lunes, 13 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - IV

Vamos pues con el relato en sí. Por partes, eso sí, para hacerlo más ligero, pues se trata de un texto algo "especial". 


(Extraído de Pinterest)

Para empezar, la prosa. Sobre ella algún compañero dijo que era épica y elaborada, puede que con cierta tendencia a la prosopopeya, como si se quisiera dotar al texto de una mayor solemnidad.
         Lo cierto es que tiene un estilo muy determinado este relato, lo que se debe a esa "manía" mía de encontrar la voz concreta de cada historia. Aunque se trate de la parte narrativa, para mí es importante que suene tal como corresponde a la trama. Si hablo de dioses y de tragedias vitales no me sale (porque no me parece propio) un lenguaje más sencillo, directo y simplificado. Ni ciertos tonos cómicos o irónicos, que alterarían sin duda la percepción de lo que estoy contando. Así que quizá sea lo más denso y "romántico" que he escrito, con un vocabulario que rescata términos menos usados de lo habitual y un lirismo que, según creo, no está presente cuando hablo de otro tipo de historias.
         Por otra parte, también la estructura es peculiar. Se compone de cinco partes, que van construyendo, de la mano de las principales protagonistas, el relato lineal de la historia. Ellas son Demetra, la abuela, Kore, la madre, e Isadora, la hija. Y representan las tres caras de la Diosa: vieja, madre y doncella.
         Es esta una construcción que precisa tal vez más concentración de lo normal, pues se alternan flashback y hechos en desorden, y solo al final cada pieza ocupa su lugar natural.
         Pero no me demoro más, empezaremos con el primer capítulo: Isadora. Ya habrá tiempo en otras entradas para seguir desmenuzando el argumento.




EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES

L. G. Morgan


Moon - Alphonse Mucha


1.   ISADORA

Isadora Zisis, de Thera, nació una noche de junio iluminada por la luna plena. Su madre la parió a solas en mitad del campo, sobre un lecho fragante de hierbas y espliego. Solo la noche profunda escuchó sus gritos, los desgarradores lamentos de dolor atroz primero, y los ecos potentes del triunfo salvaje de quien da la vida horas después. Y a la noche tibia y acogedora la presentó su madre, a la faz del astro y a su luz doliente su piel expuesta, su piel blanca de luna, sin mácula y sin sombra. Y allí mismo le impuso el nombre elegido, para rendirle tributo a la diosa que había de velar por ellas, a todas las diosas, y hacerla suya y aislarla a un tiempo de cualquier maldición masculina, de su poder y su yugo. Carne de su carne, doliente y humana substancia que había amado desde el primer instante, cuando la advirtió en su vientre y se supo madre.
         Isadora nació en una época extraña, en la era en que los antiguos dioses habían sido olvidados y los hombres habían conseguido desdibujar su historia, difuminando sus rasgos, enterrando sus gestas y borrando el recuerdo más leve de sus hazañas. Cuando en el mundo reinaban ya otros dioses, tristes y estériles, que renegaban de la carne y el placer, que trataban de abolir el pensamiento libre y cercaban con cilicios y alambradas rígidas el espíritu. Dioses que abominaban de la tierra y de cualquiera de las diosas, y maldecían la dulzura de su tacto y su sabor, que condenaban a las hembras y las hacían portadoras de vicios y tentaciones.
         Ese Dios que predicaban los sacerdotes del Imperio consideraba el amor debilidad de la carne. Pero ensalzaba en cambio el amor etéreo y celestial de un padre invisible, irreal y fantástico como solo puede serlo una idea. Ese Dios de los templos cristianos, erigido a imagen y semejanza de quienes decían interpretar su palabra, no dejaba lugar a la risa y los festejos, al vino embriagador, a la magia de los antiguos mitos y al misterio de la madre naturaleza. Era seco y marchito y su símbolo era un instrumento de muerte, una cruz sangrienta donde había expirado para salvación de los hombres. El Padre se sentaba severo en su trono lejano para juzgar las faltas, ajeno a las sonrisas y a la dulzura, ausente de los actos naturales, envarado, omnipresente, impenetrable en su ignorancia de la tentación. Y sordo al gemido desgarrador de ese Hijo moribundo, que había clamado al cielo en su hora final sintiéndose por Él abandonado.
         Pero no era este el Dios de su madre Kore. ¿Cómo iba a serlo si era ella misma hija del pecado y carne de herejía, producto del desvarío lúbrico de un santo varón que otrora fuera servidor devoto del Dios? Y tampoco sería nunca el dios de Isadora. Si el cielo no lo remediaba lo haría su madre.

Isadora nació marcada por el poder de una oscura maldición, un hado funesto que la superaba y la precedía. El mismo signo sombrío que había llevado tatuado en el alma Demetra, su abuela. La misma suerte fatídica que había arrojado a Kore, su madre, en brazos de la más angustiosa desesperación, la de quien se sabe apartado para siempre. Su destino, el de todas ellas, estaba escrito antes de nacer, cuando aún eran solo pequeños pedazos de vida en el vientre materno.
         Hacía tiempo que desde los púlpitos y las tribunas se vaticinaban males sin cuento a todo aquel que no renegara de las creencias antiguas, y mostrara titubeo o indecisión a la hora de entregarse por completo a los mandatos de Dios; el dios auténtico, el único.
         Se advertía de maldiciones sin par a quien manifestara comportamientos sospechosos de herejía o acaso falta de fervor cristiano. Peor aún, aquellas mujeres que, como Demetra y Kore, se alejaban voluntariamente de los mandatos de la Iglesia y manifestaban sin ningún pudor opiniones y conductas impropias de buena cristiana, eran especialmente material de anatemas y repulsas.
         Cuando en la isla a todos había resultado evidente la inesperada preñez de Kore, la hija del pecado, aún doncella a los ojos de todos y a la que no se le conocía varón, de la que ninguno en realidad, ni aun por jactancia, se atrevió a decir nunca haber recibido favor alguno, las mismas voces maledicentes estallaron con virulento clamor. Nadie sabría nunca quién era el padre de aquella criatura que crecía dentro de Kore, ella así lo quiso. Ni aun presionada y amenazada por sacerdotes y demás hombres de bien quiso nunca revelar la identidad de quien le había hecho un hijo y la había dejado luego abandonada y librada a su suerte. Solo Demetra, tal vez, supo o imaginó cuando ya era tarde quién podía ser aquel al que su hija había entregado su corazón y su vida.
         “Aquello tenía que ser obra del maligno”, empezó a comentarse entre persignaciones, rezos y conjuras para alejar el mal, “producto de la coyunda infernal con cualquiera de los engendros del averno con los que un alma pagana como la suya de seguro tenía tratos”.
         Así que cuando Isadora llegó al mundo, en la noche más corta del año, antaño festividad pagana por todos conocida, ya estaban decididos su origen y su destino. Había sido sin duda marcada por el demonio, dijeron las buenas gentes. Y su extraño aspecto no haría sino confirmar con el tiempo aquella primera creencia supersticiosa, más extendida y peligrosa con cada año que pasaba. “No había más que mirarla”, se decía en los corrillos, “aquella niña, luego aquella joven, no era una criatura normal”.

Tenía el pelo negro como el azabache, liso y brillante como la seda de oriente. La piel blanca como la luna, tan delicada y pálida que no podía soportar la luz del sol cuando estaba en su hora máxima. Prefería vagar de noche, en compañía de las fieras del campo y las noctívagas aves, recorrer la arena solitaria y bañarse en el mar argénteo cuando todos dormían. O recorrer las grutas oscuras donde su vista privilegiada le permitía moverse a sus anchas. O cantar, o tejer, o bailarle a la luna en su esplendor. Siempre diferente y sola, siempre fuera del alcance de la comprensión de aquellas gentes sencillas.
         Su figura esbelta alcanzó con los años la cadencia y la languidez de una ninfa del agua, su hechicera presencia bastaba para volver locos a los hombres y enfermar de celos a las mujeres. Y se decía que veía en los sueños cosas que a los mortales les habían sido veladas.

Isadora y Kore vivían en una casa de adobe encalada y limpia, en una tierra de nadie alejada de cualquier otra vivienda. Era la misma casa donde había muerto Demetra, la madre de Kore, unos meses antes de que naciera la niña; la casa donde había vivido sus últimos años, donde se fue apagando hasta dejarse ir, como una tierra agostada que ha perdido la esperanza. Sin haber sentido un solo instante de alegría desde que su hombre renegó de ella y de su pequeña hija, las dejó solas y abandonadas a la maledicencia de las buenas gentes de Thera.
         Para ellas era mejor vivir así, decía Kore cada día, cuando la soledad se hacía demasiado penosa, y poder tomar sus propias decisiones, cultivar sus alimentos y cuidar de sus animales. Era poco precio aquel destierro por no pertenecer a nadie, por no tener que responder ante ningún otro ni fingir un sometimiento y unos actos que estuvieran lejos de sentir. Mucho mejor que soportar el desprecio continuo, la desconfianza del pueblo y su expresión de extrañeza cada vez que, en día de mercado, en medio del camino, o en alguna otra ocasión similar, contemplaban a Isadora y se hacían cruces, como si estuvieran en presencia de alguna odiosa reina de la noche.
         Y así vivieron largos años sombríos y silenciosos, mientras a su alrededor el cerco se estrechaba y el peligro crecía en densidad y se concretaba en odio.

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