viernes, 8 de mayo de 2015

La capacidad de evolucionar y un encuentro literario



Siempre he dicho que, si uno mantiene los ojos bien abiertos, en cualquier sitio donde vaya encuentra ocasiones para aprender. La vida te ofrece oportunidades de sobra para sacar enseñanzas valiosas de todas partes, incluso -como dice mi buena amiga Ángeles Pavía- aunque solo sea para entender lo que no hay que hacer.


Pues bien, un Encuentro como el que tuvo lugar hace ya tres semanas en Murcia es terreno abonado para este tipo de prácticas desaprensivas: obtener ideas y experiencias de todas partes. Allí nos juntamos una colección de gentes variopintas, como ya es habitual, unidas por el frikismo común del amor a la Literatura y a la Historia, la afición desmedida por cuanto debate pueda acontecer (o ser propiciado, ejem, ejem), y una atracción extraña hacia prácticas tales como la recreación histórica, la navegación o las citas de memoria de párrafos enteros de Canción de Hielo y Fuego (que, con un poco de voluntad, todo tiene cabida en la viña del lector-escritor-historiador).
         Este ha sido el quinto de estos encuentros al que asisto. Me perdí el primero porque yo me incorporé a Hislibris algo más tarde, justamente a raíz del III Concurso de Relatos Históricos, convocado en noviembre de 2010. ¡No ha llovido nada desde entonces!
         Y me ha resultado notorio el cambio en mi percepción del asunto, desde mi condición de novata total, que iba preparada para un fin de semana de descubrimientos y conocimientos, a veterana que conoce bien el terreno pero que, no obstante, sigue viendo por delante un montón de sendas inexploradas aún, que invitan a caminar.
         Quien tenga experiencia en esas lides de los amigos por internet que luego se convierten en personas de carne y hueso, podrá corroborar lo que voy a decir: que pasado el primer minuto de ligero desconcierto te das cuenta de que no acabas de conocer a esa persona, sino que eráis ya realmente amigos; a veces más amigos y más cómplices de lo que te parecen algunas de las personas con las que te cruzas a diario en tu vida, pero con la que, paradójicamente, no cruzas apenas palabras. O palabras significativas, podríamos decir.
         Una vez más yo he vivido esa experiencia, y una vez más me he encontrado con personas con una riqueza enorme, de las que poder aprender y con las que compartir experiencias de las que marcan. Nuevos amigos y otros que ya lo eran desde hace tiempo, personas que he tenido la suerte de ir incorporando a mi vida en estos años.
         Fue un encuentro, en toda la extensión de la palabra, que ha significado también para mí un cambio de ciclo.
         Después de cuatro años consecutivos participando como autora en el concurso de relatos, y con la inmensa satisfacción de haber llegado a la publicación final (llevando a la espalda, como un tesoro, todas las lecturas y comentarios que generosamente me habían ido aportando muchos foreros, y que son la sal del concurso y su auténtica razón de ser), este año decidí cambiar "de lado", de perspectiva, y me convertí en uno de los cinco jurados de esta edición.
         Ha sido una gran experiencia, algo distinto en cierto modo a lo que había vivido en los concursos anteriores. Y digo en cierto modo porque antes ya había tenido que leer, comentar y votar los relatos presentados. Esa es la mecánica del Hislibris. Ejercer de jurado, de alguna forma. Pero este año la responsabilidad pesaba más. Y, pese a la distancia que implica no estar participando, uno se encuentra cercado casi igualmente por la subjetividad. Hay relatos que, sin saber a ciencia cierta por qué, se te clavan en la memoria y en el corazón. O suponen un disfrute inesperado. O te presentan unos personajes de esos que querrías como amigos. O un estilo literario envidiable, que no puedes dejar de poner de relieve.
         Esos relatos se convierten en tus "apadrinados", y luchas por ellos casi como si los hubieras escrito tú. Así que, distancia sí, pero desapego ninguno.
         Por otra parte, los cinco jurados hemos comentado un fenómeno peculiar: una cosa es considerar un texto por sí mismo, y evaluar sus cualidades y sus defectos. Y otra muy distinta, tener que compararlo con otros, tener que ponerlo en competición y otorgarle un lugar definido. Un texto que te ha gustado muchísimo puede quedar detrás de otro que no te llamó tanto la atención, pero que lo supera en el parámetro que sea. Y entre dos relatos muy parejos, a veces resulta realmente difícil decidir en qué posición los colocas. Tanto es así que este año, por primera vez, ha habido empate en el primer puesto.

Pero yo hablaba de un cambio de ciclo, del final de una etapa y el inicio de otra.
         No es la primera vez que lo digo: a veces tengo la sensación, real e identificable, de acabar de cerrar un círculo para empezar otro nuevo. Estoy convencida de que la vida es eso, continuo camino, evolución, crecimiento y cambio. Y también todas esas pequeñas "muertes" sin las que no es posible ningún nacimiento.
         Otra cosa no es posible.
         Quien se aferra a lo que es, tal cual, y pretende mantenerlo estable, inmóvil e inmutable se equivoca, y acabará por comprobarlo tarde o temprano. Quien se niega a contemplar otros puntos de vista, por miedo quizá a que su óptica de las cosas se altere para siempre se quedará estancado y solo, mientras otros pasan por su lado y le van dejando atrás. Porque todo tiene que renovarse y crecer o acaba por morir.          
             
Aunque para aprender algo de las cosas, además de los ojos abiertos que mencionaba yo al principio, es aún más importante mantener los oídos de par en par: saber escuchar. Lo que se dice y lo que no se dice, porque esto último se manifiesta en la calidad de los silencios, en inflexiones y matices, en tonos de voz y conducta no verbal.
         Y para escuchar realmente a otros, hay que ser capaz de dejar de escucharse uno mismo durante unos momentos. Aparcar por un instante nuestras convicciones, nuestras experiencias y tratar de entrar a fondo en las de nuestro interlocutor.
         Es indudable que luego procesaremos toda esa información recibida desde nuestro propio bagaje, y asumiremos o descartaremos lo que nos parezca oportuno. Pero antes será imprescindible "salir" de nosotros mismos siquiera un segundo, y tratar de imaginar que otro mundo es posible, que eso que nos está contando esa otra persona tiene la misma entidad y consistencia para ella que tiene nuestra realidad para nosotros. Y que, como mi situación personal (todo el conjunto de aspectos que me rodean y que definen mi forma de vida) no es algo universal, tal vez, para algún tema concreto, la postura del otro resulte más atinada que la mía.

Tengo la suerte de encontrarme cada día con gente muy, muy válida en el campo que sea. De cada uno de ellos extraigo elementos que aplicar a mis temas y a mi vida. No desdeño nada a priori, por más ajeno que pueda parecer respecto a mi radio de acción y de intereses.
         Tengo un amigo empresario, yo, que me siento ajena por completo al mundo de la empresa y sus parámetros, que me enseña mucho sobre funcionamiento del mercado y métodos de trabajo. Amigos científicos que me ayudan a ordenar razonamientos y datos. Compañeros que trabajan persiguiendo objetivos y con los que comparto planificaciones y diseño de etapas para la realización de proyectos. Gente con enorme sentido común que me enseña a distinguir lo esencial de lo accesorio, y a ordenar prioridades y a saber que lo urgente no es siempre lo importante. Y, por supuesto, colegas escritores con quienes intercambio descubrimientos y experimentos.
         Y todo ello se debe a que nunca he concebido el mundo como una serie de compartimentos estancos, cómodamente definibles y etiquetables, sino que creo en la interrelación, la interdisciplinariedad, la simbiosis y la fusión.
         Así que, si la vida es, tal como decía, constante cambio y evolución, he llegado a la conclusión de que si uno no es capaz de aprender de lo que se le ofrece en el camino, está condenado de antemano a la extinción.

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