martes, 26 de mayo de 2015

El regreso a casa


Elkin Marulanda Arango

Hace poco uno de mis colegas literarios se despedía por un tiempo del "mundanal ruido" de los proyectos en común y las aventuras literarias conjuntas. Decía que estaba embarcado en demasiadas empresas y que el estrés derivado de ello le empezaba a pasar factura.
         Y resulta que eso es, exactamente, lo que llevo yo pensando desde hace un tiempo. Bueno, en realidad son dudas ya familiares, que me acometen de tanto en tanto y que me sirven para hacer una parada y recuperar las fuerzas y el resuello perdidos.
         Soy de la opinión de que la creatividad de cada uno tiene que ser canalizada al exterior y dejada libre. ¡Disfruto tanto metiéndome en aventuras varias y peleando por ellas! Y dando rienda suelta a mi necesidad de crear, de construir, de plantar y ver fructificar. Pero, por eso mismo, me veo a menudo inmersa en tantas cosas y tan variadas que acabo por ir a todo con la lengua fuera, con la sensación de que llego tarde siempre y que el tiempo se me escapa de entre los dedos.
         Es difícil conciliar los diferentes aspectos de la vida de uno. El personal, el profesional, el familiar, el afectivo, el lúdico... Difícil no perder el equilibrio entre tanto malabarismo. Y más difícil aún no perder el sentido de lo que hacemos.
         Es por ello que, de tanto en tanto, conviene replegar velas, darse la vuelta y regresar a casa. Volver adentro, concentrarse en la esencia y recuperar la energía que habíamos desparramado en todas direcciones y en exceso.


Ahí estamos. Ahí me encuentro, precisamente, en estos momentos. He notado que, de tanto hacer y de tanto emprender en tantos frentes, me he quedado algo famélica, agotada, y que ya no encuentro el mismo disfrute en las cosas que normalmente me lo proporcionan. Me he dado cuenta de que escribo menos, y con menos ganas. De que me cuesta ordenar ideas y prioridades. Y he emprendido el camino a casa, "el descenso", como lo llama mi gurú favorita, la mujer que corre con los lobos. Para hacer parada y fonda y sanar los rasguños. Y cepillar la piel hasta que brille nuevamente y lamerme las patas y enderezar las orejas.
         Tengo un reto por delante. El 14 de junio tengo que tener mi última novela pulida y perfecta, porque voy a enviar una propuesta literaria acerca de ella a una editorial que solicita manuscritos. Es probable que, salvo alguna salida ocasional para aullarle a la luna, me veáis poco fuera de la guarida. Mientras tanto, Buena caza y largas lunas.
         Nos leemos.

viernes, 22 de mayo de 2015

Jornadas de reflexión


Tengo bien presentes, desde que las oí por primera vez, las palabras del ex-presidente de Uruguay, José Mujica, acerca de las dos corrientes básicas de pensamiento político, la derecha y la izquierda, o más precisamente, el conservadurismo y el progresismo (que no se identifican siempre "exactamente" con los extremos anteriores).
         Decía Mujica que la patología (es decir, el extremo insano) del conservadurismo es el "reaccionarismo", mientras que la patología de la izquierda es el "infantilismo", el confundir realidades y deseos y no ser capaz de adaptar los medios a los objetivos que se persiguen.
         De las tendencias reaccionarias no tengo nada nuevo que decir, bastante he comentado ya sobre ello, sobre el miedo que se esconde tras esa obsesión constante por tenerlo todo controlado y no poner a prueba ninguna de las supuestas certezas. Sobre la falta de consideración hacia cualquier cosa y persona ajena a uno mismo y su propia historia.
         No, es más bien sobre el infantilismo que con tanta frecuencia desactiva los buenos propósitos de la izquierda, sobre lo que creo que es necesario hablar. Sobre lo que, de hecho, reflexionamos menos.
         Esa confusión entre LA REALIDAD y mi realidad, empeñados a toda costa en lo que creemos que es mejor sin habernos preocupado de contrastarlo con lo que para la mayoría de los otros es mejor. Y esa creencia, totalmente infundada, de que el verdadero activismo, el auténtico compromiso no puede tener nada que ver con lo que implique planificación, estructura y método.
         Es algo que observo muy a menudo entre la gente que trabaja en "lo social". Personas en general con las mejores intenciones, altruistas y comprometidas con el cambio y el avance humano. Pero que no tienen en cuenta que haya que sentarse a reflexionar, a definir objetivos, a diseñar los pasos necesarios para su consecución y los medios para hacerlos posibles.
         Se hace mucho, pero se cosecha poco. Se hace por hacer, se hace infructuosamente. ¿Por qué? Porque gran parte de las acciones que se emprenden no tienen una dirección clara y definida de antemano.
         Hay logros prácticamente accidentales. Muchos otros que se dan solo a costa de una gran perseverancia, y un "derroche" de tiempo y entrega personales que va minando las reservas de gente y recursos. Y gran parte de ellos, de los logros, que se pierden en la inercia del paso del tiempo y solo llegan a ser conocidos por aquellos que ya "están metidos en el ajo", que ya son conscientes de las necesidades de los demás y están implicados en el mejoramiento de aspectos sociales. En definitiva, los que ya pertenecen "al sector" y no necesitarían acción alguna para unirse y participar.
         Hay muchas buenas ideas, tantas, de hecho, que no logran dar fruto, que mueren a poco de ser enunciadas. Y mucha, muchísima ilusión, que va decayendo por pura ley natural al no alcanzar fruto.

Hay que tener en cuenta un factor psicológico que sirve, en ocasiones, de mantenedor de ese estado de cosas, y que afecta a un cierto porcentaje de personas con este perfil altruista y comprometido. Se trata de la gente que, a sabiendas o no, hace descansar su propia autoestima únicamente en "lo que hace por los demás". Hasta la generosidad, cuando es extrema, puede obedecer a un impulso equivocado. Conozco madres, por ejemplo, que hacen todo por sus hijos, lo dan todo por ellos aun a costa de sus propias personalidades y realizaciones. Es algo que parece muy loable, ¿no? Bien, no lo es. No cuando se debe a la creencia de no merecer algo por uno mismo, de no tener "valor" per se.
         La primera responsabilidad de un ser humano es para con él. Es su responsabilidad "ser", ser realmente. Y cuanto más sea, más podrá dar a los otros. Los hijos no deberían nunca ser una excusa para no vivir plenamente, para no realizarse por completo.
         El tema del activismo social puede ser bastante parecido. Es una cualidad admirable ayudar a otros y colaborar activamente para hacer del mundo un lugar mejor y más justo. ¿Cómo se puede dudar de eso? Pero siempre que la función que tiene eso para nosotros no sea la de llenar ninguna carencia, que no sea la de suplir en nosotros algún otro tipo de satisfacción. Si esto no es así, si servimos solo al deseo legítimo de ayudar a otros, lógicamente nos preocuparemos por que nuestras acciones sean efectivas, por que vayan a alguna parte. Es decir, no haremos por hacer, sin ton ni son, sino que nos marcaremos unos objetivos y lucharemos por ellos lo que haga falta.


Pero más allá del método o la falta de él, más allá de las motivaciones profundas del compromiso social, otra de las cuestiones que habitualmente se asocian con el "infantilismo" es la Utopía. Tildamos algo de utópico refiriéndonos a su imposibilidad y a su alejamiento de la cruda realidad y sus determinismos.
         Yo no entiendo qué tiene de malo la utopía como objetivo a perseguir. La utopía debería ser el verdadero motor de la actividad humana. Aspirar a lo mejor, a lo más grande, a lo más justo. Sin olvidar que esa es la meta última y que lo que cuenta es descubrir los pasos necesarios para llegar a ella. Y darlos.
         Pero tildar algo de utópico e irrealizable es la mejor manera de inducir la parálisis, de desactivar cualquier protesta y cualquier iniciativa. Nos ponemos mejor a "ser prácticos", realistas, y así disminuimos la existencia y acotamos el pensamiento, lo hacemos mezquino y estrecho. Nos olvidamos de luchar por un mundo mejor y más justo. Total, seamos realistas y abracemos la realidad de los mercados, las leyes del comercio, tengamos en cuenta solo los números, tan confortables y abstractos. Asumamos nuestra propia debilidad, nuestra corruptibilidad como seres humanos. Y demos la bienvenida a los que son como nosotros, no sea que alguien mejor nos haga darnos cuenta de lo bajo que hemos caído. ¿Para qué un modelo mejor al que aspirar? Mejor, propugnemos una ética mediocre, reduzcamos nuestros valores, castiguemos el idealismo. Y así nosotros seremos igual que el resto. En el país de los ciegos, ya se sabe, el tuerto es rey. Ains, ¡se está tan a gustito pudiendo dar ejemplo y lecciones de moral a los demás!

Claro que, no todo es cuestión de realismo en la viña del Señor. Hay un país donde el terreno siempre está abonado para otro tipo de crítica, para cualquier tipo de crítica. Es el país de los estoy en contra de estar en contra, esa gente que se define mucho más por lo que odia o lo que critica que por lo que ama o lo que defiende. Personas que han convertido su espíritu crítico, en principio tan necesario y tan loable, en hipercriticismo permanente. Algo así como "Todo es criticable, e igualmente su contrario".
         Gente que se dice progresista, incluso de izquierdas, pero que no se casa con nadie porque todos acaban traicionando sus expectativas.  Gente que ha criticado duramente el 15-M, la única iniciativa realmente renovadora de los últimos años, la primera muestra de que si la gente de a pie nos unimos y nos movilizamos podemos conseguir cambiar las cosas; primero por su poca concreción, por no definir, y luego instrumentalizar, objetivos claros. Por no alcanzar ningún canal de actuación real y tangible... Y luego por haberse hecho "partido" (incluso aunque esto último fuera discutible), por haberse convertido en "lo mismo que todos", por entrar en el juego, por tener ínfulas políticas.
         Que critica a los partidos tradicionales, pero también critica a Podemos y a todas esas plataformas de nuevo surgimiento, donde confluye gente de distintas formaciones, que piensan dar la batalla en las urnas.
         Me llamó la atención en su momento, en ese mismo sentido, lo ocurrido con las elecciones andaluzas, más concretamente con la investidura de Susana Díaz como Presidenta de Andalucía. Se han criticado las exigencias de Podemos para abstenerse en la votación. Y también se ha criticado la "blandura" de esas exigencias, conminando a impedir cualquier colaboración con el PSOE, el partido más votado, sin importar si cumplen o no las condiciones impuestas.
         Entonces, ¿qué hacemos? ¿Qué alternativa propugnan? ¿Qué harían ellos?
         No sabe, no contesta. Salvo honrosas excepciones (admiro y suscribo las iniciativas para crear tejido social desde la base. Pequeños colectivos que se van entrelazando entre sí y funcionan de manera asamblearia. Eso se está dando, y creo que es el germen del cambio) los estoy en contra no parecen tener respuesta. Es el talón de Aquiles de los supercríticos, que saben lo que no quieren pero no saben lo que sí. Que ejercen de demoledores de edificios en mal estado pero no levantan nada en el solar.
         ¿Así se puede ir a alguna parte? Temo que no. Así lo que se consigue es dejar el solar derruido expuesto a la colonización de las malas hierbas, la degradación del tiempo y las posibles invasiones de elementos indeseables.
         Seamos críticos, sí. Por favor, no nos olvidemos nunca de lo peligroso que es tragar sin digerir, ni de que hay alimentos que son veneno, por más que vengan en envase de lujo. Pero que la crítica no nos impida distinguir lo importante. Que no nos lleve a quedarnos sin hacer nada porque no existe algo lo bastante perfecto para nosotros.

lunes, 18 de mayo de 2015

FLAPPERS FAMOSAS - 3

Hoy seguimos con...


Louise Brooks

Bailarina y actriz nacida en Kansas, en 1906, en el seno de una familia que concedía enorme importancia a la literatura y la música. Fue desde la infancia una lectora voraz, dueña de una cultura desacostumbrada para la época, máxime tratándose de una mujer que desarrollaría su profesión en el mundo del espectáculo. Fue una alumna destacada en la escuela, pero también temida por su rebeldía y espíritu libre. A los catorce años se enamoró de un hombre casado y mucho mayor que ella e inició con él lo que sería su turbulenta vida sexual, que la convertiría en un escándalo viviente. (Parece que Louise había sufrido una violación a los 9 años y su madre había excusado tal hecho diciendo que Louise lo había "provocado". Ella consideró que esa fue la primera "corrupción" de su vida). Tomó lecciones de danza y con tan solo 15 años salió de casa para comenzar una gira con la compañía de danza de Ted Shaw.
         No fue nada popular en la compañía. Su especial belleza, su fuerte carácter y sus gustos intelectuales la convertían en una mujer difícil a la que le iba a costar encajar en casi todas partes durante toda su vida.
         Cuanto más leo biografías de mujeres de trayectoria distinta de lo habitual, más pongo en tela de juicio esos calificativos de "mujer difícil", "de mal carácter", "amoral", etc. Porque me he dado cuenta que se aplican a toda mujer independiente y con ideas propias que se haya salido del patrón que marcaban los cánones. Si no encajas en el modelo de buena chica, eres indefectiblemente de las malas. Y si ya llevas una vida sexual activa y de conocimiento público, estarás catalogada sin remedio como una calamidad.
         Es posible que la Brooks tuviera mal genio, fuera una deslenguada o un desastre como amiga y como hija. No podemos estar seguros. Pero lo cierto es que tuvo grandes amigas, muchos amantes que la echaron una mano cuando fue necesario y que, quizá esto sea lo más esclarecedor, lo peor que se dice de ella es que se acostaba cuándo y con quien quería, y que no se doblegó a las exigencias de unos estudios cinematográficos que tenían sometidas y coartadas a un montón de otras estrellas.
         

Viajó a Europa y se instaló primero en París y luego en Londres. Después regresó a Nueva York y empezó su carrera como actriz, primero en musicales de Broadway y más tarde en Hollywood. Marcó tendencia tanto con su personalidad como con su estética: su famoso peinado de melena muy corta, su gusto por los abrigos de pieles largos hasta los pies, los vestidos de terciopelo y su aire de sofisticación y elegancia.
         En 1925 conoció a quien era, en sus propias palabras, "el hombre más desconcertantemente complejo que jamás ha existido". Se trataba de Charles Chaplin, con quien mantendría un sonado romance que duró tan solo dos meses.
         Luego se casaría, en 1926, con el director Edward Sutherland, para divorciarse poco después, en 1928. Y más tarde, ya en 1933, con el playboy y bailarín Deering Davis, con quien formaría pareja de baile sin mucho éxito y de quien se divorciaría en 1938.
         Con la aparición del sonoro la Paramount (el estudio cinematográfico para el que trabajaba entonces), dado que no confiaba en la adaptación al nuevo medio de sus estrellas del cine mudo, presenta a Louise una especie de ultimatum: o acepta una reducción significativa de su salario o abandona el estudio. Louise se decide sin dudarlo por esta segunda opción, ante la sorpresa e indignación de los estudios, y se convierte de ese modo en Lulú, la protagonista de la película muda más famosa de todos los tiempos, "La caja de Pandora" (1929), del alemán Georg Wilhelm Pabst.
         Louise encarna aquí a una vampiresa sexual que acaba siendo asesinada por Jack el Destripador, después de haber arrastrado a sus (muy numerosos) amantes a la perdición.
         La película fue un completo escándalo, igual que la siguiente que rodó, también bajo la dirección de Pabst: "Tres páginas de un diario". Pero logró granjearle en Europa una honda y perdurable admiración, mientras que en USA sirvió para que la calificaran de inmoral e indecente.
         Sin embargo, pese a que su carrera profesional parecía estar en Europa, la vida social que quería Louise se hallaba en América. Después de una película más, regresó a los Estados Unidos y trató de retomar su carrera, solo para comprobar que el sonoro no era lo suyo y que su estrella había declinado irremisiblemente. En 1938 rueda su última película. Habían sido 13 años y 24 películas. Ahora tocaba reinventar su vida y probar fortuna en otras disciplinas.
         Vuelve a Kansas, pero allí la vida es un infierno para ella. Regresa a New York y trabaja como dependienta. Su salud comienza a deteriorarse, los excesos de toda su vida le pasan factura. Durante los años siguientes prueba con distintas iniciativas, pero todas acaban fracasando. Se convierte en acompañante de hombres ricos y trata de publicar algunos escritos. Finalmente, en los años 50 una retrospectiva del cine francés la vuelve a poner en el punto de mira y le facilita de ese modo su primera publicación importante: su autobiografía "Lulú en Hollywood", a la par que se convierte en reputada cronista de la época del cine mudo.
         El libro es ensalzado por la crítica y alcanza cierto reconocimiento público. Louise publica entonces otros ensayos en un nuevo libro, "Kansas en Hollywood". Su economía mejora ligeramente, no así su estado de salud. Morirá en 1985 de un ataque al corazón, a la edad de 78 años.
         Su imagen fue inspiración para la heroína de cómic Dixie Dugan, que recoge su pasado teatral y es obra del dibujante John H. Striebel; y también para el cómic Valentina, del italiano Guido Crepax.

martes, 12 de mayo de 2015

FLAPPERS FAMOSAS - 2

HOY HABLAREMOS DE...



Clara Bow

Fue una de las grandes personalidades femeninas del cine mudo de Hollywood, y una de esas mujeres que pusieron imagen al concepto de New Woman del que hemos hablado en entradas anteriores.
         Nació en 1905 en New York (***), en el seno de una familia pobre y disfuncional, que la desatendió en su niñez y apenas le proporcionó ninguna clase de educación.
         Obtuvo su primer papel en el cine gracias al concurso que la revista Fame and Fortune organizó en 1921, pero sus escenas serían descartadas en la cinta final. A partir de ahí comenzó su andadura para labrarse una carrera en el cine, primero a base del éxito obtenido en diversas pruebas de fotogenia y en pequeños papeles, donde fue ganándose poco a poco a la audiencia. Se consolidó definitivamente como una estrella en 1925, con la película Días de colegial y llegó a la cima de su popularidad tan solo dos años después, en 1927, con la película Ello (It), que la catapultó a la fama y a la vez la definió para siempre.
         En lo sucesivo sería conocida como la "It Girl" por excelencia, la chica que tenía ese algo, "ese extraño magnetismo que atrae a ambos sexos, completamente inconsciente, lleno de confianza en sí mismo, indiferente al efecto que produce y no influenciado por otros", tal como apuntaba su propio personaje en el film.

                                                           





Pero aunque la fama le había llegado de la mano de su trabajo como actriz, principalmente a causa de su belleza y ese magnetismo del que hablamos, puede decirse que fueron los escándalos de su vida privada, principalmente en el terreno sexual, los que contribuyeron a mantenerla en la cima y, después, los que hicieron que se la condenara como un elemento indeseable a extirpar del mundo del cine.
       El resto de las mujeres no la apreciaban, debido a su comportamiento juzgado como libertino y a las rivalidades. Y para los hombres solo poseía un aspecto a tener en cuenta. De hecho, fue una queja frecuente suya el que sus papeles solo explotaban sus cualidades físicas, pero carecían de profundidad y relevancia.
         Clara no había recibido educación, era vulgar y hablaba con acento de los barrios bajos. En los actos sociales desentonaba, incluso en sus propios estrenos. Descarada, promiscua e independiente, era, en definitiva, un filón que explotar en la pantalla pero un desastre social con el que los estudios tenían que lidiar en la esfera pública.
         Entre 1927 y 1931 Clara participó en algunas de las películas más famosas y taquilleras de Hollywood, como Hula o la oscarizada Alas. A partir de ese momento, sin embargo, su estrella empezó a declinar, debido principalmente a las revelaciones que su última secretaria hizo a la prensa, que aireaban todos los pormenores de la activa vida sexual de la actriz.
         Se convirtió en la comidilla de los medios, y el público empezó a despreciarla. Al mismo tiempo, la irrupción del sonoro la obligó a realizar una serie de esfuerzos excesivos, con jornadas de trabajo agotadoras y la consiguiente tensión y desgaste físico. Los estudios de cine, trabados en feroz carrera debido a la necesidad de labrarse un hueco en el nuevo panorama, exigieron de ella más que lo que ninguna otra estrella del momento fue capaz de hacer.
         Todo ello le ocasionó una grave crisis psicológica, con episodios depresivos y la agudización de sus, ya habituales, problemas de insomnio. Cuando por fin consiguió recuperarse se encontró con un triste panorama: la Paramount había rescindido su contrato y tenía que volver a empezar.
         En 1931 se casó con el también actor Rex Bell, con quien tendría a sus dos hijos. En 1933 Clara haría su última película, Hoopla, que tuvo un éxito discreto. Tenía 28 años y decía adiós al mundo del cine. Su marido iniciaría entonces una carrera política, mientras Clara reconvertía su vida para interpretar, en adelante, solamente el papel de madre y esposa.
         Aunque parece que fue relativamente feliz con su nueva condición, no logró superar nunca el cese de su propia carrera y el abandono del mundo que conocía. Sus problemas mentales fueron en aumento, hasta que en 1944 intentó suicidarse. En 1949 fue diagnosticada de "esquizofrenia", ¡qué curioso, como Zelda Fitzgerald! Puede que fuera una enfermedad contagiosa entre las mujeres de aquellos años, frustradas en sus dotes artísticas y que vivían a las sombra de sus maridos. Aunque hay que apuntar también, en el caso de Clara, que esta guardaba horribles recuerdos de su infancia y adolescencia, como que su madre tenía que ejercer la prostitución durante las largas ausencias del padre. O que este abusó de Clara tras ingresar a su madre en un asilo. O la pobreza y el abandono... En definitiva, una infancia de dolor y privaciones que le impidió desarrollar la serie de recursos que son imprescindibles para enfrentarse a la vida, máxime tratándose de una vida agitada e intensa como la suya. Lo cierto es que, con semejante biografía, debería haberse vuelto majara mucho antes. Pobre Clara.
         Empezó entonces para ella una lucha infructuosa contra la enfermedad, con tratamientos que incluían los famosos electro-shocks, que no cesaría hasta su muerte, en 1965, de un ataque al corazón. Su marido había muerto, también de un infarto, en 1962, y Clara había pasado los últimos años viviendo discretamente en Los Ángeles, al cuidado constante de una enfermera.
         Hay una frase suya muy clarificadora sobre la idea que tenía de sí misma y de la vida que había llevado, escandalosa pero que no dañaba a nadie:

"Mi vida en Hollywood contuvo mucho alboroto. Lo siento mucho, pero no tremendamente. Yo nunca hice nada para lastimar a nadie. Me hice un lugar en la pantalla y no puedes hacerlo siendo como la idea que la Sra. Alcott tenía de una Mujercita”.

Creo que eso lo resume todo. Definitivamente, Clara Bow no fue una buena chica. Porque no se atuvo a ninguna de las convenciones que eran exigencia obligada para las mujeres. Y solo por ello estaba condenada de antemano.
         Ya sabéis lo que pasa: las malas chicas no van al cielo.

(***) Un estupendo blog, donde podéis conocer en profundidad la biografía completa de Clara Bow es: EL EDÉN SIDERAL

viernes, 8 de mayo de 2015

La capacidad de evolucionar y un encuentro literario



Siempre he dicho que, si uno mantiene los ojos bien abiertos, en cualquier sitio donde vaya encuentra ocasiones para aprender. La vida te ofrece oportunidades de sobra para sacar enseñanzas valiosas de todas partes, incluso -como dice mi buena amiga Ángeles Pavía- aunque solo sea para entender lo que no hay que hacer.


Pues bien, un Encuentro como el que tuvo lugar hace ya tres semanas en Murcia es terreno abonado para este tipo de prácticas desaprensivas: obtener ideas y experiencias de todas partes. Allí nos juntamos una colección de gentes variopintas, como ya es habitual, unidas por el frikismo común del amor a la Literatura y a la Historia, la afición desmedida por cuanto debate pueda acontecer (o ser propiciado, ejem, ejem), y una atracción extraña hacia prácticas tales como la recreación histórica, la navegación o las citas de memoria de párrafos enteros de Canción de Hielo y Fuego (que, con un poco de voluntad, todo tiene cabida en la viña del lector-escritor-historiador).
         Este ha sido el quinto de estos encuentros al que asisto. Me perdí el primero porque yo me incorporé a Hislibris algo más tarde, justamente a raíz del III Concurso de Relatos Históricos, convocado en noviembre de 2010. ¡No ha llovido nada desde entonces!
         Y me ha resultado notorio el cambio en mi percepción del asunto, desde mi condición de novata total, que iba preparada para un fin de semana de descubrimientos y conocimientos, a veterana que conoce bien el terreno pero que, no obstante, sigue viendo por delante un montón de sendas inexploradas aún, que invitan a caminar.
         Quien tenga experiencia en esas lides de los amigos por internet que luego se convierten en personas de carne y hueso, podrá corroborar lo que voy a decir: que pasado el primer minuto de ligero desconcierto te das cuenta de que no acabas de conocer a esa persona, sino que eráis ya realmente amigos; a veces más amigos y más cómplices de lo que te parecen algunas de las personas con las que te cruzas a diario en tu vida, pero con la que, paradójicamente, no cruzas apenas palabras. O palabras significativas, podríamos decir.
         Una vez más yo he vivido esa experiencia, y una vez más me he encontrado con personas con una riqueza enorme, de las que poder aprender y con las que compartir experiencias de las que marcan. Nuevos amigos y otros que ya lo eran desde hace tiempo, personas que he tenido la suerte de ir incorporando a mi vida en estos años.
         Fue un encuentro, en toda la extensión de la palabra, que ha significado también para mí un cambio de ciclo.
         Después de cuatro años consecutivos participando como autora en el concurso de relatos, y con la inmensa satisfacción de haber llegado a la publicación final (llevando a la espalda, como un tesoro, todas las lecturas y comentarios que generosamente me habían ido aportando muchos foreros, y que son la sal del concurso y su auténtica razón de ser), este año decidí cambiar "de lado", de perspectiva, y me convertí en uno de los cinco jurados de esta edición.
         Ha sido una gran experiencia, algo distinto en cierto modo a lo que había vivido en los concursos anteriores. Y digo en cierto modo porque antes ya había tenido que leer, comentar y votar los relatos presentados. Esa es la mecánica del Hislibris. Ejercer de jurado, de alguna forma. Pero este año la responsabilidad pesaba más. Y, pese a la distancia que implica no estar participando, uno se encuentra cercado casi igualmente por la subjetividad. Hay relatos que, sin saber a ciencia cierta por qué, se te clavan en la memoria y en el corazón. O suponen un disfrute inesperado. O te presentan unos personajes de esos que querrías como amigos. O un estilo literario envidiable, que no puedes dejar de poner de relieve.
         Esos relatos se convierten en tus "apadrinados", y luchas por ellos casi como si los hubieras escrito tú. Así que, distancia sí, pero desapego ninguno.
         Por otra parte, los cinco jurados hemos comentado un fenómeno peculiar: una cosa es considerar un texto por sí mismo, y evaluar sus cualidades y sus defectos. Y otra muy distinta, tener que compararlo con otros, tener que ponerlo en competición y otorgarle un lugar definido. Un texto que te ha gustado muchísimo puede quedar detrás de otro que no te llamó tanto la atención, pero que lo supera en el parámetro que sea. Y entre dos relatos muy parejos, a veces resulta realmente difícil decidir en qué posición los colocas. Tanto es así que este año, por primera vez, ha habido empate en el primer puesto.

Pero yo hablaba de un cambio de ciclo, del final de una etapa y el inicio de otra.
         No es la primera vez que lo digo: a veces tengo la sensación, real e identificable en ciertos períodos, de acabar de cerrar un círculo para empezar otro nuevo. Estoy convencida de que la vida es eso, continuo camino, evolución, crecimiento y cambio. Y también todas esas pequeñas "muertes" sin las que no es posible ningún nacimiento.
         Otra cosa no es posible.
         Quien se aferra a lo que es, tal cual, y pretende mantenerlo estable, inmóvil e inmutable se equivoca, y acabará por comprobarlo tarde o temprano. Quien se niega a contemplar otros puntos de vista, por miedo quizá a que su óptica de las cosas se altere para siempre se quedará estancado y solo, mientras otros pasan por su lado y le van dejando atrás. Porque todo tiene que renovarse y crecer o acaba por morir.          
             
Aunque para aprender algo de las cosas, además de los ojos abiertos que mencionaba yo al principio, es aún más importante mantener los oídos de par en par: saber escuchar. Lo que se dice y lo que no se dice, porque esto último se manifiesta en la calidad de los silencios, en inflexiones y matices, en tonos de voz y conducta no verbal.
         Y para escuchar realmente a otros, hay que ser capaz de dejar de escucharse uno mismo durante unos momentos. Aparcar por un instante nuestras convicciones, nuestras experiencias y tratar de entrar a fondo en las de nuestro interlocutor.
         Es indudable que luego procesaremos toda esa información recibida desde nuestro propio bagaje, y asumiremos o descartaremos lo que nos parezca oportuno. Pero antes será imprescindible "salir" de nosotros mismos siquiera un segundo, y tratar de imaginar que otro mundo es posible, que eso que nos está contando esa otra persona tiene la misma entidad y consistencia para ella que tiene nuestra realidad para nosotros. Y que, como mi situación personal (todo el conjunto de aspectos que me rodean y que definen mi forma de vida) no es algo universal, tal vez, para algún tema concreto, la postura del otro resulte más atinada que la mía.

Tengo la suerte de encontrarme cada día con gente muy, muy válida en el campo que sea. De cada uno de ellos extraigo elementos que aplicar a mis temas y a mi vida. No desdeño nada a priori, por más ajeno que pueda parecer respecto a mi radio de acción y de intereses.
         Tengo un amigo empresario, yo, que me siento ajena por completo al mundo de la empresa y sus parámetros, que me enseña mucho sobre funcionamiento del mercado y métodos de trabajo. Amigos científicos que me ayudan a ordenar razonamientos y datos. Compañeros que trabajan persiguiendo objetivos y con los que comparto planificaciones y diseño de etapas para la realización de proyectos. Gente con enorme sentido común que me enseña a distinguir lo esencial de lo accesorio, y a ordenar prioridades y a saber que lo urgente no es siempre lo importante. Y, por supuesto, colegas escritores con quienes intercambio descubrimientos y experimentos.
         Y todo ello se debe a que nunca he concebido el mundo como una serie de compartimentos estancos, cómodamente definibles y etiquetables, sino que creo en la interrelación, la interdisciplinariedad, la simbiosis y la fusión.
         Así que, si la vida es, tal como decía, constante cambio y evolución, he llegado a la conclusión de que si uno no es capaz de aprender de lo que se le ofrece en el camino, está condenado de antemano a la extinción.

lunes, 4 de mayo de 2015

Cocina venezolana


Ayer estuvimos una vez más en un restaurante venezolano que me encanta: EL GÜERO, que está situado en el distrito de Hortaleza, en Madrid; más concretamente en la calle Emigrantes, número 2.
         Fue un descubrimiento fortuito de hace cosa de un año o así. Lo encontré por internet y nos decidimos a probarlo por la simple curiosidad de conocer una cocina nueva.
        Nos encantó, así de fácil. Y ahora, de cuando en cuando, repetimos y vamos descubriendo poco a poco todos los platos que ofertan, cada uno con su matiz especial.

Aunque la carta es bastante variada (podéis comprobarlo en su web), para nosotros son ya "fondo de armario" las arepas, masa de maíz cocido y molido que luego se asa y se suele rellenar con diferentes ingredientes:


La arepa más famosa es sin duda la "Reina pepiada", nombrada así en honor de la modelo venezolana Susana Dujim, que ganó el campeonato de Miss Mundo en 1955. Lo de "reina" se refiere a su título de belleza y el calificativo "pepiada" alude a algo así como "buenas curvas".

Y el patacón. El patacón es una comida hecha a base de trozos aplanados fritos de "plátano verde", con diferentes rellenos. El que nosotros comemos lleva pollo y carne mechada.


Os animo a probarlos alguna vez, seguro que no os arrepentís.

martes, 28 de abril de 2015

En este mundo traidor, nada es verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira.

Ramón de Campoamor y Campoosorio



Buceando en la biografía de Zelda Fitzgerald me topé con un hecho curioso: las distintas versiones, incluso enfrentadas, que recibías de ella según el artículo que leyeras. Básicamente, la diferencia fundamental estaba en que mientras unos opinaban que su arte (fuera escritura, pintura o ballet, que las tres facetas cultivó) era valioso, otros la percibían como una mujer de cierta valía personal, icono de una época y musa indiscutible de su marido, pero mediocre en cuanto a cualidades literarias y pictóricas propias, sobre todo si la comparamos en la primera faceta con su genial y archirreconocido esposo.
         ¿Eran las obras de Zelda "buenas" de verdad, o eran simplemente correctas? ¿Tenían valor artístico?

Miro sus cuadros y me siento incapaz de contestar a esa pregunta.
         Claro, diréis; es normal, ya que tú no eres ninguna crítica artística. Mucho menos, una autoridad reconocida en ese ámbito. ¿Y sobre sus obras literarias? Aquí, teóricamente, podría aportar una opinión más fundada, pero aun así no sabría dar con una razón cien por cien segura para afirmar rotundamente un extremo o el otro. ¿Quién puede dictaminar con la autoridad necesaria el genio de algo o alguien? Muchos lo hacen, es cierto, pero casi siempre nos los creemos por haberse labrado ellos mismos una reputación de eruditos y expertos, no porque exista un instrumento de medida, un baremo objetivo e infalible, que apliquen en sus sentencias.

Ante tal estado de cosas no pude entonces sino recordar ese importante elemento subjetivo que ilustra tan claramente la cita de Campoamor. Ese "cristal" que interponemos inevitablemente entre la realidad observada y nosotros mismos, creado a base de conocimientos y experiencias, irrepetibles de un ser humano a otro.
         Es bien cierto sin embargo, pese a su evidente y demostrada importancia, que no solemos pararnos apenas en este aspecto, rara vez tenemos en cuenta el "instrumento de medida" que estamos empleando, de hecho, a la hora de hacer ese tipo de juicios.  Y, puesto que todo es subjetivo, máxime en cuestión de arte; puesto que no hay verdades universales que trasciendan incólumes modas y épocas, la conclusión crítica a la que lleguemos ante algo dependerá de manera irrevocable de los parámetros que utilicemos para enjuiciar ese algo.

Pero demos un paso más y relacionemos todo esto con mi área de estudio habitual: la literatura escrita por mujeres, como algo con entidad propia y sutilmente diferente de la literatura escrita por los hombres. Llegamos así, mis sufridos lectores, al meollo del asunto, para enfrentar el hecho de que ese "instrumento de medida" del que hablábamos, y que está calibrado siguiendo patrones históricamente masculinos, arroja resultados posiblemente sesgados y poco objetivos cuando se trata de catalogar y/o enjuiciar las obras literarias de las mujeres, muchas de las cuales no se ajustan a los patrones de lo que hemos aprendido a considerar como selecto o de calidad.
         ¿Por qué hablo de todo esto? ¿Merece la pena detenerse a considerar este punto? Responderé  a eso con un ejemplo.
         Hace poco topé con un artículo, compartido por algún colega en fb, de esos que elaboran listas siguiendo un criterio de calidad. Era en este caso: LOS 100 MEJORES CUENTOS DE LA LITERATURA UNIVERSAL
         De los 100 cuentos considerados los mejores por los creadores del artículo, elegidos entre exponentes de diferentes culturas y épocas (aunque he de decir que este último extremo no es muy preciso, ya que todos los autores son de los siglos XIX y XX), solo hay dos que hayan sido escritos por mujeres. ¿Casualidad?, podríamos preguntarnos. No parece muy probable. Yo, al menos, estoy convencida de que se trata de algo más, y de que tiene que ver precisamente con el color del cristal con que miramos.
         Ya que sabemos que hay y ha habido mujeres que escriben cuentos, el hecho de que sus obras no hayan sido incluidas en esta clasificación parece querer decir que no alcanzan el grado de excelencia de sus colegas masculinos, representados en la lista en un porcentaje del 98%.
         De semejante resultado se deriva de manera inmediata una consecuencia importante. Es de sobras conocido que lo que no se nombra no existe. Y así, como en este caso, la no presencia de las mujeres, su invisibilidad, nos invita a creer como de costumbre que no ha habido escritoras en la historia de la literatura. O que, caso de existir alguna, no ha sido sino un hecho aislado, una circunstancia extraña y anómala que no merece ser tenida en cuenta más que como excepción que confirma la regla.
         La realidad es otra.
         Principalmente a partir del siglo XIX, y desempeñándose concretamente en el género del cuento o relato, contamos con un plantel numeroso de escritoras y periodistas que el esfuerzo de los últimos tiempos va sacando a la luz. Sobre todo en el ámbito anglosajón, pero también en la literatura escrita en castellano.
         Solo por mencionar algunos ejemplos: Virginia Woolf, Margaret Oliphant, Edith Nesbit, Vernon Lee, Edith Wharton, Katherine Mansfield, Alice Munro, Angela Carter, Úrsula K. Le Guin...
         Y en nuestro idioma: Colombine, Carmen Martín Gaite, Concha Espina, Emilia Pardo-Bazán, Clarice Lispector, María Virginia Estenssoro, Yolanda Oreamuno, Ana María Matute, Blanca de los Ríos, Carmen Laforet...
         Luego, ya que no es cierto que no hubiera suficientes mujeres escritoras como para ser tenidas en cuenta en la clasificación de los mejores relatos de la Literatura Universal, y dado que es altamente improbable que tan solo un 2% de la literatura producida por ellas sea digna de consideración, tendremos que cuestionarnos la fiabilidad y justicia de los criterios empleados para dictaminar la calidad de unos y otros textos.

En una línea parecida a toda esta argumentación, es interesante considerar las opiniones que al respecto sostiene la escritora Clara Janés. En una entrevista surgida a raíz de su último trabajo: "Guardar la casa y cerrar la boca" (y que recomiendo vivamente: entrevista a Clara Janés), la autora nos habla del que ha sido importante leit motiv en toda su trayectoria, el esfuerzo por rastrear y rescatar del injusto olvido las principales obras de todas esas mujeres que utilizaron la escritura para expresarse a sí mismas, para mostrar al mundo sus inquietudes y sus opiniones sobre cuestiones políticas y sociales, sobre el amor, sobre el ámbito doméstico y el poco a poco conquistado espacio público. Janés denuncia el silenciamiento de la voz de esas mujeres, además de su simple existencia, que "fueron durante siglos sistemática, deliberada e injustamente acalladas". Y nos explica, como muestra del grado de injusticia ejercido, que en realidad, el primer escritor conocido en la Historia fue una mujer.

"Efectivamente. La escritura data de principios del tercer milenio antes de Cristo y en torno a 350 años después se sitúa el primer nombre de un autor del que tenemos noticia. Me llevé una gratísima sorpresa al comprobar que se trata de una mujer, una sacerdotisa acadia de nombre Enheduanna que era hija del rey Sargón, el fundador del Imperio Acadio. Esa primera poetisa, en el recinto del templo, emitía su voz fuerte, solemne, decidida, para imponerse a un entorno receloso e incluso hostil. Tras estos comienzos surgiría una escritura más sofisticada proveniente de China, Corea y Japón. Así pues es una realidad que fue una mujer el primer escritor conocido".

Ahora bien, Clara Janés nos muestra sin embargo una opinión que no comparto en esta última respuesta suya. A la pregunta: "¿Comparte la idea de quienes hablan de una literatura femenina, para diferenciarla de otra más dirigida al hombre?", Clara responde: "No estoy de acuerdo con esa afirmación. Pienso que cuando se hacen ese tipo de declaraciones se hacen por otro tipo de motivos ajenos a lo literario. Creo que hay que estudiar todo esto con seriedad y muy a fondo, acaso pueda haber algunas diferencias, pero hay mucho más en común. Lo fundamental es que hay que volver a aquello de que la literatura no sabe de géneros, sino de calidad o falta de calidad. Dicho de otra forma, hay literatura buena y literatura mala, esa es la principal diferencia".

Disiento bastante, por varios motivos. Para empezar, la pregunta está formulada de manera que se presta a ambigüedades. Yo prefiero siempre hablar de "literatura escrita por mujeres" en vez de literatura femenina, ya que la segunda opción se usa indistintamente con varios significados: el tipo de literatura que escriben las mujeres, o el tipo de literatura que va dirigida a las mujeres, o la que posee contenidos femeninos, esto es, la que se centra en las vivencias y experiencias de las mujeres, considerando casi siempre, eso sí, el "mundo femenino" en su sentido más tradicional. (***)
         Dejando claro este punto, mi objeción fundamental a lo que dice Clara Janés es que, contrariamente a lo que ella defiende, el intento de establecer características comunes o dispares entre la literatura escrita por mujeres y la escrita por hombres, constituye un tema tan fundamental y lícito como el estudio de lo que es buena o mala literatura, y que, de hecho y como comentaba al principio, ambos aspectos están muy relacionados.
         Si será importante que, solo con que nos hagamos conscientes de que pueden existir diferencias dictadas por nuestra condición de hombres o mujeres, solo con que tengamos presente que las diferencias, en general, nos aportan riqueza y amplitud de miras, que nos hacen más flexibles y nos acercan esas otras realidades distintas a la nuestra, solo con eso adquiriríamos la humildad suficiente para ver que ese "bueno o malo" que aplicamos a la literatura tiene mucho que ver con los "cristales" que usamos, definidos en gran medida por nuestro género, y que debería en cambio convertirse en un criterio amplio y englobador, puesto en tela de juicio cada vez que detectemos la posibilidad de un sesgo o se nos haga evidente la inclusión de una nueva variable.
         Porque, como digo cada vez y en ámbitos distintos, en la práctica y en la realidad el hecho de ignorar que exista cualquier diferencia implicará obligatoriamente que sigamos una vez más condenando a la invisibilidad a la corriente menos representada, es decir, a las mujeres y su parte del mundo.

(***) Hay un excelente artículo de la doctora sevillana Mercedes Arriaga Flórez: LITERATURA ESCRITA POR MUJERES, LITERATURA FEMENINA Y LITERATURA FEMINISTA, que sirve para entender muy claramente estas distintas acepciones de las que hablo.