lunes, 28 de abril de 2014

V Encuentro Hislibris

Este fin de semana ha tenido lugar, entre Alcalá de Henares y Madrid, el encuentro anual de la web Hislibris. El viernes nos reunimos en el Museo Arqueológico Regional, sito en la plaza de las Bernardas (Alcalá de Henares), para la entrega de los Premios Hislibris de Literatura Histórica.

Estas fueron las cinco categorías y estos los nominados.

CATEGORÍA A.- MEJOR NOVELA HISTÓRICA 2013
  • Treinta doblones de oro de Jesús Sánchez Adalid - Ediciones B
  • La muchacha de Catulo de Isabel Barceló Chico - Ediciones Evohé
  • Tierra sin rey de Luis Zueco - Nowtilus
  • El asirio de Nicholas Guild - Pàmies
  • Las piedras de Chihaya. El hilo del karma de Sergio Vega - Quaterni
  • Tiempo de cenizas de Jorge Molist - Temas de hoy
CATEGORÍA B.- MEJOR ENSAYO HISTÓRICO 2013
  • 1914. El año de la catástrofe de Max Hastings - Crítica
  • Los filósofos presocráticos. Literatura, lengua y visión del mundo de Alberto Bernabé - Ediciones Evohé
  • Fantasmas, brujas y magos de Grecia y Roma de Fernando Lillo Redonet - Ediciones Evohé
  • Monasterios de Miguel Sobrino - Esfera de los libros
  • Shackleton, el indomable. El explorador que nunca llegó al Polo Sur de Javier Cacho - Fórcola
  • Breve historia de Napoleón de Juan Granado - Nowtilus
CATEGORÍA C.- MEJOR AUTOR ESPAÑOL 2013
  • Alberto Bernabé por Los filósofos presocráticos. Literatura, lengua y visión del mundo - Ediciones Evohé
  • Isabel Barceló Chico por La muchacha de Catulo - Ediciones Evohé
  • Miguel Sobrino por Monasterios - Esfera de los libros
  • Javier Negrete por Roma Invicta - Esfera de los libros
  • Javier Cacho por Shackleton, el indomable. El explorador que nunca llegó al Polo Sur - Fórcola
  • Yeyo Balbás por Pan y circo - Roca editorial
CATEGORÍA D.- MEJOR AUTOR NOVEL 2013 (su primer libro ha sido publicado en el 2013)
  • Ana B. Nieto por La huella blanca - Ediciones B
  • Emilia Landaluce por Jacobo Alba - Esfera de los libros
  • Rafael Herrera Guillén por Breve historia de la utopía - Nowtilus
  • Sergio Vega por Las piedras de Chihaya - Quaterni
  • Carlos de la Fuente por El corazón de los lobos - Tagus
CATEGORÍA E.- MEJOR PORTADA HISTÓRICA 2013
(Pulsar para ampliar)
CRÍTICA
espana-partida-en-dos_9788498924688
EDICIONES B
 El Señor de Castilla
ESFERA DE LOS LIBROSPortada Lo que escondían sus ojos
EDICIONES EVOHÉ
  portada_muchacha_catulo
ESPASA
todo-lo-que-cabe-en-los-bolsillos_9788467007718  


AND THE WINERS ARE........................... Agraciados con el ya famoso galardón propio de Hislibris: nuestro Celedonio, en sus distintas encarnaciones.


  • SERGIO VEGA, que se llevó dos estatuillas, una en la categoría de "mejor novela histórica", y otra por "mejor autor novel".
  • MAX HASTINGS, la de "mejor ensayo histórico"
  • MIGUEL SOBRINO, como "mejor autor español".
  • EDICIONES B, por la "mejor portada histórica", perteneciente a la novela de Blas Malo, "El señor de Castilla". Realizada por el ilustrador Alejandro Colucci.
Continuamos la fiesta ya en Madrid, en el Irish Corner de Arturo Soria y, los más esforzados, siguieron luego de copichuelas por la zona. Yo no, que al día siguiente me amenazaban con la primera mesa redonda ¡¡¡a las once y media de la mañana!!!

El sábado nos vimos en el Hislibris Tabernae para las mesas redondas y (en realidad he ahí el verdadero motivo, pero que no se sepa, ¿eh?) charlar y cervecear todo lo posible con el resto de compañeros.
Por la tarde fue la presentación del libro de relatos del concurso Hislibris. En el Café Comercial, para más señas.
Aquí un momento de la presentación:


Sí, claro, hubo más momentos, pero soy una egocéntrica y os pongo este, donde salimos Javi y yo y parece que estemos en un oscuro garito con la gente a punto de pedirnos otra, y otra, y... bueno, ya paro, que me crezco XD Igual no estaban tan ansiosos por escucharnos.
El libro es así de guapo:


Y en él se encuentra, cobijado entre otros diecisiete estupendos relatos, el mío: EL LIBRO DE ELOHIM, una historia que tiene a Rodrigo Díaz de Vivar como protagonista, empeñado en hallar una mágica reliquia con la ayuda de los hombres de su mesnada, el fiel Abdel Alî, el equívoco De la Vega, el ambicioso Martín y unos cuantos otros. En medio de su aventura se verán obligados a descifrar un enigma tan misterioso como ninguno habría imaginado en su azarosa existencia. Todo ello en un siglo XI convulso, de grandes cambios, en un territorio cuyas fronteras cambian sin cesar, entre reinos cristianos y taifas musulmanas. 
Solo me resta presentaros a este mío Cid, al que yo elegí entregar la llave de esta historia.


P. D. Este es un fotograma de la película que Hollywood rodará sobre mi relato (en cuanto lleguemos a un acuerdo económico y consiga convencer a mi protagonista).

viernes, 25 de abril de 2014

Mujeres que se escriben

Vuelven nuestras autoras, para seguir dándole vida y letras a la sección.
         No sé a vosotros, pero a mí me está resultando de lo más gratificante la variedad de estilos, enfoques y temas que están desarrollando nuestras invitadas. Y, lejos de disminuir el número de "voluntarias" que estoy conociendo, se me amplían horizontes, con enorme satisfacción por mi parte, claro.

Del blog Déjame que te cuente

Nuestra estrella invitada de hoy es…
ISABEL MUÑOZ VALENZUELA
Nací en un pueblecito de Córdoba –Almodovar del Río-, aunque actualmente resido en La Nucia, Alicante. (Benidorm está al lado, para que te hagas una idea). Actualmente es mi marido el que sostiene la economía familiar, así que yo me ocupo de toooodo lo demás y puedo dedicarme, por fin, a escribir. Estudio segundo de Grado en Geografía e Historia por la Uned. Mi curriculum literario es muy pobre todavía: "Mi amado amo Parmenio" –Antología de Hislibris. “El monje y la pulga y otros relatos”. Ediciones Evohé. Madrid; "Kevin" –Antología “Animales en su tinta”. Generación BlibioCafe. Valencia; "Libros, libros, libros" –Antología “Último encuentro en BlibioCafe”. Generación BiblioCafe. Valencia.

LCE -Muy buenos días. ¿Preparada para convertirte en la siguiente víctima de la sección?
IM – ¡Hola! Buenos días. Claro, preparadísima.
LCE –Hoy indagamos en los gustos y aficiones literarias de la autora Isabel Muñoz Valenzuela, que ha aceptado participar en el blog y ofrecernos una muestra de su trabajo. Empezaremos con la pregunta de costumbre: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?
IM – El por qué no lo sé. Creo que siempre ha estado ahí. Supongo que es mi Dharma, aunque lo tenía escondido debajo de un montón de miedos. Hace poco lo volví a encontrar y es fantástico saber lo que quieres hacer el resto de tu vida. En cuarto curso de la prehistórica E.G.B., mi profesora me presentó a un concurso de cuentos. Lo gané. Mi madre se pasó toda la tarde paseándome a mí y los libros que había ganado de premio por todo el barrio. Jamás olvidaré esa expresión de orgullo en su rostro. En mi adolescencia escribí una novela de amor y aventuras. La tengo escondida en mi estudio para que nadie la encuentre. Luego siempre he tenido la necesidad de escribir. Pero la vida, a veces, tiene una manera muy peculiar de guiarte…
LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
IM – Mi estilo es muy sencillo. Fácil de leer. Ameno. Divertido a veces. Muuuy romántico y pasional cuando se tercia. Todavía no tengo una trayectoria como para dilucidar si mi estilo ha cambiado. Pero creo que lo que escribo es lo que he querido hacer siempre. Contar historias de amor a lo largo de la Historia.
LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer?  Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
IM – Sí, o al menos yo lo siento así. Creo que es la empatía, la clemencia, la piedad, la no violencia, el romanticismo, el erotismo, la sensibilidad, las emociones. No digo que los hombres no tengan estos rasgos o cualidades, pero en general no los utilizan y no voy a emplear un juicio para explicar el por qué. Cada uno sabe porque no utiliza un rasgo en su escritura. A mí como mujer me encanta e intento expresar todo este tipo de emociones.
LCE – ¿Significa eso que escribes para un público determinado, concretamente para otras mujeres?
IM – La verdad es que cada vez estoy más convencida de que sí. Porque entiendo que no puedo agradar con mi escritura a todo el mundo. Por lo tanto creo que sí, que me voy a enfocar a recrear la imaginación de la féminas. Aunque esto no quiere decir que los chicos no puedan leerme, eeeehhh. Que me lea quien quiera.
LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
IMPasa que todavía no me ha dado tiempo a nada. Tan sólo a conocer a un montón de personas amabilísimas del mundo de las letras que me han acogido con muchísimo cariño. Podría mencionar a cuatro de ellas que siempre, siempre, están ahí para lo que necesite.
LCE – Y ahora cambiemos de tercio: ¿Qué género literario prefieres?  ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?
IM – A mí no me importa ni me molesta que me encuadren en ningún género. Ya cuando mis libros se vendan como churros y si me apetece pues me desencuadro y listo. Que a mis futuros lectores no les gusta lo que escriba, pues volvería a contar deliciosas historias de amor. ¿El género? Romántico, claro, con su erotismo y sus aventuras.
LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
IM – Objetivos… Creo que lo mejor del mundo sería llegar al corazón del máximo número de personas posibles. Transmitirles y recordarles que el amor en todas sus formas es lo más importante de la vida.
LCE - ¿Algo más que quieras contarnos?
IM – Sólo una cosita más. Que la Historia no se compone únicamente de nombres importantes, guerras y grandes batallas precisas. La Historia se hizo posible gracias a las personas, a sus sentimientos, a sus relaciones. Y eso es lo que yo quiero contar.
LCE - Y ahora, para terminar, ¿querrías presentarnos el relato que has elegido para Literatura con estrógenos?
IM – Este relato está escrito y pensado exclusivamente para esta ocasión. He intentado recrear los sentimientos y sensaciones de una pareja joven en un primer encuentro. Algo divertido y sensual. Después de todo, ¿quién no ha tenido veinte años? ¡Espero que os guste!

El baile

Isabel Muñoz Valenzuela



¡Me está mirando! Desde la barra del bar, donde se encuentra con sus amigos hace ya un buen rato. Cuando los novios inauguraron el baile con el vals, se anunció que se abría la barra libre y, desde entonces, todo su grupo tiene un puesto fijo allí. Creo que él no me había visto hasta ahora. Yo sí. En el cóctel de bienvenida, pero su grupo estaba bastante alejado del mío y no coincidíamos para nada. Y encima con la ubicación de las mesas tampoco he tenido suerte porque nos ha tocado a cada uno en un extremo.
         Pero ahora sí que me ha visto, y me mira de reojo de vez en cuando entre las bromas y risas de su grupo. Yo acabo de sentarme. He bailado algunas piezas con mis amigas y me duelen los pies un montón. Tenía que haberme puesto los zapatos en casa durante unos días, para domarlos, pero al final con todo el ajetreo se me ha olvidado. Ya da igual. Acabo de sentarme y tendría que ocurrirme algo muy excepcional para que me levantara de este bendito asiento. Aunque tendría que ir a la barra a por algo para beber. Pero es que él está allí… A ver, María, ahora te va a dar corte acercarte a un chico. No… no me da. Pero es que este ahora me está mirando fijamente. Se pasa un dedo por una ceja, pensativo y, me vuelve a mirar. ¡Me sonríe! ¿Me hago la despistada? Pero, ¿cómo te vas a hacer la loca? ¡Sonríe tú también! Y lo hago, claro.
         Inmediatamente, deposita el vaso que tenía en la mano sobre la barra del bar y se vuelve de frente hacia mí. Se detiene unos segundos, sin dejar de mirarme y, comienza a caminar. ¡Viene hacia aquí! Tranquila, María, tranquila. Me coloco el vestido, me lo aliso, me toco el pelo y apoyo un codo sobre la mesa. Para que no se me quede esa mano tonta, ahí suspendida en el aire, comienzo a colocarme detrás de la oreja un ricito que se ha escapado del moño alto que llevo. Pero, mientras lo hago, como me paso varias veces el dichoso rizo por la oreja y el muy rebelde siempre se escapa, me despisto y se me resbala el codo que tenía apoyado sobre la mesa. ¡Jolines! Va a parecer que estoy tarada. Mientras se dirige hacia mí, sin embargo, se me ocurre algo. ¿Y si no soy yo su propósito? ¿Y si hay alguien detrás de mí que sea el objeto de su interés? ¡Hala, pues podría ser!
         Lo más disimuladamente que puedo dirijo mi mirada por encima de mi hombro derecho. Por ahí sólo quedan unas parejas de matrimonios mayores con ganas de retirarse. A ver si por el otro lado… Bueno, por ese otro, hay una mesa repleta de señoras octogenarias criticando las cuestiones del bodorrio. ¡Cómo no vaya a saludar a alguna tía suya! Pero no se mira así a una tía, ¿no?


1
—¡Hola!
         ¡Ah! Pero, ¿ya ha llegado? Claro, si es que en el transcurso de mis pesquisas se ha cruzado tranquilamente todo el trayecto.
         —¡Hola! —Lo saludo con una tímida sonrisa.
         —¿Bailas? —Tiene una voz agradable.
         —Bueno yo… —Me ha pillado totalmente desprevenida.— Acabo de sentarme y…
         Pero… ¿por qué le estoy dando largas?
         —Venga —insiste sonriéndome.
         ¡Madre mía, cuando sonríe resulta terriblemente encantador! Debe de tener algún tipo de truco, porque alguien así no puede estar solo.
         —Es que esta música…—y expreso una mueca de disgusto.
         Es la verdad. No me veo yo bailando una canción de Rafaela Carrá con este Adonis. Estas piezas se bailotean con tus amigos haciendo el tonto, no con un guaperas increíble que acabas de conocer.
         Desde su altura me observa. No sé qué estará pensando. Posiblemente en cómo alejarse de esta sosa de la manera más natural y elegante posible. Yo por mi parte también lo miro. ¡Pero qué guapo es! Lleva el pelo un poquito largo de color castaño, a juego con sus preciosos ojos. Es alto, delgado y tiene un porte elegante, educado. La chaqueta y la corbata han pasado a mejor vida en el respaldo de alguna silla y lleva las mangas de la celeste camisa ligeramente remangadas.
         En ese mismo instante la pista de baile cambia de iluminación. Se vuelve más oscura, acogedora, con las luces brillantes de la gran bola del techo salpicando a todos.
         Él me sonríe un poco más abiertamente, alzando las cejas y abriendo sus brazos en señal de: “Ahora no tienes excusas”. Me tiende una de sus manos para ayudarme a levantar.
         En la pista de baile, mientras suena una pieza lenta y agradable, él coloca, respetuoso, una de sus manos en la mitad de mi espalda y con la otra agarra una de las mías. En su hombro apoyo mi otra mano libre y, comenzamos a bailar.


2
Intento empezar de la manera más convencional posible; uno, dos a un lado, uno al otro; uno, dos a ese lado, uno al otro. Pero en cuestión de segundos él, y no sé cómo, ha ralentizado nuestro baile. Los movimientos son ahora lentos, más relajados. ¿Más íntimos? Vaya, quiere jugar. Pues yo también sé. Me acerco un poquito más a él, de manera que mis pechos, a los que hoy les he dado rienda suelta porque llevo el vestido anudado al cuello y con la espalda al aire, llegan a rozar su pecho.
         La música es una balada romántica de pop español que está de moda ahora. Nos envuelven los suaves acordes de una bonita canción de amor.
         La cercanía de ese cuerpo me resulta agradable, sensual. Me siento bien entre estos brazos que me envuelven con seguridad y me transmiten una especie de calma eterna. Mueve la cabeza para mirarme y en ese momento su atractiva nariz roza mi mejilla. Ha sido un roce lento que incluso ha llegado a aturdirme un tanto. Me está mirando a los ojos, como queriéndome pedir permiso. ¿Permiso para qué? ¡Ah, entiendo!
         Lleva, sin apartar sus ojos de los míos, mi mano, que se apoyaba en la suya, a la parte de atrás de su cuello, mientras la suya, ya libre, se desliza por mi brazo levantado hasta que, sin dejar de rozar mi piel, se detiene en la mitad de mi espalda, junto a la otra suya. ¡Qué barbaridad! Nunca nadie había recorrido mi brazo de esa manera tan lenta, tan provocativa. Cuando sus dedos han pasado cerca de mi axila he sentido un cosquilleo, pero enseguida he apoyado mi cara sobre su hombro. Se me han acumulado las sensaciones de tal manera que incluso me he mareado. Ahora rodeo su nuca con mis dos manos entrelazadas y nos dejamos llevar por la magia del momento. La música continúa sonando lenta, sensual, relajante. No sé cómo lo hago pero, de la manera más natural mis dedos comienzan a acariciar el pelo de mi Adonis introduciéndose y entrelazándose entre su corta melena. Ha sido algo instintivo, espontáneo, propiciado tal vez por la complicidad del momento. Pero por lo visto acabo de despertar sus necesidades.
         Sus manos, muy suaves por cierto, comienzan a bajar por la curvatura de mi espalda tan lentamente que parece interminable ese roce irresistible. Se detienen posándose donde la espalda ya no se llama así, aunque algún centímetro de sus dedos si ha alcanzado el comienzo de mi trasero. Una vez que sus manos han alcanzado su destino, él ejerce una pequeña presión sobre ese sitio para obligarme a acercarme un poco más. ¡Oh, madre mía! Ahora nuestras caderas están muy, muy juntas. Y el empuje que él ejerce sobre mi retaguardia no disminuye en absoluto. Siento sus manos pegadas a mi piel, por la zona de los riñones e incluso un poco más abajo, con la intención de estrujar mi cuerpo contra el suyo.


3
La sensación resulta mareante, desconcertante, ¡pero tan agradable a la vez! Jamás en mi vida había bailado con nadie de esta manera. Es tan… provocador. ¡Irresistible! Mi cuerpo me pide reacciones. ¡Uf! Me están entrando unas ganas terribles de morderle algo. Su oreja… o su cuello que lo tengo tan cerca que puedo oler el tentador aroma de su piel.
         Ha bajado su cara hacia la mía para que estén juntas y ahora su respiración acaricia mi oreja cada vez que sale de su nariz. Parece un tanto acelerada, tanto, que en alguna ocasión tiene que entreabrir sus labios para desahogar algún profundo suspiro. Estoy notando su aliento cálido, abrasador en ocasiones, y trago saliva cerrando los ojos.
         La pista de baile está abarrotada de parejas, pero cada una baila en su mundo.
         Siento una mano que ha comenzado a moverse otra vez. Lentamente asciende por uno de mis costados, pero su pulgar se ha introducido entre la tela de mi vestido y ha conseguido acariciar la redondez de uno de mis pechos. ¡Hala! Y estos responden, claro. No lo puedo evitar. Mis pezones han agradecido la caricia con energías renovadas. Se le deben de estar clavando en su pecho porque los conozco claro, son míos, y pueden llegar a ser muy insistentes, aunque a él no parece molestarle. Todo lo contrario, ya que estoy sintiendo movimientos impacientes por la zona de sus caderas. Estamos tan cerca el uno del otro que casi somos uno. Menos mal que me tiene bien agarrada porque si no creo que no me aguantaría de pie.
         La presión en el bajo de mi espalda se vuelve insistente, tanto, que agarro un puñado de sus cabellos y le estiro brevemente. Él cierra sus ojos. Sus pestañas acaban de acariciar la zona de mi sien. Sus labios, hambrientos, mordisquean el lóbulo de mi oreja, una y otra vez, aunque muy disimuladamente. Y un suspiro se escapa de mi boca que provoca que se le erice la parte del cuello donde mi aliento lo ha quemado.
         La pieza de música se termina y la gente aplaude, satisfecha. La boca de mi Adonis sigue pegada en mi oreja y así puedo escucharlo:
         —¿Salimos a la terraza?
         Yo no tengo aliento para contestarle, de manera que me limito a afirmar con la cabeza. Con gran seguridad me conduce de la mano por la abarrotada pista de baile. Supongo que los dos necesitamos que nos dé el aire. Y por supuesto, contemplar las estrellas.

miércoles, 23 de abril de 2014

Los desposeídos

Úrsula K. Le Guin

Leído. Y disfrutado. De un modo extraño, quizá, porque si bien es un libro realmente ameno no es de esos en los que entras del tirón y te das un cómodo paseo. El libro es denso en cuestión de contenido, lo que para mí, lejos de ser un defecto, es un delicioso aliciente casi siempre. Y durante las primeras páginas no tenía muy claro qué esperar de él, porque no acababa de conectar y meterme de lleno. No es que no tenga acción desde el principio, de hecho la novela arranca con una escena donde se narra la llegada de una nave y el traslado de un individuo. Tampoco hay descripciones excesivas. Es más bien que te va soltando datos o pistas poco a poco para que unas los cabos y empieces a enterarte de lo que cuenta. Puede que sea eso lo que te mantiene a cierta distancia, antes de adentrarte en la trama e identificarte con los personajes. Claro, mientras no tienen una identidad definida solo son esbozos, no "personas de carne y hueso".
         Es lo mismo que me pasa con las novelas que he leído de Connie Willis, que luego me encantan... una vez que logro adaptarme a su ritmo y conecto con ellas. Y recuerdo otros dos ejemplos con otra autora, Liza Marklund, esta vez de novela negra. En los dos libros suyos que leí me costó mucho pasar de las primeras páginas, al punto que estaba convencida de que esas novelas no eran para mí. Y luego, no sé exactamente en qué punto, se convirtieron en lectura adictiva. 

Pero volvamos a Los desposeídos. La redefinición de todas las estructuras, desde la familia, la pareja, la escuela, el trabajo y los medios de producción, las agrupaciones sociales... De eso se trata en esta novela que utiliza la ciencia ficción para plantear un verdadero estudio de la sociedad humana y los modelos contrapuestos de anarquismo y capitalismo.
Hay dos planetas cercanos, Urras y Anarres, cada uno considerado por el otro su propia luna.

Urras y Anarres - by FreakAngel56
Poco a poco se va descubriendo que los habitantes de Anarres son exiliados de Urras, que en un momento del pasado se rebelaron contra el sistema imperante en el otro planeta y decidieron emigrar y fundar una colonia, regida por principios anarquistas, fundados en los escritos de una pensadora ya muerta, llamada Odo.
         Tampoco todo es jauja en Anarres, porque aunque han conseguido un modelo de sociedad mucho más justa que la que abandonaron, basada en la solidaridad y la austeridad; igual que sucede en cualquier estructura humana hay defectos y déficits, problemas inherentes a nuestra condición, pues las emociones y los instintos básicos son siempre los mismos. Y nuestro protagonista, Shevek, se siente incomprendido y coartado por sus congéneres, por la sociedad presente que le rodea, que él considera una degeneración de los primitivos principios originales con que se fundó. Siente en peligro la individualidad y también cómo la supervivencia ha llevado a inclinar excesivamente la balanza hacia los temas prácticos, o que tengan esa utilidad, en detrimento del pensamiento puro y la creatividad, indispensables para la evolución.
         Una vez más vemos que el problema no es la idea en sí, es la forma en que esta se plasma y evoluciona, se hace real y, de paso, se hace distinta al pensamiento original.
         La experiencia de Urras es por completo distinta, un mundo donde existen los bienes personales, el concepto de naciones, el poder del fuerte... Es un mundo, además, eminentemente masculino, donde la mujer vive relegada a ser un objeto decorativo y a ejercer su poder, en el mejor de los casos, a través del hombre sobre el que consigue influencia. El afecto y el sexo son monedas de cambio para obtener fines. Las jerarquías están muy definidas y son inamovibles. Urras sirve perfectamente la función de contrastar gráficamente ambos modelos, y tiene también un papel importante en la evolución interna del protagonista, muy bien plasmada durante toda la novela.

EN RESUMEN, una novela altamente recomendable.

miércoles, 9 de abril de 2014

Descubrimientos...

Gracias a un colega escritor, Daniel G. Castro, que sabe de mi interés por investigar poco a poco todo lo relacionado con la literatura escrita por mujeres, ayer conocí esta noticia:
Charla en Vitoria: Escritoras de ciencia ficción.

Me parece un coloquio muy interesante cuyo objetivo, según el mismo ponente, se justifica por la necesidad de conocer una forma diferente de narrativa, que añade y suma un ambiente especial de sensibilidad a la hora de contarnos historias. En el género literario de la ciencia ficción, tenemos una variedad de escritoras de grandísima calidad a nivel mundial que es imprescindible destacar a la hora de elegir las novelas que vamos a leer.

La autora que destaca en primer lugar es la norteamericana Lois McMaster Bujold, una dama a la que confieso no conocía, pero de quien ya me he hecho con un libro: Paladín de almas, su primera incursión en el género fantástico. Ya os contaré qué me ha parecido.








Lois McMaster Bujold (2 de noviembre de 1949), escritora de ciencia ficción y fantasía, nacida en Columbus, Ohio.

(Vía Wikipedia) Licenciada en Literatura Inglesa, se lanzó a escribir en 1982, buscando una salida profesional cuando su familia pasaba por un mal momento económico. El resultado son las tres primeras novelas de la serie de Miles Vorkosigan, publicadas simultáneamente en 1986, que le harían saltar a la fama en el panorama de la ciencia ficción.
Sobre su estilo se han escrito cosas contradictorias. Para algunos, Bujold destaca por la fluidez de su narrativa y por la capacidad para dotar de carisma y riqueza psicológica a sus personajes, mientras que otro sector de la crítica repudia su excesiva simplicidad argumental. Inicialmente los éxitos de la escritora vinieron por parte del público, y no de la prensa especializada, aunque con el tiempo ésta ha reconocido también sus méritos, con premios como el Nébula, Hugo y Locus.

Y ya que estaba...
Me he hecho también con otro libro, de una autora de la que llevo mucho oyendo hablar, siempre bien, aunque hay quien la encuentra quizás un poco densa. Se trata de 


Úrsula K. Le Guin (21 de octubre de 1929), escritora californiana que ha publicado obras dentro de numerosos géneros, principalmente ciencia ficción y fantasía, aunque también ha escrito poesía, libros infantiles y ensayos.

(También Wiki) Debe su fama al numeroso caudal de libros y cuentos de ciencia ficción y fantasía publicados a lo largo de su dilatada carrera y ha sido galardonada con varios premios Hugo y Nébula. Fue la primera mujer galardonada con el título de Gran Maestra por la Asociación de escritores de ciencia ficción y fantasía de USA (SFWA). Se considera a si misma como una mujer feminista y taoísta y en sus novelas aparecen a menudo ideas anarquistas.
En cuanto a estilo como escritora: gran parte de la obra de ciencia ficción de Le Guin se distingue por su interés en las ciencias sociales, entre ellas la sociología y la antropología. Sus obras suelen explorar aspectos inusuales de las culturas alienígenas que presentan mensajes y reflexiones sobre nuestra propia cultura. Es en este sentido que algunos califican su obra de ciencia ficción como blanda, frente a las corrientes mucho más materialistas y fisicistas que se suelen calificar como ciencia ficción dura.
Su capacidad para crear mundos creíbles poblados por personajes profundamente humanos (con independencia de que puedan ser calificados técnicamente como tales) es bien conocida.



 Aquí la autora













Y aquí el libro con el que voy a empezar a conocerla

viernes, 4 de abril de 2014

Mujeres que se escriben

Hoy nuestra estrella invitada es la escritora  madrileña Luisa Fernández, autora de la novela de fantasía Alcander  (Ediciones Tagus 2013). Es asesora, correctora de estilo y monitora de taller de relato avanzado. Sus relatos han obtenido diferentes premios y menciones en certámenes como “Ciudad Getafe, 2009” o “María Moliner, 2010”. Ha colaborado en numerosas antologías.




LCE -Muy buenos días. ¿Preparada para convertirte en la siguiente víctima de la sección?
LF –Buenos días. Preparada.
LCE –Hoy indagaremos en los gustos y aficiones literarias de la autora Luisa Fernández, que ha aceptado muy amablemente participar en el blog y ofrecernos una muestra de su trabajo. Empecemos pues con la primera pregunta de rigor: ¿Por qué y cómo empezaste a escribir?
LF –Porque me encanta. Un buen día me dije que ya era hora de escribir una novela y así lo hice. Pero a las pocas páginas decidí apuntarme a un taller gratuito de escritura creativa. Me faltaba método. Y ahí seguimos después de mueve años y un montón de clases a cuestas.
LCE - ¿Cómo definirías tu estilo? ¿Crees que ha variado a lo largo del tiempo?
LF – Es un juego de equilibrio con el lenguaje. Rico, descriptivo, pero accesible.  Y sí, ha variado mucho con los años y el aprendizaje.  
LCE - ¿Crees que tu escritura posee algún rasgo específico por el hecho de ser mujer?  Y si es así, ¿cuál crees que pueda ser?
LF –No, que yo sepa.
LCE - ¿Te has sentido discriminada alguna vez en el mundillo literario?
LF –No.
LCE – Y ahora cambiemos de tercio: ¿Qué género literario prefieres?  ¿O eres en cambio de esos autores que prefieren no ser encuadrados en uno específico?
LF–Me decanto por el costumbrismo y la ficción histórica, pero siempre dentro de mis parámetros particulares; o sea, que tenga una buena dosis de misterio y suspense. También me tira mucho el Thriller forense, y si tiene tintes históricos mejor.  No me gusta que me encuadren. Escribo lo que me apetece.
LCE - ¿Qué objetivos te marcas como escritora?
LF –Mis objetivos son los mismos que cuando empecé a escribir: llegar al lector. Intentar que mis novelas vean la luz del mejor modo posible sin morir en el intento  (risas).
LCE - ¿Algo más que quieras contarnos?
LF –Bueno, pues quisiera animar tanto a  lectores como editoriales a que den más oportunidades a los noveles patrios; esos autores con potencial que intentamos emerger a  espaldas de un mercado tradicional que cada vez crece menos y peor. Hay que sacudirse las pulgas y atreverse con lo nuevo. Nadie nace grande. Crecer forma parte del camino.
Y, por último, quisiera daros las gracias por entrevistarme. Lo he pasado genial.
LCE - Gracias a ti. Siempre es un placer conversar con los autores y poder charlar de literatura ;-) ¿Querrías ahora presentarnos tu relato?
LF –De mil amores. Labios de adormidera es un relato policiaco. En él se explora la psique del suicida. El difícil juego entre la criminalística y la intuición. Ciencia e instinto se aúnan para hallar el leitmotiv. Para escribirlo tomé como referencia la figura de “el perdedor” partiendo de la conocida anécdota que Chéjov escribió en su cuaderno de notas: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a su casa y se suicida”. Espero que os guste.   

Labios de adormidera

Luisa Fernández



La peste era bestial y el zumbido de las moscas insoportable. El intenso calor ayudaba a ello. Los escuadrones de la muerte son los primeros en llegar a la escena del crimen. Poseen una alarma para detectar a los fiambres. Tras equiparnos y rechazar la mascarilla que me ofrecía Estrada, entramos a la vivienda. Nos sorprendimos por la cantidad de billetes de quinientos euros esparcidos por el suelo; un sendero que recorría el largo pasillo de entrada hasta el estudio de pintura. Terminaba en una montaña humana bañada de malvas. El cadáver se había quedado de rodillas, vencido sobre su lado derecho. Estaba desnudo. Presentaba una herida transversal en el abdomen y otra en vertical hacia el esternón. El sable corto yacía junto a su mano izquierda. Aquel metal era el único testigo del lugar de los hechos; el causante de dos palmos de tajo y del charco de sangre que nos esforzábamos en no pisar. Sobre su superficie flotaban pétalos marchitos y fichas del casino. Parte de los intestinos reposaban en la bandeja que el finado sujetaba entre las rodillas. Me pareció inconcebible teniendo en cuenta su larga agonía antes de morir. Costaba creer que un ser humano conservara la compostura en tales circunstancias sin apenas moverse.
¿Quién coño se suicida después de ganar un montón de pasta? arguyó Estrada. 
Ordoñez, el experto en simbología, se apresuró a mostrarme un billete. En ambas caras pude leer: «Ella es mi dueña». 
No era la única frase que se repetía hasta la extenuación, había versos escritos por las paredes, en el suelo, en el techo: «Y amar es herir, es trasnochar en tu herida y humedecer con la sangre mis labios de adormidera.»
La prueba con luminol dio positivo. 
Procedí al examen del cadáver. 
Calculé que rondaría los treinta años. A pesar de que el rigor mortis había remitido, su rostro conservaba una expresión de pánico; como si en el último momento se hubiese arrepentido de poner fin a su vida. Los ojos estaban ligeramente hundidos y el iris era un borrón opaco. La mancha verde se extendía ya hasta los pectorales y de sus oídos rezumaba la cadaverina. Tenía exóticos tatuajes en ambos bíceps y en la cara interna de los muslos. Aunque lo que más llamó mi atención fue la estrangulación que exhibía en la raíz del pene, realizada con hebras de cabello. No presentaba necrosis pero sí un importante edema. El caso hubiera hecho las delicias de cualquier especialista en urología.
Observé una línea rojiza en el cuello y marcas de ligaduras en muñecas y tobillos. También quemaduras de diverso tamaño por el cuerpo.
Tomé notas mentales del tiempo estimado de su muerte. Cuatro o cinco días. Era solo orientativo. Seguramente el asfixiante calor aceleró el proceso de putrefacción y mi rápido dictamen tendría que completarse con la autopsia. 
¿Quién se clava en las tripas un sable después de follar con una diosa? escuché decir a mi espalda al tiempo que Estrada me alargaba varias polaroid que acababa de encontrar amontonadas en un rincón. La fecha aparecía en negrita en una de las esquinas. Fueron tomadas siete días antes.
En ellas aparecían aquel pobre diablo y una mujer. Lo único que llevaba encima era una extraña careta y unas botas de tacón de aguja, altas hasta los muslos. Le pisaba la cara, mientras que con un cordón de cuero intentaba estrangularlo.
Me quedó claro que todo formaba parte de un juego sexual previo al suicidio. Siervo y ama se deleitaban salvajemente. Visualicé varias fotos de fechas anteriores. El affaire duró más de cinco años. En ninguna de ellas se esclarecía la identidad de la femme fatale. Siempre aparecía con la cara tapada, pero tenía un precioso cabello rojizo que le llegaba a la cintura y una silueta fascinante.
Es una máscara de teatro kabuki me explicó Ordoñez. Representa a un Oni, una criatura demoniaca de la mitología japonesa. Puede guardar relación con el seppuko, llamado vulgarmente hara-kiri. El suicida quiso, de alguna manera, restablecer su honor. Utilizó un tantō  para abrirse el vientre y una bandeja para contener los intestinos. Tampoco pasó por alto el poema que los samuráis escribían en su abanico de guerra, aunque no lo haya escrito en el sitio correcto. Llevó a cabo casi todo el protocolo exigido en el rito. Quedaría saber si hubo alguien que contemplara el sacrificio, pues debe ser realizado en un lugar público, ante testigos y con un hombre de su confianza para ayudarlo a morir. También cometió otro error: la dirección del primer corte; de izquierda a derecha y no a la inversa. Se aprecia en la profundidad inicial de la herida.
Era zurdo y estaba solo atajé.
Decidí echar un vistazo por el estudio. Me ayudaría a indagar sobre el origen del suicidio. Sus causas. Su anatomía.
Los lienzos colgaban anárquicamente por doquier y tapizaban gran parte del suelo cercano a la amplia cristalera. Eran retratos al oleo de una muchacha de rasgos orientales. Parecían seguir una extraña secuencia que imprimía movimiento a la figura, como fotogramas en orden cronológico. Según mi opinión, el artista había intentado plasmar en la modelo una enigmática sonrisa de gioconda o de geisha, pero me sugirió más una exótica criatura sacada de un cartelón de Toulouse-Lautrec. Había algo anacrónico en su mirada. Un misticismo imposible. Estaban llenos de brochazos oscuros.
Son excrementos humanos apuntó Ordoñez.
Enarqué una ceja.
Varias prendas femeninas descansaban sobre la cama y por el suelo. Tuve que hacer verdaderos malabarismos para no pisar nada. El reguero de enseres terminaba en el cuarto de baño, donde docenas de velas consumidas se apiñaban en torno a una tina llena de agua y flores de loto.
La voz en of de Ordoñez prosiguió dándome sus impresiones.
 Todo el taller en sí mismo es un altar de sacrificios erigido en honor de algún dios perdido en la memoria de los paganos o puede que la antesala al mismísimo inframundo, cuyo precio de entrada fue la inmolación del sujeto. Qué mayor sacrificio que despojarse de las riquezas materiales y poner fin a la propia vida para ganarse el beneplácito de dioses o diablos, restaurando así el honor quebrantado. Por otra parte, los excrementos son el deseo del artista de alcanzar la inmortalidad. Las flores también podrían asociarse a ello. Su color blanco significa pureza, renovación, nacimiento...
Sonreí. No. No lo hice con indulgencia, sus conclusiones no carecían de lógica, pero no pude evitar mascullar sobre lo ambiguo de ciertos simbolismos ligados a la defecación y al arte conceptual. La mierda seguía siendo mierda aunque nos las sirvieran enlatada y un cuadrado negro sobre fondo blanco era solo eso: un puñetero cuadrado negro.
Tu mente analítica te impide ver la belleza –me dijo mordazmente Estrada, lanzando una pulla a nuestro compañero que, como de costumbre, ni se inmutó. 
Salimos del cuarto de baño y volví a inspeccionar la zona del dormitorio. Mis ojos recorrieron la estancia buscando algo que no alcanzaba a ver. No. No era la belleza. Era más simple que todo eso. No encontraba la anatomía del suicidio; el cuerpo del delito.
En la pared del fondo y en el suelo había varios tapices antiguos y un altar con una figurilla central. Los inciensos se habían consumido, solo las lamparillas de aceite seguían brillando ajenas al horror. A mí me parecieron testigos mudos, desenhebrados de la realidad.
Es un bodhisattva apuntó, creo que se trata de Guān Yīn, «El que oye los lamentos del mundo».
Di unos pasos hasta detenerme en el centro del altar. Noté un cambio extraño en el pavimento. Lo comprobé con unos pisotones y pedí ayuda a Estrada para levantar la alfombra. Había una trampilla. Tiré de la argolla y pedí luz a uno de los agentes que pululaban tomando pruebas. El haz de la linterna dejó al descubierto unas precarias escaleras de metal. Era más un zulo que un sótano en sí. Estaba lleno de trastos y el hedor era tan nauseabundo que demandé con urgencia una mascarilla. Algunos agentes más acudieron a mi reclamo. 
Un rastro de coleópteros nos dio la situación exacta de la procedencia de la fetidez. Se trataba de un baúl de grandes dimensiones con taraceas en marfil.
Al abrirlo, una vaharada de moscas inició un errático vuelo. Tras disiparse, pudimos contemplar un cadáver en posición fetal cubierto con una sábana de raso blanco. Su cabeza descansaba sobre un almohadón, como si el reducido cubil fuese la cuna de un recién nacido.
Costaba reconocer en aquel cuerpo hinchado y mordido por las ratas a la bellísima mujer del cuadro. Su boca, las fosas nasales, sus lagrimales… servían de nido para las larvas. Tenía una enorme tajadura en el cuello.
Las imprecaciones de la brigada se dejaron sentir como la plegaria de un pecador en el desierto. Imposible no sentirse sobrecogido. Los flashes de los analistas lo llenaron todo. A cada destello, la piel de la muchacha tomaba matices escalofriantes.
Quien metió su cuerpo aquí sentía afecto por ella dijo Ordoñez. Es como si durmiera. La posición fetal es un claro indicativo. Hay una huida hacia el seno materno, una búsqueda de paz, de cobijo…
Asentí. Ahí lo había clavado.
Me centré en la herida de la garganta. Estimé que no fue ella quien se seccionó la carótida. El corte era limpio y certero. Los suicidas tienden a ser bruscos. Se desgarran con demasiada fuerza presas de un impulso desmañado; temiendo no ser lo suficientemente contundentes en su intento y causándose verdaderos destrozos. Dada la profundidad y trayectoria, el asesino en cuestión era zurdo. El estado de putrefacción del cuerpo y la evolución de las larvas, me indicaban que había muerto antes que el pintor. Tal vez con una diferencia de 48 horas. 
Dejé a los analistas recogiendo muestras. Para mí aquel ya era un caso cerrado. Ordoñez y Estrada me fueron a la zaga.
Ambos me miraron interrogantes. Querían mi veredicto.
Ella se cansó de su juguete y él no pudo soportarlo respondí.
Sus gestos no variaron un ápice. Querían los detalles escabrosos.
Hay rehenes que se niegan a ser liberados aclaré. Siervos que no son nada sin sus amos. Pero no hay que equivocar jamás ser sumiso con la falta total de narcisismo. Un sumiso sexual, repudiado en la vida real puede «liberar» al peor de los depredadores. Cambian su rol y despellejarán sin piedad al que fue su dueño. Una vez pasado el shock emocional y el vacío que queda tras la pérdida, llegarán la reflexión, el arrepentimiento y la falta de motivación para continuar viviendo. La vida de nuestro artista carecía de sentido sin su leitmotiv. El hara-kiri solo fue un medio para seguir a su ama en la muerte, más que para limpiar su honor. Se reunió con su dueña y señora.
Ordoñez meditó unos segundos antes de chasquear los dedos. Asintió con vehemencia. 
Es un oibara… El samurái sigue a su amo feudal en la muerte. El rol de ejecutor se invirtió tras asesinarla y pasó a ser de nuevo siervo.
O sea arguyó Estrada, resumiendo y en cristiano: que a ella le importó una mierda que él acabara de ganar una millonada en el casino. Quería abandonarlo. Es un crimen pasional, vaya.  
Asesinato seguido de suicidio puntualizó nuestro quisquilloso compañero.
Mientras saludábamos al juez que acababa de llegar para ordenar el levantamiento de los cadáveres, pensé que, en el fondo, todos tenemos algo de románticos y aquello de que el amor ni se compra ni se vende, todavía quedaba genial en este jodido mundo. Eso sí, con el fundido en negro de una película muda. Nunca estaba de más ser artístico.  



© Luisa Fernández