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lunes, 13 de junio de 2022

Reyes de la Tierra Salvaje

 Nicholas Eames


SINOPSIS en la página de la editorial: TRINI VERGARA EDICIONES (Por cierto, una editorial que no conocía y que, por lo que veo, es bastante reciente: ha nacido en 2021).

Pues otra lectura ACTUAL que encadeno. Casualidad, ¿eh?, que no es que vaya a pasarme en exclusiva a la sección de «Novedades». Súper diferente al anterior pero igual de satisfactorio.

         Es fantasía gamberra, no encuentro una etiqueta mejor para definirla, con todos los ingredientes del género pero pasados por un filtro de humor muy bien calibrado y de lo más irreverente que no hace perder en ningún momento la emoción ni el enganche. La trama, reducida a su esqueleto básico (como podéis ver en la sinopsis), es bastante básica. Pero está ambientada y contada de una forma que lo hace totalmente nuevo. La motivación de estos héroes, hombres hechos y derechos con su punto cómico y premeditado de machirulismo, es nada más y nada menos que rescatar y salvar de una muerte segura a la hija de uno de ellos. Los afectos mandan, entre ellos y como objetivo vital. Y eso hace un contraste muy efectivo con la historia (típica) de reinos enfrentados, monstruos sanguinarios, batallitas y demás, haciéndola de todo menos típica.

         Lectura muy recomendable que te va a enganchar seguro. Muy refrescante y, por lo tanto, óptima para el veranito, que nos castiga ya desde el mes de junio. Que os aproveche.


***Autor: Nicholas Eames (Wingham, Ontario) es un escritor canadiense de literatura fantástica. Antes de dedicarse plenamente a la escritura estudió teatro en la universidad.​ En 2017 publicó Reyes de la tierra salvaje, una novela de alta fantasía que fue galardonada como la mejor novela debut en los Fantasy Stabby de 2017​ y como la mejor novela de fantasía en los premios David Gemmel de 2018.​ En 2018 publicó su continuación: Rosa la Sanguinaria, que verá la luz en España seguramente el año que viene.

jueves, 25 de abril de 2019

LA MALDICIÓN DE CHALION

Lois McMaster Bujold

Lois McMaster Bujold

Edición en un solo tomo. Debajo la edición original, en dos volúmenes.
 
Los cuervos del ZangreEl legado de los cinco dioses

Me temo que he vuelto a hacerlo. Me he saltado otra vez a la torera mi propósito de leer solo libros que ya tenía. Pero es que la tentación era irresistible. Y además, ¿no dicen que los propósitos están precisamente para incumplirlos?



Conocí a Lois McMaster Bujold hace algún tiempo gracias al Duende Documentalista del sótano. Me interesó inmediatamente, así que la investigué y le hice un artículo aquí: DESCUBRIMIENTOS. Acto seguido me agencié en la biblioteca uno de sus libros, el primero que encontré: «Paladín de almas», y lo devoré en pocos días. Pero tal como había visto por ahí, la autora era conocida sobre todo por su saga de ciencia ficción Vorkosigan y era obligado echarle un ojo. Me leí dos novelas de la citada saga. Agradables e interesantes, pero inferiores, según mis gustos.
         Hace poco, un comentario en twitter que coincidía con mi sensación: mejor lo que había leído de Chalion que la saga ci-fi, me hizo volver sobre todo esto y recordé que había más novelas de Chalion, la saga de fantasía cuya continuación es Paladín de almas, que en su momento no había considerado y que seguro que estaban  esperando para deslumbrarme igual que su hermana. Indagué un poco... Y acabé comprando a través de Todocolección los cuatro libros. 
         Devorados del tirón (gracias a los días de vacaciones y a unas cuantas horas escatimadas al sueño) me han reconfirmado mi intuición primera: estamos ante una gran serie de literatura fantástica, singular como su autora, con elementos distintivos, psicológicos, místicos y filosóficos; y un mundo propio y muy trabajado, basado muy libremente en parte de la historia de la España medieval. Hasta el mapa que aparece al comienzo del libro es como el de la Península Ibérica, solo que dado la vuelta (parece ser que en la edición nueva, la de un solo tomo para los dos primeros libros, no hay mapa).
         Sobre los fundamentos de la novela y los paralelismos visibles entre la historia española y la trama del libro hay un artículo muy interesante en la web DIVULGACIÓN DE LA CIENCIA, que os animo a leer. Esta misma página me sirve para citar algunas frases destacables de la novela que os pueden dar una idea de cómo se las gasta Lois McMaster Bujold.
  • Para un hombre de cierta edad ... todos las jovencitas empiezan a parecer una delicia. Es el primer síntoma de senilidad.
  • [Dios] no hace milagros para nuestros propósitos, sino para [los suyos].
  • La oración, comenzó a sospechar... consiste en poner un pie delante del otro. Seguir moviéndose.
  •  [Dios está] de nuestra parte... ¿Podemos fracasar?... Sí ... y si fracasamos [Dios fracasa] también.
¿Recomendable? Sin ninguna duda. Haceos con los libros de Chalion y veréis que Martin no ha sido el primero (bueno, ya sabíamos que no) en eso de basar sus mundos fantásticos en Historia conocida y cercana.

jueves, 31 de enero de 2019

EL VUELO DEL DRAGÓN - Anne McCaffrey

anne mccaffrey


Novela de ciencia ficción —con grandes dosis de fantasía, tal como dice Sergio Mars en su reseña***— y aventura, escrita por Anne McCaffrey y publicada por Ballantine Books en 1968. Fue publicada por primera vez en español en 1977 por la editorial Acervo. Es el primer libro de la premiada saga «Los jinetes de dragones de Pern», en concreto, el primer tomo de la trilogía original.

***Rescepto indablog-El vuelo del dragón

Pues bien, una combinación de dos afortunadas circunstancias: encontrar esa reseña de manera fortuita y tener en casa la susodicha novela —lo que me permite dar cumplimiento a mi propósito lector de Año Nuevo— me ha hecho empezarla... y devorarla en tres días.
         Desde luego, no ha sido un descubrimiento tan asombroso como el de la novela de Kameron Hurley. Por un lado, ya sabía algo sobre Los jinetes de dragones de Pern y su autora (ambas recomendadas por mi amiga Ángeles Pavía), su estilo y su argumento. Y por otro, el hecho de ser anterior en el tiempo (1968) hace que ya nos resulten familiares muchos de sus presupuestos, aunque en su día, según dicen los expertos, resultaron novedosos e incluso transgresores.

La novela de McCaffrey se lee también con enorme interés (lo predecible de la trama, que señala Mars, para mí no ha supuesto ningún problema; me ha permitido disfrutar y recrearme en lo que pasa en cada capítulo sin esa cierta ansia que te producen algunas obras por conocer su desenlace, obligándote a leer casi de corrido), a lo largo de una historia que no decae en ningún momento. Y, algo muy importante, ahora que he leido por fin sobre ese mundo de dragones que inventó McCaffrey he podido constatar cuánto le deben el resto de novelas del género. Eragon, por ejemplo, ahora me parece una mera (y pálida) copia de los weyr concebidos por Anne Mccaffrey. 
         La relación jinete-dragón, por ejemplo, esa comunicación única y telepática que se da entre ellos, esa elección mutua que será de por vida; que es, por cierto, uno de los mayores atractivos de la historia de Paolini, fue dibujada y definida por esta madre de dragones que es McCaffrey.
         Otra de las novedades que introdujo fue el hecho de hacer de los dragones coprotagonistas amables de sus novelas, con su personalidad propia y definida, en vez de los acostumbrados villanos. Y utilizar los viajes en el tiempo (y elementos de auténtica ciencia ficción, según parece, sobre todo a partir de la tercera entrega de la trilogía original: El dragón blanco) en el seno de trepidantes aventuras más al uso.
         Además hay que concederle a Mccaffrey haber sido una de las pioneras en eso de convertir a las mujeres en protagonistas con carácter, haciéndolas bastar por sí solas para sustentar una trama y, de paso, el interés de los lectores. Las pequeñas pegas que le puedo poner hoy en día derivan, estoy segura, de su época y contexto cultural, lo que, por otra parte, es una razón para sentirnos razonablemente optimistas en cuanto a la evolución que el feminismo ha impulsado en nuestra sociedad.

Anne McCaffrey no debió de poder substraerse del todo a ciertos tópicos machistas de su tiempo. (Tuve esta misma sensación, aún más acusada, cuando leí su novela «La Rowan», inferior a esta, en mi opinión); y eso se nota en comportamientos y «arrepentimientos» que hace vivir a sus protagonistas. Lessa, dama de dragones, por ejemplo, mujer impulsiva con mucha personalidad y unos dones asombrosos, vive con la debida contricción cada momento en el que se adelanta a los planes que su descubridor-mentor-amante-compañero ha decidido trazar. No importa que no se los haya comunicado (y que los haya elaborado, eso sí, con su hombre de confianza). Ella debería haber tenido fe absoluta en su pericia, capacidad, arrojo y todas esas cosas que ornan a un buen jefe guerrero y haber aguardado sus acciones. Tendría que haber sabido que él sí tenía todos los elementos de juicio y que ya los compartiría con ella cuando fuera oportuno. Porque, claro, el prota hombre es mayor que la chica, tiene más experiencia, más mesura, más sabiduría y comedimiento... Y es guapo. Y que ella lo sea es una parte importante (muy importante) de sus dones.
         Pero esto no es, no os creáis, una crítica a su autora, que bastante se aventuró en sus obras por senderos no trillados, además de lograr conquistar y revalidar para todas el título de mujer escritora y hacerlo en un género que parecía fuera de nuestro alcance (ella fue la primera mujer en ganar un Hugo y un Nébula. Y su libro El dragón blanco, que cierra la trilogía principal de Los jinetes de dragón de Pern, fue una de las primeras novelas de ciencia ficción en entrar en la lista de best-sellers del New York Times.) Anne McCaffrey tuvo que enfrentar y vencer muchos tópicos sexistas, tanto en sus obras como fuera de ellas. Y creo que lo hizo realmente bien. Dejándonos novelas de esas que perduran. Porque ya os avanzo que  mi historia con ella no acaba en este primer volumen (me temo que no tengo remedio), pues gracias a un soplo muy oportuno me he hecho con la trilogía completa a un precio irresistible. Ya sé, ya sé que mi propósito es leer todos los libros que YA tengo, pero como lo cumplo con el primero, creo que bien puedo ceder a la tentación con el resto, ¿no?

Los jinetes de dragones de Pern

No miréis el de Moorcock, no seais crueles. Estoy segura de que podéis hacer como que no está. Porfaaaa...

domingo, 25 de febrero de 2018

Sentaos a tomar un té, que tengo que contaros una cosa

Tree home

                  Pasad, por favor, está todo dispuesto. Poneos cómodos.
                  ¿Leche, azúcar? ¿Solo una nube?

Tomemos el té

Bien, pues ahora que estamos todos servidos suelto la primicia: después de lo que ha sido el parto de la burra, aquí está mi nueva criatura, «El Pacto», una novela de género fantástico, con toques de fantasía oscura y deep sleep (temática que se define por mezclar el mundo de los sueños con el mundo real). Se desarrolla en un universo fantástico con reminiscencias nórdicas que está a punto de entrar en una era de cambio.
         De la mano de nuestros protagonistas asistiremos al choque entre dos culturas muy distintas, una de ellas con influencias nórdicas, donde no se eluden las pulsiones más básicas del ser humano, como la violencia o el sexo; y la otra, exótica y desconocida, que ha hecho de la magia una ciencia capaz de devolver la vida a los muertos.
         Semejante confrontación hará tambalearse al mundo, resucitando de paso el poder dormido del ancestral pueblo Sîtari.

Aquí está la sinopsis completa:

L. G. Morgan


La novela está ya en imprenta y tiene fecha de presentación en sociedad. El mismo día de San Patricio, 17 de marzo. Os pego la invitación, con todos los datos:

Invitación L. G. Morgan

jueves, 28 de septiembre de 2017

MUNDOS FANTÁSTICOS, ¿mundos complejos? - Parte II

Literary worlds

Decía ayer que un escritor que se enfrenta a una novela fantástica tiene que ejercer de mago (o aparentar serlo) para construir un mundo lo bastante potente para que pueda albergarla con dignidad. Y, además, buscar la forma de mostrarlo al lector de modo que no parezca una lección de geografía e historia, pero también de manera que deje el suficiente calado y le permita “sentir” la profundidad y trascendencia de ese universo literario, que entonces podrá asumir tan real, o al menos tan consistente, como aquel en que se desenvuelve su vida, para así sumergirse de lleno en la historia que le estás contando.
         Repasemos entonces qué estrategias suelen seguir los grandes autores de género fantástico para conseguir dotar a sus mundos de todo eso que les pedimos.
 
1.      En primer lugar, ha de dotarlo de un espacio: orografía, clima, leyes naturales... Suele haber mapas, incluso.
2.    Lenguaje propio: idioma que hablan los personajes, nombres y topónimos. En el caso, por ejemplo, de Tolkien eso va más allá. No es solo que creara un/unos idiomas específicos en su mundo, sino que también su propio estilo literario, el tipo de prosa y su forma de narrar, similar, según ha llegado a decirse, al Antiguo Testamento; proporcionan la sensación de que nos encontramos ante unos hechos míticos y de alguna forma reales. Le dan a la historia una épica y una solemnidad que hacen que uno encare los hechos más insólitos y mágicos como posibles. 
3.    Orden o estructura social. La que sea, pero que se note que se ha tomado en cuenta. 
4.    Dimensión temporal. Que parezca que existe el pasado, sea más o menos conocido. Unos orígenes, una mitología previa, unos linajes, claros o no. Ruinas, restos, crónicas, canciones...
5.     Filosofía o religión. Las creencias y valores propios de esa sociedad, esa raza o ese pueblo que existe en la novela.

A la hora de presentar todo esto ante el lector es común, de cara a hacerlo más inteligible, la inclusión de mapas, diagramas explicativos, glosarios, árboles genealógicos, fichas por familias… Eso ayuda, qué duda cabe, pero no te libra en absoluto de la necesidad de narrar y describir cada uno de esos aspectos. Y, naturalmente, no influye en absoluto en la decisión sobre cómo plantear, en qué medida y cuándo, lo que quieres contar.
         De modo que, por muy solvente que sea un autor, y por mucho que guste su obra, es inevitable que algunos lectores, sobre todo los más «impacientes», refieran opiniones como estas:
         
En El Ojo Lector, y pese a recomendar encarecidamente su lectura, nos advierten sobre La primera ley: «...me costó empezar con ella (con la saga La primera ley, de Joe Abercrombie). Recuerdo que cuando estaba con el primer libro, La voz de las espadas, y muchos conocidos me preguntaban qué estaba leyendo, yo solía contestar con un libro en el que nunca pasa nada. Y es cierto. Recuerdo que leía, leía, y no ocurría nada destacable...».
         Y concluyen: «En el caso de La voz de las espadas, no fue una cuesta arriba, fue una especie de espiral que al principio se mueve lentamente; que va cogiendo, poco a poco, velocidad y que culmina en un auténtico frenesí.  Fue todo tan alucinante que, al final, el libro que estuve a punto de dejar aparcado, porque no pasaba nada, llegó a parecerme una auténtica obra de arte».

Sobre Canción de hielo y fuego, la saga de George R. R. Martin, algunos lectores opinan igualmente lo siguiente:
         «...es un mundo fantástico, sin mucha magia,  muy parecido a la edad media, pero muy complicado». 
         «Culebrón espectacular. Historia densa, personajes complejos...».
         «...el inicio se hace un poco tedioso, pero luego uno agarra el hilo. El otro problemita es que Martin en algunas partes menciona muchos personajes que no juegan ningún papel en la trama, solo los menciona por estar presente en la escena. Si uno trata de estar poniéndole cara o recordando quién es uno y quién es el otro uno tiende a confudirse y a atrasarse en la lectura. Una vez que uno deja de pornerle mente a esto y lo supera es cuando se disfruta de la historia al máximo».

Para paliar todo ello, los libros de Martin tienen una serie de extras. Juego de Tronos se abre con una Presentación donde te explican el sentido del título, y plantan en tu mente el esquema básico del mundo: hielo y fuego, frío y calor, norte y sur. Similar en cierto modo a nuestro hemisferio norte, hemisferio sur, con lo que ya tenemos ganada una buna parte en la comprensión del mundo. Y al final se incluye un apéndice muy completo donde se detallan las características de todas las grandes Casas implicadas en la historia. Hay también un mapa, y una página donde se traducen pesos y medidas a las nuestras habituales.

Sobre ESDLA y El Silmarilion, que son novelas que gozan de una legión de fans incondicionales, también se vierten críticas que repiten los mismos aspectos:
         «...me pareció infumable, tanto que ni siquiera llegué a la mitad (y lo intenté un par de veces). A mi me sonaba como leerse la enciclopedia Planeta empezando por la A y tirar hasta la Z, pero en fantástico. De hecho una de mis eternas críticas al Señor de los Anillos es que se va demasiado por las ramas».
         «Después de leer El Hobbit seguí con El Señor de los Anillos y el puto cumpleaños de Bilbo Bolsón me hizo empezarlo una y otra vez porque lo dejaba a medio leer. Acabé de los arbolitos, del pan de lembas y de que me contasen cómo caminaban en 800 páginas un poco harto, pero he de admitir que disfruté con la lectura».
         «Me dijeron que El Silmarilion era básico para entender el mundo de Tolkien. Así que me lo papeé y me pareció una auténtica tomadura de pelo. Por aquel entonces acababa de leerme la Biblia... ...y El Silmarilion me pareció una pobre novela inspirada en la Biblia, pero contado de manera aburrida». 

Y sobre Malaz, el Libro de los Caídos, en el Rincón del Lector Constante podemos leer:
         «Steven Erikson no anda con vueltas, lo primero que se lee al comenzar la saga es una advertencia del mismo autor: es una historia que la amas o la odias, ya que al principio no se entiende en verdad que está pasando. Esto se debe a que no hay ningún tipo de introducción: la historia tiene un comienzo frenético en el cual Erikson te larga a la acción sin dar ningún tipo de desarrollo previo y utilizando un lenguaje bastante complicado, lleno de términos de fantasía que (obviamente) todavía no conocemos al empezar estos libros».
         
O sea, que Erikson, que prescinde de las introducciones que parecen de rigor en este tipo de novelas, tampoco se libra de algunos problemillas inherentes, como decíamos antes, a la Literatura Fantástica y sus mundos complejos. El autor de la reseña sigue advirtiendo y aconsejando al lector que se ha decidido a probar fortuna con la saga:
         «...no te preocupes mucho por entender absolutamente todo lo que sucede porque es imposible. Todo cobrará sentido más adelante, pero debes ser paciente porque hay muchas cosas que se resuelven 2 o 3 libros más adelante e incluso eventos que tienen sentido una vez finalizada la saga». 
         «...Insisto en que al principio todo puede resultar muy confuso y ese es un aspecto común en todos los libros de Malaz... ...La originalidad de Malaz radica en que no hay criaturas fantásticas típicas como los elfos y enanos, sino que existen distintas razas ancestrales con su propia mitología, características y conflictos entre ellas. Algunos protagonistas pertenecen a esas razas y a través de ellos es que vamos conociendo (aunque de forma un tanto complicada) los orígenes del mundo ya que son seres milenarios».

Parece entonces que esa confusión y esas descripciones prolijas que caracterizan Malaz son el precio que se ha de pagar por una concepción de novela distinta y original, por un mundo propio (a este respecto no olvidemos que la serie Malaz surgió a partir del diseño de un escenario para juego de rol, que se fue enriqueciendo y ganando en hondura y complejidad. Las novelas fueron después).

Todas estas reflexiones mías vienen a cuento de un tema personal. Resulta que me encuentro en una encrucijada similar, que me hace repensar todo esto que os estoy contando.
         Tengo una novela terminada y registrada, y, además de aplicarme en la enésima corrección, me he encontrado repasando ¡otra vez! los inicios y contemplando con ojo crítico las cuestiones que enunciaba. Y he visto llegado el momento de diseñar los anexos que considero necesarios para redondear esa parte de recreación del mundo. Anexos que hagan más fácil el aterrizaje e inmersión en el universo de El Pacto, que pretende ser la primera novela de una saga llamada La estirpe de la estrella.
         Al tratarse de una serie (mis planes por el momento son que haya dos, o a lo sumo tres, novelas) creo que puedo dosificar en cierto modo la información y, por consejo de un colega escritor que me hace de crítico, he limitado los datos del mundo a las partes y pueblos que intervienen directamente en esta primera novela. Al resto solo los nombro someramente, para dar idea del alcance o dimensión aproximada del microcosmos donde nos hallamos. Pero, aun así, los primeros capítulos introductorios son por necesidad más lentos que el resto, pues sirven de preámbulo. Con el correspondiente lío de nombres (adoro los nombres extraños, que reproduzcan, a poder ser, los aires distintivos que deben tener las culturas y los varios estilos de sociedades), razas y señoríos.
         De momento, me ha parecido útil dibujar la estructura social de los dos reinos enfrentados que constituyen el principal conflicto. No he querido en cambio tocar apenas lo que sería el pasado remoto, solo me he permitido sembrar aquí y allá reflejos tenues de su sombra, para crear la línea temporal imprescindible y preparar el terreno para cierta cosecha futura.
         Aquí están, Lorrell y Aslund.

El Pacto

El Pacto

Me queda pendiente aún la elaboración de un mapa, que será muy básico, y un glosario que clarifique más al detalle los términos inventados. Pero no me quejo, lo cierto es que esta parte me está resultando tan creativa y apasionante como la propia escritura. Y tiene el aliciente de que me permite limar y corregir disonancias de forma bastante más amena (ya sabéis que odio con toda mi alma el proceso interminable, aunque inevitable, de las correcciones. Uno llega a aborrecer su propia obra, de tan vista que la tiene). Ya os iré contando en qué acaba todo, a ver si sigo con el mismo ánimo :-)

miércoles, 27 de septiembre de 2017

MUNDOS FANTÁSTICOS, ¿mundos complejos? - Parte I

Magia en los libros


Hay gente que recuerda, como un hito que marcó el final de su infancia, el momento en que descubrió la identidad de los Reyes Magos. O del Ratoncito Pérez. O incluso de dónde venían los niños y por dónde, exactamente, llegaban a este mundo.
         No es mi caso. El primer trauma existencial que yo guardo en la memoria fue el día en que comprendí que la magia, la verdadera magia, no existe.
         Me resistí todo lo que pude a esa idea infame. ¿Cómo que no existía la magia? ¿Ninguna? ¿Ni una magia pequeñita e invisible? ¿Ni criaturas mágicas como las hadas, los duendes, las brujas o los ogros? Pero ya no hubo vuelta atrás, era el paso irremediable al mundo gris de la realidad y los adultos.
         Tras el colapso anduve un tiempo perdida (perdida como adicta a la lectura que ya era), después de abandonar los cuentos de hadas y todos los otros... hasta encontrar, años después, un tipo de lectura que pudiera sustituirlos.
         Y es que la «literatura fantástica», etiqueta que entonces no conocía pero que representaba muy bien el paraíso perdido, poseía la magia de los cuentos de hadas y, al mismo tiempo, la respetabilidad de ser leída por adultos que ya no se creen esas tonterías. Que saben que son de mentira, vamos, aunque gocen igualmente con ellas.
         (Vale, el realismo mágico también haría mucho por mí, pero eso sería aún un año o dos después).
         Di con mis huesos en el mundo asombroso donde se desenvolvía El Hobbit, un libro que empecé a leer con la condescendencia propia de la hermana mayor a quien su hermano le presta una novela. (Recordad que yo ya sabía que aquello no eran más que tonterías para niños). Pero lo devoré. Con tanto gusto que pedí más. Y me hice con El Señor de los Anillos. En un solo tomo. Con un par. 

Pocas veces he tenido una sensación tal de orfandad como cuando me despedí de sus personajes en los Puertos Grises y la bruma fue desapareciendo y llevándose fortalezas y abismos, el bosque dorado de Lothlórien, las cascadas recónditas de Rivendel... Con ellos desaparecían las palabras mágicas, los pasajes hermosos, la atmósfera misteriosa, las edades que el tiempo había empezado a borrar, las ruinas de Númenor… 
         Fue tal el desconsuelo que, tanto mis hermanos como yo, buscamos a lo largo y ancho del mundo de las letras, con desesperanza creciente, otras obras que pudieran mitigar la pérdida. Sin éxito. Al calor de ESDLA fueron surgiendo (o resurgiendo en algunos casos) muchas sagas famosas, que encontraron hueco en el mercado y en los corazones lectores de muchos aficionados. Pero los nuestros seguían añorando aquellos pasos que habíamos dado con los elfos, los hobbits y los enanos por las sendas umbrías de la Tierra Media, escapando por los pelos del ojo de Sauron, siempre al acecho. Y encontrando en la camaradería y en la guía de los buenos magos la llave para vencer cualquier cosa. Aquellas otras novelas no lograban parecernos más que una pálida sombra de lo que habíamos vivido de la mano de Tolkien. 
         Habrían de pasar muchos, muchos años, para volver a dar con otra obra puramente fantástica que me pareciera tan completa y satisfactoria como aquella. Cierto que había apreciado en muchas novelas, no necesariamente de género, esos toques de magia y asombro que tanto me gustan. Esa combinación de elementos que aun hoy considero enriquecedora. Pero hasta que encontré, por pura casualidad, La primera ley, de Joe Abercrombie, no volví a hallarme verdaderamente inmersa en un mundo mágico, fantástico e irreal, pero tan tangible como si lo estuviera pisando. 
         ¿A qué podía deberse ese reencuentro? ¿Eran acaso las dos novelas parecidas en cuanto a trama o ambientación? En absoluto. Ni el tratamiento de los personajes, ni el tipo de escenario en que se desarrolla la historia, ni siquiera el estilo narrativo se asemejan en nada. Era, creo ahora, la realidad que ambos autores habían logrado imprimir en su mundo totalmente inventado. Un mundo complejo, vivo y en evolución. Con un origen, una prehistoria difusa y una historia coherente. Unos mitos, una estructura social y política. Una geografía propia. 
         Esa es la clave, desde mi punto de vista, la verdadera clave para lograr que una novela fantástica nos deje una huella indeleble, para poder vivir con total entrega las aventuras, los amaneceres, los pesares y la sublime felicidad de sus personajes. Con ellos y dentro de ellos, como si fueran nuestros amigos o nosotros mismos. El quid de la cuestión está en lo grande y lo complejo que hagamos ese mundo nuestro. 

Y ahí está precisamente el reto, el gran reto que debe afrontar todo escritor de novela fantástica. Porque no es fácil construir algo así, desde luego. Pero mucho más difícil aún es hacerlo sin meter una enciclopedia previa, sin soltar páginas y más páginas explicativas donde plasmarlo todo. Dosificando la información y haciéndola clara para el lector. Pero no tan «fácil» y evidente que pierda interés y distraiga su atención de nuestro foco. 
         En fin, el escritor tiene que ser en este aspecto un auténtico mago, o intentarlo al menos; que haga surgir aparentemente de la nada un universo distinto y pleno donde el lector quiera y pueda hacer su hogar por un tiempo.

(Continuará)