lunes, 3 de diciembre de 2012

LITERATURA CON ESTRÓGENOS 2


LITERATURA CON ESTRÓGENOS II
Continuando con el hilo de pensamiento que iniciaba en el primer capítulo, nos llega ahora el momento de establecer si hay, realmente, diferencias significativas en el comportamiento cognitivo de hombres y mujeres y, sobre todo, en su conducta comunicativa y verbal.

De nuevo tendremos que empezar por precisar de qué estamos hablando, porque lo femenino y masculino no son sino conceptos cuyo contenido depende de la cultura y la época en la que nos encontremos inmersos. Su significado cambia y se amolda con el tiempo, según sea la evolución del pensamiento colectivo.

Habrá primero también que empezar distinguiendo entre género y sexo. Distinguiremos entre el concepto “sexo”, como una característica natural o biológica de los seres humanos, del concepto género, una significación cultural que hace referencia a un conjunto de roles. Esta diferenciación va a ser muy importante para el tema que nos ocupa, porque si bien en muchos casos sexo y género irán unidos, pueden en muchos otros ser dos aspectos que funcionen por separado y, en ningún caso, el sexo será una cualidad estrictamente determinante ni explicativa del género.

Por otra parte, vamos a revisar el concepto del término “concepto”, valga la redundancia.

Del latín conceptus, el término concepto se refiere a la idea que forma el entendimiento. Se trata de un pensamiento que es expresado mediante palabras. Un concepto es, por lo tanto, una unidad cognitiva de significado. Nace como una idea abstracta (es una construcción mental) que permite comprender las experiencias surgidas a partir de la interacción con el entorno y que, finalmente, se verbaliza (se pone en palabras).

Dicho de otra manera, para que sirva más gráficamente a nuestros fines; del mismo modo que hemos elegido llamar “rojo” o “verde” o “azul” a la experiencia perceptiva producida por una determinada longitud de onda, así convenimos en llamar femenino o masculino a determinados patrones de comportamiento.

 Es importante tener en cuenta que la noción de concepto siempre aparece vinculada al contexto. La conceptualización se desarrolla con la interacción entre los sentidos, el lenguaje y los factores culturales. Conocer algo mediante la experiencia y transformar ese conocimiento en un concepto es posible por las referencias que se realizan sobre una cosa o una situación que es única e irrepetible.

En ese mismo sentido, lo femenino y lo masculino se define en cada cultura y cada época de una determinada manera. Y esto cambia, como decíamos, con el tiempo y con las evoluciones o variaciones del pensamiento colectivo.

No es igual, afortunadamente, la noción de tales temas que tenían nuestros abuelos, o en la edad media, o entre los árabes, o en Grecia y Roma…

La mayor parte de las veces adoptamos nuestros conceptos inconsciente y automáticamente, sin que pasen una criba crítica por parte de nuestra razón. Y es a veces, cuando por algún motivo nos vemos obligados a revisarlos, que nos damos cuenta por fin de ello y los reelaboramos. A veces no cambian los hechos en sí, sino el significado que les damos, lo que a su vez determina la consideración de que les hacemos objeto.

Como ejemplo simple, yo recuerdo en mi primer DNI que aún existía la categoría para el sexo Varón, en el caso de los hombres, y Hembra, en el de las mujeres. A nadie le extrañaba, hasta que empezaron a alzarse voces de protesta dándose cuenta de la discriminación que suponían los términos. Ni siquiera los roles masculino y femenino implicaban semejante disparidad, pero la palabra elegida en cada caso venía cargada de connotaciones que hacían inferior en la consideración a la mujer.

Dicho todo esto, aclararé que en todo momento en el presente artículo nos referiremos a mujeres y hombres en su aspecto conceptual de género, en una época actual y una cultura como la nuestra. Y que, obviamente, muchas de las cosas que se establezcan lo serán en un ámbito de generalidad, y que habrá excepciones que no entren en nuestrso parámetros.

Estoy leyendo el libro “Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus”, de John Gray, un libro que se hizo muy famoso en los años 90, del que tenía referencias, y que ahora traigo a colación como posible guión para ordenar los aspectos de los que quiero tratar. Cualquiera, por su experiencia propia, puede ver, al menos así es en mi caso, cómo de diferentes resultamos ser hombres y mujeres en muchos aspectos. Cómo se dificulta nuestro entendimiento mutuo por nuestras distintas formas de pensar, sentir y reaccionar. Los diferentes ritmos, biológicos y sociales. Los diferentes enfoques.

La tesis de este libro, orientado principalmente a la mejora de las relaciones de pareja, es que gran parte de nuestros problemas de relación se deben a que a menudo olvidamos o ignoramos las diferencias entre nosotros. Tú esperas que los hombres reaccionen como tú, y te decepcionas o enfadas cuando no sucede así. Al hombre le pasa lo mismo, no comprende por qué tu respuesta es la que es, otra por completo distinta a la que él daría según su propia psicología. Pero si comprendemos y conocemos lo que nos separa, dejaremos de hacer atribuciones incorrectas y podremos valorar las distintas formas de vivir y responder en igualdad, como algo ni mejor ni peor, tan solo distinto.

A mí no me interesa en este escrito tratar de la mejora de las relaciones hombre-mujer sino solo establecer las diferencias entre nosotros, en aspectos principalmente comunicativos y verbales.

Pero seguiré el libro en un primer momento, como ya dije con funciones de guión ordena-aspectos, para lo que me parece muy útil su enfoque.

Continuará...

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