viernes, 17 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - VI - Otros reinos

Vayamos ahora con la tercera parte, la dedicada a ese mundo de oscuridad, atrayente y amedrentador, que se le empieza a revelar a Isadora. Una dimensión desconocida donde, no obstante, se siente en casa. Un lugar donde por fin encaja como no ha logrado hacer el resto de su vida.




3. OTROS REINOS

El mismo día en que Isadora Zisis cumplió quince años empezaron los sueños.

         Se vio abandonando el lecho, con los pies descalzos y vestida tan solo con la sutil camisa de dormir, y encaminarse a la cima de la colina. Una luna grande y benévola guiaba su camino, conduciendo sus pasos y poniendo de relieve los obstáculos con los que hubiera podido tropezar. La brisa del mar templaba el aire de la noche y lo volvía balsámico. Se dejó embriagar por los aromas del espliego y la sal. Llegó a la boca del cráter y de nuevo eligió bien, sin titubeos. Una serie ininterrumpida de peldaños irregulares, tallados en la roca, descendían acodados en la ladera hasta perderse en la hondura, camino de las mismas entrañas de la tierra. La luz menguaba y las tinieblas se iban adueñando del aire; un fragor lejano y confuso, como el murmullo de muchas voces, se escuchaba de fondo.
         Descendió hasta el infinito y se detuvo en medio de una plataforma delimitada por pebeteros de bronce, cuyo resplandor anaranjado hacía danzar sombras siniestras en las paredes de piedra que la circundaban. Continuó caminando hasta atravesar una pradera amplia, de suelo herboso, y alcanzar un río que ya había adivinado por el sonido de sus aguas. Lo dejó a un lado y aún siguió caminando cierto tiempo, impulsada por una premura incomprensible y angustiosa que le nacía dentro. Se sabía guiada y conducida a algún sitio. Y un ansia creciente y compulsiva le impelía a seguir esa misteriosa dirección.
         A lo lejos otro río ancho y turbulento cruzaba el paso. Su cauce raudo salpicaba espuma contra las rocas, en una lucha eterna de piedra y agua. En el aire brillaba una luz imposible, de luna y estrellas, y una pátina amable y húmeda besaba los contornos de todas las cosas, confundiendo perfiles y fingiendo texturas, arrastrándose goteante por las paredes de grutas y promontorios. Una canción se intuía en el aire, un canto tristísimo y lóbrego que llenó su corazón de apenada dulzura. Se detuvo junto a la orilla del río, sabiendo de algún modo que tenía que cruzarlo, pero sin imaginar la forma de hacerlo. Entonces, de la misma penumbra, salió una barca, materializándose de la nada para poner proa hacia ella. Un barquero anciano y sabio de largos cabellos blancos maniobraba los remos. En un griego arcaico que Isadora comprendió con dificultad, le pidió una moneda para pasar al otro lado. Ella estuvo a punto de replicar que no la tenía cuando al extremo de su mano, mostrada en alto para corroborar su aseveración, apareció un disco de bronce con una efigie desconocida. Hecho el pago, el anciano le ayudó a subir a la embarcación, que parecía detenida por algún sortilegio, pues no había ancla ni cabo que pudiera retenerla. Alcanzaron la otra orilla y allí ella sola desembarcó. Los ojos glaucos y ciegos del barquero la miraron con una extraña percepción, como si pudiera ver dentro y a través de ella, y sin una sola palabra desapareció.
         Muy lejos, en mitad de otra pradera tan extensa que se perdía en la distancia, divisó una construcción fabulosa, incongruente con el sencillo entorno. Tenía siete torres, retorcidas y esbeltas, y en el centro una cúpula perfecta, rematada en punta y tachonada de estrellas azules. Una puerta colosal trabada de extraños signos se cerraba tenazmente en la fachada, como una boca apretada que no quisiera revelar secretos.
         Apenas dio un par de pasos y la distancia que había parecido inabarcable se plegó a su voluntad dejándola en la misma arcada de paso. Supo que tenía que soplar ¡qué absurdo! Y al conjuro de su aliento las dos hojas del portal se deslizaron hacia atrás franqueándole el paso.
         Había alcanzado su destino, lo supo tan claramente como todo lo demás. Se encontraba en una nave circular rodeada de columnas. El techo no podía verse, arriba solo había oscuridad titilante de luces tibias. Las paredes refulgían con brillo de espejo, recubiertas de mármoles y piedras de desacostumbrado fulgor. Parecía un inmenso salón de baile, y ella la bailarina invitada por algún lunático señor. Resonaron unos pasos en la penumbra del fondo. Lentos, dignos; los pasos seguros del amo. El cuerpo de un hombre se reveló ante ella. Le observó detenidamente, asustada y fascinada a la vez, sintiendo que aquel desconocido le despertaba dormidos recuerdos, como si algo en él estuviera grabado a fuego en ella desde siempre, inserto en su memoria o acaso en su alma.
         Era alto y poderoso, de complexión recia. Su cabello era largo y oscuro y su barba rizada. Tenía un aro dorado alrededor de la frente tersa, sobre los ojos más azules que hubiera visto nunca. Eran como el Egeo, pensó de pronto, igual de insondables, igual de profundos. Su piel blanca, tan blanca como la suya, no tenía mácula alguna, apenas vello. Vestía una túnica nívea, bordada en oro y azul, y calzaba sandalias de plata. No llevaba ningún tipo de armas, aunque algo en él hacía pensar que no le eran ajenas.
         Se detuvo a unos pasos, los suficientes para que ella pudiera distinguirle pero manteniendo sus rasgos en ligera penumbra. Le dio la bienvenida a su mundo. Ella dudó aún, sin decidirse a salvar el par de pasos que le pondrían al alcance de su mano. Se hallaba dividida entre la curiosa atracción que todo aquello ejercía sobre ella y un atávico instinto de protección ante aquel desconocido poderoso.
         No hubo más tiempo para la vacilación. Un fuerte viento tomó posesión del palacio. Las lámparas oscilaron, los cortinajes se agitaron en la perfumada sombra y todo empezó a girar vertiginosamente, desdibujando límites y contornos y diluyendo las imágenes. Y despertó en su lecho sobresaltada, irguiéndose en la oscuridad y el silencio, hasta lograr acallar el retumbar profundo de su corazón. Su madre se agitaba en sueños cerca de ella, musitando incoherencias que no pudo entender.

Cada noche a partir de aquella volvieron a su mente las mismas hipnóticas ensoñaciones. Y cada noche daba un paso más y se adentraba en los misterios de ese mundo y en el conocimiento del ser poderoso que lo gobernaba todo. Al principio no hablaban, solo se miraban detenidamente como si trataran de recordarse, en otra vida, en otro mundo, en otros lugares donde reinaban otros principios. Y cada vez ella le encontraba más próximo y se sentía de su misma naturaleza. Desde luego, se sentía más parte de ese mundo y de los extraños y pálidos seres que lo poblaban, de lo que nunca había creído pertenecer al mundo y las gentes de Thera. Y él le reveló su nombre y la llamó por el suyo, y le dijo que era su dulce esperanza y que su reino le pertenecía como herencia. Y al despertar, ella solo supo que él era aquel que llaman El Invisible. Y eso no hizo sino aumentar su deseo de volver allí para saber más.
         Pero cuanto más se adentraba en aquel reino profundo más se alejaba de la vida sin advertirlo, y más esfuerzo tenía que hacer para simplemente respirar, y hablar, y oír todo lo que quedaba fuera del alcance de la noche. Y profundas sombras de preocupación se fueron dibujando en el rostro antes sereno de su madre, Kore. Un muro de palabras no pronunciadas se levantó poco a poco entre las dos, hasta que la madre temió por la vida de su pequeña, cada día más pálida y liviana, más traslúcida. Apenas quería comer, apenas tomaba algo más que unos sorbos de agua. Y su mirada se hacía lánguida y lejana, contemplando horizontes que parecían vedados para ella.

Y así llegó el día en que Isadora no quiso levantarse más del lecho y Kore supo que había de poner fin a aquello, aunque para eso tuviera que revelar lo que había decidido callar para siempre.

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