jueves, 9 de abril de 2015

FLAPPERS FAMOSAS

Siguiendo en la línea (y en la época) de la pasada entrada, hoy vengo a hablaros de algunas de las "flappers" más famosas (y aun así, no lo bastante conocidas por el gran público), que definieron un estilo de vida revolucionario que acarrearía consecuencias de importancia sobre el concepto de femineidad existente hasta el momento, renovándolo por completo y dando lugar a lo que se ha dado en llamar "la nueva mujer".
         Tengamos en cuenta, no obstante, que hablamos de un proceso paulatino y de alcance limitado: las verdaderas y profundas consecuencias derivadas de sus comportamientos transgresores no se harían notar de inmediato. Fue algo que empezó solo entre una minoría de mujeres, en ambientes y países determinados, y que fue calando lenta y desigualmente en el resto del mundo.
         Ellas tiraron algunas de las primeras piedras. Las ondas en el estanque se encargarían de extender su influjo.

Comencemos con una figura que resulta mucho más conocida por su obra que por su biografía o carácter. Se trata de Anita Loos, la autora de Los caballeros las prefieren rubias.



Anita Loos fue una escritora y guionista norteamericana (1889?-1981) que nos sirve de ejemplo perfecto de esa clase de mujer que emergió en Europa y Estados Unidos tras la Primera Guerra Mundial. Una mujer independiente que vivía de su escritura, "moderna", con el cabello corto y desenfadado y la ropa cómoda que correspondía a los nuevos cánones, es decir, esa que mostraba las piernas y permitía completa libertad de movimientos. Fumaba y bebía en público, salía a bailar esa música infernal que se había puesto tan de moda, el jazz, y alternaba con todo tipo de intelectuales, con los que además se atrevía a flirtear descaradamente. Se casó con el escritor y director de cine John Emmerson, con quien se entendió a las mil maravillas durante sus casi treinta y siete años de matrimonio (hasta la muerte de él). Tenían, claro, las mismas convicciones y saludables dosis de admiración mutua.
         Anita escribió novelas, obras de teatro, biografías y autobiografías. Además de multitud de guiones de cine, por los que es más conocida, primero en películas mudas y luego, con la eclosión del cine sonoro, firmando guiones de muchas de las películas más importantes de los años 30 y 40. (Blog Moonfleet, http://moonfleet.es/2005/09/01/famosos-desconocidos-anita-loos/
         Los caballeros las prefieren rubias, su obra más famosa y que constituyó ya entonces un auténtico best-seller, tiene hoy en día el formato de novela corta, pero en su día apareció por entregas en los números de la revista Harper's Bazaar, la única que accedió a publicarlo. Y es que el estilo irreverente de la Loos, que se atrevía a escribir de sexo y pareja y a reírse de todo ello y algunas cosas más, chocaba frontalmente con lo que el establishment estaba dispuesto a afrontar.

(Para quien le interese, hay un buen lugar para echarle un ojo a otras cosas curiosas sobre nuestra estimada Flapper llamado Moonfleet, cuyo enlace es Anita Loos)

Zelda Fitzgerald (1900-1948)


Escritora norteamericana conocida principalmente por ser la esposa de Francis Scott Fitzgerald, constituye el ejemplo perfecto de mujer ensombrecida por la fama del hombre con quien comparte su vida. En los últimos tiempos se ha generado, sin embargo, un intenso interés por rescatarla de su desconocimiento y devolverle el pleno protagonismo que su obra y su vida parecen merecer.
         Fue un icono de los años 20, definida por su marido como la primera Flapper de América. Después del éxito que obtuvo el escritor con su primera novela This side of Paradise, la pareja se convirtió en una auténtica celebridad, en un mito capaz de ilustrar como ningún otro lo que fueron esas agitadas décadas de los años 20 y los 30, con la energía chispeante y el optimismo y los excesos que sucedieron a la Primera Guerra Mundial y a la vez precedieron al terrible crack del 29, el posterior desencanto y el fracaso de los años 30, en caída en picado hacia el siguiente conflicto bélico, igual de terrible y catastrófico que el anterior.
         En su vida bohemia y artística, que se desarrolló en distintos países europeos, no faltaron los excesos y las deudas, un alto tren de vida y las amistades intelectuales más célebres de la época. En Francia se relacionaron con la llamada "generación perdida" estadounidense, radicada por aquellos años en París. Tuvieron una hija. Bebieron, escribieron, bebieron más. Rieron y bailaron hasta perder el control, y acudieron a las más clamorosas fiestas. Todo antes del declive, el alcoholismo de él, la locura de ella (diagnosticada, parece que sin mucho acierto, como esquizofrénica. Una etiqueta que en la época aludía prácticamente a cualquier trastorno mental sin servir para explicar apenas nada), la ruina creciente que se cernía sobre su ya maltrecha economía y el intento de pararla mediante el trabajo "productivo" de Scott, que sentía que el sustento económico familiar siempre había dependido de él y de su indiscutible talento y que, por ese mismo motivo, se sintió con derecho a disponer de manera propia y en sentido único de lo que había sido su vida en común, prohibiéndole a su mujer que utilizara nada de ello para sus propias obras. Se sabe que sus personajes femeninos eran un calco más o menos fiel de Zelda, e incluía en sus novelas diálogos literales mantenidos con ella, así como extractos citados textualmente de los diarios de Zelda.
         Zelda era su mujer, su musa, su compañera y también su personaje, y no consideró que tuviera derecho a ser nada más. Ella pasó sus últimos años ingresada en distintas instituciones mentales y Scott escribiendo todo aquello que pudiera proporcionarle dinero, cada vez más y más alcoholizado, hasta que murió de un infarto en 1940 en casa de su amante, la columnista Sheila Graham.

Zelda y F. Scott Fitzgerald

Pero Zelda fue algo más que la esposa y musa de un gran hombre, faceta que parece hasta hoy haber eclipsado en su biografía todas las demás. Antes de conocer a Scott ya escribía (obtuvo premios con algunos de sus relatos), y mostraba unas inquietudes y perseguía unos objetivos propios, alejados de los estereotipos que la sociedad y su familia pretendían imponerle.
         Su obra y su propia vida muestran sin ninguna duda todas esas contradicciones de las que pocas de sus coetáneas (incluidas las "modernas y vanguardistas") lograrían escapar, entre la necesidad de independencia y la búsqueda de un marido como pilar insustituible de la existencia; entre su entrega al arte y el deseo de encajar y ser admirada, entre la búsqueda de una voz propia y las presiones para comportarse como debían, es decir, cumpliendo a la perfección su papel de amante y abnegada esposa y madre.
         Además de sus dotes literarias, cristalizadas en un par de novelas publicadas, una docena de historias cortas (muchas de las cuales tuvo que firmar conjuntamente con su esposo, cuando no directamente con el nombre de él en solitario), ensayos y artículos para revistas, una obra dramática y un archivo ingente de cartas personales; además de todo ello, Zelda fue una pintora con un estilo propio y una talentosa bailarina, que siguió formándose durante gran parte de su vida. 
         Su novela autobiográfica Resérvame el vals, escrita en apenas seis semanas, durante una de sus estancias en un hospital mental, revela los rasgos de una mujer en perpetua búsqueda de sí misma. Una mujer que deseó por encima de todo el reconocimiento de su valía intelectual, de la que ella estaba segura y que consideraba a la altura de la de su esposo.



A mad tea party


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