domingo, 30 de diciembre de 2012

jueves, 20 de diciembre de 2012

LITERATURA CON ESTRÓGENOS - 4



Volvamos otra vez al libro Así hablan las mujeres. Para ver que en cambio hay otros hombres a los que les gusta esa forma femenina de contar las cosas, aunque sea diferente a la propia, y que van siendo más frecuentes los casos de escritores que adoptan modelos más “femeninos” a la hora de abordar sus obras. Pilar García Mouton nos dice que esto es debido tal vez a lo mucho que va cambiando la vida en el aspecto lingüístico, igual que en otros: los hombres hablan bastante más que antes con las mujeres, están aprendiendo a hablar con ellas y a asumir su forma de hacerlo.
Pero, ¿cómo se caracteriza el habla femenina, qué elementos distintivos tiene, aparte de los mencionados de mayor expresividad y mayor comunicación de sentimientos y emociones?
Parece ser que el lenguaje de las mujeres suele ser más cuidado y es más sensible a las modas. Tiene palabras propias que quedan tan asociadas a su esfera que la mayoría de los hombres se resiste a utilizarlas. Su vocabulario posee una  mayor carga expresiva, como el número mayor de diminutivos, de superlativos y partículas expresivas, además de hacer frecuentes preguntas del tipo que sirve para demostrar empatía.
Como a la mujer históricamente le ha sido recomendado el silencio en público y la discreción, su lenguaje se ha definido por la moderación y la sugerencia, el nunca afirmar o negar tajantemente, la cortesía y el uso de eufemismos en mayor medida que los hombres.
Todo esto es reflejo de los mandatos no escritos que han prevalecido en la socialización verbal de las mujeres, y que estas han interiorizado haciendo máximas firmes en su habla:
v  No hablar mucho, ya que todo el mundo sabe que lo hacen sin parar, como una especie de vicio inevitable, lo que les haría, naturalmente, incapaces de guardar secretos y de evitar soltar inconveniencias por esa boquita.
v  No interrumpir. Curiosamente, los estudios demuestran que en conversaciones hombre-mujer son ellos quienes interrumpen en mayor número a las mujeres, probablemente porque sienten inconscientemente que la autoridad tradicional les asiste para ello. Pero la fama dicta que somos nosotras las interruptoras por excelencia.
v  No discutir. Mismos principios de subordinación e invisibilidad.
v  No contestar mal. Aquí entrarían también tacos y palabrotas, mucho más reprobables socialmente tratándose de mujeres.
v  No hacer afirmaciones o negaciones tajantes, sino que conviene matizar, sugerir, proponer, indicar…
En mi opinión todo esto serviría además para explicar con bastante fundamento un fenómeno curioso que se da con cierta frecuencia en la mujer, afortunadamente cada vez menos, según avanzan los tiempos; no solo respecto a la toma de la palabra en las conversaciones sino también a su uso en la escritura. La mujer está educada para no sentirse digna de contar su historia, digna de ser escuchada por los demás, digna de exponer su pensamiento en igualdad de condiciones que el hombre.
Hace algún tiempo conocí una historia curiosa que se me quedó grabada. Trataba de un libro de reciente publicación en el momento del que hablo, que contaba la vida de una guerrillera sudamericana, cuyo nombre concreto no recuerdo. Lo que me llamó la atención sobre todas las cosas, además por supuesto de su vida y motivaciones, fue el hecho de que decía sentir gran pudor por hablar de sí misma, por convertirse en foco de atención nada menos que en un libro, como si su historia no mereciera la pena ser revelada y conocida. Si esto le pasaba a una mujer cuya vida es, como poco, sorprendente y distinta, incluso útil para conocer toda una compleja situación social y personal que se está dando con frecuencia en nuestros días, que no ocurrirá con los millones de mujeres “normales y corrientes” que pueblan el mundo. Un hombre no tendría en principio estos escrúpulos, posiblemente tuviera otras trabas u otros problemas, pero no está educado para pensar que, por su sexo, no sea digno de expresarse. Esto solo se daría en una clase o raza oprimida respecto a los otros dominantes. En el caso de la mujer sufriría un doble complejo: tanto por su situación social o cultural desfavorecida como por el simple hecho de pertenecer al género femenino.
 
En resumen, y siguiendo las palabras de un conocido lingüista, Ángel López García, “Todos los estudios sociolingüísticos llevados a cabo en distintos países del mundo en los últimos veinte años coinciden en observar que el habla de las mujeres es cualitativamente mejor que la de los hombres”. “Lo cierto es que en igualdad de condiciones de edad, clase social y nivel educativo, las mujeres tienen un vocabulario más rico, una sintaxis más completa y una pronunciación más cuidada que sus compañeros varones”.
Sin embargo concluye, a modo de conclusión: “Las mujeres hablan más y hablan mejor, si bien, hoy por hoy, tal vez escriban menos y peor”.
¿¿??
¿Cómo se entiende eso? Si estamos teórica y probadamente más dotadas para el lenguaje, al menos en la práctica, que aquí no hablamos de ventajas genéticas sino de resultados educacionales, ¿cómo es posible que a la hora de escribir lo hagamos peor? Solo puedo contestarme acudiendo a la otra parte de la proposición: escribimos menos.
Desde luego esto ha sido así hasta hace muy poco. Y es que era un desdoro y una cosa reprobable eso de que una mujer se pusiera a escribir. Como mucho, y algunas encontraron en ello su vía de escape, podía hacerlo en privado, como casi todo, por medio de cartas o diarios.
Pero ese “peor” también puede deberse, de nuevo, a que se contempla la cuestión desde parámetros masculinos.
Mi opinión personal es que, a día de hoy, la mayor parte de los hombres (y de las mujeres, porque, como veremos más adelante, los tópicos femeninos se transmiten muchas veces por vía materna) no es que sientan prejuicios directos hacia las mujeres. Es decir, no es que vayan a dejar de leer, o a juzgar peor una obra, por el hecho de que su autora sea una mujer. Es solo que, sin saberlo siquiera, están juzgando esa obra en cuestión con parámetros propios, masculinos, que son los que siempre han estado vigentes. Y la obra, simplemente, no les gusta.
Pero esa “inconsciencia” de los verdaderos motivos contribuye a perpetuar el problema, de modo que el sexismo se vuelve invisible y, al no poder ser cuestionado y enjuiciado a la luz de los últimos y más igualatorios principios, se convierte en eterno.
De ahí mi insistencia en dilucidar y sacar a la luz las diferencias entre hombres y mujeres, en los comportamientos cognitivos y sociales y, como resultado, en los estilos y formas literarios, que no en los temas o focos de interés de cada uno.



Continuará...

sábado, 15 de diciembre de 2012

LITERATURA CON ESTRÓGENOS - 3


A TONTAS Y A LOCAS

Dicen las malas lenguas que las mujeres hablamos mucho, demasiado, y que lo hacemos muy frecuentemente a tontas y a locas, sin contenido concreto y sin haber pensado antes lo que vamos a decir.

Semejante expresión: “hablar a tontas y a locas” sería impensable en su forma masculina. No existe eso de hablar “a tontos y a locos”, lo que a mi juicio no es casual, ya que expresa claramente la creencia real y firmemente instaurada de que el hombre habla y la mujer charla, es decir, dice cosas con frivolidad y sin mucho sentido.

Hoy os voy a hablar de un interesante libro que refleja esta y otras cuestiones, relacionadas con el diferente lenguaje que usamos mujeres y hombres, o más bien con los diferentes usos que hacemos de la lengua común, y los estilos comunicativos a que dan lugar.

Su título es: ASÍ HABLAN LAS MUJERES. Y su autora: Pilar García Mouton, doctora en Filología Románica, Profesora de Investigación del CSIC, Profesora titular de Dialectología y Geografía Lingüística en la Facultad de Filología de la UCM.

Dice Pilar García Mouton ya en su introducción que estamos en un mundo cambiante en el que tanto hombres como mujeres redefinen su identidad, advirtiendo que las generalizaciones inevitables a las que recurrirá no pretender tener carácter absoluto, ya que parece que el tiempo, afortunadamente, va limando en cierto modo los contornos y límites que existen entre nosotros y permite una mayor variedad dentro de los comportamientos de cada género.

Como apuntábamos en la anterior entrada, sexo y género no son exactamente lo mismo, o no tienen por qué serlo. Pero, pese a ello, las diferencias en nuestra forma de hablar existen, de forma más o menos evidente, y son el resultado de la distinta educación lingüística que solemos recibir.

Cada uno de nosotros aprende a comportarse y a hablar según unos modelos establecidos socialmente. Es lo que se llama “socialización”. Los hombres imitarán, en general y llegados a una edad, modelos masculinos y las mujeres femeninos. Y esos diferentes modelos, o roles o géneros, utilizan la lengua de diferente forma y persiguiendo diferentes objetivos.

Recurriendo a los orígenes podemos tratar de encontrar algunas explicaciones. Apunta Pilar García Mouton que, tradicionalmente, la vida de las mujeres se ha desarrollado en comunidad; en el ámbito de lo privado y entre mujeres, es verdad, pero siempre en grupo. La vida familiar y en general todas las tareas que le eran propias precisaban de la comunicación. De este modo la mujer utiliza el lenguaje con esta función, comparte ideas y opiniones y expresa su afecto y su solidaridad mediante la palabra. En cambio el hombre desarrollaba buena parte de su actividad en solitario, siembra, caza o pastoreo no requieren en principio compañía y conversación. Más recientemente, su ocio suele consistir en ver deportes, jugar a las cartas o al dominó... No ha sido “entrenado” para compartir su pensamiento, sino que está acostumbrado a hablar para dar información con fines prácticos, para decir algo concreto y hacerlo de forma escueta y sobria.

Las mujeres hablan entre ellas de sus sentimientos, los analizan y verbalizan sus problemas. Y también usan el lenguaje para apoyarse y reforzar sus lazos, de modo que es el suyo un uso mucho más cooperativo, que expresa asentimiento a menudo y estimula al otro para que hable también. Y es que una de las virtudes que desde siempre se nos han potenciado es el saber escuchar. En sociedad la mujer ideal debe estar callada y resultar casi invisible, mientras que al hombre se le permite, incluso se le incita a ser protagonista y llevar la voz cantante.

Los hombres sin embargo no hablan de sentimientos ni suelen contarse sus problemas entre ellos. Tienen más dificultad para verbalizar lo que les pasa por dentro, porque no están acostumbrados a hacerlo. Y hacen uso de la palabra con más decisión, incluso interrumpen si tienen que hacerlo más que ellas, porque en sociedad el poder tradicionalmente es suyo y se sienten respaldados y seguros.

Al tener estilos comunicativos distintos resulta bastante normal que se produzcan ciertos problemas de comprensión, ciertos desencuentros, entre ellos, ya que cada uno valora como bueno lo que le es propio.

Volviendo de nuevo al libro que nos ocupa, pondremos como ejemplo lo que dice Vicente Verdú, periodista, a este respecto, es decir, sobre la forma de hablar de las mujeres, que encuentra locuaz y detallista: “Puede sacarme de quicio esa forma de hablar de la mujer que te cuenta punto por punto “y ese dijo esto, y luego el otro dijo lo otro”, con esa poca capacidad para elevarse por encima del detalle e ir a lo importante y a la abstracción”. E insiste en que las mujeres tienen: “… una forma de hablar que podríamos llamar “muy poco periodística”. En periodismo se empieza por lo importante, por la noticia, y a continuación se da el desarrollo. Pues las mujeres lo hacen al revés: primero te cuentan el desarrollo y tienes que esperar al final para saber cuál es la noticia”.

Las afirmaciones que hace Vicente Verdú reflejan la opinión de muchos hombres. Si bien es cierto que espero no sea tan común la atribución, a mi juicio simplista, que hace del citado hecho, en concreto eso de la poca capacidad para elevarse e ir a lo abstracto. Parece claro que el señor Verdú no es muy ducho en lo que se refiere a interpretar la psicología femenina, no acierta a imaginar que si el discurso de una mujer sigue una pauta, un ritmo y unas matizaciones que a él no le gustan, no se debe a incapacidad alguna, sino que es más bien que, para nosotras, las cosas y las historias pueden no ser tan simples y tan lineales o carentes de matices como para los hombres, que tienen la costumbre por añadidura, muchas veces, de acudir a buscar el postre saltándose los preliminares, cuando nosotras lo hacemos más bien al revés.

Yo he observado estos mismos comentarios, sobre el exceso de detalle, circunstancialidad, lentitud en el arranque, demora del final y final poco llamativo…, no necesariamente planteadas como críticas, en el ámbito de la escritura. Según mi propia experiencia las críticas literarias, vertidas sobre el trabajo propio o el de otras compañeras, a menudo concuerdan en estos puntos. Y no me resulta extraño, si tengo en cuenta la forma distinta que tenemos hombres y mujeres de contar historias.

Pensemos en casos prácticos, reales, que podamos encontrar a nuestro alrededor. Una mujer le cuenta algo a un hombre, da igual si es su pareja, su amigo, hermano, compañero de trabajo… Le dice por ejemplo que su amiga, prima, etc., X está fatal. Que resulta que el otro día iba de boda. Se había vestido de tal o cual forma, había ido a la peluquería, había salido de casa temprano…

Inmediatamente, y da igual el aprecio que le tenga el hombre en cuestión, la interrumpe, con tono no exento de amabilidad, para decirle:

—Ah, sí, bueno, pero… (al grano), ¿y qué pasó?

Mientras, piensa de forma automática y casi diría que inconsciente: ¿Qué más me da a mí cómo iba vestida tu prima y si había hecho esto o aquello? De hecho, ¿qué más me da a mí lo que le haya pasado a tu prima, si la conozco muy poco?

La mujer lo intenta de nuevo. Y sigue explicando que, según llegó a la ceremonia y tal como temía, la prima X se encontró con su ex. Y pasa a contar quién es él y cómo rompieron, el tiempo que llevaban… Hasta llegar, algo después, siglos después en opinión de su interlocutor, que ya sabemos que el tiempo es relativo, a lo que quería contar, a la conclusión o el final. Tal vez que el ex iba con otra novia estupenda y que X se quería morir. O que se encontraron y él se mostró borde. O que no la miró siquiera…

¿Incapacidad de abstraer, vicio de hablar al tuntún, indefinición del final o de la estructura de lo que se quiere transmitir? Nada de eso. Tal vez para quien lo está contando es decisivo lo que hizo X antes, porque puede significar que hizo lo posible por estar más que presentable y darle en las narices a su ex, que tenía esperanzas de reconquistarlo, que por su empeño el chasco fue mayor… Qué se yo. Y el final no importa tanto, o no solo, porque aquí lo decisivo es el proceso, lo que la querida prima sintió y pensó, que puede ser tal vez lo que ella misma ha sentido y pensado alguna vez y lo que está tratando de decirle al ceporro este que no sabe escuchar “entre líneas”.

De modo que lo que puede parecer un defecto es solo otra forma de hacer las cosas. Nada más y nada menos. Pero, ¿dónde está el problema entonces?, ¿por qué la incomprensión o la opinión negativa?

El verdadero problema surge porque, desde siempre, funcionamos en esto de la escritura, como en el habla, como en el pensamiento, como en todo, con modelos, parámetros y estándares masculinos. Que son los que dictan lo que está bien y lo que es correcto.

Así que no es que yo hable distinto o escriba distinto, es que lo hago mal, o no bien del todo. No lo hago como hay que hacerlo.

Por eso para mí empezó hace ya tiempo a resultar tan importante establecer esas diferencias, que estoy convencida de que se dan entre nosotros, porque si solo son dos maneras (o mil) de abordar algo, dejará de haber bueno y malo, correcto o incorrecto. Serán solo alternativas que están al alcance de todos.
Continuará...

lunes, 3 de diciembre de 2012

EL HAMMAM

Ayer conocí los Baños Árabes que hay en Madrid, un lugar de lo más interesante que no hay que dejar pasar.
Están en la calle Atocha, junto a la plaza de Jacinto Benavente. Y junto a ellos se encuentra un restaurante de cocina andalusí, que también pertenece a la misma cadena de Hammam Al-Andalus, con otros establecimientos hermanos en Córdoba y Granada.
Desde luego, altamente recomendable.

LITERATURA CON ESTRÓGENOS 2


LITERATURA CON ESTRÓGENOS II
Continuando con el hilo de pensamiento que iniciaba en el primer capítulo, nos llega ahora el momento de establecer si hay, realmente, diferencias significativas en el comportamiento cognitivo de hombres y mujeres y, sobre todo, en su conducta comunicativa y verbal.

De nuevo tendremos que empezar por precisar de qué estamos hablando, porque lo femenino y masculino no son sino conceptos cuyo contenido depende de la cultura y la época en la que nos encontremos inmersos. Su significado cambia y se amolda con el tiempo, según sea la evolución del pensamiento colectivo.

Habrá primero también que empezar distinguiendo entre género y sexo. Distinguiremos entre el concepto “sexo”, como una característica natural o biológica de los seres humanos, del concepto género, una significación cultural que hace referencia a un conjunto de roles. Esta diferenciación va a ser muy importante para el tema que nos ocupa, porque si bien en muchos casos sexo y género irán unidos, pueden en muchos otros ser dos aspectos que funcionen por separado y, en ningún caso, el sexo será una cualidad estrictamente determinante ni explicativa del género.

Por otra parte, vamos a revisar el concepto del término “concepto”, valga la redundancia.

Del latín conceptus, el término concepto se refiere a la idea que forma el entendimiento. Se trata de un pensamiento que es expresado mediante palabras. Un concepto es, por lo tanto, una unidad cognitiva de significado. Nace como una idea abstracta (es una construcción mental) que permite comprender las experiencias surgidas a partir de la interacción con el entorno y que, finalmente, se verbaliza (se pone en palabras).

Dicho de otra manera, para que sirva más gráficamente a nuestros fines; del mismo modo que hemos elegido llamar “rojo” o “verde” o “azul” a la experiencia perceptiva producida por una determinada longitud de onda, así convenimos en llamar femenino o masculino a determinados patrones de comportamiento.

 Es importante tener en cuenta que la noción de concepto siempre aparece vinculada al contexto. La conceptualización se desarrolla con la interacción entre los sentidos, el lenguaje y los factores culturales. Conocer algo mediante la experiencia y transformar ese conocimiento en un concepto es posible por las referencias que se realizan sobre una cosa o una situación que es única e irrepetible.

En ese mismo sentido, lo femenino y lo masculino se define en cada cultura y cada época de una determinada manera. Y esto cambia, como decíamos, con el tiempo y con las evoluciones o variaciones del pensamiento colectivo.

No es igual, afortunadamente, la noción de tales temas que tenían nuestros abuelos, o en la edad media, o entre los árabes, o en Grecia y Roma…

La mayor parte de las veces adoptamos nuestros conceptos inconsciente y automáticamente, sin que pasen una criba crítica por parte de nuestra razón. Y es a veces, cuando por algún motivo nos vemos obligados a revisarlos, que nos damos cuenta por fin de ello y los reelaboramos. A veces no cambian los hechos en sí, sino el significado que les damos, lo que a su vez determina la consideración de que les hacemos objeto.

Como ejemplo simple, yo recuerdo en mi primer DNI que aún existía la categoría para el sexo Varón, en el caso de los hombres, y Hembra, en el de las mujeres. A nadie le extrañaba, hasta que empezaron a alzarse voces de protesta dándose cuenta de la discriminación que suponían los términos. Ni siquiera los roles masculino y femenino implicaban semejante disparidad, pero la palabra elegida en cada caso venía cargada de connotaciones que hacían inferior en la consideración a la mujer.

Dicho todo esto, aclararé que en todo momento en el presente artículo nos referiremos a mujeres y hombres en su aspecto conceptual de género, en una época actual y una cultura como la nuestra. Y que, obviamente, muchas de las cosas que se establezcan lo serán en un ámbito de generalidad, y que habrá excepciones que no entren en nuestrso parámetros.

Estoy leyendo el libro “Los hombres son de Marte, las mujeres son de Venus”, de John Gray, un libro que se hizo muy famoso en los años 90, del que tenía referencias, y que ahora traigo a colación como posible guión para ordenar los aspectos de los que quiero tratar. Cualquiera, por su experiencia propia, puede ver, al menos así es en mi caso, cómo de diferentes resultamos ser hombres y mujeres en muchos aspectos. Cómo se dificulta nuestro entendimiento mutuo por nuestras distintas formas de pensar, sentir y reaccionar. Los diferentes ritmos, biológicos y sociales. Los diferentes enfoques.

La tesis de este libro, orientado principalmente a la mejora de las relaciones de pareja, es que gran parte de nuestros problemas de relación se deben a que a menudo olvidamos o ignoramos las diferencias entre nosotros. Tú esperas que los hombres reaccionen como tú, y te decepcionas o enfadas cuando no sucede así. Al hombre le pasa lo mismo, no comprende por qué tu respuesta es la que es, otra por completo distinta a la que él daría según su propia psicología. Pero si comprendemos y conocemos lo que nos separa, dejaremos de hacer atribuciones incorrectas y podremos valorar las distintas formas de vivir y responder en igualdad, como algo ni mejor ni peor, tan solo distinto.

A mí no me interesa en este escrito tratar de la mejora de las relaciones hombre-mujer sino solo establecer las diferencias entre nosotros, en aspectos principalmente comunicativos y verbales.

Pero seguiré el libro en un primer momento, como ya dije con funciones de guión ordena-aspectos, para lo que me parece muy útil su enfoque.

Continuará...