viernes, 25 de noviembre de 2016

EDIE SEDGWICK

Pobre niña rica.


Se trata del título de una de las «películas» que rodó para Andy Warhol, aunque bien podría ser también el título de su propia vida, la de Edie Sedgwick.



Hace ya días, el Duende Documentalista que vive en las entrañas del blog estuvo trasteando de nuevo en sus almacenes. Después de sus pesquisas, me subió al despacho una caja polvorienta con material diverso, insistiéndome para que rebuscara a conciencia en ella.
         En medio de todos esos papeles había muchos renglones subrayados con tinta luminiscente. Un nombre y una imagen parpadeaban de forma seductora en medio de las líneas bailarinas.
         Edie Sedwick, una bella mujer con pinta de ángel caído. Trágica y hermosa. Con marcada personalidad. No en vano fue la encarnación más aclamada y auténtica de la It Girl en los 60s.

Ya sé, ya sé, mi querido duende, que no era precisamente ese nombre el que querías que atrajera mi atención. Pero ya ves, soy así de respondona. Sin saber por qué, en lugar de pararme en la interesante obra y en la biografía de esa escritora por la que habías subido a la planta cero, he ido a dar con mis teclas en esta figura triste, de muñeca rota, que fue una completa inspiración para una generación desenfrenada, hambrienta de algo que no sabían nombrar.
         Sobre su vida y milagros, hay un artículo muy interesante que podéis leer AQUÍ. Y otro, también muy completo, en el blog LO DICE DIANA ALLER.

¿Por qué esta fijación (espero que pasajera) con Edie Sedwick? Bueno, hace unos años tuve parecido enganche con otra musa brillante llamada Billie Holiday. Así que mejor nos preguntaremos qué tienen en común estas dos mujeres, en principio tan distintas.

Para empezar, una blanca y la otra negra. Una de familia rica y conservadora, con alcurnia; y la otra, hija de madre soltera, muy pobre. Una con estudios y educada en un ambiente sofisticado; hija de su época, los 60s (1943-1971). Billie crecida en la calle, con su juventud consumida ejerciendo de criada y prostituta. 1915-1959.

Billie HolidayPero ambas drogadictas. Ambas desgraciadas y trágicas. Ambas con hogares disfuncionales, aunque por diferentes motivos. Con mala suerte en el amor. Sin hijos. Utilizadas y arrojadas al arroyo. Autodestructivas. Y, por encima de todo, ambas con una luz propia resplandeciente, una luz de la que el mundo intentó apropiarse, sin entender que la llama más brillante se extingue sin oxígeno que la alimente.


Harvard 1963
Edie y su novio, Bartle Bull, en Harvard, 1963.
Edie Sedgwick había crecido en una familia infeliz y abusiva gobernada por un tirano, su padre. Era una niña bien que había probado ya el internamiento psiquiátrico (ordenado al parecer por el propio cabeza de familia, al que había descubierto manteniendo relaciones sexuales con la criada) y presentaba serios problemas alimenticios.
«Escapó» de casa marchándose a estudiar a Nueva York. Allí se convirtió enseguida en una estrella. Y empezó a desatarse, en medio de fiestas desenfrenadas, drogas y sexo. Muchas drogas y mucho sexo. Y a iniciar su transformación. Conoció a Andy Warhol y creyó encontrar en él, y en su corte de la Factory, esa verdadera familia que tanto anhelaba. Esos semejantes que la apreciaran por lo que ella era en realidad. Pero se equivocaba. Cuando las cosas empezaron a ir mal, Warhol, vampiro y voyeur vitalicio, se desentendió de ella.


Edie Sedgwick

Por entonces se había enamorado de Bob Dylan y había probado suerte entre la tribu del Chelsea Hotel. Años después Dylan negaría haber tenido relación alguna con ella (de hecho, es imposible encontrar fotos de ellos dos juntos) pero sus allegados afirman que Edie fue la musa de Dylan durante un tiempo (se dice que la canción Just like a woman fue inspirada por Edie) y que sufrió un shock cuando descubrió que el cantante se había casado en secreto, pues estaba convencida de su amor por ella y albergaba esperanzas acerca de su relación. ¿Se engañó ella sin motivo? Es imposible saberlo, pero lo cierto es que Dylan ha resultado un hombre muy destructivo en las relaciones que ha mantenido con varias mujeres. No hay más que echar un vistazo a la historia completa de sus amores y ver cómo han terminado la mayoría. Es más que probable que utilizara a Edie, deslumbrado como todos por ese aura mágica que ella desprendía. Y cuando todo se hizo muy intenso, cuando la musa encaró el precipicio... a otra cosa, mariposa.
         Tras esto solo hubo para ella un largo descenso, entre clínicas de desintoxicación y períodos de desvarío. Sus intentos de reconstrucción fracasaron una y otra vez.

Edie Sedgwick en 1969, intentando volver a ser ella, quien quiera que fuese.

En la vida de Edie hubo, no obstante, un puñado de buena gente, buenos amigos, que trataron de ayudarla. Su última pareja, Michael Post, al que había conocido en uno de los centros en los que estuvo internada, y con quien se casó en 1971, trató de sacarla del agujero donde había caído. Pero todos los buenos llegaron demasiado tarde. El proceso de autodestrucción había comenzado mucho tiempo atrás. 


Edie el día de su boda con Michael Post, el 24 de julio de 1971.
En la época de mi enganche con Billie Holiday (mi adorada y admirada Billie, la de la voz y el estilo prodigiosos), acabé por comprender qué era exactamente lo que me causaba esa honda sensación de tristeza cuando pensaba en ella, qué resultaba para mí tan trágico.
         Para empezar era que, tristemente, el talento no basta. No, si no hay garantía de que alguien lo reconozca. Y lo cuide y lo mime y lo deje crecer. Porque si no, lo que te hace diferente y mejor, acaba siendo tu ruina. La energía que te destruye.
         Era indudable que Billie, esa mujer fantástica y especial tenía un don. Poseía una luz capaz de brillar en la oscuridad, un talento, una llama, un pedazo de pura magia. Y todo eso, en lugar de hacerla crecer, resplandecer como merecía, se fue apagando en medio de la hostilidad, la incomprensión y los parásitos que la rodearon siempre. Los hombres que vivieron de ella, por ella y a su costa. Su luz fue el provecho de otros, unos otros que no comprendieron su valor, sino que solo la arrancaron de Billie y luego no supieron qué hacer con ella.
         Lo mismo puede decirse respecto a Edie. Lo que los otros querían era calentarse en su fuego. Vivir gracias a él. Quedárselo para sí, poseerlo. Olvidando que es algo imposible. Porque la belleza de la flor no es nada sin esta. No existe por sí sola.

Este aspecto de la posesión, posesión sobre las mujeres especialmente, debía de preocuparme hace ya tiempo. Pues uno de mis relatos: Almas en danza, tiene ese tema como leit motiv. Solo que en esa ocasión mi heroína les daba a los malos su merecido y se cobraba una sutil venganza.
         Será, como dice mi amigo Rafa, que yo hago mis propios ajustes de cuentas en todo cuanto escribo. Puede ser.
         Vaya entonces esta sentida reparación por Billie, por Edie. Y por todas las demás que han sido luces brillantes de efímero paso. Estrellas fugaces nacidas para inspirarnos.

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