miércoles, 5 de agosto de 2015

Como cada año, por estas fechas más o menos...


Metidos en pleno agosto -con estos calores como para no habernos dado cuenta- se impone el consabido descanso estival. Hasta nuevo aviso, este chiringuito permanecerá cerrado. Que ustedes lo pasen bien.
         Yo espero regresar con las pilas recargadas y un montón de imágenes, olores e historias recopiladas en una tierra que no conozco pero que se presenta mágica. Se trata de Bretaña, en Francia. Cómo no emocionarse con algo así:

Bretaña, costa norte

Bretaña, Fourgères

Bretaña, costa esmeralda

Bretaña. Nantes, la ciudad de Julio Verne.


lunes, 3 de agosto de 2015

ARA MALIKIAN


1 de agosto de 2015. Concierto en el Teatro Egaleo de Leganés. Toda una experiencia.
         Con Ara Malikian el concepto "música clásica" cambia completamente de sentido. Él es otra cosa. Y hace que la música resulte distinta. Con su hermoso pelo negro, su barba poblada y su aire exótico de violinista zíngaro(**), este libanés de origen armenio es capaz de transformar la música y volverla imprescindible, como si fuera algo cotidiano en lo que nos integramos plenamente y participásemos de algún modo en ello.
         Él es la quintaesencia del músico ambulante de otros tiempos, un príncipe bohemio disfrazado de violinista que fuera de mercado en mercado desempeñando su oficio, convocando en cada plaza numerosas muchedumbres, embelesadas por su magia.
         Fiel a esa tradición, el músico se vuelve también trovador, cuentista, bailarín, malabarista.
         Y al acabar la función recogería sus bártulos, su bolsa llena de monedas y los aplausos del público, y se iría a la taberna más cercana a disfrutar de un trozo de asado y una buena jarra de cerveza tibia, hasta que llegara el día siguiente y, con él, la hora de partir.
         Malikian no solo toca el violín, él interpreta con todo su cuerpo. Por eso es casi imprescindible verlo en directo, donde despliega su don: se convierte en el mensajero de los dioses, el vehículo privilegiado que nos trae la verdadera música, esa que llena el espacio platónico donde todo tiene su origen.



De entre todo el repertorio que tocó esa noche me permito destacar una obra, sentida y profunda, que se llama "1915" y está inspirada, tal como nos contó el autor, en el Genocidio Armenio(***) ocurrido en esa misma fecha. Cien años se han cumplido desde este atroz pasaje de la Historia el 24 de abril de este 2015.
         Esa obra es toda una historia, con su inicio, sus subidas y sus bajadas, sus momentos de rabia y desesperación y sus silencios terribles. Pero también tiene espacio para la redención y la esperanza, para la certeza de que un nuevo amanecer es posible.
         Yo me preguntaba entonces, viendo toda esa capacidad que tiene la música para transmitirnos y para pulsar en nosotros fibras tan profundas que habitualmente no notamos, cómo se podría trasladar eso al papel y a la palabra escrita, cómo aspirar a traducir de ese modo esos sentimientos que nos erizan la piel y nos laten en las tripas. Es entonces cuando el oficio de escribir parece partir con desventaja, derrotada por la inmediatez del sonido la racionalización que exige la palabra. Tarea extra que algunos nos imponemos para lograr literatura que "se perciba" y no solo se lea.

Genial como siempre, Ara Malikian. No se puede decir otra cosa. Y geniales también los músicos y bailarines que le acompañan.
         Música para el pueblo, quizá, lejos de los lugares solemnes y apagados en los que nos obligan normalmente a escucharla. Pero música verdadera que nos pertenece a todos. Solo hay que dejarse sentir para saberlo.



(**) Un artículo muy interesante en torno a la denominada música zíngara:
La música zíngara


(***) Para los curiosos, como yo, el Genocidio armenio (wikipedia dixit), llamado también Holocausto armenio, fue la deportación forzosa y exterminio de un número indeterminado de civiles armenios, calculado entre el millón y medio de personas y los dos millones, por el gobierno de los Jóvenes Turcos en el Imperio Otomano, desde 1915 hasta 1923.
         Se caracterizó por su brutalidad en las masacres y la utilización de marchas forzadas con las deportaciones en condiciones extremas, que generalmente llevaba a la muerte a muchos de los deportados. Otros grupos étnicos también fueron masacrados por el Imperio Otomano durante este período, entre ellos los asirios, los griegos pónticos y los serbios. Algunos autores consideran que estos actos son parte de la misma política de exterminio.

miércoles, 29 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - IX - Conclusiones



Terminado ya el relato, solo quería contaros lo que pasó con él. Fue seleccionado para publicación pero, lamentablemente y por diversos problemas técnicos, el libro nunca llegó a ver la luz. Y es una pena, ya que contaba con la participación de algunos relatos más que notables, de compañeros de aquel entonces como Elena Guede Alonso, Asunción Belarte, David Villar Cembellín, Juan Ángel Laguna Edroso, Jaime del Moral... y algunos otros a los que he perdido la pista.

Para mí fue toda una experiencia eso de enfrentarme a la mitología, con todo lo que conllevó en cuestiones de estilo y de experimentos de estructura. Lo que, para mi desgracia, no hizo sino reafirmarme en mi amor por los retos y las aventuras literarias. Así, a día de hoy, sigo incorregible en eso de meterme en enredos de todo tipo. Ahora, sin ir más lejos, ando embarcada en una novela conjunta cuyo proceso se presenta apasionante. Si sobrevivo y la cosa no pasa a mayores y acabamos saliendo en la prensa, ya os contaré sobre ello.

miércoles, 22 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - VIII

Vamos ya con el último capítulo, que tiene, como veréis, un
título realmente original :-)


5. EL FINAL

Se despertaron en medio de la noche, sobresaltadas por un tumulto que el viento arrastraba hasta sus ventanas abiertas de par en par. Las dos se levantaron del lecho corriendo y salieron a ver qué pasaba.
         Una turba enfurecida se dirigía a la luz oscilante de las antorchas a lo alto del cerro donde tenían su casa. Iban rezando en voz alta, marcando el paso, dirigidos por un hombre de flotantes vestiduras blancas que les arengaba sin descanso mientras acometían la larga cuesta. Eran sus voces un bramido ululante que planeaba en alas de la brisa, una marea exaltada que crecía en intensidad y anegaba los oídos de las dos mujeres, acallando los ecos tranquilizadores de la noche.
         Isadora y Kore se quedaron paralizadas un largo momento, contemplando fascinadas aquella procesión de luciérnagas de resina que ardían en manos de hombres y mujeres, sus vecinos de siempre, convertidos ahora en enemigos feroces que clamaban por su sangre. Su intención era evidente, había expirado el tiempo, iban a acabar con ellas. La forma que eligieran era indiferente.

Fueron solo segundos de inmovilidad pero parecieron eternos, fue como si la vida hubiera abandonado para siempre sus miembros, como si el poder del odio que animaba a aquella muchedumbre tuviera el efecto de cercarlas, de atraparlas en un sortilegio imbatible del que no podían escapar. ¡Tenían que reaccionar! Isadora se volvió hacia su madre, la tomó de los brazos y la miró fijamente a los ojos, para trasmitirle la vital importancia de lo que pensaba decirle.
         Madre –susurró con la voz teñida de angustia, Él me dio un mensaje para ti. –Su tono se hizo apremiante. Dijo que yo sabría elegir el momento oportuno, que lo descubriría cuando fuera preciso. Ahora es ese momento, madre. Hay algo que debes saber.
         Entonces llegó el momento de la revelación, aquello que aguardaba en su mente desde que él lo sembró con mimo tiempo atrás, y fue creciendo y haciéndose claro y veraz, hasta florecer aquella noche trágica, para alivio de su madre y su corazón desgarrado.
         Aquel que se hace llamar el Invisible, el que mora en ese mundo de sombras y estrellas que tan bien conocemos, madre, me pidió que te hiciera recordar. Estaba seguro, me dijo, de que tú entenderías sin esfuerzo muchas cosas, aun las que hay debajo de las palabras que pueden pronunciarse, pues le conoces más de lo que se conoce a sí mismo. Has visto su alma a cara descubierta, su naturaleza auténtica. Él quiere que sepas cuánto te ama, cuánto te ha amado siempre. Aunque tú hayas querido olvidar él no ha podido hacerlo, ni aún en el tiempo ínfimo de un suspiro, ni lo que dura un parpadeo. Tu imagen siempre ha estado presente a su lado.
         Isadora sintió cómo el cuerpo de su madre se agitaba levemente, sacudido por un involuntario temblor. La supo al colmo de su resistencia, no podría soportar mucho más.
         Él habría podido recuperarte, lo sabes bien –continuó. Conoces su poder, la fuerza de su voluntad y el apremio de su amor. Volver a poseerte ha sido toda su ambición en estos años. Habría podido atraparte de nuevo en las redes de su anhelo y de su amor fácilmente, sustraerte del mundo que conoces pero al que, en el fondo, bien sabes que no perteneces. En los sueños sobre los que tiene potestad habría acudido a llevarte –empezó ahora a hablar de forma monótona, sin entonación, con la vista fija y el gesto quieto de un trance, como si aquello que decía no procediera de sus labios sino de alguna otra voluntad ajena que dictaba sus palabras. Igual que podría haberme tenido a mí. Pero no lo ha hecho y no lo hará, ha querido demostrarte que respeta sobre todas las cosas tu voluntad y tu albedrío, aunque le hayan hecho perderte. Dice que ha soportado tu cruel abandono, aunque su corazón se haya desangrado y su espíritu vague estéril en la oscuridad de tu ausencia desde que te fuiste. Y que no va nunca a arrebatarte tampoco aquello que te dio que tú le diste a él, aunque le creyeras capaz, una vez. El Señor Oscuro venera el corazón de una madre.
         Él conoció a Demetra y el peso de su destino, vio su amor generoso y la respetó por ello. Quiere que sepas, madre, que tú no fuiste responsable de su muerte; Demetra se lo ha dicho. A ella la mató la pena del abandono, el desgarro del rechazo. La esperanza de hallar en otra vida, o en otra muerte, el amor que había saboreado una vez y sin el que ya no podía vivir. Él te pide perdón por tu sufrimiento y tu tristeza, que hace suyas, pero dice que no existe un poder que hubiera podido mitigarlas. Son más fuertes los hados que el deseo de los dioses.
         Isadora hablaba rápidamente, con la urgencia que surgía de la comprensión del peligro. Y Kore... Ella estaba al borde del desvanecimiento. Demetra vivía en otro mundo, como creyera una vez. ¿Era posible? Tanto había negado, tantas cosas había expulsado de su mente y de su vida, como engañosas patrañas destinadas a someterla a otras voluntades y manejarla como un mero instrumento. Se sentía perdida, tantas cosas parecían haber cambiado en un segundo... Ahora no era capaz de discernir ni de elegir, ahora no sabía qué creer ni dónde buscar apoyo.
         El Dios del Inframundo, madre –continuaba Isadora, con esa voz que no le conocía, me ha confesado que te ama con la misma necesidad vital del primer día. Y me ha revelado el único e imprescindible secreto: eres Perséfone revivida, su verdadera esposa, la que se alejó de él porque languidecía lejos de los prados verdes y el sol y el mar. Debes recordar, madre, debes escuchar a tu alma y dejar que te guíe, debes regresar a él, porque es su reino el lugar al que perteneces, al que pertenecemos las dos, pues yo, Isadora, soy su hija y su heredera y su mundo es mi mundo y mi legítima herencia.
         Pero, madre, es importante, has de volver allí por tu propia voluntad, has de ser tú quien le escoja. Volver a su lado porque sea ese tu único deseo.
         Te perdió una vez, te arrebató de tu madre por la fuerza, sin atender tu repulsa; te retuvo luego con engaños y, persuadidos por la insistencia tenaz de la siempre doliente Démeter, los demás dioses le hicieron pagar por ello. Permitieron, después de un tiempo pactado, que te alejaras de él y te sumieras en el olvido de los siglos. Ahora que ha vuelto a encontrarte no va a repetir sus errores, las equivocaciones fatales cometidas eones atrás. Y solo te pide, confiadamente, que vuelvas.
         Isadora guardó silencio y dejó que sus palabras se quedaran flotando en el aire, que calaran lentamente en la mente de Kore, que inundaran su piel y se asentaran en su corazón...
         Pero el tiempo apremiaba, el peligro crecía con cada segundo. El pueblo entero estaba ya casi a las puertas mismas de su casa. A no ser que hicieran algo iban a morir a manos de aquella enfervorizada muchedumbre, a pagar por los pecados de los descreídos paganos, a purgar sus faltas de obediencia, su voluntad propia y rebelde que las alejaba del redil.
         Kore dudaba y se debatía, azotada por la incertidumbre feroz y el miedo a equivocarse, arrastrando con ella a su hija al abismo. Pero en el fondo su corazón sabía. En lo más profundo de sí la decisión estaba tomada.
         Fue tal vez su alma, alborozada por el reencuentro, quien la tomó en un instante y eligió con determinación. Agarró a Isadora de la mano, tiró de ella y empezó a correr campo a través, por la senda que llevaba al Profitis Illas. Corrían enredándose en la maleza, tropezando con las piedras del camino, hiriéndose con los espinos y las ramas bajas de las pobres encinas que surgían de la tierra cada tanto.

Cuando las gentes de Thera descubrieron su huida se lanzaron en su persecución como una jauría de lobos hambrientos, desordenados y voraces, ganándole pronto el terreno a las mujeres descalzas y desprevenidas que les sacaban tan poca delantera.
         El cono del volcán se perfiló contra el cielo cuajado de heladas estrellas, como lágrimas brillantes de alguna otra mujer celestial relegada al olvido. Los gritos e insultos de los perseguidores colmaron el aire, sus jadeos y sus pisadas potentes retumbaron en el silencio. Iban a alcanzarlas. Era el fin.
         Entonces la brisa se volvió ardiente y creció en intensidad a velocidad de vértigo. Una cegadora cortina de arena se levantó del suelo y empañó el espacio que había entre las dos mujeres y quienes las perseguían. Bastó para que alcanzaran el borde del volcán. Un fatal titubeo las detuvo. No podía ser cierto. En sus sueños el mismo volcán conducía a un lugar seguro, donde por fin estarían a salvo, lejos del poder de los hombres y de su dios vengativo. Pero eso era en los sueños. En la cruel realidad el volcán era una trampa exterminadora, una rampa asesina que expulsaba vapores mortíferos y piedras encendidas. Un túnel siniestro y caliente que abrasaba su piel y les hacía toser sin parar.
         Kore y su hija se miraron a los ojos, buscando en la otra la decisión que no hallaban en sí mismas. Y una corriente invisible ligó sus voluntades. Tomadas de la mano se volvieron de cara al volcán y con una última y profunda inspiración saltaron al vacío. Y sellaron su destino.

Los aldeanos llegaron a tiempo de verlas desaparecer en las fauces ardientes de aquel averno. Tragadas por la negrura perpetua de la chimenea voraz. Y creyeron que había sido la divina justicia la que había obrado, reclamando para sí el sacrificio de aquellas mujeres que guardaban fidelidad a otros ídolos paganos.
         Deseando santificar aquel momento, dirigidos por Theophilus, el sacerdote que los lideraba, elevaron un canto gozoso a los cielos, adoraron a aquel Dios justiciero que una vez más había manifestado su poder, había triunfado. Eran instrumentos de la justicia divina, el barro insuflado de vida que cumplía la voluntad de Dios. Se sintieron grandes y humildes a la vez: hágase en mí según tu palabra.
         Un rugido profundo sacudió los cimientos de la tierra.
         Una sutil e imprevista marea agitó la corteza rugosa donde se asentaban. Y la voz profunda del Illas se dejó sentir aquella noche de junio: el cráter oscuro vomitó sin otro aviso una fumarola de rocas y humo denso, y piedras de diversos tamaños comenzaron a caer sobre ellos, dispersándolos como el ataque de la fiera poderosa que se abate sobre un rebaño de ovejas. Una cortina de fuego y humo se elevó al cielo, escupiendo lava y destrucción, aniquilando su tranquilidad y sus convicciones, haciendo tambalear certezas y bendiciones según se veían obligados a correr por sus vidas. Se perdieron colina abajo, y se dispersaron en dirección a la ciudad y la seguridad de sus casas, gritando enloquecidos como si les persiguieran los mil poderes del infierno.

Aquella noche quedaría para siempre, imborrable, impresa a fuego en su memoria.
         La noche en que habían creído escuchar a Dios, y habían oído también la voz devastadora del Demonio. El que reina en el país de las tinieblas, donde todo empieza y todo acaba.
         La misma noche triunfante en la que, sin que pudieran saberlo, el Señor de los muchos nombres, Hades, había recobrado por fin lo que era suyo, a su dulce esposa y a su hija predilecta. Para restituirlas en el lugar destinado incontables centurias atrás, en la era de los antiguos dioses.

lunes, 20 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - VII - Kore

Llegamos al capítulo número 4, para descubrir la historia de Kore, la madre, y el oscuro secreto que juró no revelar a nadie y que constituye otro eslabón más en la cadena de nuestra historia.


Death and the maiden - P. J. Lynch

Esta parte bebe de un aspecto del amor romántico ligado a la muerte, a lo oscuro.
         Algo así como pasa con las siniestras amadas de Poe, con las pálidas y enfermas heroínas de la ópera, con los dramas inmortales en los que ella, la hermosa, la amante, el ideal, tiene una vida breve y una muerte trágica.
         También recoge esa dicotomía básica que Freud estableció entre Eros y Thanatos, el instinto de vida y el de muerte. La contraposición perpetua que se da en cada ser humano y en la propia creación. El ciclo de la vida-muerte-vida, que muestra cómo ambos extremos están unidos indisolublemente.
         Con todos ustedes...


4. KORE
Has estado allí ¿verdad? –preguntó una mañana a su hija, zarandeándola con inconsciente rudeza-. ¡Dímelo!, es necesario. Has estado visitando un lugar desconocido cuando duermes, ¿no es así? –la miró fijamente a los ojos, mientras una certeza terrible se hacía en su mente: Y lo deseas por encima de todo –susurró en un gemido–. Sí, puedo verlo, conozco ese anhelo, puedo ver esa oscuridad, esa dulce penumbra, esa tierra...

Porque Kore Zisis conocía demasiado bien aquellos paisajes. Los llevaba grabados a fuego en lo más hondo de su alma arrasada. Tenía aquellas formas, los olores, los sabores... profundamente esculpidos en el corazón. Y por encima de todo ello su recuerdo, el de él, envolviéndolo todo, prestándole el tono final, el único color que importaba. Su tacto suave, el calor de su aliento en la piel, el brillo de sus ojos, sus manos hermosas... Eslabones ligados de la misma cadena que la ataba al pasado con determinación férrea. ¿Cómo olvidar la propia esencia, cómo negar la propio alma? Se preguntó, no por primera vez, cómo había sido capaz de renunciar a su amor y no morir por ello.
         Kore había vivido antaño, con una intensidad dolorosa, lo que ahora parecía un fiel reflejo de los sueños inquietantes que gobernaban la vida de su hija. Había respirado, sentido y habitado en ellos, como algo más tangible, real y vital que el mundo cotidiano donde su mente le decía que habitaba.
         Sus ojos volvieron atrás y se quedaron fijos en un punto remoto en medio del mar plateado. Miraron sin ver lo que ella sabía que debía de estar ahí, bajo las aguas rotas por las olas de la caldera del antiguo volcán. Allí había dejado su corazón y también su risa, allí había abandonado cualquier esperanza de ser feliz.

Recordó la primera vez. Cuando viajó en brazos de los sueños en pos de algo oculto que no entendía. El vertiginoso descenso, la oscuridad de aquel camino aferrado a la pared del cono volcánico, los olores: el seco olor de la lava endurecida, los vapores turbios, la humedad prometida... Luego aquella plataforma de pulidos suelos ornados de símbolos arcanos, con el aire rojo por el resplandor de los fuegos encendidos siempre, para lucir por la eternidad. La pradera herbosa, el río con su barquero que nunca fue hosco como le describían, sino resignado y ausente, el paciente siervo, fiel a la voluntad del amo; el que hace su trabajo con honor pero nunca con devoción. Aquel que la miraría siempre con sus ojos ciegos, trasmitiéndole no obstante su tristeza y su preocupación. Y su propio corazón desbocado, que le latía más fuerte a cada golpe del remo, sobre las raudas aguas del Aqueronte, anticipando algún encuentro extraño, creyendo intuir un destino que empezaba a dibujarse para ella en aquellos años dorados de juventud gloriosa recién estrenada.
         Recorrió en la memoria aquellos conocidos campos que se extienden hasta donde alcanza la vista. Los ríos oscuros, los espectros pálidos. Las sombras de las grutas que ciñen sus sendas, los remansos de umbría calma donde algo incógnito danza despacio, eternamente, deslizándose borracho de oscuridad para espiar los pasos del tiempo. Las cavernas que recorrerían una a una, mientras él le hablaba de poesía y de amor, y de dolor también, y le enseñaba los secretos del mundo. Oh, el amor que llegó a sentir a su lado. El poder y la gloria que compartiría con él. Oh, la alegría de su cuerpo cuando estaba cerca. La primera vez había intuido aquel goce. La primera vez le había entregado su vida sin conocerle, como la voluntaria esclava que acabaría siendo, la más devota amiga, la más insensata compañera.

Le había visto en su palacio oscuro, de paredes centelleantes y ecos profundos. Recordó que había estado asustada, expectante también, recordó que se había sentido más viva que nunca antes, clamando por algo sin saber qué era.
         Entonces él surgió de la nada y se le fue mostrando poco a poco, como una brisa que fuera naciendo a las formas y la materia. Y apareció en el culmen de su gloria. Y ella cayó en un desvarío que no habría de abandonarla nunca. Le adoró desde entonces. Le amó sin medida y sin razón, como si el dominante destino hubiera atado los hilos que ceñían sus dos espíritus cuando aún estaba por nacer el mundo. Su rostro imposiblemente bello, su pelo largo y oscuro, su piel de mármol. Esos ojos insondables como el mar, ese aura de poder y de grandeza que emanaba de él. Ella supo que no estaba contemplando a un ser mortal, que no podía ser cierto lo que sus ojos le mostraban. Que ella no podía seguir ardiendo por más tiempo y continuar en la tierra, en su cuerpo, que su sangre estallaría y esa llama que él había encendido acabaría tarde o temprano por devorarles a ambos. Lo supo entonces y aún así siguió adelante. Se arrojó en sus brazos sin preguntar siquiera su nombre, acallando a golpes y caricias lo que su mente sabia se empeñaba en contarle.
         Solo existieron ellos dos esa primera vez. Su boca, sus manos y su piel entera. Los besos, las caricias, el sabor de su piel blanca y el sonido de su respiración jadeante. La conciencia y la razón desaparecieron. La memoria, el miedo y la humanidad también.

Cuando despertó al día siguiente había sangre en su lecho y en su piel las huellas indelebles de su abrazo, de su boca y sus dientes, rastros de su olor. Se quedó acurrucada y temblorosa, sintió miedo por lo ocurrido... y una deliciosa aunque culpable sensación de plenitud. Sobre todas las cosas, sintió un hambre insaciable de su ser: le extrañaba tanto que dolía.
         Hubo más noches. Hubo muchas más noches. Cada vez el mismo sueño repetido, pero aún más intenso, más desasosegante y estremecedor, más imperioso. Noche tras noche volvían a amarse y él la ligaba a su existencia oscura, hasta que se convirtió en una muerte atroz cada separación y cada encuentro. Ella preguntó mil veces su nombre, y siempre obtuvo la misma respuesta: “aquel que llaman el Invisible”, el que no se deja ver, el que solo a unos pocos se revela, pero a quien todos llegan a conocer un día señalado.
         Y cada vigilia el mismo tormento. El desgarro de la ausencia, la vacuidad de una vida lejos de la fuente primordial. Se fue apagando sin remedio, como ahora le pasaba a Isadora. Alejándose de la vida y de la luz del sol, durmiéndose para siempre. Por eso había reconocido los síntomas, interpretado las señales, porque era algo que había vivido antes, en su carne y su espíritu. Isadora se agostaba dulcemente, sin resistencias, dejándose ir con placidez, añorando esa otra vida que había descubierto a retazos pero cuyo sabor hacía insípido cualquier otro. Igual que ella una vez.

Aquella otra Kore que se había quedado atrás, junto al claro de luna donde nació su hija, había querido morir una vez, sabiendo de las promesas de la muerte fecunda, de sus secretos, y amando esa muerte como la más dulce vida, la única para ella. Porque en la muerte habitaba él, en la buena muerte que sus besos le prometían cada vez.
         Pero aquella otra Kore ya no estaba. Se había librado de ella como quien se arranca la piel a tiras, con el mismo dolor, para no terminar de enfermar. Y la nueva Kore tenía que salvar a su hija otra vez, como hacen siempre las mujeres que nacen malditas. No debía comprender su anhelo, por mucho que lo hubiera padecido a su vez. Tenía que volverse sorda a las súplicas que leía en sus ojos y arrastrarla lejos de su influencia seductora, contarle la verdad. Hacerle comprender lo que había ocurrido por su culpa.
         Y entonces le habló como nunca hiciera antes. Le contó cómo era su propio padre y cuánto le quiso. Que le enseñó cosas hermosas sobre dioses y pasadas hazañas... y que luego ella se forzó a olvidarlas con dolorosa decisión. Le habló de su abandono, por la voluntad de su Dios cristiano, de la destrucción de Demetra y de su propio dolor arrollador. De su marginación y la vida solitaria. Pero sobre todo le reveló su propia culpa: aquella traición que le pesaba tanto en el alma que casi le impedía respirar, la que llevaba pagando desde la muerte de Demetra, cuando ella vivía solo para soñar y aprender los caminos del reino oscuro. Cuando, durante meses, existía sólo para él y por su amor, sumergida en las delicias de su mundo protector y cálido, y se iba alejando de Demetra, su madre triste, la expulsada, la renegada, la mujer marcada a la que solo le quedaba su hija. Todo lo confesó, anegada en llanto.

Quizá su madre entendió –pensó Kore entonces por primera vez, quizá supo lo que ella no se atrevió nunca a revelarle, su madre tenía el don de adivinarlo todo. Pero, fuera como fuera, su espíritu debilitado empezó a extinguirse, olvidadas las razones de vivir. Se le gastó el coraje y se olvidó del orgullo. Como la tierra que va muriendo por la sequía, así se fue apagando en silencio lenta e inadvertidamente, hasta que una noche, simplemente, dejó de respirar.
         Cuando Kore descubrió su cuerpo yerto acudió a Él. Le suplicó que no se llevara su alma a la morada de los muertos, que le devolviera a Demetra sana y salva. Que no había llegado su hora, porque ella, Kore, la necesitaba. Él trató de consolarla pero no accedió a sus súplicas. Se excusó de mil maneras, dijo no tener potestad sobre aquello, no poder cambiar el curso de la vida y de la muerte.
         Así que Kore renunció a su amor, renegó de su mundo de persuasivas mentiras y selló su camino en los sueños. Y alejó de él a su pequeña, sustrajo de su poder y su influencia perniciosa a aquella niña, mortal y divina, que había engendrado en su vientre, ese don que él buscaba con ansiedad, como le confesara muchas veces. La heredera de su estirpe cuando ya creía estéril su existencia. Kore comprendió que la había utilizado, descubrió a tiempo que su amor era mentira: lo que buscaba en ella era, tan solo, pervivir en otro cuerpo, moldear a su antojo otra alma joven.
         Hizo lo que tenía que hacer –le explicó a Isadora con firmeza, para protegerla y evitar que él se la arrebatara, como le había arrebatado a Demetra esa hija ingrata y olvidadiza que no había merecido el desvelo paciente de su madre .
         Porque los dioses, hija mía, los dioses antiguos o el dios de los cristianos, o incluso otros desconocidos, acarrean tan solo destrucción a los mortales. Fingen amarnos pero solo quieren cómplices para llevar a cabo sus fines. Y por encima de todo, de los hombres, sean dioses o no, las mujeres como nosotras solo podemos esperar dolor y engaño.

E Isadora escuchó. Y, comprendiendo que aún no era el momento de hablar, que se habían reabierto en el alma de su madre demasiadas viejas heridas, calló aún un poco más todas las cosas que le habían sido reveladas.

viernes, 17 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - VI - Otros reinos

Vayamos ahora con la tercera parte, la dedicada a ese mundo de oscuridad, atrayente y amedrentador, que se le empieza a revelar a Isadora. Una dimensión desconocida donde, no obstante, se siente en casa. Un lugar donde por fin encaja como no ha logrado hacer el resto de su vida.




3. OTROS REINOS

El mismo día en que Isadora Zisis cumplió quince años empezaron los sueños.

         Se vio abandonando el lecho, con los pies descalzos y vestida tan solo con la sutil camisa de dormir, y encaminarse a la cima de la colina. Una luna grande y benévola guiaba su camino, conduciendo sus pasos y poniendo de relieve los obstáculos con los que hubiera podido tropezar. La brisa del mar templaba el aire de la noche y lo volvía balsámico. Se dejó embriagar por los aromas del espliego y la sal. Llegó a la boca del cráter y de nuevo eligió bien, sin titubeos. Una serie ininterrumpida de peldaños irregulares, tallados en la roca, descendían acodados en la ladera hasta perderse en la hondura, camino de las mismas entrañas de la tierra. La luz menguaba y las tinieblas se iban adueñando del aire; un fragor lejano y confuso, como el murmullo de muchas voces, se escuchaba de fondo.
         Descendió hasta el infinito y se detuvo en medio de una plataforma delimitada por pebeteros de bronce, cuyo resplandor anaranjado hacía danzar sombras siniestras en las paredes de piedra que la circundaban. Continuó caminando hasta atravesar una pradera amplia, de suelo herboso, y alcanzar un río que ya había adivinado por el sonido de sus aguas. Lo dejó a un lado y aún siguió caminando cierto tiempo, impulsada por una premura incomprensible y angustiosa que le nacía dentro. Se sabía guiada y conducida a algún sitio. Y un ansia creciente y compulsiva le impelía a seguir esa misteriosa dirección.
         A lo lejos otro río ancho y turbulento cruzaba el paso. Su cauce raudo salpicaba espuma contra las rocas, en una lucha eterna de piedra y agua. En el aire brillaba una luz imposible, de luna y estrellas, y una pátina amable y húmeda besaba los contornos de todas las cosas, confundiendo perfiles y fingiendo texturas, arrastrándose goteante por las paredes de grutas y promontorios. Una canción se intuía en el aire, un canto tristísimo y lóbrego que llenó su corazón de apenada dulzura. Se detuvo junto a la orilla del río, sabiendo de algún modo que tenía que cruzarlo, pero sin imaginar la forma de hacerlo. Entonces, de la misma penumbra, salió una barca, materializándose de la nada para poner proa hacia ella. Un barquero anciano y sabio de largos cabellos blancos maniobraba los remos. En un griego arcaico que Isadora comprendió con dificultad, le pidió una moneda para pasar al otro lado. Ella estuvo a punto de replicar que no la tenía cuando al extremo de su mano, mostrada en alto para corroborar su aseveración, apareció un disco de bronce con una efigie desconocida. Hecho el pago, el anciano le ayudó a subir a la embarcación, que parecía detenida por algún sortilegio, pues no había ancla ni cabo que pudiera retenerla. Alcanzaron la otra orilla y allí ella sola desembarcó. Los ojos glaucos y ciegos del barquero la miraron con una extraña percepción, como si pudiera ver dentro y a través de ella, y sin una sola palabra desapareció.
         Muy lejos, en mitad de otra pradera tan extensa que se perdía en la distancia, divisó una construcción fabulosa, incongruente con el sencillo entorno. Tenía siete torres, retorcidas y esbeltas, y en el centro una cúpula perfecta, rematada en punta y tachonada de estrellas azules. Una puerta colosal trabada de extraños signos se cerraba tenazmente en la fachada, como una boca apretada que no quisiera revelar secretos.
         Apenas dio un par de pasos y la distancia que había parecido inabarcable se plegó a su voluntad dejándola en la misma arcada de paso. Supo que tenía que soplar ¡qué absurdo! Y al conjuro de su aliento las dos hojas del portal se deslizaron hacia atrás franqueándole el paso.
         Había alcanzado su destino, lo supo tan claramente como todo lo demás. Se encontraba en una nave circular rodeada de columnas. El techo no podía verse, arriba solo había oscuridad titilante de luces tibias. Las paredes refulgían con brillo de espejo, recubiertas de mármoles y piedras de desacostumbrado fulgor. Parecía un inmenso salón de baile, y ella la bailarina invitada por algún lunático señor. Resonaron unos pasos en la penumbra del fondo. Lentos, dignos; los pasos seguros del amo. El cuerpo de un hombre se reveló ante ella. Le observó detenidamente, asustada y fascinada a la vez, sintiendo que aquel desconocido le despertaba dormidos recuerdos, como si algo en él estuviera grabado a fuego en ella desde siempre, inserto en su memoria o acaso en su alma.
         Era alto y poderoso, de complexión recia. Su cabello era largo y oscuro y su barba rizada. Tenía un aro dorado alrededor de la frente tersa, sobre los ojos más azules que hubiera visto nunca. Eran como el Egeo, pensó de pronto, igual de insondables, igual de profundos. Su piel blanca, tan blanca como la suya, no tenía mácula alguna, apenas vello. Vestía una túnica nívea, bordada en oro y azul, y calzaba sandalias de plata. No llevaba ningún tipo de armas, aunque algo en él hacía pensar que no le eran ajenas.
         Se detuvo a unos pasos, los suficientes para que ella pudiera distinguirle pero manteniendo sus rasgos en ligera penumbra. Le dio la bienvenida a su mundo. Ella dudó aún, sin decidirse a salvar el par de pasos que le pondrían al alcance de su mano. Se hallaba dividida entre la curiosa atracción que todo aquello ejercía sobre ella y un atávico instinto de protección ante aquel desconocido poderoso.
         No hubo más tiempo para la vacilación. Un fuerte viento tomó posesión del palacio. Las lámparas oscilaron, los cortinajes se agitaron en la perfumada sombra y todo empezó a girar vertiginosamente, desdibujando límites y contornos y diluyendo las imágenes. Y despertó en su lecho sobresaltada, irguiéndose en la oscuridad y el silencio, hasta lograr acallar el retumbar profundo de su corazón. Su madre se agitaba en sueños cerca de ella, musitando incoherencias que no pudo entender.

Cada noche a partir de aquella volvieron a su mente las mismas hipnóticas ensoñaciones. Y cada noche daba un paso más y se adentraba en los misterios de ese mundo y en el conocimiento del ser poderoso que lo gobernaba todo. Al principio no hablaban, solo se miraban detenidamente como si trataran de recordarse, en otra vida, en otro mundo, en otros lugares donde reinaban otros principios. Y cada vez ella le encontraba más próximo y se sentía de su misma naturaleza. Desde luego, se sentía más parte de ese mundo y de los extraños y pálidos seres que lo poblaban, de lo que nunca había creído pertenecer al mundo y las gentes de Thera. Y él le reveló su nombre y la llamó por el suyo, y le dijo que era su dulce esperanza y que su reino le pertenecía como herencia. Y al despertar, ella solo supo que él era aquel que llaman El Invisible. Y eso no hizo sino aumentar su deseo de volver allí para saber más.
         Pero cuanto más se adentraba en aquel reino profundo más se alejaba de la vida sin advertirlo, y más esfuerzo tenía que hacer para simplemente respirar, y hablar, y oír todo lo que quedaba fuera del alcance de la noche. Y profundas sombras de preocupación se fueron dibujando en el rostro antes sereno de su madre, Kore. Un muro de palabras no pronunciadas se levantó poco a poco entre las dos, hasta que la madre temió por la vida de su pequeña, cada día más pálida y liviana, más traslúcida. Apenas quería comer, apenas tomaba algo más que unos sorbos de agua. Y su mirada se hacía lánguida y lejana, contemplando horizontes que parecían vedados para ella.

Y así llegó el día en que Isadora no quiso levantarse más del lecho y Kore supo que había de poner fin a aquello, aunque para eso tuviera que revelar lo que había decidido callar para siempre.

miércoles, 15 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - V - Demetra



2. DEMETRA

Demetra Zisis era joven y era hermosa, y parecía haber sido colmada de bendiciones. Era bella como solo una antigua helena podría serlo. Como la noche griega su cabello oscuro y sus iris profundos. Como luz de estrellas sobre el Profitis Illas su mirada radiante. Como el eco de las aguas suaves del Egeo el susurro de su voz honda y sentida.

         Apegada a la tierra que la viera nacer, al hogar y a la familia. Feliz en su existencia campesina, veía cumplidas sus aspiraciones en aquella vida isleña, amable y marinera... hasta que Néstor, un desconocido visitante, arribó a la isla y quebró de un modo salvaje su destino.

Néstor Thesspidis era un joven monje de rostro sereno y bello, espigado de cuerpo e inquieto de mente, que había sido enviado a cultivar la santa palabra por aquellas islas hacía tiempo consagradas al Dios verdadero.
         Había ingresado siendo niño en una comunidad monástica de las muchas que iban proliferando en tierras del Imperio. Fue criado bajo la protección de Anastasis, un patriarca venerable cuya visión de la vida ascética empezaba a ser compartida por muchos. Era el fundador del ya afamado, tan pocos años después de su construcción, Monasterio de Gran Laura, el primero de los varios que se estaban levantando en el sagrado Monte Athos y que había sido consagrado a la regla de San Basilio.
         Néstor había crecido a su sombra, guiado con paciente cariño por aquel hombre que ejercía un liderazgo firme, pero benévolo y siempre ejemplar. La comunidad que habitaba Gran Laura tenía en el cultivo del espíritu y el saber su principal sentido. Era un monasterio humilde y aislado, reclusión para hombres piadosos y eruditos, por eso mismo fuente de tentación para algunos. Porque el saber encierra misteriosos peligros que ponen a veces el alma al borde mismo de la perdición. Y es también un alimento peligroso al que, una vez probado, es difícil renunciar.
         La Biblioteca de Gran Laura empezaba a reunir una importante colección de códices, volúmenes y pergaminos de todo tipo, que había que salvaguardar para las generaciones futuras. Allí los monjes consagrados al estudio, como Néstor, eran instruidos con esmero en la realización de las delicadas tareas que aseguraban la pervivencia de aquel saber ingente. Allí se copiaban con diligencia los antiguos textos, se clasificaban y comentaban, según las directrices de los Patriarcas, y se embellecían con exquisitas y refinadas imágenes.
         Néstor vivía completamente absorto en la vida contemplativa y en el ardor espiritual, transfigurado por aquella belleza que encontraba en todo cuanto le rodeaba, manifestaciones que sentía del amor mismo de Dios. Incluso las obras paganas se le antojaban regalos divinos y se esforzaba por extraer de ellas su significado máximo, la esencia que las había inspirado y que él intuía parte de la misma inspiración creadora que insuflaba Dios a los santos.
         Se sumergió con gozo y devoción en la antigüedad clásica que habían recibido como herencia a través de Homero y Hesíodo. Estudió a filósofos como Platón y Aristóteles. Aprendió las gestas de los antiguos griegos, sus propios antepasados, y el esplendor del ayer de manos de Heródoto, Tucídides y Jenofonte. Y un nuevo orgullo fue creciendo en él, una sensibilidad desconocida que se recreaba y crecía con los poemas de Píndaro o Safo, Alceo o Jenófanes. Y su alma hambrienta empezó a impulsarle a buscar nuevas fuentes. Había nacido para la vida monástica, lo sabía. Anastasis llevaba repitiéndoselo desde que se convirtiera en hombre. Y había sido llamado a grandes cosas, le decía también, su más fiel alumno, su esperanza para el mañana.
         Pero aquel pasado que dibujaba ante él otras eras y otros dioses se hacía cada vez más real y profundo, y su reclamo más imperioso. Y así, según crecía Néstor en devoción y conocimientos también crecía su espíritu crítico, y le impulsaba a buscar respuestas donde nacían las preguntas.
         Poco podía compartir esas angustias secretas que empezaban a atormentar su alma con mayor dominio. Como tampoco podía acallar sus velados anhelos cuando las glorias paganas de sus antepasados le asaltaban, desprevenido, desde las páginas de los códices que copiaba, e incluso de los que quemaban después de leídos si eran encontrados fuente pecaminosa de conocimientos prohibidos. De este modo, todo aquello fue dejando un poso en su alma que volvía amargos sus días y angustiosas sus noches, que le confundía y agitaba en insondables simas de desesperación.
         El Patriarca de Constantinopla lanzó un edicto por el que se pedía la labor activa de todos los monasterios, para expandir el dogma verdadero, siempre en peligro por las desviaciones heréticas, y él y otros cuantos fueron enviados desde el continente a predicar y convertir. El destino obró, maléfico, para enviarle precisamente a Thera, la dulce Thera que fuera cuna de una civilización perdida. Y con ello selló la suerte de alguien que aún no existía.


Cuando Néstor llegó a la isla de Thera, esa joya engastada en el zafiro sereno del Egeo, era un espíritu torturado por la duda, un alma devorada por atroz agonía. La crisis de su fe, la destrucción de las certezas que le habían sostenido hasta el momento, le convertían en un ser vulnerable y devastado, un ansioso buscador. Y la belleza del entorno le traspasó con fuerte impacto. Las dudas se hicieron brechas profundas y el rumor del mar solo le trajo el eco de otros tiempos, otras eras gobernadas por antiguos dioses. El honor, el valor, la lealtad y la venganza. Las traiciones y también el amor ardiente, la pasión en suma de la vida... fueron sustituyendo en su mente y su corazón sus antiguas convicciones. Y empezó a contemplar el mundo con otros ojos y a concebir la vida de otro modo. Y un día conoció a Demetra.

La encontró en el campo, recogiendo el fruto de la vid, y creyó que era la propia diosa de las cosechas hecha carne para él. La amó desde el primer momento en que la vio y la deseó con más intensidad de lo que hubiera necesitado nada antes, ni aun el aliento vital del aire. Aquella mujer era la gloria y la felicidad eternas, era la belleza hecha piel, labios y suaves formas tangibles.
         Consiguió hablarle y preguntó su nombre. Y al saberlo y tomarlo por una señal divina, se postró de hinojos ante ella y la llamó su Ceres, su Déméter, y le dijo cosas tan extrañas que ella primero le tomó por loco... para acabar rendida ante su amor desmedido.
         Néstor lo dejó todo, su origen y su pasado, para fundar una casa con Demetra. ¡Ah! El sublime goce del amor carnal recién descubierto. ¡Ah! El don carísimo del amor de Demetra, su diosa terrena. Se decía cada día que una y mil veces enfrentaría la cólera de Dios y aceptaría los tormentos del Infierno, con tal de volver a probar la miel de su boca, con tal de estar una vez más dentro de ella, hasta dejarse ir en esa muerte que le llevaba derecho al verdadero Paraíso.

Demetra le dio una hija y él le puso por nombre Kore, doncella, la hija de la Tierra, la amada de la primavera, bendecida con sus dones. Y durante unos años pareció posible la felicidad y la gloria de vivir juntos para siempre, entre las sencillas labores de cada día y el amor de las noches.
         Aunque Néstor presentía en todo momento, agazapado en un rincón de su conciencia, un vago temor de que aquello acabase, el peso de sus compromisos olvidados y sus contratos pendientes. Por alguna razón que no quería conocer se esforzó siempre, con disimulada obsesión, por trasmitir a sus dos mujeres todo lo que era: su amor y sus conocimientos, lo que pensaba, lo que había creído o recién descubierto... como si hubiera prisa, como si supiera que llegaría el día en que tendría que marcharse. Deseaba que, llegado el caso, pudieran comprenderle, lo ansiaba con desesperación. Pero sabía también que no era fácil que así ocurriera. Sólo había una cosa que pudiera hacer: dejarles su herencia más honda, una huella imborrable de su paso por sus vidas. Así que les dio lo único de lo que tenía que de verdad le pertenecía enteramente: su saber. Se deleitaba contándoles las antiguas hazañas y hablándoles de los antiguos dioses. Recreaba para ellas las gestas de quienes habían habitado su misma tierra. Ponía su empeño en trasmitirles la luz hallada en la lectura y la escritura y ambas mujeres, madre e hija, mostraron un talento extraordinario y una vocación desacostumbrada.

Pero la sombra se acercaba. Los santos poderes no iban a permitir su deserción. El Dios que tenía ganada la batalla reclamó lo que era suyo. Y sus fieles hijos, los monjes que habían iniciado andadura con Néstor, y los sacerdotes de la isla, que durante esos años de pecado habían advertido, rogado y amenazado, dieron por terminada la tregua, tornándose en jueces inflexibles que exigían expiación. Condenaron la seductora y lasciva conducta de Demetra, a la que hacían causante de su extravío, el ejercicio de su diabólica seducción sobre el antes monje ejemplar. Y ofrecieron a este el perdón al tiempo que le recordaban las deudas contraídas, sus votos y sus promesas.
         Anastasis, que durante años había enviado mensajeros para atraer de nuevo al redil al hijo predilecto, viajó a Thera a encontrarse con él.
         Néstor se debatió consigo mismo, porfió, lloró lágrimas de sangre... y acató como un buen hijo el mandato paterno. De nada sirvieron las súplicas de su mujer. Ni la callada desolación que leía en los ojos de Kore. Se marchó, las dejó solas. Y con ellas abandonó su alma.

La aldea entera exigió un acto de humillación pública para Demetra. Reclamaban una rigurosa penitencia para concederle su perdón. Pero Demetra escupió sobre ellos y su Dios, renegó de las enseñanzas cristianas y abrazó abiertamente los cultos antiguos, maldiciendo a todos aquellos hipócritas, cuerpos yermos y vacíos espíritus, que le habían arrebatado a su hombre. Cogió a su hija y abandonó el pueblo para siempre, instalándose en una aislada choza de pastores que convirtió en vivienda, con el sudor de su frente y el apoyo de su hija.
         Y se resignó a vivir solo para ella, echando mano del coraje que traía en la sangre, de la fiera determinación de una estirpe de supervivientes.