lunes, 9 de febrero de 2015

La vida en mono o en estéreo


Iba yo hoy caminando temprano en (bendita) soledad, disfrutando del aire frío (ah, es que iba yo bien abrigada) y de la música que estaban radiando en Radio 3. De pronto mis cascos han empezado a fallar, hasta el punto de que uno apenas se oía y la canción que estaba sonando ha pasado a escucharse como si fuera emitida en mono.
         Es entonces cuando me ha venido a la cabeza una de esas "reflexiones del todo a cien", que dice mi amiga Gema, mujer sabia donde las haya. He empezado a pensar en los matices que me estaba perdiendo al escuchar la música de esa manera, en la pluralidad de estímulos que estaba dejando de percibir, los que dan riqueza a cada sonido.
         Inmediatamente he discurrido que "la culpa" de todo es del estéreo, directamente, de esa posibilidad con la que me he criado y que ya me parece imprescindible. Porque, ¿qué pasaría en cambio si aún no se hubiera inventado el sonido estereofónico? Si yo hubiera crecido escuchando música únicamente en mono. ¿Tendría la sensación de que me faltaba algo, intuiría de alguna forma que las cosas podían ser mejor y más completas de lo que eran?
         Mi reflexión del todo a cien iba en realidad más allá, porque trataba de conectar esa pequeña anécdota con algo más hondo que debe de llevar tiempo larvándose dentro de mí: la noción de que en la vida pasa lo mismo. Que hay quien la vive en mono y quienes la vivimos, o tratamos de hacerlo, en estéreo.
         Son elecciones, vale, ¿pero hasta qué punto mediatizadas por el entorno de cada uno, por lo que hemos vivido y la gente que nos ha rodeado desde el principio? Si yo no conozco algo, ¿cómo añorarlo? ¿O acaso sí es posible?, ¿puede ser que haya una especie de hambre, o curiosidad, en ciertas personas que las empuja a dar un paso más allá? A salir del "área de confort", de las creencias impuestas, del "como debe ser" que tratan de inculcarnos desde la cuna.
         Yo, desde luego, prefiero el estéreo. Con sus sinsabores y sus dudas. Con las confrontaciones que a veces supone. Porque creo que cuando te topas con algo verdaderamente bueno sabes reconocerlo. Y lo disfrutas como solo puede hacerse cuando contemplas los matices de las cosas, cuando las ves en technicolor y eres capaz de exprimirles el jugo hasta las últimas consecuencias.
         Quizá esto tenga también algo que ver con otra cosa. Desde que puedo recordar, me ha repateado la sencillez, en el sentido de discreción, de no sacar los pies del tiesto ni hacerse notar. Porque parte de mi educación (no la paterna ni la materna, afortunadamente) fue encaminada a insistir en tal dudosa virtud. Y, ya se sabe, la rebeldía es un grado y a veces nos construimos por oposición, nos definimos por aquello que rechazamos o simplemente no nos gusta.
         

Yo hice mío aquel grito de guerra tan brillante de las drag-queens (antes de ser pervertido por esa cancioncilla odiosa que se hizo tan popular): antes muerta que sencilla. Lo que viene a ser, ni más ni menos: me esforzaré cuanto de mí dependa por ser yo, pese a lo que pueda chocar a quien sea y donde sea.

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