miércoles, 8 de julio de 2015

EN LA ERA DE LOS ANTIGUOS DIOSES - II


No soy yo de mucho planificar cuando me pongo a escribir algo. Sé que soy del tipo de escritor-jardinero, por contraposición al perfil de escritor-arquitecto.

En palabras del maestro George R. R. Martin, que lo explica la mar de bien: “Creo que hay dos tipos de escritores, los arquitectos y los jardineros. Los primeros planean todo con antelación, igual que un arquitecto diseña una casa. Saben cuántas habitaciones va a tener la casa, qué tipo de tejado van a instalar, por dónde van a pasar los cables, qué fontanería va a haber… Lo tienen todo diseñado y planificado incluso antes de poner el primer clavo. Los segundos cavan un agujero, depositan una semilla y la riegan. Saben más o menos qué semilla es, pero cuando la planta brota y la riega, no saben cuántas ramas va a tener, lo averiguan según va creciendo. Yo soy más jardinero que arquitecto”.

Siempre empiezo con una chispa de inspiración que lo dispara todo. Puede venir de una idea, un tema dado de antemano, una canción que oigo, un paisaje, un estado de ánimo, una imagen... Esa es la semilla, que yo riego y expongo al calor. Y en cuanto da lugar a las primeras hojitas, voy encauzándola de la manera que me sugiere el momento, más derecha o más retorcida, más luminosa o, con frecuencia, más oscura y subterránea.
         Unas veces sale primero el título, otras es una escena entera, aunque siempre tengo más o menos claro lo que quiero contar, unas cuantas ideas básicas y unas cuantas emociones que sé que están ahí, que detecto antes incluso de que se formen del todo y se concreten en algo reconocible.
         Por todo ello, no suelo preocuparme demasiado si de momento tengo solo una frase, o unos personajes, o un problema... Si se me escabulle un final, o la estructura o la atmósfera exacta. Con el tono o el ritmo lo llevo peor, porque tengo comprobado que es muy difícil cambiar el que llevas de partida. Pero lucho y porfío hasta que al final acabo resignándome. Es entonces, cuando menos me lo espero, cuando las cosas se atan y todo se encadena como estaba destinado en mi mente a encadenarse. Y me recuerdo que no sirve de nada preocuparse en exceso... Hasta la próxima vez, cuando todo empieza de nuevo.

Después de unos días "sufriendo" con mi título a cuestas, y esas ideas aún informes dándome guerra de día y de noche, con la "sensación" cada vez más acuciante de un tiempo y un lugar determinados, ya sabía cuál era el mito al que iba a dar forma.
         Había decidido previamente que esta vez iba a ser obediente y elegir la temática que se daba como preferente en las bases: griegos. En cuanto al dios o diosa por el que decantarme (porque ya que iba a tirar de mitología, qué menos que hacerlo a lo grande y fijar mis intereses literarios en una divinidad con renombre, en vez de un semidiós o un héroe cualquiera), cuál podía ser sino el dios del Inframundo, el oscuro Hades, el invisible que aguarda donde menos te lo esperas. Y su amada Perséfone, la joven doncella que él convertirá en su reina. Kore, la hija de Démeter, que llorará su ausencia como cualquier madre verdadera; que con su descenso y su regreso definirá las estaciones.

Al dios Hades la iconografía no le ha tratado demasiado bien. Lo mejor que he encontrado sobre él ha sido esto:



Hades, copia romana de un original griego.















                          Hades - Agostino Carracci 

En el resto de imágenes que hay el pobre está bastante echado a perder. Y eso que el cómic me lo ha rehabilitado algo en los últimos tiempos, pero aún así como héroe romántico, que era lo que yo necesitaba...

Así que me he fabricado mi propia versión, actualizada y más acorde con los objetivos del relato, con estas imágenes de Mads Mikkelsen, donde le vemos de lo más sombrío y oscuro, como corresponde, pero bastante más apetecible e imponente.


Mads Mikkelsen

Mads Mikkelsen

Ya puestos, recreémonos.

Mads Mikkelsen

En cambio de Perséfone hay para dar y tomar, y cómo no, mis queridos prerrafaelitas se llevan el gato al agua, en mi opinión, con estas dos versiones:



Perséfone - Dante Gabriel Rossetti


Perséfone - John William Waterhouse

Tenemos dioses y tenemos un mito, el suyo, que sirva de punto de partida. Pero la historia de Hades y Perséfone tal cuál nos lo han contado nunca ha sido muy de mi gusto. ¿Qué es eso de raptar a la bella Perséfone y luego engañarla para que se quede con él?
         Recordemos un poco cómo fue todo.



Matthew Kocvara


Mito griego del rapto de Perséfone (+ info en LA REVELACIÓN): Perséfone era hija de Démeter, la diosa de la naturaleza, y Zeus, el dios supremo. Hades, el dios del inframundo y tío suyo por ambas partes, pues era hijo de Cronos y Rea igual que Démeter y Zeus (estos griegos eran la caña, por lo que se ve, en cuestión de parentesco); se enamoró perdidamente de ella. Y un día en que la bella estaba recogiendo narcisos, él emergió a través de una grieta en el suelo, montado en su carro negro de negros corceles, y se la llevó con él (más o menos voluntariamente, depende de las versiones).
         Cuando Démeter supo de la desaparición de su hija quedó desolada, y se dedicó a vagar en su busca, descuidando la tierra, que se volvió yerma y fría, causando el hambre y la muerte de los hombres. Zeus intervino entonces, pidiendo el regreso de Perséfone, pero esto no era posible ya que la joven había comido seis semillas de granada (por deseo propio o engañada por Hades, de nuevo según versiones), y es cosa sabida que quien toma algún alimento en el Tártaro ya no puede abandonarlo y el mundo de los vivos permanece vedado para él.
         Zeus insiste, pues no era cuestión de permitir que Démeter siguiera con su huelga indefinida, y al final alcanzan un acuerdo: Perséfone se quedará con Hades la mitad del año, como su esposa y reina del Inframundo, y volverá con su madre la otra mitad, permitiendo que el ciclo de la vida se desarrolle. Cuando está en el mundo de arriba es primavera y verano, y cuando desciende al Hades comienzan el otoño y el invierno, cuando su madre extiende un manto blanco y frío sobre la tierra, que permanece dormida hasta el siguiente encuentro.


De eso nada. "Mi" Hades nunca haría eso. Y "mi" Perséfone nunca sería esa criatura pasiva y resignada. Entre ellos tenía que haber amor del bueno, o nada. Y eso de los narcisos... ¡Buff!

Rebecca Guay

Todo iba a ser distinto. Distinta época, distinto lugar y distintos motivos. Lo que conferiría al mito la cualidad de eterno, y daría a ese amor extraño y oculto la posibilidad de ser real y trascender el marco estrecho donde ha vivido confinado.

(Continuará......................................)

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