viernes, 14 de marzo de 2014

Danan el solitario

Beatriz T. Sánchez
El viento helaba los huesos, silbaba contra las rocas, arrastraba arena y briznas y con algún repentino brote de furor tras un momento de calma parecía reafirmar la idea de que no iba a cesar jamás. Era lo peor. Por su insistencia, semejante molestia superaba incluso a la causada por el frío y el lejano bramar del mar. Y él estaba allí, el único que todavía se mantenía en pie frente a la mole pétrea e inexpugnable. Todos sus compañeros estaban someramente enterrados bajo la dura tierra invernal. La bruma cubría la costa y él se sentía igual de endurecido y helado, tal vez incluso más.
       Era el último, su nombre era desde aquel mismo instante Danan el Solitario. Los secretos de la Hermandad morirían con él. Pero antes, cumplirían la misión encomendada. Nunca habían fracasado y no sería ahora la primera vez que tal cosa ocurriese. Ya no le importaba que su gran secreto saliese a la luz. Sí, estaban en contacto con los espíritus, su fuerza era de semidioses, como tales eran tratados. Esa era la recompensa por no pertenecer del todo al mundo terreno. Así había sido hasta unos pocos años atrás. Les temían pero también les respetaban. Los mejores lugares en los banquetes les estaban siempre reservados y cuando los oían hablar entre sí en su idioma gremial, las miradas seguían mostrando respeto, pues era el lenguaje de los dioses. Pero todo había cambiado con la llegada de los monjes de negro. Sus palabras y su fervor habían logrado que la gente diese la espalda a los antiguos ritos y a los bosques. Los viejos cánticos dejaron de escucharse y las fiestas de celebrarse. Todos se postraban ya ante un único dios, un predicador conscientemente sacrificado colgando de una cruz. El pueblo no se reunía bajo los robles sino en las iglesias construidas con su madera. Las oraciones sonaban ahora diferentes y ellos, por tanto, ya no eran los protegidos de los dioses sino los del diablo, el repugnante antagonista del nuevo dios, que afirmaban los conversos más fervientes era quien realmente se escondía bajo la veneración que sus padres daban a los espíritus de la naturaleza. Así pues, el respeto había desaparecido y solo había quedado el temor; para los pocos que desde entonces lo habían oído, su idioma era una jerga diabólica.
         Los guerreros de la runa amarilla vagaban desde hacía un tiempo como proscritos, enrolándose como mercenarios entre las huestes de jefezuelos que luchaban por menudencias, lamentando la pérdida de los días de antaño, cuando lideraban los ejércitos de grandes reyes portadores de doradas cotas de malla. Los guerreros de la runa amarilla continuaban siempre armados, siempre alerta, todos iguales, hombro con hombro. Solo ellos sentían júbilo donde los otros hombres empezaban a temblar. Tal vez por eso el viejo los hizo llamar. Él no se pronunciaba al respecto, pero al contrario que la mayoría de sus súbditos, todavía creía en lo antiguo. Danan le había visto ofrecer su copa al sol naciente un par de veces. La Hermandad aún tenía un cierto valor para él, apreciaba su fuerza y lealtad inquebrantables. Y a lo menos sabía que no eran los posesos sedientos de sangre que los monjes de negro querían hacer creer que eran. Solo actuaban como debían hacerlo, sujetos a un compromiso ineludible.
       Volvió a observar la terca fortaleza y apretó los dientes. En algún rincón bien protegido, el hijo más joven del rey yacía con su madrastra. La causa era muy humana, pero ellos acabarían como héroes o al menos de un modo que antaño se consideraría heroico. El viejo quería venganza, limpiar con sangre su honor mancillado. Así sería. ¿Para qué esperar más? Casi nadie lo recordaría probablemente, pero, para su desgracia, iban a saber porque muchos procuraban cortarles los pies o romperles los tobillos a los cadáveres de los miembros de la Hermandad de los guerreros de la runa amarilla.

El muchacho era listo, conocía bien aquella atalaya de vigilancia llena de vituallas. Pero el mar le había jugado una mala pasada. Un temporal había empujado las olas feroces  entre las rocas más de lo habitual, destruyendo el embarcadero. Cuando llegó tras raptar, con su consentimiento, bien es cierto, a la nueva esposa de su padre el rey, no hallaron los fugitivos el navío que esperaban. No tuvieron más remedio que atrincherarse y resistir al puñado de guerreros enviados para acabar con ellos. Incluso ella debía morir, aunque hubiese sido dada como prenda de paz. Eran las órdenes y ellos siempre obedecían. Danan desenvainó su espada. ¿Quién sedujo a quién?, pensó. Probablemente el afecto fue mutuo y pronto creció hasta convertirse en un fuego irresistible. Y luego la extrema juventud puso el resto para obnubilarles la cordura y en vez de ocultarse, gritarlo a los cuatro vientos con un acto tan descabellado. Los guerreros de la runa amarilla habían caído tan bajo… morir por un par de niños enamorados. Le pareció oír la risa maliciosa de los dioses y lanzó algunos tajos retadores al aire aullador ¿Qué era, sino, el tintineo musical que por un instante sus oídos llegaron a percibir? Los inmortales eran tan imprevisibles... y el nudo entramado con ellos, heredado hasta que pereciese el último de su especie...
         Hacía mucho, mucho tiempo, Dargir el Tuerto buscó el modo de pactar con la Fuerza y la Guerra y a todo el que así se lo manifestó, lo guio y enseñó después por el camino de la difícil y dura iniciación. El que lo soportaba, el que sobrevivía, pasaba a formar parte definitiva de la Hermandad, un guerrero de la runa amarilla. Ese era el símbolo poderoso que llevaban grabado a cuchillo en la frente, marca abierta varias veces tras dejarla cicatrizar y cuyas líneas lívidas eran pintadas de ese color cuando se encontraban en campaña. Tal distintivo acompañaba  a la trenza larga hasta las rodillas que siempre lucían. Recordar el dolor del marcado le enardeció.
         En lo alto de la amurallada fachada, los vigías le observaban desde los parapetos del camino de ronda. Danan sonrió para sí, seguro que no entendían porque se había adelantado, solo y sin protección en la amplia explanada. El viento hacía bambolearse a su espalda la larguísima trenza rojiza y el trozo destrozado que había sido su capa de viaje. No quedaba ninguno más, solo él se interponía entre ellos y la huida. Vio como cuchicheaban y uno desaparecía escaleras abajo. Como se esperaba, regresó acompañado de un arquero. El viento se retorció intentando zarandearle pero su cuerpo poderoso no se movió, solo los ojos escocidos tuvieron que entrecerrarse ante la repentina ráfaga. Nunca había visto unos arqueros con mejor puntería. En cuatro días los habían masacrado y ellos, impotentes, no habían podido ni tocarles, como lobos alrededor de un redil bien construido. Salían del fondo de la loma para ir a morir en su cima coronada por aquel peñasco artificial. Los guerreros de la runa amarilla solo sabían luchar en campo abierto, cuerpo a cuerpo, y era la primera vez que asistían a un asedio.
        Muy lentamente, Danan elevó los brazos y comenzó a murmurar los nombres de los espíritus a invocar, cuidando en pronunciar cada sílaba con el tono exacto que debía tener para llegar a sus invisibles dominios; el menor fallo sería fatal, así que puso todos los sentidos en lo que estaba haciendo. Tenía que atraer a las Furias. Sus labios entonaban la plegaria de ayuda y los ojos cerrados, ensombrecidos por el entrecejo fruncido, contribuían con la momentánea ceguera en la necesaria concentración del ritual. El mundo se desvaneció brevemente para él. Luego clavó la espada profundamente en la tierra y gritó con todas sus fuerzas para despertar a sus hermanos caídos. El arquero ya le apuntaba y como él esperaba, y deseaba, disparó. Solían alcanzar en el cuello, pero Danan sabía que los espíritus desviarían la flecha si así era, pues la herida debía producirse en un punto no vital en principio. El agudo metal se hundió en el brazo izquierdo, cerca  del hombro. Un chorro de sangre saltó antes de él romper el astil de la flecha y taponar la herida con un jirón arrancado a la capa. Cayó de rodillas, viendo como el líquido ofrendado era absorbido por la tierra encantada. Miró atrás, abajo, al inicio de la suave cuesta, no muy lejos de los restos de la fogata y las tiendas del precario campamento, veinte montículos hechos de terrones saltaban por los aires empujados fieramente desde abajo. Ahora empezaba la cuenta atrás, todo duraría tanto como sangre donase su cuerpo. Los guerreros caídos podían andar, pues, sin duda, nadie había profanado sus tumbas para evitar tal eventualidad. Antaño, algunos sacerdotes que conocían las palabras no habían dudado en sacrificarse y despertar algún guerrero, o varios, para emplearlo como instrumento de venganza.
       Se levantó con ira mal contenida, solo un súbito espasmo, tenía que mantener la mente serena, y desclavó la espada para señalar con ella el objetivo. Los muertos corrieron a su lado desenvainando las suyas. Danan les miró, pálidos como si se hubiesen revolcado en harina, las venas azuladas visibles bajo la piel traslúcida, los ojos hundidos y rodeados por las hirsutas barbas, los labios negruzcos. Contempló los orificios de entrada y salida en la mayoría de los cuellos y a Gunnar con la cuenca vacía, pues el flechazo le había alcanzado en el ojo derecho, desprendiendo tierra humedecida de fluidos sobre la fláccida mejilla. Inspiró profundamente; era evidente, solo eran carcasas, sus amigos y hermanos no estaban allí. Pero a pesar de ello, sus rostros hoscos le estaban mirando. Todos eran hombres maduros, la última iniciación se había realizado quince años atrás. El mundo ya no les quería. Aunque ni en sus mejores tiempos habían pasado de cien. Un centenar de guerreros férreos que abatían ellos solos a miles. ¿Iban los veinte últimos a perecer contra una reducida escolta que apenas les sobrepasaba en número?. En voz alta, les instó a terminar lo que habían  venido a hacer allí.
       Gunnar y Balder se adelantaron y con agilidad propia de arañas comenzaron a escalar la pared aprovechando cada resquicio entre los bloques de piedra. Arriba, guardias y arqueros se removían confusos. Finalmente, empezaron a dispararles, pero todas las flechas se clavaban en los escudos que se habían colocado a la espalda. La fuerza y destreza mostrada en la ascensión dejaron a Danan perplejo. Balder era el más joven de todos, su trenza se había deshecho y la melena dorada flotaba al viento. Se oyó un grito. Aún no habían llegado a la cima del todo pero los vigías empezaban a distinguir sus terribles semblantes y sus ojos carentes de brillo. Había sido un grito de miedo. Con un enorme acerico incrustado en los dorsos, se enderezaron y saltaron al camino de ronda. Danan sintió el runrún de carreras y voces dando órdenes o llamando, seguido del entrechocar de aceros y gritos, cada vez más golpes y más gritos. Algo voló por los aires y cayó cerca de ellos, era un brazo tronchado a la altura del codo, con su trozo de manga, el borde sanguinolento con un colgajo de piel sobresaliendo y con los dedos todavía intentando apretar la espada que, al irse relajando los nervios, acabó resbalando de su floja sujeción.
         Detrás de él, sus silenciosos y fríos compañeros cerraron filas. Delante, el gran portal, apenas mellado por sus hachazos, comenzó a abrirse. Gunnar empujaba una hoja y Balder la otra, hasta dejar el espacio suficiente para que ellos entrasen raudos. Apenas pisar las losas del patio en torno al que se articulaba la pequeña fortaleza, los guerreros muertos se desparramaron hacia corredores, puertas y escaleras, cercenando las cabezas o brazos de todo aquel que se interponía en su camino. Danan corrió hacia la torre del fondo, con sus cimientos descansando al borde mismo del acantilado, donde seguramente se encontrarían las habitaciones palaciegas. El trapo estaba embebido en sangre y lo sustituyó por otro trozo. ¿Cuánto tiempo había pasado? Lo mismo lo que dura un pestañeo que todo un siglo, no lo sabía.
       Dejaba atrás la creciente conmoción; los vivos, llenos de espanto, trataban de detener inútilmente a unos adversarios imposibles e inmunes a cualquier daño. No albergaban piedad alguna los corazones en proceso de putrefacción. El viento se inflamó con los choques de las espadas y el siseo de los cuchillos, pero la sangre roja y tibia corría en mucha mayor cantidad que la fría y negra. Podía alguno de los desdichados echarse a correr, que su adversario cadavérico lo perseguía infatigable hasta darle alcance o acorralarlo y arrancarle brutalmente la vida. Incluso el aire salitroso parecía haberse enrarecido con extrañas presencias, con rostros entrevistos de inhumana perfección y frialdad, que buscaban ser salpicados con la sangre que hacían correr sus protegidos; y las víctimas se hundían en el pozo de la muerte observando tras la espalda de su verdugo un bello y neblinoso rostro burlón, que antes se había regocijado al ver como las uñas medio sueltas se quedaban clavadas en la carne blanda de una cara horrorizada por el contacto numinoso de la mano abierta y crispada, aprisionándola antes de empujarla hacia atrás para exponer mejor el cuello al filo del arma.
         Corriendo por los pasillos, a Danan le pareció oír llorar a un niño. Se detuvo e intentó escuchar por encima del rumor marino. Siguió hasta la puerta más cercana y la empujó, estaba abierta. Daba a una amplia estancia, cálida y acogedora, pues la chimenea estaba encendida. En el lecho central, sentada en el borde sobre mantas y pieles, la reina; una bonita niña de dieciséis años, con  una larga melena rubia y ojos claros y tristes, vestida con una túnica verde y una diadema de plata. Miró a su izquierda, tras una arcada baja, se recortaban varias figuras en la penumbra con los rostros asustados de varias mujeres y niños, una anciana… las familias de los guardias de la atalaya. Se apartó velozmente al sentir la llegada de otro. El joven cachorro entraba espada en mano dispuesto a todo. Conocía de sobra aquella expresión. Un príncipe que nunca cumpliría veinte años, le dejaría morir con la idea de que había hecho todo lo humanamente posible, simulando que aún tenía que defenderse de él un hombre que, ahora mismo, de un solo tajo, podría partirle en dos. Detuvo su golpe mientras le oía gritar:
         —Malditos demonios, malditos, malditos.
        Sus hermanos fueron apareciendo en el hueco de la puerta abierta. Los filos de sus espadas goteaban y sus túnicas, cotas y polainas también estaban tintos de sangre fresca. Las marcas medio desteñidas aportaban algo de color a sus rostros níveos. Los lloros de las mujeres y niños aumentaron. Sobre la tarima central, en el lecho, también la reina empezó a lloriquear. Danan ya no sentía ni las manos ni los pies, un frío gélido llenaba cada uno de sus poros. Aquel reguero rojo que se veía en el suelo procedía de su herida. Ya no quedaba demasiado tiempo.
       Los muertos vivientes entraron e hicieron amago de dirigirse a la habitación contigua, con Hadrar al frente. El único guerrero de cabello endrino mostraba más daños añadidos a los anteriores, con una nueva flecha clavada en el pecho y sin una mano, perdida de un espadazo, cuyo muñón soltaba apenas algún cuajarón espeso y oscuro. Helfas, con la garganta abierta de parte a parte, también parecía haber sufrido una degollación en vano. Danan miró a los inexpresivos ojos verdosos de Hadrar, sin sentimiento alguno flotando en ellos,  y clamó:
         —No, no les hagáis daño, son las esposas e hijos de los guardias de la atalaya. Ellos no nos incumben, no son el objeto de nuestra misión— no dijo nada, sin embargo, a Gunnar, que marchaba hacia el centro de la estancia, en dirección a la muchacha de la sedosa túnica verde, cuya orla se extendía por el suelo de la tarima cubierta por una rica alfombra, a medida que ella se inclinaba retrocediendo lentamente ante el avance del muerto, incapaz de levantarse, paralizada como estaba por el miedo. Antes de que el tejido oriental y el lecho se viesen rociados con la sangre de la decapitada, Danan atravesó al muchacho con su espada.
       Poco a poco, los lloros y abrazos se habían apoderado incontenibles de la estancia contigua. Resonaban los pasos de los guardias supervivientes subiendo las escaleras y acercándose por los pasillos, eran ellos pues de la fiel escolta del príncipe se habían cuidado de no dejar ninguno vivo, el rumor del mar y el viento en el exterior, todo se iba alejando de los oídos de Danan. El golpe del filo contra el suelo le indicó que Gunnar acababa de separar la cabeza del cuerpo del joven desplomado. Él ya no sentía su propio cuerpo helado y la vista se le nublaba. El hechizo llegaba a su fin. La última gota de su sangre había caído sobre la piedra. Sus hermanos empezaban a derrumbarse.
       Gunnar le lanzó la sanguinolenta bolsa de cuero antes de caer de bruces y no incorporarse ya más. Danan volvía a estar solo y odiaba que su última misión hubiese sido destruir a dos seres más valiosos, a dos mentes más inteligentes, a dos cuerpos con más vida que el de aquel vejestorio que había sido el último señor de los guerreros de la runa amarilla, los guerreros invencibles capaces de volver de la tumba con tal de cumplir el trabajo encomendado.
       Era hora de partir. Sentado en el suelo, miró al grupo que se acercaba y le iba rodeando temeroso, luego a los guardias que entraban sorteando con miedo los cuerpos de los que volvían a ser cadáveres inermes. A ellos se dirigió, mostrándoles la bolsa que guardaba las dos cabezas:
         —Tomad, enviádsela al rey y contadle lo sucedido. Hemos cumplido nuestra misión. A nosotros volved a enterrarnos al pie de esta loma y, por favor, quebradnos a todos los tobillos— observó el rostro de la anciana de trenzas canosas, su boca desdentada dibujaba una sonrisa de entendimiento—  los guerreros de la runa amarilla queremos dormir en paz.

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