martes, 14 de junio de 2016

Helena Bonham-Carter y otras rarezas mías


Helena Bonham-Carter


Me encanta esta mujer.
         No es solo que me parezca una actriz excelente, una mujer guapa, inteligente y sumamente original. Es, además y sobre todo, que adoro su forma de ser ella; tan ella, clara y definitivamente ella misma; frente al viento y la marea de las críticas y opiniones ajenas.

         Yo también creo que a veces le falta acierto, que quizá se excede, que es rara y a menudo estrambótica... Y me encanta todo ello. Porque llega un momento en que hay que hacer lo que a una le da la real gana. Lo que te pide el cuerpo, lo que te sale del alma. Pese a quien pese y vaya contra las convenciones que sean. Porque eso es, precisamente, lo que hace que tú seas tú, distinta de los otros, con tus cualidades y defectos propios, no los heredados, no los que mandan los cánones.
         Y, al fin y al cabo, la persona con la que tenemos que convivir sí o sí somos nosotros mismos. A los demás, que les den si es necesario. Pero no nos enemistemos con nosotros, lo llevaríamos fatal.

Como de costumbre, ¿y todo esto a qué viene? Pues veréis, tiene relación (una relación retorcida y poco obvia) con la literatura. Más concretamente, con mi literatura. Y en especial, con  ÚTERO - Civilizaciones Olvidadas, esa novela que he estado publicando por entregas durante los últimos meses.
         Una muy buena amiga mía me decía, con toda la razón, que el título es raro, absolutamente impopular. Más que raro; que a muchas personas les podría producir (bueno, a ella le constaba que no era un condicional sino un presente rotundo) cierto rechazo, por asociarlo con algo muy extraño, feminista, extremo o simplemente feo. Y me lo decía por mi propio bien, ya que pensaba que otro título más normal me habría permitido llegar a más gente, y conseguir que un número mayor de lectores leyera mi novela, una novela, por otra parte, que valía mucho la pena.
         De nuevo tenía razón. Lo sé. Pero argumenté en contra (cómo no), y le expliqué por qué Útero es un título especial para mí e irrenunciable por ello. Que se gestó en un sueño, y yo siempre hago caso de los mismos. Porque sé que son el producto cristalizado de elementos que flotan en el río subterráneo del subconsciente, expresados con su propio y peculiar lenguaje. Materia primigenia, podríamos decir, valiosa por lo que tiene de profunda y propia.
         Útero es además, como mi amiga reconocía, un término que describe a la perfección la esencia de la novela, esa tierra concebida como seno materno donde se da la vida. Un lugar oscuro y protegido en el que la raza a la que pertenece Laya, mi protagonista, ha logrado sobrevivir. En ese sentido, no había un título que pudiera parecerme más apropiado y redondo.
         Y, en última instancia, recoge el testigo de esa especie de campaña de «reparación» o reivindicación que llevamos a cabo muchas mujeres en los últimos años, desde distintos frentes, acerca del cuerpo femenino en general y los genitales femeninos en particular.
         Como ejemplo: ¿recordáis aquello de «Los monólogos de la vagina»? En su día fue un nombre realmente chocante, rebelde en cierto modo, pues parecía hecho para remover al personal. Un nombre, en opinión de muchos, poco adecuado para un espectáculo, que hizo llevarse las manos a la cabeza a un determinado sector del público. Hoy no resulta, sin embargo, ni la mitad de trasgresor que entonces. Nos vamos acostumbrando en cierto modo, vamos normalizando lo que antes fue motivo de extrañeza. Así pasa con muchos términos y conceptos. Así evoluciona poco a poco el pensamiento.
         Yo sé también (lo voy sabiendo con el correr del tiempo y los relatos) que mi estilo de escritura no va con todo el mundo. O más que mi estilo, entendiendo por ello el tipo de prosa, es el contenido de mis escritos, lo que está de fondo, lo que añado e incluyo porque forma parte de mis (a veces minoritarios) intereses, lo que no conecta, no gusta, a un cierto sector de lectores.
         Es algo, todo ello, que me ha hecho reflexionar. Suelo tomar en cuenta cada descubrimiento y cada nueva perspectiva que se me ofrecen, igual que lo que me dice la gente cuya opinión respeto. Pero al final me he contestado yo misma que mi camino es el que es, y mis elecciones son las que son. Que para mí no merece la pena captar más lectores si no es porque quieren leer eso específico que yo quiero contar.
         Claro que hay cosas que se pueden sacrificar. Incluso cosas que se deben modificar porque realmente demuestren no ser la mejor opción. Pero hay otras muchas que constituyen algo así como una declaración de intenciones y un sello de fábrica.
         Siempre cito a Neil Gaiman acerca de esta cuestión:

Neil Gaiman

Eso debe ser lo irrenunciable. Lo que constituye tu propio estilo, sin dejarte coartar por mandatos o peticiones externas. 
         También otros escritores han llegado a la misma o parecida conclusión:

Faulkner-Adorno


Por si todo esto no fuera bastante, hay además una razón práctica y comercial que sirve para apoyar esta tesis. Todos sabemos que hoy en día la oferta en libros es inmensa. Debido a las facilidades actuales para editar y publicar, debido también a la extensión de la escritura como afición, nos encontramos con una enorme cantidad de novedades editoriales que salen casi cada día.
         Destacar entre semejante número de publicaciones es tarea heróica y, si escribes lo mismo que el resto, tarea imposible. ¿Por qué te van a leer a ti, que encima eres un nombre desconocido en la lista infinita de autores, si ofreces a los lectores lo mismo que el resto?
         De modo que, aunque parezcamos (y seamos) raritos, parece que los autores minoritarios estaríamos siguiendo no obstante el camino correcto. Tendrás un público objetivo menor, sin duda, llegarás a los lectores que llegues, pero también tendrás la posibilidad de un tipo de lector especial, que busque exactamente lo que ofreces tú y nadie más. Y, en el peor de los casos, al menos estarás satisfecho con tu obra, obtendrás una gratificación directa con el fruto de tu esfuerzo, pues habrás dado a luz, exactamente, a la criatura que amas.


***Dato anecdótico: ayer mismito, en mi grupo de flamenco, hablaba yo con la artista que toca el cajón flamenco, y canta, sobre iniciativas artísticas, y me contó que ella forma parte de un grupo de teatro llamado... tachán... «Teatro del Útero».
         Ains, adoro estas casualidades que a veces me pone la vida por delante.