miércoles, 15 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - V - Demetra



2. DEMETRA

Demetra Zisis era joven y era hermosa, y parecía haber sido colmada de bendiciones. Era bella como solo una antigua helena podría serlo. Como la noche griega su cabello oscuro y sus iris profundos. Como luz de estrellas sobre el Profitis Illas su mirada radiante. Como el eco de las aguas suaves del Egeo el susurro de su voz honda y sentida.

         Apegada a la tierra que la viera nacer, al hogar y a la familia. Feliz en su existencia campesina, veía cumplidas sus aspiraciones en aquella vida isleña, amable y marinera... hasta que Néstor, un desconocido visitante, arribó a la isla y quebró de un modo salvaje su destino.

Néstor Thesspidis era un joven monje de rostro sereno y bello, espigado de cuerpo e inquieto de mente, que había sido enviado a cultivar la santa palabra por aquellas islas hacía tiempo consagradas al Dios verdadero.
         Había ingresado siendo niño en una comunidad monástica de las muchas que iban proliferando en tierras del Imperio. Fue criado bajo la protección de Anastasis, un patriarca venerable cuya visión de la vida ascética empezaba a ser compartida por muchos. Era el fundador del ya afamado, tan pocos años después de su construcción, Monasterio de Gran Laura, el primero de los varios que se estaban levantando en el sagrado Monte Athos y que había sido consagrado a la regla de San Basilio.
         Néstor había crecido a su sombra, guiado con paciente cariño por aquel hombre que ejercía un liderazgo firme, pero benévolo y siempre ejemplar. La comunidad que habitaba Gran Laura tenía en el cultivo del espíritu y el saber su principal sentido. Era un monasterio humilde y aislado, reclusión para hombres piadosos y eruditos, por eso mismo fuente de tentación para algunos. Porque el saber encierra misteriosos peligros que ponen a veces el alma al borde mismo de la perdición. Y es también un alimento peligroso al que, una vez probado, es difícil renunciar.
         La Biblioteca de Gran Laura empezaba a reunir una importante colección de códices, volúmenes y pergaminos de todo tipo, que había que salvaguardar para las generaciones futuras. Allí los monjes consagrados al estudio, como Néstor, eran instruidos con esmero en la realización de las delicadas tareas que aseguraban la pervivencia de aquel saber ingente. Allí se copiaban con diligencia los antiguos textos, se clasificaban y comentaban, según las directrices de los Patriarcas, y se embellecían con exquisitas y refinadas imágenes.
         Néstor vivía completamente absorto en la vida contemplativa y en el ardor espiritual, transfigurado por aquella belleza que encontraba en todo cuanto le rodeaba, manifestaciones que sentía del amor mismo de Dios. Incluso las obras paganas se le antojaban regalos divinos y se esforzaba por extraer de ellas su significado máximo, la esencia que las había inspirado y que él intuía parte de la misma inspiración creadora que insuflaba Dios a los santos.
         Se sumergió con gozo y devoción en la antigüedad clásica que habían recibido como herencia a través de Homero y Hesíodo. Estudió a filósofos como Platón y Aristóteles. Aprendió las gestas de los antiguos griegos, sus propios antepasados, y el esplendor del ayer de manos de Heródoto, Tucídides y Jenofonte. Y un nuevo orgullo fue creciendo en él, una sensibilidad desconocida que se recreaba y crecía con los poemas de Píndaro o Safo, Alceo o Jenófanes. Y su alma hambrienta empezó a impulsarle a buscar nuevas fuentes. Había nacido para la vida monástica, lo sabía. Anastasis llevaba repitiéndoselo desde que se convirtiera en hombre. Y había sido llamado a grandes cosas, le decía también, su más fiel alumno, su esperanza para el mañana.
         Pero aquel pasado que dibujaba ante él otras eras y otros dioses se hacía cada vez más real y profundo, y su reclamo más imperioso. Y así, según crecía Néstor en devoción y conocimientos también crecía su espíritu crítico, y le impulsaba a buscar respuestas donde nacían las preguntas.
         Poco podía compartir esas angustias secretas que empezaban a atormentar su alma con mayor dominio. Como tampoco podía acallar sus velados anhelos cuando las glorias paganas de sus antepasados le asaltaban, desprevenido, desde las páginas de los códices que copiaba, e incluso de los que quemaban después de leídos si eran encontrados fuente pecaminosa de conocimientos prohibidos. De este modo, todo aquello fue dejando un poso en su alma que volvía amargos sus días y angustiosas sus noches, que le confundía y agitaba en insondables simas de desesperación.
         El Patriarca de Constantinopla lanzó un edicto por el que se pedía la labor activa de todos los monasterios, para expandir el dogma verdadero, siempre en peligro por las desviaciones heréticas, y él y otros cuantos fueron enviados desde el continente a predicar y convertir. El destino obró, maléfico, para enviarle precisamente a Thera, la dulce Thera que fuera cuna de una civilización perdida. Y con ello selló la suerte de alguien que aún no existía.


Cuando Néstor llegó a la isla de Thera, esa joya engastada en el zafiro sereno del Egeo, era un espíritu torturado por la duda, un alma devorada por atroz agonía. La crisis de su fe, la destrucción de las certezas que le habían sostenido hasta el momento, le convertían en un ser vulnerable y devastado, un ansioso buscador. Y la belleza del entorno le traspasó con fuerte impacto. Las dudas se hicieron brechas profundas y el rumor del mar solo le trajo el eco de otros tiempos, otras eras gobernadas por antiguos dioses. El honor, el valor, la lealtad y la venganza. Las traiciones y también el amor ardiente, la pasión en suma de la vida... fueron sustituyendo en su mente y su corazón sus antiguas convicciones. Y empezó a contemplar el mundo con otros ojos y a concebir la vida de otro modo. Y un día conoció a Demetra.

La encontró en el campo, recogiendo el fruto de la vid, y creyó que era la propia diosa de las cosechas hecha carne para él. La amó desde el primer momento en que la vio y la deseó con más intensidad de lo que hubiera necesitado nada antes, ni aun el aliento vital del aire. Aquella mujer era la gloria y la felicidad eternas, era la belleza hecha piel, labios y suaves formas tangibles.
         Consiguió hablarle y preguntó su nombre. Y al saberlo y tomarlo por una señal divina, se postró de hinojos ante ella y la llamó su Ceres, su Déméter, y le dijo cosas tan extrañas que ella primero le tomó por loco... para acabar rendida ante su amor desmedido.
         Néstor lo dejó todo, su origen y su pasado, para fundar una casa con Demetra. ¡Ah! El sublime goce del amor carnal recién descubierto. ¡Ah! El don carísimo del amor de Demetra, su diosa terrena. Se decía cada día que una y mil veces enfrentaría la cólera de Dios y aceptaría los tormentos del Infierno, con tal de volver a probar la miel de su boca, con tal de estar una vez más dentro de ella, hasta dejarse ir en esa muerte que le llevaba derecho al verdadero Paraíso.

Demetra le dio una hija y él le puso por nombre Kore, doncella, la hija de la Tierra, la amada de la primavera, bendecida con sus dones. Y durante unos años pareció posible la felicidad y la gloria de vivir juntos para siempre, entre las sencillas labores de cada día y el amor de las noches.
         Aunque Néstor presentía en todo momento, agazapado en un rincón de su conciencia, un vago temor de que aquello acabase, el peso de sus compromisos olvidados y sus contratos pendientes. Por alguna razón que no quería conocer se esforzó siempre, con disimulada obsesión, por trasmitir a sus dos mujeres todo lo que era: su amor y sus conocimientos, lo que pensaba, lo que había creído o recién descubierto... como si hubiera prisa, como si supiera que llegaría el día en que tendría que marcharse. Deseaba que, llegado el caso, pudieran comprenderle, lo ansiaba con desesperación. Pero sabía también que no era fácil que así ocurriera. Sólo había una cosa que pudiera hacer: dejarles su herencia más honda, una huella imborrable de su paso por sus vidas. Así que les dio lo único de lo que tenía que de verdad le pertenecía enteramente: su saber. Se deleitaba contándoles las antiguas hazañas y hablándoles de los antiguos dioses. Recreaba para ellas las gestas de quienes habían habitado su misma tierra. Ponía su empeño en trasmitirles la luz hallada en la lectura y la escritura y ambas mujeres, madre e hija, mostraron un talento extraordinario y una vocación desacostumbrada.

Pero la sombra se acercaba. Los santos poderes no iban a permitir su deserción. El Dios que tenía ganada la batalla reclamó lo que era suyo. Y sus fieles hijos, los monjes que habían iniciado andadura con Néstor, y los sacerdotes de la isla, que durante esos años de pecado habían advertido, rogado y amenazado, dieron por terminada la tregua, tornándose en jueces inflexibles que exigían expiación. Condenaron la seductora y lasciva conducta de Demetra, a la que hacían causante de su extravío, el ejercicio de su diabólica seducción sobre el antes monje ejemplar. Y ofrecieron a este el perdón al tiempo que le recordaban las deudas contraídas, sus votos y sus promesas.
         Anastasis, que durante años había enviado mensajeros para atraer de nuevo al redil al hijo predilecto, viajó a Thera a encontrarse con él.
         Néstor se debatió consigo mismo, porfió, lloró lágrimas de sangre... y acató como un buen hijo el mandato paterno. De nada sirvieron las súplicas de su mujer. Ni la callada desolación que leía en los ojos de Kore. Se marchó, las dejó solas. Y con ellas abandonó su alma.

La aldea entera exigió un acto de humillación pública para Demetra. Reclamaban una rigurosa penitencia para concederle su perdón. Pero Demetra escupió sobre ellos y su Dios, renegó de las enseñanzas cristianas y abrazó abiertamente los cultos antiguos, maldiciendo a todos aquellos hipócritas, cuerpos yermos y vacíos espíritus, que le habían arrebatado a su hombre. Cogió a su hija y abandonó el pueblo para siempre, instalándose en una aislada choza de pastores que convirtió en vivienda, con el sudor de su frente y el apoyo de su hija.
         Y se resignó a vivir solo para ella, echando mano del coraje que traía en la sangre, de la fiera determinación de una estirpe de supervivientes.

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