miércoles, 3 de febrero de 2016

EUROVISIÓN



Sí, ya sé, que qué hago yo escribiendo de esto. Ni es literario ni tiene nada que ver con mis rollos habituales. Tenéis razón, yo debería estar dándole a la tecla para acabar una entrada que tengo a medias (y que sí es de mi estilo y aborda un aspecto de los míos). Y poniendo fin a un relato Calabacero que me está dando más guerra de la esperada. O continuando con el guión de mi próximo programa de radio.
         En vez de eso, aquí estoy, hablando de un tema que normalmente ni me va ni me viene. Pero, ¡ay, amigos!, es que resulta que el concurso eurovisivo de este año ha tocado un temita candente que tiene soliviantados a buena parte de los españoles (al menos los que yo conozco) y tiene que ver con la lengua, la nuestra. El ambiente está dividido, a favor o en contra de la decisión de mandar esta vez un tema cantado en inglés de Inglaterra. El alcance de la cuestión ha llegado a ser tal, que involucra, nada más y nada menos que a algunos de nuestros académicos de la lengua.

Ante tanto revuelo, yo lo primero que he hecho ha sido ponerme a cotillear, naturalmente, por estos mundos cibernéticos hasta dar con la canción que vamos a presentar (elegida en una eliminatoria de seis candidatos), y ya de paso, conocer a la cantante que la cantará en Estocolmo el próximo 14 de mayo (no me deis las gracias, consideradme vuestra Guía del Ocio particular).
         Su nombre es Barei.
         Bueno, por ese lado empezamos bien, me he dicho; al menos es un nombre exótico y distinto. Yo soy así, qué se le va a hacer, me fijo en ese tipo de cosas. Pero sigamos cotilleando. Es muy guapa y se atreve con un look que no es el típico al que nos tienen acostumbrados. Sí señor, me gusta su estilo, sigo hablando conmigo misma, y me gusta aún más cuando leo algunos de los comentarios del vídeo, criticando sus botas, supongo que por el contraste que hacen con el vestido de fiesta. ¡Punto para Barei!, anoto yo misma conmigo misma, que ya me cargan los dictámenes de los gurús conservadores de la moda, y tengo una tirria considerable a los vestidos aceptables de los últimos años.
         La chica lleva tupé. Y cola de caballo. Y vestido asimétrico. ¡Segundo punto para Barei! No puedo evitarlo. Luego empiezo a oír la canción. Bueno, muy aceptable. Sigo. Más que aceptable, mascullo yo sola. Yo no la oiría por mí misma en la vida, también es verdad. Mucho menos me compraría el disco. Pero es marchosa y, ¡por Cristo bendito!, ¡¡¡distinta!!! Casi moderna. Y no es una balada. ¿Qué más quiero, tratándose de Eurovisión? Y con ese chorro de voz que despliega Barei puede cantar lo que quiera y más. Pero es que encima... ¡Baila! Y lo hace tremendamente bien.
         Continuamos. La ha compuesto ella. Es decir, esta mujer de voz prodigiosa compone: ¡tercer punto para Barei! Pero no nos quedemos ahí, que yo soy una chica seria e investigo siempre las cosas en profundidad. Así que me voy a cotillear ahora la biografía de la que es hoy "la mujer en la diana" y aterrizo en una entrevista donde mis ojos incrédulos leen que ha dicho esto:
       
«... hay que llevar nuevas propuestas para poder subir puestos. Cuando tienes resultados similares haciendo cosas muy parecidas, igual el error lo estás cometiendo tú».

         Punto de partido para Barei, no puede ser de otra forma.
         Es lo que yo misma les diría (y digo habitualmente) a todos esos rancios que prefieren y defienden siempre lo malo conocido (en todos los ámbitos de la vida), por sistema. ¿A qué tanto escandalizarse por llevar una canción en inglés?, ¿por qué tantas críticas por el nuevo formato y el nuevo estilo? ¿Que la canción es mala? Muy probablemente. Como todas las de los últimos 50 años. La diferencia es que esta es distinta, es una apuesta, un intento. Y como el resultado pésimo ya lo tenemos, pues vamos a cambiar de tercio e intentar otro enfoque, que así, a lo mejor, las cosas nos salen de otra manera. Hagan juego, señores, y arriesguen para ganar.
         Y que es en inglés. Como el 90% de las canciones que escuchamos el 90% de los españoles. No había pensado yo que Eurovisión es el medio más idóneo para transmitir al mundo el poderío de la lengua de Cervantes, que además solo es, el pobre, profeta en su tierra, parece ser, cuando se trata de hacer patria y oponerlo a literatos de otras naciones, ya que en la suya, la nuestra, no se le presta desde las instituciones la atención que merece su figura, al borde como estamos de celebrar los 400 años de su muerte.
         Eurovisión es lo que es. Lo que ha sido siempre. Un concurso petardo en el que, quién sabe por qué, participamos. Yo lo veo por diversión. Y porque mi lado más kitsch y petardo, que una lo tiene, como está mandado, se regocija año a año con esa celebración trasnochada que tiene el mismo rigor como concurso que el premio Planeta de novela . Porque he crecido con la voz de Uribarri, y ahora de Íñigo, comentando la jugada y es para mí ya un clásico. Y porque todo concurso tiene la emoción de la competición y la esperanza del triunfo. Aunque este no llegue en más de cuarenta años. Igual pasa con la lotería y ahí seguimos, comprando décimos.
         No seáis ingenuos, queridos míos, nunca ha sido y nunca será una embajada cultural. Ni siquiera algo serio. Nunca el medio para ensalzar o insultar nuestro idioma.

Hala, y ahora sigan ustedes con sus cosas. Disculpen la interrupción, que ya me marcho yo con las mías. Les dejo, eso sí, la canción de la polémica. Juzguen ustedes por sí mismos.

SAY YAY! BAREI

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