martes, 18 de noviembre de 2014

Crónica de la presentación de La casa de los cerezos



L. G. Morgan

 

Casi un año después de Entremundos ha visto la luz mi siguiente proyecto, en esta ocasión novela: La casa de los cerezos.
         Y, como me gustaría convertir en sana costumbre, ha llegado el momento de compartir con vosotros el "libreto" de la función. Sin más:


LA CASA DE LOS CEREZOS en Samhain
Presentación:
Llega el público y se le anima a sentarse. Cuando lo hace, de pronto, se apagan las luces y empieza a sonar una tormenta.




Rayos, truenos y luego la lluvia, primero se escuchan y luego empiezan a proyectarse en la pantalla.
PRESENTACIÓN ORDENADOR: Música de The Smiths: How soon is now? Fotos de Madrid otoñal, del distrito y del barrio. Mientras, leo la siguiente introducción:

Aquel tiempo ha quedado para siempre grabado a fuego en mi memoria. Aquel otoño extraño del año 81, aquella Navidad rara y especial, distinta de cuantas había conocido hasta el momento. Y aún me sorprende algunas veces la exactitud con la que recuerdo todos los detalles, el grado de nitidez con que aparecen dibujados en mi memoria incluso los aspectos menos importantes.
El escenario de mis recuerdos, el telón de fondo que sirve de decorado a aquellos días, es un Madrid alfombrado de hojas amarillas; lluvioso, húmedo y no obstante resplandeciente, como en uno de aquellos días de luz radiante que nos regala de vez en cuando el otoño, estación que, por otra parte, creo que es la que mejor le sienta a esta ciudad, de primaveras efímeras y veranos tórridos.
Un Madrid que luce esplendoroso por efecto de los colores estacionales, idealizado por el paso del tiempo; que no envejece porque ha quedado suspendido de aquellos días y se muestra engañosamente inmutable.

Corría el año 1981. Yo tenía por aquel entonces trece años recién estrenados y acababa de mudarme, junto con mi madre y mi abuela, a Manoteras, un barrio de Hortaleza, en la periferia de Madrid, que no sé el número que ocupaba en una larga, larga lista de destinos que habíamos recorrido desde que tenía noción de ello. Manoteras, uno de esos suburbios modernos, de aluvión, que se habían ido creando en la ciudad en los años 50 y 60, como resultado de los planes urbanísticos que habían definido las afueras de la capital.
Al principio me sentí allí una especie de exiliado. Mucha animación no es que tuviera la zona, por no tener no tenía casi ni tiendas. Pero pronto mi afición por lo fantástico, y ese sentido de la aventura que me había auxiliado en tantos trances de aburrimiento y monotonía, acudieron en mi rescate. Con tremenda facilidad empecé a interesarme por el entorno y a convertirlo en escenario de descubrimientos e historias imaginadas.
Había rincones en el barrio y parajes deteriorados que habían visto días mejores, donde me gustaba perderme. Había también una zona conocida como El Querol donde aún se levantaban un montón de casas bajas, un colegio abandonado, un bar, una chatarrería e incluso una lechería que vendía leche sin envasar. Era un terreno sin asfaltar con más aspecto de pueblo que de zona urbana, o al menos para mí, que lo más rural que conocía era algún retazo apenas memorable de alguna excursión a Cercedilla.

Fue allí donde empecé a recolectar los primeros rumores que habrían de ponerme sobre la pista de un apasionante misterio. Fue allí donde comenzó realmente la aventura. El primer paso en la larga serie de acontecimientos que me devolverían algo que yo había perdido sin saberlo.
Música

Escena teatral (música de Expediente X)

(Narrador. Empieza cuando la música baje un poco) Tenía que descubrir como fuera el misterio que pesaba sobre aquella casa. Y la única manera de hacerlo era entrar de una vez y enfrentarme con lo que habitaba en la oscuridad. Eso que había creído intuir aquella vez tras los cristales.
(A la vez que lee, Daniel se acerca al escenario despacio, aparca la bici, sube el peldaño y se queda delante de la puerta de papel, pintada de verde)
Continúa leyendo: La casa se encontraba en una calle tranquila que no era de paso. Llegué muy temprano y, asegurándome de que no hubiera nadie mirando, emprendí el asalto. (Aquí acaba tu parte por ahora)
(Al mismo tiempo que el narrador lee, D mira hacia todos los lados, asegurándose de que nadie le observa, y luego saca una piedra del bolsillo. Rompe el papel que hace de puerta, —RUIDO DE CRISTALES ROMPIÉNDOSE— deja que los trozos caigan al suelo y camina despacio hacia el fondo del escenario. Se para un momento y mira a su alrededor, como inspeccionando la casa. Luego se da la vuelta, para desandar el camino, y se topa con el señor Antón, que ha llegado hasta el borde del escenario y se ha parado unos pasos delante del escalón. Lleva un bastón.


Los actores en plena función.

(Sr. Antón): —Eh, tú, chico, ¿qué estás haciendo aquí? ¿Has venido a robar?
(Daniel): —Nnn, no, señor —avergonzado—. Estaba... estaba mirando. —Traga saliva y se explica, pero se nota que es mentira—: Pasaba por la calle y vi la puerta abierta...
(Sr. Antón): —¡Y un cuerno! La puerta no estaba abierta, claro que no: he oído el ruido de los cristales hace nada. Le has dado una pedrada, de eso estoy seguro —con severidad.
(Daniel se queda callado, sin saber qué decir. Puede mirar para abajo, restregar un pie en el suelo…)
(Sr. Antón): —¿A esto es a lo que os dedicáis los chicos ahora? ¿A hacer el gamberro? (Y luego, con ironía) Supongo que es más divertido que ir al colegio, que es donde deberías estar si no me equivoco.
(Daniel) —No señor, eso es verdad. Pero no soy ningún gamberro, eso no. (Un poco enfadado): Es la primera vez en mi vida que hago algo así, y ha sido por una buena razón.
(Sr. Antón): —Ah, ¿sí? ¿Y qué razón es esa? Si me permite usted la pregunta —con cierta ironía, pero mirando a Lucas con interés.
(Daniel): —Pues verá usted, me he enterado de que en esta casa hay fantasmas, y he querido entrar y verlo con mis propios ojos para descubrir el misterio y que la casa quede libre. (Más animado): Como en las películas, ya sabe.
(El Sr. Antón no dice nada pero le escucha atentamente. Ya le mira más amable. Daniel habla entonces, bajando un poco la voz con tono de misterio): —En esta casa pasan cosas raras. Yo he visto, incluso, al propio fantasma.
(Sr. Antón): —Claro. Y supongo que hasta habrás hablado con él, ¿no, señor detective de...?
(Suena un golpe y se interrumpe. Los dos miran hacia arriba, como si el ruido viniera de allí. Permanecen parados, junto a la pantalla donde proyectaremos el vídeo. Se acercan los dos entre sí, de pronto más amigos. Entonces en la pantalla se ve una pelota que baja por los peldaños de una escalera, a la vez que suenan los golpes de los rebotes).
ESCENA DE AL FINAL DE LA ESCALERA
(Daniel, susurrando con cierto susto): —Es como en esa peli: «Al final de la escalera».
(Se miran intrigados y luego se vuelven a mirar a la pantalla otra vez.
—Nuevo golpe—. Se asustan y el Sr. Antón coge a Daniel por los hombros, en gesto de protección. Levanta la garrota como si fuera un arma, y dice hacia la oscuridad):
—¿Quién anda ahí?
(Se apagan las luces. Música de Expediente X).
(Fin).

Se encienden las luces y habla el presentador: Rafa González.


Luego entro yo.
Cuando termino, le doy el pie a M. José:
Aprovechando que tenemos aquí a la portadista de la novela, la pintora M. José Perrón, le vamos a pedir que nos cuente cuál ha sido el proceso de la creación de la portada, como ya veréis, muy interesante.
Presentación de M. José, hasta el min. 1. Ahí se apaga la música (dejando las imágenes) para que hable ella.


Siguiente paso: “ruegos y preguntas”. Aperitivo. Y títulos de crédito.


Ahora que la parte "oficial" se ha terminado, llega el turno de la venta de libros, de lo que se ocupará muy profesionalmente la señorita secretaria XD

Y la firma de libros, cómo no :-)


La siguiente función... Hablamos en enero.

lunes, 10 de noviembre de 2014

PARÍS: DÍA 3

Sábado.
         Hoy toca descubrir los rincones escondidos del barrio donde nos alojamos: Le Marais. Cerca de donde se encuentra nuestra casa nos topamos con el Carreau du Temple, un precioso edificio de hierro y cristal que fue mercado en su origen y hoy, rehabilitado, sirve como alojamiento de un mercadillo de ropa de segunda mano, sombreros, accesorios y delicias gastronómicas parisinas. Oh, desilusión, hoy hay algún tipo de evento y no podemos verlo por dentro.

Nos conformaremos con la vista exterior y continuaremos el paseo hasta la Rue du Bretagne, calle cercana y populosa, repleta de comercios y viandantes.




Nuestro paseo nos lleva por varias calles recoletas, hasta llegar junto a la fachada del Museo Picasso. Nuestras hijas sufren un instante de pánico, por si nos ponemos pesaditos y nos da por entrar, pero pronto respiran aliviadas, solo tenemos prevista una "tortura" para la mañana: el Museo Carnavalet.
         Lo que no saben, y nosotros aún tampoco, es que estaremos allí unas dos horas y media, pues hay cantidad de cosas interesantes para ver. El Museo se encuentra en un palacete precioso, de los más antiguos de París, que fue residencia de Madame de Sévigné (conocida dama del siglo XVII que pasaría a la historia por su famoso epistolario, que nos sirve de privilegiado testimonio sobre su época y las gentes que la habitaron), y acabaría por convertirse en el museo que es hoy, donde se recoge la historia de la ciudad de París.





A la salida, y solo a unos pasos, nos detenemos un rato a contemplar la Plaza des Vosgues, un curioso espacio con césped y caminos de arena, delimitado por soportales como el de esta foto.

En el centro una fuente, y alrededor gente descansando o tomándose algo.

Pero a nosotros nos espera otro destino. Un amigo de Miguel le ha recomendado un sitio excelente para comer un buen cuscús. Se trata de Chez Omar, un restaurante que pertenece a un argelino y donde, efectivamente, la comida es de esa que se recuerda.


Tras la comida, tomamos el metro, que nos lleva atravesando el Sena hasta la Gare d'Austerlitz.
         El puente que cruzamos es espectacular.


Ahora que estamos una vez más en el Barrio Latino, queremos ver en primer lugar la Gran Mezquita de París, de estilo hispano-árabe, para lo que debemos atravesar el Jardin des plantes, un precioso parque que reúne una antigua Casa de Fieras, Jardín botánico y escuela, rosaleda e invernaderos.
         La mezquita no nos decepciona. Y eso que para verla nos toca dar unas cuantas vueltas, que no está la cosa muy clara. Ahora, rumbo al Panteón. Pasamos delante de las Arenas de Lutecia, que es lo que queda de un anfiteatro romano, y "aterrizamos" algo después en la Place Sainte-Geneviève. Allí nos sorprende algo inesperado y, cómo no, colosal: la Iglesia de Saint-Étienne-du-Mont. La mayor curiosidad de esta iglesia, y eso que por sí misma tiene para una visita extasiada, sin ninguna duda, es la tribuna calada transversal, casi como si fuera un enrejado de piedra, (jubé, parece que se llama) que separa el cuerpo principal de la iglesia de la cabecera de la misma.
         ¿Y qué se nos ocurre hacer después de esa doble ración  de arte? Pues, lo que está prescrito: en esta ocasión, ir a conocer cómo es un pub inglés en París. Pinta y batidos de chocolate en el Hurling Pub y, ya repuestos, Panteón, que ya toca, y eso que anda con la cabeza vendada y sabemos que no va a ser lo mismo.


En la plaza donde se encuentra podemos ver también las fachadas de las primera Facultades, en este caso la de Derecho.



Bajamos por la Rue St. Jacques y vamos viendo fachadas de otras cuantas Facultades, pertenecientes a La Sorbona, la Universidad de París.




Al final del camino nos espera una visita indispensable, la librería Shakespeare & Company, llena de rincones literarios donde se puede ver, por ejemplo, cómo una espontánea se toca algo al piano, en una de las múltiples y atestadas (literalmente) dependencias.
         Y por fin, dando por acabada la jornada andadora, nos disponemos a cenar. Esta noche tocan Crepes, que vamos a degustar en una bulliciosa terraza justo al lado de otra hermosísima iglesia gótica, la de Saint Séverin.
         Buenas noches, mañana será otro día.

viernes, 7 de noviembre de 2014

Hoy he hecho un amigo.

Bueno, en realidad esto no es del todo exacto. Él ni siquiera sabría que existo. Y por lo que a mí respecta, podría estar muerto o en coma y no supondría ninguna diferencia. Porque creo que las mentes de cada uno de nosotros existen al margen nuestro, una vez han producido sus efectos, han creado algo. Las mentes Son, los productos mentales Son, por sí mismos. Y podemos encontrarlos y conectar con ellos sin necesidad de cruzar una sola palabra.
         Hoy he conocido a Frank Herbert, a la persona, quiero decir, y también al autor. Y le he entregado mi respeto y mi aprecio, y le he sentido cercano a mi manera de entender las cosas.

Dune tribute by Jamga on Deviantart

Hace apenas una semana terminé su novela Dune. Me encantó el Universo que construye y todos los aspectos que van uniéndose, de manera realmente lograda, en la novela, sumando capas dentro y fuera de los personajes. Planteando temas y relacionándolos entre sí. En un foro llegué a comentar que la consideraba una novela exigente en cuanto que precisa por parte del lector de una cierta entrega y unas dosis de atención para abarcar y disfrutar de todos sus niveles.
         Pues bien, hoy, con el segundo y tercer libro en mi poder para continuar con su lectura, he llegado a las notas que el propio autor escribió para "El mesías de Dune", y me he encontrado asintiendo a las palabras de Herbert como si fuera un diálogo con un amigo, mitad descubrimiento, mitad confirmación de mis propias creencias.
         Cuenta Herbert ahí (muy brevemente, y con claridad y sencillez, sin ínfula alguna) cómo fue el proceso de creación de Dune y de los otros dos libros que le siguieron, que ya estaban esbozados en su mente antes de la publicación de Dune. Y dice que, mientras estaba escribiendo Dune no había en su mente espacio para nada más, solo pensaba en escribirlo. La tarea requería una concentración como pocas veces en su vida (tras seis años de investigación previa), porque tenía que interconectar la serie de aspectos que había imaginado para ella:
- Quería explorar el mito del Mesías.
- Contemplar un planeta como una máquina energética.
- Exponer los objetivos, comunes, que tienen siempre la política y la economía.
- Explorar la predicción absoluta del futuro, y sus trabas e imposibilidades.
- Imaginar una droga de la consciencia, la Melange, con sus dones y sus peligros.
- Sería un ambiente extremo, con mortal escasez de agua potable, como analogía de la escasez creciente de petróleo y agua que padecemos en nuestro mundo.
- Tendría una fuerte carga ecológica y sería además un estudio de las preocupaciones y los valores humanos.
         Por supuesto, decir que no le importaba nada más que escribir, mientras creaba, incluye (o más bien excluye) el tema del éxito o el fracaso.
         Los críticos fueron severos con la obra en un primer momento. Más de doce editores, como nos cuenta él mismo, rechazaron su publicación. No hubo publicidad y la distribución fue muy escasa.
         Sin embargo, el éxito habría de llegar, aunque fuera lentamente. Un éxito espectacular, ante el cuál Frank Herbert siempre se declaró sorprendido. "No lo esperaba", nos dice conmovedoramente, en mi opinión. "Ni tampoco el fracaso. Era un trabajo y lo hice".
         Es decir, él contó lo que quería contar. Se esforzó por que fuera un trabajo bien hecho y que transmitiera lo que él quería transmitir. Siempre pendiente de su verdadero objetivo:
         "Hay un convenio no escrito entre tú y el lector. Si alguien entra en una librería y se gasta un dinero (energía) duramente ganado en tu libro, le debes a esa persona un cierto entretenimiento, tanto como puedas proporcionarle".
         Ahí estoy yo, exactamente como el amigo Frank Herbert. Y me permito añadir: Le debes a esa persona honestidad, un trozo de ti. Tienes una deuda con ambos: abrir entre tú y él, entre tu mente y la suya, un canal directo. Por si le apetece cruzarlo alguna vez.

*** Frank Herbert murió en el año 1986. Dune fue publicada en 1965, antes de que yo hubiera nacido. Pero como dije al principio, eso no importa. No importa el momento en que encuentras algo o a alguien. Porque a veces las cosas trascienden el tiempo y a nosotros mismos. Seguro que mi amigo Frank anda aún haciendo ecología por esos mundos desérticos de Arrakis (o Dune), empeñado una vez más en convertirlos en paraísos.

jueves, 30 de octubre de 2014

PARÍS: DÍA 2

Empezamos con el prometido desayuno, que el día se presentaba completito y había que hacer acopio de azúcar XD. Metro hasta los Campos Elíseos, para reservar fuerzas.

El arco del triunfo al fondo
Place Clemenceau


Caminando por el inmenso paseo llegamos hasta la Place Clemenceau, desde donde arranca una avenida que pasa entre el Petit Palais y el Grand Palais, construidos ambos para la Exposición Universal de 1900.












Viendo lo que llaman Palacio "pequeño" ya puede hacerse uno una idea de qué dimensiones manejan los parisinos en cuestión de edificios.


Petite Palais
Desde allí tuvimos nuestra primera visión de la Torre Eiffel, junto al puente magnífico de Alejandro III, uno de los más opulentos de cuantos se tienden sobre el Sena. La primera piedra de su construcción fue colocada por el Zar Nicolás II, conmemorando la alianza franco-rusa.



Puente de Alejandro III

De vuelta a los Campos Elíseos, alcanzamos el siguiente objetivo: la Plaza de la Concordia, donde termina esta enorme arteria, la avenida más larga de París, que comienza en el Arco del Triunfo. La plaza de la Concordia fue concebida en honor de Luis XV, luego albergó la guillotina durante los tiempos de la Revolución, para finalmente ser nombrada de la Concordia, celebrando con ello el fin del Terror. El obelisco que se erige en su centro procede de Luxor, y fue donado a Francia por Mehmet Alí, que era entonces gobernador de Egipto, en nombre del Sultán otomano.

A esas alturas estábamos convencidos de estar viendo la parte más mastodóntica de la ciudad, monumental ya de por sí. Cada edificio parecía superar al anterior, cada plaza, cada espacio abierto, ser aún mayor que el último que habíamos visitado. Era una escalada continua. Tanto como para preguntarse como en La chica del 17: pero esta gente, ¿de dónde saca, p'a tanto como destaca? XDD
         Tras la Concordia se encuentran los jardines de las Tullerías, donde aprovechamos para descansar un poco, en unas graciosas tumbonas que hay colocadas todo alrededor del estanque. Había salido el sol y el día invitaba a la pereza.

Tullerías, con el estanque y el museo de L'Orangerie al fondo.
Allí teníamos prevista una cita con Monet, en el museo de L'Orangerie, que se encuentra en lo que fue un invernadero de naranjos, y alberga las renombradas pinturas de Monet, "Les Nymphéas", los Nenúfares; en una sala ovalada concebida específicamente para ese fin según instrucciones del propio artista. La impresión es curiosa, porque da la sensación de estar viendo la misma escena sometida al paso del tiempo, con las sutiles diferencias de luz y de color que proporcionarían las horas del día.
         En el museo se pueden ver también obras significativas de otros pintores impresionistas y post impresionistas. Personalmente, me llamó mucho la atención la obra de Maurice Utrillo, hijo de la pintora Suzanne Valadon, que retrató en sus oscuras pinturas el ambiente de Monmartre en el que vivió. Las biografías de madre e hijo son de estudio :-)
         Y en mi búsqueda perpetua de mujeres artistas, me fijé también en Marie Laurencin, otra pintora de la época cuya obra es sin embargo distinta a todas las que le rodearon. Pinta siempre, con raras excepciones, mujeres. De piel blanca e insondables ojos fremen (estoy leyendo Dune, aviso). Etéreas y eternas. 

Hora de comer. Para ello nos aventuramos por el distrito del Louvre, rumbo a La Madeleine. Hicimos una comida rápida al lado mismo, y cotilleamos un poco las tiendas tan coquetas de los alrededores.


Luego visitamos esa macro iglesia, mandada hacer por Napoleón, aunque fuera para servir a otros fines, que lleva por nombre la Madeleine. Todo lo que impulsó este hombre tenía por objeto la magnificencia, el tamaño (supongo muy importante para un hombre de escasa talla física pero con aspiraciones y logros de emperador) y el servicio al recuerdo imborrable de su gloria. La Madeleine no podía ser menos. Y hay que reconocer que el gran corso consiguió su objetivo: impresionar, impresiona. Y mucho.





Desde allí se puede contemplar, al fondo, la plaza de la Concordia, con el obelisco en el centro y el Ministerio de Marina detrás. Impresionante, ¿eh? Antes de abandonar la zona queríamos recorrer un poco la famosa Rue St. Honoré, la de las tiendas de moda más famosas, y la Plaza Vendome, donde se encuentra el Hotel Ritz. Lamentablemente, el obelisco que se encuentra en ella aparecía "embalsamado", cubierto de andamios y cuerdas, con lo que la plaza parecía una dama a medio arreglar y, no queriendo ofender su pudor, echamos solo un rápido vistazo y nos fuimos a otra cosa, mariposa.


Bien, se anticipaba otro "momentazo" parisino, porque ahora, de vuelta a las Tullerías, íbamos a tener la primera y gloriosa vista frontal del Louvre y la polémica pirámide de cristal. Ya te va advirtiendo el Arco de Triunfo du Carrousel, que se encuentra poco antes.


Pero, por más que hayas llegado a imaginar el momento el impacto es igual de fuerte cuando, antes de cruzar la calle, y obviando en tu mente las vallas que la separan, ves ante ti la maravilla de edificio que protagoniza tantas fotos. Sobre el ¿a favor o en contra de la pirámide?, que por lo visto dividió a los parisinos cuando fue erigida, allá por 1989, mi respuesta: DECIDIDAMENTE A FAVOR. Simplemente, me encanta.





Pero vámonos ahora de allí, que la tarde aún da de sí y se nos ha ocurrido la peregrina idea de que tenemos que ver el Louvre iluminado, así que habrá que volver esta noche. Siguiente parada: St. Germain des Prés. Y de camino, preciosos rincones como estos:

Interior de Saint Germain des Pres.

No olvidemos lo literario, paradita en el Cafe de Flore, donde se reunían Sartre, Beauvoir y sus compinches.

¿Dónde nos dirigimos ahora? Pista: esto es San Sulpice y nos estamos alejando del río.


Pues a los jardines de Luxemburgo, dónde si no XD Llegamos con la lengua fuera y cerca de la hora de cierre (como españoles que somos, no podíamos imaginar que un parque cerrara tan pronto. ¡Pero si es pleno día!). Ah, pero cada cuál sabe sus cosas. Al poco de abandonarlo (y lograr cazar al vuelo un autobús) el sol se marcha a dormir al Sena.


Y es entonces cuando cumplimos nuestro sueño.



Con la inmensa (e inesperada) fortuna de que se nos ha concedido un momento de esos mágicos que uno tiene que ir coleccionando en la vida, más valiosos por extraños. Ya antes de verlo, escuchamos las notas dolientes de su violonchelo, que le prestan al escenario una cualidad de leyenda. Después de esto, uno se va a dormir sintiéndose tocado por los dioses.