miércoles, 4 de noviembre de 2015

Zaragoza en Penumbra - Viernes

Aventuras y desventuras de una bruja sin escoba.



Nunca antes había estado en Zaragoza, más que de paso. Y había de verla por primera vez en plena Penumbra, en un Cónclave de Terror convocado por la Editorial Saco de Huesos, y su asociada la Editorial Tusitala. Apenas he llegado a recorrer, eso sí, La Aljafería y el dédalo de calles cercanas a la Universidad, donde al parecer se sitúan los pubs y garitos heavys históricos de Zaragoza.
         Yo nunca he sido metalera, pese a tener desde la infancia un par de amigos que trataban de llevarme al lado oscuro y reclutarme para su "secta". Pero debo decir que el Utopía, el antro de perdición donde se han desarrollado estas jornadas, propiedad de dos tipos de lo más majetes, ha resultado un lugar sobrado de encanto, con buen ambiente y capacidad suficiente para albergar al puñado de escritores y lectores que nos hemos dado cita allí, durante tres días (23, 24 y 25 de octubre) de lo más intensos.
         Intensos y pletóricos. Porque ha habido mucho de todo. Mucha gente, muchas actividades, mucha charla... Pero sobre todo un buen rollo que ha superado incluso mis expectativas (y yo soy muy optimista). Y eso que mi llegada fue... ejem, ejem, un poco azarosa. En mi trayecto del hostal que tenía reservado al Utopía... Me perdí vestida de bruja.
         Naturalmente, eso no hubiera pasado de haber podido disponer de mi escoba, pero, cosas de los vuelos de magia que emprende de vez en cuando por su cuenta, se halla extraviada por los cielos de Honolulu y no se la espera de vuelta hasta dentro de dos lunas por lo menos.
         Ya al salir del hostal con el uniforme de trabajo puesto había visto que la gente me miraba raro, pero eso de estar parada sus buenos diez minutos en una plaza céntrica con el sombrero, el vestido de pingos y las medias de rayas da para un ejercicio de asertividad, puedo asegurarlo.
         Menos mal que me fueron a rescatar dos caballeros andantes salidos de la oscuridad, Sir Polite y Sir Jasso, y me recondujeron al redil sin más percances. Cuando llegué, vi las puertas del infierno bien guardadas por un demonio de larga cabellera y gesto cordial, que nos franqueó el paso después de haber pronunciado correctamente la contraseña debida. Cordial, sí, pero empuñando firmemente un hacha de plata, con la que, sin temblarle un ápice el pulso, tiene costumbre de decapitar a quien vacile más de la cuenta a la hora de citar las palabras mágicas.



Dentro ya del oscuro recinto, hube de acostumbrar mis ojos a la oscuridad. A los pocos segundos acudió a mi encuentro uno de los escritores malditos que habían sido convocados al Cónclave, Nacho Becerril. Y nos pusimos a charlar. Como es, igual que yo, parco en palabras, los minutos pasaron sin sentirlos. Un poco después reconocí al fondo la voz de una de mis camaradas de Akelarre, Ángeles Pavía, ocupada en explicar a los acólitos la lección de mitología que tocaba ese día, al otro lado de las columnas que sostenían el techo de la caverna. Al mirar en su dirección advertí, justo delante, al
Amo del Calabozo que había inspirado todo este lío: Juan Ángel Laguna Edroso. Se acercó a intercambiar parabienes y maldiciones, como tenemos por costumbre, y me puso al corriente de la marcha de los planes sangrientos que se habían trazado para la jornada.
         Nuevos saludos, esta vez el Caballero Sanbes y Dama Cristina, llegados desde su castillo de Barcelona horas antes. Observé (era la primera vez que nos veíamos al descubierto, cara a cara) que ambos tenían los caninos más desarrollados de lo normal, y saqué mis conclusiones. Estoy segura, no obstante, de que cuando tengan que chupar sangre, sea a quien sea, se conducirán con la máxima amabilidad que permitan las circunstancias. ¡Que son gente civilizada!
         Con tanta charla y tanto saludo, tuvimos que empezar ya a beber, para poder articular correctamente (no por vicio, ¿eh?), que se nos secaba la boca y eso. Con precisión de relojero, el Amo del Calabozo iba anunciando cada cambio de actividad, tratando de multiplicar las horas para que cupiera todo lo que su optimismo había sido capaz de imaginar. Obviamente, lo conseguía malamente, y hemos ido más o menos con horario de las Islas Canarias. Mientras, Pedro Moscatel, el otro motor de las jornadas, se convertía ahora, desde su anterior naturaleza de demonio, en deidad hindú, y sacaba brazos extras quien sabe de dónde, para atender al ordenador, su cerveza, los panfletos a repartir y los rescates que iban surgiendo (sí, sí, que yo no fui la única de las hermanas que se perdió. Seguro que andaban los trasgos de parranda esa noche, y ya sabéis cómo son de aficionados a cambiar direcciones y enredar con los nombres de las calles).

Llegó la hora de reunirme con el resto del coven. En la profundidad del Utopía, junto al altar de los sacrificios que llaman escenario, esperaban Raelana Dsagan (la bruja del Sur) y Ángeles Pavía (la del Este). Antes de que llegara la bruja del Norte, Ana Morán, aún tenían que cumplirse algunos rituales.

1. Lectura de Pedro Moscatel. Aplausos del público.
2. Lectura propia. Ufff... Nunca había leído tanto tiempo seguido. Menos mal que tenía una banqueta al lado donde recostarme de vez en cuando. Y que mi Sombrero brujeril me daba aliento para no desfallecer. Para algo una es una bruja entregada a una misión.
3. Proyección de cortometrajes.
4. Lectura, aplaudida también, de José Mª Tamparillas.

Bien, ahora sí, ya había llegado Ana, la bruja del Norte, rodeada de brumas y rumor de hojas secas.
         -¿Has traído el caldero? -le pregunté nada más verla.
         -¿Para qué? -contestó ella-, si Jane no puede venir.
         Jane, Ángeles Mora, es la bruja del Suroeste, la que se encarga siempre de los ojos de tritón y la mandrágora, que cultiva como nadie. Claro, sin esos ingredientes, no iba a haber forma de conseguir una pócima ni medio decente.
         -Tendremos entonces que suspender la poción -dije yo-. Pero, ¿qué ha pasado, por qué ha cancelado el viaje?
         -Ha tenido que quedarse a sofocar una revuelta de duendes domésticos -respondió Raelana, que parecía recibir con más claridad que ninguna la señal telepática de Jane-. Amenazaban con quemar toda la cosecha de setas, y ya os podéis imaginar cómo andaríamos el resto del año sin hongos de la risa.
         -No pasa nada -afirmó la otra Ángeles (nombre ficticio, como habréis podido adivinar, de tapadera. ¿Acaso una bruja podría llamarse así?-. Pasaremos al Plan B.



Mis camaradas de Akelarre, junto con una bruja de intercambio.

No nos quedó más remedio que hacer como decía e ir a repostar, encomendándonos a las virtudes que pudiera tener la Ámbar que vendían en el lugar. Así que el siguiente rato se pierde en una nebulosa incierta de la que solo sobresalen destellos de voces y ruido de cristal. Y rostros conocidos y desconocidos, que fui asignando al nombre correspondiente en una variante del "cada oveja con su pareja". 
Athman M. Charles, a quien tenía muchas ganas de conocer en persona. Una compañera de un proyecto ucrónico que es zaragozana, Ana Arranz, y que también leyó un relato suyo. Más zaragozanos de pro como José María Tamparillas, Fernando Lafuente, Roberto Malo y David Jasso.  Y compañeros venidos de Madrid: Mik Puente, Karo y José Manuel Cárdenas. Creo (ya no estoy segura de nada) que entonces nos vamos a cenar. Lo de las cenas y comidas tiene su propia novela, pero solo diré una cosa: allí sabías cuándo pedías, pero no cuándo tendrías tú comida ni, mucho menos, cuando lograrías emerger de nuevo a la superficie.
         No sé en qué momento exacto (la nebulosa, ya sabéis), me encontré con mi viejo compinche de travesías marítimas, de cuando surcábamos los mares a bordo del "Destino": Viejo Bastardo, o más vulgarmente, Gerard P. Cortés. Iba acompañado de Dama Vanessa, su musa y leal guardaespaldas, siempre presta a pasar por la katana a cualquier enemigo que la mala cabeza de su socio ponga en su camino. Alegrón inmenso. No nos veíamos desde el último abordaje.

Tras la cena (en ese lugar del que solo vuelven los valientes), ronda de monólogos de terror. Tamparillas. ¿Luego Jasso? No estoy segura, pero puesto que Jasso tiene una gran presencia y queda bien en cualquier lado, lo meteré cada vez que dude de quién hizo qué. Roberto Malo, de él sí estoy segura. Y nada menos que el Capitán Patapalo, o Juan Ángel Laguna, que dijo estar relajado por primera vez desde que había arrancado el evento.
         Hubo por fin otra actividad muy chula: "el reto de esconder el cadáver exquisito desequilibrado", que se tarda más en nombrar que en jugar. Unos cuantos valientes se lanzaron a improvisar un relato donde tenían que incluir frases específicas que el público trataba de adivinar.
         Después de esto nos fuimos "recogiendo" poco a poco, hasta desaparecer por completo. Yo llevaba a buen recaudo mi botín: la camiseta que inmortalizaría las jornadas (diseño de Pedro Moscatel).
         Mi tessssoro. Mwajajajaja.



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