lunes, 16 de marzo de 2015

Espectrofilias - Rebeca - (1ª parte)

Daphne du Maurier - 1938



Incluyo esta novela en la serie Espectrofilias, pese a que no verse sobre ningún fantasma al uso. Pero desde mi punto de vista, y ya que se trata de dilucidar los motivos por los que tantas escritoras se han sentido atraídas por los espectros, la novela contempla algunas cuestiones comunes que creo resultan relevantes para el tema.
         Para empezar, toda la trama gira en torno a una protagonista invisible, pero cuya presencia es tan acusada que resulta casi corpórea. Ya desde el principio sabemos que Rebeca está muerta, pero pese a ello, tenemos la sensación de conocerla tanto o más que al resto de los personajes, cuyas vidas parecen determinadas por sus actos y su fuerte personalidad. Rebeca impregna cada rincón de Manderley, la mansión donde discurre la mayor parte de la trama y de la propia novela. Todas sus cosas se han mantenido intactas, las habitaciones que ocupaba, su ropa, su cama, sus flores preferidas, sus costumbres... Y el afecto o el odio de aquellos seres con los que se cruzó, que conservan su recuerdo grabado a fuego de tal modo que es como si siguieran conviviendo con ella cada día.
         No es, como digo, un fantasma al uso, y sin embargo, su esquiva presencia, que se hace sentir en cada rincón de esa casa, resulta tan turbadora para quienes comparten su espacio como cualquiera de esos otros entes inmateriales, descritos en otras novelas, que nos provocan escalofríos y nos erizan la piel.

Otro punto que tienen en común esta y las otras novelas que he comentado y comentaré, es el protagonismo que alcanza la casa en que viven nuestros protagonistas, en este caso Manderley; una mansión que parece haber adquirido una vida propia, suma y mezcla de las vidas de sus ocupantes. Manderley se rige por una rutina propia, y es, o resulta, benévola u hostil, luminosa o siniestra, según qué personaje la contempla.



"Anoche soñé que había vuelto a Manderley" debe de ser uno de los comienzos de libro más citados de la Historia. Nuestra protagonista, que contará la historia en primera persona pero manteniendo siempre un cierto segundo plano, añora ese lugar, tan determinante para ella en el pasado. Aún más lo fue para su marido, para quien representa su herencia y la memoria de su familia.
         Pero a la vez la derruida mansión ejercerá siempre en ella un siniestro efecto. En sus sueños Manderley es oscura y cargada de ominosas sensaciones, devorada por la maleza y asolada por el caos, representado este por la naturaleza desbordada, cuando ha perdido el control humano y se ha hecho dueña de todo, devastando ahora en  profusión los paseos y rincones que antaño fueron cuidadosamente mantenidos. De esta forma, la casa es más un lugar mental que físico, capaz de retener en ella todas las emociones y los hechos trágicos que una vez sucedieron.

Todo esto en cuanto a considerar la novela dentro del género que nos ocupa. Pero en esta ocasión he encontrado además otros aspectos muy interesantes desde el punto de vista de mis intereses reivindicativos sobre género y modelos femeninos. Y es que la novela aborda magistralmente la dualidad femenina "oficialmente" establecida, la misma que comentaba en el artículo donde hablaba del mito de la femme fatale. Y sirve también para diseccionar el guión básico del cien por cien de novelas románticas, publicadas antes o después de esta, proporcionándonos la certeza de que, pese a las apariencias, algunas cosas no han cambiado tanto.
         Vamos primero con la dicotomía buena chica-mala chica. Eva-Lilith. Virgen María-María Magdalena. Sin puntos intermedios. Sin posibilidades de elección. Sin individualidad.



La buena chica es la nueva y joven esposa de Maxim De Winter. No tiene nombre. Es tímida, callada y discreta. Tiene la piel pálida y el cabello liso y más bien claro. No se preocupa absolutamente nada por algo tan fútil como la ropa o la calidad de la lencería que lleva. Solo le preocupa la opinión que estas cosas puedan provocar entre los criados, ya que está convencida de que, por su matrimonio, ocupa un lugar en la escala social que no le corresponde. Lee algo, poco, y dibuja, poco también; no lo hace con verdadera pasión sino tan solo como un inocente pasatiempo, apropiado y que no molesta a nadie, en el que no cree destacar de ninguna manera. Tampoco es muy sociable, el trato con la gente le incomoda (por su propia timidez) y la única conversación de la que es capaz es de ese tipo, banal e insustancial, que se mantiene por pura cortesía. Eso sí, es indefectiblemente amable e incapaz de una mala contestación, siquiera sea en defensa propia. (Mi querida Clarissa diría que tiene el instinto herido, que ha perdido la conexión con la mujer salvaje). Y huye de cualquier aspecto demasiado intenso. Ni los colores fuertes, ni las flores demasiado dulces, ni los comportamientos demasiado vivaces van con ella. Casi se diría que le asustan, optando siempre por la moderación más extrema.

La mala chica es Rebeca, la primera esposa. Guapa, morena y despampanante. Pero mala como el pecado. Egoísta y manipuladora. Es rebelde y definitivamente independiente. Con un fuerte amor por la vida y la firme intención de exprimirle todo el jugo posible. Posee un gusto exquisito, que se plasma tanto en su propia ropa como en la decoración de Manderley, obra suya. Maneja eficazmente la casa y atiende su propio correo. Lleva una intensa vida social, le gustan las fiestas, pilota su propio velero, monta a caballo y a menudo viaja a Londres, ella sola. Pero su marido sabe que es una auténtica mala pécora, promiscua y con demasiada experiencia. Que no está dispuesta a emplear su vida haciéndole feliz. Es más, está acostumbrada a ser el centro de atención a cualquier precio y no se detiene ante nada con tal de salirse con la suya.
         No parece que su marido se casara con ella muy enamorado, sino más bien como fruto de la conveniencia. Pero eso no tiene importancia, lo que aquí cuenta es que Rebeca no parecía tampoco enamorada de él y que, desde un principio, fue ella quien dejó perfectamente claras cuáles iban a ser las reglas de su matrimonio.

Cualquiera pensaría por un momento que casi parece preferible ser en este caso la mala chica que la buena. La segunda parece pasarlo bastante mal. Pero eso es hasta que te enteras de cómo acaban las malas chicas que se empeñan en no amar a sus maridos.
         Y hay otra cuestión: salvo que se sea amoral del todo, no queda más remedio que reconocer que esos ciertos vicios y esa falta de empatía, compasión y escrúpulos no están bonitos. ¿No sería entonces lo ideal una mezcla de ambos modelos? La libertad y pasión de una, con dosis elevadas de verdadera bondad y amor por los semejantes. Ah, pero eso NO ES POSIBLE. La "naturaleza" no contempla semejante híbrido. Si eres mujer una de dos, o eres buena o eres mala. Así que, chica, decídete por una u otra.

(Continuará....................................................................)

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