viernes, 21 de septiembre de 2018
¡ESTAMOS DE ENHORABUENA!
jueves, 20 de septiembre de 2018
OTRO PARA LA COLECCIÓN...
Ahora que acabo de recibir mi último relato publicado en papel: La historia de mi vida, es momento de hacer recuento de cada paso del camino (literario) recorrido hasta ahora.
Estas son mis criaturas, posando juntas para la posteridad. Significan muchos años de avances y retrocesos, de pruebas y experimentos; de mucha ilusión, eso siempre. Como diría Gollum: Preciosssos míos... Mis tesssoros...
Pues bien, a esta colección de cromos acaba de incorporarse este otro:
¡Y estoy de contenta!
Se trata de la antología periódica «Calabazas en el Trastero», que va ya por el número 26. Dentro de estas páginas, cerrando la publicación, se encuentra, como decía, mi relato «La historia de mi vida», una narración que tiene como protagonista —no podía ser menos— un libro inquietante, uno de esos que parecen creados con la finalidad de alterar el destino de todo aquel que se cruce en su camino y, de manera confiada, decida darle una oportunidad y abrirle las puertas de su mente y de su alma.
Los relatos, y sus autores, son los que siguen:
Den eínai nekrós, de Javier S. Donate y Lisardo Suárez
Entonces, ocurrió, de Andrés Díaz Sánchez
La historia de mi vida, de L.G. Morgan
Las páginas perdidas, de Esther Domínguez Soto
Las páginas perdidas, de Xuan Folguera
Los escritos secretos, de Milos de Azaola
Memento mori, de Curro Esteves y Mercedes Manzano
Nana, de Enrique Anaya
Oscuridad, de Víctor Villanueva Garrido
Quod Superest Homini, de Salomé Guadalupe Ingelmo Temporada de lluvias, de Abel Amutxategi
Versículos de sangre, de Juan Ángel Laguna Edroso
Si queréis leer una reseña sobre la antología, que está todavía prácticamente debutando, aquí os enlazo una estupenda, aparecida en TodoLiteratura, donde se habla además extensamente del Libro Maldito como importante leit motiv en la Literatura de género:
La editorial Saco de Huesos lanza una nueva antología de terror, homenaje a los libros maldito
miércoles, 12 de septiembre de 2018
PROGRAMA DE MANO
Aquí lo tenéis, listo para que lo llevéis el viernes y podáis seguir la obra con todos los apuntes necesarios.
Etiquetas:
Eloísa está debajo de un almendro,
Enrique Jardiel Poncela,
Música,
Producciones La Vieja Sirena,
Programa de mano,
Reparto,
Teatro
lunes, 10 de septiembre de 2018
LECTURAS DE VERANO I
Después de dejar aparcado Frankenstein (me he comprometido conmigo misma a retomarlo en algún momento, seguramente en invierno, a ver si así las condiciones meteorológicas añaden algo de encanto a la trama) me bebí, literalmente...
José Carlos Somoza es una apuesta segura, un autor al que admiro por múltiples razones y que siempre me hace disfrutar. Me gusta su estilo, las tramas que elabora y su capacidad camaleónica para abordar cualquier género. Tiene, eso sí, un sello propio. En cuanto a los temas o enfoques que se aprecian en casi todas sus novelas. Y también en el realismo o viveza que imprime en sus diálogos y en la confección de personajes, muy a menudo complejos pero totalmente creíbles (incluso cuando son claramente fantásticos). Y eso también me parece admirable, el equilibrio entre ser tú mismo y reinventarte a la vez en cada ocasión.
En el caso que nos ocupa, La cuarta señal, nos encontramos en una época indeterminada, pero que nos suena enseguida a futuro próximo. La cosa va de ciberespacio, de realidades virtuales pero llevadas a un punto que hoy solo anticipamos, en el que la vida se desarrolla casi en mayor grado en esa dimensión artificial construida gracias a la tecnología. La «hipótesis» que sostiene la trama descansa en la música y la matemática, indisolublemente ligadas. Y se hace verosímil, creíble, por más fantástica que sepamos que es. Los personajes se ven envueltos en un misterio (con sus puntos de terror, algo habitual en la literatura de Somoza) que les fuerza a emprender un verdadero viaje interior en el que se descubren unos a otros al tiempo que a sí mismos.
Me llama la atención un elemento que llamaré romántico, pero en su sentido verdadero, intenso, casi diría que ideal o utópico. Amor verdadero, amor del bueno. Algo no demasiado habitual en otras novelas del mismo autor, donde explora aspectos más terrenales o desde un punto de vista escéptico.
En conjunto es una novela trepidante que se lee del tirón y que da, al mismo tiempo, para pensar un rato, sobre cuestiones muy de nuestros días.
*****
Cambiando de tercio, continué con esta novela de mi colega Ana Morán Infiesta. Es posible que si yo, sin referencias de ninguna clase, hubiera leído la sinopsis de la novela y la etiqueta de «Pulp» que se le asigna; es posible, digo, que la hubiera dejado escapar, pensando «esto no es para mí». Ah, pero yo cuento con la ventaja de que sé cómo escribe Ana Morán y cómo construye sus historias. Y también sé de su amor por el género negro, del mimo que le pone a los detalles y a la ambientación, de su habilidad para mezclar lo sobrenatural con lo prosaico. Así que no había riesgo de perdérmela.
El renacer de la concubina del demonio es novela negra, en el sentido de que una de sus protagonistas principales es una detective privada realmente antológica (con unas cuantas capacidades extra, eso sí), con métodos de trabajo propios del gremio. Es también novela fantástica, ya que la trama de ese tipo que subyace tiene su peso específico y está perfectamente diseñada, de forma coherente con el resto. Y es pulp: aquí no encontraremos, porque no es el objetivo, elementos de denuncia, sociales o políticos, sino que lo que se pretende, básicamente, es hacernos disfrutar. Y así, nos involucramos activamente en la resolución del caso, siguiendo los pasos de Liz O'Hara, y nos emocionamos con todos los demás aspectos que la autora introduce: erotismo, suspense, intriga, y escenas y escenarios con tintes góticos.
En resumen, lectura adictiva que deja muy buen sabor de boca.
viernes, 7 de septiembre de 2018
ELOÍSA ESTÁ DEBAJO DE UN ALMENDRO
En formato de ficción sonora
Esto es un no parar. Vuelve una de vacaciones y, ¿qué hace? Pues ponerse a echar horas extra con el último proyecto surgido esta temporada para Las Noches del Huerto.
El mundo de la radio es de por sí apasionante. Pero si además se puede combinar con la actuación en directo... ¿Podríais vosotros renunciar a algo así, por más liados que estuvierais con otras cosas?
Lo habéis adivinado: yo, al menos, no soy capaz. Así que ando embarcada, igual que hace dos años, en la adaptación a formato de ficción sonora de una de mis obras de teatro más queridas: Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela.
Mi historia con Jardiel Poncela se remonta a mi más tierna adolescencia, cuando me leí de cabo a rabo sus obras completas, que obraban en poder de mi abuela y de mi tío, su hermano. Recuerdo llevar conmigo alguno de los gruesos tomos que constituían uno de los tesoros familiares y despertar miradas de recelo en el autobús, o incluso por la calle, cuando me reía a carcajadas yo sola con alguno de los pasajes de una obra cualquiera, que de todas extraje buenos momentos.
Años después llegué a ver alguna de las piezas representadas en el teatro, y supongo que eso debería haber añadido algún plus a las obras respecto a la mera lectura, pero lo cierto es que yo solo recuerdo, por encima de todo, el disfrute de estas. Igual que me pasó con otros dramaturgos, que tuve épocas de leer mucho teatro.
¿Cuál puede ser la explicación? Yo apuesto por la imaginación como primer agente causal. Y es que las acotaciones de una obra teatral, aunque ciertamente no están hechas, al menos de manera preferente, para ser leídas, cuando caen en manos de un lector-lector, es decir, gente que ejerce de «imaginador» y gusta de adornar personajes, escenarios y situaciones con todo lo que está en su propia mente; cuando cae en tales manos, digo, se convierten en el único estímulo necesario para que la representación, o la película, se ruede íntegra en la propia cabeza.
Hace tiempo, una profesora del cole de mis hijas, de la etapa de educación infantil, comentaba que los niños muestran preferencia desde pequeños por las cosas que ven frente a las que escuchan (o leen cuando son más mayores). Esto es así porque les resulta más fácil e inmediato (procesamos de forma más directa los estímulos visuales), les requiere menos esfuerzo. Y por eso el equipo docente se había propuesto trabajar en clase especialmente los cuentos leídos en voz alta, o contados, sin dibujos. Para que desarrollaran la capacidad de comprender e imaginar lo que escuchaban.
Todas estas consideraciones se me hacen muy presentes cada vez que intento adaptar una obra de teatro al formato de ficción sonora o radio-teatro. Las estrategias narrativas descansan por completo en la voz y el sonido (a cambio, todos los efectos especiales y la música adquieren mayor relevancia que en una obra representada), y, por tanto, se depende más que nunca del esfuerzo y la imaginación del público. Entonces surgen las dudas —las mismas dudas que en cada ocasión similar— por parte de los actores y, de resultas, por mi parte. ¿Será demasiado larga la obra, aguantará el público y logrará mantener centrada su atención? ¿Se entenderá lo que decimos y lo que contamos? ¿Resultará interesante para ellos, teniendo en cuenta que no contamos con decorados ni actuamos con el cuerpo? ¿Convendrá entonces suplir de alguna manera lo que no se ve (y que en una obra de teatro se vería)?
Bien, sobre esto último yo no tengo ninguna duda, pero tengo que esforzarme por convencer al resto. Es cierto que si tomamos como referencia solamente piezas teatrales convencionales se nos hacen extrañas, por ejemplo, la figura de un narrador; las explicaciones en los diálogos que, de verse lo que se está haciendo, serían innecesarias; el interpelar directamente al público, buscando su complicidad... Pero yo les digo que nos movemos en tierra incógnita, en un medio alternativo que podemos crear y recrear a nuestro antojo, y que está permitido (y yo creo que hasta obligado) probar nuevas fórmulas y forzar los límites. Así que, por este lado, decidimos resolver del siguiente modo: apostemos por mantener el formato elegido y confiemos en la benevolencia del público, que siempre nos sorprende para bien.
Pero aún nos queda contempla otro elemento específico que va a contar en nuestro caso, y es que el tipo de representación que vamos a hacer será en vivo y en directo, en un escenario al aire libre. ¿Qué supone esto? Pues, por un lado, que deberemos contar con las distracciones inevitables que se dan en un sitio donde la gente va a reunirse, a charlar mientras se toma su bocadillo y se bebe su cerveza o su refresco; donde hay niños corriendo, y a veces refresca, y hay viento... Y por el otro, algo que nos atañe solo a nosotros: por la propia naturaleza de la representación tendremos que vencer la tentación (al menos yo me impongo hacerlo así) de hacer «trampas», incluyendo acciones y elementos visuales que en la radio no jugarían. Porque no hay que olvidar que tratamos de hacer ficción sonora y no otra cosa.
La única conclusión posible, llegados a este punto, es que somos (o soy, que asumo totalmente mi culpa) muy ambiciosos, queriendo llevar teatro escuchado al pleno campo. Y, una de dos, o nos estrellamos con todo el equipo, o sucede como en ocasión de los «Diez negritos», de Ágatha Christie, que representamos del mismo modo en LNDH, y el público confirma lo que yo ya sabía: que la gente responde a lo que le das, y si confias en ellos y en su empatía devolverán con creces la ilusión y el empeño que te ha llevado a hacer arte y cultura, del mejor modo en que eres capaz, en la propia calle, que es donde a mi juicio debería estar siempre.
Esto es un no parar. Vuelve una de vacaciones y, ¿qué hace? Pues ponerse a echar horas extra con el último proyecto surgido esta temporada para Las Noches del Huerto.
El mundo de la radio es de por sí apasionante. Pero si además se puede combinar con la actuación en directo... ¿Podríais vosotros renunciar a algo así, por más liados que estuvierais con otras cosas?
Lo habéis adivinado: yo, al menos, no soy capaz. Así que ando embarcada, igual que hace dos años, en la adaptación a formato de ficción sonora de una de mis obras de teatro más queridas: Eloísa está debajo de un almendro, de Enrique Jardiel Poncela.
Mi historia con Jardiel Poncela se remonta a mi más tierna adolescencia, cuando me leí de cabo a rabo sus obras completas, que obraban en poder de mi abuela y de mi tío, su hermano. Recuerdo llevar conmigo alguno de los gruesos tomos que constituían uno de los tesoros familiares y despertar miradas de recelo en el autobús, o incluso por la calle, cuando me reía a carcajadas yo sola con alguno de los pasajes de una obra cualquiera, que de todas extraje buenos momentos.
Años después llegué a ver alguna de las piezas representadas en el teatro, y supongo que eso debería haber añadido algún plus a las obras respecto a la mera lectura, pero lo cierto es que yo solo recuerdo, por encima de todo, el disfrute de estas. Igual que me pasó con otros dramaturgos, que tuve épocas de leer mucho teatro.
¿Cuál puede ser la explicación? Yo apuesto por la imaginación como primer agente causal. Y es que las acotaciones de una obra teatral, aunque ciertamente no están hechas, al menos de manera preferente, para ser leídas, cuando caen en manos de un lector-lector, es decir, gente que ejerce de «imaginador» y gusta de adornar personajes, escenarios y situaciones con todo lo que está en su propia mente; cuando cae en tales manos, digo, se convierten en el único estímulo necesario para que la representación, o la película, se ruede íntegra en la propia cabeza.
Hace tiempo, una profesora del cole de mis hijas, de la etapa de educación infantil, comentaba que los niños muestran preferencia desde pequeños por las cosas que ven frente a las que escuchan (o leen cuando son más mayores). Esto es así porque les resulta más fácil e inmediato (procesamos de forma más directa los estímulos visuales), les requiere menos esfuerzo. Y por eso el equipo docente se había propuesto trabajar en clase especialmente los cuentos leídos en voz alta, o contados, sin dibujos. Para que desarrollaran la capacidad de comprender e imaginar lo que escuchaban.
Todas estas consideraciones se me hacen muy presentes cada vez que intento adaptar una obra de teatro al formato de ficción sonora o radio-teatro. Las estrategias narrativas descansan por completo en la voz y el sonido (a cambio, todos los efectos especiales y la música adquieren mayor relevancia que en una obra representada), y, por tanto, se depende más que nunca del esfuerzo y la imaginación del público. Entonces surgen las dudas —las mismas dudas que en cada ocasión similar— por parte de los actores y, de resultas, por mi parte. ¿Será demasiado larga la obra, aguantará el público y logrará mantener centrada su atención? ¿Se entenderá lo que decimos y lo que contamos? ¿Resultará interesante para ellos, teniendo en cuenta que no contamos con decorados ni actuamos con el cuerpo? ¿Convendrá entonces suplir de alguna manera lo que no se ve (y que en una obra de teatro se vería)?
Bien, sobre esto último yo no tengo ninguna duda, pero tengo que esforzarme por convencer al resto. Es cierto que si tomamos como referencia solamente piezas teatrales convencionales se nos hacen extrañas, por ejemplo, la figura de un narrador; las explicaciones en los diálogos que, de verse lo que se está haciendo, serían innecesarias; el interpelar directamente al público, buscando su complicidad... Pero yo les digo que nos movemos en tierra incógnita, en un medio alternativo que podemos crear y recrear a nuestro antojo, y que está permitido (y yo creo que hasta obligado) probar nuevas fórmulas y forzar los límites. Así que, por este lado, decidimos resolver del siguiente modo: apostemos por mantener el formato elegido y confiemos en la benevolencia del público, que siempre nos sorprende para bien.
Pero aún nos queda contempla otro elemento específico que va a contar en nuestro caso, y es que el tipo de representación que vamos a hacer será en vivo y en directo, en un escenario al aire libre. ¿Qué supone esto? Pues, por un lado, que deberemos contar con las distracciones inevitables que se dan en un sitio donde la gente va a reunirse, a charlar mientras se toma su bocadillo y se bebe su cerveza o su refresco; donde hay niños corriendo, y a veces refresca, y hay viento... Y por el otro, algo que nos atañe solo a nosotros: por la propia naturaleza de la representación tendremos que vencer la tentación (al menos yo me impongo hacerlo así) de hacer «trampas», incluyendo acciones y elementos visuales que en la radio no jugarían. Porque no hay que olvidar que tratamos de hacer ficción sonora y no otra cosa.
La única conclusión posible, llegados a este punto, es que somos (o soy, que asumo totalmente mi culpa) muy ambiciosos, queriendo llevar teatro escuchado al pleno campo. Y, una de dos, o nos estrellamos con todo el equipo, o sucede como en ocasión de los «Diez negritos», de Ágatha Christie, que representamos del mismo modo en LNDH, y el público confirma lo que yo ya sabía: que la gente responde a lo que le das, y si confias en ellos y en su empatía devolverán con creces la ilusión y el empeño que te ha llevado a hacer arte y cultura, del mejor modo en que eres capaz, en la propia calle, que es donde a mi juicio debería estar siempre.
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