la Carretera de los Muertos, por Sergio Pérez-Corvo 
Sangre, por Enrique Cordobés 
Negocios, por José Manuel Fernández Aguilera 
Cuando se supone que una madre abraza a un monstruo, por Ignacio Cid Hermoso 

martes, 15 de julio de 2014

ÁNGELA CARTER


Tengo un colega llamado Easton (o Daniel G. Castro, al gusto XD), que tiene la amabilidad de acordarse de mí cada vez que encuentra alguna joya literaria relacionada con mujeres escritoras. Hace poco, pensando en que podría parecerme interesante para el blog, me habló de Ángela Carter y su Cámara sangrienta, que él había encontrado a su vez en un blog llamado CRÓNICAS LITERARIAS.
         
Me puse con ello e investigué la vida y milagros de Ángela, para hacerme luego con su libro y leerlo de cabo a rabo en tiempo récord.
         Como podéis ver en cualquier enlace, se trata de un libro publicado en 1979 que consta de 10 relatos, basados todos en cuentos tradicionales que la autora transforma de manera radical, siguiendo un estilo y un prisma absolutamente personal.
         A día de hoy no nos resulta extraño esto de reinventar cuentos (o cualquier otro tipo de obra) clásicos. Pero fue el libro de Ángela Carter el que al parecer abrió la veda, revolucionando el panorama por completo, tanto por el intenso contenido sexual de sus historias como  por los aspectos reivindicativos acerca del género femenino.
         En todas ellas los héroes o heroínas cambian de papel, los invierten, habiendo heroicas madres que cabalgan en la noche para salvar doncellas inocentes, Caperucitas rojas seductoras y con pleno dominio de la situación, generosas y melancólicas vampiras, animales más nobles y humanitarios que los humanos, niñitas sabias...

Sin embargo, la lectura que hoy quiero hacer yo de la Cámara sangrienta va en otro sentido. Haré hincapié principalmente en sus aspectos estilísticos, en su enfoque y en el efecto y las sensaciones que ha producido en mí.
          Sobre el lenguaje, hay que decir que en la obra de Carter adquiere un enorme protagonismo. Ya desde el primer relato, La cámara sangrienta, resulta significativo. Prolijo, excesivo, sensual... Pesado y envolvente como un manto de rojo y grueso terciopelo. Te rodea y te sumerge de lleno en las atmósferas oníricas, bellas e inquietantes que la autora sabe construir con cada historia. Es tan denso y propio que logra crear un auténtico mundo interno, tangible por la magia de esas mismas palabras. Hasta que te olvidas del tiempo y las reglas externas.
         El vocabulario es de una gran riqueza, elegido siguiendo una armonía y una cadencia exquisitas. De ese que se disfruta inseparablemente de la trama. Supongo que aquí la labor del traductor ha tenido que ser sobresaliente, pues el tipo de prosa de Carter es de las que se tienen que resentir fatalmente sin el mimo adecuado.
         Y entre todos los relatos, que en su conjunto he disfrutado enormemente, voy a destacar un título: El rey elfo, no porque sea el mejor (imposible decidir a tal efecto), sino porque me ligan a él invisibles y extraños lazos, de los que a veces se establecen por efecto de inconscientes afinidades.



El rey elfo es un cuento oscuro e inquietante, surrealista, que descansa, más que en su historia, que resulta sumamente original e impactante, pero que está tan sutilmente esbozada como para que sea el lector el que tiene, de alguna manera, que construirla; en su estructura caótica y vegetal, frondosa como el entorno orgánico donde se desarrolla: un bosque. Aquí destaca nuevamente el tipo de prosa, conformada por un lenguaje infinitamente hermoso, pero también prolijo, rico y denso, tal como apuntaba en La cámara sangrienta. Con imágenes tan bellas, tan bellas, como esta: "Y eso mismo podría yo pensar de él, que ha nacido del deseo de los bosques". Y es que los bosques tienen que tener algo que empuja a ese tipo de creación, sensorial más que lógica; y por su efecto, a los autores nos nacen hojas y ramas y la savia nos invade, de manera que toma las riendas también de nuestras mentes y nos hace producir esas arquitecturas orgánicas.
         Hace tiempo, yo escribí un relato sobre bosques que sigue siendo a día de hoy la niña de mis ojos. Pero, para mi sorpresa (inicial, luego uno se cura XD), no se ha visto reconocido o comprendido como yo esperaba. No es un relato que obtenga, en general, prontos admiradores.
        Igual que este Rey Elfo, es un relato algo "especial", eso no tengo problema en admitirlo. Muy onírico también. Un relato, según yo creo que pasa a veces, para ser percibido más que leído. Y, como ocurre con el de Ángela Carter, de involuntaria factura vegetal, intrincada y sinuosa, basada muy fuertemente en el sonido de las palabras y en las imágenes instintivas que estas mismas puedan evocar.
         Percibir. Dejar que lo que lees impresione directamente tu cerebro, produciendo imágenes y sensaciones que no necesitan una explicación precisa o un orden habitual y lógico. Se trata de no tratar de entender. Se trata de experimentar.
         Pero puede, también eso lo admito de buen grado, que tenga razón mi amigo y editor Juan Ángel Laguna Edroso, cuando dice que, a menudo, los relatos oníricos son más para el autor que para el lector, que difícilmente conectará con ellos por la falta de pistas o guías.
         Sería de ilusos pretender que esto no es cierto. Pero yo le repliqué en su día (cómo no XD), diciendo que igual que me ha pasado ayer mismo (y muchas otras veces) con la lectura de El rey elfo, a veces sucede que el lector sí recibe "el mensaje", o conecta con la emoción que lo produjo, y establece una fuerte conexión, mucho más preciada por rara o difícil.
         Y eso, no tiene precio. Se trata de un acto puramente mágico que justifica todo el esfuerzo y todas las horas empleadas (y regodeadas) en crear. Es, en realidad y en definitiva, lo único que le da pleno sentido.
     

miércoles, 9 de julio de 2014

ARABIA

Hoy vengo a compartir noticias gastronómicas. Se trata de un restaurante madrileño especializado en lo que denominan cocina del desierto, al que vamos en familia de vez en cuando.



Se llama






y se encuentra en la calle del Piamonte número 12. En Madrid, cerca de Alonso Martínez y Chueca.



Es un lugar exótico donde comer bien y probar sabores algo diferentes, con un ambiente acogedor y tranquilo, en fresca penumbra. Un oasis de calma y aromas en medio del Madrid más céntrico.
       Toda la carta es muy recomendable pero en concreto el Cuscús... Hacía tiempo que no probaba uno tan, tan estupendo.
         Animaos a probar y contadme la experiencia.