viernes, 1 de abril de 2016

Me lo dijeron las mouras

As Fragas do Eume - M. A. Rodríguez

No es fácil conseguir que una moura te dirija la palabra. Mucho menos, claro, que se anime a contarte sus secretos. Creo que es necesario cogerlas en un día tonto y que no haya nadie cerca que pudiera luego irse de la lengua. Y, tal vez, pueda favorecer a la misión el hecho de que la primavera se retrase lo bastante como para ponerlas nerviosas. Esas cosas nos pasan a todos, los cambios de hora o de estación acaban por alterarnos lo sepamos o no.
         Entonces es posible —entendedme bien, solo posible, no es que con las mouras se pueda hablar de certezas en absoluto—; entonces hay una posibilidad de que se avengan a compartir con nosotros siquiera una pizca de su sabiduría ancestral.
M. A. Rodríguez

  Las encontré por casualidad una noche de luna llena. Tres mouras, con sutiles ropajes de gasa, sentadas en un prado, bajo un árbol. Una tenía el cabello blanco, de tan rubio que era. Otra, rojo como el fuego. Y la tercera, negro como la más negra de las noches.
Bajo la luz tan blanca de la luna no era fácil pasar desapercibidas. Así que creo que fue obra suya y solo suya que la luna se velara de inmediato.

M. A. Rodríguez
                        M. A. Rodríguez 

Lo cierto es que no acabé yo de entender tanto esfuerzo, pues apenas unos minutos después me llamaron por mi nombre y me pidieron que me acercara a charlar con ellas, porque tenían algo importante que decirme.
Supongo que cambiarían de idea de un instante para otro, de todos es sabido que los seres mágicos son de natural mudable y antojadizo.
Y no nos corresponde a los simples mortales cuestionar sus motivos ni sus caprichos.



Encendimos un buen fuego en un refugio que encontramos en las inmediaciones, para estar cómodas y poder hablar todo lo que nos diera la gana. Nos hicimos un té, aderezado con hierbas. Y luego ellas sacaron dulces y castañas de los hatillos que llevaban consigo. Pero no os imaginéis uno de esos atados de vagabundo, no, estos estaban confeccionados con rico encaje de Camariñas, y parecían impregnados de blanquísima luz de luna.
         Me he preguntado luego muchas veces qué llevaría aquel té —aunque, bien mirado, también pudieron ser las castañas que me ofrecieron, conservadas en un licor transparente que ellas aseguraban inocuo pero que a mí me olía talmente a orujo puro—. Porque, en medio de la conversación, y antes de saber yo qué se esperaba de mí, me señalaron muy serias hacia poniente, diciéndome que por allí andaba su casa, y, al volverme yo en la dirección indicada, observé estupefacta un megalito enorme y oscuro que antes no estaba. Se destacaba contra un fondo de nubes como de atardecida, y algo más lejos, se mecía el mar, casi en calma. «¿Cómo es posible?», me pregunté yo, muy razonablemente. «Si hace un momento era noche cerrada y no ha podido pasar tanto tiempo».
         Como soy una persona educada, no quise preguntar. Me hice la desentendida y seguí atenta a lo que me decían, pero aparté con mucha discreción el brebaje caliente, decidida a no beber una gota más, no fuera que lo que para una moura es cosa corriente a mí me provocara un resacón de la leche.



Monte de San Pedro. A Coruña.
M. A. Rodríguez

Por fin llegamos al meollo del asunto y me explicaron qué querían de mí. Tenían «un trabajito» que encomendarme, dijeron muy sonrientes; y yo maldije la hora en que me había tenido que encontrar con criaturas de hospitalidad tan interesada. ¡Y como para no obedecerlas, y decir que no me daba la gana! Aunque no fueran meigas, tampoco podía una olvidarse de su mágico oficio.
         Fuera lo que fuera lo que iban a pedirme, me dije con resignación, tendría que decir que sí, qué remedio.
         Pero mis temores eran infundados. Se limitaron a darme una lista con lugares que, de todas formas, yo pensaba visitar. Claro que tuve buen cuidado de callarme ese detalle, era mejor que admiraran mi buena disposición y se felicitaran por su acierto a la hora de escogerme entre los otros mortales. ¡Que me habían soltado todo de sopetón y bajo los efectos del alcohol! Y había que hacerse valer.
    
            
            Fervenza Teixido.
            A Coruña.
            M. A. Rodríguez

Las instrucciones fueron claras: yo debía ir a los bosques y acantilados señalados en el pergamino, uno por uno, y contactar con otras mouras que vivían allí para darles en mano una adornada invitación verde, que me mostraron a continuación.
         Era una cuestión de etiqueta, me explicó la moura de pelo rojo. Se consideraba de buen gusto, añadió, que las tarjetas para los festivales se cursaran por mensajero. «Y siempre se puede guardar la invitación como recuerdo», dijo muy contenta la moura de pelo negro. «Llevamos preparando la fiesta de Ostara desde Imbolc», me confió en un susurro la moura de pelo blanco, claramente excitada ante la perspectiva del fiestón que les aguardaba.

Río Eo. Ribera de Piquín. Lugo.
M. A. Rodríguez

Me despedí de ellas con la promesa de cumplir el encargo lo antes posible. Un poco triste por abandonar tan entretenida compañía, pero aliviada en el fondo por volver a la normalidad. Tanta magia me tenía aturullada. Hasta me daba vueltas la cabeza. ¿O sería aún el residuo del té de hierbas?
         En fin, fuera lo que fuera, en cuanto pasara el efecto me iba a trazar el plan de ruta y me iba a poner en marcha en mi papel de cartera festiva.
         Que a una moura no se la engaña, ni se falta con ella a la palabra dada. Eso lo sabe cualquiera. Cualquiera que quiera conservar la cabeza dignamente sobre los hombros.



La Fraga. Central eléctrica A Ventureira.
M. A. Rodríguez




As Catedrais. Lugo.
M. A. Rodríguez
Faro de Isla Pancha. Lugo.
M. A. Rodríguez

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