viernes, 8 de abril de 2016

Arquitectura inhóspita

Los premios Razzie del urbanismo (*)


Edificio en la plaza de Jacinto Benavente, Madrid.

El otro día me tocó ir al centro en una de esas pesquisas literarias mías, y, quizá por ir yo más centrada y «mundana» de lo habitual, de pronto me hice consciente de algunos de los horrores urbanísticos que salpican de tanto en tanto mi ciudad. Para colmo, hacía uno de esos días grises y desdibujados que a veces entristecen Madrid en invierno, sin tener siquiera el atenuante de haber sido sazonados por un poco de lluvia. Así que, entre lo antiestético del entorno y el clima imperante, tenía yo todo el atrezo necesario para absorber la completa fealdad y desamparo del paisaje.      
         Sentí de golpe un enorme desasosiego. Un escalofrío de aprensión, una comezón irritante y persistente. Una sensación de estupor y de malsano asombro, un...
         Bueno, vale, quizá no fuera para tanto. Me he dejado llevar. Pero concededme este desahogo de justa indignación, que aún hoy me encuentro afectada.
         Hablo de Madrid, que es la ciudad en donde vivo y que, por ese mismo motivo, contemplo sin la indulgencia que provoca algunas veces el hecho de ser turista. Pero sé que esto de los edificios y las calles horrendas es algo que se da en todas partes. Así pues, podemos considerar que hablo de cualquier sitio. Que esto que voy a decir (a vomitar) se puede aplicar a cientos de barrios, calles o distritos enteros, en cada una de las ciudades en las que se nos ocurra pensar.
         El colmo de mi desazón llegó aquel día al alcanzar la glorieta de Cuatro Caminos, donde hay algunos de los edificios más feos que componen nuestro parque inmobiliario, y que yo tengo siempre en la mente tal como era antes, como lo vi de pequeña, por primera vez, quedándose marcado en mi recuerdo para siempre.
         Cuatro Caminos no es que sea ahora una plaza muy bonita, pero antes era muchísimo peor. Doy fe. Tenía en el medio uno de esos scalextric, que yo recuerdo renegrido y ruidoso, atravesado durante todo el día y parte de la noche por un sinfín de vehículos que arrojaban, contra las fachadas de las casas y los rostros de los indefensos transeúntes, sus dosis cuantiosas de polución.
         Cosas del progreso, ya se sabe.

scalextric-cuatro caminos

Scalextric de Cuatro Caminos - Construido en 1969

scalextric atocha

Y aquí el scalextric de Atocha
—construido en 1968—, que también se las trae.

Afortunadamente, el scalextric de Cuatro Caminos se desmontó en 2004 (el de Atocha lo fue antes, en 1986), devolviendo a la plaza al menos su estatus de plaza, cosa que antes no tenía siquiera. Pero han quedado, franqueando la rotonda, algunos restos de arquitectura de los años 60 y 70. En esas décadas se perdió el norte, no me pregunten por qué. Creo que es algo digno de estudio y que de seguro tiene que ver con la idea de avance y civilización contra la que lucharon nuestros llorados y luego malogrados hippies (bueno, lo que es aquí, aquí, hubo pocos, que eran los tiempos que eran. Pero aunque fueran más discretos en el gesto, en cuanto a la intención alguno había que pueda considerarse como tal).
         Entonces no existían conceptos como el desarrollo sostenible o el entorno ecológico (**) (hoy existen; como conceptos, digo; porque como realidades ya sabemos todos lo que se tienen en cuenta. Diremos entonces que, al menos, se contemplan). Y se creía que todo era pasa siempre y que el crecimiento era infinito y no pagaba su cuota de sufrimiento y desastres naturales.      

Pero volvamos al presente, que los 60 y 70 ya han sido juzgados y condenados, pero a pesar de todo seguimos tragando con esos legados dudosos treinta y tantos años después. Y lo que hay es lo que hay, aquello con lo que tenemos que vivir.
         ¡Qué poco confortables resultan muchas veces nuestras ciudades!, ¿no es cierto?
          Porque no es solamente una cuestión de pura estética de lo que estamos hablando ahora, sino también la sensación de una ciudad deshumanizada donde no estamos destinados a vivir. Al menos, a vivir bien. Las líneas rectas, desnudas, frías e impersonales, la falta de adorno, los materiales artificiales y los colores indefinidos y más bien agrisados... Creo que cuanto más se aleja algo de lo orgánico, del aspecto originario que tiene en la naturaleza, menos confortable resulta para el hombre.
        Sé que esto suena, quizá, algo (algo bastante) New Age, pero lo creo firmemente. Pienso que este entorno poco acogedor, y tan artificial, sirve para explicar en gran medida la sensación de prisa, de desvalimiento y de ansiedad que produce tan a menudo la vida urbana.
         Y luego está, esta vez sí, la carencia total de belleza, de estética, para mí absolutamente necesaria en la vida. Hace tiempo que descubrí que para mucha gente es un valor superfluo, incluso «burgués». Una preocupación de gentes privilegiadas, a eliminar. Una búsqueda despreciable en medio de tantas preocupaciones «importantes» y vitales.
         Nunca he podido ni puedo pensar así. Por supuesto que entiendo que las necesidades básicas de las personas deben ser nuestra primera inquietud. Que la justicia y el reparto equitativo de los bienes es prioritario, y que tenemos que garantizar que todos los seres humanos tengan cubiertas esas necesidades esenciales de comida, cobijo, asistencia sanitaria y educación. Pero también sé que no estamos completos como seres humanos si nos quedamos ahí. Que el espíritu, o la mente, o el alma, o el interior de cada uno, se nutre de otras cosas. Y que también deben ser derechos reconocidos y fundamentales las aspiraciones de cada ser humano a algo más que la propia materia.
         Vivir en medio del desapego por lo interno, en la desconexión con lo que todos nosotros somos en el fondo, y con los entornos naturales en los que como seres salvajes estábamos destinados a vivir, solo puede causarnos un grave malestar a largo plazo. Difuso, muchas veces insidioso e inapreciable, pero que estará ahí siempre al acecho, tan solo esperando su momento para saltar sobre nosotros y hundirnos en la miseria de un día gris y una ciudad inhóspita.


(*) Premios Razzie del urbanismo. En realidad una broma, pero una broma con intención. Me propongo promover, así entre nosotros, unos premios con la misma filosofía que los originales pero sobre edificios horrendos en vez de películas. (Para saber qué son los premios Razzie auténticos: https://es.wikipedia.org/wiki/Premios_Golden_Raspberry). Ya hablaremos del asunto.

(**) Entorno ecológico: Se habla del grado de concienciación ecológica de cada sociedad, las normas protectoras del medio ambiente, el uso de tecnologías respetuosas con el medio ambiente o el control de residuos peligrosos que pueden afectar a la actividad de una empresa.

viernes, 1 de abril de 2016

Me lo dijeron las mouras

As Fragas do Eume - M. A. Rodríguez

No es fácil conseguir que una moura te dirija la palabra. Mucho menos, claro, que se anime a contarte sus secretos. Creo que es necesario cogerlas en un día tonto y que no haya nadie cerca que pudiera luego irse de la lengua. Y, tal vez, pueda favorecer a la misión el hecho de que la primavera se retrase lo bastante como para ponerlas nerviosas. Esas cosas nos pasan a todos, los cambios de hora o de estación acaban por alterarnos lo sepamos o no.
         Entonces es posible —entendedme bien, solo posible, no es que con las mouras se pueda hablar de certezas en absoluto—; entonces hay una posibilidad de que se avengan a compartir con nosotros siquiera una pizca de su sabiduría ancestral.
M. A. Rodríguez

  Las encontré por casualidad una noche de luna llena. Tres mouras, con sutiles ropajes de gasa, sentadas en un prado, bajo un árbol. Una tenía el cabello blanco, de tan rubio que era. Otra, rojo como el fuego. Y la tercera, negro como la más negra de las noches.
Bajo la luz tan blanca de la luna no era fácil pasar desapercibidas. Así que creo que fue obra suya y solo suya que la luna se velara de inmediato.

M. A. Rodríguez
                        M. A. Rodríguez 

Lo cierto es que no acabé yo de entender tanto esfuerzo, pues apenas unos minutos después me llamaron por mi nombre y me pidieron que me acercara a charlar con ellas, porque tenían algo importante que decirme.
Supongo que cambiarían de idea de un instante para otro, de todos es sabido que los seres mágicos son de natural mudable y antojadizo.
Y no nos corresponde a los simples mortales cuestionar sus motivos ni sus caprichos.



Encendimos un buen fuego en un refugio que encontramos en las inmediaciones, para estar cómodas y poder hablar todo lo que nos diera la gana. Nos hicimos un té, aderezado con hierbas. Y luego ellas sacaron dulces y castañas de los hatillos que llevaban consigo. Pero no os imaginéis uno de esos atados de vagabundo, no, estos estaban confeccionados con rico encaje de Camariñas, y parecían impregnados de blanquísima luz de luna.
         Me he preguntado luego muchas veces qué llevaría aquel té —aunque, bien mirado, también pudieron ser las castañas que me ofrecieron, conservadas en un licor transparente que ellas aseguraban inocuo pero que a mí me olía talmente a orujo puro—. Porque, en medio de la conversación, y antes de saber yo qué se esperaba de mí, me señalaron muy serias hacia poniente, diciéndome que por allí andaba su casa, y, al volverme yo en la dirección indicada, observé estupefacta un megalito enorme y oscuro que antes no estaba. Se destacaba contra un fondo de nubes como de atardecida, y algo más lejos, se mecía el mar, casi en calma. «¿Cómo es posible?», me pregunté yo, muy razonablemente. «Si hace un momento era noche cerrada y no ha podido pasar tanto tiempo».
         Como soy una persona educada, no quise preguntar. Me hice la desentendida y seguí atenta a lo que me decían, pero aparté con mucha discreción el brebaje caliente, decidida a no beber una gota más, no fuera que lo que para una moura es cosa corriente a mí me provocara un resacón de la leche.



Monte de San Pedro. A Coruña.
M. A. Rodríguez

Por fin llegamos al meollo del asunto y me explicaron qué querían de mí. Tenían «un trabajito» que encomendarme, dijeron muy sonrientes; y yo maldije la hora en que me había tenido que encontrar con criaturas de hospitalidad tan interesada. ¡Y como para no obedecerlas, y decir que no me daba la gana! Aunque no fueran meigas, tampoco podía una olvidarse de su mágico oficio.
         Fuera lo que fuera lo que iban a pedirme, me dije con resignación, tendría que decir que sí, qué remedio.
         Pero mis temores eran infundados. Se limitaron a darme una lista con lugares que, de todas formas, yo pensaba visitar. Claro que tuve buen cuidado de callarme ese detalle, era mejor que admiraran mi buena disposición y se felicitaran por su acierto a la hora de escogerme entre los otros mortales. ¡Que me habían soltado todo de sopetón y bajo los efectos del alcohol! Y había que hacerse valer.
    
            
            Fervenza Teixido.
            A Coruña.
            M. A. Rodríguez

Las instrucciones fueron claras: yo debía ir a los bosques y acantilados señalados en el pergamino, uno por uno, y contactar con otras mouras que vivían allí para darles en mano una adornada invitación verde, que me mostraron a continuación.
         Era una cuestión de etiqueta, me explicó la moura de pelo rojo. Se consideraba de buen gusto, añadió, que las tarjetas para los festivales se cursaran por mensajero. «Y siempre se puede guardar la invitación como recuerdo», dijo muy contenta la moura de pelo negro. «Llevamos preparando la fiesta de Ostara desde Imbolc», me confió en un susurro la moura de pelo blanco, claramente excitada ante la perspectiva del fiestón que les aguardaba.

Río Eo. Ribera de Piquín. Lugo.
M. A. Rodríguez

Me despedí de ellas con la promesa de cumplir el encargo lo antes posible. Un poco triste por abandonar tan entretenida compañía, pero aliviada en el fondo por volver a la normalidad. Tanta magia me tenía aturullada. Hasta me daba vueltas la cabeza. ¿O sería aún el residuo del té de hierbas?
         En fin, fuera lo que fuera, en cuanto pasara el efecto me iba a trazar el plan de ruta y me iba a poner en marcha en mi papel de cartera festiva.
         Que a una moura no se la engaña, ni se falta con ella a la palabra dada. Eso lo sabe cualquiera. Cualquiera que quiera conservar la cabeza dignamente sobre los hombros.



La Fraga. Central eléctrica A Ventureira.
M. A. Rodríguez




As Catedrais. Lugo.
M. A. Rodríguez
Faro de Isla Pancha. Lugo.
M. A. Rodríguez

jueves, 3 de marzo de 2016

EL "MÉTODO": los 7 pasos del éxito




Hercule Poirot le dedicó una mirada con la que manifestó su aprobación.
—Orden y método —dijo—. Ese es el placer que se obtiene al tratar con una mentalidad tan científica.

Mira que yo me considero una persona «natural», o espontánea, en el sentido de que no me muevo o actúo según cuidadosos cálculos, ni después de rigurosos análisis de pros y contras. Y que cree firmemente que debemos dejarnos de corsés que nos limitan y comportarnos buscando siempre ser fieles a nuestra auténtica naturaleza. Ser quienes somos de verdad, no quienes nos han dicho que tenemos que ser.
         Pero eso no tiene nada que ver, a mi juicio, con que mi forma de abordar los problemas o los asuntos cotidianos sea todo lo metódica y sistemática posible.
         Racional, en una palabra.
         ¿Por qué digo esto? Pues porque muy a menudo observo, casi con desesperación por mi parte, cómo esa distinción, que a mí me parece tan clara, no existe para una gran mayoría de personas. Y «me peleo» y me desgasto tratando de hacer ver a personas que me importan —y que suelen estar embarcadas en proyectos que también me importan— por qué no hay que empezar la casa por el tejado.
         Por qué conviene pararse a pensar un momento (que no es ninguna pérdida de tiempo, aunque hoy en día casi nos hayan convencido de que parar, de la manera que sea, es pecado).
         Y escuchar a quienes puedan tener experiencia. Y que hay que ir despacito y buena letra. Y que hacer por hacer, sin saber por qué ni para qué, no tiene ningún valor.
         Lo veo incluso entre personas que han estudiado las fases y las ventajas del método científico, que lo defienden y lo aplican rigurosamente en sus trabajos o actividades académicas. Pero que NO LO RELACIONAN con la vida real, con los problemas o circunstancias que nos presenta a todos el día a día.
         Con demasiada frecuencia, las materias de estudio nos parecen burbujas aparte, desligadas totalmente de nuestra experiencia cotidiana y no pensamos de ninguna manera en ponerlas en práctica en lo que nos rodea. 

Pues bien, señoras y señores, esto es un gran error. Uno no puede desenvolverse con éxito en ningún aspecto de la vida dando palos de ciego o moviéndose por impulsos. Es necesario pararse (nunca insistiré bastante) a pensar alguna vez, y ejercitar con rigor nuestra mente aunque no estemos ante un problema matemático o un misterio policíaco. 
         "Método", queridos míos, tal como dice nuestro querido Poirot. Es decir, un modo ordenado y sistemático de proceder para llegar a un resultado o fin determinado. O un procedimiento que se sigue para conseguir algo.


Observemos el siguiente cuadro explicativo. Porque de ahí deriva todo. Podemos llamar a cada paso por distintos nombres, especificar y matizar ciertos aspectos... Pero la base del proceso será siempre la misma.


Todo empieza, como siempre, con una pregunta. Una necesidad, un problema (DETECCIÓN). Lo observamos, lo aprehendemos... En suma, reflexionamos sobre ello hasta llegar a entenderlo por completo (REFLEXIÓN).
         Luego lo definimos como un objetivo (o varios) a lograr, lo que ayudará en la definición del siguiente paso y de todo el proceso, ya que nos va a marcar el norte hacia el que queremos dirigirnos (DEFINICIÓN).
         Ahora llega el momento de planificar, de ver qué actividades concretas, o qué acciones, voy a emprender para conseguir lo que me he fijado como objetivo. Aquí tendré en cuenta los recursos a mi alcance y las dificultades previsibles (PLANIFICACIÓN).
         Acción. Es el tiempo de poner en práctica aquello que he decidido de antemano (APLICACIÓN). Es un momento crucial, es cierto, pero no tiene sentido sin los pasos anteriores. Por lo que no puede ser nunca el primer paso. La acción es útil cuando va encaminada a unos objetivos. Cuando se sabe por qué y para qué tiene lugar.
         Pero aún no hemos acabado, nos falta estudiar los efectos de esas actividades emprendidas (EVALUACIÓN), para decidir si los resultados obtenidos han servido para cumplir el/los objetivo/s o, por contra, son resultados insuficientes o que apuntan en otra dirección que no es la deseable (RESULTADOS).
         En ese último caso, retomaríamos el proceso y planearíamos otras estrategias distintas, o incluso retrocederíamos aún más, hasta el punto de estudio, tratando de descubrir por qué no ha funcionado la cosa.
         Esta fase es siempre vital, incluso cuando hemos obtenido resultados positivos, porque siempre arroja enseñanzas muy valiosas y nos da pautas de lo que se puede mejorar.

En resumen y gráficamente, que es la manera más fácil de capturar en nuestras mentes las ideas esenciales de algo, su esquema:



Morgan aprendiendo a hacer diagramas


Tal vez alguien diga que existen personas que no siguen estos pasos y a las que parece irles muy bien. Que no necesitan dedicar su tiempo a planificar nada para que las cosas les salgan, ni tienen que ser metódicos u ordenados, que pueden permitirse el «lujo» de improvisar, de hacer aquello que les sugiere el impulso del momento. Que eso es en realidad lo deseable, lo que mola. Que es arte. O intuición. O ser libre y espontáneo o... Podemos poner las excusas que queramos o apuntar las razones que se nos ocurran. Da igual, no es cierto.
         Sí hay algunos afortunados, muy pocos, que son capaces de poner en práctica este proceso decisorio de manera casi automática e inconsciente. Que funcionan, aparentemente, de manera completamente anárquica, sin rutinas y sin que se les vea "el método".
         Mi madre, sin ir más lejos, es de ese tipo de personas, pero es porque tiene lo que se dice una cabeza muy bien amueblada. Podríamos decir que tiene el proceso interiorizado: posee una especie de líneas maestras mentales, asentadas y bien definidas. Una "estructura" básica, firme e inamovible. A partir de ahí, puede improvisar lo que quiera, puede mover o cambiar de sitio actitudes y/o actividades, puede hacer hoy las cosas de un modo distinto a como las hizo ayer... Porque la base la tiene clara.
         Pero, lamentablemente, esto no es así para el común de los mortales. La mayoría «necesita», necesitamos, apuntalar con un claro y estable orden externo el orden interno, a veces precario, sea por carácter o por circunstancias. Solo así nuestras intenciones, objetivos y deseos pueden llegar a puerto.
         Eso, naturalmente, requiere práctica, imponerse un comportamiento racional y metódico a la hora de enfrentarse a las tareas. Hasta que uno logra (los recursos los tenemos todos, recordemos que todo, todo, se puede aprender) sin tener que pararse notoriamente, sin tener que planificar cada paso sobre un papel, ver los parámetros de una situación a la primera y acertar con los pasos debidos para llevar a cabo cualquier proyecto.

El éxito no está nunca garantizado en nada que emprendamos. La vida es así. Hay imponderables y, como personas, podemos (e incluso debemos) variar en nuestros objetivos y en nuestras opiniones. Abandonamos sueños antiguos y nos surgen otros nuevos. Lo que ayer nos parecía fantástico, hoy no lo queremos. Pero eso también da igual.
         Lo importante es que las luchas que emprendamos las libremos en las mejores condiciones y con los mejores fines, que nuestro esfuerzo esté bien empleado y que tengamos claro a dónde vamos y para qué estamos haciendo lo que hacemos. 

viernes, 19 de febrero de 2016

Aprendiendo a escribir guiones

Paso a paso, y escribiendo, que es como se aprende a escribir. (Al menos según la "escuela" a la que siempre he pertenecido). Así es como voy cogiéndole el pulso a este tipo de escritura, que tiene sus propias características difenciadoras.
         Como tampoco desdeño consejos externos, también voy echándole un ojo a artículos sobre el tema, aunque, he de decir que la mayoría de lo que encuentro referido a la radio es acerca de asuntos relacionados con la publicidad. Cosas del tipo de cómo hacer spots publicitarios y similares. Curioso, ¿no?


Siempre he defendido que si uno se dice escritor debería ser capaz de escribir de todo. No digo, claro, que eso sea dogma de fe, es solo mi opinión. Y pienso igualmente que, al menos como experiencia o aprendizaje, es necesario tocar todos los palos posibles, en forma y fondo.
         Naturalmente, tú mismo elegirás al final lo que quieres hacer, que para eso eres tu jefe en este oficio, muchas veces tan ingrato. Habrá un tipo de literatura que te llene más, normalmente; algo que se te dé mejor, algo que te interese más. Pero sería deseable poder hacer, al menos con dignidad, desde el acta de una reunión hasta el guión de algo en lo que te apetezca embarcarte. Como un programa de radio, por poner un ejemplo, je, je.

En mi caso, siempre quise hacer algo como La Vieja Sirena. De hecho, hace años que tenía el nombre y el escenario, y ya soñaba con una sintonía de piratas y travesías.
         Así que, cuando por fin he tenido la posibilidad (y el valor) de hacer algo parecido, tenía claro que a mí no me valía un guión al uso (lo siento, la tilde del guión es para mí imprescindible, por más que a nuestra RAE no se lo parezca. Lo consideraremos, así entre nosotros, una pequeña rebeldía ortográfica), donde un locutor o varios condujeran las secciones y se limitaran a dar paso a la música o los artículos. ¡Que para eso soy escritora! supongo que estaba en el fondo de tan clara determinación. Y lo mío son las historias.
         Necesitaba un marco, un escenario donde cobraran vida los personajes. Y las cosas que fueran ocurriendo tendrían que ser coherentes con él. Así, en un barco pirata, o más bien en "mi" barco pirata, tenían que surgir por fuerza unas cuantas mujeres piratas reales e históricas, cuyas biografías me parecen literarias de verdad. Y mi rol de Capitán Morgan era también imprescindible, aunque adaptado a mis gustos y aficiones de aquella manera. Por fin, había de ser un barco literario, que se moviera impulsado por las letras, poemas, relatos e incluso novelas que definieran su rumbo y los sucesos a bordo.
         Con todos esos ingredientes, y los preciados aportes de mis compañeros de correrías, La Vieja Sirena zarpó un buen día y puso rumbo al desconocido horizonte. Porque gran parte de la gracia de la aventura, al menos para mí, está en dejarse llevar (hasta extremos razonables) dispuesto a descubrir cuantos países y regiones mentales estén dispuestos a mostrarse en el camino.

Es evidente que la práctica mejora el desempeño. Y confío en conseguir que cada programa sea un poquito mejor que el anterior, más satisfactorio, más radiofónico. Si esto es así, si triunfamos en el empeño, dónde nos lleve la aventura será cosa sin demasiada importancia.


miércoles, 10 de febrero de 2016

Una nueva aventura



Bueno, lo siento, me temo que para muchos esto va a ser más de lo mismo. En realidad publico esta entrada en honor de todos aquellos (como mi buen amigo Rafa. Hola, Rafa :-)) que están peleados con las RRSS pero que me consta que me leen por aquí. Los demás disculpadme el mosconeo y, simplemente, seguid a vuestras cosas.

Solo deciros que acabo de embarcarme en una nueva aventura, que no sé bien dónde me llevará. A un buen sitio, seguro. Solo que aún no puedo representármelo en la mente. Cuando das el primer paso en cualquier dirección lo haces poco menos que a ciegas, sin saber si será un acierto o un error aquello que tan cuidadosamente has planeado. Y a menudo el resultado, por positivo que sea, no es lo que tú habías imaginado en un principio. Pero para eso es una aventura, emocionante e incierta.

El caso es que tengo una novela terminada que aún no ha visto la luz. Su nombre es Útero. Civilizaciones Olvidadas. Por determinadas circunstancias (de las que hablo en el blog al que ahora os voy a mandar), he dado por terminado el proceso de buscarle editorial y he decidido publicarla por mi cuenta y por entregas en este medio.

He bautizado el proyecto como #13Capítulos13Semanas, y va a consistir en ir colgando diariamente un fragmento de la novela en el blog, hasta alcanzar la extensión de un capítulo semanal. Durante trece semanas estaré contándoos mi historia sobre ese mundo subterráneo y en vías de extinción que tiene que abrirse al exterior, a ese otro mundo desconocido y terrible que ignora lo que alberga la tierra bajo sus pies.

Confío en que hay un buen puñado de lectores destinados a esta novela, de igual modo que la historia estaba destinada desde el principio a encontrarse con ellos. Porque al fin y al cabo las historias, o al menos la mayoría de ellas, no hacen más que reproducir una y otra vez, con distintos ropajes, las historias que a todos nos nacen dentro.

Aquí está, para que podáis leerla a sorbitos, alojada en mi nuevo blog:
ÚTERO-Novela por entregas de L. G. Morgan