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lunes, 22 de abril de 2013

De Calabazas en el Trastero y el Círculo de los Viernes


Hace ya un tiempo que publiqué por primera vez. Fue en otoño. Recuerdo la fecha porque era el primer relato que me seleccionaban para aparecer en papel, en una antología, y eso es algo que a uno no se le olvida nunca.
Hacía también poco tiempo que la editorial en cuestión había visto la luz. Se trataba de Saco de huesos, editorial de género cuyo proyecto estrella por entonces era la antología periódica "Calabazas en el Trastero". Se decían especializados en el terror fosco y cada número que sacaban versaba sobre un tema concreto de ese mismo siniestro color. El mío era el número 3, y como a cualquier buen numerólogo me pareció de buen auspicio XD Se trataba de un homenaje al maestro Edgar Allan Poe, celebrado en el bicentenario de su muerte. Mi relato, por tanto, tenía como centro su obra y la atmósfera en la que vivía y creaba, protagonista por derecho, tanto como cualquier otro de sus personajes. Lo titulé "El Círculo de los Viernes".

 
Saco de Huesos ha creado el "Premio Nosferatu", que otorgan los votos de los lectores de cada número, eligiendo el que consideran el mejor relato de esa antología. El Nosferatu le cayó en aquella ocasión a mi criatura, y en su nombre lo recogí un octubre de hace año y medio.
Esto es lo que escribí para la ocasión:
 
DE CALABAZAS EN EL TRASTERO Y EL CÍRCULO DE LOS VIERNES
Primero de todo, para mí hubo un anuncio: Tercera convocatoria de Calabazas en el Trastero. Especial Poe. Aparentemente palabras normales y corrientes, sin mayor trascendencia; pero solo aparentemente. Se trataba en realidad de la suma peligrosa de oscuros signos mágicos que, sin yo saberlo, formaban parte de un hechizo poderoso. Inmediatamente, el efecto previsto del conjuro se hizo notar en mí, tan solo tras haber pronunciado en voz alta aquella fórmula enigmática. Calabazas, trastero, Poe. Dilo tres veces en voz alta y estarás perdido, como me ocurrió a mí: perdida irremisiblemente, atada a ese mantra infernal hasta que consiguiera cumplir mi cometido, hasta que fuera capaz de poner sobre el papel lo que desde ese momento flotaba en el viento.

Luego acaeció la posesión: el espíritu de Poe descendió sobre mí sumiéndome en un universo opresivo, oscuro y denso, más tangible de lo que el mundo cotidiano lograba parecerme. ¿Aunque he dicho que fue el espíritu de Poe?; debiera decir mejor que fue el espíritu de toda una época. Un tiempo de pasiones ardientes y emociones tenebrosas, de exaltadas tragedias personales que impregnaban cada átomo de creación. De bellezas malditas, de amor y muerte ligados en indisoluble abrazo… Y conjurados por esa atmósfera, poco a poco, legiones de espectros llenaron mi casa y se instalaron alrededor, dictándome sus secretos.

Hay veces, las mejores, en las que uno logra sumergirse tan por completo en lo que escribe, que casi puede palpar la atmósfera que va surgiendo, y percibir claramente cada tono y cada emoción que se suceden en torno. Son aquellas veces mágicas en que descubres esa voz propia y única que tiene cada historia para contarse a sí misma, y escuchas las palabras que susurran los personajes que las pueblan. Ellos te llevan, como en un rapto, en pos de un desenlace, sea el que sea y cueste lo que cueste.

Me obligué a terminar el relato, tuve que hacerlo, impelida por la acuciante necesidad de librarme de ellos y que me dejaran en paz para siempre. Cuando escribí el “Fin” abajo y pulsando el enviar le di curso al mensaje, milagrosamente desaparecieron. Y mi casa volvió a ser tan solo un piso corriente, en un barrio tranquilo del Madrid actual.

Sin embargo ahí no acabó todo, no, escribir para Calabazas comporta aún riesgos peores. Ya estaba maldita, sin escapatoria posible. Comprendí que me había metido de lleno y a ciegas en un atolladero, dispuesta a probar fortuna en aquel polvoriento desván que el azar, pensaba yo, había decidido interponer en mi camino. Y lo peor era que no se trataba de un trastero corriente, era nada menos que un Portal prodigioso, sí, la puerta de entrada a un universo complejo. Fue trasponer el umbral y hallarme presa en las redes que se habían ido tendiendo cuidadosamente, tras una serie de fortuitos encuentros y oscuras afinidades, que tarde o temprano siempre acaban saliendo a la luz.

Tras la puerta, al principio, solo hubo caos y tinieblas. Nombres y lugares de los que no había oído hablar. Personajes que parecían de ficción e imposibles criaturas que pululaban con distintos rostros y nicks por aquellos parajes. A veces sitios desolados, páginas web, bases de datos, foros de ininteligible contenido… Otras veces olvidadas guaridas de monstruos amables, abadías espectrales donde se oyen los cantos de monjes muertos tiempo atrás, o pasillos laberínticos de sombrías bibliotecas. Amedrentada al principio, algo más confiada después, fui avanzando por esos caminos de Dios o del diablo, quién podría decirlo, en pos de mi criatura, y de las otras que aun estaban por venir pero que sentía ya dentro de mí pidiendo sitio, sin perder de vista todos esos nuevos territorios, fascinantes, que se entrecruzaban invisibles como la trama de un tapiz, hasta darle su forma definitiva.

El Círculo de los Viernes fue mi pase, mi salvoconducto para franquear el umbral. A esa criatura concreta le debo aquellos descubrimientos. Mi gratitud se la debo en cambio a todos aquellos lectores, miembros de un jurado o lectores anónimos, que se quedaron escuchando el tiempo suficiente lo que yo quería contarles.

Puede que algún escéptico se resista a creer que esto fue lo que pasó. Naturalmente, cada cual puede creer lo que desee. Pero la verdad es esta: todo es realidad y nada es cierto. Y ninguna de estas dos proposiciones es mentira.

L. G. Morgan – Octubre de 2011

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