viernes, 29 de noviembre de 2013

Una mascota especial

Ángeles Mora

—¿Cariño?...¡¡Cariño, te escucho fatal!!... sí, ahora un poco mejor. ¿A las siete? De acuerdo, allí estaremos. No puede ser ¡un gato! Pero ¿estás loco? ¿Qué hacemos con un gato en casa?... De la raza bobtail, ya, ¿y con eso piensas convencerme? Ya hablaremos mañana… Sí, te quiero.
Amanda colgó el teléfono negando con la cabeza y llamó a su hija desde la puerta. Una chiquilla de unos siete años, equipada con casco y rodilleras, apareció montando una bicicleta que arrastraba una caja de cartón llena de muñecas que, sin duda, en algún otro momento habían ofrecido mejor aspecto que el que presentaban ahora.
—Mamá, ya no jugaré más con estas muñecas —desenganchó la cuerda que la ataba a la bicicleta y con aire decidido la tiró al contenedor de basuras—. ¿A que Jorge no jugaba con muñecos?
—No tesoro, Jorge no jugaba con muñecos, pero eso es porque Jorge era un chico mayor.
—Yo también soy mayor. —Se zafó del intento de abrazo de su madre y corrió hacia el interior de su casa.
Desde que su hijo mayor había muerto, Amanda veía crecer a Silvia demasiado deprisa. En aquellos ocho meses, la ausencia de su hermano había cambiado su forma de actuar, era como si hubiera quemado una parte de su infancia que debería haber permanecido intacta y para Amanda se hacía duro ver como su hija pequeña dejaba de serlo. Félix, sin embargo, la trataba como siempre, como si no se diera cuenta del cambio o como si el no demostrarlo le convenciera de que no se había producido. Silvia se dejaba hacer, no rechazaba esos mimos de niña pequeña… sólo lo hacía cuando provenían de su madre como si, a esa edad tan temprana, tuviera asimilado que para su padre nunca crecería, seguiría siendo siempre su princesita.
—¿Te has lavado las manos? Comeremos enseguida
—¿Pollo asado?
Amanda sonrió.
—Siempre quieres pollo asado, Silvia. Haremos un trato, si te comes hoy toda la merluza, mañana para cenar haré pollo asado… a papá también le gusta mucho.
La cara de Silvia se iluminó y corrió a lavarse las manos. Su padre volvería mañana y eso era más importante que todos los pollos asados del mundo.
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—Recuérdame que la próxima vez que vayas a Japón te haga una lista con los regalos que no puedes traernos ¿tú sabes la de pelos que suelta un gato?
Félix le acalló el reproche con un beso.
—¿Has visto la cara de Silvia? Está encantada, si hasta ha querido que duerma en su cuarto. —Volvió a besarla—. Le ayudará a superar la ausencia de su hermano, ya lo verás… Anda, ponte el kimono que te he traído y hazle a tu marido un recibimiento como Dios manda.
La risa picarona acabó con la conversación y las caricias hicieron olvidar los reproches.
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—Qué bonito es, papá ¿has visto su rabo?
—Parece el de un conejo ¿verdad? —habló Amanda viendo cómo su hija acariciaba el lomo de Nekomata, que era el nombre que le habían recomendado en la tienda a Félix, asegurándole que el nombre de una mascota era muy importante y que a aquel gato no se le podría llamar de otra manera—. ¿Y te has fijado cómo saluda? Jajaja es un gato de lo más educado.
Nekomata pertenecía a la raza bobtail japonesa. Su rabo mediría unos 10 centímetros pero lo tenía tan enrollado y tan peludo que parecía un pompón en vez de la cola de un gato. Tenía el pelo blanco con manchas negras, unas orejas anchas y una costumbre curiosa que hizo las delicias de Silvia: cuando Nekomata se sentaba, levantaba una patita delantera de tal manera que parecía imitar un saludo humano.
—Sí, a Jorge también le gusta.
—Claro, a Jorge le hubiera gustado, princesita —contestó Félix sin darle importancia al tiempo presente utilizado en la frase, sin embargo, Amanda reparó en la cara de su hija cuando su padre le corrigió y en la mirada de complicidad que dirigió al gato.


Aquella fue la primera noche que Amanda durmió mal. Se levantaba sobresaltada para despertar en la oscuridad de su dormitorio, sin saber qué la había arrancado del sueño pero con una sensación extraña que no conseguía quitarse de encima. Entraba en la habitación de Silvia para comprobar que dormía y que había vuelto a dejarse abierta la puerta del armario. Bajaba a la cocina a beber un trago de agua y cerraba los ojos de nuevo envuelta entre sus sábanas. Pero aquella sensación nunca se iba, sólo la normalidad de la luz del día apaciguaba el instinto que la mantenía insomne.
Una mañana, Silvia se puso a enredar en el garaje y se llevó a su habitación los trofeos que Jorge había ganado en el instituto. Una medalla de ping-pong y dos copas de fútbol sala ocuparon la estantería que antes llenaban sus muñecas.
Cuando Amanda se encontró con el cambio de decoración supo que había encontrado el tope de sus fuerzas. Ni los lloros de Silvia, ni las razonables palabras de Félix la disuadieron de que aquellos objetos acabaran de nuevo en el fondo del garaje. No podría soportarlo y no estaba dispuesta a que cada día le recordaran su pérdida.
Silvia intentó encontrar en su padre un aliado.
—Son de Jorge y él quiere verlos.
—Sí princesita, son de Jorge pero ya no puede verlos.
—Sí que puede, Nekomata lo trae a mi cuarto por las noches, papá. Se pondrá triste si no los ve en la estantería.
—No, cariño, si se ponen en la estantería es mamá la que se pondrá muy, muy triste y no queremos que llore ¿verdad?
—Pero papá…
Félix arropó a su hija y le deseó buenas noches, dejándola con la palabra en la boca y temiendo que la idea de la mascota no hubiera paliado la carencia de su hermano como él esperaba.
Cuando llegó a su cama, Amanda lloraba.
—No soporto a ese gato, me da malas vibraciones y Silvia está aún más extraña desde que lo tiene. Por favor Félix, deshazte de él, no lo quiero en casa, no lo quiero en casa… no lo quiero en casa.
Por toda respuesta su marido la abrazó. Amanda estaba al borde de la depresión nerviosa y no era la primera vez que pasaban por eso. Ningún gato, por muy japonés que fuera, valía el que sus nervios saltaran por los aires, después de todo, Silvia era pequeña y podrían recurrir a mil excusas que explicaran la desaparición de Nekomata.
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Amanda se levantó sobresaltada, pero esta vez estaba segura que un ruido la había despertado. Félix dormía su lado, lo movió un poco pero cambió de postura sin despertarse, estaba completamente dormido.
 Volvía a tener aquella sensación de alerta en su cerebro, algo intangible que le advertía de que algo iba mal, Nekomata llevaba tres días sin aparecer por casa —los gatos son muy curiosos y se escapan para ver mundo, princesita— y allí estaba ella, de pie en el pasillo, con los cinco sentidos alerta y una intuición negra y pesada que le hacía arrastrar los pies.
Algo dobló la esquina que conducía a la escalera. No pudo verlo, una silueta confusa entre las sombras que, sin embargo, estaba cargada de familiaridad.
Bajó con cautela, temiendo encontrarse con cualquier cosa menos con lo que se encontró. No estaba preparada para aquel golpe.
Sentado en el último peldaño de la escalera, iluminado por la luz de la luna que entraba por la ventana de la cocina, esperándola como si no tuviera otra cosa que hacer, estaba Jorge. Su Jorge. Con la ropa que le gustaba ponerse los fines de semana que no tenía pensado salir, con el pelo recién cortado, con los ojos más tristes que había visto en su vida.
Amanda trató de abrazarlo y su hijo se desvaneció entre las sombras, con sus ojos fijos en los de ella. Y entonces Amanda gritó. Un grito desgarrado, profundo y totalmente silencioso, como en la peor de sus pesadillas.
Subió a gatas la escalera, ahogándose en sus propias lágrimas, con la garganta dolorida por el esfuerzo y el alma desgarrada por la imagen.
Silvia tampoco dormía. Incorporada en su cama miraba la puerta abierta del armario y ni se inmutó al verla entrar. La ventana del cuarto enseñaba un cristal hecho pedazos y Amanda recordó el sonido que la había despertado. Lo que sus ojos vieron a continuación la mantuvo paralizada, literalmente, sin capacidad alguna de reacción.
De la puerta abierta del armario volvió a aparecer su hijo y esta vez sus ojos tristes miraban a su hermana. Con las manos extendidas se dirigió a la niña y las sábanas se deslizaron sobre su cuerpo por sí solas. Silvia no parecía asustada, su vista se perdía en el interior del armario como si esperara que algo más saliera de allí.
Amanda observaba aterrada, pensó que su hija no veía a su hermano y eso la tranquilizó pero sus temores se vieron realizados cuando sus manos se agarraron. Silvia continuaba sentada pero ahora su cuerpo no tocaba la cama como si el contacto con la mano de Jorge la posibilitara para flotar en el aire. Su madre se negaba a ver aquel espectáculo siniestro, intentó cerrar los ojos, pero ni siquiera sus párpados la obedecían.
Sus hijos seguían atentos al interior oscuro y desordenado del armario hasta que, de una forma totalmente inexplicable para Amanda, Nekomata salió de él con sus andares elegantes y su mirada de gato japonés.
Cuando llegó frente a sus hijos, el gato se sentó levantando la pata delantera —ahora estará saludando a los niños de todo el mundo, princesita— y dejó sonar su maullido suave, ocultó su saludo y se sentó como todos los gatos normales del mundo —habrá ido a visitar a sus amigos los otros gatos, princesita— y de pronto aquella cola tan parecida a la de un conejo, comenzó a crecer y a dividirse en dos.
Amanda no podía creer lo que estaba viendo. Las dos mitades de aquella cola se movían formando una danza diabólica y aquel ser, que antes podía pasar por un gato japonés de la raza bobtail, ahora se erguía y era capaz de caminar sobre sus dos patas traseras.
Amanda lloraba. Lo único que se movía en su cuerpo eran sus lágrimas resbalando y su corazón martilleándole las sienes. Los brazos y las colas de Nekomata bailaban en una coreografía absurda que hacía que sus hijos lo siguieran a través de la ventana rota que daba al callejón, donde los gatos normales revolvían en los cubos de basura. Sus dos hijos, su hijo muerto y su pequeña viva.
Cuando Félix despertó y vio que Amanda no estaba en la cama fue en su busca, a través de la casa silenciosa, entre las sombras del pasillo y la encontró en la habitación de Silvia, arrodillada frente a la ventana, totalmente inmóvil, con unos ojos vaciados de miradas y la cara ensuciada por el llanto.
Amanda nunca más volvió a hablar. Ni siquiera cuando escuchó el grito sonoro y desgarrado de Félix al descubrir el cuerpo de su princesita abajo en la acera.

Y, tal como nos decía Ángeles, aquí está la pista de audio donde se escucha radiado el relato.
UNA MASCOTA ESPECIAL

4 comentarios:

  1. Brutal. Sencillamente eso, brutal. Ni más, ni menos.

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    1. A mí también me lo parece. Se me ha quedado una congoja...

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  2. Gracias por la lectura, Ramón. Me parece una gran suerte poder mostrar el trabajo de todas estas estupendas escritoras que tengo la fortuna de conocer, y las que espero encontrarme en el futuro.

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