viernes, 24 de enero de 2014

Una cuestión delicada

Dualidades
Víctor López Esteva

Siempre me he sentido orgullosa de poder debatir tranquilamente con gente que piensa de distinta manera que yo. Más aún, de contar entre mis amigos a personas de muy diversos gustos, procedencias y estilos de vida. Me parece una riqueza enorme poder conocer y tratar a gente de todo tipo.
         Pero resulta, para mi gran sorpresa, que la inmensa mayoría de las personas piensan sobre esto de forma opuesta. Prefieren rodearse solo de personas semejantes a ellos o, en caso de que el cariño o las circunstancias les unan a otros no tan afines, ignorar o esconder en lo posible esas diferencias. Huir del debate y la confrontación, evitar cualquier tipo de conflicto como si se tratara de una plaga bíblica.
         Claro, a mí me resulta muy difícil entender que alguien, de manera voluntaria, limite su trato humano a un roce educado y superficial, donde se oculten las diferencias en pro de una paz aparente. Que elija seguir, antes que las exigencias de una relación auténtica, la máxima de no polemizar o poner sobre la mesa cuestiones que puedan resultar delicadas. Porque eso en el fondo implica evitar el razonamiento, convertirse en espectador no participante de la realidad que nos rodea.
         Ese parece ser en buena medida solo un problema mío, producto según me dicen de un exceso de idealismo o de vehemencia, cosas ambas que no niego (no puedo hacerlo). Y si esto que decía es así para la vida en general, podéis imaginaros lo que ocurre si mencionamos, siquiera de pasada, alguna cuestión política. Entonces es como si Satanás se hubiera atrevido a hacernos una visita.

Vivimos tiempos convulsos. Una época agitada en la que no se nos pone nada fácil mantenernos al margen.
         De una forma o de otra la crisis económica nos acaba afectando a todos. Los casos continuos de corrupción, la  agitación social, la respuesta de muchos ciudadanos cristalizada en frecuentes movilizaciones -y su consiguiente represión por parte de los poderes públicos-, los recortes y reformas legislativas, a menudo enfrentadas a la opinión pública... En fin, aspectos todos de la convulsión y el cambio imperantes, que acaban salpicando incluso a los más acérrimos defensores del "cerrar los ojos y ocuparse de sus propios asuntos".
         Y será tal vez por eso que se atrincheran con mayor denuedo que nunca contra cualquier intento, premeditado o no, de atravesar esa coraza autoimpuesta y enfrentarles con la realidad. O ni siquiera con la realidad: a lo que se niegan más exactamente es al ejercicio de contemplación, evaluación y conclusión que tendrían que hacer, si accediesen por un momento a ser lo que nos dicen que somos: seres racionales. Parecen decir: "mejor no meneallo", mejor hacer como si la cuestión política (o la religiosa, o la sexual, o la de la igualdad o... Cualquier tema que genere opiniones encontradas) no existiera o no contara en mi vida, no sea que al final nos vayamos a poner a discutir.

Yo sé lo que se esconde en realidad detrás de todo esto; conozco la verdadera causa de esa abstención voluntaria en la opinión, y por tanto en la vida.
         Se trata de miedo.
         En el fondo, fondo, hay mucha gente educada para perpetuar, sin ningún ejercicio crítico por su parte, un sistema de creencias que se vende como ancestral y eterno. Gente educada para tragar, así sin más, el "alimento" recibido. Y cuando te crías así, cuando de una forma más o menos soterrada se te hace creer que la duda y la crítica son el germen del caos y el apocalipsis, lo normal es que sientas un pánico cerval por todo aquello que suponga hacer tambalear tus valores y creencias; todo eso que, precisamente, te hace sentir la falsa ilusión de la Certeza, lo que crea en tu vida y en el mundo una ficticia sensación de control.

Bien, nadie elige cómo le educan y qué valores le inculcan. Y todos recibimos influencias de muchas partes, de muchos tipos, veraces o no, más objetivas o no. Y cada padre o madre, en general, lo hace lo mejor que puede y sabe, con la mejor intención. Pero cuando llegamos a cierta edad, es responsabilidad nuestra elegir con qué nos quedamos. -No se pueden pedir cuentas al pasado, ni tampoco serviría de nada-. Y esa responsabilidad para con nosotros mismos implica mirar-nos con ojo crítico y decidir desde nuestros ojos y cerebros adultos cuál es la verdad, y que esta puede y debe ir cambiando y creciendo con nosotros, porque lo demás es ponernos límites inaceptables. Es vender nuestro "yo" a cambio de la ausencia de problemas.
         Llega un momento en que se trata de elegir, y según las decisiones que tomemos iremos en una u otra dirección. Luego no habrá derecho a quejarse, aquí no se admiten reclamaciones; todas esas frases típicas que se usan para justificar lo que uno ha hecho o no ha hecho: "no, es que ya no tengo edad para eso" (o dinero, o energía, o tiempo), "aquí, pasando los años, ¿qué otra cosa voy a hacer?", "ahora que los hijos (o el marido, o la mujer, o los padres, o...) se han ido no me queda nada", "ya no...". Como si fuera la suerte o los hados los que nos han asignado ese destino. O como si fuera ley natural.

Así que yo te digo, si tú has elegido otro tipo de vida, donde lo importante es no desentonar, comportarse según los cánones heredados de nuestros mayores (tantas veces asumidos sin asimilar) y ver crecer a tus hijos según esos mismos rectos principios, no tengo nada que decir. Por descontado, no voy a decirte cómo vivir tu vida.
         Pero yo he elegido otra cosa. Consciente y deliberadamente, me he propuesto seguir creciendo por dentro, digerir, y no asumirlo sin más, todo lo que la vida me va ofreciendo, cuestionando lo que veo y alimentándome solo con lo que me conviene. Con los ojos y los oídos bien abiertos, aullando como una loca si algo me duele y amando y agradeciendo hasta el tuétano lo bueno que se me depare.
         Y, claro está, tampoco pienso disculparme (nunca) por ello.

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