miércoles, 21 de marzo de 2018

SER ESCRITOR O DEDICARSE A ESCRIBIR

Hamlet Shakespeare


















Esa es la cuestión

Érase una vez, en un tiempo ya lejano (en un espacio a menudo lejano también) que había escritores que cobraban anticipos y vivían del dinero que les reportaban sus libros. Escritores con un editor que les respaldaba, corregía y editaba, y que se mostraba extrañamente empeñado en publicitar y vender lo que ellos escribían.
         Sí, amigos, existió ese cuento y algunos lo vivieron de verdad, en primera persona; lo hemos visto en películas e incluso en las novelas de Stephen King. Y algunos escritores españoles han dejado su testimonio apuntando en la misma dirección. Pocos, cierto, pero alguno hasta sigue vivo y todo.
         Hoy esos tiempos han quedado atrás para la inmensa mayoría. Porque, como decía Golpes Bajos, son malos tiempos para la lírica (y la prosa).
         Ya hemos hablado otras veces de cuánto ha cambiado el sector editorial. El número de escritores parece haberse multiplicado por mil, mientras el de lectores (de libros de verdad) sigue estancado o a veces en franco descenso. El libro se ha devaluado como elemento cultural. A cambio, la posibilidad de publicar ha aumentado, igual que los canales para hacerlo. Y el acceso a diferentes formatos de lectura es mucho más fácil y está al alcance prácticamente de todo el mundo.

El caso es que la enorme oferta que existe hace que cada vez haya que buscar técnicas más depuradas, específicas, y a poder ser originales, para llamar de algún modo la atención y conseguir siquiera la oportunidad de que te lean. Que luego gustes o no ya será otra historia.
         A eso unimos el hecho de que hay cada vez más escritores que optan por saltarse los intermediarios y publicar por su cuenta, lo que implica tener que hacerse cargo de muchas otras tareas además de lo que es la escritura propiamente dicha. Y una gran parte de los autores que sí publican con editoriales al modo tradicional tampoco lo hacen como en los ejemplos del principio. Las editoriales —siempre decimos que las pequeñas, pero no es cierto, esto vale también para las grandes cuando se trata de autores noveles o sin mucho nombre— ya no apuestan por sus libros como antaño. Cuidan a los cuatro súper ventas, pero al resto los dejan librados a su suerte. Escaso o nulo apoyo en presentaciones, campañas publicitarias o promoción.

Entre unas cosas y otras, los autores tienen que hacer suyos aspectos profesionales que sobrepasan su oficio.
         En un artículo que publiqué aquí en octubre de 2014: LA QUIMERA DEL ESCRITOR II hablaba de este aspecto concreto, entre otras cosas. Comentaba las labores que realiza en condiciones normales un buen editor, y de las contraprestaciones que ofrecen las editoriales, esas que hacen que un autor firme por un 10% del precio final del libro. Pero decía también que en la actual situación son tareas que, o bien lleva a cabo el escritor, o no hace nadie; al menos, no de manera suficiente. Me refiero a cosas como la promoción, la distribución, orquestar campañas de marketing, conseguir presentaciones para dar a conocer la obra, prologuista, reseñas, etc.
         Bien, pues sea porque la editorial de turno no cumple su cometido, o sea porque un autor va por libre, los autores nos vemos obligados a manejarnos lo mejor posible con los aspectos «comerciales» del asunto.
         Si un escritor no consigue cierta presencia, si no tiene contactos y no utiliza las adecuadas técnicas de promoción y venta, ya puede ser su libro la octava maravilla, que no se va a comer un colín. Añado: y aun haciendo todas esas cosas no existe ninguna garantía de éxito.
         Por supuesto, hay autores que se rebelan contra este estado de cosas e insisten en que lo suyo es escribir y que es exactamente lo que van a seguir haciendo. Se encierran en su cuevita y tratan de crear verdadero arte, lo que, ciertamente, ya es tarea más que suficiente. El problema es que, cuando después de muchos meses de esfuerzo silencioso y solitario, terminan la novela de marras y deciden asomar la patita por debajo de la puerta, allí no queda ni Perry. Y si es difícil la promoción en todo caso, imaginad cuando no te conoce o no te recuerda casi nadie.
        Son esas entradas que comparten tres colegas tan solo, esas presentaciones donde solo aparece tu familia, ese libro del que se venden diez o doce ejemplares. Todos (todos) hemos tenido un poco o un mucho de eso, aunque te hayas dejado la piel preparándolo todo y ya no sepas qué más se podía hacer. Pero la sensación es distinta cuando te lo has currado, cuando has exprimido tus neuronas y has dejado salir a chorros tu creatividad. ¿Un mal resultado? Así es la vida, pero que nos quiten lo bailaó, que además seguro que algo (mucho) habremos aprendido en el proceso.
         Así que se hace necesario contar con un «PLAN». Como si tu trabajo fuera ese: el de editor-agente literario-manager-creativo de publicidad. Además de la tarea literaria, que es la que realmente te apasiona y te trajo hasta aquí. Buscando a toda costa el EQUILIBRIO, para no perder tampoco tu esencia y olvidarte de quién y qué eres. Fácil, ¿no? Total, solo se trata de doctorarse en malabarismo y mantener a un tiempo toda esa multitud de esferas en el aire. Y hacerlo por puro amor al arte, por la emoción del riesgo, pues sabes, si eres realista, que puedes acabar como Leónidas y los 300, caído en el barro a pesar de tu heroísmo. Pero, eso sí, con tu nombre, aunque sea para ti mismo, escrito en letras doradas en el cielo.
         Para eso somos escritores, señores míos. Escribámonos nosotros y escribamos nuestra historia como nos dé la gana. Y que la canten los juglares en nuestro nombre. Algún día.

escribir-publicar

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