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miércoles, 1 de marzo de 2017

Mujeres que se escriben

Hoy nuestra estrella invitada es la escritora  madrileña Luisa Ferro,
autora de la novela de fantasía Alcander  (Ediciones Tagus 2013). Es asesora, correctora de estilo y monitora de taller de relato avanzado. Sus relatos han obtenido diferentes premios y menciones en certámenes como “Ciudad Getafe, 2009” o “María Moliner, 2010”. Ha colaborado en numerosas antologías.

Mujeres que se escriben 

LCE -Muy buenos días. ¿Preparada para convertirte en la siguiente víctima de la sección?
LF –Buenos días. Preparada.
LCE –Hoy indagaremos en los gustos y aficiones literarias de la autora Luisa Fernández, que ha aceptado muy amablemente participar en el blog y ofrecernos una muestra de su trabajo. Empecemos pues con la primera pregunta de rigor: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?
LF –Porque me encanta. Un buen día me dije que ya era hora de escribir una novela y así lo hice. Pero a las pocas páginas decidí apuntarme a un taller gratuito de escritura creativa. Me faltaba método. Y ahí seguimos después de mueve años y un montón de clases a cuestas.
LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
LF – Es un juego de equilibrio con el lenguaje. Rico, descriptivo, pero accesible.  Y sí, ha variado mucho con los años y el aprendizaje.  
LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer?  Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
LF –No, que yo sepa.
LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
LF –No.
LCE – Y ahora cambiemos de tercio: ¿Qué género literario prefieres?  ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?
LF–Me decanto por el costumbrismo y la ficción histórica, pero siempre dentro de mis parámetros particulares; o sea, que tenga una buena dosis de misterio y suspense. También me tira mucho el Thriller forense, y si tiene tintes históricos mejor.  No me gusta que me encuadren. Escribo lo que me apetece.
LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
LF –Mis objetivos son los mismos que cuando empecé a escribir: llegar al lector. Intentar que mis novelas vean la luz del mejor modo posible sin morir en el intento  (risas).
LCE - ¿Algo más que quieras contarnos?
LF –Bueno, pues quisiera animar tanto a  lectores como editoriales a que den más oportunidades a los noveles patrios; esos autores con potencial que intentamos emerger a  espaldas de un mercado tradicional que cada vez crece menos y peor. Hay que sacudirse las pulgas y atreverse con lo nuevo. Nadie nace grande. Crecer forma parte del camino.
Y, por último, quisiera daros las gracias por entrevistarme. Lo he pasado genial.
LCE - Gracias a ti. Siempre es un placer conversar con los autores y poder charlar de literatura ;-) ¿Querrías ahora presentarnos tu relato?
LF –De mil amores. Labios de adormidera es un relato policiaco. En él se explora la psique del suicida. El difícil juego entre la criminalística y la intuición. Ciencia e instinto se aúnan para hallar el leitmotiv. Para escribirlo tomé como referencia la figura de “el perdedor” partiendo de la conocida anécdota que Chéjov escribió en su cuaderno de notas: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a su casa y se suicida”. Espero que os guste.

Labios de adormidera

Luisa Ferro


 Bodhisattva

La peste era bestial y el zumbido de las moscas insoportable. El intenso calor ayudaba a ello. Los escuadrones de la muerte son los primeros en llegar a la escena del crimen. Poseen una alarma para detectar a los fiambres. Tras equiparnos y rechazar la mascarilla que me ofrecía Estrada, entramos a la vivienda. Nos sorprendimos por la cantidad de billetes de quinientos euros esparcidos por el suelo; un sendero que recorría el largo pasillo de entrada hasta el estudio de pintura. Terminaba en una montaña humana bañada de malvas. El cadáver se había quedado de rodillas, vencido sobre su lado derecho. Estaba desnudo. Presentaba una herida transversal en el abdomen y otra en vertical hacia el esternón. El sable corto yacía junto a su mano izquierda. Aquel metal era el único testigo del lugar de los hechos; el causante de dos palmos de tajo y del charco de sangre que nos esforzábamos en no pisar. Sobre su superficie flotaban pétalos marchitos y fichas del casino. Parte de los intestinos reposaban en la bandeja que el finado sujetaba entre las rodillas. Me pareció inconcebible teniendo en cuenta su larga agonía antes de morir. Costaba creer que un ser humano conservara la compostura en tales circunstancias sin apenas moverse.
¿Quién coño se suicida después de ganar un montón de pasta? arguyó Estrada. 
Ordoñez, el experto en simbología, se apresuró a mostrarme un billete. En ambas caras pude leer: «Ella es mi dueña». 
No era la única frase que se repetía hasta la extenuación, había versos escritos por las paredes, en el suelo, en el techo: «Y amar es herir, es trasnochar en tu herida y humedecer con la sangre mis labios de adormidera.»
La prueba con luminol dio positivo. 
Procedí al examen del cadáver. 
Calculé que rondaría los treinta años. A pesar de que el rigor mortis había remitido, su rostro conservaba una expresión de pánico; como si en el último momento se hubiese arrepentido de poner fin a su vida. Los ojos estaban ligeramente hundidos y el iris era un borrón opaco. La mancha verde se extendía ya hasta los pectorales y de sus oídos rezumaba la cadaverina. Tenía exóticos tatuajes en ambos bíceps y en la cara interna de los muslos. Aunque lo que más llamó mi atención fue la estrangulación que exhibía en la raíz del pene, realizada con hebras de cabello. No presentaba necrosis pero sí un importante edema. El caso hubiera hecho las delicias de cualquier especialista en urología.
Observé una línea rojiza en el cuello y marcas de ligaduras en muñecas y tobillos. También quemaduras de diverso tamaño por el cuerpo.
Tomé notas mentales del tiempo estimado de su muerte. Cuatro o cinco días. Era solo orientativo. Seguramente el asfixiante calor aceleró el proceso de putrefacción y mi rápido dictamen tendría que completarse con la autopsia. 
¿Quién se clava en las tripas un sable después de follar con una diosa? escuché decir a mi espalda al tiempo que Estrada me alargaba varias polaroid que acababa de encontrar amontonadas en un rincón. La fecha aparecía en negrita en una de las esquinas. Fueron tomadas siete días antes.
En ellas aparecían aquel pobre diablo y una mujer. Lo único que llevaba encima era una extraña careta y unas botas de tacón de aguja, altas hasta los muslos. Le pisaba la cara, mientras que con un cordón de cuero intentaba estrangularlo.
Me quedó claro que todo formaba parte de un juego sexual previo al suicidio. Siervo y ama se deleitaban salvajemente. Visualicé varias fotos de fechas anteriores. El affaire duró más de cinco años. En ninguna de ellas se esclarecía la identidad de la femme fatale. Siempre aparecía con la cara tapada, pero tenía un precioso cabello rojizo que le llegaba a la cintura y una silueta fascinante.
Es una máscara de teatro kabuki me explicó Ordoñez. Representa a un Oni, una criatura demoniaca de la mitología japonesa. Puede guardar relación con el seppuko, llamado vulgarmente hara-kiri. El suicida quiso, de alguna manera, restablecer su honor. Utilizó un tantō  para abrirse el vientre y una bandeja para contener los intestinos. Tampoco pasó por alto el poema que los samuráis escribían en su abanico de guerra, aunque no lo haya escrito en el sitio correcto. Llevó a cabo casi todo el protocolo exigido en el rito. Quedaría saber si hubo alguien que contemplara el sacrificio, pues debe ser realizado en un lugar público, ante testigos y con un hombre de su confianza para ayudarlo a morir. También cometió otro error: la dirección del primer corte; de izquierda a derecha y no a la inversa. Se aprecia en la profundidad inicial de la herida.
Era zurdo y estaba solo atajé.
Decidí echar un vistazo por el estudio. Me ayudaría a indagar sobre el origen del suicidio. Sus causas. Su anatomía.
Los lienzos colgaban anárquicamente por doquier y tapizaban gran parte del suelo cercano a la amplia cristalera. Eran retratos al oleo de una muchacha de rasgos orientales. Parecían seguir una extraña secuencia que imprimía movimiento a la figura, como fotogramas en orden cronológico. Según mi opinión, el artista había intentado plasmar en la modelo una enigmática sonrisa de gioconda o de geisha, pero me sugirió más una exótica criatura sacada de un cartelón de Toulouse-Lautrec. Había algo anacrónico en su mirada. Un misticismo imposible. Estaban llenos de brochazos oscuros.
Son excrementos humanos apuntó Ordoñez.
Enarqué una ceja.
Varias prendas femeninas descansaban sobre la cama y por el suelo. Tuve que hacer verdaderos malabarismos para no pisar nada. El reguero de enseres terminaba en el cuarto de baño, donde docenas de velas consumidas se apiñaban en torno a una tina llena de agua y flores de loto.
La voz en of de Ordoñez prosiguió dándome sus impresiones.
 Todo el taller en sí mismo es un altar de sacrificios erigido en honor de algún dios perdido en la memoria de los paganos o puede que la antesala al mismísimo inframundo, cuyo precio de entrada fue la inmolación del sujeto. Qué mayor sacrificio que despojarse de las riquezas materiales y poner fin a la propia vida para ganarse el beneplácito de dioses o diablos, restaurando así el honor quebrantado. Por otra parte, los excrementos son el deseo del artista de alcanzar la inmortalidad. Las flores también podrían asociarse a ello. Su color blanco significa pureza, renovación, nacimiento...
Sonreí. No. No lo hice con indulgencia, sus conclusiones no carecían de lógica, pero no pude evitar mascullar sobre lo ambiguo de ciertos simbolismos ligados a la defecación y al arte conceptual. La mierda seguía siendo mierda aunque nos las sirvieran enlatada y un cuadrado negro sobre fondo blanco era solo eso: un puñetero cuadrado negro.
Tu mente analítica te impide ver la belleza –me dijo mordazmente Estrada, lanzando una pulla a nuestro compañero que, como de costumbre, ni se inmutó. 
Salimos del cuarto de baño y volví a inspeccionar la zona del dormitorio. Mis ojos recorrieron la estancia buscando algo que no alcanzaba a ver. No. No era la belleza. Era más simple que todo eso. No encontraba la anatomía del suicidio; el cuerpo del delito.
En la pared del fondo y en el suelo había varios tapices antiguos y un altar con una figurilla central. Los inciensos se habían consumido, solo las lamparillas de aceite seguían brillando ajenas al horror. A mí me parecieron testigos mudos, desenhebrados de la realidad.
Es un bodhisattva apuntó, creo que se trata de Guān Yīn, «El que oye los lamentos del mundo».
Di unos pasos hasta detenerme en el centro del altar. Noté un cambio extraño en el pavimento. Lo comprobé con unos pisotones y pedí ayuda a Estrada para levantar la alfombra. Había una trampilla. Tiré de la argolla y pedí luz a uno de los agentes que pululaban tomando pruebas. El haz de la linterna dejó al descubierto unas precarias escaleras de metal. Era más un zulo que un sótano en sí. Estaba lleno de trastos y el hedor era tan nauseabundo que demandé con urgencia una mascarilla. Algunos agentes más acudieron a mi reclamo. 
Un rastro de coleópteros nos dio la situación exacta de la procedencia de la fetidez. Se trataba de un baúl de grandes dimensiones con taraceas en marfil.
Al abrirlo, una vaharada de moscas inició un errático vuelo. Tras disiparse, pudimos contemplar un cadáver en posición fetal cubierto con una sábana de raso blanco. Su cabeza descansaba sobre un almohadón, como si el reducido cubil fuese la cuna de un recién nacido.
Costaba reconocer en aquel cuerpo hinchado y mordido por las ratas a la bellísima mujer del cuadro. Su boca, las fosas nasales, sus lagrimales… servían de nido para las larvas. Tenía una enorme tajadura en el cuello.
Las imprecaciones de la brigada se dejaron sentir como la plegaria de un pecador en el desierto. Imposible no sentirse sobrecogido. Los flashes de los analistas lo llenaron todo. A cada destello, la piel de la muchacha tomaba matices escalofriantes.
Quien metió su cuerpo aquí sentía afecto por ella dijo Ordoñez. Es como si durmiera. La posición fetal es un claro indicativo. Hay una huida hacia el seno materno, una búsqueda de paz, de cobijo…
Asentí. Ahí lo había clavado.
Me centré en la herida de la garganta. Estimé que no fue ella quien se seccionó la carótida. El corte era limpio y certero. Los suicidas tienden a ser bruscos. Se desgarran con demasiada fuerza presas de un impulso desmañado; temiendo no ser lo suficientemente contundentes en su intento y causándose verdaderos destrozos. Dada la profundidad y trayectoria, el asesino en cuestión era zurdo. El estado de putrefacción del cuerpo y la evolución de las larvas, me indicaban que había muerto antes que el pintor. Tal vez con una diferencia de 48 horas. 
Dejé a los analistas recogiendo muestras. Para mí aquel ya era un caso cerrado. Ordoñez y Estrada me fueron a la zaga.
Ambos me miraron interrogantes. Querían mi veredicto.
Ella se cansó de su juguete y él no pudo soportarlo respondí.
Sus gestos no variaron un ápice. Querían los detalles escabrosos.
Hay rehenes que se niegan a ser liberados aclaré. Siervos que no son nada sin sus amos. Pero no hay que equivocar jamás ser sumiso con la falta total de narcisismo. Un sumiso sexual, repudiado en la vida real puede «liberar» al peor de los depredadores. Cambian su rol y despellejarán sin piedad al que fue su dueño. Una vez pasado el shock emocional y el vacío que queda tras la pérdida, llegarán la reflexión, el arrepentimiento y la falta de motivación para continuar viviendo. La vida de nuestro artista carecía de sentido sin su leitmotiv. El hara-kiri solo fue un medio para seguir a su ama en la muerte, más que para limpiar su honor. Se reunió con su dueña y señora.
Ordoñez meditó unos segundos antes de chasquear los dedos. Asintió con vehemencia. 
Es un oibara… El samurái sigue a su amo feudal en la muerte. El rol de ejecutor se invirtió tras asesinarla y pasó a ser de nuevo siervo.
O sea arguyó Estrada, resumiendo y en cristiano: que a ella le importó una mierda que él acabara de ganar una millonada en el casino. Quería abandonarlo. Es un crimen pasional, vaya.  
Asesinato seguido de suicidio puntualizó nuestro quisquilloso compañero.
Mientras saludábamos al juez que acababa de llegar para ordenar el levantamiento de los cadáveres, pensé que, en el fondo, todos tenemos algo de románticos y aquello de que el amor ni se compra ni se vende, todavía quedaba genial en este jodido mundo. Eso sí, con el fundido en negro de una película muda. Nunca estaba de más ser artístico.  

© Luisa Fernández

viernes, 13 de mayo de 2016

EL SILENCIO DE LA CIUDAD BLANCA

Eva García Sáenz de Urturi

Eva García Sáenz de Urturi

Hoy recibimos en el blog la visita de una de nuestras antiguas huéspedes, que se alojó por un día en la sección «Mujeres que se escriben».
         Se trata de la autora Eva García Sáenz de Urturi, quien anduvo por estos lares hace casi exactamente dos años (MUJERES QUE SE ESCRIBEN).
         Viene cargadita de novedades, especialmente las que se refieren a su última novela, «El silencio de la ciudad blanca», publicada por Planeta este mismo año 2016, y que va ya por su tercera edición.
         También nos contará algunas cosillas muy interesantes sobre cómo ha sido su trayectoria profesional, desde el salto al vacío que supuso su primera novela, autopublicada en digital, hasta el fichaje por parte de una editorial de prestigio, que acudió a buscarla en vista del éxito obtenido con «La saga de los Longevos», novela con la que debutó.

El silencio de la ciudad blanca

LiteraturaConEstrógenos Buenos días, Eva, qué gusto tenerte de nuevo por aquí. EvaGarcíaSáenz Buenos días. Igualmente, un placer volver para otra entrevista.
LCE Tal como comentaba más arriba, estás de estreno, ¿no es así? Te encuentras promocionando tu última novela, «El silencio de la ciudad blanca», que está resultando un éxito completo de venta y crítica. ¿Cómo estás viviendo el proceso?
EGS Con mucha satisfacción. En apenas dos semanas ya hemos agotado la tercera edición, algo inaudito en estos tiempos, y el feedback de los lectores no puede ser más positivo. Tanto en el Facebook de evagarciasaenz como en Twitter e instagram los lectores están interactuando de una forma maravillosa: suben sus selfies con la novela, dejan sus comentarios, responden a los trivias que les planteo…
LCE A tu novela se la ha denominado como «novela negra», entre otras cosas, pero tal como tú misma nos dijiste en la anterior ocasión, lo que tú escribes es difícilmente clasificable dentro de un solo género. Por mi parte, veo que los elementos históricos, legendarios, y hasta románticos, se hallan presentes en todas tus obras. ¿Cómo se hace para conjugar todas estas piezas e integrarlas en un todo?
EGS En todas mis novelas hay un poso histórico importante, como también son importantes las historias entre hermanos, padres e hijos, o abuelos y nietos adultos. Al final, eso constituye el sello de lo que escribo y no me puedo abstraer de ello.
De todas formas, en el caso concreto de El silencio de la ciudad blanca el género está claro que es thriller, o novela negra o policíaca, que transcurre en el presente con algún flashback explicando los orígenes del asesino o asesina.
LCE Tu caso es algo particular en cuanto al tipo de lectores que tienes. Son de muy distintos tipos, tanto por edad, como por género o por gustos. ¿Cómo te explicas que tus novelas sean capaces de despertar interés en todos ellos?
EGS No sé muy bien por qué es, pero lo cierto es que, desde que escribí «La saga de los longevos», la horquilla de edad de mis lectores ha ido desde los 17 años hasta los 94, que es el lector más longevo que tengo. Creo que tiene que ver con el trasfondo de novelas de historias familiares de las que te hablaba: todo el mundo es hijo o padre, y todo el mundo se puede ver reflejado en esa trama.
LCE Tus obras se han traducido también a otros idiomas, por lo que cuentas con lectores extranjeros. ¿Cómo es eso de romper barreras? ¿Has recibido algún feedback por parte de estos lectores de fuera de España?
EGS Mis lectores americanos, australianos y británicos son muy diferentes a los españoles. Escriben al autor tratándole de usted, con muchísimo respeto, y las preguntas siempre están muy pensadas. En ese sentido, mis lectores patrios son mucho más espontáneos, pero las diferencias son simplemente culturales.
LCE Ahora que hemos hablado de esta última obra tuya, permíteme que pase a un tema que me resulta igualmente fascinante: el de tu trayectoria profesional. Has recorrido un largo camino como autora, de la autopublicación a convertirte en una de las escritoras best-seller de una gran editorial. ¿Cómo ha sido el proceso? ¿Cómo tuviste la valentía de lanzarte al incierto mundo de la autopublicación digital, y qué pasos se han sucedido luego para llegar hasta aquí?
EGS Comencé en 2012 autopublicando en digital «La saga de los longevos», tomé esa decisión mientras esperaba la respuesta de las editoriales, quería saber si a los lectores reales les gustaba mi novela. Lo que no esperaba en que en pocos días alcanzase el número uno a nivel nacional y que se convirtiera en viral en las redes sociales: las opiniones eran fantásticas y todo el mundo la recomendaba. Después de eso publiqué en papel con La Esfera de los Libros, en  menos de dos meses hacíamos el lanzamiento y en un par de semanas llegamos también a la segunda edición. La novela fue adquirida por una editorial norteamericana y la traducción al inglés funcionó también genial. Después de eso he publicado la segunda parte, «Los hijos de Adán»; y «Pasaje a Tahití» y «El silencio de la ciudad blanca» con Planeta. Son escalones que te van posicionando gracias a las ventas y al apoyo de los lectores.
LCE ¿A qué crees que se debe tu éxito? Además de al esfuerzo y al trabajo, que se ven claramente.
EGS Creo que son novelas que a la gente le gusta mucho recomendar y a eso se debe el fenómeno boca-oreja.
LCE   ¿Algún consejo que dar a los autores que están empezando?
EGS Que no publique hasta que tenga la novela muy pulida. Nunca hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión.
LCE  Un placer, nuevamente, haber podido contar con tu presencia. Muchas gracias por tus aportes.
Toda la suerte del mundo y hasta pronto.
EGS Mil gracias a ti, ha sido un placer estar en Literatura con Estrógenos.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Mujeres que se escriben

Inauguro NUEVA SECCIÓN.
A partir de este próximo viernes habrá un lugar en el blog donde dar voz a una serie de autoras invitadas. MUJERES QUE SE ESCRIBEN reunirá relatos, poemas, artículos (o lo que cada una prefiera), de mujeres que escriben y se escriben a través de sus palabras.



Empezaremos conociéndolas en cada entrada: ¿Por qué y cómo empezaron a escribir? ¿Cómo definen su estilo y qué pretenden contar? ¿Qué género literario prefieren? ¿Qué objetivos se marcan?...
Y una breve biografía literaria donde nos cuenten lo que quieran sobre sí mismas.

Y empezaremos además de intercambio, con Sandra Parente, autora del blog LOS LUNES A LA LLUVIA. Ella será nuestra primera invitada. Ella y su relato: "Tiki"
Es en este blog, precisamente, donde encontraréis hoy, tal como anuncié la pasada semana, el primero de los artículos de "La mujer atrapada", sobre escritoras que vivieron su propia versión de Las zapatillas rojas.

LOS LUNES A LA LLUVIA: La mujer atrapada - 1