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jueves, 26 de agosto de 2021

VUELTA AL CINE CON...

Hacía mucho tiempo que no iba al cine. Desde el inicio de la pandemia creo que esta es la tercera vez. Elegimos para el reencuentro esta comedia finesa, vista en VOS en el cine Gólem. Pego ficha de FilmAffinity:

Título original
Teräsleidit aka 
Año
Duración
92 min.
País
Finlandia Finlandia
Dirección
Guion
Aleksi Bardy, Pamela Tola
Música
Panu Aaltio
Fotografía
Pauli Kairismaa, Päivi Kettunen
Reparto
Productora
Helsinki Filmi Oy
Género
ComediaDrama | Vejez/Madurez
Sinopsis
Inkeri tiene 75 años y está planeando enterrar a su marido, al que acaba de matar de un sartenazo, en el jardín de su casa. Cuando se da cuenta de que va a pasar el resto de su vida en la cárcel, se lanza a un enloquecido último viaje con sus hermanas Sylvi y Raili. (FILMAFFINITY)

Es una peli entretenida y peculiar (desde luego, parece que los nórdicos tienen otra forma de contar las historias y otro ritmo para hacerlo) de esas que luego te dejan pensando. Aparentemente es algo simple, ya veis que la historia se resume en una breve sinopsis; son sus matices los que permiten una lectura más profunda. 

Como comedia no es en absoluto desternillante. Tiene pocos momentos para soltar la carcajada (bueno, uno de los personajes parecía Joaquín Reyes en Muchachada Nui y eso me hizo mucha gracia); más bien un tono simpático que hace digeribles los conflictos de fondo. 


Las tres hermanas se salen (aunque yo me quedo con la arpía, que me encantó), cada una reflejando una personalidad, unas vivencias y unas circunstancias personales distintas, siendo la relación entre ellas lo que va desvelando el fondo de la historia familiar y sus historias personales. 


Como fondo su «aventura», un viaje en realidad poco justificado (en mi opinión, la excusa que ofrece el guion es algo endeble) que les lleva a afrontar cosas del pasado. 


Lo que aporta la peli de distinto, para empezar, son sus protagonistas: tres mujeres mayores que «hacen cosas». Que una película se sustente en personajes así es muy, muy poco habitual.
         En segundo lugar, nos hace reflexionar sobre cómo es la vida y cómo puede ser cuando te acercas al fin de la misma. Especialmente cuando eres una mujer y has vivido según las expectativas de la sociedad y de tus seres queridos.

Ahora que empezamos a hacernos conscientes del problema del «edadismo» (buen artículo AQUÍ al respecto); ahora que ha salido a la palestra y tenemos que considerar los prejuicios que define, vienen bien películas como esta, que nos lo pone delante en un tono desenfadado y paródico que facilita su abordaje.
         Concretamente este aspecto del edadismo: «...[según su edad]) asignamos previamente que algo es adecuado o no para una persona, pensamos en ella con base a su edad y a partir de ahí nos relacionamos con ella» es lo que se refleja en la situación que viven estas mujeres. De hecho, gran parte de la comicidad del film se deriva de verlas haciendo cosas que supuestamente no hacen las mujeres de esa edad de manera normal o habitual.
         No sé si los fineses han normalizado más que nosotros que, por ejemplo, las abuelas vayan de discoteca. Allí nadie se ríe de ellas ni las mira con especial extrañeza pero parecen escenas hechas aposta para ser graciosas, o sea que, tan habitual no será. Lo que sí es cierto es que contemplan el sexo como parte natural de la vida a cualquier edad (ya me sorprendió para bien en la trilogía Millenium, de Stieg Larsson, y eso que ahí solo planteaban relaciones sexuales entre gente en la cuarentena y cincuentena; pero claro, comparado con la literatura española o anglosajona, donde solo se tiene sexo hasta los treinta...), cosa que ya resulta revolucionaria. E igualmente parece normalizado que las mujeres mayores hayan podido tener una vida profesional intensa y estimulante. En eso van como una generación por delante. Ahora, que su entorno las haya estimulado, o incluso consentido, desarrollar profesión o inquietudes personales, intelectuales o espirituales, es otra historia. Y así, otro de los temas que plantea la película es precisamente ese, cómo al casarse y elegir una vida de familia la protagonista ha renunciado a sus sueños y a quién es en realidad, cómo se amoldó al patrón deseable culturalmente a costa de todo ello.
         Pero es ahí donde se produce la fractura: el hecho dramático de matar a su marido y el viaje consiguiente, que la lleva a revisitar con sus hermanas hechos y lugares de su pasado, supone un reencuentro consigo misma y lleva a la conclusión de que siempre estamos a tiempo, tengamos la edad que tengamos, de cambiar el rumbo, de abrazar otras circunstancias, de vivir de acuerdo con nuestros deseos y patrones en vez de con los que otros nos han elegido.
         Ese es, a mi modo de ver, el principal mensaje de la peli, que la criatura que llevamos dentro es la que debería dictar nuestra vida, ese ser que no tiene edad, o tiene la que le da la gana, y nos dice, a poco que lo escuchemos, cuál es nuestro camino.

sábado, 31 de julio de 2021

Siempre por estas fechas...

  

Agarro el Brujamóvil y me voy de mudanza. No sé por qué, pero llevo años haciéndolo, siempre pasa algo que lo hace preciso.

En esta ocasión traslado mi librería del local que tenía en Jimdo a uno nuevecito que he encontrado en Wordpress. Y aunque aún me queda alguna caja por desembalar, me siento satisfecha de haber terminado con «lo gordo» y poder presentaros ya mi nueva web, limpia, ordenada y reluciente. 

Bienvenidos a La (nueva) librería de Morgan. Un lugar para soñar:

 

LA LIBRERÍA DE MORGAN 

viernes, 11 de junio de 2021

RELATOS: el amor por la sorpresa

  

O, en mi caso, el odio, ya os lo adelanto (no lo iba a dejar para el final, claro, que entonces sería sorpresa). 

Recién acabado el Polidori (http://www.ociozero.com/foro/viii-concurso-homenaje-a-john-william-polidori), y con la satisfacción de haber obtenido un muy digno...

...con mi relato «La mina» (al que tendré que cambiarle el nombre porque a la mayoría le pareció de lo más sosaina), toca hacer un repasillo de una cuestión que una y otra vez me salta a la cara cuando de escritura y relatos se trata: la obligación de que un buen relato, para serlo, deba aportar determinadas dosis de sorpresa; esto es, que bien el final (lo deseable) o la propia trama resulten inesperados y nos descoloquen un poco.

No es la primera vez, ni será la única, que le señalan a una obra mía una falla en ese sentido. Incluso, siendo este el caso, cuando se trata de una obra que el lector-crítico aprecia y considera salvable por otros parámetros. Pero siempre está presente esa especie de decepción por que el relato no gire brusca y perceptiblemente al final, por que «se vea venir», por que la trama resulte demasiado «tipo» (lo que yo digo universal).

Pues bien, no sé si tendrá algo que ver con ello el hecho de que a mí no me van especialmente las sorpresas, así en general, y pienso que están muy sobrevaloradas. Porque a mí lo que de verdad, de verdad me gusta es que algo largamente deseado llegue por fin. Y encima la literatura me parece expresión de la vida misma, inmersa en ella y, por esa razón, con sus mismas reglas.

Imaginad que habláramos de sexo, supongo que en ese caso habría más gente dispuesta a coincidir conmigo. Las cosas van en una determinada dirección y queremos que acaben por ese mismo camino, sin ruptura o trama alternativa. Estoy segura de que habrá pocos que digan: no, hombre no, a mí dadme sorpresas y en el último momento que se desvíe la atención, qué sé yo, a lo que hay en el florero del cuarto, a la conversación del vecino de abajo, a un calambre repentino o al cuadro del Cristo cayendo sobre la cama.

O pensemos también en la carta a los Reyes Magos, cuando lo mejor es recibir precisamente aquello que hemos pedido y que deseamos con todo nuestro corazón. ¿Es mejor que en vez del camión rojo flamante y maravilloso que esperamos nos traigan un par de calcetines? O, ¡sorpresa!, tú pediste montar en globo, pero como tenemos que sorprenderte... ¡Te hemos traído un curso de macramé! ¿A que esto no te lo esperabas?

Creo que por esas filias y fobias mías mis finales suelen ser lo que yo llamo «de cumplimiento», es decir, la cadena de acontecimientos que conforma la trama suele culminar en un final para mí coherente. Si es esperado o no me importa poco, yo lo que quiero es que sea lógico y aporte algo, que transmita algo. Como, por otra parte, toda la historia en sí.

Ese es precisamente otro punto para mí fundamental y que influye de alguna manera en esto de la sorpresa sí o sí. Como cualquiera de las Artes, la literatura tiene un aspecto estético importante. Pero para mí no tiene sentido si se limita a ello. La literatura es lenguaje, comunicación, y si está hueca y es un mero ejercicio estilístico alejado de la vida y de sus realidades, si es ajena al mundo interior del autor/a, no es lo que yo quiero. Así que, desde este punto de vista, que es el mío, de poco serviría poner el acento en construir un mecanismo sujeto premeditadamente a determinadas reglas y que persiga de antemano determinados efectos si va en detrimento de la historia que quiero realmente contar.

En vez de ello, lo que yo hago es dar voz a lo que tengo dentro, crear un relato (una historia, una novela) vivo con su propia coherencia interna que transmita algo, que aporte algo al lector, a su pensamiento, a su realidad y a su vida, porque eso es lo que yo quiero cuando leo las obras de otros.

Puede parecer que cuando hablo de aportar algo me esté refiriendo a cosas grandes y no es cierto. Basta una idea, una emoción, un punto de vista que no habías considerado antes, incluso un pensamiento o una opinión que sacuda tus creencias y te haga iniciar un debate interno.

En esa misma línea me planteo lo de las «historias tipo» que, vuelvo a repetir, yo definiría más bien como universales.

Estrictamente, casi cualquier trama (CUALQUIERA) se puede reducir a un argumento tipo:

- Chico conoce a chica (o chico a chico, chica a chica, chique...), se enamoran, tienen problemas y... A-siguen juntos (si es comedia romántica) o B-se separan (si es drama).

- País 1 se enfrenta a país 2. A-gana 1, B-gana 2 o C (más raro)-ambos perecen. Todo suele depender de la nacionalidad del autor.

- Opresores vs. oprimidos (que no deja de ser un poco la opción anterior aunque sin naciones). A-ganan los opresores (si uno es un pesimista de mierda) o B-ganan los oprimidos (si uno es, por el contrario, un Ser de Luz como yo).

 - Trama divina: un dios manda algo, si A-los fieles obedecen, van al Cielo o B-los fieles son más de pecar y acaban en el Infierno.

- Trama aventuras: se descubren cosas (la selva esmeralda, un manuscrito muy viejo o la vacuna de la viruela) y la cosa acaba A-bien o B-mal.

¿Qué debemos consider entonces? Pues cómo se varíe esa trama básica (universal) en esta historia que tengo delante y qué me está contando a mí personalmente, qué le está aportando a mi concepción del mundo ese relato en concreto. Igualmente, la forma o estilo especial de ese autor/a que hará que el fondo me llegue mejor o peor.

Nota: Esto último hace referencia a algo obvio: para ser Literatura un escrito deberá aportar también a nivel formal. Si es algo que no menciono más veces, o de manera más explícita, es porque, salvo muy contadas ocasiones, no me suelen poner pegas en ese aspecto. Mi «cruz» viene más bien de la supuesta falta de punch o incluso de originalidad temática.

Dicho todo esto, y ya totalmente desahogada y más libre, tengo que acabar diciendo que el concurso y el funcionamiento del foro de OZ, han sido, como siempre, una gran experiencia; y que me llevo un montón de aportes sobre mi relato y un montón de lecturas estupendas.

         Como decimos en OZ: ¡Larga vida al Polidori! Y, si no lo habéis hecho antes, reenganchaos a ese concurso fantástico cuanto antes, porque es posible que tenga próxima edición ¡este mismo julio!

miércoles, 5 de mayo de 2021

KULTURE MARKET DAY

 

Érase una vez un grupo de personas (en concreto tres) que, por si aún no estaban metidas en suficientes actividades colectivas y saraos varios, decidieron crear una nueva asociación cultural para compartirla con amigos, no solo del barrio, sino de allende las fronteras.

         Así nació Kulture Market:

 

 

Una asociación cultural sin ánimo de lucro cuyo objetivo es promover la cultura (en todas sus formas) y a l@s artist@s, contribuyendo en todo lo posible para que estos puedan vivir de su trabajo.


 

Ya con un nutrido grupo de Agentes Agitadores, o dicho vulgarmente, de soci@s, Kulture Market empezó a caminar a buen paso, programando conciertos e ideando otras actividades diversas, con las miras siempre puestas  en la celebración de la primera edición de la que es desde su concepción su fiesta emblema, el Kulture Market Day, una feria de arte, artesanía, libros y música a celebrar al aire libre, en las inmediaciones del Huerto Comunitario de Manoteras.

 


Y aquí estamos, a tres días vista del evento, emocionada y algo inquieta, que son muchas cosas las que tengo que llevar y muchos los preparativos que culminar. Porque aún no os lo he dicho, pero el caso es que yo también voy a poner un puesto en este fantástico Mercado Cultural al aire libre. Bueno, más bien dos puestos en uno. Os doy un par de pistas (pistas de las mías, de esas que dejan poco sitio a la imaginación que ya sabéis que yo soy fatal para las sorpresas XD).
 



Sí, queridos y queridas míos, que me voy a plantar allí con todos mis libros, vestida de pitonisa, y voy a llevarme la Baraja Gitana de mis amores para decirle la buenaventura al personal que se atreva.
         Así que ya sabéis, si andáis por Madrid el sábado y queréis disfrutar de una jornada diferente, pasaos por nuestro mercado. Habrá 30 puestos distintos de arte y artesanía, bocadillos, bebidas, postres, pan artesano y actuaciones a lo largo del día. Y todo ello en un entorno verde y soleado (dan nada menos que 28 grados) donde poder disfrutar solo, con amigos o en familia.
         Allí nos vemos.

martes, 9 de marzo de 2021

El cuento de «La pequeña cerillera»

Hoy vuelvo otra vez, después de mucho tiempo, a ese libro magnífico que es «Mujeres que corren con los lobos», de Clarissa Pinkola Estés (¿recordáis que os hablé de él en otras dos ocasiones, cuando comenté los cuentos: Las zapatillas rojas y La mujer esqueleto?).

         Esta vez quiero hablaros de otro de los cuentos, uno que versa sobre la falta de «alimento» y la indiferencia que pueden marcar la vida de algunas personas; y cómo ciertas fantasías llegan a ser tan nocivas que resultan literalmente mortales. Se trata de «La vendedora de fósforos» (o La pequeña cerillera, La niña de los fósforos o La pequeña vendedora de fósforos, que se lo conoce por estos varios títulos), obra del escritor y poeta danés Hans Christian Andersen.
 
Por lo que yo he podido indagar el cuento es original del autor, aunque la doctora Pinkola Estés menciona la existencia de diferentes versiones y, seguramente, tal como ocurre con otros cuentos clásicos, algunos de sus temas principales seguramente están presentes en otros relatos orales de distinta naturaleza y nacionalidad.
         Al respecto, nos dice:
         «En mis investigaciones he descubierto algún indicio de que algo muy parecido a este cuento puede ser una variación de las antiguas narraciones del solsticio de invierno en las que lo gastado muere y renace en otra forma más vibrante». 
 
La versión que yo os traigo (igual que las otras dos veces) está extraída directamente de Mujeres que corren con los lobos.
         Su autora la presenta así:
         «Esta versión de "La vendedora de fósforos" me la contó mí tía Katerina que se trasladó a vivir a Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial. Durante la guerra, su sencilla aldea fue invadida y ocupada tres veces por tres ejércitos enemigos distintos.
         Siempre empezaba el cuento diciendo que los sueños suaves en circunstancias difíciles no son buenos y que en los tiempos duros tenemos que tener sueños duros, verdaderos sueños, de esos que, si trabajamos con diligencia y nos bebemos la leche a la salud de la Virgen, se hacen realidad».
 
 
Había una niña que no tenía madre ni padre y que vivía en la espesura del bosque. Había una aldea en el lindero del bosque y ella había averiguado que allí podía comprar fósforos a medio penique y después venderlos por la calle a un penique.
         Si vendía suficientes fósforos, podía comprarse un mendrugo de pan, regresar a su cobertizo del bosque y dormir vestida con toda la ropa que tenía. Vino el invierno y hacía mucho frío. La niña no tenía zapatos y su abrigo era tan fino que parecía transparente. Sus pies ya habían rebasado el color azul y se habían vuelto de color blanco, lo mismo que los dedos de las manos y la punta de la nariz.
         La niña vagaba por las calles y preguntaba a los desconocidos si por favor le querían comprar cerillas. Pero nadie se detenía ni le prestaba la menor atención. Por consiguiente, una noche se sentó diciendo: "Tengo cerillas, puedo encender fuego y calentarme." Pero no tenía leña. Aun así, decidió encender las cerillas.
         Mientras permanecía allí sentada con las piernas estiradas, encendió el primer fósforo. Al hacerlo, tuvo la sensación de que la nieve y el frío desaparecían por completo. En lugar de los remolinos de nieve, la niña vio una preciosa estancia con una gran estufa verde de cerámica y una puerta de hierro adornada. La estufa irradiaba tanto calor que el aire parecía ondularse. La niña se acurrucó junto a la estufa y se sintió de maravilla.
         Pero, de repente, la estufa se apagó y la niña se encontró de nuevo sentada en medio de la nieve. Temblaba tanto que los huesos de la cara le crujían. Entonces encendió la segunda cerilla y la luz se derramó sobre el muro del edificio junto al cual estaba sentada, y ella lo pudo atravesar con la mirada. En la habitación del otro lado de la pared había una mesa cubierta con un mantel más blanco que la nieve y sobre la mesa había platos de porcelana de purísimo color blanco y en una fuente había un pato recién guisado, pero justo cuando ella estaba alargando la mano hacia aquellos manjares, la visión se esfumó.
         La niña se encontró de nuevo en la nieve. Pero ahora las rodillas y los labios ya no le dolían. Ahora el frío le escocía y se estaba abriendo camino por sus brazos y su tronco, por lo que ella decidió encender la tercera cerilla.
         A la luz de la tercera cerilla vio un precioso árbol de Navidad, bellamente adornado con velas blancas, cintas de encaje y hermosos objetos de cristal y miles y miles de puntitos de luz que ella no podía distinguir con claridad.
         Y entonces contempló el tronco de aquel gigantesco árbol que subía cada vez más alto y se extendía hacia el techo hasta que se convirtió en las estrellas del firmamento sobre su cabeza y, de pronto, una fulgurante estrella cruzó el cielo y ella recordó que su madre le había dicho que, cuando moría un alma, caía una estrella.
         Como llovida del cielo se le apareció su amable y cariñosa abuela y ella se llenó de alegría al verla. La abuela tomó su delantal y la rodeó con él, la estrechó con fuerza contra sí y ella se puso muy contenta.
         Pero poco después la abuela empezó a esfumarse. Y la niña fue encendiendo un fósforo tras otro para conservar a su abuela a su lado, un fósforo y otro y otro para no perder a su abuela hasta que, al final, la niña y su abuela ascendieron juntas al cielo, donde no hacía frío y no se pasaba hambre ni se sufría dolor.
         Y, a la mañana siguiente, encontraron a la niña muerta, inmóvil entre las casas.
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HASTA AQUÍ EL CUENTO. AHORA VEAMOS QUÉ ES LO QUE NOS QUIERE CONTAR.
 
Las interpretaciones habituales que se hacen del cuento recalcan la enseñanza de la empatía y la compasión con los desfavorecidos. Parece ser que Andersen lo escribió en una época especialmente acomodada que vivió, acordándose por contraste de su precaria infancia y los recuerdos de su madre, que vivió una versión menos trágica, pero igualmente de pobreza, frío y escasez, de esta historia. 
         En una página en concreto he llegado a leer este análisis: «Pese a ser un cuento con un final triste, podemos hacer una lectura positiva. La protagonista es una niña sin recursos, que pese a eso se esfuerza por trabajar y que no envidia a quienes tienen más que ella. Cuando enciende sus cerillas se imagina todo aquello que no tiene y es feliz pensando que su situación podría cambiar. Nos enseña por tanto, que “la esperanza es lo último que se pierde” y que se puede ser feliz en la adversidad». 
         Incluso hay quien entiende que uno de sus principales mensajes es que la bondad y la inocencia, por maltratadas que sean en este mundo, alcanzarán su recompensa en el Cielo, donde no hay adversidades y estaremos rodeados de nuestros seres queridos; en el caso de la niña, es su abuela querida quien la acoge y la lleva consigo.
 
Como veréis, la interpretación (psicológica y arquetípica) que hace Clarissa Pinkola Estés es bien distinta.
         Para empezar, ella no recomienda en absoluto la resignación, ni la mansedumbre, ni la aceptación sin más de la situación que tiene uno. Al contrario, la Mujer Salvaje, o sea, nuestro ser más profundo e instintivo, lucha, pelea, reacciona... Es su naturaleza. Y si nosotras tenemos los instintos intactos «sabemos» de alguna manera que ese es el camino.
          La niña del cuento vive en un ambiente de indiferencia en el que no se valora lo que ella tiene: unas pequeñas llamitas, que son el origen de cualquier posibilidad creativa. Su vida carece de calor y de alimento. Esto se puede interpretar tanto en sentido literal: vive a la intemperie, es invierno y no tiene qué comer; como simbólico: no tiene quién la enseñe y la guíe, ni encuentra a nadie que le dé calor y alimento, ni amor, con los que poder nutrirse y sobrevivir. Está sometida a una dieta de hambre en todos los sentidos.
         ¿Y qué tendría que hacer en esa situación? ¿Que tendríamos que hacer cualquiera de nosotros si viviéramos una situación parecida a esta?
 
 
¡Huir!, sí, señor, marcharnos de allí antes de que sea demasiado tarde. Antes de que esa vida de extrema pobreza y frío paralizador nos robe las pocas energías que nos quedan y ya no podamos movernos.
         Si la niña tuviera los instintos intactos su prioridad sería la supervivencia. Podría haber recogido leña en el bosque y empleado las cerillas (su única fuente de calor-creación) para encender una hoguera antes de que fuera tarde. Podría haberse marchado a otra aldea más prometedora. Podría haberse escondido en algún sitio abrigado, establo, granero, almacén... Incluso podría haber robado algo para comer.
         De hecho, he visto en la Red varios ejercicios literario-terapeúticos que consisten en reescribir el final del cuento, imaginando soluciones para la situación de la niña.
         Pero la protagonista de nuestra historia se ha criado tan en precario, y a la vez tan alejada de su propia naturaleza, que no se da cuenta de que existan opciones.

Llegados aquí el consejo del libro es contundente: si tú estás en una situación parecida, si en tu entorno no hay quien aprecie lo que tú eres o lo que eres capaz de hacer, búscate otro. No tienes por qué seguir ahí. Has de encontrar un ambiente donde puedas "alimentarte". ¿Y cuál es el alimento? El alimento es el apoyo, el calor que nos dan los otros, las alabanzas, las palabras de aliento, la confianza en nuestras capacidades. Todos tenemos derecho a algunos «soles» que nos calienten y nos digan, de viva voz o con su apoyo, que merecemos la pena. Si no, es casi imposible crear, por mucha fe que, de partida, tengamos en nosotros mismos. Cuando las circunstancias se ponen muy duras el apoyo y aliento de los otros es vital.

Pero, en vez de buscar ese alimento, lo que hace la vendedora de fósforos es dejarse llevar por sus fantasías, hasta que, entumecida, anestesiada y sin impulso para moverse y cambiar, se deja morir en la nieve.
         El cuento, por tanto, sirve también para prevenirnos contra esas fantasías evasivas en las que nos refugiamos para huir de nuestra realidad; ya sean actividades, personas, substancias... Cualquier cosa que nos lleva a vivir desligados de nuestro yo y nuestras circunstancias, nos paraliza allí y tiene como efecto que no emprendamos las acciones que serían necesarias para solucionar nuestra mala situación.

Termina no obstante, como todos los cuentos que recoge la doctora Pinkola Estés, con un rayo de esperanza, representado en este caso por el Árbol de Navidad, símbolo de la vida eterna, la renovación y la resurrección, para decirnos que si, en el peor de los casos, no hemos logrado superar esa situación y se produce nuestra muerte (muerte simbólica en este caso, el fin de un estado del ser, de una fase de la vida), siempre podremos volver a levantarnos y recomenzar el camino, con el aprendizaje adquirido como equipaje vital.
 
 
***Como datos curiosos que siempre me gusta daros, he encontrado una película y una exposición artística con el mismo título aunque diferente contenido. Por si tenéis curiosidad y queréis indagar más:
 
La vendedora de fósforos (2017), película del realizador argentino Alejo Moguillansky, refiere desde su título al cuento del autor danés Hans Christian Andersen. El filme se compone de diversas variaciones alrededor de este cuento, que terminan por recrearlo desde distintas posiciones: el montaje de una ópera de Helmut Lachenmann inspirada en él, un audiolibro en elepé narrado con acento madrileño, Marie haciendo una grabación del cuento frente a su hija, Cleo, y su marido, Walter, el regie de la ópera, etcétera. Sin embargo, la relación que estos dos guardan no radica en la narrativa, ni en el componente literario de la obra, sino en la necesidad de hacer visible lo invisible, para evidenciar que estamos rodeados de la inmanencia de múltiples ausencias. Más aún, Moguillansky, además de generar este diálogo entre cuento y cine, establece puentes con otras disciplinas artísticas con la intención de problematizar cuál es la posición política del arte ante las circunstancias que aquejan al mundo.
 
 
Muestra gráfica con obras de Marta Beltrán que tuvo lugar en 2018 en la Sala Alta del MuVIM:
Aunque el título La vendedora de fósforos toma el nombre del cuento de Hans Christian Andersen publicado en 1845, Marta Beltrán se inspira para sus dibujos, inicialmente, en la película de Aki Kaurismäki La chica de la fábrica de cerillas (1990) y en la enigmática Iris, la protagonista del film, una mujer marcada por un entorno carente de amor y empatía que la condena al aislamiento y la necesidad.
 
También deciros que este artículo lo he llevado a formato vídeo en mi canal de Youtube, por si os apetece echarle un ojo:
 

MUJERES QUE CORREN CON LOS LOBOS 1