miércoles, 23 de abril de 2014

Los desposeídos

Úrsula K. Le Guin

Leído. Y disfrutado. De un modo extraño, quizá, porque si bien es un libro realmente ameno no es de esos en los que entras del tirón y te das un cómodo paseo. El libro es denso en cuestión de contenido, lo que para mí, lejos de ser un defecto, es un delicioso aliciente casi siempre. Y durante las primeras páginas no tenía muy claro qué esperar de él, porque no acababa de conectar y meterme de lleno. No es que no tenga acción desde el principio, de hecho la novela arranca con una escena donde se narra la llegada de una nave y el traslado de un individuo. Tampoco hay descripciones excesivas. Es más bien que te va soltando datos o pistas poco a poco para que unas los cabos y empieces a enterarte de lo que cuenta. Puede que sea eso lo que te mantiene a cierta distancia, antes de adentrarte en la trama e identificarte con los personajes. Claro, mientras no tienen una identidad definida solo son esbozos, no "personas de carne y hueso".
         Es lo mismo que me pasa con las novelas que he leído de Connie Willis, que luego me encantan... una vez que logro adaptarme a su ritmo y conecto con ellas. Y recuerdo otros dos ejemplos con otra autora, Liza Marklund, esta vez de novela negra. En los dos libros suyos que leí me costó mucho pasar de las primeras páginas, al punto que estaba convencida de que esas novelas no eran para mí. Y luego, no sé exactamente en qué punto, se convirtieron en lectura adictiva. 

Pero volvamos a Los desposeídos. La redefinición de todas las estructuras, desde la familia, la pareja, la escuela, el trabajo y los medios de producción, las agrupaciones sociales... De eso se trata en esta novela que utiliza la ciencia ficción para plantear un verdadero estudio de la sociedad humana y los modelos contrapuestos de anarquismo y capitalismo.
Hay dos planetas cercanos, Urras y Anarres, cada uno considerado por el otro su propia luna.

Urras y Anarres - by FreakAngel56
Poco a poco se va descubriendo que los habitantes de Anarres son exiliados de Urras, que en un momento del pasado se rebelaron contra el sistema imperante en el otro planeta y decidieron emigrar y fundar una colonia, regida por principios anarquistas, fundados en los escritos de una pensadora ya muerta, llamada Odo.
         Tampoco todo es jauja en Anarres, porque aunque han conseguido un modelo de sociedad mucho más justa que la que abandonaron, basada en la solidaridad y la austeridad; igual que sucede en cualquier estructura humana hay defectos y déficits, problemas inherentes a nuestra condición, pues las emociones y los instintos básicos son siempre los mismos. Y nuestro protagonista, Shevek, se siente incomprendido y coartado por sus congéneres, por la sociedad presente que le rodea, que él considera una degeneración de los primitivos principios originales con que se fundó. Siente en peligro la individualidad y también cómo la supervivencia ha llevado a inclinar excesivamente la balanza hacia los temas prácticos, o que tengan esa utilidad, en detrimento del pensamiento puro y la creatividad, indispensables para la evolución.
         Una vez más vemos que el problema no es la idea en sí, es la forma en que esta se plasma y evoluciona, se hace real y, de paso, se hace distinta al pensamiento original.
         La experiencia de Urras es por completo distinta, un mundo donde existen los bienes personales, el concepto de naciones, el poder del fuerte... Es un mundo, además, eminentemente masculino, donde la mujer vive relegada a ser un objeto decorativo y a ejercer su poder, en el mejor de los casos, a través del hombre sobre el que consigue influencia. El afecto y el sexo son monedas de cambio para obtener fines. Las jerarquías están muy definidas y son inamovibles. Urras sirve perfectamente la función de contrastar gráficamente ambos modelos, y tiene también un papel importante en la evolución interna del protagonista, muy bien plasmada durante toda la novela.

EN RESUMEN, una novela altamente recomendable.

miércoles, 9 de abril de 2014

Descubrimientos...

Gracias a un colega escritor, Daniel G. Castro, que sabe de mi interés por investigar poco a poco todo lo relacionado con la literatura escrita por mujeres, ayer conocí esta noticia:
Charla en Vitoria: Escritoras de ciencia ficción.

Me parece un coloquio muy interesante cuyo objetivo, según el mismo ponente, se justifica por la necesidad de conocer una forma diferente de narrativa, que añade y suma un ambiente especial de sensibilidad a la hora de contarnos historias. En el género literario de la ciencia ficción, tenemos una variedad de escritoras de grandísima calidad a nivel mundial que es imprescindible destacar a la hora de elegir las novelas que vamos a leer.

La autora que destaca en primer lugar es la norteamericana Lois McMaster Bujold, una dama a la que confieso no conocía, pero de quien ya me he hecho con un libro: Paladín de almas, su primera incursión en el género fantástico. Ya os contaré qué me ha parecido.








Lois McMaster Bujold (2 de noviembre de 1949), escritora de ciencia ficción y fantasía, nacida en Columbus, Ohio.

(Vía Wikipedia) Licenciada en Literatura Inglesa, se lanzó a escribir en 1982, buscando una salida profesional cuando su familia pasaba por un mal momento económico. El resultado son las tres primeras novelas de la serie de Miles Vorkosigan, publicadas simultáneamente en 1986, que le harían saltar a la fama en el panorama de la ciencia ficción.
Sobre su estilo se han escrito cosas contradictorias. Para algunos, Bujold destaca por la fluidez de su narrativa y por la capacidad para dotar de carisma y riqueza psicológica a sus personajes, mientras que otro sector de la crítica repudia su excesiva simplicidad argumental. Inicialmente los éxitos de la escritora vinieron por parte del público, y no de la prensa especializada, aunque con el tiempo ésta ha reconocido también sus méritos, con premios como el Nébula, Hugo y Locus.

Y ya que estaba...
Me he hecho también con otro libro, de una autora de la que llevo mucho oyendo hablar, siempre bien, aunque hay quien la encuentra quizás un poco densa. Se trata de 


Úrsula K. Le Guin (21 de octubre de 1929), escritora californiana que ha publicado obras dentro de numerosos géneros, principalmente ciencia ficción y fantasía, aunque también ha escrito poesía, libros infantiles y ensayos.

(También Wiki) Debe su fama al numeroso caudal de libros y cuentos de ciencia ficción y fantasía publicados a lo largo de su dilatada carrera y ha sido galardonada con varios premios Hugo y Nébula. Fue la primera mujer galardonada con el título de Gran Maestra por la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de USA (SFWA). Se considera a si misma como una mujer feminista y taoísta y en sus novelas aparecen a menudo ideas anarquistas.
En cuanto a estilo como escritora: gran parte de la obra de ciencia ficción de Le Guin se distingue por su interés en las ciencias sociales, entre ellas la sociología y la antropología. Sus obras suelen explorar aspectos inusuales de las culturas alienígenas que presentan mensajes y reflexiones sobre nuestra propia cultura. Es en este sentido que algunos califican su obra de ciencia ficción como blanda, frente a las corrientes mucho más materialistas y fisicistas que se suelen calificar como ciencia ficción dura.
Su capacidad para crear mundos creíbles poblados por personajes profundamente humanos (con independencia de que puedan ser calificados técnicamente como tales) es bien conocida.



 Aquí la autora













Y aquí el libro con el que voy a empezar a conocerla

viernes, 4 de abril de 2014

Mujeres que se escriben

Hoy nuestra estrella invitada es la escritora  madrileña Luisa Fernández, autora de la novela de fantasía Alcander  (Ediciones Tagus 2013). Es asesora, correctora de estilo y monitora de taller de relato avanzado. Sus relatos han obtenido diferentes premios y menciones en certámenes como “Ciudad Getafe, 2009” o “María Moliner, 2010”. Ha colaborado en numerosas antologías.




LCE -Muy buenos días. ¿Preparada para convertirte en la siguiente víctima de la sección?
LF –Buenos días. Preparada.
LCE –Hoy indagaremos en los gustos y aficiones literarias de la autora Luisa Fernández, que ha aceptado muy amablemente participar en el blog y ofrecernos una muestra de su trabajo. Empecemos pues con la primera pregunta de rigor: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?
LF –Porque me encanta. Un buen día me dije que ya era hora de escribir una novela y así lo hice. Pero a las pocas páginas decidí apuntarme a un taller gratuito de escritura creativa. Me faltaba método. Y ahí seguimos después de mueve años y un montón de clases a cuestas.
LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
LF – Es un juego de equilibrio con el lenguaje. Rico, descriptivo, pero accesible.  Y sí, ha variado mucho con los años y el aprendizaje.  
LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer?  Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
LF –No, que yo sepa.
LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
LF –No.
LCE – Y ahora cambiemos de tercio: ¿Qué género literario prefieres?  ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?
LF–Me decanto por el costumbrismo y la ficción histórica, pero siempre dentro de mis parámetros particulares; o sea, que tenga una buena dosis de misterio y suspense. También me tira mucho el Thriller forense, y si tiene tintes históricos mejor.  No me gusta que me encuadren. Escribo lo que me apetece.
LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
LF –Mis objetivos son los mismos que cuando empecé a escribir: llegar al lector. Intentar que mis novelas vean la luz del mejor modo posible sin morir en el intento  (risas).
LCE - ¿Algo más que quieras contarnos?
LF –Bueno, pues quisiera animar tanto a  lectores como editoriales a que den más oportunidades a los noveles patrios; esos autores con potencial que intentamos emerger a  espaldas de un mercado tradicional que cada vez crece menos y peor. Hay que sacudirse las pulgas y atreverse con lo nuevo. Nadie nace grande. Crecer forma parte del camino.
Y, por último, quisiera daros las gracias por entrevistarme. Lo he pasado genial.
LCE - Gracias a ti. Siempre es un placer conversar con los autores y poder charlar de literatura ;-) ¿Querrías ahora presentarnos tu relato?
LF –De mil amores. Labios de adormidera es un relato policiaco. En él se explora la psique del suicida. El difícil juego entre la criminalística y la intuición. Ciencia e instinto se aúnan para hallar el leitmotiv. Para escribirlo tomé como referencia la figura de “el perdedor” partiendo de la conocida anécdota que Chéjov escribió en su cuaderno de notas: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a su casa y se suicida”. Espero que os guste.   

Labios de adormidera

Luisa Fernández



La peste era bestial y el zumbido de las moscas insoportable. El intenso calor ayudaba a ello. Los escuadrones de la muerte son los primeros en llegar a la escena del crimen. Poseen una alarma para detectar a los fiambres. Tras equiparnos y rechazar la mascarilla que me ofrecía Estrada, entramos a la vivienda. Nos sorprendimos por la cantidad de billetes de quinientos euros esparcidos por el suelo; un sendero que recorría el largo pasillo de entrada hasta el estudio de pintura. Terminaba en una montaña humana bañada de malvas. El cadáver se había quedado de rodillas, vencido sobre su lado derecho. Estaba desnudo. Presentaba una herida transversal en el abdomen y otra en vertical hacia el esternón. El sable corto yacía junto a su mano izquierda. Aquel metal era el único testigo del lugar de los hechos; el causante de dos palmos de tajo y del charco de sangre que nos esforzábamos en no pisar. Sobre su superficie flotaban pétalos marchitos y fichas del casino. Parte de los intestinos reposaban en la bandeja que el finado sujetaba entre las rodillas. Me pareció inconcebible teniendo en cuenta su larga agonía antes de morir. Costaba creer que un ser humano conservara la compostura en tales circunstancias sin apenas moverse.
¿Quién coño se suicida después de ganar un montón de pasta? arguyó Estrada. 
Ordoñez, el experto en simbología, se apresuró a mostrarme un billete. En ambas caras pude leer: «Ella es mi dueña». 
No era la única frase que se repetía hasta la extenuación, había versos escritos por las paredes, en el suelo, en el techo: «Y amar es herir, es trasnochar en tu herida y humedecer con la sangre mis labios de adormidera.»
La prueba con luminol dio positivo. 
Procedí al examen del cadáver. 
Calculé que rondaría los treinta años. A pesar de que el rigor mortis había remitido, su rostro conservaba una expresión de pánico; como si en el último momento se hubiese arrepentido de poner fin a su vida. Los ojos estaban ligeramente hundidos y el iris era un borrón opaco. La mancha verde se extendía ya hasta los pectorales y de sus oídos rezumaba la cadaverina. Tenía exóticos tatuajes en ambos bíceps y en la cara interna de los muslos. Aunque lo que más llamó mi atención fue la estrangulación que exhibía en la raíz del pene, realizada con hebras de cabello. No presentaba necrosis pero sí un importante edema. El caso hubiera hecho las delicias de cualquier especialista en urología.
Observé una línea rojiza en el cuello y marcas de ligaduras en muñecas y tobillos. También quemaduras de diverso tamaño por el cuerpo.
Tomé notas mentales del tiempo estimado de su muerte. Cuatro o cinco días. Era solo orientativo. Seguramente el asfixiante calor aceleró el proceso de putrefacción y mi rápido dictamen tendría que completarse con la autopsia. 
¿Quién se clava en las tripas un sable después de follar con una diosa? escuché decir a mi espalda al tiempo que Estrada me alargaba varias polaroid que acababa de encontrar amontonadas en un rincón. La fecha aparecía en negrita en una de las esquinas. Fueron tomadas siete días antes.
En ellas aparecían aquel pobre diablo y una mujer. Lo único que llevaba encima era una extraña careta y unas botas de tacón de aguja, altas hasta los muslos. Le pisaba la cara, mientras que con un cordón de cuero intentaba estrangularlo.
Me quedó claro que todo formaba parte de un juego sexual previo al suicidio. Siervo y ama se deleitaban salvajemente. Visualicé varias fotos de fechas anteriores. El affaire duró más de cinco años. En ninguna de ellas se esclarecía la identidad de la femme fatale. Siempre aparecía con la cara tapada, pero tenía un precioso cabello rojizo que le llegaba a la cintura y una silueta fascinante.
Es una máscara de teatro kabuki me explicó Ordoñez. Representa a un Oni, una criatura demoniaca de la mitología japonesa. Puede guardar relación con el seppuko, llamado vulgarmente hara-kiri. El suicida quiso, de alguna manera, restablecer su honor. Utilizó un tantō  para abrirse el vientre y una bandeja para contener los intestinos. Tampoco pasó por alto el poema que los samuráis escribían en su abanico de guerra, aunque no lo haya escrito en el sitio correcto. Llevó a cabo casi todo el protocolo exigido en el rito. Quedaría saber si hubo alguien que contemplara el sacrificio, pues debe ser realizado en un lugar público, ante testigos y con un hombre de su confianza para ayudarlo a morir. También cometió otro error: la dirección del primer corte; de izquierda a derecha y no a la inversa. Se aprecia en la profundidad inicial de la herida.
Era zurdo y estaba solo atajé.
Decidí echar un vistazo por el estudio. Me ayudaría a indagar sobre el origen del suicidio. Sus causas. Su anatomía.
Los lienzos colgaban anárquicamente por doquier y tapizaban gran parte del suelo cercano a la amplia cristalera. Eran retratos al oleo de una muchacha de rasgos orientales. Parecían seguir una extraña secuencia que imprimía movimiento a la figura, como fotogramas en orden cronológico. Según mi opinión, el artista había intentado plasmar en la modelo una enigmática sonrisa de gioconda o de geisha, pero me sugirió más una exótica criatura sacada de un cartelón de Toulouse-Lautrec. Había algo anacrónico en su mirada. Un misticismo imposible. Estaban llenos de brochazos oscuros.
Son excrementos humanos apuntó Ordoñez.
Enarqué una ceja.
Varias prendas femeninas descansaban sobre la cama y por el suelo. Tuve que hacer verdaderos malabarismos para no pisar nada. El reguero de enseres terminaba en el cuarto de baño, donde docenas de velas consumidas se apiñaban en torno a una tina llena de agua y flores de loto.
La voz en of de Ordoñez prosiguió dándome sus impresiones.
 Todo el taller en sí mismo es un altar de sacrificios erigido en honor de algún dios perdido en la memoria de los paganos o puede que la antesala al mismísimo inframundo, cuyo precio de entrada fue la inmolación del sujeto. Qué mayor sacrificio que despojarse de las riquezas materiales y poner fin a la propia vida para ganarse el beneplácito de dioses o diablos, restaurando así el honor quebrantado. Por otra parte, los excrementos son el deseo del artista de alcanzar la inmortalidad. Las flores también podrían asociarse a ello. Su color blanco significa pureza, renovación, nacimiento...
Sonreí. No. No lo hice con indulgencia, sus conclusiones no carecían de lógica, pero no pude evitar mascullar sobre lo ambiguo de ciertos simbolismos ligados a la defecación y al arte conceptual. La mierda seguía siendo mierda aunque nos las sirvieran enlatada y un cuadrado negro sobre fondo blanco era solo eso: un puñetero cuadrado negro.
Tu mente analítica te impide ver la belleza –me dijo mordazmente Estrada, lanzando una pulla a nuestro compañero que, como de costumbre, ni se inmutó. 
Salimos del cuarto de baño y volví a inspeccionar la zona del dormitorio. Mis ojos recorrieron la estancia buscando algo que no alcanzaba a ver. No. No era la belleza. Era más simple que todo eso. No encontraba la anatomía del suicidio; el cuerpo del delito.
En la pared del fondo y en el suelo había varios tapices antiguos y un altar con una figurilla central. Los inciensos se habían consumido, solo las lamparillas de aceite seguían brillando ajenas al horror. A mí me parecieron testigos mudos, desenhebrados de la realidad.
Es un bodhisattva apuntó, creo que se trata de Guān Yīn, «El que oye los lamentos del mundo».
Di unos pasos hasta detenerme en el centro del altar. Noté un cambio extraño en el pavimento. Lo comprobé con unos pisotones y pedí ayuda a Estrada para levantar la alfombra. Había una trampilla. Tiré de la argolla y pedí luz a uno de los agentes que pululaban tomando pruebas. El haz de la linterna dejó al descubierto unas precarias escaleras de metal. Era más un zulo que un sótano en sí. Estaba lleno de trastos y el hedor era tan nauseabundo que demandé con urgencia una mascarilla. Algunos agentes más acudieron a mi reclamo. 
Un rastro de coleópteros nos dio la situación exacta de la procedencia de la fetidez. Se trataba de un baúl de grandes dimensiones con taraceas en marfil.
Al abrirlo, una vaharada de moscas inició un errático vuelo. Tras disiparse, pudimos contemplar un cadáver en posición fetal cubierto con una sábana de raso blanco. Su cabeza descansaba sobre un almohadón, como si el reducido cubil fuese la cuna de un recién nacido.
Costaba reconocer en aquel cuerpo hinchado y mordido por las ratas a la bellísima mujer del cuadro. Su boca, las fosas nasales, sus lagrimales… servían de nido para las larvas. Tenía una enorme tajadura en el cuello.
Las imprecaciones de la brigada se dejaron sentir como la plegaria de un pecador en el desierto. Imposible no sentirse sobrecogido. Los flashes de los analistas lo llenaron todo. A cada destello, la piel de la muchacha tomaba matices escalofriantes.
Quien metió su cuerpo aquí sentía afecto por ella dijo Ordoñez. Es como si durmiera. La posición fetal es un claro indicativo. Hay una huida hacia el seno materno, una búsqueda de paz, de cobijo…
Asentí. Ahí lo había clavado.
Me centré en la herida de la garganta. Estimé que no fue ella quien se seccionó la carótida. El corte era limpio y certero. Los suicidas tienden a ser bruscos. Se desgarran con demasiada fuerza presas de un impulso desmañado; temiendo no ser lo suficientemente contundentes en su intento y causándose verdaderos destrozos. Dada la profundidad y trayectoria, el asesino en cuestión era zurdo. El estado de putrefacción del cuerpo y la evolución de las larvas, me indicaban que había muerto antes que el pintor. Tal vez con una diferencia de 48 horas. 
Dejé a los analistas recogiendo muestras. Para mí aquel ya era un caso cerrado. Ordoñez y Estrada me fueron a la zaga.
Ambos me miraron interrogantes. Querían mi veredicto.
Ella se cansó de su juguete y él no pudo soportarlo respondí.
Sus gestos no variaron un ápice. Querían los detalles escabrosos.
Hay rehenes que se niegan a ser liberados aclaré. Siervos que no son nada sin sus amos. Pero no hay que equivocar jamás ser sumiso con la falta total de narcisismo. Un sumiso sexual, repudiado en la vida real puede «liberar» al peor de los depredadores. Cambian su rol y despellejarán sin piedad al que fue su dueño. Una vez pasado el shock emocional y el vacío que queda tras la pérdida, llegarán la reflexión, el arrepentimiento y la falta de motivación para continuar viviendo. La vida de nuestro artista carecía de sentido sin su leitmotiv. El hara-kiri solo fue un medio para seguir a su ama en la muerte, más que para limpiar su honor. Se reunió con su dueña y señora.
Ordoñez meditó unos segundos antes de chasquear los dedos. Asintió con vehemencia. 
Es un oibara… El samurái sigue a su amo feudal en la muerte. El rol de ejecutor se invirtió tras asesinarla y pasó a ser de nuevo siervo.
O sea arguyó Estrada, resumiendo y en cristiano: que a ella le importó una mierda que él acabara de ganar una millonada en el casino. Quería abandonarlo. Es un crimen pasional, vaya.  
Asesinato seguido de suicidio puntualizó nuestro quisquilloso compañero.
Mientras saludábamos al juez que acababa de llegar para ordenar el levantamiento de los cadáveres, pensé que, en el fondo, todos tenemos algo de románticos y aquello de que el amor ni se compra ni se vende, todavía quedaba genial en este jodido mundo. Eso sí, con el fundido en negro de una película muda. Nunca estaba de más ser artístico.  



© Luisa Fernández

martes, 1 de abril de 2014

El carisma


Me gusta el baloncesto, sobre todo el patrio. Y desde luego soy Demente, seguidora del Estudiantes (el mejor equipo de baloncesto, para quien no lo sepa XDD). Para quien siga la liga no es ningún secreto que llevamos unos cuantos años malos; hace dos, de hecho, descendimos. Nos salvamos de milagro y por motivos económicos, cosa que no alegró mucho a los aficionados, porque bajar a la LEB era duro, pero no bajar por causas ajenas a nosotros era injusto.
         Esta temporada seguimos en la misma tónica, si no algo peor. Cada vez fidelizamos menos jugadores, plantilla y entrenadores rotan, vendemos a cualquiera que parezca descollar y hemos cambiado de cancha con demasiada frecuencia. El resultado es el enorme desencanto que arrastramos muchos de los aficionados, que convierte en un esfuerzo inmerecido el simple hecho de asistir a los partidos, cosa que en cualquier otro caso era una fiesta.
         El domingo ganamos, pero lo más importante es que fue un gran partido, entretenido y con muchas buenas jugadas. Y la afición respondió como acostumbra. Si a poco que nos dan...



Fue además el primer partido de la temporada en que yo veía jugar a Lucas Nogueira, y en cuanto salió a pista ya estableció una diferencia. Y entonces yo pensé por primera vez en el carisma. Eso que tienen algunos jugadores, que resulta difícil de explicar pero que uno percibe casi de un solo vistazo. Nogueira tiene carisma.
         Luego, y pese a que el base lo estaba haciendo bastante bien, me encontré pensando en otro base legendario: Nacho Azofra, echando en falta ese desparpajo suyo a la hora de jugar, ese disfrute, ese "algo" que sabía despertar en la cancha y esa complicidad con la afición. Azofra también tenía carisma.
         Y empecé a preguntarme en qué consistiría aquello, y si realmente, siendo tan difícilmente definible, tan difuso, podía tener alguna relevancia real en el resultado de algo.
         No hace falta que se sea el mejor jugador, ni el más simpático, ni el más motivado. No hace falta destacar por un gran atractivo físico y ni siquiera llamar la atención por ser especial o diferente. Pero esa gente de algún modo brilla. Engancha con el personal, despierta atracción, motiva a los demás, los enardece y, en algunos casos, consigue sacar lo mejor de ellos.

Pasar de ahí al tema literario fue para mí cosa de un pequeño salto (de esos a los que soy tan propensa). Así que recordé un artículo que escribió alguien sobre cómo la emoción puede influirnos a la hora de comprar libros. Y cómo otro alguien (en este caso recuerdo el nombre: se trataba de Manuel Mijé, escritor y excelente discutidor, autor de interesantes artículos en torno a temas literarios. Y recuerdo también que era a cuenta de lo sucedido con Lucía Etxevarría); decía que en su percepción de la escritura nunca tendría en cuenta factores extra-literarios.
         Pues bien, mi reflexión me llevaba a otro sitio esta vez. Es cierto que veo difícil que yo compre algo porque me caiga bien un autor, si no sé que su estilo va conmigo. Pero tal vez lo lea si cae en mis manos, tal vez le dé al menos esa oportunidad. Lo que es seguro en cambio es que si un escritor me cae mal no voy a comprar nada suyo, ni lo leeré, ni le daré publicidad. Hay escritores a los que directamente no soporto, les oigo hablar, leo entrevistas suyas, etc. y quedan automáticamente anatemizados.
         ¿Factores emocionales de nuevo? No necesariamente. O mejor, no solo. Porque si contemplas, como yo, que el acto de la escritura consiste en proyectar el mundo interno de uno, se hace lógico, se hace incluso esencial, que encuentres agradable a la persona, y sus valores o creencias, para encontrar agradable o significativo lo que escribe.
         Supongo por otra parte que, igual que sucede con lo que transmite el lenguaje no verbal, uno no puede impostar algo así. Porque si no, se nota. Creo que el carisma no se "fabrica", aunque creo que sí puede cultivarse. Quizá sea triste entonces que un autor llegue a ser apreciado en alguna parte, por pequeña que sea, por quien es y no solo por lo que escribe, por esos factores extra-literarios que mencionábamos. Pero eso sería pelearnos con la propia condición humana. Somos lo que somos, en una parte emocionales e irracionales. Y eso está bien. Creo que la verdadera cuestión entonces es hacernos conscientes de ello, llegar a ser capaces de separar lo que tienen nuestras valoraciones de juicio objetivo y lo que implican de factores personales y subjetivos.

jueves, 27 de marzo de 2014

La Ilustración en España II

El reinado de Felipe V (1700-1746)

Contemplemos ahora estos "años ilustrados" divididos en períodos más pequeños, siguiendo para ello el hilo de los distintos reyes que tuvo España. Veamos cuál era el talante gobernador de estos monarcas y cómo pudieron influir en el "comportamiento" futuro del país.
         Tenemos, para empezar, a Felipe V, un rey que llega a España con diecisiete años y a la sombra (alargada) de su abuelo Luis XIV.


 “España ofrece su corona a Felipe de Francia, duque de Anjou, en presencia del Cardenal Portocarrero “, Henry A. Favanne.
¿Cómo empieza Felipe su reinado en España? Pues de forma habitual en lo que a la política se refiere: con una guerra. Y transformando una monarquía compuesta en monarquía centralista. Todo ello ejerciendo de figurante a las órdenes del abuelito, que era quien realmente movía los hilos, siempre al servicio de Francia. El resto lo pasó nuestro rey inmerso en gran parte en sucesivas depresiones, lo que le haría abdicar bastante impulsivamente en su hijo Luis en 1724 (que solo gobernaría ocho meses, ya que tuvo una temprana muerte), retomar luego el gobierno, dejar el estado en manos de su segunda mujer, la reina Isabel de Farnesio, y sus ministros y morirse para ser sucedido por su hijo Fernando VI.

GUERRA DE SUCESIÓN ESPAÑOLA (1701-1713): Fue una guerra internacional y también una guerra civil, entre borbónicos y austracistas. O de otra manera, entre los partidarios del nuevo rey y los del Archiduque Carlos de Habsburgo. La guerra concluyó con la firma del Tratado de Utrecht en 1713, que estipulaba lo siguiente:
         · Felipe V era reconocido por las potencias europeas como Rey de España pero renunciaba a cualquier posible derecho a la corona francesa.
         · Los Países Bajos españoles y los territorios italianos (Nápoles y Cerdeña) pasan a Austria. El reino de Saboya se anexiona la isla de Sicilia.
         · Inglaterra obtiene Gibraltar, Menorca y el navío de permiso (derecho limitado a comerciar con las Indias españolas) y el asiento de negros (permiso para comerciar con esclavos en las Indias).
A su llegada a España Felipe V había sido recibido, al menos en Madrid, con el entusiasmo propio de quienes esperaban que trajera una auténtica renovación, tras el estancamiento y decadencia de la dinastía de los Austria. Pero las esperanzas de estos optimistas se verán pronto truncadas: el rey instaura en el país una monarquía al estilo de la francesa, centralista y uniformista, acabando con la monarquía compuesta** de los Austrias de los dos siglos anteriores.
**Esta reforma va a ser algo muy a tener en cuenta después, a la hora de explicar algunos aspectos clave de la idiosincrasia española en lo que atañe a la organización territorial, y los aires de independencia que han soplado desde entonces.
         ¿Qué es una monarquía compuesta?
         Es la monarquía caracterizada por el hecho de constituir un conjunto de “Reinos, Estados y Señoríos” bajo un mismo monarca pero manteniendo su identidad institucional y legal.
         En palabras de Juan de Solórzano Pereira (tratadista político castellano del siglo XVII): «Son aquellas monarquías integradas por diversos reinos y estados unidos bajo la fórmula de “unión diferenciada”, lo que significaba que los reinos se han de regir y gobernar como si el rey que los tiene juntos, lo fuera solamente de cada uno de ellos».
         Uno de los más claros ejemplos es la Monarquía Hispánica, que nació en 1479 de la unión de la Corona de Castilla y la corona de Aragón, por el matrimonio de Isabel y Fernando. Desde entonces fue agregando diversos Reinos, Estados y Señoríos, en Europa y en América, hasta convertirse bajo la Casa de Austria en la Monarquía más poderosa de su tiempo. En 1580 Felipe II incorporó la corona de Portugal.

Pero no fue esa la única reforma sucedida durante los más de cuarenta años de su reinado, en el que podemos identificar fácilmente dos períodos: la primera época, hasta 1724, de fuerte influencia francesa e italiana. Y la segunda (de 1724 a 1742) de gran protagonismo de estadistas y ministros españoles.
         En el primer período y a pesar de la Guerra de Sucesión, se inició la renovación cultural en España, se fundó la Librería Real, el germen de lo que llegaría a ser la Biblioteca Nacional; la Academia de la Lengua y las de Medicina e Historia. Fue en realidad un afrancesamiento de las formas, que no parece que calara mucho en la población general.
         En el aspecto económico, se restauró la Hacienda y se protegió a la burguesía, buscando el crecimiento de la industria nacional, por medio de una política económica fuertemente proteccionista y suprimiendo las aduanas internas para favorecer el coemrcio interior. Se creó en Guadalajara una Real Fábrica, para elaborar tejidos de lujo, que llegó a contar con varios centenares de telares y unos miles de trabajadores. Respecto al comercio exterior, se trasladó la Casa de Contratación de Sevilla a Cádiz, cuyo puerto ofrecía mejores posibilidades.
         En el aspecto militar, reorganizó la milicia dotándola de disciplina, buscando la profesionalización de sus miembros, estableciendo una sólida jerarquía en los cuadros y un método de reclutamiento obligatorio. La Armada se fortaleció con la construcción de una base naval en Ferrol, mejorando la infraestructura portuaria de importantes ciudades, construyendo numerosos barcos y activando las industrias auxiliares de la navegación.


Felipe V y su primera esposa, María Luisa Gabriela de Saboya.



Desde 1714 casado con la italiana Isabel de Farnesio. Aquí les vemos, en este retrato de familia, en compañía de sus hijos, nueras y nietas. 

La familia de Felipe V-Louis-Michel van Loo
En la segunda parte de su reinado destaca el papel desempeñado por los ministros españoles. Entre ellos, los ilustrados José Patiño, José del Campillo y, luego, el marqués de la Ensenada (de cuya leyenda negra nos ocuparemos en el capítulo dedicado a Fernando VI, a cuyas órdenes también sirvió).
         Con ellos se acentuó el proceso de reconstrucción nacional, se expandió la flota, se reactivó el comercio, nacional y colonial, y se siguió protegiendo la industria. Para el suministro de materias primas se crearon compañías comerciales con América y se persiguió severamente el contrabando.
         Sin embargo, en política exterior las cosas parecen haber resultado menos positivas. En esos años se consumó la liquidación del imperio español en Europa. El rey era más dado a las empresas militares que a la diplomacia. Esto, unido a la falta de buenos diplomáticos españoles, puede tal vez explicar los frecuentes fracasos de España en los tratados.
         El país se vio envuelto en el peligroso juego del equilibrio europeo, llevado de la mano por Francia y supeditando luego, en ocasiones, los auténticos intereses españoles en Italia a los personales de Isabel de Farnesio.
         La alianza con Francia, tanto en el reinado de Luis XIV como en el de Luis XV, resultó lesiva para los intereses de España, que se vio abandonada por su aliada en los momentos de negociar.

Spain is different

No puedo dejar de señalar una serie de aspectos, de carácter social, que empiezan a marcar diferencias entre nosotros y el resto de Europa, en un siglo que nos mete de lleno en la llamada Era de las revoluciones, de las que, casi en general, quedaríamos al margen.
         + La reforma religiosa: la separación de un buen número de países europeos de la Iglesia católica (y las guerras consiguientes) definió importantes diferencias entre los futuros estados. Luteranos y calvinistas tenían distintos ideales de vida, más basados en el trabajo y la austeridad. En sus países el estamento de la burguesía cobro mayor auge, lo que a su vez favoreció la revolución social ocasionada por su actividad. Por otra parte, la represión que España ejerció sobre los otros cultos en su zona de gobierno fue un aspecto crucial para la rebelión de esos territorios, los luego llamados Países Bajos, que lograron sacudirse el yugo de la corona, constituyendo un duro revés para la economía y el prestigio españoles.
         + Nuestro país seguía siendo eminentemente agrícola y el reparto de la tierra era desigual y continuador del feudalismo. Esto ocurría igualmente en otros países europeos, pero algunos como Inglaterra tuvieron su propia Revolución agrícola, que preparó el terreno para la Revolución industrial, de la que España quedó bastante al margen, y para la consumación del paso del feudalismo al capitalismo.
         + De nuevo acudiremos al Reino Unido, que contaba con un Parlamento como órgano de gobierno (aunque fuera al servicio del rey). Tras la llamada Revolución inglesa, esta institución adquirió nuevos poderes, mucho más extensos. El monarca nunca volvería a tener el poder absoluto y la llamada "Declaración de Derechos" se convertía en un documento definitivo. Por otra parte, ya sabemos lo que iba a ocurrir en Francia en pocos años. Pero esa es otra historia que dejaremos hasta el próximo monarca.