lunes, 22 de abril de 2013

De Calabazas en el Trastero y el Círculo de los Viernes


Hace ya un tiempo que publiqué por primera vez. Fue en otoño. Recuerdo la fecha porque era el primer relato que me seleccionaban para aparecer en papel, en una antología, y eso es algo que a uno no se le olvida nunca.
Hacía también poco tiempo que la editorial en cuestión había visto la luz. Se trataba de Saco de huesos, editorial de género cuyo proyecto estrella por entonces era la antología periódica "Calabazas en el Trastero". Se decían especializados en el terror fosco y cada número que sacaban versaba sobre un tema concreto de ese mismo siniestro color. El mío era el número 3, y como a cualquier buen numerólogo me pareció de buen auspicio XD Se trataba de un homenaje al maestro Edgar Allan Poe, celebrado en el bicentenario de su muerte. Mi relato, por tanto, tenía como centro su obra y la atmósfera en la que vivía y creaba, protagonista por derecho, tanto como cualquier otro de sus personajes. Lo titulé "El Círculo de los Viernes".

 
Saco de Huesos ha creado el "Premio Nosferatu", que otorgan los votos de los lectores de cada número, eligiendo el que consideran el mejor relato de esa antología. El Nosferatu le cayó en aquella ocasión a mi criatura, y en su nombre lo recogí un octubre de hace año y medio.
Esto es lo que escribí para la ocasión:
 
DE CALABAZAS EN EL TRASTERO Y EL CÍRCULO DE LOS VIERNES
Primero de todo, para mí hubo un anuncio: Tercera convocatoria de Calabazas en el Trastero. Especial Poe. Aparentemente palabras normales y corrientes, sin mayor trascendencia; pero solo aparentemente. Se trataba en realidad de la suma peligrosa de oscuros signos mágicos que, sin yo saberlo, formaban parte de un hechizo poderoso. Inmediatamente, el efecto previsto del conjuro se hizo notar en mí, tan solo tras haber pronunciado en voz alta aquella fórmula enigmática. Calabazas, trastero, Poe. Dilo tres veces en voz alta y estarás perdido, como me ocurrió a mí: perdida irremisiblemente, atada a ese mantra infernal hasta que consiguiera cumplir mi cometido, hasta que fuera capaz de poner sobre el papel lo que desde ese momento flotaba en el viento.

Luego acaeció la posesión: el espíritu de Poe descendió sobre mí sumiéndome en un universo opresivo, oscuro y denso, más tangible de lo que el mundo cotidiano lograba parecerme. ¿Aunque he dicho que fue el espíritu de Poe?; debiera decir mejor que fue el espíritu de toda una época. Un tiempo de pasiones ardientes y emociones tenebrosas, de exaltadas tragedias personales que impregnaban cada átomo de creación. De bellezas malditas, de amor y muerte ligados en indisoluble abrazo… Y conjurados por esa atmósfera, poco a poco, legiones de espectros llenaron mi casa y se instalaron alrededor, dictándome sus secretos.

Hay veces, las mejores, en las que uno logra sumergirse tan por completo en lo que escribe, que casi puede palpar la atmósfera que va surgiendo, y percibir claramente cada tono y cada emoción que se suceden en torno. Son aquellas veces mágicas en que descubres esa voz propia y única que tiene cada historia para contarse a sí misma, y escuchas las palabras que susurran los personajes que las pueblan. Ellos te llevan, como en un rapto, en pos de un desenlace, sea el que sea y cueste lo que cueste.

Me obligué a terminar el relato, tuve que hacerlo, impelida por la acuciante necesidad de librarme de ellos y que me dejaran en paz para siempre. Cuando escribí el “Fin” abajo y pulsando el enviar le di curso al mensaje, milagrosamente desaparecieron. Y mi casa volvió a ser tan solo un piso corriente, en un barrio tranquilo del Madrid actual.

Sin embargo ahí no acabó todo, no, escribir para Calabazas comporta aún riesgos peores. Ya estaba maldita, sin escapatoria posible. Comprendí que me había metido de lleno y a ciegas en un atolladero, dispuesta a probar fortuna en aquel polvoriento desván que el azar, pensaba yo, había decidido interponer en mi camino. Y lo peor era que no se trataba de un trastero corriente, era nada menos que un Portal prodigioso, sí, la puerta de entrada a un universo complejo. Fue trasponer el umbral y hallarme presa en las redes que se habían ido tendiendo cuidadosamente, tras una serie de fortuitos encuentros y oscuras afinidades, que tarde o temprano siempre acaban saliendo a la luz.

Tras la puerta, al principio, solo hubo caos y tinieblas. Nombres y lugares de los que no había oído hablar. Personajes que parecían de ficción e imposibles criaturas que pululaban con distintos rostros y nicks por aquellos parajes. A veces sitios desolados, páginas web, bases de datos, foros de ininteligible contenido… Otras veces olvidadas guaridas de monstruos amables, abadías espectrales donde se oyen los cantos de monjes muertos tiempo atrás, o pasillos laberínticos de sombrías bibliotecas. Amedrentada al principio, algo más confiada después, fui avanzando por esos caminos de Dios o del diablo, quién podría decirlo, en pos de mi criatura, y de las otras que aun estaban por venir pero que sentía ya dentro de mí pidiendo sitio, sin perder de vista todos esos nuevos territorios, fascinantes, que se entrecruzaban invisibles como la trama de un tapiz, hasta darle su forma definitiva.

El Círculo de los Viernes fue mi pase, mi salvoconducto para franquear el umbral. A esa criatura concreta le debo aquellos descubrimientos. Mi gratitud se la debo en cambio a todos aquellos lectores, miembros de un jurado o lectores anónimos, que se quedaron escuchando el tiempo suficiente lo que yo quería contarles.

Puede que algún escéptico se resista a creer que esto fue lo que pasó. Naturalmente, cada cual puede creer lo que desee. Pero la verdad es esta: todo es realidad y nada es cierto. Y ninguna de estas dos proposiciones es mentira.

L. G. Morgan – Octubre de 2011

viernes, 19 de abril de 2013

Pócimas y Recetas

Un nuevo relato (aunque en realidad sea viejo :-) ) que subo al blog: LA MADRE, casi un micro en realidad, que un buen amigo comparó con un trago de café solo, concentrado y amargo. Es producto de un mal día y se nota; y es que la escritura es siempre una buena catarsis.

Para leer con precaución y solo en días soleados XD

GUSTAV KLIMT

LA MADRE
por L. G. Morgan

Nunca hablo de mi infancia. En realidad, no hablo tampoco de mi casa, del pueblo, de mi familia... Y sobre todo, no hablo nunca de mi madre.

¿Es acaso porque siento vergüenza?

Así es.

Cómo no hacerlo cuando te has criado en un pueblucho de mierda, roído por el hambre y cercado por el calor. Cuando tus recuerdos son tan solo de miseria y estrecheces. Cuando tu casa era un agujero en la tierra, excavado como un silo, que había que encalar cada poco y que tenía el retrete en el corral. Cuando tu padre era ya viejo cuando debía haber sido joven y tus hermanos siempre iban descalzos y tu ropa estaba zurcida a perpetuidad. Y tu madre... pero ya he dicho que no hablo de ella. A mi madre ni mentarla. Que nadie se atreva a pronunciar su nombre.

Cuando logras dejarlo atrás...

Cómo volver aunque sea en la memoria, cómo dejar abierta la puerta siquiera un resquicio, y arriesgarte y asomarte allí. No sea que te atrapen las sombras y los olores del pasado. Y no puedas moverte, no puedas seguir... es mejor irse para siempre. Y no aceptar deudas. Ni una sola.

Por eso no hablo de ella. De ella menos que de nadie.

Porque no era guapa. Y además le faltaban dientes. Y olía a comida y a humo, a lejía, a cal viva. Y tenía las manos ásperas. Y nunca llevó ropa de moda. Y jamás pisó una peluquería.

Y se quitaba el pan de la boca para dárnoslo a nosotros. Y se acostaba más tarde. Y se levantaba más pronto. Me acariciaba el pelo y me cantaba bajito cuando no podía dormirme. Me decía siempre lo bonita que era y me llamaba su chica lista. Me aseguraba que llegaría lejos.

Tenía por rutina no quejarse. No lo hizo ni cuando estuvo enferma esa última vez.

Pero yo no hablo de ella. Ni pienso en ella siquiera.

Me digo que es porque me sonroja el pasado. O porque no sirve de nada. O porque conseguí escapar...

Pero la verdad es que me rompería en mil pedazos si flaquease y me dejara envolver un segundo por su recuerdo. Soy demasiado frágil para permitirme error semejante.

Y está también la vergüenza, sí. En realidad siento una vergüenza inmensa que me asfixia.

Porque no fui capaz de devolverle tan siquiera una milésima parte de lo que ella nos dio sin aparente esfuerzo.

martes, 16 de abril de 2013

lunes, 15 de abril de 2013

Pócimas y Recetas

Hoy vengo con un relato inédito que participó en un concurso cervecero, ya veréis por qué :-)
Va a ser incluido en la próxima antología de Relatopía, el Club de relato corto al que pertenezco, que se está preparando para salir en breve bajo la forma de autoedición.


NÁUFRAGOS, por L. G. Morgan

La vieja sirena era el nombre de aquella destartalada taberna cerca del puerto, asaltada por las corrientes del mar y azotada por la lluvia frecuente. El interior, desvencijado y lleno de humo, reunía más parroquianos que ninguna otra de los contornos, y eso era un misterio que el forastero, llegado hacía apenas dos días, no había logrado aún esclarecer. Cierto que la comida era sabrosa y abundante, el dueño amigable y a su mujer daba gusto mirarla, pero nada de aquello bastaba para justificar, en su opinión, el conveniente olvido de una atmósfera ahumada y un techo invisible de negro, del que colgaban redes tan viejas que podían haber servido para capturar peces prehistóricos. Además de unos rincones tan oscuros y mugrientos que darían miedo al troll más aguerrido. De hecho, estaba razonablemente seguro de que, de permanecer más de la cuenta en uno de aquellos desvencijados taburetes de tres patas, apoyado en la pared, ya no podría despegarse nunca más, y habría de perecer ignorado como parte integrante de la tenebrosa decoración.
         No, Alistair Cunnings, que así es como se llamaba el forastero, estaba convencido de que nada de lo anteriormente expuesto podía explicar el éxito clamoroso de aquel antro. La verdadera explicación había que buscarla en otra parte, en el fondo de la pinta de aquel oscuro y aromático brebaje que Ó Conaill, el tabernero, traía de alguna parte; decían que de su tierra, la verde Irlanda. Bien mirado, él mismo llevaba sus buenas diez horas allí metido, vaciando pinta tras pinta sin sentirlo, y si bien no podía decirse en justicia que estuviera por completo borracho, tampoco podía afirmarse que estuviera ni mucho menos sereno. Había algo adictivo en ese caldo, eso era –se dijo una vez más, saboreando el delicioso amargor mientras sentía que la vida se veía de otra manera después de un par de vasos de buena cerveza.

Seguía Alistair inmerso en estos filosóficos razonamientos cuando empezaron a llegar los clientes de la tarde. Taciturnos y silenciosos se dirigieron de a pocos a la barra, para después buscar, enarbolando sus vasos en alto, algún taburete vacío en algún rincón acogedor. Las llamas de la chimenea teñían sus rostros ensimismados de luces y sombras jugando al escondite, y volvían húmedos sus ojos oscuros, como si todos se hallaran embargados por la misma intensa emoción. El silencio se instaló en la taberna como un altivo señor en sus dominios, surcado apenas de crujidos y suspiros quedos. Alistair sintió de pronto la imperiosa necesidad de romper aquella especie de hechizo que parecía haber subyugado a la concurrencia, de natural jaranero a poco que se fuera generoso con los barriles. Allí había gato encerrado, estaba seguro. Algo que él no era capaz de entender estaba ocurriendo ante sus mismas narices y tenía que averiguarlo.
         ─Pues parece que está cambiando el tiempo –dijo por decir algo. Era consciente de su poca originalidad, pero también de que no se lo habían puesto fácil.
         Todos los parroquianos se volvieron a mirarle con reproche, como un solo hombre, como si hubiera violado algún pacto no escrito. Uno se animó por fin a pronunciar con tono cáustico, como si aquello lo explicara todo: ─Sí, eso es porque esta noche habrá tormenta.
         Alistair dejó pasar unos minutos, pegó un buen trago a la cerveza para armarse de valor y espetó con precaución:
         ─¿Y qué?
         ─¡Forasteros! –escupió con desdén su interlocutor. Luego se dignó aclarar–: Las noches de tormenta son especiales en La vieja sirena. La tormenta los trae de vuelta…
         ─Va, va, va –interrumpió Ó Conaill con expresión algo preocupada–, que a nuestro amigo no le interesan esos cuentos, Fidel. Lo mismo esta noche ni para aquí, ¿verdad paisano? –preguntó esperanzado.
         ─Pues no tenía idea de irme, ¿por? –contestó algo picado y un punto desafiante. Se dio cuenta de que se sentía envalentonado como nunca, el rey del peligro, el puto amo del abismo, el… Quizá había bebido más de la cuenta, comprendió–. Quiero decir –se suavizó un poco– que mi plan es cenar en la taberna.
         ─Pues es una lástima, porque no tenemos cena –ahora era Ó Conaill el que se mostraba más bien hosco–. A lo mejor hasta cerramos pronto hoy. Es… ─se devanó los sesos buscando algo–, ¡Fiesta! Eso es, es fiesta y cerramos a las ocho.
         ─¿Qué fiesta? –preguntó extrañado un parroquiano menos espabilado de lo normal.
         ─San Ó Conaill.
         ─Me está tomando el pelo –exclamó Alistair comenzando a enfadarse. ¿Qué pasaba allí, por qué querían echarle?–. Yo solo quiero tomarme tranquilamente mi cerveza sin molestar a nadie. ¿He molestado a alguien? –espetó, lanzando a su alrededor una mirada interrogativa. Como todo el mundo negara con la cabeza, continuó–: Entonces no veo inconveniente en que me quede, ¿no?
         El tabernero cedió a regañadientes:
         ─Allá usted, amigo. Pero luego no venga a lamentarse de lo que pueda suceder.
         Se dio la vuelta muy digno y se marchó tras la barra, donde se desahogó frotando con furia la madera hasta dejarla más limpia que el día que se instaló. Pero Ó Conaill era un tipo afable, así que al cabo de diez o doce frotaciones su sempiterna sonrisa reapareció en su cara rubicunda e incluso se permitió silbar un reel.

Una hora después llegaron los músicos. Alistair comprendió entonces el uso de aquella escueta tarima surcada de trastos que los recién venidos se apresuraron a ocupar. Eran tres hombres y una mujer, de distintas edades y condiciones. Había uno joven, con rastas, armado con una gaita; un viejo barbudo que cargaba un violín, un tipo flaco con gorra de cuadros que llevaba una flauta y la mujer, guapa moza, que cargaba con la percusión y seguramente ponía la voz. Según pasaban por su lado, Alistair escuchó las palabras que intercambiaban con la clientela.
         ─Esta noche habrá tormenta –pronunció el joven con tono lúgubre.
         ─Ahá, es seguro que habrá jaleo –contestó otro.
         ─Esperemos que esta vez no sea de mucho trueno –intervino la mujer haciendo al tiempo la señal de la cruz.
        En el mismo instante en que terminó de pronunciar la última palabra, como si hubiera conjurado las fuerzas del mal, se escuchó afuera el eco de un retumbar lejano que provocó en muchos un visible escalofrío de aprensión. Al instante siguiente un batir, como guijarros lanzados contra las paredes de la vieja taberna, dio la señal de comienzo oficial de la tormenta. El tableteo de la lluvia se hizo más intenso y constante y la luz de un rayo iluminó la única ventana del recinto. Contaron en silencio los segundos: uno, dos… cinco… diez, hasta volver a oír el trueno profundo. Tan concentrados estaban en los sonidos de la galerna que no notaron hasta pasados unos instantes que la puerta se abría. En el quicio sombrío apareció una mujer, tan repentinamente que casi parecía que se hubiera materializado de la nada. La desconocida entró y cerró la puerta con suavidad. Alistair quedó anonadado en su presencia y observó que el resto de los presentes parecían sentir también algún tipo de emoción, aunque no asombrada e inexplicable como la suya, sino más bien una especie de respeto y… algo parecido al alivio. La mujer era hermosa, vale, eso era indiscutible, pero era la suya una belleza extraña y no precisamente tranquilizadora. Alistair no encontraba las palabras, pero se dijo que era algo así como que parecía poco hogareña o terrenal, poco… accesible. Tenía el pelo oscuro dispuesto en apretados rizos, con reflejos que brillaban a la luz de las lámparas, los ojos profundos y enigmáticos –ojos de gato, recordaría luego que se le ocurrió pensar–. Y el cuerpo grácil y a la vez sinuoso, con un aplomo incomparable. Echó un vistazo por toda la taberna hasta toparse con sus ojos, se quedó unos segundos mirándole fijamente y luego se acercó con elegancia felina hasta pararse delante de su mesa.
         ─¿Puedo sentarme? –preguntó con una voz profunda y cálida, llena de matices. De cerca parecía tener más edad de la que le había calculado a simple vista. No es que tuviera la piel ajada ni nada de eso, pero había algo en su expresión que permitía asegurar que había visto mucho, y que pocas cosas serían capaces de sorprenderla.
         Alistair no podía creer en su suerte, entre todos los hombres de la taberna aquella increíble y enigmática mujer le había elegido a él, había ido derecha a su mesa y pedía permiso para sentarse… ¡con él! Le faltó tiempo para levantarse y apartarle la silla en un gesto tan caballeroso como desacostumbrado.
         ─Me llamo Moura –dijo ella.
         ─Alistair Cunnings, para servirte en cualquier cosa que se te ocurra querer. –Pero, ¿qué le pasaba, se había vuelto gilipollas? No podía haber dicho nada más estúpido o poco original. ¡Pero si parecía un baboso de esos que no habían visto una mujer en años! Intentó arreglarlo–: Bueno, es una frase hecha, ya sé, quiero decir que puedes pedirme lo que quieras… aunque eso tampoco suena muy allá. Es que no soy español, ¿sabes?, y el idioma a veces se me atasca…
         La aparición de O’Conaill, que había salido de detrás de la barra para atenderles, le salvó de hacer más el ridículo. Moura seguía sin decir nada, mirándole atentamente como si pudiera leer dentro de él las palabras certeras que él no conseguía pronunciar.
         ─¿Este?, ¿estás segura? –preguntó el tabernero dejando al forastero perplejo.
         ─Sí –dijo ella con sencillez, y no añadió más. Lo cierto es que no hablaba mucho, no.
         Para Ó Conaill, al parecer, fue suficiente. Se limitó a asentir y dejó ante ella una pinta de cerveza, lo que le indicó a Alistair dos cosas evidentes: que era clienta asidua del local, y además, una entusiasta bebedora de cerveza. Al mismo tiempo que pensaba aquello observó con estupor algo más: los clientes de la taberna habían seguido la escena con atención y después de ese momento, sin saber por supuesto por qué, tuvo que admitir que contaba con el beneplácito de todos ellos. Algo así como “si para Moura está bien, también lo está para nosotros”.
         ¿Qué hacer cuando te ocurren cosas semejantes? Desde luego solo hay una opción posible: beber. Y eso es exactamente lo que hizo Alistair, y lo hizo a conciencia, vaya que sí. Dejó de resistirse, de intentar comprender aquella taberna tan extraña y sus gentes más extrañas aún, desistió de hallar la frase ingeniosa y la actitud amistosa. "Si en realidad no le hacía ninguna falta", se dijo con cierto pasmo. Y se sumergió de lleno en la atmósfera cargada, en los vapores de la espuma y en los acordes de la música, que se extendía sobre el local como el manto mágico de un sueño.

Pero la tormenta no pensaba seguir siendo ignorada.
         Durante breves instantes se habían olvidado de ella y ahora reclamaba su atención con la sutileza de una carga de caballería. Truenos y relámpagos empezaron a sucederse sin solución de continuidad, la lluvia azotó sin piedad cristales y paredes, formando una espesa cortina que les aislaba del mundo por completo. Y en el punto más álgido de aquella climatológica sinfonía tuvo que ocurrir lo que los buenos parroquianos que ocupaban La vieja sirena más temían. La puerta se abrió con estruendo y una caterva de hombres mojados y vociferantes irrumpió en el lugar y se instaló por doquier, como si hubieran decidido tomarlo al asalto y no dejar prisioneros. Había viejos y había jóvenes, barbudos, lampiños, con largas greñas o calvos, pero todos con pinta de malhechores o contrabandistas, hombres curtidos en quién sabía qué mil negocios turbios. A grandes voces reclamaron la cerveza que Ó Conaill tenía ya preparada, y la tragaron como si tuvieran que apagar la sed de un millón de años de penalidades y desiertos. Maruxa, la tabernera, iba entre ellos repartiendo los vasos con el estoicismo de quien ha presenciado lo mismo muchas veces y sabe que no tiene remedio. Capeaba bromas y pellizcos con dignidad y algún que otro guantazo, repartido al osado que se pasaba demasiado de la raya. El resto de la clientela y los músicos parecían también al cabo de la calle, aguantando con resignación el tipo hasta que la situación se solucionara de algún modo, establecido de antemano. Entonces, de golpe, el que parecía el capitán de aquellos desaliñados filibusteros apuró de un trago su tercera pinta y se volvió a los parroquianos.
         ─Bien, ¿quién va a ser esta vez? –preguntó con su vozarrón áspero de sal y viento, mientras se secaba la boca con la manga.
         La música cesó y todos a una señalaron a Alistair Cunnings, el forastero más perplejo que hubieran contemplado aquellas paredes. Moura solo le dirigió una sonrisa tranquilizadora y le hizo gesto de que callara. El maldito capitán se acercó hasta su mesa, tambaleante como si se hallara en la cubierta de su barco, y se plantó firmemente enfrente del hombre.
         ─Un pulso –rugió–, un pulso a vida o muerte. –Dicho esto agarró el vaso de Cunnigs, le dio un largo trago y se lo pasó, instándole a beber. Cuando el joven lo hizo, el marino prorrumpió en alegres carcajadas, a las que se unieron de buena gana los demás miembros de su tripulación y, más por compromiso que por otra cosa, el resto de la concurrencia al completo–. ¡Tabernero! –gritó mientras volvía a la barra-, da de beber a los sedientos, que necesito combustible para que rinda el acero –y con nuevas risas se señaló el bíceps contraído que le marcaba la camisa.
         Alistair soltó un suspiro de alivio. Por un momento y dada la calaña de esa gente había pensado que se trataría de otra cosa, un desafío en toda regla con consecuencias mortales o algo parecido. Pero si se trataba de un simple pulso… Va, eso no eran más que fanfarronadas y rivalidades por la hombría, trasnochados vestigios del pasado.
         Un viejo que andaba cerca llamado Eustaquio, uno de los clientes habituales de la taberna, arrimó su silla entonces a la del forastero y le susurró entre dientes:
         ─Mira bien lo que te juegas, rapaz, que no es cosa de risa.
         ─¿Un pulso? –sonrió el hombre confiado-, lo peor que puede pasar es que me gane.
         ─¡Insensato! –masculló el Eustaquio mirando con pavor hacia los bárbaros marinos–. Si pierdes tendrás que irte con ellos de vuelta, ¿te parece poco?
         ─¿Cómo de vuelta, de vuelta dónde?
         ─A la tumba –respondió el viejo con solemnidad. Al ver que Alistair no comprendía volvió a insistir–: ¿De dónde te crees que vienen, pues?
         Alistair estuvo a punto de reírse con ganas, pero la vista de la expresión sentenciosa de Eustaquio le cortó la carcajada en seco.
         ─No puede ser, ¿estás loco?
         ─Loco no, muchacho, es solo que soy sabio y esto lo he visto ya muchas veces. Estos malditos piratas son los muertos del mar, marineros arrojados a estas costas y ahogados en el agua salada de la ría. Las noches de tormenta el mar nos los devuelve y tenemos que sufrir sus rapiñas de almas, a no ser… A no ser que nuestro paladín sea capaz de vencerlos en buena lid.
         ¡Joder, joder, joder…!, pensó Alistair, agitando la cabeza por si lograba despejársela. En vista de que no, optó por empinar el codo hasta ver el fondo del vaso.
         ─¿De qué crees que sabe así nuestra cerveza? –preguntó de repente el viejo–. ¿No te has preguntado de dónde puede venir tan magnífico brebaje, ese sabor profundo, esa textura y ese color…? Ó Conaill la trae de Éire, eso dicen por ahí. Pero es aquí –afirmó–, mi querido forastero, donde obtiene sus cualidades especiales, en la tierra madre de las sirenas y los náufragos, con el fermento del mar, su sangre y sus huesos.  Claro que el brebaje les llama a ellos también, ¿sabes, rapaz? –añadió señalando a los ruidosos visitantes. Muertos, auténticos fiambres si había que creerle–. Sí, ya lo creo que les llama, es ambrosía para ellos. –Se quedó un momento pensativo y luego siguió–: Tardamos un poco en darnos cuenta de lo que pasaba, y entonces ya fue tarde, así que nos resignamos a nuestra suerte. Después de todo qué son unas cuantas noches molestas de tormenta al año, y unas pocas vidas echadas a los peces, ¿no lo crees también? Todo a cambió de este elixir –dijo mirando con adoración su vaso mediado, el líquido castaño que relucía contra la luz, coronado de espesa espuma blanca–, esta cerveza gloriosa.
         ─¿Y ella? –preguntó Alistair volviéndose a contemplar a la misteriosa mujer que, ensimismada, parecía contemplar un punto indeterminado del vacío–, ¿dónde encaja en todo esto?
         ─¿Moura? Es la Guardiana, la mujer sabia que custodia la cerveza. Ella vigila el proceso y cuida de la taberna entera. Por eso ella elige nuestro paladín cada vez. Esta noche te eligió a ti, por algo será –añadió con más dudas de las que permitían adivinar sus palabras–. Pero no te preocupes, si ganas, los muertos se irán y Moura te dará tu recompensa. Y si no ganas… Bueno, entonces ya no tendrás que preocuparte por las mezquindades de este mundo.
         Alistair iba a replicar con ironía sobre que ya le había dejado más tranquilo, cuando vio venir hacia él al energúmeno oscilante que le había retado. Al mismo tiempo Moura le apretó la mano con calidez y se levantó de la banqueta para dejar sitio al capitán. Segundos después los dos hombres se hallaban frente a frente y a Alistair no le quedó más remedio que remangarse y agarrar la mano de su contrario, rezando en silencio y dirigiendo una sonrisa insegura a los espectadores, arracimados todos en torno al torneo que estaba a punto de celebrarse.
         ─¡Ánimo! –le guiñó un ojo Eustaquio–, que tú puedes, campeón.
         ─Más nos vale –respondió en voz baja y tragando saliva un paisano que gastaba lentes y luenga barba, y que miraba a los intrusos con una aprensión muy cercana al terror.
         Alistair Cunnings no tuvo tiempo de preguntarse por el significado de aquello, pues ya la tenaza de su oponente amenazaba partirle la muñeca. Concentró toda su energía en ese puño de acero que significaba la muerte. Se puso a sudar como no recordaba, notando los músculos del brazo tensos como cuerdas de violín, apretando, apretando... La misma tensión creciente se podía apreciar en el local, como si todo el mundo contuviera la respiración a la espera del resultado. Alistair no creía poder resistir mucho más, el puño del capitán barbudo no se había desplazado ni un milímetro. Claro que su rostro expresaba el mismo esfuerzo que el del forastero, el sudor hacía brillar sus mejillas y su frente pálidas, y el aliento con vapores de cerveza se le escapaba en ráfagas cortas y cada vez más rápidas. El joven creyó percibir un ligerísimo titubeo en el puño del capitán, una disminución en su resistencia, y con esa motivación apretó los dientes aún más y se empleó a fondo hasta creer que le estallarían los tendones del brazo. Un grito ajeno le reveló lo que sus ojos no se atrevían a creer: que había vencido. El puño de su oponente golpeó sobre la tabla rugosa y un rugido salió expelido de decenas de gargantas, todos aquellos que poblaban cada tarde la taberna a riesgo de que algunas se convirtieran en tormenta.
         La mirada de odio que recibió Alistair del capitán pirata fue de esas que te asaltan en las noches de pesadilla, robándote el aliento. Pero, ¡qué diantre!, había vencido, y ni el capitán pirata ni ninguno de los demonios de los abismos que le acompañaban le iban a amargar aquel momento.
         ─¡Cerveza para todos! –gritó fuera de sí–, ¡cerveza para los vivos, y cerveza para los muertos!
         Por un momento todo el mundo quedó en suspenso, nunca se había producido cosa semejante, ¿estaría bien?, ¿sería de recibo eso de convidar a los fantasmas? Consultaron a Moura con la mirada, tripulación incluida, como sabia que era entre los sabios, y ella asintió sonriente:
         ─Es lo justo –dijo–. Si hubieran ganado los náufragos se habrían llevado un alma y toda la cerveza de la temporada. –Al oír eso Alistair miró a Eustaquio con indignación, vocalizando en silencio: ─Eso no me lo habías dicho. Pero el viejo se hizo el loco y le indicó que se callara y escuchara a Moura. ─Que beban ahora a nuestra salud ya que el paladín así lo quiere.
         Durante un buen rato todo volvió a ser trajinar de pintas y música de gaita, risas ruidosas y palmadas en la espalda, vértigo y etílica exaltación de la amistad. Hasta que amainó la tormenta. Los réprobos marineros parecieron desinflarse con las últimas gotas de lluvia, la animación de antes les abandonó de golpe y por completo, y pasaron a ser triste desfile de rostros cenicientos y miradas vacías. Uno por uno abandonaron la taberna, según se extinguía el eco del último trueno de la noche. Y por un momento Alistair sintió un vacío en el pecho que no llegaba a comprender, como el juerguista que ve desaparecer tras la esquina a los últimos camaradas con quienes compartió noche y conversación, en ese estado intermedio entre la realidad y la inconsciencia que solo puede ser reconstruido en parecidas circunstancias.
         Moura se acercó a él y le tomó de la mano. Le miró intensamente a los ojos grises mientras tiraba de él hacia las escaleras que llevaban al piso superior de la taberna. Ó Conaill se acercó a ellos y se encaró con el forastero:
         ─Si vas con ella –le dijo casi con dulzura– no habrá vuelta atrás. Serás para siempre uno de los nuestros. –Luego se volvió a la mujer y añadió casi como una disculpa–: Se lo debemos, ¿no crees?, tiene derecho a elegir a sabiendas. –De nuevo concentró su atención en el forastero–. Muchacho, es mejor que sepas que Moura no es de nadie y nunca lo será. Ella pertenece solo a este lugar. Así que tú decides lo que quieres hacer.
         Alistair no se lo pensó dos veces, ¡a por todas, como si no hubiera un mañana! ¡Qué demonios!, con que fuera cierto la mitad de lo que podía leer en los ojos profundos de Moura iba a ser una noche antológica, de esas que hacen época. Y él de ningún modo estaba dispuesto a perdérsela.
         Tenía el resto de su vida para arrepentirse… O no.

miércoles, 3 de abril de 2013

Pócimas y Recetas

Esta vez subo un fragmento de un relato que está a punto de publicarse. Se titula "Concubina Imperial", y aparecerá en la antología de relatos: "El monje y la pulga, y otros relatos", de Ediciones Evohé, libro que recoge el resultado del V Concurso Hislibris de Relato Histórico.

 



CONCUBINA IMPERIAL
por L. G. Morgan
I
Una nueva vida, un nuevo nombre, siempre impuesto por otros. Porque una mujer china no se pertenece a sí misma, sino a los que tienen poder sobre ella. Ahora es Yang Kwei Fei, concubina imperial de alto rango, distinguida por su Señor con ese título sobre todas las demás. Hasta ahí, a ese momento concreto, le han conducido los esfuerzos y desvelos de los últimos nueve largos años.
Contempla su imagen en el alto espejo de plata, que se erige en inmutable guardián en una de las paredes de sus aposentos. Su hermosa piel de nácar, sus ojos rasgados, su cabello como seda negra, atado en la parte superior de la cabeza y coronado de colgantes de oro y piedras. Se contempla y cree ver desplegarse ante ella el nuevo tramo de la historia que piensa escribir sobre sí misma. Sí, por fin ve perfilarse su Tao con completa claridad. Y siente que está próxima su culminación.
Yang Kwei Fei sabe mejor que nadie que la existencia es solo una sucesión de ciclos. Y cada uno de los suyos se ha inaugurado con un nombre distinto, como las fases de la luna que atraviesa continuas metamorfosis. Con tan solo veintisiete años Kwei Fei ha vivido ya muchas vidas, aunque su alma ha recorrido aún miles de estadios más y puede sentir el peso de las edades como rocas sobre la Tierra. Desde su nacimiento lo supo, que había sido víctima de los ardides de los dioses, engañada y condenada a esa mezquina existencia terrenal que no le correspondía. Sí, su alma podía recordar… Aunque le hubiera sido negado huir.

Su mirada en el cristal le devuelve una hondura que asusta, una sima oscura, profunda e ignota que nadie ha visto nunca. Los viejos mundos y viejas épocas que quedaron a su espalda, las viejas vidas de las que no osa hablar. Nadie le mira nunca a los ojos con suficiente atención, buscando en su interior hasta dar con su verdadera esencia. Nadie ha podido entonces descubrirla; esa especia rara e intemporal que florece en su alma antigua y que hace sangrar todo lo que toca. Ese fruto amargo que necesita sacar de sí y que le exige venganza. Nadie salvo Lishi. Pero a él no le asusta, él la ama por lo que es, y aun por lo que no es.
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