jueves, 28 de septiembre de 2017

MUNDOS FANTÁSTICOS, ¿mundos complejos? - Parte II

Literary worlds

Decía ayer que un escritor que se enfrenta a una novela fantástica tiene que ejercer de mago (o aparentar serlo) para construir un mundo lo bastante potente para que pueda albergarla con dignidad. Y, además, buscar la forma de mostrarlo al lector de modo que no parezca una lección de geografía e historia, pero también de manera que deje el suficiente calado y le permita “sentir” la profundidad y trascendencia de ese universo literario, que entonces podrá asumir tan real, o al menos tan consistente, como aquel en que se desenvuelve su vida, para así sumergirse de lleno en la historia que le estás contando.
         Repasemos entonces qué estrategias suelen seguir los grandes autores de género fantástico para conseguir dotar a sus mundos de todo eso que les pedimos.
 
1.      En primer lugar, ha de dotarlo de un espacio: orografía, clima, leyes naturales... Suele haber mapas, incluso.
2.    Lenguaje propio: idioma que hablan los personajes, nombres y topónimos. En el caso, por ejemplo, de Tolkien eso va más allá. No es solo que creara un/unos idiomas específicos en su mundo, sino que también su propio estilo literario, el tipo de prosa y su forma de narrar, similar, según ha llegado a decirse, al Antiguo Testamento; proporcionan la sensación de que nos encontramos ante unos hechos míticos y de alguna forma reales. Le dan a la historia una épica y una solemnidad que hacen que uno encare los hechos más insólitos y mágicos como posibles. 
3.    Orden o estructura social. La que sea, pero que se note que se ha tomado en cuenta. 
4.    Dimensión temporal. Que parezca que existe el pasado, sea más o menos conocido. Unos orígenes, una mitología previa, unos linajes, claros o no. Ruinas, restos, crónicas, canciones...
5.     Filosofía o religión. Las creencias y valores propios de esa sociedad, esa raza o ese pueblo que existe en la novela.

A la hora de presentar todo esto ante el lector es común, de cara a hacerlo más inteligible, la inclusión de mapas, diagramas explicativos, glosarios, árboles genealógicos, fichas por familias… Eso ayuda, qué duda cabe, pero no te libra en absoluto de la necesidad de narrar y describir cada uno de esos aspectos. Y, naturalmente, no influye en absoluto en la decisión sobre cómo plantear, en qué medida y cuándo, lo que quieres contar.
         De modo que, por muy solvente que sea un autor, y por mucho que guste su obra, es inevitable que algunos lectores, sobre todo los más «impacientes», refieran opiniones como estas:
         
En El Ojo Lector, y pese a recomendar encarecidamente su lectura, nos advierten sobre La primera ley: «...me costó empezar con ella (con la saga La primera ley, de Joe Abercrombie). Recuerdo que cuando estaba con el primer libro, La voz de las espadas, y muchos conocidos me preguntaban qué estaba leyendo, yo solía contestar con un libro en el que nunca pasa nada. Y es cierto. Recuerdo que leía, leía, y no ocurría nada destacable...».
         Y concluyen: «En el caso de La voz de las espadas, no fue una cuesta arriba, fue una especie de espiral que al principio se mueve lentamente; que va cogiendo, poco a poco, velocidad y que culmina en un auténtico frenesí.  Fue todo tan alucinante que, al final, el libro que estuve a punto de dejar aparcado, porque no pasaba nada, llegó a parecerme una auténtica obra de arte».

Sobre Canción de hielo y fuego, la saga de George R. R. Martin, algunos lectores opinan igualmente lo siguiente:
         «...es un mundo fantástico, sin mucha magia,  muy parecido a la edad media, pero muy complicado». 
         «Culebrón espectacular. Historia densa, personajes complejos...».
         «...el inicio se hace un poco tedioso, pero luego uno agarra el hilo. El otro problemita es que Martin en algunas partes menciona muchos personajes que no juegan ningún papel en la trama, solo los menciona por estar presente en la escena. Si uno trata de estar poniéndole cara o recordando quién es uno y quién es el otro uno tiende a confudirse y a atrasarse en la lectura. Una vez que uno deja de pornerle mente a esto y lo supera es cuando se disfruta de la historia al máximo».

Para paliar todo ello, los libros de Martin tienen una serie de extras. Juego de Tronos se abre con una Presentación donde te explican el sentido del título, y plantan en tu mente el esquema básico del mundo: hielo y fuego, frío y calor, norte y sur. Similar en cierto modo a nuestro hemisferio norte, hemisferio sur, con lo que ya tenemos ganada una buna parte en la comprensión del mundo. Y al final se incluye un apéndice muy completo donde se detallan las características de todas las grandes Casas implicadas en la historia. Hay también un mapa, y una página donde se traducen pesos y medidas a las nuestras habituales.

Sobre ESDLA y El Silmarilion, que son novelas que gozan de una legión de fans incondicionales, también se vierten críticas que repiten los mismos aspectos:
         «...me pareció infumable, tanto que ni siquiera llegué a la mitad (y lo intenté un par de veces). A mi me sonaba como leerse la enciclopedia Planeta empezando por la A y tirar hasta la Z, pero en fantástico. De hecho una de mis eternas críticas al Señor de los Anillos es que se va demasiado por las ramas».
         «Después de leer El Hobbit seguí con El Señor de los Anillos y el puto cumpleaños de Bilbo Bolsón me hizo empezarlo una y otra vez porque lo dejaba a medio leer. Acabé de los arbolitos, del pan de lembas y de que me contasen cómo caminaban en 800 páginas un poco harto, pero he de admitir que disfruté con la lectura».
         «Me dijeron que El Silmarilion era básico para entender el mundo de Tolkien. Así que me lo papeé y me pareció una auténtica tomadura de pelo. Por aquel entonces acababa de leerme la Biblia... ...y El Silmarilion me pareció una pobre novela inspirada en la Biblia, pero contado de manera aburrida». 

Y sobre Malaz, el Libro de los Caídos, en el Rincón del Lector Constante podemos leer:
         «Steven Erikson no anda con vueltas, lo primero que se lee al comenzar la saga es una advertencia del mismo autor: es una historia que la amas o la odias, ya que al principio no se entiende en verdad que está pasando. Esto se debe a que no hay ningún tipo de introducción: la historia tiene un comienzo frenético en el cual Erikson te larga a la acción sin dar ningún tipo de desarrollo previo y utilizando un lenguaje bastante complicado, lleno de términos de fantasía que (obviamente) todavía no conocemos al empezar estos libros».
         
O sea, que Erikson, que prescinde de las introducciones que parecen de rigor en este tipo de novelas, tampoco se libra de algunos problemillas inherentes, como decíamos antes, a la Literatura Fantástica y sus mundos complejos. El autor de la reseña sigue advirtiendo y aconsejando al lector que se ha decidido a probar fortuna con la saga:
         «...no te preocupes mucho por entender absolutamente todo lo que sucede porque es imposible. Todo cobrará sentido más adelante, pero debes ser paciente porque hay muchas cosas que se resuelven 2 o 3 libros más adelante e incluso eventos que tienen sentido una vez finalizada la saga». 
         «...Insisto en que al principio todo puede resultar muy confuso y ese es un aspecto común en todos los libros de Malaz... ...La originalidad de Malaz radica en que no hay criaturas fantásticas típicas como los elfos y enanos, sino que existen distintas razas ancestrales con su propia mitología, características y conflictos entre ellas. Algunos protagonistas pertenecen a esas razas y a través de ellos es que vamos conociendo (aunque de forma un tanto complicada) los orígenes del mundo ya que son seres milenarios».

Parece entonces que esa confusión y esas descripciones prolijas que caracterizan Malaz son el precio que se ha de pagar por una concepción de novela distinta y original, por un mundo propio (a este respecto no olvidemos que la serie Malaz surgió a partir del diseño de un escenario para juego de rol, que se fue enriqueciendo y ganando en hondura y complejidad. Las novelas fueron después).

Todas estas reflexiones mías vienen a cuento de un tema personal. Resulta que me encuentro en una encrucijada similar, que me hace repensar todo esto que os estoy contando.
         Tengo una novela terminada y registrada, y, además de aplicarme en la enésima corrección, me he encontrado repasando ¡otra vez! los inicios y contemplando con ojo crítico las cuestiones que enunciaba. Y he visto llegado el momento de diseñar los anexos que considero necesarios para redondear esa parte de recreación del mundo. Anexos que hagan más fácil el aterrizaje e inmersión en el universo de El Pacto, que pretende ser la primera novela de una saga llamada La estirpe de la estrella.
         Al tratarse de una serie (mis planes por el momento son que haya dos, o a lo sumo tres, novelas) creo que puedo dosificar en cierto modo la información y, por consejo de un colega escritor que me hace de crítico, he limitado los datos del mundo a las partes y pueblos que intervienen directamente en esta primera novela. Al resto solo los nombro someramente, para dar idea del alcance o dimensión aproximada del microcosmos donde nos hallamos. Pero, aun así, los primeros capítulos introductorios son por necesidad más lentos que el resto, pues sirven de preámbulo. Con el correspondiente lío de nombres (adoro los nombres extraños, que reproduzcan, a poder ser, los aires distintivos que deben tener las culturas y los varios estilos de sociedades), razas y señoríos.
         De momento, me ha parecido útil dibujar la estructura social de los dos reinos enfrentados que constituyen el principal conflicto. No he querido en cambio tocar apenas lo que sería el pasado remoto, solo me he permitido sembrar aquí y allá reflejos tenues de su sombra, para crear la línea temporal imprescindible y preparar el terreno para cierta cosecha futura.
         Aquí están, Lorrell y Aslund.

El Pacto

El Pacto

Me queda pendiente aún la elaboración de un mapa, que será muy básico, y un glosario que clarifique más al detalle los términos inventados. Pero no me quejo, lo cierto es que esta parte me está resultando tan creativa y apasionante como la propia escritura. Y tiene el aliciente de que me permite limar y corregir disonancias de forma bastante más amena (ya sabéis que odio con toda mi alma el proceso interminable, aunque inevitable, de las correcciones. Uno llega a aborrecer su propia obra, de tan vista que la tiene). Ya os iré contando en qué acaba todo, a ver si sigo con el mismo ánimo :-)

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