jueves, 16 de febrero de 2017

¿Solo soy una persona? Pues mira, no.

Solo soy una persona

...No soy ni hombre ni mujer,
solo soy una persona.


Últimamente oigo a menudo, cada vez que se habla de feminismo e igualdad, de maltrato y acoso, de sesgos culturales..., eso de que lo que cuentan no son los hombres ni las mujeres, sino las personas. Que dejemos de hablar de géneros y diferencias y nos centremos en la naturaleza humana común.
         Dentro del propio feminismo, hay una corriente importante que afirma que todos somos iguales y que la consecución de iguales derechos y oportunidades para las mujeres conlleva e incluso exige que nos enteremos de una vez de eso, de que todos somos personas y lo demás no importa.
         Por otra parte, existe la llamada teoría queer, que va cobrando fuerza en los últimos años, que niega que existan dos géneros, femenino y masculino. En realidad hay más géneros (hay culturas que reconocen hasta cinco) y personas que no se adhieren a ninguno y se consideran de género no binario. Pueden ser una mezcla de ambas identidades de género, hombre y mujer, o bien un constructo alternativo a estos.
         
Y yo creo que todo eso está muy bien. Me parece un adelanto significativo que cada uno pueda definirse tal como lo sienta. Y todo lo que sea romper los límites y los determinismos, obedezcan a la razón que sea, me parece un adelanto. Pero por la misma razón, yo tengo derecho a sentirme exactamente como me dé la gana. A expresar mi parecer, pese a quien pese. Y ha llegado un momento en que he sentido la necesidad de definirme claramente sobre la cuestión. 
         Yo no soy solo una persona. Yo, por encima de eso, soy una mujer. Soy y me siento mujer. Porque de eso se trata, creo yo, de una cuestión de identidad. Y «ser mujer» es mi forma de estar en el mundo y de ser persona, o ejercer de tal.
         Estoy convencida de que existe lo que llamamos femenino y masculino esencial***. Que no tiene que ver con la orientación sexual, y ni siquiera, necesariamente, con el sexo biológico. En cada persona, hombre o mujer en sentido biológico, hay rasgos femeninos y masculinos, en distinta medida. Algunos, le pese a quien le pese, ligados a nuestras diferencia fisiológicas. Nosotras podemos gestar y parir, nosotras tenemos ovarios y mucha mayor proporción de estrógenos, nosotras tenemos una pauta propia de respuesta sexual ligada a nuestro apararato reproductor, nosotras tenemos un cuerpo y unas formas propias que demasiadas veces han sido denigradas, maltratadas y escondidas.

(***) Lo que, por convención, llamamos femenino o masculino.
Igual que hemos acordado llamar verde o rojo a la percepción de determinada longitud de onda.

Lo que pasa con esta cuestión es que hay muchas mujeres que no quieren (o no pueden) reconocerse en el género porque durante siglos, reconozcámoslo, ha sido una auténtica mierda «ser mujer». Lo femenino, en general, ha sido denostado y ridiculizado. Ha servido para insultar y menospreciar.
         Ser mujer significaba que eras débil por definición, que tenías que quedarte calladita allí donde te dijeran, que tenías que ser humilde y discreta, no destacar, no levantar la voz, no tener ideas o aspiraciones propias... Ser femenina te condenaba a ser emocional, irrelevante, destinada por la naturaleza a parir, cuidar y atender a otros, tú siempre en segundo plano. Porque ya se sabe, la verdadera mujer es desprendida y generosa, y solo con la felicidad de los demás ya se siente feliz ella.
         No es sorprendente por tanto que, por ejemplo en el caso de las escritoras, la gran mayoría huya como de la peste de la etiqueta «literatura escrita por mujeres» (naturalmente, los términos literatura femenina o de mujeres son totalmente erróneos. Se utilizan con marcada condescendencia, viniendo a significar literatura poética y sentimental, con poca fuerza, que solo se ocupa de cuestiones íntimas y/o románticas y que va dirigida a público femenino).
         E insistan en que el cerebro y la escritura no tienen género. Que no escribimos con el pene o la vagina (lo he leído así tal cuál). Que nadie mira el género de un autor cuando compra un libro... Etc.
         Cosas que no hacen más que enmascarar y arrinconar el verdadero debate. Porque, ¿qué es el cerebro, qué es la mente? Ya solo eso es una distinción vital. El cerebro, como órgano, no es diferente (o no lo es al 99%) entre hombres y mujeres. Pero la mente... ¿Cómo rehuir el hecho de que el proceso de socialización, la manera en que la sociedad nos modela desde la cuna en función de nuestro sexo, crea marcas indelebles en nosotros? Claro que no escribimos con el pene o la vagina, qué simpleza (y debería ser vulva, la gran olvidada), ese es un pensamiento reduccionista por completo, que nos limita a nuestro sexo biológico. Pero sí escribimos (o razonamos, o hablamos, o nos comportamos en sociedad, o encaramos tantas y tantas tareas) influidos por nuestro género, por nuestras vivencias (distintas según las distintas culturas, y distintas en gran medida según el género al que pertenecemos), por nuestros ámbitos de conocimiento y experiencia (en el caso de las mujeres, hasta hace bien poco y casi en exclusiva, la esfera privada).
         Pero peor que esto, peor que insistir en que somos iguales del todo, pese a que los hechos lo desmientan, es que lo hacemos porque hemos aprendido que todo lo que es (lo que se ha considerado y se considera que es) propio de las mujeres es malo y de poco valor. Y claro, así cualquiera trataría de alejarse lo más posible de la etiqueta de marras.
         Sí, hemos aprendido que lo femenino es caca. La sensibilidad (emotividad), el diálogo (hablar sin ton ni son o a tontas y a locas), la curiosidad (cotilleo), el cuidado de la familia, las labores en la casa, o en el campo, o con el ganado, o lavando, fregando, cocinando, cosiendo... Todas las cosas que se han asociado con las mujeres, y a las que nos han relegado durante los siglos precedentes, carecen de valor. Resulta que cuando las hacemos nosotras se degradan sea como sea y pasan a ser cualidades o características de segunda.
         ¿Dónde nos lleva entonces ese no soy ni hombre ni mujer, solo soy una persona? Pues nos lleva a huir como de la peste de lo que significa ser mujer, a obviar características y cualidades femeninas (recordemos que pueden estar en cuerpos de mujer o de hombre), y a llevar esta sociedad nuestra a los modelos de siempre, los masculinos. Y así se decía hasta hace poco, con intención halagadora (y se sigue diciendo, aunque afortunadamente con menos frecuencia), escribe como un hombre, conduce como un hombre, es firme como un hombre, lidera como un hombre, parece un hombre...

Así funciona eso de «ni hombres ni mujeres, solo personas». Cuando interesa, cuando viene bien, recordamos que todos somos iguales, despojando a los individuos de la posibilidad de expresarse según la naturaleza que sientan.
         Sirva como ejemplo lo siguiente. Hace unas semanas vi una foto en twitter de uno de esos carteles que estuvieron circulando como parte de la campaña para visibilizar la transexualidad en la infancia, con el lema «hay niñas con pene y niños con vulva».

Chrysallis
Campaña de la asociación Chrysallis,
para visibilizar la realidad de los niños transexuales.

Sobre la foto alguien había pintado: ¡son niños!
         ¿Veis? Es la misma estrategia de la que os hablaba: no permitamos que se visibilicen las diferencias. Todos son niños, no entremos en más matices. Porque así el concepto unitario «niños» seguirá respondiendo solamente a la característica mayoritaria que todos cumplen: menores de edad, gente pequeña, por formar... No admitamos distinciones ni dejemos sitio para los peculiares, para los individuos.
         Y yo me niego. Tengo todo el derecho a expresarme en el mundo como mujer. A ejercer mi personeidad como mujer desde la forma y manera en que yo siento mi género (sutilmente diferente de como puedan sentirla otras mujeres, de ahí la individualidad). Ser mujer es mi pertenencia, una de mis señas de identidad, construida con esfuerzo y signo de mi evolución y mi aprendizaje. ¿Por qué voy a renunciar a todo ello?
         Como dice una buena amiga, bastante nos ha costado a muchas reconciliarnos con nuestra naturaleza femenina, por no encajar exactamente con las definiciones hechas desde fuera, y las limitaciones externas, como para renunciar ahora a ella porque algunos o algunas no la compartan.

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