domingo, 1 de marzo de 2015

Espectrofilias: La maldición de Hill House

Shirley Jackson



"Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo durante mucho tiempo en unas condiciones de realidad absoluta; incluso las alondras y las chicharras, suponen algunos, sueñan.
         Hill House, nada cuerda, se alzaba en soledad frente a las colinas, acumulando oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría haber seguido otros ochenta años más.
         En su interior, las paredes mantenían su verticalidad, los ladrillos se entrelazaban limpiamente, los suelos aguantaban firmes y las puertas permanecían cuidadosamente cerradas; el silencio empujaba incansable contra la madera y la piedra de Hill House, y lo que fuera que caminaba allí dentro, caminaba solo".
Shirley Jackson, 1959

Así comienza una de las novelas de casas encantadas más fascinantes que he leído. Principalmente, porque no es una más, porque, pese a ser citada como una de las más emblemáticas del género plantea matices poco usuales, que no veo representados y reproducidos en el resto.
         El tipo de encantamiento que plantea Jackson tiene en mi opinión mucho que ver con el concepto de genius loci, que mencionamos como uno de los presupuestos de la obra de Vernon Lee. Ya sabéis, esa creencia sobre algunos lugares concretos que adquieren vida para nosotros, o que al menos nos afectan como tales criaturas vivientes.
         House Hill tiene vida propia, una vida enferma y malsana, posesiva, que trata de adueñarse de sus habitantes para no dejarlos escapar nunca más. No es, como estamos acostumbrados a esperar, que las criaturas, vivas o muertas, que han pasado por la mansión sean nuestros verdaderos enemigos, los peligros de los que hemos de mantenernos alejados, los que han modelado la esencia de la casa en cuestión transformándola en algo maligno.
         Aquí se nos propone otro juego. Es la propia casa quien se constituye en un peligroso organismo vivo que quiere devorarnos, absorbernos de tal manera que formemos en adelante parte inseparable de él.

Genius Loci

Personalmente, me adscribo a esa idea de que hay lugares especiales que poseen una gran carga energética capaz de influir decisivamente sobre nosotros.
         Pero la energía es algo neutro, no es positiva ni negativa per se. Es solo algo que irradia un poder capaz de afectar a las personas involucradas con él. Y de hallar eco en ellas según su propia naturaleza. Algo así como pasaría con las sustancias adictivas.
         Leí hace mucho tiempo un libro del señor Antonio Escohotado, que dejó tal poso en mí que a día de hoy lo recuerdo perfectamente, al menos la tesis básica que sostiene. Se titula "El libro de los venenos", y parte de la base de que cualquier droga debe ser considerada un veneno, en el sentido de que su efecto será curativo o mortal en función de la cantidad que te administres. También plantea sobre el tema de la adicción una curiosa teoría, ya que sostiene que hay que considerar dicho efecto desde el prisma subjetivo de cada individuo. Una misma sustancia "enganchará" a una persona pero no a otra, según sean las necesidades vitales de cada uno. Siguiendo el ejemplo de la heroína, que él llama droga de paz (es decir, de efectos sedantes y analgésicos): si un individuo la consume en un momento dado para acabar con un dolor puntual, no existe riesgo (o no existe un riesgo muy grande) de adicción; si la consumiera en cambio aquejado por un dolor crónico, el riesgo se multiplicará incalculablemente.
         Volviendo a nuestro tema, la novela de Shirley Jackson y, más concretamente, el efecto de Hill House sobre cada uno de sus "huéspedes"; podemos observar muy claramente cómo resulta este específico en función de las características psicológicas personales de cada uno. Es como si la casa obtuviera eco en unos u otros, golpeando exactamente  las carencias, ahondando en las tragedias de esos cuatro desdichados que, sin saber dónde reside el auténtico peligro, se prestan a indagar en la materia de los fenómenos sobrenaturales que según se cuenta se producen en ella.

Una característica de Shirley Jackson (leída también su fantástica novela Siempre hemos vivido en el castillo) es el mimo que pone en la disección de los personajes. No están especialmente caracterizados desde fuera (no más que en cualquier otra novela, quiero decir), pero están en cambio "radiografiadas" sus psiques hasta el detalle. Son además personajes peculiares, de nuevo no en cuanto a su aspecto externo, sino más bien en cuanto a sus expresiones, sus ocurrencias, los chascarrillos que intercambian, las cosas que les gustan... Los personajes más emblemáticos, casi siempre mujeres, poseen unas características propias que los hacen inolvidables.
         La Eleanor de Haunted Hill, personaje principal sin duda, es una heroína trágica con apariencia de buena chica de pueblo. Ha pasado su vida cuidando de su madre enferma y siente que no hay ningún lugar en el mundo para ella. "Nunca me han querido en ningún sitio", le dice a su compañera Theodora (simplemente Theodora, gusta de presentarse, sin apellidos ni más filiaciones) cuando esta le echa en cara su insistencia para que la acoja en su casa. Ha pasado la vida esperando "que le pase algo", es decir, esperando vivir algo especial, alguna aventura memorable como las que parecen vivir todos los demás a su alrededor.
         Es por todo esto que Eleanor resulta la preferida de esta casa, con la capacidad sensitiva perfecta, con el vacío necesario para que la casa pueda llenarlo a su antojo. Y la vulnerabilidad y la "necesidad" de ser acogida, de pertenecer a algún sitio. La transformación de Eleanor (Nelly) es casi visible. Sin darse cuenta, empieza a tener sentimientos e ideas ajenos que la conducen a un fin inexorable. Como si todo estuviera escrito, concebido por esa maligna inteligencia que tiene cuerpo de piedra y madera, de vigas y cristal.

Naturalmente, hablar de esta novela precisa hablar de su autora, una mujer singular, con ideas propias dentro de una existencia aparentemente corriente que encajaba bien en el molde que le permitían las circunstancias.
         Shirley Jackson, norteamericana, nacida en 1916, criada en Rochester (Nueva York) y muerta en 1965 de un ataque cardíaco sucedido mientras dormía, a la temprana edad de 48 años.

Shirley Jackson

Como ya os contaba en la otra entrada donde mencioné su nombre, el carácter de nuestra dama siniestra debía de ser bastante singular. Pero además de su afición por el misterio y los horrores, su biografía se desarrolla por cauces bastante cotidianos, en absoluto excéntricos. Como si fuera, podríamos decir, extraña y original por dentro y normal y aceptable por fuera.
         Conoció al que luego sería su marido, Stanley Hyman, en la universidad y se casaron enseguida. Él llegaría a ser un prestigioso crítico literario. Los dos tenían en común ser ávidos lectores y se les describe como unos anfitriones cordiales y "coloridos". Tuvieron cuatro hijos, y los primeros libros de Shirley giraban en torno a su vida familiar: relatos "irrespetuosos" de la vida de sus hijos, los llamaba ella, que fueron apareciendo de forma muy exitosa en distintas publicaciones femeninas, para acabar recopilados en los libros "Living among the savages" y "Raising demons". Fue este un género literario muy popular entre las amas de casa norteamericanas que tenían aspiraciones literarias.
         Escribió además otros libros para niños, como "Nine magic whishes" y la obra teatral "The bad children", basada en el cuento Hansel y Gretel.
         Es la autora de varios inquietantes relatos, entre los que destaca la polémica, en su tiempo, "La lotería" (1948), un texto donde, sumergida en la apariencia fantástica, hace una crítica despiadada de algunos aspectos de la sociedad de su tiempo y, concretamente, de la vida cerrada y ajena al mundo de ciertas pequeñas comunidades de la América profunda.
         En cuanto a novelas, la primera que vio la luz fue su obra "The road through the wall", publicada en 1948. Fue entonces cuando a su marido se le ocurrió difundir lo de su afición a la brujería, que os contaba en la entrada que dediqué hace poco al tema. Luego vinieron "Hangsaman" (1951), "The bird's nest" (1954), "The sundial" (1958) y "The haunting of Hill House" (1959), de la que nos ocupamos hoy y que algunos consideran su obra cumbre.
         Su última novela publicada fue "We have always lived in the Castle" (1963); "Siempre hemos vivido en el Castillo"; una obra muy personal donde describe el universo dislocado y enfermo de una familia que arrastra las secuelas de una desgracia pasada. De nuevo, lo maravilloso y mágico (tal vez en un sentido horripilante) de esta obra es la naturaleza de sus personajes, "deformes" psicológicamente si se quiere, pero que sirven de clarificador contraste con los aparentemente "normales". ¿El mal vive en el castillo? Yo no lo creo. Los personajes son, como ya digo, anómalos. Y viven envueltos en un aislamiento enfermizo, defendiéndose a capa y espada del resto del mundo, defendiendo un reducto que albergó el crimen y algún tipo de locura. Pero tal como nos narra los acontecimientos la autora, tal y como "mima" a sus personajes, la percepción que tenemos de ellos nos produce cierta simpatía, hace que nos pongamos "de su parte" y en contra de ese pueblo mezquino y rutinario, voluntariamente instalado en el tedio y la mediocridad, en su propio reducto autoimpuesto donde lo que se aleja de la norma es considerado con el rechazo hacia el intruso.
         No podemos dejar de considerar esta novela concreta, aún más que las otras, en relación a la vida de su autora. En el magnífico artículo que publica Yolanda Espiñeira en El Fantascopio partiendo de este libro, podemos contemplar de cerca esta relación entre la vida cotidiana de Shirley Jackson y el costumbrismo de sus primeras obras, y el horror de sus otras novelas, esa faceta oscura y siniestra que está presente en ellas.
         Shirley padeció ciertas neurosis toda su vida (creía por ejemplo que los vecinos la observaban) y fue víctima de enfermedades psicosomáticas durante mucho tiempo, pero en los últimos años de su vida su situación se volvió trágica. Se agudizó su agorafobia, hasta el punto de pasar meses sin atreverse a salir de su habitación. Su marido tenía una aventura, sus hijos habían crecido y ya no la necesitaban, y ella llevaba diez años enganchada a las anfetaminas y los tranquilizantes, en un inútil intento de acabar con su problema de obesidad, cada vez más acuciante. Desde finales de noviembre del 62 no salía de casa.
         Cuando se decidió a visitar a un psiquiatra era, tal vez, demasiado tarde. Consiguió volver a escribir, pero ya no había tiempo. Llevaba apenas un puñado de páginas cuando la muerte la sorprendió una noche de 1965. Se cree que los medicamentos que recibió durante toda su vida tuvieron una parte importante en ello.
         Claro que también hubo quien sostenía otra hipótesis. Uno de sus amigos, según nos cuenta su hijo, estaba convencido de que la escritora de los misterios y las casas encantadas había caído víctima de una maldición.

*** Hoy justo me he enterado de que mi amiga, la escritora Ana Morán Infiesta, publica también artículo sobre Hill House. Será interesante comparar percepciones: La maldición de Hill House        

miércoles, 25 de febrero de 2015

ALGO QUE PERDÍ


James Tissot


"Algo que perdí" es el título de un relato mío que acaba de ser seleccionado para la antología Calabazas en el Trastero: Siglo de sombras, la publicación periódica que la editorial Saco de Huesos dedica al género fosco.
         Como cada vez, el volumen se compone de 13 relatos articulados en torno a un mismo tema, definido previamente en cada convocatoria. En esta ocasión, tal como refleja el título, el leit motiv de todos los relatos gira en torno al siglo XIX, y a las obras de todos aquellos autores que escribieron en ese periodo y que definieron con sus plumas un género literario, y casi una forma de ver la vida y la sociedad de su tiempo.
          Esta es la lista de obras y autores. Como podéis ver, ando en muy buenas compañías :-)

Algo que perdí (L.G. Morgan)
Cuentos en la tormenta (Enrique Cordobés)
La cueva (José Luis Cantos)
El sueño de la momia (Juan Ángel Laguna Edroso)
La cena de aniversario (Adrián Artiles Santana)
La llama de vida (Josué Ramos)
La sombra del Kraepelin (Miguel Huertas)
Las Recogidas (Gema del Prado Marugán y Miguel Martín Cruz)
Los muertos viajan deprisa (Alejandro Mathé)
No le pidáis nada, exigidle lo que os debe (Óscar Pérez Varela)
Tempus fugit (Víctor Villanueva Garrido)
Vals (Marina Tena Tena)
Vendrá la muerte y tendrá tu rostro (Salomé Guadalupe Inglemo)

viernes, 20 de febrero de 2015

Hijas de Lilith

Lilith - John Collier

De la mano de Erika Bornay y el ensayo del que os hablaba en la entrada anterior, seguiremos indagando en el mito de la femme fatale y, sobre todo, en su génesis.

Desde la Antigüedad se nos ha enseñado a pensar en la mujer como portadora del mal. Siempre, en todas las épocas, ha existido algún prototipo femenino causante de calamidades sociales, responsable de la perdición del varón y de su extravío. En general, cualquier mujer no sumisa se ha convertido en la encarnación del mal. Y, producto precisamente del deseo que encarnaba, se ha hecho acreedora a una serie de atributos que pretenden contrarrestar ese poder que, según ellos mismos dicen, ejerce sobre el varón.
         Ejemplos tenemos de todos los colores. Eva, vencida por la tentación, que dio a comer a Adán del fruto prohibido. Helena de Troya, que desencadenó una guerra. Pandora, que abrió la caja de las desdichas. Circe, Medusa, Salomé... Betsabé, Dalila...
         Pero antes de todas ellas hubo otra. Una criatura que sentó las bases de la rebelión y la independencia, y fue por tanto demonizada. Convertida en el ser más abyecto que podría llegar a ser una mujer. La enseñanza está bastante clara.
         Hablo de Lilith, la primera mujer de Adán según la tradición hebraica. Lilith, a diferencia de la Eva bíblica, fue hecha del mismo material que el primer hombre, por tanto, sintiéndose su igual nunca aceptó renunciar a una serie de derechos y exigía ser tratada por su compañero como un igual, sin aceptar someterse a él ni siquiera durante su unión carnal.
         Un día en que Adán trató de imponerle su voluntad por la fuerza, Lilith huyó de él y abandonó el Edén, pronunciando en voz alta el nombre prohibido de Yahvé. Ni las súplicas del esposo ni la orden directa de Dios le hicieron cambiar de opinión. Se fue a vivir al desierto y allí se unió con un demonio, Asmodeo, con quien engendró toda una legión de diablos.
         Podemos decir que Lilith fue la primera femme fatale de la Historia. Rebelde e infiel, fuertemente sexual y de una sensualidad perturbadora. Se la describe siempre con una larga cabellera rizada, rubia o pelirroja y se la representa usualmente desnuda, y en inquietante intimidad con criaturas reptilianas, usualmente serpientes.

SALOMÉ, DE LOVIS CORINTH

No es de extrañar que este mito fuera recuperado precisamente en la misma época del surgimiento del prototipo de la vampiresa o la mujer fatal. Aunque, según Erika, habría que hablar más propiamente de resurgimiento, pues se trata del mismo arquetipo, revestido con diferentes y más actualizados ropajes.
         A finales del siglo XIX la sociedad estaba inmersa en ciertos cambios que, conjugados entre sí, hicieron renacer el perfil de mujer fatal, mujer que acarrea el mal.
         - En primer lugar tenemos que considerar la alarma social que produjo la aparición de los movimientos feministas. Ha surgido una New Woman que reclama derechos y se cree capacitada para votar. Que está dispuesta a luchar activamente por lo que quiere: un espacio en la vida pública y en el mundo laboral, acceder a la Universidad,  salir de casa... Y esto inquieta profundamente al establishment masculino, que ve en la mujer una amenazante rival que compite con ellos en campos que secularmente habían sido solamente suyos.  
         - Como deriva del feroz capitalismo de la revolución industrial, que concentra en las ciudades y en condiciones paupérrimas de hacinamiento y falta de los medios más básicos una ingente población, la prostitución alcanza cotas nunca vistas. Con la consiguiente propagación de enfermedades venéreas, de las que, como era de esperar, se responsabilizó solamente a las prostitutas, sin tener en cuenta que eran ellas las primeras víctimas.
         - Otro aspecto importante a tener en cuenta fue el efecto que tuvieron las teorías de carácter profundamente misógino de conocidos pensadores y filósofos de gran prestigio, tales como Schopenhauer, Nordau, Wininger o Nietzsche. Hubo otros que, como Lombroso y Ferrero, desde supuestos falsamente científicos trataron de establecer la naturaleza criminal latente en la mujer, proporcionando la base ideológica para esas misóginas y sexofóbicas actitudes machistas que prevalecían en la sociedad.
         - Por último, añadamos también los efectos derivados de determinadas obras artísticas y literarias, que definirán el mito tanto en su aspecto externo como en el interno. Aparece por primera vez en la literatura el prototipo de la mujer adúltera, que cede ante la pasión olvidando las virtudes a las que debería entregarse por naturaleza. Al mismo tiempo, se le asignan a esa naciente figura de mujer seductora y sin escrúpulos atributos constantes, tales como su sensualidad agresiva y extrema, su sofisticación, el maquillaje marcado, el cabello largo y abundante, las curvas generosas que no se esconden.
         Todo ello acabará por definir de manera categórica esa imagen de la mujer como una criatura tentadora capaz de poner de relieve la naturaleza animal del hombre, de nublar su razón y convertirlo en una víctima del desenfreno hasta llevarlo a la ruina más absoluta.
         

miércoles, 18 de febrero de 2015

Una buena chica


De un libro que no me cansaré de recomendar, Mujeres que corren con los lobos (Clarissa Pinkola Estés), os traigo este fragmento, que viene al pelo después del tema esbozado en la última entrada sobre las trampas de la discreción sobre las mujeres. Eso que se valora tanto en nosotras; aún más cuanto más retrocedemos en el tiempo.

Una excesiva domesticación apaga nuestros fuertes y fundamentales impulsos del juego,  de la relación, el enfrentamiento con las dificultades, el vagabundeo, la comunicación, etc.
Cuando una mujer accede a ser demasiado «bien educada», a comportarse «con corrección» a toda costa, los instintos de estos impulsos se ocultan en su más oscuro inconsciente, lejos de su alcance automático, y se destruye cualquier oportunidad de que pueda desarrollarse.
La arteria central, el núcleo, el tronco cerebral de la vida creativa es el juego, no la corrección. Si no hay juego, no hay vida creativa. Si eres buena, no hay vida creativa. Si te sientas quietecita, no hay vida creativa. Si solo hablas, piensas y actúas con discreción, habrá muy poco jugo creativo.

Cualquier grupo, sociedad, institución u organización que anime a la mujer a denostar lo excéntrico; a recelar de lo nuevo e insólito; a evitar lo ardiente, lo vital, lo innovador; a despersonalizar lo personal, está pidiendo una cultura de mujeres muertas.

Todo esto va a resultar además muy relevante cuando hablemos de "Rebeca", la novela de Daphne Du Maurier, en una próxima entrada. Se trata de un texto donde, entre otras muchas cosas que ya comentaremos, se plasman con gran precisión los dos estereotipos básicos de mujer que existen en torno al valor que podemos llamar "ajuste a la norma".
         La buena y la mala chica, contrapuestas, contrarias, dos perfiles que cumplen una función muy clara, actuando la segunda, la mala, la mujer fatal, como modelo ejemplarizante que previene sobre las consecuencias dramáticas que le aguardan a una mujer si osa salirse del camino trazado.

La "femme fatale" forma una tipología omnipresente en la cultura occidental desde fines del S. XIX y principios del XX. Se corresponde con un personaje tipo, caracterizado como una villana que usa su sexualidad para atrapar al héroe de turno.

         Aparece muy frecuentemente tanto en el cine como en la literatura, normalmente haciendo contraste al otro prototipo femenino, la mujer ingenua o la dama en apuros. La "buena chica" de la que hablábamos, en definitiva.

En wikipedia podemos encontrar un resumen muy claro sobre el uso del término:


"En el mundo anglosajón, la mujer fatal es muy a menudo de origen extranjero. Con frecuencia se la retrata como una especie de vampiro sexual, cuyos oscuros apetitos se creía que eran capaces de arrebatar la virilidad y la independencia de sus amantes, convirtiéndolos en una máscara vacía de sí mismos. Solo escapando de sus abrazos podía rescatarse al héroe. En este sentido, en la jerga estadounidense antigua se solía llamar a las mujeres fatales vamps, una palabra asociada con las modas de los años 20. El término «vamp» era un apócope de «vampire», vampiro, llamado así porque los personajes extraían la vida de sus víctimas no necesariamente bebiendo su sangre sino mediante explotación sexual y económica.
         Un retrato clásico de mujer fatal fue el personaje de Justine en El cuarteto de Alejandría, de Lawrence Durrell".



La bellísima Eva Green metida en el papel

En español utilizamos indistintamente los términos mujer fatal y vampiresa, este último como traducción del inglés "vamp", término usado por primera vez en la película A Fool There Was (1915), protagonizada por Theda Bara, quien se convirtió así en el icono de ese arquetipo en el cine. La película está basada en una obra de teatro, inspirada a su vez en el poema El Vampiro, de Rudyard Kipling.



La actriz Theda Bara fue una "creación" de los estudios cinematográficos. A raíz de su elección para el papel protagonista en A fool there was, la película que mencionábamos, le reinventaron nombre y biografía. Theda Bara es en realidad el acrónimo de las palabras Arab Death, Muerte Árabe, y al gran público se le hizo creer que era hija de una concubina egipcia y de su amante, un artista francés, que había nacido en 1890 en pleno Sáhara, e incluso que conocía misteriosos rituales orientales. Cuando en realidad su fecha de nacimiento era 1885, tenía origen judío, y un cabello rubio que tiñó de negro para adecuarse a la imagen que se esperaba de ella.


Esta es la definición que aparece recogida en la RAE:

vampiresa (RAE)
1. f. Mujer que aprovecha su capacidad de seducción amorosa para lucrarse a costa de aquellos a quienes seduce.
2. mujer fatal f. Aquella cuyo poder de atracción amorosa acarrea fin desgraciado a sí misma o a quienes atrae. U. referido principalmente a personajes de ficción, sobre todo de cine, y a las actrices que los representan.

Siendo el paradigma por excelencia del poder destructivo asignado a la sexualidad femenina. A este respecto hay un ensayo, que cito ahora y que ya comentaré a fondo en futuras ocasiones, llamado ¿QUIÉN TEME A LA FEMME FATALE?
         Está escrito por Erika Bornay, Profesora de Historia del Arte de la Universidad de Barcelona y escritora.
         Aquí podéis conocerla un poco, a través de una entrevista muy reciente que le hicieron el año pasado. Es una mujer a la que merece la pena seguir.

lunes, 9 de febrero de 2015

La vida en mono o en estéreo


Iba yo hoy caminando temprano en (bendita) soledad, disfrutando del aire frío (ah, es que iba yo bien abrigada) y de la música que estaban radiando en Radio 3. De pronto mis cascos han empezado a fallar, hasta el punto de que uno apenas se oía y la canción que estaba sonando ha pasado a escucharse como si fuera emitida en mono.
         Es entonces cuando me ha venido a la cabeza una de esas "reflexiones del todo a cien", que dice mi amiga Gema, mujer sabia donde las haya. He empezado a pensar en los matices que me estaba perdiendo al escuchar la música de esa manera, en la pluralidad de estímulos que estaba dejando de percibir, los que dan riqueza a cada sonido.
         Inmediatamente he discurrido que "la culpa" de todo es del estéreo, directamente, de esa posibilidad con la que me he criado y que ya me parece imprescindible. Porque, ¿qué pasaría en cambio si aún no se hubiera inventado el sonido estereofónico? Si yo hubiera crecido escuchando música únicamente en mono. ¿Tendría la sensación de que me faltaba algo, intuiría de alguna forma que las cosas podían ser mejor y más completas de lo que eran?
         Mi reflexión del todo a cien iba en realidad más allá, porque trataba de conectar esa pequeña anécdota con algo más hondo que debe de llevar tiempo larvándose dentro de mí: la noción de que en la vida pasa lo mismo. Que hay quien la vive en mono y quienes la vivimos, o tratamos de hacerlo, en estéreo.
         Son elecciones, vale, ¿pero hasta qué punto mediatizadas por el entorno de cada uno, por lo que hemos vivido y la gente que nos ha rodeado desde el principio? Si yo no conozco algo, ¿cómo añorarlo? ¿O acaso sí es posible?, ¿puede ser que haya una especie de hambre, o curiosidad, en ciertas personas que las empuja a dar un paso más allá? A salir del "área de confort", de las creencias impuestas, del "como debe ser" que tratan de inculcarnos desde la cuna.
         Yo, desde luego, prefiero el estéreo. Con sus sinsabores y sus dudas. Con las confrontaciones que a veces supone. Porque creo que cuando te topas con algo verdaderamente bueno sabes reconocerlo. Y lo disfrutas como solo puede hacerse cuando contemplas los matices de las cosas, cuando las ves en technicolor y eres capaz de exprimirles el jugo hasta las últimas consecuencias.
         Quizá esto tenga también algo que ver con otra cosa. Desde que puedo recordar, me ha repateado la sencillez, en el sentido de discreción, de no sacar los pies del tiesto ni hacerse notar. Porque parte de mi educación (no la paterna ni la materna, afortunadamente) fue encaminada a insistir en tal dudosa virtud. Y, ya se sabe, la rebeldía es un grado y a veces nos construimos por oposición, nos definimos por aquello que rechazamos o simplemente no nos gusta.
         

Yo hice mío aquel grito de guerra tan brillante de las drag-queens (antes de ser pervertido por esa cancioncilla odiosa que se hizo tan popular): antes muerta que sencilla. Lo que viene a ser, ni más ni menos: me esforzaré cuanto de mí dependa por ser yo, pese a lo que pueda chocar a quien sea y donde sea.

viernes, 6 de febrero de 2015

Mis señores fantasmas, mis señoras brujas.


La serie que estoy desarrollando sobre Espectrofilias parte, como ya expliqué, de la idea de que a las mujeres escritoras, no excesivamente representadas cuando hablamos del género de terror en general, les ha atraído sin embargo especialmente todo lo relacionado con los fantasmas y aparecidos, además de los lugares -casas, sobre todo- relacionados con ellos, esos enclaves misteriosos que han sido "encantados" por sus tenebrosas almas.
También sabéis que ando ahora en un concurso cuya temática es la Brujería, otra de mis "aficiones", lectoras y escritoras. Y en este concurso estoy aprendiendo mucho, mucho sobre semejante cuestión, enriqueciendo lo que ya sabía gracias a los aportes del resto de compañeros, muy activos en esta edición del concurso, he de decir.
Pues bien, hace poco me asaltó una de esas casualidades-causalidades que pasan a veces, demasiado "oportunas" y extrañas (o especiales) para considerarlas solo fruto del azar; que me proporcionó de repente la excusa para establecer una inesperada conexión entre brujería y fantasmas.


Resulta que he cogido en la biblio una novela de Shirley Jackson a la que le tenía ganas desde hace tiempo. Empiezo a estar un poco saturada de mis queridas damas decimonónicas y he decidido darme un respiro con otras espectrofílicas del siglo XX (aunque volveré con mis "niñas", sin duda, más adelante). En esa línea me he hecho con "Rebeca", de Daphne Du Maurier, y con "La maldición de Hill House", de Shirley Jackson, publicada en 1959. Dicha novela tiene multitud de fans incondicionales, entre ellos nada menos que Stephen King. Trata del experimento que realiza el doctor en filosofía y antropólogo John Montague, junto con otros tres investigadores a los que recluta, en una casa supuestamente encantada para estudiar sus fenómenos psíquicos. Y se han hecho también dos películas basadas (la segunda, bien libremente) en ella. "The haunting", Robert Wise, 1963; y "La guarida" (bastante basurilla), Jan de Bont, 1999.
Y (aquí viene lo curioso, o al menos para mí, que no estaba al tanto), parece que Shirley Jackson, su autora, era conocida entre sus más allegados por una enorme afición hacia la brujería. Cuando publicó su última novela, "Siempre hemos vivido en el castillo" (novela que yo tengo a medias), su marido difundió esa información, la de que practicaba la brujería desde hacía años, lo que le proporcionó mucha publicidad. Ella lo negó todo, probablemente por un motivo de imagen, ya que pensaba que sus lectores la iban a "sentenciar" por ello. Pero su propio hijo, años después de su muerte, confirmó que su madre era un poco bruja, que conocía hechizos e invocaciones y los usaba para cosas cotidianas, que intuía con gran acierto la naturaleza interna de animales y objetos inanimados, que tenía un tablero Ouija y usaba a menudo las cartas del Tarot, y que poseía unos quinientos libros sobre ocultismo.
Curioso, ¿no? La cabra, de una manera o de otra, siempre tira al monte. Y el mundo de lo oculto, al fin y al cabo, es muy amplio y engloba muchos temas. Si te tienta la brujería... Bien pudiera ser que acabes pasando tus noches cenando a la luz de la luna rodeada de fantasmas.

martes, 27 de enero de 2015

Un fantasma enamorado

Vernon Lee


Se trata de una novela corta que se desarrolla en una mansión campestre en el condado de Kent, Inglaterra. Concretamente en una casa llamada Okehurst.
         De hecho el título de la novela varió en posteriores ediciones, pasando a ser conocida como Oke de Okehurst, lo que da idea de la importancia que se concede en la trama del libro al legado familiar y a esa residencia con historia propia que tanto va a influir en las vidas de los personajes que la habitan.
         La novela arranca de la mano de quien será su narrador, un pintor que vive en la ciudad y al que contrata Mr. Oke para realizar su retrato y el de su esposa. Nuestro artista tendrá que desplazarse a la mansión de Okehurst y será quien nos haga de guía a través de las vicisitudes de la novela y los intrincados laberintos de la antigua mansión.
         Todo lo veremos a través de los ojos del artista, y a través de su personalidad y sus gustos. No se puede negar que es un hombre algo esnob, que huye despavorido de la vulgaridad y las cosas corrientes y se deleita con lo excepcional. Es por eso que, desde el principio, se siente enormemente cautivado por la señora de la casa, Alicia Oke, una criatura singular en todos los sentidos, desde su apariencia física hasta sus preferencias y su manera de comportarse. Su marido en cambio no despierta de momento grandes simpatías en el pintor, que le considera demasiado típico, demasiado "adecuado" en su continuo esfuerzo por ajustarse al estereotipo de perfecto caballero rural inglés.
         El pintor no logra conectar con la dueña de la casa, de la que solo es capaz de hacer algún boceto; hasta que se da cuenta de un hecho curioso. Alicia Oke tiene un enorme parecido con una dama que aparece retratada en uno de los lienzos de la casa, fechado en el siglo XVII. Bien, nuestro artista ha dado con la clave, pues la citada dama, y el triángulo amoroso que protagonizó, constituyen la primera y única obsesión vital de su clienta.
         De boca de la señora y de su esposo conocerá la historia completa: un antepasado de ambos, puesto que los Oke son primos, llamado Nicholas Oke se casó con una dama de una familia vecina, Alicia Oke. A la mansión llega un forastero, poeta, de nombre Christopher Lovelock, que se convertirá en amante de la señora. Cuenta la tradición que el marido, consumido por los celos, le dio muerte una noche, fingiendo un asalto de bandoleros. Pero lo más pintoresco del caso es que contó al parecer con un ayudante para el crimen, la propia Alicia Oke disfrazada de hombre. Y la nueva señora Oke, la que tiene que retratar nuestro pintor, vive pendiente de aquella historia pasada, que a su marido le horroriza, y se siente en la piel de aquella antepasada que mató por amor, aunque fuera un amor obsesionado y posesivo. Se viste como la mujer del cuadro, sueña con el amor del poeta muerto, lee una y otra vez sus cartas, sus poemas... De algún modo el pasado revive en aquella casa y les conduce a todos, inexorablemente, al único desenlace posible.



Bien, hasta aquí el argumento de "Un fantasma enamorado". Analicemos ahora sus rasgos propios.
         Un aspecto muy importante en la obra, donde podemos ver "la mano" personal de la autora, es ese amor por el pasado. Para Vernon Lee, amante de la historia y del arte de otros tiempos, el pasado es un mundo acogedor al que ir y volver con frecuencia, un espacio donde refugiarse del presente, menos hermoso y novelesco. Igual que hace Alicia Oke, su protagonista femenina, quien vive el pasado con mucha mayor entrega que el presente y establece con esos personajes incorpóreos, que ya no existen, relaciones mucho más vívidas y significativas que las que mantiene con nadie de su entorno. Y su marido, de manera involuntaria, también acabará representando un papel en ese drama que corresponde a otros. Son vidas vividas en el pensamiento, con poco contacto con su mundo, con poca influencia en la realidad que les ha tocado en suerte.
         Por otra parte, en la novela aparece representado, también claramente, ese concepto que decíamos era tan importante para Vernon Lee y que ella modeló a su medida, el del genius loci (en origen, espíritu de un lugar y hoy en día, de forma más prosaica, sus características propias), el poder evocador e incluso afectivo que ciertos lugares ejercen sobre nosotros. La influencia recíproca entre nosotros y nuestro entorno.
         Es algo que se repite en muchas novelas, porque es algo real para muchos de nosotros. Recuerdo haber leído en el prólogo de Cumbres Borrascosas escrito por Victoria Ocampo, que a la hora de tratar de captar de verdad a su autora, Emily Brontë, tomó contacto con los objetos que habían sido suyos, su casa, sus paisajes... Porque el espíritu de Emily seguía en ellos y porque ellos habían modelado de algún modo sus emociones y sus pensamientos.
         Pero no es esta, la que establecemos con cosas o entornos, una relación de posesión, no es que el hecho de tener esos objetos o poseer esos lugares, ser dueños de esas casas, nos haga sentir "más", nos aporte poder o sensación de riqueza. -A veces son incluso posesiones más que modestas-. Es más bien que llegamos a amarlos, que nos sentimos vinculados estrechamente a ellos y llegamos a imprimirles nuestra propia esencia en una simbiosis mutua. ¿Qué magia percibimos cuando nos encontramos ante ciertos acontecimientos inesperados? ¿Por qué sentimos una inmediata conexión con determinadas personas, por qué el enamoramiento imprevisto ante ciertos lugares?
         Eso es lo que hay en el fondo de esta novela, enamorarse de un fantasma, vincularse a unos seres del pasado y a una historia trágica en un lugar marcado, por más que sepamos que el mundo, el verdadero mundo de ahí afuera, nos está esperando.