viernes, 14 de febrero de 2014

VALKIRIA

Diana Muñiz




—Sistema Eos; año 345 desde la fractura; 7.00 de la mañana hora estándar. Buenos días.
            Guille llevaba un rato corriendo por la bodega de carga; le gustaba hacer ejercicio antes de que el resto se despertara. Normalmente Riordan le acompañaba, pero hoy no había sido así.
            —Buenos días, Guillermo. El sol está en ángulo de incidencia óptimo, deberías ir a la cubierta solar.
            —Hola Val, un par de vueltas más e iré para allí. No te preocupes.
***
            —Sistema Eos; año 345 desde la fractura; 7.10 de la mañana hora estándar. Buenos días.
            —Dile que se calle —masculló Julio—. Soy el capitán, seguro que puedo dormir un par de minutos más.
            El brazo de su esposa se deslizó por encima de su pecho, ella se incorporó y le besó con ternura. Julio sonrió.
            —Estos buenos días me gustan más —dijo devolviendo los besos.
            —Capitán Santacana, el sol está en ángulo de incidencia óptimo, se recomienda su presencia en la cubierta solar.
            —Deberías ir —dijo Oma—, como tu médico no puedo permitir que sufras desnutrición.
            —No quiero ir, quiero quedarme contigo. —Acompañó sus palabras con un ronroneo quedo.
            —Debo insistir, capitán.
            —Anda, nos vemos en el desayuno —dijo Oma empujándolo cariñosamente fuera de la cama—.Val, ya va para allí.
            —Gracias, Doctora  Oma.
***
            —Sistema Eos; año 345 desde la fractura; 7.15 de la mañana hora estándar. Buenos días.
            Marcos estaba levantado desde el primer aviso de Val, pero no le apetecía ir a la cubierta solar. Como su oronda silueta manifestaba, él prefería un desayuno más tradicional. Los rayos solares serían muy nutritivos, pero no sabían a nada.
            —Marcos, el sol está en el ángulo de incidencia…
        —¡Me importa una mierda de yugul el ángulo de incidencia! —rugió interrumpiendo abruptamente el mensaje de Val—. Voy a comer.
            —Marcos, los recursos de la nave son limitados y es conveniente no malgastarlos. Debo insistir en que vayas a la cubierta solar.
            —Oh, vamos, llevo tres días sin probar nada sólido. No pasará nada si como por una vez.
            —Puede que la Doctora Oma y Riordan no compartan su opinión. Ellos carecen de dermis simbiótica.
            —Lo sé, lo sé —dijo. Ya era muy viejo para discutir por galletas secas—ahora muevo mi culo verde, nave pesada.
***
            Riordan se agitó en la cama: había oído los avisos de Val, al menos los colectivos. Nunca había saludos personalizados para él y tampoco los necesitaba. Tenía que abrir los ojos, pero aquella mañana era inusitadamente difícil. Quizás pudiera dormir un rato más… ya se comería Marcos su desayuno.
***
            —Me abuuuuuurro —canturreó Guille. Fotosíntesis: la mejor forma de ahorrar en alimentos.  O al menos, eso fue lo que pensaron los que decidieron implantar la dermis simbiótica en casi toda la especie. Los “humanos fotosintéticos”, eran la raza de humanos más numerosa surgida tras la revolución genética. Ellos pertenecían al grupo de los “verdes”, por el color de sus trebuxioides[1] simbiontes.
            Al principio era relajante tenderse desnudo sobre la alfombra de césped mientras el sol activaba sus cuerpos. Podía notar como cada una de sus pequeñas algas simbiontes despertaba y latía llena de vida. Los primeros minutos eran como un cosquilleo de actividad vibrante, pero llevaba casi una hora y empezaba a resultar irritante.
            —¿Cuándo podremos volver a comer algo sólido? —gruñó Marcos.
            —Ya os lo he dicho —dijo Julio pacientemente—, en cuanto entreguemos el cargamento entrará dinero y podremos abastecernos como es debido.
            —¿Y luego? —preguntó Guille preocupado—. Cuando nazca el niño aún comeremos menos.
            —Luego encontraremos otro encargo, nadie dijo que sería fácil. Nadie da nada gratis.
            —Si funcionara el maldito cultivador hidropónico podríamos comer todos.
            —Lo sé, Marcos, pero si no hay dinero para comprar comida menos todavía para arreglar esa máquina vieja; ya no hacen robots como los de antes.
            —Podríamos… —empezó a decir el joven, pero se arrepintió antes de continuar.
            —Capitán Santacana, en Sparta hay varias ofertas de trabajo para transportistas.
            —No podemos ir a Sparta, Val, ya lo sabes —dijo Julio. No era la primera vez que tenían esa discusión—, preferiría que no volvieras a sacar el tema.
            —Mis disculpas, capitán.
            Guille suspiró, era consciente de que no podían ir a Sparta, ya era peligrosa antes del golpe de estado —un eufemismo para describir la completa aniquilación del anterior clan gobernante—. Los leónidas nunca habían sido muy sociables pero su planeta era uno de los más ricos del sistema.
            Cuando era joven, su padre viajaba a menudo allí, era de los pocos que se atrevía a ello. Eso fue antes del cambio de gobierno. La política en Sparta era un tema delicado: clanes familiares que se repartían el poder en oscuras alianzas que gestaban traiciones que acaban en matanzas. Como la que sucedió aquella noche: la masacre indiscriminada de todos los varones del entonces clan gobernante. De todos, sin importar que fueran bebés de pecho. Al menos, eso intentaron. Cuando su padre se encontró a un chiquillo leónida, cubierto de sangre en una de las cubiertas de carga de la Valkiria, no habría imaginado que con ello se cerraría la puerta del planeta para siempre. Sólo tenía doce años en ese momento —Guille recordaba perfectamente a ese niño asustado—, pero ya era considerado una amenaza para el clan rival; una amenaza que no podía seguir viva.
            Así eran los leónidas,  más fuertes, más valientes, más animales que ninguna de  las otras razas que nacieron tras la revolución genética. En teoría, fueron diseñados como soldados primero, como mineros después, aunque no duraron mucho esclavizados. Prueba a esclavizar a perros rabiosos; por mucho que les golpees, a la que te descuidas te arrancan el cuello. Y eso que les pusieron correas, o al menos lo intentaron.
***
            Oma diluyó los sobres de nutrientes minerales en la jarra de agua. Arrugó la nariz ante el fuerte olor que desprendía el producto; en algunas ocasiones, tener los sentidos más desarrollados podía ser una auténtica maldición y cada vez que tenía que preparar el desayuno para su marido y su familia pensaba en ello. No en vano era de la raza óptima, una “ojos saltones” como la llamaba Marcos, haciendo referencia a sus ojos desproporcionadamente grandes. «Son para verte mejor», respondía ella cuando tenía ganas de seguir la broma. Luego continuaba con las orejas; con los dientes no, no hacía falta.
La segunda parte del desayuno era más sencilla y bastante menos desagradable: un paquete de galletas deshidratadas, leche de yugul, cereales en polvo y complementos vitamínicos, todo lo que necesitaba un humano no fotosintético para sobrevivir. «Sí, para sobrevivir, pero no estaría de más comer algo con sabor para variar.»
El desayuno estaba listo, ahora sólo faltaban los comensales, su pequeña familia, que pronto se haría más grande, pensó con ternura pasándose la mano por el abultado vientre. Uno más... Si se lo hubieran dicho en aquel momento les hubiera tachado de idiotas.
Habían pasado diez largos años desde que Oma llegara a la Valkiria. La normativa estelar exigía que por cada nave tripulada hubiera un personal médico cualificado. En aquel momento era joven, inexperta y muy osada, se había apuntado en la bolsa interplanetaria desoyendo los consejos de sus padres. No se arrepintió. Puede que las cosas fueran difíciles y que por un mordisco de fruta fresca diera cualquier cosa, pero en la Valkiria había encontrado lo que nunca hubiera hallado en Óptima: una familia, el amor…
Nada, había pasado un cuarto de hora y aún no había aparecido nadie. Entendía que la parte fotosintética de la familia —su marido, su cuñado y el tío de ambos— no hubieran aparecido aún. A su manera, ya estaban desayunando en la cubierta solar, pero Riordan ya tendría que estar allí.
—Val, ¿has avisado a Riordan?
—Afirmativo, Doctora Oma. Riordan recibió avisos a las 7.00, 7.10 y 7.20, ¿debo insistir?
—No —dijo Oma negando con la cabeza—. Val, estoy preocupada, iré yo misma a buscarle. Normalmente es el más madrugador, puede que esté enfermo.
—Sus constantes vitales parecen estables.
—Que no se esté muriendo no significa que esté bien. Verifica la señal del brazalete. —No quería decirlo, ni siquiera pensarlo, pero tener un leónida en la nave era como tener una bomba de relojería a punto de estallar.
            Toda la fuerza y la agresividad de los leónidas venía dada por la liberación de spartina: una variación de la testosterona que actuaba como la adrenalina, secretándose en situaciones de estrés, transformando al leónida en un auténtico hombre bestia. Para evitar su secreción y los problemas que conllevaba, todos los leónidas interplanetarios estaban obligados a portar un dispositivo inhibidor, un brazalete que regulaba la síntesis de la problemática hormona. Riordan lo llevaba desde los catorce años, nunca habían tenido problemas respecto a eso, pero siempre había una primera vez para todo.
—Los niveles hormonales están dentro de los niveles óptimos: tres puntos por debajo de los niveles leónidas estándar. No se detectan disfunciones en el dispositivo.
—Bien, bien —dijo suspirando aliviada—, voy a buscarle de todas formas.
Riordan no se perdía nunca el desayuno; no es que le emocionara la leche de yugul ni las galletas secas, pero sabía a ciencia cierta que disfrutaba restregando el alimento sólido ante las narices de Marcos. Por mucho que se quejaran de lo soso que era su desayuno, los rayos de Eos eran todavía más sosos.
***
            —Riordan, se solicita su presencia en el comedor.
            —¿Val? —se sorprendió—. ¿Ahora me despiertas a mí?           
            —La doctora Oma está preocupada por usted. Debería personarse en el comedor.
            —Oma… —Quizás debiera decirle que le examinara, no se encontraba muy bien y le costaba articular las palabras—. Ahora… —Intentó levantarse, al segundo intento consiguió incorporarse—, ahora voy.
Llegó tambaleándose a la puerta, al abrirla se dio de bruces con Oma y casi cayó al suelo.
—¡Riordan!
—Estoy bien, estoy bien —dijo el joven leónida—. Me duele la cabeza, nada más.
—Te haré un reconocimiento —dijo la doctora ayudándole a ponerse en pie—. ¿A qué huele aquí?
—Yo no huelo nada —dijo encogiéndose de hombros—. Soy consciente de que necesito una ducha, si te refieres a eso.
—No te lo voy a negar —dijo Oma con una sonrisa—, pero no, no es eso. No consigo ubicarlo… Nada —arrugó la nariz y chasqueó la lengua—. Saldrá cuando no le dé más vueltas. ¡Val! Haz un análisis de substancias en la habitación de Riordan, avísame de cualquier anomalía.
—Entendido, Doctora Oma, análisis comenzado. Tiempo estimado 20 minutos.
***
         —Análisis completado. No se han detectado substancias extrañas. ¿Desea más detalles?
—No importa, Val, gracias.
Riordan entornó los ojos, las luces le molestaban. Los leónidas como él tenían la visión adaptada a la oscuridad. La luz mortecina de la Valkiria no solía molestarle pero la iluminación de la enfermería era diferente. Enormes plafones de luz blanca resaltaban las superficies inmaculadas. Oma también vestía de blanco, los pliegues de su vestido disimulaban su abultado vientre. Le enfocó con una linterna y le cegó.
—Sé que es muy molesto pero tienes que aguantar un poquito —dijo. Su aliento olía a frutas aunque llevara meses sin probarlas. ¿Cómo lo haría? Oma siempre olía bien.
—Ilumíname, mami —dijo con sorna, todos conocían y habían sufrido el carácter matriarcal de la doctora, especialmente los miembros más jóvenes de la tripulación. Puede que alguna vez dejara de tratarlo como si aún tuviera doce años, pero una parte de él temía el día en el que eso sucediera.
—Las pupilas están reactivas, un poco lentas pero veo que hoy todo tú vas poco a poco —Oma cogió un capilar cuadrado y se lo clavó en el dedo. Riordan se apartó en un acto reflejo, ella sonrió y recuperó su mano. Utilizó el capilar para recoger la gota de sangre que manaba del índice—. Val, analiza la muestra. Niveles hormonales incluidos.
            La doctora introdujo en una rendija de la consola la pequeña pieza cuadrada, cargada con la sangre de Riordan.
Muy bien, Doctora Oma. Iniciando análisis…
—¿Niveles hormonales? ¡No me he quitado el brazalete! —protestó Riordan ofendido, ¿acaso no confiaban en él?—. ¿Crees que es un problema de hormonas?
—El metabolismo de los leónidas es muy complejo —se explicó Oma—, no podemos saber hasta qué punto te afectan las limitaciones del brazalete. Lo natural sería que tu cuerpo segregara spartina, pero al no hacerlo puede que algunas de sus funciones se vean afectadas.
—Pensaba que eso estaba controlado.
—Y lo está, pero  no podemos estar cien por cien seguros, así que es mejor no correr riesgos.
Análisis terminado. Se detectan ligeras deficiencias en los niveles de hierro en sangre y residuos del metabolismo del alcohol. Nada más fuera de los parámetros normales. ¿Desea más detalles?
—¿Alcohol? —repitió Oma frunciendo el ceño. Antes de que Riordan pudiera explicarse, recibió una colleja.
—¡Au! —protestó.
—¿Alcohol? ¡Riordan, lo que  tienes es una resaca!
—No bebimos tanto… —se defendió el leónida.
—¿Cuánto no es tanto para ti?
—Sólo una botella de kido entre los dos, de verdad, nada más; he bebido mucho más sin tener nada de resaca. ¡Ni siquiera se me subió a la cabeza, Oma!
—Tienes una ligera anemia —dijo la óptima con voz gélida—. Complementos de hierro y nada de alcohol. Come algo. 
—Oma, de verdad que no puede ser eso —insistió Riordan.
—Vete a desayunar.
***
            Las galletas flotaron en la superficie antes de sumergirse en el líquido rosado. No tenía hambre y la cabeza le dolía como si un rebaño de yuguls le hubiera pasado por encima. Y para colmo tenían que aguantar las broncas de Julio. Apartó lentamente el tazón: con suerte se lo comería Marcos.
—No lo entiendo —confesó el capitán—, ¿tiene una resaca y la solución es comer más?
—No es por la resaca, es por la anemia —explicó Oma, volviendo a colocar el tazón de Riordan delante suyo—. Come —insistió. Riordan ocultó la cabeza entre los brazos.
—¿Una resaca? —El tono de Guille no dejaba lugar a dudas, alguien se lo estaba pasando muy bien a su costa—. ¡Por una botella! Tío, esa pulsera te está volviendo una niña.
—Vete a la mierda —murmuró con voz pastosa.
—¿Cuánto más tendrá que comer? —preguntó Julio frunciendo el ceño.
—No es tanto la cantidad como el tipo —explicó Oma—, necesitamos alimentos ricos en hierro. Los leónidas tienen una dieta muy rica en carne…
—¡Carne! —exclamó Julio— ¿Y de dónde vamos a sacar carne? ¿Y cómo vamos a pagarla?
            —No necesit…
            —¡Tú te callas! —exclamaron al unísono Julio y Oma. Riordan suspiró y agarró la cuchara llevándose una buena cantidad de papilla de galleta y leche de yugul. 
            —No necesita carne —continuó Oma—, tenemos los complementos de hierro que compramos en Galileo.
            —Esos complementos eran para ti y el niño —observó su marido con tristeza.
            Oma sonrió restándole importancia al asunto.
            —No te preocupes, cuando lleguemos a puerto compraremos más— dijo dándole un beso en la mejilla antes de salir por la puerta.
—Claro, compraremos más —murmuró en voz baja—, como si fuera fácil. ¡Riordan! —añadió con sequedad. El muchacho dio un respingo—, espero que la resaca no te impida hacer tus tareas.
—¿Tareas? —repitió Riordan detectando algo sospechoso en el tono de voz.
—Marcos —dijo con una sonrisa maquiavélica—, ¿recuerdas el drenaje que se había atascado?
—¿La bomba de residuos orgánicos? Sí, deberíamos haberla arreglado en la última estación —explicó el orondo mecánico mirando de reojo al joven leónida—, se necesita a alguien joven y fuerte para descolgarse por los conductos verticales. Alguien a quien no le importe mancharse de mierda.
Riordan puso los ojos en blanco y agachó la cabeza.
—¿Qué dices? ¿Que te ofreces voluntario? —exclamó Julio dando un teatral aplauso—. ¡Gracias, Riordan! ¡Qué amable por tu parte! Cuando acabe con eso busca algo más, no queremos que se aburra —dijo, dando una palmada en el hombro del mecánico—. Si me necesitáis estaré en el puente, discutiendo con Val sobre qué puerto planetario es el que nos ofrece más oportunidades cuando tengamos que vender nuestro amor.
—Vadder —dijo Guille.
—Xenna —replicó Riordan.
—Estúpidos mozalbetes —rugió Marcos—, si tuvierais un poco de cultura sabríais que el puerto más adecuado es Caribdis.
Negativo —dijo la mecánica voz de Val hablando por primera vez—, según mis cálculos, tanto en Caribdis como en Vadder y Xenna, hay demasiada oferta, sería más aconsejable un término medio entre una zona con poca oferta pero una gran demanda potencial. Las lunas de Origen sería la elección más acertada para establecer un negocio de intercambio sexual.
Los tres empezaron a reír a carcajadas. Riordan se contuvo, la risa hacía que su dolor de cabeza se acentuara. Pero no dejaba de tener gracia: en Origen estaban los poderosos y xenófobos hombres auténticos, vestigios endogámicos de lo que era el ser humano típico. Nunca se mezclarían con las razas inferiores.
—¿Te imaginas a las estrechas princesitas de Origen peleándose por nuestros verdes culos? Tú lo tendrías más fácil, leoncito, te quitas la pulserita y las tendrás haciendo cola —dijo Marcos haciendo referencia al conocido efecto atrayente de la spartina, muy similar al de las feromonas animales.
—Ya la hacen con ella puesta, gracias. —replicó el joven engullendo su desayuno.
—Puede, pero dudo que tengas el mismo éxito después de que acabes tus tareas de hoy.
***
            Cuando estás atacado por el dolor de cabeza más grande que te puedas imaginar, colgado en el vacío a veinte metros de altura, mareado por los efluvios de un montón de materia orgánica en descomposición y sujetado por un estrecho cable de acero que parece haber vivido tiempos mejores, piensas que las cosas no pueden ser peores.
Desgraciadamente, el universo se empeña en demostrar lo equivocado que estás.
—Está bien, Marcos, creo que ya estoy donde se supone que debo estar y no veo nada.
¿No eres tú el que tiene supervisión nocturna? —se burló la voz del mecánico desde el comunicador.
—Ja y ja. Me refiero a que no veo la avería, Marcos, no a que no vea. ¿Dónde se supone que tiene que estar el problema?
—Si lo supiera estaría arreglado.
—Sí, ya. No te ofendas, Marcos, pero no te imagino aquí colgado.
—No, pero si lo hubiera sabido te habría hecho bajar mucho antes.
Touché —admitió Riordan con una sonrisa.
Céntrate, cachorro, fíjate en la luz de los controles: tiene que haber una roja y una verde parpadeante.
—Una roja, una verde parpadeante y una palanca. —dijo Riordan describiendo lo que tenía ante él—. Ya lo tengo. ¿Ahora?
Baja la palanca y espera a que la verde deje de parpadear, se debería encender una luz naranja. Eso indica que se ha bloqueado el sistema y ya puedes hacer las reparaciones en el drenaje.
—Ya está.
—¿La luz ha cambiado de color?
—Sí —replicó impaciente— ¿ahora qué?
Ahora es cuando te descuelgas hasta el fondo, localizas el drenaje atascado y lo desatascas.
—Joder —masculló mirando el fondo. La sustancia oscura formaba remolinos y emanaba efluvios pestilentes. Respiró hondo y se arrepintió de haberlo hecho—. Mierda, Marcos. Me estoy mareando.
—Mierda, Leoncio, mierda: has dado en el clavo. Deja de quejarte, cuanto antes acabes antes subirás. Así aprenderás a no abusar del kido.
«No abusé del kido,» pero no tenía sentido seguir discutiendo el mismo tema una vez tras otra. Si Oma decía que era por la anemia, pues eso sería.
El líquido viscoso le llegaba por las caderas, el cable agarrado a su cintura tiraba de él y le dificultaba el movimiento que, de por sí, ya era bastante complicado.
***
—No puedo pagarte más, Julio —dijo la oscura belleza de color turquesa que mostraba el monitor. Su contacto en la sociedad de transportistas pertenecía a la rara clase de los “azules”, humanos fotosintéticos como él mismo pero con una variedad de Nostoc[2] como simbionte —.Y siento decirte que no tengo grandes ofertas.
                                                                                                         
            Julio ya se esperaba esa respuesta pero todavía conservaba la esperanza de encontrar un buen trabajo bien pagado, pero con la crisis económica, los transportistas se habían multiplicado. Cualquiera que tuviera una pequeña nave se ofrecía como tal y la competencia hacía difícil mantener las tarifas.
            —¿Y qué es lo que nos queda, Brunilda?
            —Sparta —dijo la mujer—, sé que no quieres ir, pero escúchame primero: ha cambiado, es diferente, el nuevo gobierno asegura la paz en la estación y promueve el comercio. Todas las naves que atracan allí tienen escolta contra el pillaje…
            —Brunilda —la interrumpió Julio—, no puedo ir a Sparta.
            Brunilda frunció el ceño pero no siguió insistiendo. Consultó su pequeña agenda electrónica.
            —Tengo algo que te podría gustar —dijo agitando la cabeza poco conforme con la decisión del capitán—. Pero es una mierda. Transporte de animales, un par de bestias malolientes pero inofensivas.
            —Si está bien pagado, me vale.
            —Está adecuadamente pagado, no es una ganga.
            —Sí, sí, sí, me lo imagino. Dame los datos.
            —Es una mierda de encargo, esos bichos cagan cuatro veces al día y apestan.
            —No pasa nada—contestó Julio con una amplia sonrisa—, tengo un voluntario para ocuparse de ellos.
***

CONTINUARÁ.......................................................................................................................



[1] Trebouxia (división Chlorophyta) Género de algas unicelulares, verdes, no móviles, comunes en simbiosis liquénicas.
[2] Nostoc (división Cyanophyta). Género de algas filamentosas, de agua dulce. Es común su participación en simbiosis liquénicas y con plantas superiores.

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