viernes, 12 de diciembre de 2014

Akelarres


Como os contaba hace unos días, acabo casi de escribir un relato sobre brujas. Y hoy, no sé en qué momento, he tenido una revelación relacionada con un aspecto del mismo (vale, revelación es un poco dramático, pero así soy yo, drama queen total XDD).
         En una de las escenas que se dan en el relato yo quería recrear (aunque me temo que me ha quedado un poco escueto, por el límite de extensión) un conciliábulo entre mis chicas, brujas ellas, que fuera mitad extraordinario, en cuanto a que traman hechizos varios, mitad pura cotidianeidad, en cuanto a que son mujeres reunidas hablando de sus cosas.
         En ese sentido, he recordado inmediatamente una escena de un libro de Marjane Satrapi (conocida sobre todo por su novela gráfica Persépolis) llamado Bordados. En esa escena, narrada magistralmente, la protagonista está reunida con unas cuantas amigas, alguna de sus tías, tal vez su madre y, desde luego, su abuela, todo un personaje.
         Hablan de todo y de nada. Quiero decir que se cuentan sus cosas y pasan revista a un montón de temas, pero sin ninguna sensación de trascendencia, simplemente como si "cotillearan" un rato, amablemente, de cuanto les pasara por la cabeza. Desde un estrechamiento de vagina que se ha hecho una amiga, pasando por los cigarrillos de opio que se fuma la abuela, "por prescripción médica", como ella dice... hasta los matrimonios, los complejos, los conflictos...
         Escenas similares se pueden encontrar en algunas otras novelas y películas, aunque pocas, es cierto. Porque ese mundo secreto y casi siempre oculto de las conversaciones femeninas, restringido en muchos casos al ámbito de la intimidad doméstica, solo sale a la luz muy de vez en cuando.
         Y es por eso, por su especial condición de actividad misteriosa, por lo que hoy lo he relacionado con los Akelarres. Algunos eruditos han establecido que los akelarres, la parte que se da por cierta de cuantas actividades se han referido en torno a ellos, pudieran ser herederos de otros cultos femeninos más antiguos, proscritos o al menos abolidos por la llegada del cristianismo. Ritos que convocaban solamente a las mujeres, donde se les permitía ser ellas mismas y dar rienda suelta a su voluntad y sus deseos.
         De ser así, desde luego podían ser considerados desde un principio una actividad subversiva por parte de los poderes dominantes. No puede ser bueno que las mujeres se junten ellas solas para hacer lo que les dé la gana. Así que lo peligroso de los Akelarres, y por la misma razón, lo atractivo de ellos de cara a las mujeres, no serían los componentes religiosos o anti-religiosos, sino solo la posibilidad de que las mujeres accedieran a un área privada y exclusiva donde escaparan del control del patriarcado.
         Solo por eso ya merecían la hoguera.
         Y además, al prohibirlas, al demonizar esas reuniones y conseguir así, entre otras cosas, que las mujeres se enfrentaran unas a otras, que se lanzaran acusaciones y se dividieran en buenas y malas; se lograba esa falta de cohesión como género que tan bien ha venido y viene a cuantos predican que somos por naturaleza rivales, e incapaces de una verdadera lealtad entre nosotras.
         De nuevo el divide y vencerás, un clásico que sigue dando buenos resultados.

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