jueves, 20 de diciembre de 2012

LITERATURA CON ESTRÓGENOS - 4



Volvamos otra vez al libro Así hablan las mujeres. Para ver que en cambio hay otros hombres a los que les gusta esa forma femenina de contar las cosas, aunque sea diferente a la propia, y que van siendo más frecuentes los casos de escritores que adoptan modelos más “femeninos” a la hora de abordar sus obras. Pilar García Mouton nos dice que esto es debido tal vez a lo mucho que va cambiando la vida en el aspecto lingüístico, igual que en otros: los hombres hablan bastante más que antes con las mujeres, están aprendiendo a hablar con ellas y a asumir su forma de hacerlo.
Pero, ¿cómo se caracteriza el habla femenina, qué elementos distintivos tiene, aparte de los mencionados de mayor expresividad y mayor comunicación de sentimientos y emociones?
Parece ser que el lenguaje de las mujeres suele ser más cuidado y es más sensible a las modas. Tiene palabras propias que quedan tan asociadas a su esfera que la mayoría de los hombres se resiste a utilizarlas. Su vocabulario posee una  mayor carga expresiva, como el número mayor de diminutivos, de superlativos y partículas expresivas, además de hacer frecuentes preguntas del tipo que sirve para demostrar empatía.
Como a la mujer históricamente le ha sido recomendado el silencio en público y la discreción, su lenguaje se ha definido por la moderación y la sugerencia, el nunca afirmar o negar tajantemente, la cortesía y el uso de eufemismos en mayor medida que los hombres.
Todo esto es reflejo de los mandatos no escritos que han prevalecido en la socialización verbal de las mujeres, y que estas han interiorizado haciendo máximas firmes en su habla:
v  No hablar mucho, ya que todo el mundo sabe que lo hacen sin parar, como una especie de vicio inevitable, lo que les haría, naturalmente, incapaces de guardar secretos y de evitar soltar inconveniencias por esa boquita.
v  No interrumpir. Curiosamente, los estudios demuestran que en conversaciones hombre-mujer son ellos quienes interrumpen en mayor número a las mujeres, probablemente porque sienten inconscientemente que la autoridad tradicional les asiste para ello. Pero la fama dicta que somos nosotras las interruptoras por excelencia.
v  No discutir. Mismos principios de subordinación e invisibilidad.
v  No contestar mal. Aquí entrarían también tacos y palabrotas, mucho más reprobables socialmente tratándose de mujeres.
v  No hacer afirmaciones o negaciones tajantes, sino que conviene matizar, sugerir, proponer, indicar…
En mi opinión todo esto serviría además para explicar con bastante fundamento un fenómeno curioso que se da con cierta frecuencia en la mujer, afortunadamente cada vez menos, según avanzan los tiempos; no solo respecto a la toma de la palabra en las conversaciones sino también a su uso en la escritura. La mujer está educada para no sentirse digna de contar su historia, digna de ser escuchada por los demás, digna de exponer su pensamiento en igualdad de condiciones que el hombre.
Hace algún tiempo conocí una historia curiosa que se me quedó grabada. Trataba de un libro de reciente publicación en el momento del que hablo, que contaba la vida de una guerrillera sudamericana, cuyo nombre concreto no recuerdo. Lo que me llamó la atención sobre todas las cosas, además por supuesto de su vida y motivaciones, fue el hecho de que decía sentir gran pudor por hablar de sí misma, por convertirse en foco de atención nada menos que en un libro, como si su historia no mereciera la pena ser revelada y conocida. Si esto le pasaba a una mujer cuya vida es, como poco, sorprendente y distinta, incluso útil para conocer toda una compleja situación social y personal que se está dando con frecuencia en nuestros días, que no ocurrirá con los millones de mujeres “normales y corrientes” que pueblan el mundo. Un hombre no tendría en principio estos escrúpulos, posiblemente tuviera otras trabas u otros problemas, pero no está educado para pensar que, por su sexo, no sea digno de expresarse. Esto solo se daría en una clase o raza oprimida respecto a los otros dominantes. En el caso de la mujer sufriría un doble complejo: tanto por su situación social o cultural desfavorecida como por el simple hecho de pertenecer al género femenino.
 
En resumen, y siguiendo las palabras de un conocido lingüista, Ángel López García, “Todos los estudios sociolingüísticos llevados a cabo en distintos países del mundo en los últimos veinte años coinciden en observar que el habla de las mujeres es cualitativamente mejor que la de los hombres”. “Lo cierto es que en igualdad de condiciones de edad, clase social y nivel educativo, las mujeres tienen un vocabulario más rico, una sintaxis más completa y una pronunciación más cuidada que sus compañeros varones”.
Sin embargo concluye, a modo de conclusión: “Las mujeres hablan más y hablan mejor, si bien, hoy por hoy, tal vez escriban menos y peor”.
¿¿??
¿Cómo se entiende eso? Si estamos teórica y probadamente más dotadas para el lenguaje, al menos en la práctica, que aquí no hablamos de ventajas genéticas sino de resultados educacionales, ¿cómo es posible que a la hora de escribir lo hagamos peor? Solo puedo contestarme acudiendo a la otra parte de la proposición: escribimos menos.
Desde luego esto ha sido así hasta hace muy poco. Y es que era un desdoro y una cosa reprobable eso de que una mujer se pusiera a escribir. Como mucho, y algunas encontraron en ello su vía de escape, podía hacerlo en privado, como casi todo, por medio de cartas o diarios.
Pero ese “peor” también puede deberse, de nuevo, a que se contempla la cuestión desde parámetros masculinos.
Mi opinión personal es que, a día de hoy, la mayor parte de los hombres (y de las mujeres, porque, como veremos más adelante, los tópicos femeninos se transmiten muchas veces por vía materna) no es que sientan prejuicios directos hacia las mujeres. Es decir, no es que vayan a dejar de leer, o a juzgar peor una obra, por el hecho de que su autora sea una mujer. Es solo que, sin saberlo siquiera, están juzgando esa obra en cuestión con parámetros propios, masculinos, que son los que siempre han estado vigentes. Y la obra, simplemente, no les gusta.
Pero esa “inconsciencia” de los verdaderos motivos contribuye a perpetuar el problema, de modo que el sexismo se vuelve invisible y, al no poder ser cuestionado y enjuiciado a la luz de los últimos y más igualatorios principios, se convierte en eterno.
De ahí mi insistencia en dilucidar y sacar a la luz las diferencias entre hombres y mujeres, en los comportamientos cognitivos y sociales y, como resultado, en los estilos y formas literarios, que no en los temas o focos de interés de cada uno.



Continuará...

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