viernes, 17 de octubre de 2014

La quimera del escritor II

(CONTINUARÁ..........................................)  

Como decíamos ayer... El escritor parece encontrarse en un callejón sin salida.



Y no le queda otra que enfrentarse con el hecho de que resulta una quimera pretender hacer de la escritura su profesión.
         Pero, ¿nos parece eso algo aceptable?
         A ver, ¡que somos escritores!, por definición soñadores, idealistas, ingenuos... ¡Artistas!, en definitiva. ¿Cómo podríamos aceptar algo semejante? Es por eso por lo que algunos, me atrevería a decir que en número creciente, nos arriesgamos a explorar otras vías más directas de acceso a los lectores, evitando los intermediarios. Y recurrimos a la autopublicación. 
         Bien, cualquier editorial dirá que eso constituye un craso error. Que un autor no puede asumir, él solo, el resto de las funciones necesarias para llevar al público literatura de calidad.
         Y en parte tendrán razón. La labor de un buen editor es insustituible, en eso estamos de acuerdo. Él es el encargado de leer atentamente el material recibido, de evaluarlo y detectar sus virtudes literarias y sus carencias. Cosa que un autor, por razones obvias, no puede hacer con igual objetividad. La misión del editor es también la de seleccionar el mejor texto, o al menos el que tiene más "posibilidades" de convertirse en algo bueno. Y una vez hecho esto, tratar con el autor y ayudarle a elaborar el mejor producto final posible, teniendo en cuenta factores que el autor en la mayoría de casos no maneja, como la viabilidad de un proyecto, su proyección comercial, su interés de cara al lector, los pasajes que pueden resultar difíciles. Un editor plantea modificaciones, sugiere vías alternativas...
         Ahora bien, hoy en día, ¿cuántos editores hay que hagan esto? ¿Cuántos que tengan siquiera posibilidades de hacerlo? ¿Uno o ninguno?
         A la hora de seleccionar una novela, la mayoría de editores parecen atender antes que nada a su comercialidad. La calidad literaria queda en un distante segundo plano. El libro es un producto de consumo más, que se vende en grandes cantidades, en grandes superficies, al lado de las maletas o los tornillos. Se vende rápido y se consume igual. Queda obsoleto en cuestión de meses. No precisa de orientación ni asesoramiento cualificado.
         Si han sido en primer lugar las editoriales, las grandes editoriales, que ya he dicho que las pequeñas son como parientes pobres, tan poco tenidas en cuenta como los propios autores; si han sido ellas las primeras que han "disminuido" al libro, dejando que pasara de ser un bien cultural a convertirse en fast food, ¿cómo pueden ahora llevarse las manos a la cabeza y clamar por la crisis del sector?

Está también la labor que hacen las editoriales como tales, como empresa. Poniendo un corrector y un maquetador al servicio del libro. Un portadista y/o un diseñador. Ocupándose de la promoción y organizándole presentaciones a los autores, gestionando la distribución...
         Pero la triste realidad es que las partidas que designan para estos menesteres se han reducido de tal modo, que a veces resultan inexistentes. Así que el autor, que sacrificaba el 90% del P.V.P de su libro con el fin de llegar a más lectores y a más puntos de venta, llega a cuestionarse seriamente el para qué. Si al final esas tareas (o muchas de ellas) recaen igualmente sobre él, cuando no son omitidas directamente (como por ejemplo en el caso de la corrección, que en muchas ediciones brilla por su ausencia), para qué ha cedido el rendimiento de su trabajo y se ha conformado con su 10%.  Que no es cuestión de dinero, no creamos, es cuestión de justicia y hasta de sentido común.

¿Cuál es la conclusión de todo esto? Pues que en un mundo ideal cualquier autor querría contar con un editor y una editorial que le respalden, pero en este nuestro mundo real cada vez parece más claro que todas ellas piden mucho y dan bien poco, y que mejor el yo me lo guiso, yo me lo como, que además te hace dueño total (y responsable, para bien y para mal) del producto último.
         Cauces directos, hemos dicho, eso es lo que buscamos. Contacto directo autor-lector, evitando o minimizando los intermediarios. Igual que se ha hecho en otros sectores. E igual que en muchos de ellos, se contemplan como opción las cooperativas. En mi opinión, otra vía a explorar en cuestión de literatura, aunque aún no esté suficientemente estudiada.
         Cooperativas de autores, correctores, maquetadores, portadistas... Que consigan elaborar por sí mismos las obras literarias y tengan acceso directo a los libreros especializados. Que marquen sus propias reglas del juego y devuelvan el libro al estatus que merece, no de objeto de lujo, por supuesto, sino de vehículo de cultura y entretenimiento. Y que acaben con la tiranía de las distribuidoras.
         Los mundos de Yupi, ¿no?, me diréis. Pero, recordad, todo lo que se ha conseguido alguna vez empezó con un sueño.

martes, 14 de octubre de 2014

La quimera del escritor: escribir para vivir


En las últimas semanas ha sido un tema recurrente en la parcela del ciber que yo suelo transitar. La situación del escritor, de la mayoría de ellos, que tiene que considerar esto de la escritura como un hobby, y dedicarse a un montón de otras cosas para siquiera comer.
         La cosa empezó, por lo que a mí respecta, con un artículo que publicaba en su blog la escritora Virginia Pérez de la Puente (y que podéis leer AQUÍ), que abordaba la cuestión del pirateo desde su punto de vista personal, como profesional afectada por ello.

         Virginia, que tiene ya cuatro novelas publicadas, dos de ellas en editoriales de esas de relumbrón, Ediciones B y Minotauro, se quejaba de no poder vivir de su profesión ni de lejos. Y daba un paso más allá: nos contaba lo sucedido con su última novela, autopublicada en Amazon hacía solo cuatro días. La novela cuesta la friolera de 1,11 €, IVA incluido, es decir, lo que un paquete de chicles por ejemplo. De ahí su indignación al descubrirla en una plataforma de descarga ilegal, para que se la baje quien quiera, anónimamente.
         La autora se hacía eco del sentir de gran parte del colectivo cuando aventuraba que, si las cosas no mejoran, es muy posible que ella, igual que muchos otros, tenga que dejar de escribir y dedicarse a algo que le permita comer. Con la consecuencia a largo plazo de que se reducirá la oferta literaria de calidad; ya que para ofrecer al lector una obra bien hecha, bien corregida y con un acabado profesional, hace falta mucho tiempo y dedicación.
         La misma denuncia la he visto reflejada en distintos medios, siempre con la misma intención: antes que la de señalar culpables, la de sacar a la luz una realidad que está ahí.

La situación es, pues, muy clara: hoy en día muy pocos escritores pueden vivir de escribir.
         Pero detengámonos en las causas. Porque casi todo lo que leo tiene que ver con la piratería (a favor o en contra) y yo creo que el debate no es ese.
         Vayamos a los hechos.

1. La existencia del pirateo es algo real. Consideremos como tal cualquier medio por el que alguien obtiene algo gratis, cuando la intención de su autor/creador no era esa. Porque habiendo como hay en internet tanto contenido de descarga legal y gratuita, creo que es fácil distinguir lo que no lo es.
         Y existe también el pirateo a gran escala, esas descargas masivas que van a engrosar los depósitos de webs que viven de la publicidad. El material "ilegal" sirve para atraer visitas, que a su vez sirven para elevar la "cotización" de la página en cuestión. Como en la tele, no cuesta lo mismo insertar un anuncio en un programa de máxima audiencia que en otro que no ve ni el tato.
         La gente, pues, piratea. Ahora bien, ¿esas descargas ilegales son la causa de que los escritores no puedan cobrar (y vivir de) su trabajo? Yo creo que no. Quizá bajen sus ventas, pero desde luego, las principales razones son a mi entender otras.
         Sin embargo, sí me parece esta una cuestión ética, y creo que nuestro objetivo, el de todos, debería ser concienciarnos de ello. Si alguien vende algo, puedes comprarlo o no, pero no deberías robarlo. Esto, que parece tan claro tratándose de bienes tangibles, no lo es tanto cuando se refiere a material disponible en la red. Es cierto que la inmensa mayoría de lectores que se descargan libros gratis no son conscientes de que ese material pertenece a alguien, que es el fruto del trabajo de alguien, y que se están apropiando de ello indebidamente. Si está disponible, si lo puedo conseguir tan fácilmente, ¿cómo no va a estar ahí para eso?
         No se plantean, en suma, que alguien lo ha puesto allí, en esas plataformas de descarga, de manera ilegal, en contra de la voluntad de los autores. Y normalmente tampoco quieren saberlo. Porque tenemos en la mente a las grandes discográficas, las grandes productoras, las grandes editoriales.
         Tarea es de todos, como digo, "ponerle cara" a esos autores, humanizar a quien está detrás de cada obra, el escritor que pretender vivir de escribir (o el músico, o el cineasta o...), que quiere hacer de la escritura su profesión, una como cualquier otra. Claro que, con esto llegamos al punto 2...

2. El concepto que tenemos del arte y de los artistas.


Me encuentro con cierta frecuencia con gente que piensa que escribir no puede ser una profesión, en el sentido habitual de "medio por el que gano dinero y me mantengo", o sea, lo que uno hace para vivir. (Por supuesto ya ni hablamos del "gano dinero y me hago rico", algo que dejaremos para los futbolistas y banqueros XDD).
         El escritor era, en otros tiempos, el tipo abnegado que lo daba todo por su arte, se moría de hambre en una lóbrega buhardilla y se hacía conocido por el acto efectivo de morirse. Pero los tiempos cambian y hoy en día nos parece cruel exigir semejantes sacrificios a nadie. Así que el escritor ha pasado a ser el tipo abnegado que le dedica a su arte el tiempo que le queda libre, que se mantiene ejerciendo cualquier otra tarea, de esas de sufrir, y que se siente tan realizado con el mero ejercicio de la escritura que no necesita ninguna otra compensación externa. Es más, que si hace cualquier cosa para obtener esa compensación externa, prostituye su arte y se rebaja al estadio de vendido artesano.
         Entonces, naturalmente, escribir no puede ser una profesión, porque para considerarse como tal, una ocupación solo puede ser algo que uno haga sin ganas y por la pasta. Que le cueste esfuerzo y le haga padecer de alguna manera, aunque sea ligeramente. Que le obligue a madrugar, que tenga un horario definido y estricto, que sea algo no creativo y con poco o ningún brillo social...
         Dicho así suena ridículo, lo sé, pero sin embargo es algo que obedece a poderosas cuestiones psicológicas a las que todos, en mayor o menor medida, les rendimos culto.
         El bíblico "ganarás el pan con el sudor de tu frente" es en realidad una creencia firmemente instaurada en el inconsciente colectivo de gran parte de las sociedades humanas. De alguna manera lo tenemos inoculado en nuestra mente desde la infancia. Y sus efectos son claramente perceptibles. Hemos aprendido a valorar solamente las cosas que nos cuestan esfuerzo y un grado variable de sufrimiento. Los personajes que más admiramos son los luchadores, los ganadores que lo han sido a costa de difíciles batallas, o gracias a una gran astucia, a su tenacidad, durabilidad... Aquellos que, para hacer lo que hacen, han seguido un larguísimo entrenamiento y han superado exámenes heróicos.
         De ese modo, si algo te llena y te gratifica en su propio desempeño, ¡no puede ser un trabajo! ¿Y cómo quieres entonces cobrar, encima, por ello?
         No nos planteamos que si un neurocirujano disfruta con su trabajo y se siente realizado, o un constructor, que solo vive para los negocios y es feliz así, o una política que obtiene gratificaciones inmediatas en cuanto a prestigio y reconocimiento ; no nos planteamos por qué ellos sí trabajan y un escritor no. Y ni siquiera debe.
         Mientras no cambiemos esa mentalidad es muy difícil que consideremos un derecho, y una legítima aspiración, que un escritor reciba retribución por su trabajo, uno en el que, a ciencia cierta, ha empleado tanto o mayor esfuerzo y entrega que cualquier otro profesional.

3. El sistema editorial: Otra de las razones que explican que la profesionalización de los escritores sea, en la mayoría de casos, una quimera.
         Todo el mundo habla de la evolución del mercado editorial. De la concentración que experimentamos, con multinacionales del sector haciéndose con todas las pequeñas y medianas empresas. Del aumento de oferta escritora, o sea, del número de manuscritos recibidos; y del incremento, aparentemente imparable, del ritmo de publicaciones. De la pérdida de la especialización en la distribución y venta. De la conversión del libro en un producto de consumo más.
         Todo ello factores que explican la crisis en la que está sumida el sector. Todo ello, también, cosa sabida.
         Pero sin embargo, lo que no sabe tanta gente, que se sigue sorprendiendo cuando descubre el mundo editorial desde la perspectiva del escritor, es que del precio de un libro el autor solo percibe un 10%. Igual que si cultiváramos tomates, vaya, que de lo que se paga en el mercado a lo que recibe el agricultor va siempre un abismo.
         Es decir, el escritor, el productor primero de esa obra, percibe una décima parte de su rendimiento, mientras que es la distribuidora quien se lleva la mayor parte, luego la editorial, la imprenta, e incluso el portadista y/o ilustrador, cuyo trabajo se cotiza más que la escritura. (Esto en cuanto a autores minoritarios. Si vendes mucho estas dos cifras se invierten, porque como el portadista suele cobrar una cantidad fija y el autor va a porcentaje, si hablamos de ventas millonarias...)
         Si tenemos en cuenta que el precio de un libro ronda de media los 15 o 20 euros, solo hay que echar unas cuentas básicas para ver cuántos libros tendría que vender cada año un autor para acceder tan siquiera al salario mínimo interprofesional. Unos 6.000 o 7.000 ejemplares para un sueldo mínimo. Añadiré como dato que la venta promedio en España está en torno a los mil quinientos ejemplares vendidos. Conclusión: muy pocos escritores logran obtener con sus ventas un salario que les permita vivir. Del resto, aún menos consiguen redondear lo suficiente sus magros ingresos con conferencias, columnas en prensa, presentaciones, cursos... Actividades literarias secundarias, podríamos decir.
        
Por otra parte, nos dicen que las ventas han bajado. No necesariamente porque haya menos lectores (**), sino también por otros factores, que achacan a la revolución que ha supuesto la edición digital, que conlleva menos compras de libros en papel.

(**) Un par de artículos que he leído respecto a este tema, comentaban que el S. XX fue una absoluta excepción en cuanto a número de lectores y no hay, por tanto, que tomarlo como referencia. Que los lectores han sido siempre una minoría dentro de la población general. No podríamos afirmar, por lo tanto, que las ventas hayan bajado, sino más bien que habrían vuelto a su estado "natural".

         Y que a las editoriales tampoco les salen los números. Lo que es cierto si nos ceñimos a las pocas editoriales pequeñas que quedan, cuyo trabajo es tan vocacional y poco rentable como el de los escritores.

Lo que parece indiscutible en cualquier caso, es que el escritor se encuentra en un verdadero atolladero al que no se le ve salida posible. Y que solo parece existir una elección:


(CONTINUARÁ..........................................)

lunes, 6 de octubre de 2014

Próxima publicación

LA CASA DE LOS CEREZOS

¿Recordáis aquella novela que estuve publicando en el blog hará algo más de un año? La leistéis capítulo a capítulo y recibió bastantes comentarios.
         Pues resulta que se me ha hecho mayor. Se ha crecido, para ser más exactos. Yo creo que se le subieron a la cabeza todas esas cosas bonitas que le dijeron entonces los lectores y ahora todo le parece poco.
         Siempre tuve planes para ella, eso sí. Desde que encontró aquí en el blog tan buena acogida me propuse hacerla ver mundo de la manera que fuese, tal vez en una edición digital. Pero entonces me surgieron dudas, porque coincidió que varios lectores me comentaron, desde distintos frentes, sus dificultades para seguirla en pantalla, y encima por entregas. La habían empezado y estaban interesados en ella, pero la preferían entera y, a poder ser, en formato papel. Así que el tema se quedó un poco paralizado de momento.
         La novela, aunque aparentemente muda y sorda como todas, debió en realidad de estar escuchando y se quedó con parte de aquello, concretamente con las lisonjas y las múltiples posibilidades. Y ahora, se ha empeñado en que la vista de largo y, de una vez, la deje presentarse en sociedad "como es debido", me dice, así tan fresca. Bien maquetada, impresa y toda seguida. Como digo, se ha venido arriba y ya no hay quien la pare.
         Tanto ha insistido que no he podido hacer otra cosa que acceder a sus requerimientos. Y aún más: montarle un evento para que debute tal y como le venga en gana. Será en una sala donde se pueda beber cerveza (qué menos, ¿no?, a eso sí que ha tenido que acceder sin condiciones) y sentarse con los amigos a presenciar "el espectáculo".
         Que esa es otra, se me ha vuelto muy presumida y dice que si no le garantizo un sarao en condiciones... que ella no va. 


De momento ya tengo su traje de largo,

confeccionado por la ilustradora María José Perrón
Y un blog donde pueda expresarse (y me deje un poco en paz) y vaya anunciando las nuevas primicias: LA CASA DE LOS CEREZOS

En cuanto sepa algo más concreto os lo cuento, aunque tengo el barrunto de que será por Samhain o alrededores, que es una fecha que siempre me trae novedades y nacimientos. Y apropiada por demás para tratar asuntos de fantasmas.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Musas, musas

O musos: hoy Zbigniew Preisner,
un compositor polaco que acabo de conocer y que se ha convertido en mi banda sonora para el relato que me traigo estos días entre manos. Estoy de poda; como siempre, me he pasado de extensión y tengo que recortar, y necesitaba algo de serenidad para una tarea que odio. El relato es de corte victoriano y pretensiones misteriosas, con lo que la música de Preisner (soy incapaz de pensar siquiera en el nombre del muso) le viene al pelo.
         Aquí un ejemplo, de lo más completito.


Zbigniew Preisner nació el 20 de mayo (razón de peso para que me caiga bien XD) de 1955 en Bielsko-Biala, Polonia. Es conocido sobre todo por componer música para películas, principalmente las del director de cine Krzysztof Kieślowski (toma nombre fácil también), ya sabéis, el de las películas "Tres colores: Azul", "Tres colores: Blanco" y "Tres colores: Rojo". Pero también para otros directores, como Agnieszka Holland o Jean Becker, o músicos como David Gilmour.
         Músico autodidacta, estudió Filosofía e Historia en Cracovia. Comparte con Kieslowski el honor de haber creado (inventado) al compositor holandés del siglo XVIII Van den Budenmayer, cuya música escribió Preisner y aparece en varias películas del director polaco.

jueves, 25 de septiembre de 2014

Sobre el Test de Bechdel...

... y lo que dan de sí las polémicas de facebook

Lo primero que hay que recalcar, antes de pasar a mayores, es que el susodicho test nació al parecer como una coña, y que no tiene pretensiones de ser ningún instrumento científico de medida. Que luego hay quien le exige cosas que no estaban en las intenciones de las autoras o se lo toma con más seriedad de la necesaria.
         (AQUÍ podéis ver un artículo de CINEMANÍA que habla del test, su desarrollo y las críticas recibidas).


Alison Bechdel

Surgió en el año 1985 y sirvió para poner de manifiesto la escasa o nula presencia que teníamos las mujeres en las películas que había hasta la fecha, y luego se extendió a otras manifestaciones culturales como novelas, cómics, obras de teatro, vídeos... Por supuesto, a continuación se desató la polémica, que puedo asegurar llega hasta nuestros días. Yo no conocía el test y lo descubrí el otro día en facebook, cuando fui testigo de un encendido debate, con defensores y detractores apasionados, que sacó a la luz todos esos otros aspectos de fondo siempre presentes cuando se habla de cualquier tema relacionado con el "género".
         Naturalmente, pese a los enfados momentáneos (o no tan momentáneos) que cualquier discusión suscita, yo valoro sus resultados positivos por encima de todo lo demás. Soy defensora a ultranza del debate y la confrontación. Creo que es lo que nos hace pensar, y sacar luego conclusiones que de otra manera nunca nos hubiéramos permitido articular. Porque, admitámoslo, gran parte de las personas que podamos conocer, si no fuera porque se ven obligadas de vez en cuando a discutir, pasarían la vida sin pensar en nada, cómodas e impermeables como una ameba.
         Ah, ¿pero que la gente tiene derecho a pasar por el mundo como una ameba? Es posible. Pero no será porque yo no haya tratado de impedirlo por todos los medios a mi alcance XD

En mi opinión, más allá de calificar algo como machista o feminista -que parece ser la obsesión de muchos- la utilidad del test estaría en llamar la atención sobre un problema real y permitir reflexionar sobre él.
         Esto es así muchas veces: hasta que alguien no señala una cuestión concreta, que se daba por hecho hasta el momento, el resto no tomamos conciencia de ella y nos permitimos cuestionarla. Así que, para empezar, el test estaría bien aunque solo fuera para que se hablase de un asunto fundamental y absolutamente cierto, la escasa presencia, y por tanto influencia, de las mujeres en la cultura.

Hace cosa de año y pico, yo escribí un prólogo destinado a una antología de relatos, de autores diversos, que se articulaban en torno a la figura de la mujer, en distintos tiempos y culturas, en la historia o en la leyenda. Se trata de:



Un proyecto que surgió inspirado por una idea de José Luis Cantos, que pretendía resarcirnos de un olvido histórico.
         En el prólogo yo pasaba revista a un montón de películas y libros, que conocí en mi infancia o más recientemente, en los que la presencia de la mujer era algo meramente anecdótico. Las mujeres eran pocas, y cuando estaban presentes tenían siempre un papel subordinado, de comparsa (esposa, novia, hija, etc.) de algún personaje masculino. Ellos eran por norma los auténticos y únicos protagonistas.
         Y si alguna fémina decidía saltarse a la torera las normas no escritas y se empeñaba en desempeñar un papel demasiado relevante, ya fuera reina o corsaria, científica, mujer de letras o de armas, se le asignaba el correspondiente correctivo, un destino poco halagüeño que pusiera fin a esas ansias indebidas por ocupar un lugar que "naturalmente" no le correspondía.
         Esto era y aún es una realidad, le pese a quien le pese. Y ha tenido y tiene consecuencias mucho más graves de lo que pudiera suponerse.
         Lo que no se ve, NO EXISTE, no cuenta. Si no hay mujeres en el cine, en el teatro, la novela o el cómic, desaparecemos del panorama, dejamos de ser visibles, y nuestra influencia será siempre imposible. Continuaremos en un mundo diseñado por y para los hombres (los que encajen en el patrón general, claro está), según sus propios parámetros.
        
Ahora bien, volviendo al test y ciñéndonos al caso de la literatura, ¿significa todo esto que los autores deberían plantearse siempre a la hora de escribir la exigencia de cumplir los presupuestos del test? Creo que no. Cada uno que escriba lo que le dé la real gana. Hay autores a los que les saldrá incluso sin querer y otros a los que no les saldrá ni queriendo XD
         A mí, concretamente, que me gusta preguntarme habitualmente por qué hago lo que hago y por qué siento lo que siento, el descubrimiento del test me ha llevado a mirar mi trabajo desde una nueva perspectiva, para darme cuenta (antes nunca lo había considerado así) de que suelo crear muy a menudo mujeres protagonistas, que hablan y se relacionan entre ellas y cuyos intereses son mucho más amplios que el tema "hombres", aunque sin duda lo incluyen. Pero que tengo también protagonistas masculinos, muy majetes ellos, sin que esto me supongo, ni por asomo, un problema. Porque no tengo la necesidad de demostrar nada ni me parece que la igualdad determine invisibilizar a los hombres (ni a mí ni a nadie, aunque ese sea el temor de algunos).
         Sí es cierto que, si me diera cuenta de que ninguna o casi ninguna obra mía lograba pasar el test, me plantearía seriamente el por qué, pues a día de hoy se me hace extraño seguir viendo el mundo como en el siglo pasado y me resultaría curioso conocer el motivo de mis "olvidos".
         Por mi parte pues, que sea bienvenido el test de Bechdel y cualquier otro similar, que nos haga pensar sobre el estado de las cosas y nos obligue a enfrentar la realidad, sea esta del color que sea.

martes, 16 de septiembre de 2014

De pócimas...

He aquí un relato que he hecho hace nada para un taller del foro del Multiverso. Se trataba de un ejercicio "antioxidante", que debía versar sobre un tema (a elegir entre dos o tres) relacionado con las excusas rocambolescas que se pueden poner para justificar algo.
         Yo elegí el del personaje que se le rebela a su autor, dándole las razones que estima oportunas para explicar la acción emprendida.
         Arrancó como un relato más bien humorístico, pero se fue volviendo un poquito amargo, adoptando el tono que le dio la gana. ¿Entendéis ahora mi elección? Soy experta en personajes y tramas que se rebelan. Si me descuido un poco, al final me sale un dramón de los buenos XDD
         Aquí está, listo para ser destripado y eso.


**Espero que podáis perdonarme la imagen ;-)

REVOLUCIÓN, por L. G. Morgan

M. se levantó como cada día: hecha un asco. Con el sonido rutinario del despertador, arrastrando los pies y los restos de sueño camino del cuarto de baño. Luego desayunó, como cada día, un té triste y una tostada tirando a quemada. Y encendió el ordenador también como cada día, para continuar con lo que fuera que estaba escribiendo entonces.
Solo que aquel no estaba destinado a ser un día como cualquier otro. En la última página de su última novela, esa que aún tenía a medias, varada en el capítulo siete, aparecía una palabra en mayúsculas y negritas, más grande del habitual tipo 12.
REVOLUCIÓN.
Muchas veces. Surcando todo el ancho de la página.
Coño. ¿Será cosa del subconsciente diciéndome algo? –no pudo evitar pronunciar en voz alta.
—¿Qué subconsciente ni qué niño muerto? –apareció una frase en la hoja blanca del Word.
M. no podía creerlo. Se aseguró de que sus dedos se mantenían quietos; ni siquiera se habían acercado al teclado. Ella no había escrito esas palabras.
—Soy yo, Amanda –volvió a escribirse en el papel virtual.
—¿Amanda? ¿Qué Amanda? –se atrevió a escribir M. por fin. Necesitaba entender qué estaba pasando.
—Hoy estás aún menos lúcida de lo normal, ¿eh? –respondió el papel con intención ofensiva, M. estaba segura de ello–. Amanda Warren, torpe. Tu personaje en la jodida “Amor en la campiña inglesa”, esta bazofia que te empeñas en llamar novela.
—No puede ser –se asustó M.–, no es posible.
Se pasó las manos por la cara compulsivamente, tratando de salir de su estupor y hacerse cargo de lo que tenía que ser una especie de perversa alucinación. Pero el restregón de ojos no cambió nada. Se dio una vuelta por las líneas y páginas anteriores, notando con creciente horror las insidiosas alteraciones que destrozaban su trabajo. ¿Quién podría haberlo hecho? Ella no, desde luego. Recordaba perfectamente, si no todas las palabras, la idea de la trama, el sentido de los diálogos… Las escenas, en definitiva. Allí estaba pasando algo muy feo, más propio de la ciencia ficción que del género romántico en el que ella era la reina.
El cursor avanzó por sí mismo hasta pararse en la última página. El «diálogo» se reanudó.
—Solo diré esto una vez: no voy a hacerlo, me rebelo. Va en contra de mi dignidad como personaje.
—Ya está bien –se indignó M. a su vez, sin saber muy bien a qué, exactamente, se refería Amanda–. Tú harás lo que yo te diga –gritó como una posesa.
Esperó. Pero no ocurrió nada. Esperó un buen rato más, sin que una sola letra se trazara en la pantalla.
Entonces observó algo.
Subió arriba, para cerciorarse de que había visto bien. Un montón de frases se habían convertido en cursiva. Luego apareció algo nuevo:
Esta es mi voz a partir de ahora. Más vale que te vayas acostumbrando.
—¿Cómo que tu voz? A ver si te enteras. Tú no tienes voz, no tienes nada. Eres solo una creación mía.
Porque tú lo digas. Imagíname riendo: jajajajajajaaa. Yo soy lo que quiera ser. Y desde ya te digo que no pienso chupársela al mierda este de protagonista con el que me has liado. Es un imbécil. ¡Jonathan Shift!, menudo pijo. Ni siquiera me gusta, nunca he soportado a los hombres con traje caro y reloj de marca. Me trata fatal. Claro que todo es culpa tuya, me haces parecer una subnormal, con todos esos “Oh, Johny, me siento tan segura a tu lado”. Además soy pobre. Y bastante inculta. ¿No podías haberme dado unos estudios, aunque fuera algo del tipo “femenino”, no sé, maestra o algo así? Pero no, tenía que ser la puta secretaria que moja las bragas por su jefe. ¡Pero si no lo soporto! Y la coherencia. ¿No podías haber ideado algo más razonable? No sé, que yo comprenda que es un capullo y me lo monte con otro más decente. Es que así parece que lo que quiero es su dinero.
M. no daba crédito a lo que leía. Amanda había resultado “tan” ordinaria. Y además moralista. Evidentemente, no sabía una mierda de las convenciones del género romántico. Trató de explicarle.
—A la gente que lee mis libros le gusta leer sobre sexo, sí. Pero tiene que ser “sexo seguro”, por decirlo de alguna manera. Tiene que seguir unos parámetros aceptables, unos cauces conocidos. Hay que respetar el argumento básico, ¿lo entiendes? Yo me limito a cambiar escenarios y nombres en cada novela, pero NO PUEDO, de ninguna manera, cargarme las convenciones. ¡No sería decente, no sería… ético! He de darles a los lectores lo que esperan de mí.
—¡Tonterías! Tu obligación es escribir algo con cierta lógica. Algo medianamente fiel a la realidad, «¿lo entiendes?» –remedó con burla–. ¿Y qué lógica tiene tu asquerosa escena? Se  supone que soy virgen. Así que «lo lógico», cuando él se la saca de buenas a primeras y me dice que me la coma, sería salir corriendo...
¡¡¡No lo dice ASÍ!!! –se indignó M., sin poder evitar ruborizarse ligeramente. «Por favor, por favor, que no “suene” de esa forma como lo dice ella».
Bueno, como sea. ¡Pero si, tal como me has descrito, no sabría ni qué hacer con una en las manos! ¡Por favor, nadie va a creérselo! De repente soy una experta devoradora de hombres.
M. la imaginó poniendo los ojos en blanco, chillando de rabia delante de ella. Y se asustó. Se quedó parada mucho rato sin saber qué hacer. ¡Qué carácter! Luego, con cuidado, con una letra que le pareció que «sonaba» muy pequeña, se atrevió a escribir:
—¿Y qué hacemos entonces?
—¿Hacemos? Tú nada, que ya has hecho bastante. Déjalo todo en mis manos y vete a hacer lo que quiera que hagas con tu vida. Yo tengo trabajo.
Obedeció como una buena chica. ¿Qué iba a hacer? No podía luchar contra los elementos si el mundo se había vuelto majara. Había que claudicar.

Se levantó del ordenador y se fue a su cuarto. Y se dio cuenta de que no tenía la menor idea de qué hacer ahora que era libre, ahora que no tenía que escribir. Todo el día por delante y… Nada, vacío total. Y entonces fue como una revelación, en mayúsculas tamaño 20 y negrita: vio que no tenía vida propia fuera de aquella, tan falsa y pobre en opinión de Amanda, que creaba en sus libros.

viernes, 12 de septiembre de 2014

Y el mar trae sueños de agua

Fotos: M. A. Rodríguez

Seguimos con las rutas coruñesas, dibujando caminos esta vez más urbanos. Son visitas obligadas las dos joyas de la corona, A Coruña y Santiago.


La torre de Hércules, o el faro de Breogán, desde donde hay espectaculares vistas como esta:


A Coruña tiene una red de museos importante. La casa de las Ciencias, el Domus o museo del hombre, y el Aquarium Finisterrae, donde viven estas preciosidades...


...Y encontramos el Camarote del Capitán Nemo, al que se accede por aquí:



En plan literario, me encanta la Casa-Museo Emilia Pardo Bazán, que comparte edificio con la Real Academia Gallega. Y un descubrimiento reciente, la librería de viejo O Moucho, en la Ciudad vieja. 

SANTIAGO no necesita presentación. Cada vez que voy descubro sitios nuevos. Rincones como este, donde puedes tener la suerte de escuchar, por ejemplo, el Ave María interpretado con un arpa.  



Y Ferrol, que personalmente me encanta, también merece una visita, con su casco cuadriculado del siglo XVIII, perfectamente conservado y en buena parte peatonal.



Hay un barco que cruza la ría y te pone en quince minutos en Mugardos, pueblo pequeño con una calle llena de tabernas y mesones, donde hacer la inexcusable comparación entre el Pulpo a la mugardesa y el Pulpo a feira.



Para terminar, quiero mostraros otro de los lugares clave de la zona, que se cuenta entre mis preferidos: Betanzos. Me gusta tanto que allí está situado uno de los escenarios principales de una novela en ciernes, que tengo planeada y empezada desde hará un par de años y que, como otros proyectos, tomo y dejo según necesidades del guión de eso tan antipático que se llama mundo real XDD
         Betanzos tiene un museo muy interesante, Las Mariñas, donde estuve recabando entonces información acerca de la época que me interesa para el proyecto: del año 1934 (más o menos) en adelante.
         Desde el Museo das Mariñas se coordina el Anuario Brigantino, una publicación editada por el Concello de Betanzos que comenzó su andadura allá por el año 1948. Es una revista de investigación histórica, artística, literaria y antropológica de ámbito gallego, con una sección donde se consignan los acontecimientos más importantes del año y se hace una memoria de las actividades culturales de la ciudad.
         El camino por el que llegué a ese lugar, y luego lo elegí para mi historia, obedece a una de esas casualidades que se dan en la vida de vez en cuando y que a mí tanto me gustan, pues parecen hechas para marcarte el camino como si fueran señales luminosas.
         Andaba yo indagando sobre cómo habría sido la Guerra Civil en La Coruña, y en Galicia en general, para situar a mis protagonistas. (Ya sabéis cómo es esto de internet, vas buscando, buscando, de un sitio a otro, y antes de que te des cuenta te has metido en un laberinto de pasillos sin fin, muchas de las veces interconectados y en alguna ocasión sin salida). Di así con un texto de alguien llamado Francisco Javier Alvajar López, en el que narraba en primera persona sus experiencias durante la guerra, que vivió primero en A Coruña y luego en el frente, para acabar finalmente en el exilio como miembro del gobierno refugiado. Era hijo de César Alvajar Dieguez, periodista y político republicano, y Rita López Jeán, maestra e importante activista política, luchadora por los derechos de la mujer.
         Resultó que el citado texto aparecía en un número (no recuerdo de qué año) del Anuario brigantino. Como me parecía muy interesante leerlo entero, escribí a la dirección correspondiente de Pontevedra y solicité, como indicaban en la página, que me enviaran el artículo de mi interés. Continué tirando del hilo y descubrí que Alvajar López (bueno, su viuda, en su nombre) había donado la bandera republicana que tenía el gobierno republicano en el exilio al Museo das Mariñas de Betanzos, cuyo emplazamiento ya conocía yo de otros viajes. Y así, en el siguiente viaje al norte, arrastré a mi familia hasta el museo para conseguir toda la información posible sobre el Betanzos del 34, igual, igual, que un auténtico detective siguiendo la pista del sospechoso XD
         Además de ver el museo, instalado en un antiguo convento, tuvimos la suerte de dar con uno de los responsables (de esta gente enamorada de su trabajo que resulta un auténtico experto en su campo), que además participaba activamente en la confección del Anuario. Estuvimos hablando con él y salimos de allí armados de un mapa antiguo de la ciudad y de todas las referencias y anécdotas que fui capaz de apuntar sobre Betanzos.
         Solo nos quedaba darnos un par de vueltas más, para localizar exteriores y situar el emplazamiento de "mi" casa, y de las tiendas y calles donde se moverían mis protas, tratando de imaginar aquello mismo que estábamos viendo con el aire que tendría setenta y tantos años antes.



Y hablando de esas casualidades que mencionaba: hoy mismo, en facebook, he encontrado una foto antigua de la feria de Betanzos, uno de los marcos que sirven a mi historia, pues será el lugar donde se conozcan dos de mis personajes.
         Eso tiene que querer decir algo, ¿no?


Feira de Betanzos, 1926. R. M. Anderson