martes, 14 de junio de 2016

Helena Bonham-Carter y otras rarezas mías


Helena Bonham-Carter


Me encanta esta mujer.
         No es solo que me parezca una actriz excelente, una mujer guapa, inteligente y sumamente original. Es, además y sobre todo, que adoro su forma de ser ella; tan ella, clara y definitivamente ella misma; frente al viento y la marea de las críticas y opiniones ajenas.

         Yo también creo que a veces le falta acierto, que quizá se excede, que es rara y a menudo estrambótica... Y me encanta todo ello. Porque llega un momento en que hay que hacer lo que a una le da la real gana. Lo que te pide el cuerpo, lo que te sale del alma. Pese a quien pese y vaya contra las convenciones que sean. Porque eso es, precisamente, lo que hace que tú seas tú, distinta de los otros, con tus cualidades y defectos propios, no los heredados, no los que mandan los cánones.
         Y, al fin y al cabo, la persona con la que tenemos que convivir sí o sí somos nosotros mismos. A los demás, que les den si es necesario. Pero no nos enemistemos con nosotros, lo llevaríamos fatal.

Como de costumbre, ¿y todo esto a qué viene? Pues veréis, tiene relación (una relación retorcida y poco obvia) con la literatura. Más concretamente, con mi literatura. Y en especial, con  ÚTERO - Civilizaciones Olvidadas, esa novela que he estado publicando por entregas durante los últimos meses.
         Una muy buena amiga mía me decía, con toda la razón, que el título es raro, absolutamente impopular. Más que raro; que a muchas personas les podría producir (bueno, a ella le constaba que no era un condicional sino un presente rotundo) cierto rechazo, por asociarlo con algo muy extraño, feminista, extremo o simplemente feo. Y me lo decía por mi propio bien, ya que pensaba que otro título más normal me habría permitido llegar a más gente, y conseguir que un número mayor de lectores leyera mi novela, una novela, por otra parte, que valía mucho la pena.
         De nuevo tenía razón. Lo sé. Pero argumenté en contra (cómo no), y le expliqué por qué Útero es un título especial para mí e irrenunciable por ello. Que se gestó en un sueño, y yo siempre hago caso de los mismos. Porque sé que son el producto cristalizado de elementos que flotan en el río subterráneo del subconsciente, expresados con su propio y peculiar lenguaje. Materia primigenia, podríamos decir, valiosa por lo que tiene de profunda y propia.
         Útero es además, como mi amiga reconocía, un término que describe a la perfección la esencia de la novela, esa tierra concebida como seno materno donde se da la vida. Un lugar oscuro y protegido en el que la raza a la que pertenece Laya, mi protagonista, ha logrado sobrevivir. En ese sentido, no había un título que pudiera parecerme más apropiado y redondo.
         Y, en última instancia, recoge el testigo de esa especie de campaña de «reparación» o reivindicación que llevamos a cabo muchas mujeres en los últimos años, desde distintos frentes, acerca del cuerpo femenino en general y los genitales femeninos en particular.
         Como ejemplo: ¿recordáis aquello de «Los monólogos de la vagina»? En su día fue un nombre realmente chocante, rebelde en cierto modo, pues parecía hecho para remover al personal. Un nombre, en opinión de muchos, poco adecuado para un espectáculo, que hizo llevarse las manos a la cabeza a un determinado sector del público. Hoy no resulta, sin embargo, ni la mitad de trasgresor que entonces. Nos vamos acostumbrando en cierto modo, vamos normalizando lo que antes fue motivo de extrañeza. Así pasa con muchos términos y conceptos. Así evoluciona poco a poco el pensamiento.
         Yo sé también (lo voy sabiendo con el correr del tiempo y los relatos) que mi estilo de escritura no va con todo el mundo. O más que mi estilo, entendiendo por ello el tipo de prosa, es el contenido de mis escritos, lo que está de fondo, lo que añado e incluyo porque forma parte de mis (a veces minoritarios) intereses, lo que no conecta, no gusta, a un cierto sector de lectores.
         Es algo, todo ello, que me ha hecho reflexionar. Suelo tomar en cuenta cada descubrimiento y cada nueva perspectiva que se me ofrecen, igual que lo que me dice la gente cuya opinión respeto. Pero al final me he contestado yo misma que mi camino es el que es, y mis elecciones son las que son. Que para mí no merece la pena captar más lectores si no es porque quieren leer eso específico que yo quiero contar.
         Claro que hay cosas que se pueden sacrificar. Incluso cosas que se deben modificar porque realmente demuestren no ser la mejor opción. Pero hay otras muchas que constituyen algo así como una declaración de intenciones y un sello de fábrica.
         Siempre cito a Neil Gaiman acerca de esta cuestión:

Neil Gaiman

Eso debe ser lo irrenunciable. Lo que constituye tu propio estilo, sin dejarte coartar por mandatos o peticiones externas. 
         También otros escritores han llegado a la misma o parecida conclusión:

Faulkner-Adorno


Por si todo esto no fuera bastante, hay además una razón práctica y comercial que sirve para apoyar esta tesis. Todos sabemos que hoy en día la oferta en libros es inmensa. Debido a las facilidades actuales para editar y publicar, debido también a la extensión de la escritura como afición, nos encontramos con una enorme cantidad de novedades editoriales que salen casi cada día.
         Destacar entre semejante número de publicaciones es tarea heróica y, si escribes lo mismo que el resto, tarea imposible. ¿Por qué te van a leer a ti, que encima eres un nombre desconocido en la lista infinita de autores, si ofreces a los lectores lo mismo que el resto?
         De modo que, aunque parezcamos (y seamos) raritos, parece que los autores minoritarios estaríamos siguiendo no obstante el camino correcto. Tendrás un público objetivo menor, sin duda, llegarás a los lectores que llegues, pero también tendrás la posibilidad de un tipo de lector especial, que busque exactamente lo que ofreces tú y nadie más. Y, en el peor de los casos, al menos estarás satisfecho con tu obra, obtendrás una gratificación directa con el fruto de tu esfuerzo, pues habrás dado a luz, exactamente, a la criatura que amas.


***Dato anecdótico: ayer mismito, en mi grupo de flamenco, hablaba yo con la artista que toca el cajón flamenco, y canta, sobre iniciativas artísticas, y me contó que ella forma parte de un grupo de teatro llamado... tachán... «Teatro del Útero».
         Ains, adoro estas casualidades que a veces me pone la vida por delante.

lunes, 30 de mayo de 2016

LAS NOCHES DEL HUERTO

Las noches del Huerto

El viernes 20 de mayo arrancaron «Las Noches del Huerto», un festival que hemos montado en el Huerto Comunitario de Manoteras para los viernes del verano.
         Si queréis echar un ojo a la inauguración, pasaos por la crónica del evento, que se recoge aquí, en Hortaleza Periódico Vecinal, y que incluye el guión que escribí para tan magna ocasión pocos días antes de que tuviera lugar el pregón.

«Las Noches del Huerto» es un proyecto que tiene una finalidad muy concreta: crear un espacio de cultura y ocio cercano a nuestro huerto y a la filosofía que impera en él, pero también abierto al resto del barrio. Un lugar al aire libre donde poder compartir entre todos arte y buenos momentos.
         Nuestra programación es ambiciosa, pues estamos convencidos de que siempre hay que apuntar a lo más alto y soñar a lo grande. No por nada la propia idea, como nos explicó Miguel Ángel Rodríguez, uno de los promotores, nació de un sueño. Y seguiremos soñando mientras el tiempo lo permita.

El segundo viernes, esta vez el 27 de mayo de 2016, ofrecimos, siguiendo con el plan previsto, un ejercicio distinto: el «Microduelo a la luna», seguido de la actuación musical de uno de nuestros compañeros hortelanos, que nos deleitó con su voz, guitarra e incluso armónica, al más puro estilo Bob Dylan o Neil Young.
         Pero empecemos por el principio: ¿qué es un Microduelo a la luna? Pues un concurso de microrrelatos que sigue un patrón un poco especial.
         La cosa deriva de una idea brillante que se desarrolla desde hace tiempo en OZ y que han dado en llamar «Microjustas», de forma muy apropiada, como veréis ahora mismo.
         Los micros presentados al concurso, compiten siempre entre sí de dos en dos, como en una justa entre caballeros o un duelo. En cada enfrentamiento solo puede quedar uno, según la regla que hicieron famosa Los Inmortales, pero adaptada a la inevitable exigencia de la legalidad. En vez de cortar cabezas se opta simplemente por dejar que el perdedor se retire tranquilamente de la arena, y se quede observando el resultado de los rivales. Se pierde un poco de gracia, sí, pero se gana en amigos, podéis creerme. Las Microjustas se realizan on-line, de manera que pueden ser seguidas por todos los lectores que así lo deseen.
         Nosotros, en cambio, queríamos hacerlo en vivo y en directo, y para ello contábamos con la experiencia inestimable de «Los microduelos de sangre», una adaptación vivida por primera vez en Penumbra (Primer cónclave de terror en Zaragoza). Los participantes del concurso se enfrentan de nuevo de dos en dos, en un auténtico duelo, leyendo en alto sus respectivos relatos. Y es el público presente quien, con sus aplausos, decide quién pasa a la siguiente ronda.
         En el Microduelo a la luna convertimos este formato en una especie de liguilla, ajustada a nuestro número de contendientes, que eran doce. Así que hicimos cuatro grupos de tres concursantes, que se enfrentaban de a dos. Tras dos o tres enfrentamientos (en función de si hubo triple empate o no) salieron dos concursantes por grupo, lo que nos da un total de 8. Siguieron otra serie de duelos hasta el duelo final, del que salió nuestra flamante ganadora, Paula, y la medalla de plata, M. José; galardonadas ambas con el sombrero vaquero que se había utilizado para los enfrentamientos, y la ganadora, además, con una centelleante* mochila hortelana.

*¿Entendéis ahora lo de centelleante?

Los emparejamientos y los temas de cada lectura se habían extraído al azar, para garantizar la justicia del certamen (o al menos, para que la responsabilidad única descansara en manos de la diosa Fortuna).
         Hay que decir que el público estuvo muy colaborador y todo el mundo pareció acabar de lo más contento. Y que mucho tuvieron que ver en ello el excepcional presentador y animador con que contamos, F. Susano García, escritor, monologista y persona estupenda; y la conductora del programa y dueña de pizarra, Delia Torrano Ruiz-Funes, que dejó por ese día su papel de cocinera-terapeuta habitual para acompañarnos. Mil gracias a los dos, porque sin vosotros no habría sido lo mismo.

Aquí lo dejo, que la noche dio para más pero tampoco hay que abusar. Nos guardaremos algo para otro día. Además, tengo que dejar hueco para un aviso... Que esto continúa, damas y caballeros.
         El próximo viernes, 3 de junio, contaremos con un poderoso encantador de personas. Víctor Santal, arpista de lujo a quien suele verse delante mismo del Palacio Real de Madrid, visitará territorio hortelano. Creo que puede ser una noche mágica.



Víctor Santal ante el Palacio Real de Madrid
         
       
Víctor Santal en Esta es una plaza

viernes, 13 de mayo de 2016

EL SILENCIO DE LA CIUDAD BLANCA

Eva García Sáenz de Urturi

Eva García Sáenz de Urturi

Hoy recibimos en el blog la visita de una de nuestras antiguas huéspedes, que se alojó por un día en la sección «Mujeres que se escriben».
         Se trata de la autora Eva García Sáenz de Urturi, quien anduvo por estos lares hace casi exactamente dos años (MUJERES QUE SE ESCRIBEN).
         Viene cargadita de novedades, especialmente las que se refieren a su última novela, «El silencio de la ciudad blanca», publicada por Planeta este mismo año 2016, y que va ya por su tercera edición.
         También nos contará algunas cosillas muy interesantes sobre cómo ha sido su trayectoria profesional, desde el salto al vacío que supuso su primera novela, autopublicada en digital, hasta el fichaje por parte de una editorial de prestigio, que acudió a buscarla en vista del éxito obtenido con «La saga de los Longevos», novela con la que debutó.

El silencio de la ciudad blanca

LiteraturaConEstrógenos Buenos días, Eva, qué gusto tenerte de nuevo por aquí. EvaGarcíaSáenz Buenos días. Igualmente, un placer volver para otra entrevista.
LCE Tal como comentaba más arriba, estás de estreno, ¿no es así? Te encuentras promocionando tu última novela, «El silencio de la ciudad blanca», que está resultando un éxito completo de venta y crítica. ¿Cómo estás viviendo el proceso?
EGS Con mucha satisfacción. En apenas dos semanas ya hemos agotado la tercera edición, algo inaudito en estos tiempos, y el feedback de los lectores no puede ser más positivo. Tanto en el Facebook de evagarciasaenz como en Twitter e instagram los lectores están interactuando de una forma maravillosa: suben sus selfies con la novela, dejan sus comentarios, responden a los trivias que les planteo…
LCE A tu novela se la ha denominado como «novela negra», entre otras cosas, pero tal como tú misma nos dijiste en la anterior ocasión, lo que tú escribes es difícilmente clasificable dentro de un solo género. Por mi parte, veo que los elementos históricos, legendarios, y hasta románticos, se hallan presentes en todas tus obras. ¿Cómo se hace para conjugar todas estas piezas e integrarlas en un todo?
EGS En todas mis novelas hay un poso histórico importante, como también son importantes las historias entre hermanos, padres e hijos, o abuelos y nietos adultos. Al final, eso constituye el sello de lo que escribo y no me puedo abstraer de ello.
De todas formas, en el caso concreto de El silencio de la ciudad blanca el género está claro que es thriller, o novela negra o policíaca, que transcurre en el presente con algún flashback explicando los orígenes del asesino o asesina.
LCE Tu caso es algo particular en cuanto al tipo de lectores que tienes. Son de muy distintos tipos, tanto por edad, como por género o por gustos. ¿Cómo te explicas que tus novelas sean capaces de despertar interés en todos ellos?
EGS No sé muy bien por qué es, pero lo cierto es que, desde que escribí «La saga de los longevos», la horquilla de edad de mis lectores ha ido desde los 17 años hasta los 94, que es el lector más longevo que tengo. Creo que tiene que ver con el trasfondo de novelas de historias familiares de las que te hablaba: todo el mundo es hijo o padre, y todo el mundo se puede ver reflejado en esa trama.
LCE Tus obras se han traducido también a otros idiomas, por lo que cuentas con lectores extranjeros. ¿Cómo es eso de romper barreras? ¿Has recibido algún feedback por parte de estos lectores de fuera de España?
EGS Mis lectores americanos, australianos y británicos son muy diferentes a los españoles. Escriben al autor tratándole de usted, con muchísimo respeto, y las preguntas siempre están muy pensadas. En ese sentido, mis lectores patrios son mucho más espontáneos, pero las diferencias son simplemente culturales.
LCE Ahora que hemos hablado de esta última obra tuya, permíteme que pase a un tema que me resulta igualmente fascinante: el de tu trayectoria profesional. Has recorrido un largo camino como autora, de la autopublicación a convertirte en una de las escritoras best-seller de una gran editorial. ¿Cómo ha sido el proceso? ¿Cómo tuviste la valentía de lanzarte al incierto mundo de la autopublicación digital, y qué pasos se han sucedido luego para llegar hasta aquí?
EGS Comencé en 2012 autopublicando en digital «La saga de los longevos», tomé esa decisión mientras esperaba la respuesta de las editoriales, quería saber si a los lectores reales les gustaba mi novela. Lo que no esperaba en que en pocos días alcanzase el número uno a nivel nacional y que se convirtiera en viral en las redes sociales: las opiniones eran fantásticas y todo el mundo la recomendaba. Después de eso publiqué en papel con La Esfera de los Libros, en  menos de dos meses hacíamos el lanzamiento y en un par de semanas llegamos también a la segunda edición. La novela fue adquirida por una editorial norteamericana y la traducción al inglés funcionó también genial. Después de eso he publicado la segunda parte, «Los hijos de Adán»; y «Pasaje a Tahití» y «El silencio de la ciudad blanca» con Planeta. Son escalones que te van posicionando gracias a las ventas y al apoyo de los lectores.
LCE ¿A qué crees que se debe tu éxito? Además de al esfuerzo y al trabajo, que se ven claramente.
EGS Creo que son novelas que a la gente le gusta mucho recomendar y a eso se debe el fenómeno boca-oreja.
LCE   ¿Algún consejo que dar a los autores que están empezando?
EGS Que no publique hasta que tenga la novela muy pulida. Nunca hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión.
LCE  Un placer, nuevamente, haber podido contar con tu presencia. Muchas gracias por tus aportes.
Toda la suerte del mundo y hasta pronto.
EGS Mil gracias a ti, ha sido un placer estar en Literatura con Estrógenos.

viernes, 8 de abril de 2016

Arquitectura inhóspita

Los premios Razzie del urbanismo (*)


Edificio en la plaza de Jacinto Benavente, Madrid.

El otro día me tocó ir al centro en una de esas pesquisas literarias mías, y, quizá por ir yo más centrada y «mundana» de lo habitual, de pronto me hice consciente de algunos de los horrores urbanísticos que salpican de tanto en tanto mi ciudad. Para colmo, hacía uno de esos días grises y desdibujados que a veces entristecen Madrid en invierno, sin tener siquiera el atenuante de haber sido sazonados por un poco de lluvia. Así que, entre lo antiestético del entorno y el clima imperante, tenía yo todo el atrezo necesario para absorber la completa fealdad y desamparo del paisaje.      
         Sentí de golpe un enorme desasosiego. Un escalofrío de aprensión, una comezón irritante y persistente. Una sensación de estupor y de malsano asombro, un...
         Bueno, vale, quizá no fuera para tanto. Me he dejado llevar. Pero concededme este desahogo de justa indignación, que aún hoy me encuentro afectada.
         Hablo de Madrid, que es la ciudad en donde vivo y que, por ese mismo motivo, contemplo sin la indulgencia que provoca algunas veces el hecho de ser turista. Pero sé que esto de los edificios y las calles horrendas es algo que se da en todas partes. Así pues, podemos considerar que hablo de cualquier sitio. Que esto que voy a decir (a vomitar) se puede aplicar a cientos de barrios, calles o distritos enteros, en cada una de las ciudades en las que se nos ocurra pensar.
         El colmo de mi desazón llegó aquel día al alcanzar la glorieta de Cuatro Caminos, donde hay algunos de los edificios más feos que componen nuestro parque inmobiliario, y que yo tengo siempre en la mente tal como era antes, como lo vi de pequeña, por primera vez, quedándose marcado en mi recuerdo para siempre.
         Cuatro Caminos no es que sea ahora una plaza muy bonita, pero antes era muchísimo peor. Doy fe. Tenía en el medio uno de esos scalextric, que yo recuerdo renegrido y ruidoso, atravesado durante todo el día y parte de la noche por un sinfín de vehículos que arrojaban, contra las fachadas de las casas y los rostros de los indefensos transeúntes, sus dosis cuantiosas de polución.
         Cosas del progreso, ya se sabe.

scalextric-cuatro caminos

Scalextric de Cuatro Caminos - Construido en 1969

scalextric atocha

Y aquí el scalextric de Atocha
—construido en 1968—, que también se las trae.

Afortunadamente, el scalextric de Cuatro Caminos se desmontó en 2004 (el de Atocha lo fue antes, en 1986), devolviendo a la plaza al menos su estatus de plaza, cosa que antes no tenía siquiera. Pero han quedado, franqueando la rotonda, algunos restos de arquitectura de los años 60 y 70. En esas décadas se perdió el norte, no me pregunten por qué. Creo que es algo digno de estudio y que de seguro tiene que ver con la idea de avance y civilización contra la que lucharon nuestros llorados y luego malogrados hippies (bueno, lo que es aquí, aquí, hubo pocos, que eran los tiempos que eran. Pero aunque fueran más discretos en el gesto, en cuanto a la intención alguno había que pueda considerarse como tal).
         Entonces no existían conceptos como el desarrollo sostenible o el entorno ecológico (**) (hoy existen; como conceptos, digo; porque como realidades ya sabemos todos lo que se tienen en cuenta. Diremos entonces que, al menos, se contemplan). Y se creía que todo era pasa siempre y que el crecimiento era infinito y no pagaba su cuota de sufrimiento y desastres naturales.      

Pero volvamos al presente, que los 60 y 70 ya han sido juzgados y condenados, pero a pesar de todo seguimos tragando con esos legados dudosos treinta y tantos años después. Y lo que hay es lo que hay, aquello con lo que tenemos que vivir.
         ¡Qué poco confortables resultan muchas veces nuestras ciudades!, ¿no es cierto?
          Porque no es solamente una cuestión de pura estética de lo que estamos hablando ahora, sino también la sensación de una ciudad deshumanizada donde no estamos destinados a vivir. Al menos, a vivir bien. Las líneas rectas, desnudas, frías e impersonales, la falta de adorno, los materiales artificiales y los colores indefinidos y más bien agrisados... Creo que cuanto más se aleja algo de lo orgánico, del aspecto originario que tiene en la naturaleza, menos confortable resulta para el hombre.
        Sé que esto suena, quizá, algo (algo bastante) New Age, pero lo creo firmemente. Pienso que este entorno poco acogedor, y tan artificial, sirve para explicar en gran medida la sensación de prisa, de desvalimiento y de ansiedad que produce tan a menudo la vida urbana.
         Y luego está, esta vez sí, la carencia total de belleza, de estética, para mí absolutamente necesaria en la vida. Hace tiempo que descubrí que para mucha gente es un valor superfluo, incluso «burgués». Una preocupación de gentes privilegiadas, a eliminar. Una búsqueda despreciable en medio de tantas preocupaciones «importantes» y vitales.
         Nunca he podido ni puedo pensar así. Por supuesto que entiendo que las necesidades básicas de las personas deben ser nuestra primera inquietud. Que la justicia y el reparto equitativo de los bienes es prioritario, y que tenemos que garantizar que todos los seres humanos tengan cubiertas esas necesidades esenciales de comida, cobijo, asistencia sanitaria y educación. Pero también sé que no estamos completos como seres humanos si nos quedamos ahí. Que el espíritu, o la mente, o el alma, o el interior de cada uno, se nutre de otras cosas. Y que también deben ser derechos reconocidos y fundamentales las aspiraciones de cada ser humano a algo más que la propia materia.
         Vivir en medio del desapego por lo interno, en la desconexión con lo que todos nosotros somos en el fondo, y con los entornos naturales en los que como seres salvajes estábamos destinados a vivir, solo puede causarnos un grave malestar a largo plazo. Difuso, muchas veces insidioso e inapreciable, pero que estará ahí siempre al acecho, tan solo esperando su momento para saltar sobre nosotros y hundirnos en la miseria de un día gris y una ciudad inhóspita.


(*) Premios Razzie del urbanismo. En realidad una broma, pero una broma con intención. Me propongo promover, así entre nosotros, unos premios con la misma filosofía que los originales pero sobre edificios horrendos en vez de películas. (Para saber qué son los premios Razzie auténticos: https://es.wikipedia.org/wiki/Premios_Golden_Raspberry). Ya hablaremos del asunto.

(**) Entorno ecológico: Se habla del grado de concienciación ecológica de cada sociedad, las normas protectoras del medio ambiente, el uso de tecnologías respetuosas con el medio ambiente o el control de residuos peligrosos que pueden afectar a la actividad de una empresa.

viernes, 1 de abril de 2016

Me lo dijeron las mouras

As Fragas do Eume - M. A. Rodríguez

No es fácil conseguir que una moura te dirija la palabra. Mucho menos, claro, que se anime a contarte sus secretos. Creo que es necesario cogerlas en un día tonto y que no haya nadie cerca que pudiera luego irse de la lengua. Y, tal vez, pueda favorecer a la misión el hecho de que la primavera se retrase lo bastante como para ponerlas nerviosas. Esas cosas nos pasan a todos, los cambios de hora o de estación acaban por alterarnos lo sepamos o no.
         Entonces es posible —entendedme bien, solo posible, no es que con las mouras se pueda hablar de certezas en absoluto—; entonces hay una posibilidad de que se avengan a compartir con nosotros siquiera una pizca de su sabiduría ancestral.
M. A. Rodríguez

  Las encontré por casualidad una noche de luna llena. Tres mouras, con sutiles ropajes de gasa, sentadas en un prado, bajo un árbol. Una tenía el cabello blanco, de tan rubio que era. Otra, rojo como el fuego. Y la tercera, negro como la más negra de las noches.
Bajo la luz tan blanca de la luna no era fácil pasar desapercibidas. Así que creo que fue obra suya y solo suya que la luna se velara de inmediato.

M. A. Rodríguez
                        M. A. Rodríguez 

Lo cierto es que no acabé yo de entender tanto esfuerzo, pues apenas unos minutos después me llamaron por mi nombre y me pidieron que me acercara a charlar con ellas, porque tenían algo importante que decirme.
Supongo que cambiarían de idea de un instante para otro, de todos es sabido que los seres mágicos son de natural mudable y antojadizo.
Y no nos corresponde a los simples mortales cuestionar sus motivos ni sus caprichos.



Encendimos un buen fuego en un refugio que encontramos en las inmediaciones, para estar cómodas y poder hablar todo lo que nos diera la gana. Nos hicimos un té, aderezado con hierbas. Y luego ellas sacaron dulces y castañas de los hatillos que llevaban consigo. Pero no os imaginéis uno de esos atados de vagabundo, no, estos estaban confeccionados con rico encaje de Camariñas, y parecían impregnados de blanquísima luz de luna.
         Me he preguntado luego muchas veces qué llevaría aquel té —aunque, bien mirado, también pudieron ser las castañas que me ofrecieron, conservadas en un licor transparente que ellas aseguraban inocuo pero que a mí me olía talmente a orujo puro—. Porque, en medio de la conversación, y antes de saber yo qué se esperaba de mí, me señalaron muy serias hacia poniente, diciéndome que por allí andaba su casa, y, al volverme yo en la dirección indicada, observé estupefacta un megalito enorme y oscuro que antes no estaba. Se destacaba contra un fondo de nubes como de atardecida, y algo más lejos, se mecía el mar, casi en calma. «¿Cómo es posible?», me pregunté yo, muy razonablemente. «Si hace un momento era noche cerrada y no ha podido pasar tanto tiempo».
         Como soy una persona educada, no quise preguntar. Me hice la desentendida y seguí atenta a lo que me decían, pero aparté con mucha discreción el brebaje caliente, decidida a no beber una gota más, no fuera que lo que para una moura es cosa corriente a mí me provocara un resacón de la leche.



Monte de San Pedro. A Coruña.
M. A. Rodríguez

Por fin llegamos al meollo del asunto y me explicaron qué querían de mí. Tenían «un trabajito» que encomendarme, dijeron muy sonrientes; y yo maldije la hora en que me había tenido que encontrar con criaturas de hospitalidad tan interesada. ¡Y como para no obedecerlas, y decir que no me daba la gana! Aunque no fueran meigas, tampoco podía una olvidarse de su mágico oficio.
         Fuera lo que fuera lo que iban a pedirme, me dije con resignación, tendría que decir que sí, qué remedio.
         Pero mis temores eran infundados. Se limitaron a darme una lista con lugares que, de todas formas, yo pensaba visitar. Claro que tuve buen cuidado de callarme ese detalle, era mejor que admiraran mi buena disposición y se felicitaran por su acierto a la hora de escogerme entre los otros mortales. ¡Que me habían soltado todo de sopetón y bajo los efectos del alcohol! Y había que hacerse valer.
    
            
            Fervenza Teixido.
            A Coruña.
            M. A. Rodríguez

Las instrucciones fueron claras: yo debía ir a los bosques y acantilados señalados en el pergamino, uno por uno, y contactar con otras mouras que vivían allí para darles en mano una adornada invitación verde, que me mostraron a continuación.
         Era una cuestión de etiqueta, me explicó la moura de pelo rojo. Se consideraba de buen gusto, añadió, que las tarjetas para los festivales se cursaran por mensajero. «Y siempre se puede guardar la invitación como recuerdo», dijo muy contenta la moura de pelo negro. «Llevamos preparando la fiesta de Ostara desde Imbolc», me confió en un susurro la moura de pelo blanco, claramente excitada ante la perspectiva del fiestón que les aguardaba.

Río Eo. Ribera de Piquín. Lugo.
M. A. Rodríguez

Me despedí de ellas con la promesa de cumplir el encargo lo antes posible. Un poco triste por abandonar tan entretenida compañía, pero aliviada en el fondo por volver a la normalidad. Tanta magia me tenía aturullada. Hasta me daba vueltas la cabeza. ¿O sería aún el residuo del té de hierbas?
         En fin, fuera lo que fuera, en cuanto pasara el efecto me iba a trazar el plan de ruta y me iba a poner en marcha en mi papel de cartera festiva.
         Que a una moura no se la engaña, ni se falta con ella a la palabra dada. Eso lo sabe cualquiera. Cualquiera que quiera conservar la cabeza dignamente sobre los hombros.



La Fraga. Central eléctrica A Ventureira.
M. A. Rodríguez




As Catedrais. Lugo.
M. A. Rodríguez
Faro de Isla Pancha. Lugo.
M. A. Rodríguez